CAPITULO XVII

Mientras se suavizaba el trato de los esclavos, y se los aproximaba en

cuanto era posible á los hombres libres, era necesario no descuidar

la obra de la emancipación universal; pues que no bastaba mejorar

ese estado, sino que, además, convenía abolirle. La sola fuerza de

las doctrinas cristianas, y el espíritu de caridad que, al par con

ellas, se iba difundiendo por toda la tierra, atacaban tan vivamente

la esclavitud, que, tarde ó temprano, debían llevar á cabo su completa

abolición; porque es imposible que la sociedad permanezca por largo

tiempo en un orden de cosas que esté en oposición con las ideas de que

está imbuída. Según las doctrinas cristianas, todos los hombres tienen

un mismo origen y un mismo destino, todos son hermanos en Jesucristo,

todos están obligados á amarse de todo corazón, á socorrerse en

las necesidades, á no ofenderse ni siquiera de palabra; todos son

iguales ante Dios, pues que serán juzgados sin acepción de personas;

el Cristianismo se iba extendiendo, arraigando por todas partes,

apoderándose de todas las clases, de todos los ramos de la sociedad:

¿cómo era posible, pues, que continuase la esclavitud, ese estado

degradante en que el hombre es propiedad de otro, en que es vendido

como un bruto, en que se le priva de los dulcísimos lazos de familia,

en que no participa de ninguna de las ventajas de la sociedad? Cosas

tan contrapuestas, ¿podían vivir juntas?

Las leyes estaban en favor de la esclavitud, es verdad, y aun puede

añadirse más, y es que el Cristianismo no desplegó un ataque directo

contra esas leyes; pero, en cambio, ¿qué hizo? Procuró apoderarse de

las ideas y costumbres, les comunicó un nuevo impulso, les dió una

dirección diferente, y, en tal caso, ¿qué pueden las leyes? Se afloja

su rigor, se descuida su observancia, se empieza á sospechar de su

equidad, se disputa sobre su conveniencia, se notan sus malos efectos,

van caducando poco á poco, de manera que, á veces, ni es necesario

darles un golpe para destruirlas; se las arrumba por inútiles, ó, si

merecen pena de una abolición expresa, es por mera ceremonia: son como

un cadáver que se entierra con honor.

Mas no se infiera de lo que acabo de decir, que, por dar tanta

importancia á las ideas y costumbres cristianas, pretenda que se

abandonó el buen éxito á esa sola fuerza, sin que, al propio tiempo,

cuidara la Iglesia de tomar las medidas conducentes, demandadas por los

tiempos y circunstancias: nada de eso; antes, como llevo indicado ya,

la Iglesia echó mano de varios medios, los más á propósito para surtir

el efecto deseado.

Si se quería asegurar la obra de emancipación, era muy conveniente,

en primer lugar, poner á cubierto de todo ataque la libertad de los

manumitidos: libertad que, desgraciadamente, no dejaba de verse

combatida con frecuencia, y de correr graves peligros. De este triste

fenómeno no es difícil encontrar las causas en los restos de las ideas

y costumbres antiguas, en la codicia de los poderosos, en el sistema

de violencia generalizado con la irrupción de los bárbaros, y en la

pobreza, desvalimiento y completa falta de educación y moralidad,

en que debían de encontrarse los infelices que iban saliendo de la

esclavitud; porque es de suponer que muchos no conocerían todo el valor

de la libertad, que no siempre se portarían en el nuevo estado conforme

dicta la razón y exige la justicia, y que, entrando de nuevo en la

posesión de los derechos de hombre libre, no sabrían cumplir con sus

nuevas obligaciones. Pero, todos estos inconvenientes, inseparables de

la naturaleza de las cosas, no debían impedir la consumación de una

obra reclamada por la religión y la humanidad; era necesario resignarse

á sufrirlos, considerando que en la parte de culpa que caber pudiera

á los manumitidos, había muchos motivos de excusa, á causa de que

el estado de que acababan de salir, embargaba el desarrollo de las

facultades intelectuales y morales.

Poníase á cubierto de los ataques de la injusticia, y quedaba, en

cierto modo, revestida de una inviolabilidad sagrada la libertad de

los nuevos emancipados, si su emancipación se enlazaba con aquellos

objetos que á la sazón ejercían más poderoso ascendiente. Hallábase

en este caso la Iglesia, y cuanto era de su pertenencia; y por lo

mismo fué, sin duda, muy conducente que se introdujese la costumbre de

manumitir en los templos. Este acto, al paso que reemplazaba los usos

antiguos, y los hacía olvidar, venía á ser como una declaración tácita

de lo muy agradable que era á Dios la libertad de los hombres; una

proclamación práctica de su igualdad ante Dios, ya que allí mismo se

ejecutaba la manumisión, donde se leía con frecuencia que delante de

Dios no hay acepción de personas, en el mismo lugar donde desaparecían

todas las distinciones mundanas, donde quedaban confundidos todos los

hombres, unidos con suaves lazos de fraternidad y de amor. Verificada

de este modo la manumisión, la Iglesia tenía un derecho más expedito

para defender la libertad del manumitido; pues que, habiendo sido

ella testigo del acto, podía dar fe de su espontaneidad y demás

circunstancias para asegurar la validez; y aun podía también reclamar

su observancia, apoyándose en que faltar á ella era, en cierto modo,

una profanación del lugar sagrado, era no cumplir lo prometido delante

del mismo Dios.

No se olvidaba la Iglesia de aprovechar en favor de los manumitidos,

semejantes circunstancias; y así vemos que el primer concilio de

Orange, celebrado en 441, dispone en su canon 7 que es menester

reprimir con censuras eclesiásticas á los que quieren someter á algún

género de servidumbre á los esclavos á quienes se haya dado libertad

en la Iglesia; y un siglo después encontramos repetida la misma

prohibición en el canon 7 del 5.º concilio de Orleans, celebrado en el

año 549.

La protección dispensada por la Iglesia á los esclavos manumitidos

era tan manifiesta y conocida de todos, que se introdujo la costumbre

de recomendárselos muy particularmente. Hacíase esta recomendación á

veces en testamento, como nos lo indica el concilio de Orange poco ha

citado; ordenando que, por medio de las censuras eclesiásticas, se

impida que sean sometidos á género alguno de servidumbre los esclavos

manumitidos, recomendados en testamento á la Iglesia. No siempre se

hacía por testamento esa recomendación, según se infiere del canon 6

del concilio de Toledo, celebrado en 589, donde se dispone que, cuando

sean recomendados á la Iglesia algunos manumitidos, no se los prive

ni á ellos ni á sus hijos de la protección de la misma. Aquí se habla

en general, sin limitarse al caso de mediar testamento. Lo mismo

puede verse en otro concilio de Toledo, celebrado en el año 633, donde

se dice que la Iglesia recibirá únicamente bajo su protección á los

libertos de los particulares que se los hayan recomendado.

Aun cuando la manumisión no se hubiese hecho en el templo, ni hubiese

mediado recomendación particular, no obstante, la Iglesia no dejaba de

tomar parte en la defensa de los manumitidos, en viendo que peligraba

su libertad. Quien estime en algo la dignidad del hombre, quien abrigue

en su pecho algún sentimiento de humanidad, seguramente no llevará á

mal que la Iglesia se entrometiese en esa clase de negocios, aunque

no consideráramos otros títulos que los que da al hombre generoso la

protección del desvalido; no le desagradará el encontrar mandado en el

canon 29 del concilio de Agde en Languedoc, celebrado en 506, que la

Iglesia, en caso necesario, tome la defensa de aquellos á quienes sus

amos han dado legítimamente libertad.

En la grande obra de la abolición de la esclavitud, ha tenido no

escasa parte el celo que en todos tiempos y lugares ha desplegado la

Iglesia por la redención de los cautivos. Sabido es que una porción

considerable de esclavos debía esta suerte á los reveses de la guerra.

Á los antiguos les hubiera parecido fabulosa la índole suave de las

guerras modernas; ¡ay de los vencidos! podíase exclamar con toda

verdad; no había medio entre la muerte y la esclavitud. Agravábase el

mal con una preocupación funesta que se había introducido contra la

redención de los cautivos; preocupación que tenía su apoyo en un rasgo

de asombroso heroísmo. Admirable es sin duda la fortaleza de Régulo;

erízanse los cabellos al leer las valientes pinceladas con que le

retrata Horacio (L. 3, od. 5); y el libro se cae de las manos al llegar

el terrible lance en que:

Fertur pudicae confugis osculum

Parvosque natos, ut capitis minor,

A se removisse, et virilem

Torvus humi possuisse vultum.

Pero, sobreponiéndonos á la profunda impresión que nos causa tanto

heroísmo, y al entusiasmo que excita en nuestro pecho todo cuanto

revela una grande alma, no podremos menos de confesar que aquella

virtud rayaba en feroz; y que en el terrible discurso que sale de los

labios de Régulo, hay una política cruel contra la que se levantarían

vigorosamente los sentimientos de humanidad, si no estuviera embargada

y como aterrada nuestra alma, á la vista del sublime desprendimiento

del hombre que habla.

El Cristianismo no podía avenirse con semejantes doctrinas: no quiso

que se sostuviese la máxima de que, para hacer á los hombres valientes

en la guerra, era necesario dejarlos sin esperanza; y los admirables

rasgos de valor, las asombrosas escenas de inalterable fortaleza y

constancia, que esmaltan por doquiera las páginas de la historia de

las naciones modernas, son un elocuente testimonio del acierto de la

religión cristiana, al proclamar que la suavidad de costumbres no

estaba reñida con el heroísmo. Los antiguos rayaban siempre en uno de

dos extremos: la molicie ó la ferocidad; entre estos extremos hay un

medio, y este medio lo ha enseñado la religión cristiana.

Consecuente, pues, el Cristianismo en sus principios de fraternidad

y de amor, tuvo por uno de los objetos más dignos de su caritativo

celo el rescate de los cautivos; y ora miremos los hermosos rasgos de

acciones particulares que nos ha conservado la historia, ora atendamos

al espíritu que ha dirigido la conducta de la Iglesia, encontraremos

un nuevo y bellísimo título para granjear á la religión cristiana la

gratitud de la humanidad.

Un célebre escritor moderno, M. de Chateaubriand, nos ha presentado en

los bosques de los francos á un sacerdote cristiano esclavo, y esclavo

voluntario, por haberse entregado él mismo á la esclavitud en rescate

de un soldado cristiano que gemía en el cautiverio, y que había dejado

su esposa en el desconsuelo, y á tres hijos en la orfandad y en la

pobreza. El sublime espectáculo que nos ofrece Zacarías, sufriendo

con serena calma la esclavitud por el amor de Jesucristo y de aquel

infeliz á quien había libertado, no es una mera ficción del poeta; en

los primeros siglos de la Iglesia viéronse en abundancia semejantes

ejemplos, y el que haya llorado al ver el heroico desprendimiento y

la inefable caridad de Zacarías, puede estar seguro de que con sus

lágrimas ha pagado un tributo á la verdad. «Á muchos de los nuestros

hemos conocido, dice el Papa San Clemente, que se entregaron ellos

mismos al cautiverio para rescatar á otros.» (Carta 1 á los Corin., c.

55.)

Era la redención de los cautivos un objeto tan privilegiado, que estaba

prevenido por antiquísimos cánones que, si esta atención lo exigía, se

vendiesen las alhajas de las iglesias, hasta sus vasos sagrados: en

tratándose de los infelices cautivos, no tenía límites la caridad; el

celo saltaba todas las barreras, hasta llegar al caso de mandarse que,

por malparados que se hallasen los negocios de una iglesia, primero que

á su reparación, debía atenderse á la redención de los cautivos. (Cuas.

12, q. 2.) Al través de los trastornos que consigo trajo la irrupción

de los bárbaros, vemos que la Iglesia, siempre constante en su

propósito, no desmiente la generosa conducta con que había principiado.

No cayeron en olvido ni en desuso las disposiciones benéficas de los

antiguos cánones, y las generosas palabras del santo obispo de Milán en

favor de los cautivos, encontraron un eco, que nunca se interrumpió, á

pesar del caos de los tiempos. (V. S. Ambros., de off. L. 2, c. 15.)

Por el canon 5 del concilio de Macón, celebrado en 585, vemos que los

sacerdotes se ocupaban en el rescate de los cautivos, empleando para

ello los bienes eclesiásticos; el de Reims, celebrado en el año 625,

impone la pena de suspensión de sus funciones al obispo que deshaga

los vasos sagrados; añadiendo, empero, generosamente: «_por cualquier

otro motivo que no sea el de redimir cautivos_»; y mucho tiempo después

hallamos en el canon 12 del de Verneuil, celebrado en el año 844, que

los bienes de la Iglesia servían para la redención de cautivos.

Restituído á la libertad el cautivo, no le dejaba sin protección la

Iglesia, antes se la continuaba con solicitud, librándole cartas

de recomendación; seguramente con el doble objeto de guardarle de

nuevas tropelías en su viaje, y de que no le faltasen los medios para

repararse de los quebrantos sufridos en el cautiverio. De este nuevo

género de protección tenemos un testimonio en el canon 2 del concilio

de Lión, celebrado en 583, donde se dispone: que los obispos deben

poner en las cartas de recomendación que dan á los cautivos, la fecha,

y el precio del rescate.

De tal manera se desplegó en la Iglesia el celo por la redención de

los cautivos, que hasta se llegaron á cometer imprudencias, que se

vió en la necesidad de reprimirlas la autoridad eclesiástica. Pero

estos mismos excesos nos indican hasta qué punto llegaba el celo, pues

que por su impaciencia caía en extravíos. Sabemos por un concilio

celebrado en Irlanda, llamado de San Patricio, y que tuvo lugar por

los años de 451 ó 456, que algunos clérigos se ocupaban en procurar

la libertad de los cautivos haciéndoles huir; exceso que reprime

con mucha prudencia el concilio en su canon 32, disponiendo que el

eclesiástico que quiera redimir cautivos, lo haga con su dinero, pues

que el robarlos para hacerles huir, daba ocasión á que los clérigos

fuesen mirados como ladrones, y redundaba en deshonra de la Iglesia.

Documento notable, que, si bien nos manifiesta el espíritu de orden

y de equidad que dirige á la Iglesia, no deja, al propio tiempo, de

indicarnos cuán profundamente estaba grabado en los ánimos lo santo, lo

meritorio, lo generoso que era el dar libertad á los cautivos, pues que

algunos llegaban al exceso de persuadirse de que la bondad de la obra

autorizaba la violencia.

Es también muy loable el desprendimiento de la Iglesia en este punto:

una vez invertidos sus bienes en la redención de un cautivo, no quería

que se la recompensase en nada, aun cuando alcanzasen á hacerlo las

facultades del redimido. De esto tenemos un claro testimonio en las

cartas del Papa San Gregorio, donde vemos que, estando recelosas

algunas personas, libradas del cautiverio con la plata de la Iglesia,

de si con el tiempo podría venir caso en que se les pidiera la cantidad

expendida, les asegura el Papa que no, y manda que nadie se atreva á

molestarles ni á ellos ni á sus herederos, en ningún tiempo, atendido

que los sagrados cánones permiten invertir los bienes eclesiásticos en

la redención de los cautivos. (L. 7, ep. 14.)

Este celo de la Iglesia por tan santa obra debió de contribuir

sobremanera á disminuir el número de los esclavos; y fué mucho más

saludable su influencia por haberse desplegado cabalmente en las épocas

de más necesidad; es decir, cuando, por la disolución del imperio

romano, por la irrupción de los bárbaros, por la fluctuación de los

pueblos, que fué el estado de Europa durante muchos siglos, y por la

ferocidad de las naciones invasoras, eran tan frecuentes las guerras,

y tan repetidos los trastornos, y tan familiar se había hecho por

doquiera el reinado de la fuerza. Á no haber mediado la acción benéfica

y libertadora del Cristianismo, lejos de disminuirse el inmenso número

de los esclavos legado por la sociedad vieja á la sociedad nueva, se

habría acrecentado más y más: porque dondequiera que prevalece el

derecho brutal de la fuerza, si no le sale al paso para contenerla y

suavizarla algún poderoso elemento, el humano linaje camina rápidamente

al envilecimiento, resultando, por necesidad, el que la esclavitud gane

terreno.

Ese lamentable estado de fluctuación y de violencia, era de suyo muy

á propósito para inutilizar los esfuerzos que hacía la Iglesia en la

abolición de la esclavitud; y no le costaba escaso trabajo el impedir

que se malograse por una parte lo que ella procuraba remediar por

otra. La falta de un poder central, la complicación de las relaciones

sociales, pocas bien deslindadas, muchas violentas, y todas sin prenda

de estabilidad, hacía que estuviesen mal seguras las propiedades y

las personas, y que, así como eran invadidas aquéllas, fueran éstas

privadas de su libertad. Por manera que era menester evitar que hiciese

ahora la violencia de los particulares, lo que antes hacían las

costumbres y la legislación. Así vemos que en el canon 3 del concilio

de Lión, celebrado por los años de 566, se excomulga á los que retienen

injustamente en la esclavitud á personas libres; en el canon 17 del de

Reims, celebrado en el año 625, se prohibe bajo pena de excomunión el

perseguir á personas libres para reducirlas á esclavitud; en el canon

27 del de Londres, celebrado en el año 1102, se prohibe la bárbara

costumbre de hacer comercio de hombres cual si fueran brutos animales;

y en el capítulo 7 del concilio de Coblenza, celebrado en el año 922,

se declara reo de homicidio al que seduce á un cristiano para venderlo.

Declaración notable, en que la libertad es tenida en tanto precio, que

se la equipara con la vida.

Otro de los medios de que se valió la Iglesia para ir aboliendo la

esclavitud, fué el dejar á los infelices que por su pobreza hubiesen

caído en ese estado, camino abierto para salir de él. Ya he notado más

arriba que la indigencia era una de las fuentes de la esclavitud; y

hemos visto el pasaje de Julio César, en que nos dice cuán general era

esto entre los galos. Sabido es también que, por el derecho antiguo,

el que había caído en la esclavitud, no podía recuperar su libertad

sino conforme á la voluntad de su amo; pues que, siendo el esclavo una

verdadera propiedad, nadie podía disponer de ella sin consentimiento

del dueño, y mucho menos el mismo esclavo. Este derecho era muy

corriente, supuestas las doctrinas paganas; pero el Cristianismo miraba

la cosa con otros ojos; y, si el esclavo era una propiedad, no dejaba

por esto de ser hombre. Así fué que la Iglesia no quiso seguir en este

punto las estrictas reglas de las otras propiedades; y, en mediando

alguna duda, ó en ofreciéndose alguna oportunidad, siempre se ponía

de parte del esclavo. Previas estas consideraciones, se comprenderá

todo el mérito de un nuevo derecho que introdujo la Iglesia, cual es,

que las personas libres que hubiesen sido vendidas ó empeñadas por

necesidad, tornasen á su estado primitivo, en devolviendo el precio que

hubiesen recibido.

Este derecho, que se halla expresamente consignado en un concilio de

Francia, celebrado por los años 616, según se cree en Boneuil, abría

anchurosa puerta para recobrar la libertad: pues que, á más de dejar

en el corazón del esclavo la esperanza, con la que podía discurrir y

practicar medios para obtener el rescate, hacía la libertad dependiente

de la voluntad de cualquiera, que, compadecido de la suerte de un

desgraciado, quisiera pagar ó adelantar la cantidad necesaria.

Recuérdese ahora lo que se ha notado sobre el ardiente celo despertado

en tantos corazones para esa clase de obras, y que los bienes de la

Iglesia se daban por muy bien empleados, siempre que podían acudir

al socorro de un infeliz, y se verá la influencia incalculable que

había de tener la disposición que se acaba de mentar; se verá que

esto equivalía á cegar uno de los más abundantes manantiales de la

esclavitud, y abrir á la libertad un anchuroso camino.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 21 / 58 题