Así andaba la Iglesia deshaciendo, por mil y mil medios, la cadena de
la servidumbre, sin salirse, empero, nunca de los límites señalados
por la justicia y la prudencia: así procuraba que desapareciese de
entre los cristianos ese estado degradante, que de tal modo repugnaba
á sus grandiosas ideas sobre la dignidad del hombre, á sus generosos
sentimientos de fraternidad y de amor. Dondequiera que se introduzca
el Cristianismo, las cadenas de hierro se trocarán en suaves lazos, y
los hombres abatidos podrán levantar con nobleza su frente. Agradable
es sobremanera el leer lo que pensaba sobre este punto uno de los
más grandes hombres del Cristianismo: San Agustín. (_De Civit. Dei_,
1. 19, c. 14, 15, 16.) Después de haber sentado en pocas palabras la
obligación del que manda, sea padre, marido ó señor, de mirar por el
bien de aquel á quien manda, encontrando así uno de los cimientos de
la obediencia en la misma utilidad del que obedece; después de haber
dicho que los justos no mandan por prurito ni soberbia, sino por el
deseo de hacer bien á sus súbditos: «_neque enim dominandi cupiditate
imperant, sed officia consulendi, nec principandi superbia, sed
providendi misericordia_»; después de haber proscripto con tan nobles
doctrinas toda opinión que se encaminara á la tiranía, ó que fundase la
obediencia en motivos de envilecimiento; como si temiese alguna réplica
contra la dignidad del hombre, enardécese de repente su grande alma,
aborda de frente la cuestión, la eleva á su altura más encumbrada, y,
desatando sin rebozo los nobles pensamientos que hervían en su frente,
invoca en su favor el orden de la naturaleza, y la voluntad del mismo
Dios, exclamando: «Así lo prescribe el orden natural, así crió Dios
al hombre; díjole que dominara á los peces del mar, á las aves del
cielo, y á los reptiles que se arrastran sobre la tierra. _La criatura
racional, hecha á su semejanza, no quiso que dominase sino á los
irracionales, no el hombre al hombre, sino el hombre al bruto._»
Este pasaje de San Agustín es uno de aquellos briosos rasgos que se
encuentran en los escritores de genio, cuando, atormentados por la
vista de un objeto angustioso, sueltan la rienda á la generosidad
de sus ideas y pensamientos, expresándose con osada valentía. El
lector, asombrado con la fuerza de la expresión, busca, suspenso y sin
aliento, lo que está escrito en las líneas que siguen, como abrigando
un recelo de que el autor se haya extraviado, seducido por la nobleza
de su corazón y arrastrado por la fuerza de su genio; pero se siente
un placer inexplicable cuando se descubre que no se ha apartado del
camino de la sana doctrina, sino que únicamente ha salido, cual
gallardo atleta, á defender la causa de la razón, de la justicia y de
la humanidad. Tal se nos presenta aquí San Agustín: la vista de tantos
desgraciados como gemían en la esclavitud, víctimas de la violencia y
caprichos de los amos, atormentaba su alma generosa; mirando al hombre
á la luz de la razón y de las doctrinas cristianas, no encontraba
motivo por que hubiese de vivir en tanto envilecimiento una porción
tan considerable del humano linaje; y por eso, mientras proclama las
doctrinas que acabo de indicar, lucha por encontrar el origen de tamaña
ignominia, y, no hallándola en la naturaleza del hombre, la busca en el
pecado, en la maldición. «Los primeros justos, dice, fueron más bien
constituídos pastores de ganados que no reyes de hombres, dándonos
Dios á entender con esto lo que pedía el orden de las criaturas, y lo
que exigía la pena del pecado: pues que la condición de la servidumbre
fué con razón impuesta al pecador; y por esto no encontramos en las
Escrituras la palabra _sirvió_ hasta que el justo Noé la arrojó como
un castigo sobre su hijo culpable. De lo que se sigue que este nombre
vino de la culpa, no de la naturaleza.»
Este modo de mirar la esclavitud como hija del pecado, como un fruto de
la maldición de Dios, era de la mayor importancia; pues que, dejando
salva la dignidad de la naturaleza del hombre, atajaba de raíz todas
las preocupaciones de superioridad natural que en su desvanecimiento
pudieran atribuirse los libres. Quedaba también despejada la esclavitud
del valor que podía darle el ser mirada como un pensamiento político,
ó medio de gobierno; pues sólo se debía considerarla como una de
tantas plagas arrojadas sobre la humanidad por la cólera del Altísimo.
En tal caso, los esclavos tenían un motivo de resignación; pero la
arbitrariedad de los amos encontraba un freno, y la compasión de todos
los libres, un estímulo; pues que, habiendo nacido todos en culpa,
todos hubieran podido hallarse en igual estado; y, si se envanecían por
no haber caído en él, no tenían más razón que quien se gloriase, en
medio de una epidemia, de haberse conservado sano, y se creyese por eso
con derecho de insultar á los infelices enfermos. En una palabra, el
estado de la esclavitud era una plaga, y nada más; era como la peste,
la guerra, el hambre ú otras semejantes; y por esta causa era deber de
todos los hombres el procurar, por de pronto, aliviarla, y el trabajar
para abolirla.
Semejantes doctrinas no quedaban estériles; proclamadas á la faz
del mundo, resonaban vigorosamente por los cuatro ángulos del orbe
católico: y, á más de ser puestas en práctica como lo acabamos de ver
en ejemplos innumerables, eran conservadas, como una teoría preciosa
al través del caos de los tiempos. Habían pasado ocho siglos, y las
vemos reproducidas por otra de las lumbreras más resplandecientes de
la Iglesia católica: Santo Tomás de Aquino. (1 p, q. 96, art. 4.) En
la esclavitud no ve tampoco ese grande hombre, ni diferencia de razas,
ni la inferioridad imaginaria, ni medios de gobierno; no acierta á
explicársela de otro modo que considerándola como una plaga acarreada á
la humanidad por el pecado del primer hombre.
Tanta es la repugnancia con que ha sido mirada entre los cristianos la
esclavitud, tan falso es lo que asienta M. Guizot de que «á la sociedad
cristiana no la confundiese ni irritase ese estado». Por cierto que
no hubo aquella confusión é irritación ciegas, que, salvando todas
las barreras, y no reparando en lo que dicta la justicia y aconseja
la prudencia, se arrojan sin tino á borrar la marca de abatimiento é
ignominia; pero, si se habla de aquella confusión é irritación que
resultan de ver oprimido y ultrajado al hombre, que no están, empero,
reñidas con una santa resignación y longanimidad, y que, sin dar
treguas á la acción de un celo caritativo, no quieren, sin embargo,
precipitar los sucesos, antes los preparan maduramente para alcanzar
efecto más cumplido; si hablamos de esta santa confusión é irritación,
¿cabe mejor prueba de ella, que los hechos que he citado, que las
doctrinas que he recordado? ¿cabe protesta más elocuente contra la
duración de la esclavitud que la doctrina de los dos insignes doctores,
que, como acabamos de ver, la declaran un fruto de maldición, un
castigo de la prevaricación del humano linaje; que no la pueden
concebir sino poniéndola en la misma línea de las grandes plagas que
afligen á la humanidad?
Las profundas razones que mediaron para que la Iglesia recomendase á
los esclavos la obediencia, bastante las llevo evidenciadas, y no puede
haber nadie imparcial que se lo achaque á olvido de los derechos del
hombre. Ni se crea por eso que faltase en la sociedad cristiana la
firmeza necesaria para decir la verdad toda entera, con tal que fuera
verdad saludable. Tenemos de ello una prueba en lo que sucedió con
respecto al matrimonio de los esclavos: sabido es que no era reputado
como tal, y que ni aun podían contraerle sin el consentimiento de sus
amos, so pena de considerarse como nulo. Había en esto una usurpación,
que luchaba abiertamente con la razón y la justicia: ¿qué hizo, pues,
la Iglesia? Rechazó sin rodeos tamaña usurpación. Oigamos, ó si no,
lo que decía el Papa Adriano I. «Según las palabras del Apóstol, así
como en Cristo Jesús no se ha de remover de los sacramentos de la
Iglesia ni al libre ni al esclavo, así tampoco entre los esclavos no
deben de ninguna manera prohibirse los matrimonios; y, si los hubieren
_contraído contradiciéndolo y repugnándolo los amos, de ninguna manera
se deben por eso disolver_.» (_De Coniu. serv._, l. 4., t. 9, c. 1.)
Esta disposición, que aseguraba la libertad de los esclavos en uno
de los puntos más importantes, no debe ser tenida como limitada á
determinadas circunstancias; era algo más, era una proclamación de
su libertad en esta materia, era que la Iglesia no quería consentir
que los hombres estuviesen al nivel de los brutos, viéndose forzados
á obedecer al capricho ó al interés de otro hombre, sin consultar
siquiera los sentimientos del corazón. Así lo entendía Santo Tomás,
pues que sostiene abiertamente que, en punto á contraer matrimonio, _no
deben los esclavos obedecer á sus dueños_. (2.ª 2.^{ae}, q. 104, art.
5.)
En el rápido bosquejo que acabo de trazar, he cumplido, según creo,
con lo que al principio insinué: de que no adelantaría una proposición
que no la apoyara en irrecusables documentos, sin dejarme extraviar
por el entusiasmo á favor del Catolicismo, hasta atribuirle lo que
no le pertenezca. Velozmente, á la verdad, hemos atravesado el caos
de los siglos: pero se nos han presentando, en diversísimos tiempos
y lugares, pruebas convincentes de que el Catolicismo es quien ha
abolido la esclavitud, á pesar de las ideas, de las costumbres, de los
intereses, de las leyes que formaban un reparo, al parecer invencible;
y todo sin injusticias, sin violencias, sin trastornos, y todo con la
más exquisita prudencia, con la más admirable templanza. Hemos visto
á la Iglesia católica desplegar contra la esclavitud un ataque tan
vasto, tan variado, tan eficaz, que, para quebrantarse la ominosa
cadena, no se ha necesitado siquiera un golpe violento; sino que,
expuesta á la acción de poderosísimos agentes, se ha ido aflojando,
deshaciendo, hasta caerse á pedazos. Primero se enseñan en alta voz
las verdaderas doctrinas sobre la dignidad del hombre, se marcan las
obligaciones de los amos y de los esclavos, se los declara iguales
ante Dios, reduciéndose á polvo las teorías degradantes que manchan
los escritos de los mayores filósofos de la antigüedad; luego se
empieza la aplicación de las doctrinas, procurando suavizar el trato
de los esclavos; se lucha con el derecho atroz de vida y muerte, se
les abren por asilo los templos, no se permite que á la salida sean
maltratados, y se trabaja por substituir á la vindicta privada la
acción de los tribunales; al propio tiempo se garantiza la libertad de
los manumitidos enlazándola con motivos religiosos, se defiende con
tesón y solicitud la de los ingenuos, se procura cegar las fuentes
de la esclavitud, ora desplegando vivísimo celo por la redención de
los cautivos, ora saliendo al paso á la codicia de los judíos, ora
abriendo expeditos senderos por donde los vendidos pudiesen recobrar
la libertad; se da en la Iglesia el ejemplo de la suavidad y del
desprendimiento, se facilita la emancipación admitiendo á los esclavos
á los monasterios y al estado eclesiástico, y por otros medios que iba
sugiriendo la caridad: y así, á pesar del hondo arraigo que tenía la
esclavitud en la sociedad antigua, á pesar del trastorno traído por la
irrupción de los bárbaros, á pesar de tantas guerras y calamidades de
todos géneros, con que se inutilizaba en gran parte el efecto de toda
acción reguladora y benéfica, se vió, no obstante, que la esclavitud,
esa lepra que afeaba á las civilizaciones antiguas, fué disminuyéndose
rápidamente en las naciones cristianas, hasta que al fin desapareció.
No se descubre, por cierto, un plan concebido y concertado por los
hombres; mas, por lo mismo que sin ese plan se nota tanta unidad de
tendencias, tanta identidad de miras, tanta semejanza en los medios,
hay una prueba evidente del espíritu civilizador y libertador entrañado
por el Catolicismo; y los verdaderos observadores se complacerán, sin
duda, en ver en el cuadro que acabo de presentar, cuál concuerdan
admirablemente en dirigirse al mismo blanco, los tiempos del imperio,
los de la irrupción de los bárbaros, y los de la época del feudalismo;
y, más que en aquella mezquina regularidad que distingue lo que es
obra exclusiva del hombre, se complacerán, repito, los verdaderos
observadores, en andar recogiendo los hechos desparramados en aparente
desorden, desde los bosques de la Germania hasta las campiñas de la
Bética, desde las orillas del Támesis hasta las márgenes del Tiber.
Estos hechos yo no los he fingido; anotadas van las épocas, citados
los concilios; al fin de este volumen encontrará el lector, originales
y por extenso, los textos que aquí he extractado y resumido, y allí
podrá cerciorarse plenamente de que no le he engañado. Que, si tal
hubiera sido mi intención, á buen seguro que no hubiera descendido al
terreno de los hechos: entonces habría divagado por las regiones de
las teorías; habría pronunciado palabras pomposas y seductoras; habría
echado mano de los medios más á propósito para encantar la fantasía
y excitar los sentimientos; me habría colocado en una de aquellas
posiciones, en que puede un escritor suponer á su talante cosas que
jamás han existido, y lucir, con harto escaso trabajo, las galas de la
imaginación y la fecundidad del ingenio. Me he impuesto una tarea algo
más penosa, quizás no tan brillante, pero ciertamente más fecunda.
Y ahora podremos preguntar á M. Guizot, cuáles han sido las _otras
causas_, las _otras ideas_, los _otros principios_ de _civilización_,
cuyo completo desarrollo, según nos dice, ha sido necesario _para que
triunfase al fin la razón, de la más vergonzosa de las iniquidades_.
Esas causas, esas ideas, esos principios de civilización que, según
él, ayudaron á la Iglesia en la abolición de la esclavitud, menester
era explicarlos, indicarlos cuando menos; que así el lector hubiera
podido evitarse el trabajo de buscarlos como quien adivina. Si no
brotaron del seno de la Iglesia, ¿dónde estaban? ¿Estaban en los
restos de la civilización antigua? Pero los restos de una civilización
destrozada, y casi aniquilada, ¿podrían hacer lo que no hizo ni
pensó hacer jamás esa misma civilización cuando se hallaba en todo
su vigor, pujanza y lozanía? ¿Estaban quizás en el individualismo de
los bárbaros, cuando este individualismo era inseparable compañero de
la violencia, y, por consiguiente, debía ser una fuente de opresión
y esclavitud? ¿Estaban quizás en el patronazgo militar, introducido,
según Guizot, por los mismos bárbaros, que puso los cimientos de esa
organización aristocrática, convertida más tarde en feudalismo? Pero,
¿qué tenía que ver ese patronazgo con la abolición de la esclavitud,
cuando era lo más á propósito para perpetuarla en los indígenas de
los países conquistados, y extenderla á una porción considerable
de los mismos conquistadores? ¿Dónde está, pues, una idea, una
costumbre, una institución que, sin ser hija del Cristianismo, haya
contribuído á la abolición de la esclavitud? Señálese la época de su
nacimiento, el tiempo de su desarrollo; muéstresenos que no tuvo su
origen en el Cristianismo, y entonces confesaremos que él no puede
pretender exclusivamente el honroso título de haber abolido estado
tan degradante; y no dejaremos por eso de aplaudir y ensalzar aquella
idea, costumbre ó institución que haya tomado una parte en la bella y
grandiosa empresa de libertar á la humanidad.
Y ahora, bien se puede preguntar á las Iglesias protestantes, á esas
hijas ingratas que, después de haberse separado del seno de su madre,
se empeñan en calumniarla y afearla: ¿dónde estabais vosotras cuando la
Iglesia católica iba ejecutando la inmensa obra de la abolición de la
esclavitud? ¿Cómo podréis achacarle que simpatiza con la servidumbre,
que trata de envilecer al hombre, de usurparle sus derechos? ¿Podréis
vosotras presentar un título, que así os merezca la gratitud del
linaje humano? ¿Qué parte podéis pretender en esa grande obra, que es
el primer cimiento que debía echarse para el desarrollo y grandor de
la civilización europea? Solo, sin vuestra ayuda, la llevó á cabo el
Catolicismo; y solo hubiera conducido á la Europa á sus altos destinos,
si vosotras no hubierais venido á torcer la majestuosa marcha de esas
grandes naciones, arrojándolas desatentadamente por un camino sembrado
de precipicios: camino cuyo término está cubierto con densas sombras,
en medio de las cuales sólo Dios sabe lo que hay.[15]