El más bello timbre de la civilización europea, la conquista más
preciosa en favor de la humanidad, cual es la abolición de la
esclavitud, ya hemos visto á quién se debe: á la Iglesia católica: por
medio de sus doctrinas tan benéficas como elevadas, y de un sistema
tan eficaz como prudente, con su generosidad sin límites, su celo
incansable, su firmeza invencible, abolió la esclavitud en Europa;
es decir, dió el primer paso que debía darse en la regeneración de
la humanidad, sentó la primera piedra que debía sentarse en el hondo
y anchuroso cimiento de la civilización europea: _la emancipación de
los esclavos, la abolición para siempre de este estado tan degradante:
la libertad universal_. Sin levantar antes al hombre de ese abyecto
estado, sin alzarle sobre el nivel de los brutos, no era posible crear
ni organizar una civilización llena de grandor y dignidad; porque,
dondequiera que se ve á un hombre acurrucado á los pies de otro hombre,
esperando con ojo inquieto las órdenes de su amo, ó temblando medroso
al solo movimiento de un látigo; dondequiera que el hombre es vendido
como un bruto, estimadas todas sus facultades, y hasta su vida, por
algunas monedas, allí la civilización no se desenvolverá jamás cual
conviene: siempre será flaca, enfermiza, falseada, porque, donde esto
se verifica, la humanidad lleva en su frente una marca de ignominia.
Probado, pues, que fué el Catolicismo quien quitó de en medio ese
obstáculo á todo adelanto social, limpiando, por decirlo así, á la
Europa de esa repugnante lepra que la infestaba de pies á cabeza,
entremos ahora en la investigación de lo que hizo el Catolicismo
para levantar el grandioso edificio de la civilización europea; que,
si reflexionamos seriamente cuanto ella entraña de vital y fecundo,
encontraremos nuevos y poderosos títulos que merecen á la Iglesia
católica la gratitud de los pueblos. Y ante todo será bien echar
una ojeada sobre el vasto é interesante cuadro que nos presenta la
civilización europea, resumiendo en pocas palabras sus principales
perfecciones; pues que de esta manera podremos más fácilmente darnos
razón á nosotros mismos de la admiración que nos causa, y del
entusiasmo que nos inspira. El individuo, con un vivo sentimiento de su
dignidad, con un gran caudal de laboriosidad, de acción y energía, y
con un desarrollo simultáneo de todas sus facultades; la mujer, elevada
al rango de compañera del hombre, y compensado, por decirlo así, el
deber de la sujeción con las respetuosas consideraciones de que se la
rodea; la blandura y firmeza de los lazos de familia, con poderosas
garantías de buen orden y de justicia; una admirable conciencia
pública, rica de sublimes máximas morales, de reglas de justicia y
de equidad, y de sentimientos de pundonor y decoro, conciencia que
sobrevive al naufragio de la moral privada, y que no consiente que
el descaro de la corrupción llegue al exceso de los antiguos; cierta
suavidad general de costumbres, que en tiempo de guerra evita grandes
catástrofes, y en medio de la paz hace la vida más dulce y apacible; un
profundo respeto al hombre y á su propiedad, que hace tan raras las
violencias particulares, y sirve de saludable freno á los gobernantes
en toda clase de formas políticas: un vivo anhelo de perfección en
todos ramos; una irresistible tendencia, errada á veces, pero siempre
viva, á mejorar el estado de las clases numerosas; un secreto impulso
á proteger la debilidad, á socorrer el infortunio, impulso que á veces
se desenvuelve con generoso celo, y, cuando no, permanece siempre
en el corazón de la sociedad causándole el malestar y la desazón de
un remordimiento; un espíritu de universalidad, de propagación, de
cosmopolitismo; un inagotable fondo de recursos para remozarse sin
perecer, para salvarse en las mayores crisis; una generosa inquietud
que se empeña en adelantarse al porvenir, y de que resultan una
agitación y un movimiento incesantes, algo peligrosos á veces, pero
que son comunmente el germen de grandes bienes, y señal de un poderoso
principio de vida: he aquí los grandes caracteres que distinguen á la
civilización europea, he aquí los rasgos que la colocan en un puesto
inmensamente superior á todas las demás civilizaciones antiguas y
modernas.
Leed la historia, desparramad vuestras miradas por todo el orbe, y
dondequiera que no reina el Cristianismo, si no prevalece la vida
bárbara ó la salvaje, hallaréis, por lo menos, una civilización que en
nada se parece á la nuestra, que ni aun remotamente puede comparársele.
Veréis algunas de esas civilizaciones con cierta regularidad, con
señales de firmeza, pues que duran al través de largos siglos; pero,
¿cómo duran? Sin caminar, sin moverse, porque carecen de vida, porque
su regularidad y duración son la de una estatua de mármol, que
inmóvil ve pasar ante sí numerosas generaciones. Pueblos hubo también
con una civilización que rebosaba de actividad y movimiento; pero,
¿qué actividad? ¿qué movimiento? Unos, dominados por el espíritu
mercantil, no aciertan á fundar sobre sólida base su felicidad
interior, sólo saben abordar á nuevas playas que ofrezcan cebo á su
codicia, desembarazándose del excedente de la población por medio
de las colonias, y estableciendo en el nuevo país crecido número de
factorías; otros, disputando y combatiendo eternamente por la mayor
ó menor latitud de la libertad política, olvidan su organización
social, no cuidan de su libertad civil, y, revolviéndose turbulentos en
estrechísimo círculo de espacio y de tiempo, no serían dignos siquiera
de que la posteridad conservara sus nombres, si no brillara entre ellos
con indecible encanto el genio de lo bello, si en los monumentos de su
saber no reflejaran, como en un claro espejo, algunos hermosos rayos
de la ciencia tradicional del Oriente; otros, grandiosos y terribles á
la verdad, pero trabajados sin cesar por las disensiones intestinas,
llevan esculpido en su frente el formidable destino de la conquista,
le cumplen avasallando el mundo, y caminan desde luego á su ruina
por un rapidísimo declive, en que nada los puede contener; otros,
por fin, exaltados por un violento fanatismo, se levantan como las
olas azotadas por el huracán, se arrojan sobre los demás pueblos como
inundación devastadora, y amenazan arrastrar en su fragosa corriente
á la misma civilización cristiana; pero es en vano su esfuerzo, se
estrellan sus oleadas contra una resistencia invencible; redoblan sus
acometidas, pero siempre forzadas á retroceder, y á tenderse de nuevo
sobre su lecho con un sordo bramido. Y ahora, vedlos allá al Oriente,
cual parecen un turbio charco que los ardores del sol acaban de secar;
vedlos allá los hijos y sucesores de Mahoma y de Omar, vedlos allá de
rodillas á las plantas del poderío europeo, mendigando una protección
que por ciertas miras se les dispensa, pero con desdeñoso desprecio.
Éste es el cuadro que nos ofrecen todas las civilizaciones antiguas y
modernas, excepto la europea, es decir, la cristiana. Sólo ella abarca
á la vez todo lo grande y lo bello que se encuentra en las demás;
sólo ella atraviesa las más profundas revoluciones, sin perecer; sólo
ella se extiende á todas las razas, se acomoda á todos los climas,
se aviene con las más variadas formas políticas; sólo ella se enlaza
amigablemente con todo linaje de instituciones, mientras pueda circular
por su corazón cual fecundante savia, produciendo gratos y saludables
frutos para bien de la humanidad.
¿Y de dónde habrá recibido la civilización europea su inmensa
superioridad sobre todas las otras? ¿De dónde ha salido tan gallarda,
tan rica, tan variada y fecunda, con ese sello de dignidad, de nobleza
y elevación, sin castas, sin esclavos, sin eunucos, sin esas miserias
que cual asquerosa lepra encontramos en los demás pueblos antiguos y
modernos? ¡Ah! los europeos nos lamentamos á menudo, y tan sentidamente
cual hacerlo pudo ningún pueblo; y no reflexionamos que somos los hijos
mimados de la Providencia, y que, si es verdad que sufrimos males,
patrimonio inseparable de la humanidad, son, empero, muy ligeros,
nulos, en comparación de los que sufrieron y sufren los demás pueblos.
Por lo mismo que es grande nuestra dicha, somos más descontentadizos,
y, por decirlo así, más melindrosos; sucediéndonos lo que á un hombre
de distinguida clase, acostumbrado á vivir rodeado de consideración
y respeto en medio de las comodidades y regalos: una leve palabra le
indigna, la más pequeña molestia le mortifica y desazona; sin reparar
que hay tantos hombres desnudos, y transidos de miseria, que no pueden
cubrir su desnudez sino con algunos harapos, ni apagar su hambre sino
con algunos mendrugos, todo recogido al través de mil repulsas y
bochornos.
Al contemplar la civilización europea, hieren el ánimo tantas y tan
varias impresiones, agólpase tal tropel de objetos como demandando
consideración y preferencia, que, si bien la imaginación se recrea con
la magnificencia y hermosura del cuadro, el entendimiento se abruma,
no atinando fácilmente por dónde se deba empezar el examen. El mejor
recurso, en tales casos, es la simplificación, descomponiendo el
objeto complexo, y reduciéndolo todo á sus elementos más simples.
_El individuo_, _la familia_, _la sociedad_: he aquí lo que debemos
examinar á fondo, he aquí lo que ha de ser el blanco de nuestras
investigaciones; que, si llegamos á comprenderlo bien, tal como es en
sí y prescindiendo de ligeras variaciones que no afectan su esencia, la
civilización europea, con todas sus riquezas, con todos sus secretos,
se desenvolverá á nuestros ojos, como sale de entre las sombras una
campiña abundante y amena al bañarla los rayos de la aurora.
Debe la civilización europea todo cuanto es y todo cuanto tiene, á la
posesión en que está de las principales verdades sobre el individuo,
sobre la familia y sobre la sociedad; se han comprendido en Europa
mejor que en ninguna otra parte la verdadera naturaleza, las verdaderas
relaciones, el verdadero fin de estos objetos; se tienen sobre ellos
ideas, sentimientos, miras de que se careció en otras civilizaciones; y
estas ideas y sentimientos están grabados fuertemente en la fisonomía
de los pueblos europeos, inoculados en sus leyes, en sus costumbres,
en sus instituciones, en su lenguaje; se respiran con el aire, porque
traen impregnada nuestra atmósfera como un aroma vivificante. Y es
porque de largos siglos abriga en su seno la Europa un principio
robusto que los conserva, propaga y aplica; es porque en las épocas más
trabajosas en que disuelta la sociedad tuvo que formarse de nuevo, fué
cabalmente cuando este principio regenerador disfrutó de más influjo
y prepotencia. Pasaron los tiempos, sobrevinieron grandes mudanzas,
el Catolicismo sufrió alternativas en su poder é influencia sobre la
Europa; pero la civilización, que era su obra, era demasiado sólida
para ser fácilmente destruída; el impulso era sobrado fuerte y certero
para que se perdiera fácilmente el rumbo; la Europa era un joven en
la flor de sus años, dotado de complexión robusta, y en cuyas venas
circula en abundancia la salud y la vida; los excesos del trabajo y de
la disipación le postran por algún tiempo, le hacen palidecer; pero
bien pronto recobra su rostro la lozanía y los colores, bien pronto
recobran sus miembros la agilidad y la fuerza.