CAPITULO XXI

El _individuo_: he aquí el elemento más simple de la sociedad; he aquí

lo primero que debe estar bien constituído, por decirlo así; he aquí lo

que, en siendo mal comprendido y apreciado, será un eterno obstáculo

á la medra de la verdadera civilización. Ante todo es necesario

advertir que aquí se trata sólo del individuo, del hombre tal como

es en sí, y prescindiendo de las numerosas relaciones que le rodean,

luego que se pasa á considerarlo como miembro de una sociedad. Mas

no se crea, por esto, que voy á considerar al hombre en un completo

aislamiento, llevándole al desierto, reduciéndole al estado salvaje,

y analizando el individualismo tal como nos le ofrecen algunas hordas

errantes, excepción monstruosa que sólo ha podido resultar de la

degradación de la naturaleza humana. Esto equivaldría á resucitar el

método de Rousseau, método puramente utópico, que sólo puede conducir

al error y á la extravagancia. Las piezas de una máquina pueden ser

examinadas aparte, aisladamente, con la mira de comprender mejor su

construcción peculiar; pero nunca deben olvidarse los usos á que se

las destina, nunca debe perderse de vista el todo á que pertenecen; de

otra suerte; el juicio que sobre ellas se forme, no podrá menos de ser

equivocado. El cuadro más sublime y sorprendente no sería más que una

ridícula monstruosidad, si se examinaran en completo aislamiento, ó

en combinaciones arbitrarias, los grupos y las figuras: con semejante

método podrían convertirse en sueños de un delirante los prodigios de

Miguel Ángel y Rafael.

Pero, sin olvidar que el hombre no está solo en el mundo, y que no

ha nacido para vivir solo; sin olvidar que, á más de lo que es en

sí, forma también parte del gran sistema del universo, y que, á más

de los destinos que le corresponden como comprendido en el vasto

plan de la creación, está elevado por la bondad del Criador á otra

esfera más alta, superior á todo pensamiento terreno; sin prescindir

de nada de esto, como en buena filosofía no se puede prescindir,

queda todavía lugar al estudio del individuo, y del individualismo;

en la consideración del hombre puédese todavía abstraer la calidad

del ciudadano, abstracción que, lejos de conducirnos á extravagantes

paradojas, es muy á propósito para comprender á fondo cierta

particularidad notable que se observa en la civilización europea,

cierto distintivo que por sí solo no la dejaría confundir con las otras.

Que deba hacerse una distinción entre el hombre y el ciudadano, que

estos dos aspectos den lugar á consideraciones muy diferentes, nadie

habrá que no lo perciba fácilmente; pero es tarea algo difícil el

deslindar hasta dónde se extiendan los resultados de esa distinción,

hasta qué punto sea conveniente el sentimiento de la independencia

personal, cuál sea la esfera que deba señalarse al desarrollo puramente

individual, qué es lo que sobre este particular se encuentra en nuestra

civilización que no se halle en las otras; es tarea harto difícil

apreciar debidamente esta diferencia, señalar su origen y objeto, y

pesar atinadamente cuál ha sido su verdadero influjo en la marcha de

la civilización. Tarea, repito, muy difícil, porque se encierran aquí

varias cuestiones, bellas é importantes en verdad, pero delicadas,

profundas, donde es muy fácil equivocarse, porque es casi imposible

fijar certeramente la mirada, á causa de que los objetos tienen algo

de vago, de indeterminado, de aéreo, andan como fluctuando, sólo

vinculados entre sí por relaciones imperceptibles.

Tropezamos aquí con el famoso _individualismo_, que, según Guizot,

fué importado por los bárbaros del Norte y representó un papel tan

descollante, que debe se reconocido como uno de los primeros y más

fecundos principios de la civilización europea. Analizando el célebre

publicista los elementos de esta civilización, señalando la parte que

en su juicio cupo al imperio romano y á la Iglesia, pretende hallar

algo de singular y muy fecundo en el sentimiento de individualismo

que traían los germanos consigo, y que inocularon en las costumbres

europeas.

No será inútil dar razón aquí de la opinión de M. Guizot sobre esta

importante y delicada materia, porque, al paso que se logrará fijar

mejor el estado de la cuestión, cosa harto difícil en objetos de suyo

tan vagos, se disipará la grave equivocación que padecen algunos en

este punto, debida á la autoridad del citado escritor, que, con los

recursos de su ingenio y los encantos de su elocuencia, ha hecho

verosímil y plausible lo que, examinado á fondo, no es más que una

paradoja.

Como al combatir las opiniones de un escritor debe tenerse el primer

cuidado en no alterárselas, atribuyéndole lo que en realidad no ha

dicho, y estando, por otra parte, la materia que nos ocupa tan sujeta á

equivocaciones, será bien copiar por entero las palabras de M. Guizot.

«El estado general de la sociedad entre los bárbaros es lo que nos

importa conocer; y esto cabalmente es muy difícil. Comprendemos sin

mucho trabajo el sistema municipal romano, y la Iglesia cristiana; su

influencia se ha perpetuado hasta nuestros días; encontramos su huella

en muchas instituciones, en hechos que tenemos á la vista, y esto nos

facilita mil medios de reconocerlos y explicarlos. Nada, empero, ha

quedado de las costumbres y del estado social de los bárbaros; vémonos

obligados á adivinar, ora apelando á remotísimos monumentos históricos,

ora supliendo la falta de esos monumentos con un atrevido esfuerzo de

imaginación.»

No negaré ser muy poco lo que nos ha quedado de las costumbres de los

bárbaros, ni disputaré con M. Guizot sobre lo que pueda valer una

observación que versa sobre hechos en que sea menester _suplir con

esfuerzos de imaginación lo mucho que de ellos nos falta_, en que

nos _veamos obligados_ á entrar en la peligrosa y resbaladiza senda

de _adivinar_; no desconozco lo que son estas materias, y en las

reflexiones que acabo de hacer sobre la cuestión que nos ocupa, y en

los términos con que la he calificado, bien se alcanza que no juzgo

posible andar con la regla y el compás; pero sí que puede servir esto

para prevenir á los lectores contra la ilusión que pudiera causarles

una doctrina que, bien profundizada, no es más, repito, que una

brillante paradoja.

«Hay un sentimiento, un hecho, continúa M. Guizot, que es preciso

analizar y comprender para pintar con rasgos verídicos á un bárbaro:

tal es el placer de la independencia individual: el placer de lanzarse

con su fuerza y su libertad en medio de las vicisitudes del mundo y

de la vida; los goces de una actividad sin trabajo, la inclinación á

una vida aventurera, llena de imprevisión, de desigualdad, de peligro.

Éste era el sentimiento dominante del estado bravío, la necesidad

moral que ponía en perpetuo movimiento aquellas masas de hombres.

Viviendo nosotros en medio de una sociedad tan regular, tan uniforme,

nos es sobremanera difícil representarnos ese sentimiento con todo el

imperio, con toda la violencia que ejercía sobre los bárbaros de los

siglos IV y V. Una sola obra he visto en la cual se halla perfectamente

retratado ese carácter de la barbarie: la Historia de la conquista

de Inglaterra por los normandos, de M. Thierry, es el solo libro

en que se ven reproducidos con una exactitud, con una naturalidad

verdaderamente homéricas, los motivos, las inclinaciones, los impulsos

que mueven y agitan á los hombres en un estado social próximo á la

barbarie. En ninguna parte he comprendido, he sentido mejor lo que

es un bárbaro, lo que es la vida de un bárbaro. Algo semejante se

encuentra en las novelas de Cooper sobre los salvajes de América, si

bien, á mi entender, en un grado muy inferior, de una manera menos

simple, menos verdadera. Vese en la vida de los salvajes americanos,

en las relaciones que los unen, en los sentimientos que abrigan en

medio de sus bosques, algún reflejo, alguna analogía que recuerda hasta

cierto punto la vida y las costumbres de los primitivos germanos.

Estos cuadros son ciertamente un poco ideales, tienen algo de poético;

la parte repugnante de las costumbres y de la vida de los bárbaros

no se presenta en ellos con toda su crudeza; y no hablo solamente de

los males acarreados por esas costumbres al estado social, sino de la

situación interior, individual del mismo bárbaro. En esta necesidad

imperiosa de independencia personal había algo de más material, algo de

más grosero de lo que se desprende y pudiera deducirse de la obra de M.

Thierry: dominaba en los bárbaros del Norte cierto grado de brutalidad,

de embriaguez, de apatía, que no siempre se ven fielmente representadas

en aquellas narraciones. No obstante, profundizando más y más las

cosas, á pesar de esa confusa mezcla de brutalidad, de materialismo,

de egoísmo estúpido, se conoce que aquella pasión por la independencia

individual es un sentimiento noble, cuyo poder deriva todo de la parte

superior, de la naturaleza moral del mismo hombre: es el placer de

sentirse hombre, el sentimiento de la personalidad, de la espontaneidad

humana en su libre desarrollo.

»Á los bárbaros germanos, señores, debe la moderna civilización ese

sentimiento desconocido enteramente de los romanos, de la Iglesia, de

casi todas la civilizaciones antiguas. Cuando en éstas hace algún papel

la libertad, es la libertad política, la libertad del ciudadano; ésta

era la que le movía, la que le entusiasmaba; no su libertad personal:

pertenecía á una asociación, se hallaba consagrado á una asociación,

y por una asociación estaba pronto á sacrificarse. Lo mismo sucedía

en la Iglesia cristiana: reinaba entre los fieles un vivo apego á la

corporación cristiana, un rendido acatamiento, un entero abandono á

sus leyes, un fuerte empeño de extender su imperio: otras veces el

sentimiento religioso conducía al hombre á una reacción sobre sí

mismo, sobre su alma, á una lucha interior, para sojuzgar su libre

albedrío y someterlo á las inspiraciones de su fe. El sentimiento,

empero, de independencia personal, ese anhelo de libertad que se

desarrolla sin otro fin ni objeto que el de complacerse, este

sentimiento, repito, era desconocido á los romanos y á la sociedad

cristiana. Los bárbaros le llevaron consigo y le depositaron en la

cuna de la civilización europea. Tan descollante papel ha en ella

representado, tan hermosos resultados ha producido, que es imposible

dejar de reconocerle como uno de sus elementos principales.» (_Historia

de la civilización europea. Lección II._)

El sentimiento de la independencia personal atribuído exclusivamente á

un pueblo, ese sentimiento vago, indefinible, con una extraña mezcla de

noble y de brutal, de bárbaro y de civilizador, tiene algo de poético,

muy propio para seducir la fantasía; pero, como el contraste mismo con

que se procura aumentar el efecto de las pinceladas lleva en sí algo de

extraordinario y hasta contradictorio, la severa razón sospecha algún

error oculto, y se pone en cautelosa guarda.

Si es verdad que tal fenómeno haya existido, ¿de dónde pudo dimanar?

¿fué quizás un resultado del clima? Pero ¿cómo es concebible que

abrigaran los hielos del Norte lo que no abrigaban los ardores del

Mediodía? ¿cómo es que, desenvolviéndose con tanta fuerza en los países

meridionales de Europa el sentimiento de la independencia política,

cabalmente no se encontrara en ellos el sentimiento de la independencia

personal? ¿no fuera una extrañeza, mejor diré, un absurdo, que los

climas se hubiesen repartido como patrimonios los sentimientos de las

dos clases de libertad?

Diráse quizás que procedía este sentimiento del estado social; pero, en

tal caso, no era menester atribuirle como característico á un pueblo;

bastaba asentar, en general, que ese sentimiento era propio de los

pueblos que se hallasen en el estado social de los germanos. Además

que, si era un efecto del estado social, ¿cómo pudo ser un germen, un

principio fecundo de civilización, lo que era propio de la barbarie?

Este sentimiento debiera haberse borrado por la civilización, no

conservarse en medio de ella, no contribuir á su desarrollo; y, si bajo

alguna forma debía permanecer, ¿por qué no sucedió lo mismo en otras

civilizaciones, ya que no fueron, por cierto, los germanos el único

pueblo que haya pasado de la barbarie á la civilización?

No se pretende, por eso, decir que los bárbaros del Norte no ofrecieran

bajo este aspecto alguna particularidad notable, ni tampoco que no se

encuentre en la civilización europea un sentimiento de personalidad,

por decirlo así, que no se halla en las demás civilizaciones; pero sí

que para explicar el individualismo de los germanos es poco filosófico

valerse de misterios y enigmas, sí que para señalar la razón de la

superioridad que tiene en esta parte la civilización europea, no es

necesario acudir á la barbarie de los germanos. Si queremos formarnos

idea cabal de esta cuestión tan complexa é importante, conviene ante

todo fijar en cuanto cabe la verdadera naturaleza del individualismo

de los bárbaros. En un opúsculo que di á luz hace algún tiempo, cuyo

título era: _Observaciones sociales, políticas y económicas sobre

los bienes del clero_, traté por incidencia de ese individualismo,

y me esforcé en aclarar sobre este punto las ideas, y, como desde

entonces no he variado de opinión, antes me he confirmado más en ella,

trasladaré á continuación lo que allí decía: «¿Qué venía á ser este

sentimiento? ¿era peculiar de aquellos pueblos, era un resultado de

las influencias del clima, de una situación social? ¿era tal vez un

sentimiento, que se halle en todos lugares y tiempos, pero modificado á

la sazón por circunstancias particulares? ¿Cuál era su fuerza, cuál su

tendencia, qué encerraba de justo ó de injusto, de noble ó degradante,

de provechoso ó nocivo? ¿qué bienes llevó á la sociedad, qué males?

y éstos ¿cómo se combatieron, por quién, y por qué medios, con qué

resultado? Muchas cuestiones hay encerradas aquí; pero no traen,

sin embargo, la complicación que pudiera parecer; aclarada una idea

fundamental, las demás se desenvolverán muy fácilmente; y, simplificada

la teoría, vendrá luego la historia en su confirmación y apoyo.

»Hay en el fondo del corazón del hombre un sentimiento fuerte,

vivo, indeleble, que le inclina á conservarse, á evitarse males, y

á procurarse bienestar y dicha. Llámesele amor propio, instinto de

conservación, deseo de la felicidad, anhelo de perfección, egoísmo,

individualismo, llámesele como se quiera, el sentimiento existe: aquí

dentro le tenemos, no podemos dudar de él; él nos acompaña en todos

nuestros pasos, en todas nuestras acciones, desde que abrimos los

ojos á la luz hasta que descendemos al sepulcro. Este sentimiento,

si bien se le observa en su origen, naturaleza y objeto, no es más

que una gran ley de todos los seres, aplicada al hombre; ley que,

siendo una garantía de la conservación y perfección de los individuos,

contribuye de un modo admirable á la harmonía del universo. Bien claro

es que semejante sentimiento nos ha de llevar naturalmente á aborrecer

la opresión, y á experimentar un desagrado por cuanto tiende á

embarazarnos, ó á coartarnos el uso de nuestras facultades: la razón es

obvia; todo esto nos causa un malestar, y á semejante estado se opone

nuestra naturaleza; hasta el niño más tierno sufre ya de mala gana la

ligadura que le embarga el libre movimiento: se enfada, forceja, llora.

»Además, si por una ú otra causa no carece totalmente el individuo

del conocimiento de sí mismo; si, por poco que sea, han podido

desarrollarse algún tanto sus facultades intelectuales, brotará en

el fondo de su alma otro sentimiento que nada tiene de común con el

instinto de conservación que impele á todos los seres, otro sentimiento

que pertenece exclusivamente á la inteligencia: hablo del sentimiento

de dignidad, del aprecio, de la estimación de nosotros mismos, de ese

fuego que brota en el corazón de nuestra más tierna infancia, y que,

nutrido, extendido y avivado con el pábulo que va suministrando el

tiempo, es capaz de aquella fuerza prodigiosa, de aquella expansión que

tan inquietos, tan activos, tan agitados nos trae en todos los períodos

de nuestra vida. La sujeción de un hombre á otro hombre envuelve algo

que hiere este sentimiento de dignidad; porque, aun suponiendo esta

sujeción conciliada con toda la libertad y suavidad posibles, con

todos los respetos á la persona sujeta, revela al menos á ésta alguna

flaqueza ó necesidad que la obliga á dejarse cercenar algún tanto del

libre uso de sus facultades: y he aquí otro origen del sentimiento de

independencia personal.

»Infiérese de lo que acabo de exponer, que el hombre lleva siempre

consigo el amor á la independencia, que este sentimiento es común á

todos los tiempos y países, y que no puede ser de otra manera, pues que

hemos encontrado su raíz en dos sentimientos tan naturales al hombre,

como son: _el deseo de bienestar, y el sentimiento de su dignidad_.

»Es evidente que en la infinidad de situaciones, física y moralmente

diversas, en que puede encontrarse el individuo, las modificaciones de

tales sentimientos podrán también variarse hasta lo infinito; y que

éstos, sin salir del círculo que les traza su esencia, tienen mucha

latitud para que sean susceptibles de muy diferentes graduaciones

en su energía ó debilidad, y para que sean morales ó inmorales,

justos ó injustos, nobles ó innobles, provechosos ó nocivos, y, por

consiguiente, para que puedan comunicar al individuo á quien afectan

mucha diversidad de inclinaciones, de hábitos y costumbres, dando así

á la fisonomía de los pueblos rasgos muy diferentes, según sea el modo

particular y característico con que se hallan afectados los individuos.

Aclaradas ya estas nociones, sin haber dejado nunca de la mano el

corazón del hombre, queda también manifestado cómo deben resolverse

todas las cuestiones generales que se habían ofrecido con relación

al sentimiento de individualismo; echándose de ver también que no es

menester recurrir á palabras misteriosas, ni á explicaciones poéticas;

porque nada hay aquí que no pueda sujetarse á riguroso análisis.

»Las ideas que el hombre se forme de su bienestar y dignidad, y los

medios de que disponga para alcanzar aquél, y conservar ésta, he

aquí lo que graduará la fuerza, determinará la naturaleza, fijará

el carácter, señalará la tendencia de todos estos sentimientos;

es decir, que todo dependerá del estado físico y moral en que se

hallen la sociedad y el individuo. Y, aun en igualdad de las demás

circunstancias, dad al hombre las verdaderas ideas de su bienestar y

dignidad, tales como las enseñan la razón y, sobre todo, la religión

cristiana, y formaréis un buen ciudadano; dádselas equivocadas,

exageradas, absurdas, tales como las explican escuelas perversas y como

las propalan los tribunos de todos los tiempos y países, y sembraréis

abundante semilla de turbulencias y desastres.

»Falta ahora hacer una aplicación de esta doctrina, para que,

concretándonos al objeto que nos ocupa, podamos manifestar con toda

claridad el punto principal que nos hemos propuesto.

»Si fijamos nuestra atención sobre los pueblos que invadieron y

derribaron el imperio romano, ateniéndonos á los rasgos que sobre

ellos nos ha conservado la historia, á lo que de sí arrojan las mismas

circunstancias en que se encontraban, y á lo que en esta materia

ha podido enseñar á la ciencia moderna la inmediata observación de

algunos pueblos de América, no nos será imposible formarnos idea de

cuál era entre los bárbaros invasores el estado de la sociedad y del

individuo. Situados los bárbaros en su país natal, en medio de sus

montes y bosques cubiertos de nieve y de escarcha, tenían también

sus lazos de familia, sus relaciones de parentesco, su religión, sus

tradiciones, sus hábitos, sus costumbres, su apego al propio suelo, su

amor á la independencia de la patria, su entusiasmo por las hazañas

de sus mayores, su amor á la gloria adquirida en el combate, su anhelo

de perpetuar en sus hijos una raza robusta, valiente y libre, sus

distinciones de familias, sus divisiones en tribus, sus sacerdotes, sus

caudillos, su gobierno. Sin que sea menester entrar ahora en cuestiones

sobre el carácter que entre ellos tenían las formas de gobierno, y

dando de mano á cuanto pudiera decirse sobre su monarquía, asambleas

públicas y otros puntos semejantes, cuestiones todas que, á más de ser

ajenas de este lugar, llevan siempre consigo mucho de imaginario é

hipotético, me contentaré con observar lo que para todos los lectores

será incontestable, y es, que la organización de la sociedad era entre

ellos cual debía esperarse de ideas rudas y supersticiosas, usos

groseros y costumbres feroces; es decir, que su estado social no se

elevaba sobre aquel nivel que naturalmente debían de haberle señalado

tan imperiosas necesidades, como son, el que no se convirtieran en

absoluto caos sus bosques, y que á la hora del combate no marcharan sin

alguna cabeza y guía confusos pelotones.

»Nacidos aquellos pueblos en climas destemplados y rigurosos,

embarazándose y estrechándose unos á otros por su asombrosa

multiplicación, escasos, por lo mismo, de medios de subsistencia, y

teniendo á la vista la abundancia y comodidades con que les brindaban

espaciosas y cultivadas comarcas, sentíanse á la vez acosados de

grandes necesidades, y estimulados vivamente por la presencia y

cercanía de la presa; y, como que no veían otro dique que las flacas

legiones de una civilización muelle y caduca, sintiéndose ellos

robustos de cuerpo, esforzados y briosos de ánimo, y alentados por

su misma muchedumbre, despegábanse fácilmente de su país natal,

desenvolvíase en su pecho el espíritu emprendedor, y se precipitaban

impetuosos sobre el imperio, como un torrente que se despeña de un alto

risco, inundando las llanuras vecinas.

»Por imperfecto que fuera su estado social, por groseros que fueran

los lazos de que estaba formado, bastábales, sin embargo, á ellos

en su país natal, y en sus costumbres primitivas; y, si los bárbaros

hubiesen permanecido en sus bosques, habría continuado aquella forma de

gobierno llenando á su modo su objeto, como nacida que era de la misma

necesidad, adaptada á las circunstancias, arraigada con el hábito,

sancionada por la antigüedad, y enlazada con todo linaje de tradiciones

y recuerdos.

»Pero eran sobrado débiles estos lazos sociales para que pudieran ser

trasladados sin quebrantarse; y aquellas formas de gobierno eran,

como se echa de ver, tan acomodadas al estado de barbarie, y, por

consiguiente, tan circunscriptas y limitadas, que mal podían aplicarse

á la nueva situación en que casi de repente se encontraron aquellos

pueblos.

»Figuraos ahora á los bravos hijos de las selvas arrojados sobre el

Mediodía, como un león sobre su presa, precedidos de sus feroces

caudillos, seguidos del enjambre de sus mujeres é hijos, llevando

consigo sus rebaños y sus groseros arreos, destrozando de paso

numerosas legiones, saltando trincheras, salvando fosos, escalando

baluartes y murallas, talando campiñas, arrasando bosques, incendiando

populosas ciudades, arrastrando grandes pelotones de esclavos recogidos

en el camino, arrollando cuanto se les opone, y llevando delante de

sí numerosas bandadas de fugitivos, corriendo pavorosas y azoradas

por escapar del hierro y del fuego; figuráoslos un momento después,

engreídos por la victoria, ufanos con tantos despojos, encrudecidos

con tantos combates, incendios, saqueos y matanzas; trasladados

como por encanto á un nuevo clima, bajo otro cielo, nadando en la

abundancia, en los placeres, en nuevos goces de todas clases; con una

confusa mezcla de idolatría y de Cristianismo, de mentira y de verdad,

muertos en los combates los principales caudillos, confundidas con el

desorden las familias, mezcladas las razas, alterados y perdidos los

antiguos hábitos y costumbres, y desparramados, por fin, los pueblos

en países inmensos, en medio de otros pueblos de diversas lenguas, de

otras ideas, de distintos usos y costumbres; figuraos, si podéis, ese

desorden, esa confusión, ese caos; y decidme si no veis quebrantados,

hechos mil trozos todos los lazos que formaban la sociedad de esos

pueblos, y si no veis desaparecer de repente la sociedad civilizada con

la sociedad bárbara, aniquilarse todo lo antiguo, antes que pudiera

reemplazarlo nada nuevo.

»Y entonces, si fijáis vuestra vista sobre el adusto hijo del aquilón,

al sentir que se relajan de repente todos los vínculos que le unían

con su sociedad, que se quebrantan todas las trabas que contenían su

fiereza, al encontrarse solo, aislado, en posición tan nueva, tan

singular y extraordinaria, conservando un obscuro recuerdo de su país,

sin haberse aficionado todavía al recién ocupado, sin respeto á una

ley, sin temor á un hombre, sin apego á una costumbre, ¿no le veis,

arrastrado de su impetuosa ferocidad, arrojarse sin freno á dondequiera

que le conducen sus hábitos de violencia, de vagancia, de pillaje y

matanzas; y, confiado siempre en su nervudo brazo, en su planta ligera,

guiado por las inspiraciones de un corazón lleno de brío y de fuego, y

por una fantasía exaltada con la vista de tantos, tan nuevos y variados

países, por los azares de tantos viajes y combates, no le veis acometer

temerario todas las empresas, rechazar toda sujeción, sacudir todo

freno, y saborearse en los peligros de nuevas luchas y aventuras? ¿Y

no encontráis aquí el misterioso individualismo, el sentimiento de

independencia personal, con toda su realidad filosófica y con toda su

verdad histórica?

»Este individualismo brutal, este feroz sentimiento de independencia,

que ni podía conciliarse con el bienestar del individuo, ni con su

verdadera dignidad; que, entrañando un principio de guerra eterna, y de

vida errante, debía acarrear necesariamente la degradación del hombre

y la completa disolución de la sociedad, tan lejos estaba de encerrar

un germen de civilización, que antes bien era lo más á propósito para

conducir la Europa al estado salvaje, ahogando en su misma cuna toda

sociedad, desbaratando todas las tentativas encaminadas á organizarla

y acabando de aniquilar cuantos restos hubiesen quedado de la

civilización antigua.»

Las reflexiones que se acaban de presentar serán más ó menos felices,

pero al menos no adolecen de la inconcebible incoherencia, por no

decir contradicción, de hermanar la barbarie y la brutalidad con

la civilización y la cultura; por lo menos no se llama principio

descollante, fecundo en la civilización europea, á lo mismo que un

poco más allá se señala como uno de los obstáculos más poderosos que

salían al paso á las tentativas de organización social. Como en este

punto coincide M. Guizot con la opinión que acabo de manifestar, y

hace resaltar notablemente la incoherencia de su doctrina, el lector

no llevará á mal que se lo haga oir de su propia boca: «Es claro

que, si los hombres carecen de ideas que se extiendan más allá de su

propia existencia; si su horizonte intelectual no alcanza más allá del

individualismo; si se dejan arrastrar por la fuerza de sus pasiones é

intereses; si no poseen un cierto número de nociones y de sentimientos

comunes que sirvan como de lazo entre todos los asociados; es claro,

digo, que será imposible entre ellos toda idea de sociedad, que cada

individuo será en la sociedad á que pertenezca, un principio de

trastorno y de disolución.

»Dondequiera que domine casi absolutamente el individualismo;

dondequiera que el hombre no se considere más que á sí propio, que

sus ideas no se extiendan más allá de sí mismo, no obedezca más que

á su pasión, la sociedad (hablo de una sociedad un poco dilatada y

permanente) llega á ser poco menos que imposible. Tal era en el tiempo

de que hablamos el estado moral de los conquistadores de Europa.

Hice ya notar en la última reunión que debíamos á los germanos el

sentimiento enérgico de la libertad particular y del individualismo

humano. Pues bien: cuando el hombre se halla en un estado de extrema

rusticidad y de ignorancia, entonces ese sentimiento es el egoísmo

con toda su brutalidad, con toda su insociabilidad, y en este estado

se encontraba entre los germanos desde el siglo V hasta el VIII.

Sin hallarse acostumbrados á más que á cuidar de su propio interés,

á satisfacer sus pasiones, á dar cumplimiento á su voluntad, ¿cómo

habrían podido acomodarse á un estado un poco organizado? Habíase

intentado varias veces hacerlos entrar en él, ellos mismos lo deseaban;

mas, burlaban siempre esos deseos, y hacían inútil toda tentativa,

la brutalidad, la ignorancia, la imprevisión. Á cada instante se ve

levantarse un embrión de sociedad, y á cada instante se ve esa misma

sociedad desmembrarse, arruinarse, por faltar en los hombres ideas

morales y comunes, elementos tan necesarios é indispensables.

»Tales eran, señores, las dos verdaderas causas que prolongaron el

estado de la barbarie: mientras existieron, ella también duró.»

(_Historia general de la civilización europea. Lección III._)

Á M. Guizot sucedióle con su _individualismo_ lo que suele acontecer

á los grandes talentos: un fenómeno singular los hiere vivamente,

inspírales un ardiente deseo de averiguar la causa, y tropiezan á

menudo, caen en error, arrastrados por una secreta inclinación á

señalar un origen nuevo, inesperado, sorprendente. Para extraviarle,

mediaba todavía otra causa. En su mirada vasta y penetrante sobre la

civilización europea, en el cotejo que de ella hizo con las más famosas

civilizaciones antiguas, descubrió una diferencia muy notable entre el

individuo de la primera y el individuo de las otras; vió, sintió en el

hombre europeo algo de más noble, de más independiente que no hallaba

ni en el griego ni en el romano; era menester señalar el origen de esta

diferencia, y no era poco trabajosa la tarea para la posición en que se

encontraba el historiador filósofo. Ya al echar una ojeada sobre los

varios elementos de la civilización europea, se le había presentado la

Iglesia como uno de los más poderosos, como uno de los más influyentes

en la organización social, y en el impulso que hizo marchar el

mundo hacia un porvenir grande y venturoso; ya lo había reconocido

expresamente así, y tributado un testimonio á la verdad, con aquellos

rasgos magníficos que trazar sabe su elocuente pluma; ¿y queríase ahora

que, para explicar el fenómeno que llamaba su atención, recurriese

también al Cristianismo, á la Iglesia? Eso hubiera sido dejarla

sola en la grande obra de la civilización, y M. Guizot á toda costa

quería señalarle coadjutores; por esta causa fija sus miradas sobre

las hordas bárbaras; y en la frente adusta, en la fisonomía feroz,

en el mirar inquieto y fulminante del hijo de las selvas, pretende

descubrir el tipo, algo tosco sí, pero no menos verdadero, de la noble

independencia, de la elevación y dignidad, que lleva rasgueadas en su

frente el individuo europeo.

Aclarada ya la naturaleza del misterioso individualismo de los

germanos, y demostrado también que, lejos de ser un elemento de

civilización, lo era de desorden y barbarie, falta ahora examinar cuál

es la diferencia que media entre la civilización europea y las demás

con respecto al sentimiento de dignidad é independencia que anima al

individuo; falta determinar á punto fijo cuáles son las modificaciones

que en Europa ha tomado un sentimiento, el cual, como vimos ya, mirado

en sí, es común á todos los hombres.

En primer lugar, carece de fundamento lo que afirma M. Guizot: que

_el sentimiento de independencia personal, ese anhelo de libertad que

agita los corazones sin otro fin ni objeto que el de complacerse, fuese

característico de los bárbaros, y desconocido entre los romanos_.

Claro es que, al entablarse semejante comparación, no puede entenderse

del sentimiento en su estado de bravura y ferocidad, pues que esto

equivaldría á decirnos que los pueblos civilizados no podían tener el

carácter distintivo de la barbarie; pero, si le despojamos de esta

circunstancia, hallábase, y muy vivo, no sólo entre los romanos, sino

también entre los pueblos más famosos de la antigüedad.

«Cuando en las civilizaciones antiguas, dice M. Guizot, hace algún

papel la libertad, debe entenderse de la libertad política, de

la libertad del ciudadano; ésta era la que le movía, la que le

entusiasmaba, no su libertad personal; pertenecía á una asociación, y

por una asociación estaba pronto á sacrificarse.» Sin que sea menester

negar que había ese espíritu de consagrarse á una asociación, y con

algunas particularidades notables, que más abajo me propongo explicar,

puédese afirmar, no obstante, que el deseo de _la libertad personal,

con el solo fin y objeto de complacerse_, quizás era entre ellos

más vivo que entre nosotros; si no, ¿qué buscaban los fenicios, los

griegos isleños y asiáticos, y los cartagineses, cuando emprendían

sus navegaciones, que, para el atraso de aquellos tiempos, eran tan

osadas y peligrosas como las de nuestros más intrépidos marinos?

¿Era acaso por _sacrificarse á una asociación_, cuando sólo ansiaban

descubrir nuevas playas donde pudiesen amontonar plata y oro, y

todo linaje de preciosidades? ¿No los guiaba el anhelo de adquirir,

de _complacerse_? ¿Dónde está la asociación? ¿Dónde se la divisa?

¿Vemos acaso otra cosa que el individuo con sus pasiones, con sus

gustos, con su afán de satisfacerlos? Y los griegos, esos griegos

tan muelles, tan voluptuosos, tan sedientos de placer, ¿no tenían

vivísimo el sentimiento de su _libertad personal_, de poder vivir con

amplia libertad, con el _solo fin y objeto de complacerse_? Sus poetas

cantando el néctar y los amores, sus libres cortesanas recibiendo los

obsequios de los hombres más famosos, y haciendo olvidar á los sabios

la mesura y gravedad filosóficas, y el pueblo celebrando sus fiestas

en medio de la disolución más espantosa, ¿era todo esto un sacrificio

que se hacía en las aras de la asociación? ¿Tampoco había aquí el

individualismo, el afán de _complacerse_?

Por lo que toca á los romanos, si se hablase de lo que se llama bellos

tiempos de la república, no fuera quizás tan fácil ofrecer pruebas de

lo que estamos manifestando; pero cabalmente se trata de los romanos

del imperio, de los romanos que vivían en la época de la irrupción

de los bárbaros; de esos romanos tan sedientos de _complacerse_, y

tan devorados de esa fiebre de que tan negros cuadros nos conserva la

historia. Sus soberbios palacios, sus magníficas quintas, sus regalados

baños, sus espléndidos cenáculos, sus mesas opíparas, sus lujosos

trajes, su disipación voluptuosa, ¿no muestran acaso al individuo,

que, sin pensar en la asociación á que pertenece, trata tan sólo de

lisonjear sus pasiones y caprichos, viviendo con la mayor comodidad,

regalo y esplendor posibles; que no cuida de otra cosa que de solazarse

con sus amigos, de mecerse blandamente en los brazos del placer, de

satisfacer todos sus caprichos, de saciar todas sus pasiones, que todo

lo ha olvidado, que en nada piensa, sino en que tiene un corazón que

ansía por complacerse y gozar?

No es fácil tampoco atinar por qué M. Guizot atribuye exclusivamente

á los bárbaros _el placer de sentirse hombre, el sentimiento de su

personalidad, de la espontaneidad humana en su libre desarrollo_. ¿Y

podemos creer que de tales sentimientos carecieran los vencedores

de Maratón y de Platea, los pueblos que tantos monumentos nos han

legado que inmortalizan sus nombres? Cuando en las bellas artes, en

las ciencias, en la oratoria, en la poesía, brillaban por doquiera

hermosísimos rasgos de genio, ¿no existía el _placer de sentirse

hombre_, no se tenía _el sentimiento y poder del libre desarrollo en

todas las facultades_? Y en una sociedad donde tan apasionadamente

se amaba la gloria, como sucedía entre los romanos, que puede

presentarnos hombres como Cicerón y Virgilio; en una sociedad donde

pudieron escribirse las valientes plumadas de Tácito, esas plumadas

que á la distancia de diez y nueve siglos hacen retemblar todavía los

corazones generosos; ¿allí no había el _placer de sentirse hombre, no

había el orgullo de comprender su dignidad, no había el sentimiento

de la espontaneidad humana en su libre desarrollo_? ¿Cómo es posible

concebir que en esta parte se aventajasen los bárbaros del Norte á los

griegos y romanos?

¿Á qué semejantes paradojas? ¿Á qué semejante trastorno y confusión de

ideas? ¿Qué valen las palabras, por brillantes que sean, cuando nada

significan? ¿Qué valen las observaciones, por delicadas que parezcan,

cuando el entendimiento á la primera ojeada descubre en ellas la

inexactitud y la vaguedad, y, examinándolas á fondo, las encuentra

llenas de incoherencias y de absurdos?

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 37 / 58 题