NOTAS

[1] Pág. 11.--_La historia de las variaciones de los

protestantes_, de Bossuet, es una de aquellas obras que

agotan su objeto; que ni dejan réplica, ni consienten

añadidura. Leída con reflexión esta obra inmortal, la causa

del Protestantismo está fallada bajo un aspecto dogmático; no

queda medio alguno entre el Catolicismo y la incredulidad.

Gibbon la había leído en su juventud, y se había hecho

católico, abandonando la religión protestante, en que había

sido educado. Después volvió á separarse de la Iglesia

católica, pero no fué protestante, sino incrédulo. Quizás no

disgustará á los lectores el oir de la boca de este célebre

escritor el juicio que formaba de la obra de Bossuet, y la

relación del efecto que le produjo su lectura; dice así:

«En la _Historia de las variaciones_, ataque tan vigoroso

como bien dirigido, desenvuelve, con felicísima mezcla de

raciocinio y de narración, las faltas, los extravíos, las

incertidumbres y las contradicciones de nuestros primeros

reformadores, cuyas variaciones, como él sostiene hábilmente,

llevan el carácter del error, mientras que la no _interrumpida

unidad de la Iglesia católica es la señal y testimonio de la

infalible verdad_: leí, aprobé, creí.» (_Gibbon, Memorias._)

[2] Pág. 13.--Lutero, á quien se empeñan todavía algunos

en presentárnoslo como un hombre de altos conceptos, de

pecho noble y generoso, de vindicador de los derechos de la

humanidad, nos ha dejado en sus escritos el más seguro y

evidente testimonio de su carácter violento, de su extremada

grosería y de la más feroz intolerancia. Enrique VIII, Rey

de Inglaterra, había refutado el libro de Lutero llamado

_de Captivitate Babilonica_, y, enojado este por semejante

atrevimiento, escribe al Rey, llamándole _sacrílego_, _loco_,

_insensato_, _el más grosero de todos los puercos y de todos

los asnos_. Si la majestad real no inspiraba á Lutero respeto

ni miramiento, tampoco tenía ninguna consideración al mérito.

Erasmo, quizás el hombre más sabio de su siglo, ó al menos

el más erudito, más literato y brillante, y que, por cierto,

no escaseó la indulgencia con Lutero y sus secuaces, fué, no

obstante, tratado con tanta virulencia por el fogoso corifeo,

así que éste vió que no podía traerle á la nueva secta, que,

lamentándose de ello Erasmo, decía: «que en su vejez se veía

obligado á pelear con una bestia feroz, ó con un furioso

jabalí». No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba

á los hechos: y bien sabido es que por instigación suya fué

desterrado Carlostadio de los estados del duque de Sajonia,

hallándose, por efecto de la persecución, reducido á tal

miseria, que se veía precisado á ganarse el sustento llevando

leña, y haciendo otros oficios muy ajenos á su estado. En

sus ruidosas disputas con los zuinglianos, no desmintió

Lutero su carácter, llamándolos hombres _condenados_,

_insensatos_, _blasfemos_. Cuando así trataba á sus compañeros

disidentes, nada extraño es que llamase á los doctores

de Lovaina _verdaderas bestias_, _puercos_, _paganos_,

_epicúreos_, _ateos_; que prorrumpiese en otras expresiones

que la decencia no permite copiar, y que, desenfrenándose

contra el Papa, dijese, «que era un lobo rabioso, que todo

el mundo debía armarse contra él, sin esperar orden alguna

de los magistrados; que en este punto sólo podía caber

arrepentimiento por no haberle pasado el pecho con la espada;

y que todos aquellos que le seguían, debían ser perseguidos

como los soldados de un capitán de bandoleros, aunque fueran

reyes ó emperadores». Este es el espíritu de tolerancia y

libertad de que estaba animado Lutero: y cuenta que nos sería

fácil aducir muchas otras pruebas.

No se crea que tal intolerancia fuese exclusivamente propia

de Lutero; extendíase á todo el partido, y se hacían sentir

sus efectos de un modo cruel. Afortunadamente tenemos de esta

verdad un testigo irrefragable. Es Melanchton, el discípulo

querido de Lutero, uno de los hombres más distinguidos que ha

tenido el Protestantismo. «Me hallo en tal esclavitud (decía,

escribiendo á su amigo Camerario) como si estuviera en la

cueva de los cíclopes; por manera que apenas me es posible

explicarte mis penas, viniéndome á cada paso tentaciones de

escaparme.» «Son gente ignorante (decía en otra carta) que

no conoce piedad ni disciplina; mirad á los que mandan, y

veréis que estoy como Daniel en la cueva de los leones.» ¡Y

se dirá todavía que presidía á tamaña empresa un pensamiento

generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento humano!

La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues, á más

de quedar consignada en el hecho indicado en el texto, se

manifiesta á cada paso en sus obras, por el tratamiento que

da á sus adversarios. _Malvados_, _tunantes_, _borrachos_,

_locos_, _furiosos_, _rabiosos_, _bestias_, _toros_,

_puercos_, _asnos_, _perros_, _viles esclavos de Satanás_: he

aquí las lindezas que se hallan á cada paso en los escritos

del célebre reformador. ¡Cuánto y cuánto de semejante podría

añadir, si no temiese fastidiar á los lectores!

[3] Pág. 14.--En la dieta de Espira se había hecho un decreto

que contenía varias disposiciones relativas al cambio de

religión: catorce ciudades del imperio no quisieron someterse

á este decreto y presentaron una _protesta_; de aquí vino

que los disidentes empezaron á llamarse _protestantes_. Como

este nombre es la condenación de las Iglesias separadas,

han tratado algunas veces de apropiarse otros; pero siempre

en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre

falso no dura. ¿Qué pretendían significar cuando se

llamaban evangélicos? ¿acaso el que se atenían únicamente

al Evangelio? En tal caso mejor debían llamarse, bíblicos,

pues que no pretendían precisamente atenerse al Evangelio,

sino á la _Biblia_. Llámanse también á veces _reformados_, y

algunos suelen apellidar al Protestantismo _Reforma_; pero

basta pronunciar este nombre para descubrir su impropiedad.

_Revolución religiosa_ le cuadraría mucho mejor.

[4] Pág. 15.--El conde de Maistre, en su obra _Del Papa_,

ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera

inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy

atinada, cual es, que sólo la Iglesia católica tiene un nombre

_positivo_ y propio, con que se llama ella á sí misma, y hace

que la llamen los otros. Las Iglesias separadas han excogitado

varios, pero no han podido apropiárselos. «Si cada uno, dice,

es libre de darse el nombre que le agrada, la misma Lais en

persona podría escribir sobre la puerta de su casa: _Palacio

de Artemisa_. La dificultad está en obligar á los demás á

darnos el nombre que nosotros escogemos.»

No se crea que sea el conde de Maistre el inventor de ese

argumento de los nombres: habíanlo empleado de antemano San

Jerónimo y San Agustín: «Si oyeres, dice San Jerónimo, que se

llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no

son la Iglesia de Cristo, sino la Sinagoga del Anticristo.»

_Si audieris nuncupari marcionistas, valentinianos,

montanenses, scito non Ecclesiam Christi, sed Antichristi

esse Sinagogam._ (_Hieron., lib. adversus Luciferanios._)

«Tiéneme en la Iglesia, dice San Agustín, el mismo nombre de

católica, pues que no sin causa, y entre tantas sectas, le

obtuvo ella sola, y de tal manera, que, queriéndose llamar

católicos todos los herejes, sin embargo, si un peregrino

les pregunta por el templo católico, ninguno de los herejes

se atreve á mostrarle su basílica ó su casa.» «_Tenet me in

Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine causa inter

tam multas haereses, sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes

haeretici se catholicos dici velint, quaerenti tamen peregrino

alicui, ubi ad catholicam conveniatur, nullus haereticorum,

vel basilicam suam, vel domum audcat ostendere._» (_S. Aug._)

Esto que observaba San Agustín en su tiempo, se ha verificado

también con respecto á los protestantes, y pueden dar de ello

testimonio los que han visitado aquellos países en que hay

diferentes comuniones. Un ilustre español del siglo XVII y

que había pasado mucho tiempo en Alemania, nos dice: «Todos

quieren llamarse católicos y apostólicos, pero los demás los

llaman luteranos y calvinistas. _Singuli volunt dici catholici

et apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc praetenso illis

nomine, sed luterani potius aut calviniani nominantur._»

(_Caramuel._) «He habitado, continúa el mismo, en ciudades

de herejes, y vi con mis ojos y oí con mis oídos, una cosa

que debieran pesar los heterodoxos: esto es, _que á excepción

del predicador protestante, y de algunos pocos que pretenden

saber más de lo que conviene, todo el vulgo de los herejes

llama católicos á los romanos_.» (_Habitavi in haereticorum

civitatibus; et hoc propriis oculis vidi, propriis auditi

auribus, quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter

praedicantem, et pauculos qui plus sapiunt quam oportet

sapere, totum haereticorum vulgus catholicos vocat romanos._)

Tanta es la fuerza de la verdad. Los ideólogos saben muy bien

que semejantes fenómenos proceden de causas profundas, y que

estos argumentos son algo más que sutilezas.

[5] Pág 36.--Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se ha

exagerado su influencia en los desastres que en los últimos

siglos han afligido á la Iglesia, teniéndose cuidado, al

propio tiempo, de ensalzar con hipócritas encomios la pureza

de las costumbres y la rigidez de la disciplina de los

primeros siglos, que algunos han llegado á imaginarse una

línea divisoria entre unos tiempos y otros; no concibiendo en

los primeros más que verdad y santidad, y no atribuyendo á los

segundos otra cosa que corrupción y mentira; como si en los

primeros siglos de la Iglesia todos los miembros hubiesen sido

ángeles, como si en todas épocas no hubiese tenido la Iglesia

que corregir errores y enfrenar pasiones. Con la historia

en la mano sería fácil reducir á su justo valor estas ideas

exageradas; exageración de que se hizo cargo el mismo Erasmo,

por cierto poco inclinado á disculpar á sus contemporáneos. En

un cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia,

hace ver hasta la evidencia, cuán infundado y pueril era el

prurito que entonces cundía de ensalzar todo lo antiguo para

deprimir lo presente. Un fragmento de este objeto se halla

entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre las

historia de Fleury.

Curioso fuera también hacer una reseña de las disposiciones

tomadas por la Iglesia para refrenar toda clase de abusos.

Las colecciones de los concilios podrían suministrarnos tan

copiosa materia para comprobar este aserto, que no sería

fácil encerrarla en pocos volúmenes; ó, más bien, las mismas

colecciones, con toda su mole asombradora, no son otra cosa,

de un extremo á otro, que una prueba evidente de estas dos

verdades: primera, que en todos tiempos ha habido muchos

abusos que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad

y la corrupción humanas; segunda, que en todas épocas la

Iglesia ha procurado corregirlos, pudiendo, desde luego,

asegurarse que no es posible señalar uno, sin que se ofrezca

también la correspondiente disposición canónica que lo reprime

ó castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que

el Protestantismo no tuvo su principal origen en los abusos,

sino que era una de aquellas grandes calamidades que, atendida

la volubilidad del espíritu humano y el estado en que se

encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables.

En el mismo sentido que dijo Jesucristo que era _necesario

que hubiese escándalos_, no porque nadie se halle forzado á

darlos, sino porque tal es la corrupción del corazón humano,

que, siguiendo las cosas el orden regular, no puede menos de

haberlos.

[6] Pág. 45.--Ese concierto, esa unidad, que se descubren en

el Catolicismo, deben llenar de admiración y asombro á todo

hombre juicioso, sean cuales fueren sus ideas religiosas.

Si no suponemos que _hay aquí el dedo de Dios_, ¿cómo será

posible explicar ni concebir la duración del centro de la

unidad, que es la Cátedra de Roma? Tanto se ha dicho ya

sobre la supremacía del Papa, que es muy difícil añadir nada

nuevo; pero quizás no desagradará á los lectores el que les

presente un interesante trozo de San Francisco de Sales, en

que reunió los varios y notables títulos que ha dado á los

Sumos Pontífices, y á su silla, la antigüedad eclesiástica.

Este trabajo del santo Obispo es interesante, no tan sólo por

lo que pica la curiosidad, sino también porque da margen á

gravísimas reflexiones, que el lector hará, sin duda, por sí

mismo. Helo aquí:

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 24 / 58 题