CAPITULO XVI

Afortunadamente la Iglesia católica fué más sabia que los filósofos,

y supo dispensar á la humanidad el beneficio de la emancipación, sin

injusticias y trastornos: ella regenera las sociedades, pero no lo hace

en baños de sangre. Veamos, pues, cuál fué su conducta en la abolición

de la esclavitud.

Mucho se ha encarecido ya el espíritu de amor y fraternidad que anima

al Cristianismo; y esto basta para convencer de que debió de ser grande

la influencia que tuvo en la grande obra de que estamos hablando.

Pero quizás no se ha explorado bastante todavía cuáles son los medios

positivos, prácticos, digámoslo así, de que echó mano para conseguir su

objeto. Al través de la obscuridad de los siglos, en tanta complicación

y variedad de circunstancias, ¿será posible rastrear algunos hechos que

sean como las huellas que indiquen el camino seguido por la Iglesia

católica para libertar á una inmensa porción del linaje humano de la

esclavitud en que gemía? ¿Será posible decir algo más que algunos

encomios generales de la caridad cristiana? ¿Será posible señalar un

plan, un sistema, y probar su existencia y desarrollo, apoyándose,

no precisamente en expresiones sueltas, en pensamientos altos, en

sentimientos generosos, en acciones aisladas de algunos hombres

ilustres, sino en hechos positivos, en documentos históricos, que

manifiesten cuál era el espíritu y la tendencia del mismo cuerpo de la

Iglesia? Creo que sí: y no dudo que me sacará airoso en la empresa lo

que puede haber de más convincente y decisivo en la materia, á saber:

los monumentos de la legislación eclesiástica.

Y ante todo no será fuera del caso recordar lo que se lleva ya indicado

anteriormente: que, cuando se trata de conducta, de designios, de

tendencias, con respecto á la Iglesia, no es necesario suponer que

esos designios cupieran en toda su extensión en la mente de ningún

individuo en particular, ni que todo el mérito y efecto de semejante

conducta fuesen bien comprendidos por ninguno de los que en ella

intervenían: y aun puede decirse que no es necesario suponer que los

primeros cristianos conociesen toda la fuerza de las tendencias del

Cristianismo con respecto á la abolición de la esclavitud. Lo que

conviene manifestar es que se obtuvo el resultado por las doctrinas y

la conducta de la Iglesia; pues que entre los católicos, si bien se

estiman los méritos y el grandor de los individuos en lo que valen, no

obstante, cuando se habla de la Iglesia, desaparecen los individuos;

sus pensamientos y su voluntad son nada, porque el espíritu que anima,

que vivifica y dirige á la Iglesia, no es el espíritu del hombre,

sino el Espíritu del mismo Dios. Los que no pertenezcan á nuestra

creencia, echarán mano de otros nombres; pero estaremos conformes,

cuando menos, en que, mirados los hechos de esta manera, elevados

sobre el pensamiento y voluntad del individuo, conservan mucho mejor

sus verdaderas dimensiones, y no se quebranta en el estudio de la

historia la inmensa cadena de los sucesos. Dígase que la conducta de la

Iglesia fué inspirada y dirigida por Dios, ó bien que fué hija de un

_instinto_, que fué el _desarrollo de una te tendencia entrañada por

sus doctrinas_; empléense estas ó aquellas expresiones, hablando como

católico ó como filósofo: en esto no es menester detenerse ahora; que

lo que conviene manifestar es que ese instinto fué generoso y atinado,

que esa tendencia se dirigía á un grande objeto y que lo alcanzó.

Lo primero que hizo el Cristianismo con respecto á los esclavos,

fué disipar los errores que se oponían, no sólo á su emancipación

universal, sino hasta á la mejora de su estado; es decir, que la

primera fuerza que desplegó en el ataque fué, según tiene de costumbre,

_la fuerza de las ideas_. Era este primer paso tanto más necesario

para curar el mal, cuanto acontecía en él lo que suele suceder en

todos los males, que andan siempre acompañados de algún error, que, ó

los produce, ó los fomenta. Había no sólo la opresión, la degradación

de una gran parte de la humanidad; sino que estaba muy acreditada una

opinión errónea, que procuraba humillar más y más á esa parte de la

humanidad. La raza de los esclavos era, según dicha opinión, una raza

vil, que no se levantaba ni de mucho al nivel de la de los hombres

libres: era una raza degradada por el mismo Júpiter, marcada con un

sello humillante por la naturaleza misma, destinada ya de antemano á

ese estado de abyección y vileza. Doctrina ruin sin duda, desmentida

por la naturaleza humana, por la historia, por la experiencia, pero

que no dejaba por esto de contar distinguidos defensores, y que, con

ultraje de la humanidad y escándalo de la razón, la vemos proclamar por

largos siglos, hasta que el Cristianismo vino á disiparla, tomando á su

cargo la vindicación de los derechos del hombre.

Homero nos dice (_Odis._, 17) que «Júpiter quitó la mitad de la mente

á los esclavos». En Platón encontramos el rastro de la misma doctrina,

pues que, si bien en boca de otros, como acostumbra, no deja, sin

embargo, de aventurar lo siguiente: «Se dice que en el ánimo de los

esclavos nada hay de sano ni entero, y que un hombre prudente no debe

fiarse de esa casta de hombres, cosa que atestigua también el más sabio

de nuestros poetas; citando en seguida el pasaje de Homero, arriba

indicado (_Plat._, _l. de las Leyes._) Pero donde se encuentra esa

degradante doctrina en toda su negrura y desnudez, es en la _Política_

de Aristóteles. No ha faltado quien ha querido defenderle, pero en

vano; porque sus propias palabras le condenan sin remedio. Explicando

en el primer capítulo de su obra la constitución de la familia, y

proponiéndose fijar las relaciones entre el marido y la mujer, y entre

el señor y el esclavo, asienta que, así como la hembra es naturalmente

diferente del varón, así el esclavo es diferente del dueño; he aquí sus

palabras: «_y así la hembra y el esclavo son distinguidos por la misma

naturaleza_.» Esta expresión no se le escapó al filósofo, sino que la

dijo con pleno conocimiento, y no es otra cosa que el compendio de su

teoría. En el capítulo 3 continúa analizando los elementos que componen

la familia y, después de asentar que «una familia perfecta consta de

libres y de esclavos», se fija en particular sobre los últimos, y

empieza combatiendo una opinión que parecía favorecerles demasiado.

«Hay algunos, dice, que piensan que la esclavitud es cosa fuera del

orden de la naturaleza; pues que sólo viene de la ley el ser éste

esclavo y aquél libre, ya que por la naturaleza en nada se distinguen.»

Antes de rebatir esta opinión, explica las relaciones del dueño y del

esclavo, valiéndose de la semejanza del artífice y del instrumento, y

también del alma y del cuerpo, y continúa: «Si se comparan el macho

y la hembra, aquél es superior y por esto manda, ésta inferior y por

esto obedece, y lo propio ha de suceder en todos los hombres; y _así

aquellos que son tan inferiores cuanto lo es el cuerpo respecto del

alma, y el bruto respecto del hombre, y cuyas facultades consisten

principalmente en el uso del cuerpo, siendo este uso el mayor provecho

que de ellos se saca, éstos son esclavos por naturaleza_. Á primera

vista podría parecer que el filósofo habla solamente de los fatuos,

pues así parecen indicarlo sus palabras; pero veremos en seguida por el

contexto que no es tal su intención. Salta á la vista que, si hablara

de los fatuos, nada probaría contra la opinión que se propone impugnar,

siendo el número de éstos tan escaso, que es nada en comparación de

la generalidad de los hombres: además que, si á los fatuos quisiera

ceñirse, ¿de qué sirviera su teoría, fundada únicamente en una

excepción monstruosa y muy rara?

Pero no necesitamos andarnos en conjeturas sobre la verdadera mente

del filósofo; él mismo cuida de explicárnosla, revelándonos, al propio

tiempo, el por qué se había valido de expresiones tan fuertes, que

parecían sacar la cuestión de su quicio. Nada menos se propone que

atribuir á la naturaleza el expreso designio de producir hombres de

dos clases: unos nacidos para la libertad, otros para la esclavitud.

El pasaje es demasiado importante y curioso para que podamos dejar de

copiarle. Dice así: «_Bien quiere la naturaleza procrear diferentes

los cuerpos de los libres y los de los esclavos: de manera que los

de éstos sean robustos, y á propósito para los usos necesarios, y

los de aquéllos bien formados, inútiles sí para trabajos serviles,

pero acomodados para la vida civil, que consiste en el manejo de

los negocios de la guerra y de la paz_; pero muchas veces sucede lo

contrario, y á unos les cabe cuerpo de esclavo y á otros alma de libre.

No hay duda que, si en el cuerpo se aventajasen tanto algunos como las

imágenes de los dioses, todo el mundo sería de parecer que debieran

servirlos aquellos que no hubiesen alcanzado tanta gallardía. Si esto

es verdad hablando del cuerpo, mucho más lo es hablando del alma; bien

que no es tan fácil ver la hermosura de ésta como la de aquél; y así

no puede dudarse que hay algunos hombres nacidos para la libertad, así

como hay otros nacidos para la esclavitud: esclavitud que, á más de ser

útil á los mismos esclavos, es también _justa_.»

¡Miserable filosofía! que para sostener un estado degradante necesitaba

apelar á tamañas cavilaciones, achacando á la naturaleza la intención

de procrear diferentes castas, nacidas las unas para dominar, las

otras para servir: ¡filosofía cruel! la que así procuraba quebrantar

los lazos de fraternidad con que el Autor de la naturaleza ha querido

vincular al humano linaje, que así se empeñaba en levantar una

barrera entre hombre y hombre, que así ideaba teorías para sostener

la desigualdad; y no aquella desigualdad que resulta necesariamente

de toda organización social, sino una desigualdad tan terrible y

degradante cual es la de la esclavitud.

Levanta el Cristianismo la voz, y en las primeras palabras que

pronuncia sobre los esclavos los declara iguales en dignidad de

naturaleza á los demás hombres: iguales también en la participación

de las gracias que el Espíritu Divino va á derramar sobre la tierra.

Es notable el cuidado con que insiste sobre este punto el apóstol San

Pablo: no parece sino que tenía á la vista las degradantes diferencias

que por un funesto olvido de la dignidad del hombre se querían señalar:

nunca se olvida de inculcar la nulidad de la diferencia del esclavo y

del libre. «Todos hemos sido bautizados en un espíritu, para formar un

mismo cuerpo, judíos ó gentiles, _esclavos ó libres_.» (I ad Cor., c.

12, v. 13.) «Todos sois hijos de Dios por la fe que es Cristo Jesús.

Cualesquiera que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido

de Cristo: no hay judío ni griego, no hay _esclavo ni libre_, no hay

macho ni hembra: pues todos sois uno en Jesucristo.» (Ad Gal., c. 3, v.

26, 27, 28.) «Donde no hay gentil ni judío, circunciso é incircunciso,

bárbaro y escita, _esclavo y libre_, sino todo y en todos Cristo.» (_Ad

Coloss._, c. 3, v. 11.)

Parece que el corazón se ensancha al oir proclamar en alta voz esos

grandes principios de fraternidad y de santa igualdad; cuando acabamos

de oir á los oráculos del paganismo ideando doctrinas para abatir

más y más á los desgraciados esclavos, parece que despertamos de un

sueño angustioso, y nos encontramos con la luz del día, en medio de

una realidad halagüeña. La imaginación se complace en mirar á tantos

millones de hombres que, encorvados bajo el peso de la degradación y

de la ignominia, levantan sus ojos al cielo, y exhalan un suspiro de

esperanza.

Aconteció con esta enseñanza del Cristianismo lo que acontece con

todas las doctrinas generosas y fecundas: penetran hasta el corazón

de la sociedad, quedan allí depositadas como un germen precioso y,

desenvueltas con el tiempo, producen un árbol inmenso que cobija bajo

su sombra las familias y las naciones. Como esparcidas entre hombres,

no pudieron tampoco librarse de que se las interpretase mal, y se las

exagerase; y no faltaron algunos que pretendieron que la libertad

cristiana era la proclamación de la libertad universal. Al resonar á

los oídos de los esclavos las dulces palabras del Cristianismo, al oir

que se los declaraba hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, al ver que

no se hacía distinción alguna entre ellos y sus amos, ni aun los más

poderosos señores de la tierra, no ha de parecer tampoco muy extraño

que hombres acostumbrados solamente á las cadenas, al trabajo y á

todo linaje de pena y envilecimiento, exagerasen los principios de la

doctrina cristiana, é hiciesen de ella aplicaciones, que ni eran en sí

justas, ni tampoco capaces de ser reducidas á la práctica.

Sabemos por San Jerónimo que muchos, oyendo que se los llamaba á la

libertad cristiana, pensaron que con ésta se les daba la libertad; y

quizás el Apóstol aludía á este error, cuando en su primera carta á

Timoteo (c. 6, v. 1) decía: «Todos los que están bajo el yugo de la

esclavitud, que honren con todo respeto á sus dueños para que el nombre

y la doctrina del Señor no sean blasfemados.» Este error había tenido

tal eco, que después de tres siglos andaba todavía muy válido, viéndose

obligado el concilio de Gangres, celebrado por los años de 324, á

excomulgar á aquellos que, bajo pretexto de piedad, enseñaban que los

esclavos debían dejar á sus amos, y retirarse de su servicio. No era

esto lo que enseñaba el Cristianismo; y, además, queda ya bastante

evidenciado que no hubiera sido éste el verdadero camino para llegar á

la emancipación universal.

Así es que el mismo Apóstol, á quien hemos oído hablar á favor de

los esclavos un lenguaje tan generoso, les inculca repetidas veces

la obediencia á sus dueños; pero es notable que, mientras cumple con

este deber impuesto por el espíritu de paz y de justicia que anima al

Cristianismo, explica de tal manera los motivos en que se ha de fundar

la obediencia de los esclavos, recuerda con tan sentidas y vigorosas

palabras las obligaciones que pesan sobre los dueños, y asienta tan

expresa y terminantemente la igualdad de todos los hombres ante Dios,

que bien se conoce cuál era su compasión para con esa parte desgraciada

de la humanidad, y cuán diferentes eran sobre este particular sus ideas

de las de un mundo endurecido y ciego.

Albérgase en el corazón del hombre un sentimiento de noble

independencia, que no le consiente sujetarse á la voluntad de otro

hombre, á no ser que se le manifiesten títulos legítimos en que

fundarse puedan las pretensiones del mando. Si estos títulos andan

acompañados de razón y de justicia, y, sobre todo, si están radicados

en altos objetos que el hombre acata y ama, la razón se convence, el

corazón se ablanda, y el hombre cede. Pero, si la razón del mando es

sólo la voluntad de otro hombre, si se hallan encarados, por decirlo

así, hombre con hombre, entonces bullen en la mente los pensamientos

de igualdad, arde en el corazón el sentimiento de la independencia,

la frente se pone altanera y las pasiones braman. Por esta causa, en

tratándose de alcanzar obediencia voluntaria y duradera, es menester

que el que manda se oculte, desaparezca el hombre, y sólo se vea el

representante de un poder superior, ó la personificación de los motivos

que manifiestan al súbdito la justicia y la utilidad de la sumisión: de

esta manera no se obedece á la voluntad ajena por lo que es en sí, sino

porque representa un poder superior, ó porque es el intérprete de la

razón y de la justicia; y así no mira el hombre ultrajada su dignidad,

y se le hace la obediencia suave y llevadera.

No es menester decir si eran tales los títulos en que se fundaba la

obediencia de los esclavos antes del Cristianismo: las costumbres los

equiparaban á los brutos, y las leyes venían, si cabe, á recargar la

mano, usando de un lenguaje que no puede leerse sin indignación.

El dueño mandaba porque tal era su voluntad, y el esclavo se veía

precisado á obedecer, no en fuerza de motivos superiores, ni de

obligaciones morales, sino porque era una propiedad del que mandaba,

era un caballo regido por el freno, era una máquina que había de

corresponder al impulso del manubrio. ¿Qué extraño, pues, si aquellos

infelices, abrevados de infortunio y de ignominia, abrigaban en su

pecho aquel hondo y concentrado rencor, aquella virulenta saña, aquella

terrible sed de venganza, que á la primera oportunidad reventaba

con explosión espantosa? El horroroso degüello de Tiro, ejemplo y

terror del universo, según la expresión de Justino, las repetidas

sublevaciones de los penestas en Tesalia, de los ilotas en Lacedemonia,

las defecciones de los de Chío y Atenas, la insurrección acaudillada

por Herdonio, y el terror causado por ella á todas las familias de

Roma, las sangrientas escenas, la tenaz y desesperada resistencia de

las huestes de Espartaco, ¿qué eran sino el resultado natural del

sistema de violencia, de ultraje y desprecio con que se trataba á los

esclavos? ¿No es esto lo mismo que hemos visto reproducido en tiempos

recientes, en las catástrofes de los negros de las colonias? Tal es la

naturaleza del hombre: quien siembra desprecio y ultraje, recoge furor

y venganza.

Estas verdades no se ocultaron al Cristianismo, y así es que, si

predicó la obediencia, procuró fundarla en títulos divinos; si

conservó á los dueños sus derechos, también les enseñó altamente sus

obligaciones; y allí donde prevalecieron las doctrinas cristianas,

pudieron los esclavos decir: «Somos infelices, es verdad; á la desdicha

nos han condenado, ó el nacimiento, ó la pobreza, ó los reveses de

la guerra; pero al fin se nos reconoce por hombres, por hermanos; y

entre nosotros y nuestros dueños hay una reciprocidad de obligaciones

y de derechos.» Oigamos, ó si no, lo que dice el Apóstol: «Esclavos,

obedeced á los señores carnales con temor y temblor, con sencillez

de corazón como á Cristo, _no sirviendo con puntualidad para agradar

á los hombres_, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la

voluntad de Dios, sirviendo de buena voluntad, _como al Señor, y no

como á los hombres_; sabiendo que cada uno recibirá del Señor el bien

que hiciere, sea _esclavo_, sea _libre_. Y vosotros, señores, haced lo

mismo con vuestros esclavos, aflojando en vuestras amenazas; sabiendo

que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos; y _delante de él no

hay acepción de personas_.» (_Ad Ephes._, c. 6, v. 5, 6, 7, 8, 9.)

En la carta á los colosenses (c. 3) vuelve á inculcar la misma

doctrina de la obediencia, fundándola en los mismos motivos; y, como

consolando á los infelices esclavos, les dice: «Del Señor recibiréis

la retribución de la heredad. Servid á Cristo Señor. Pues, quien

hace injuria, recibirá su condigno castigo: y no hay delante de Dios

acepción de personas.» Y más abajo (c. 4, v. 1), dirigiéndose á

los señores, añade: «Señores, dad á los esclavos lo que es justo y

equitativo; sabiendo que vosotros también tenéis un Señor en el cielo.»

Esparcidas doctrinas tan benéficas, ya se ve que había de mejorarse

en gran manera la condición de los esclavos, siendo el resultado más

inmediato el templarse aquel rigor tan excesivo, aquella crueldad que

nos sería increíble, si no nos constara en testimonios irrecusables.

Sabido es que el dueño tenía el derecho de vida y de muerte, y que se

abusaba de esta facultad hasta matar á un esclavo por un capricho,

como lo hizo Quinto Flaminio en medio de un convite; y hasta arrojar

á las murenas á uno de esos infelices, por haber tenido la desgracia

de quebrar un vaso, como se nos refiere de Vedio Polión. Y no se

limitaba tamaña crueldad al círculo de algunas familias que tuviesen un

dueño sin entrañas, no, sino que estaba erigida en sistema; resultado

funesto, pero necesario, del extravío de las ideas sobre este punto,

del olvido de los sentimientos de humanidad: sistema violento que sólo

se sostenía teniendo hincado sin cesar el pie sobre la cerviz del

esclavo, que sólo se interrumpía cuando, pudiendo éste prevalecer, se

arrojaba sobre su dueño y lo hacía pedazos. Era antiguo proverbio:

«tantos enemigos, cuantos esclavos.»

Ya hemos visto los estragos que hacían esos hombres furiosos y

abrasados de sed de venganza, siempre que podían quebrantar las

cadenas que los oprimían; pero, á buen seguro que no les iban en zaga

los dueños, cuando se trataba de inspirarles terror. En Lacedemonia,

temiéndose un día de la mala voluntad de los ilotas, los reunieron á

todos cerca del templo de Júpiter, y los pasaron á cuchillo (_Tucy._,

l. 4); y en Roma había la bárbara costumbre de que, siempre que fuese

asesinado algún dueño, fueran condenados á muerte todos sus esclavos.

Congoja da el leer en Tácito (_Ann._, l. 14, 43) la horrorosa escena

ocurrida después de haber sido asesinado por uno de sus esclavos

el prefecto de la ciudad, Pedanio Secundo. Eran nada menos que 400

los esclavos del difunto, y, según la antigua costumbre, debían ser

conducidos todos al suplicio. Espectáculo tan cruel y lastimoso en que

se iba á dar la muerte á tantos inocentes, movió á compasión al pueblo,

que llegó al extremo de amotinarse para impedir tamaña carnicería.

Perplejo el Senado, deliberaba sobre el negocio, cuando, tomando la

palabra un orador llamado Casio, sostuvo con energía la necesidad de

llevar á cabo la sangrienta ejecución, no sólo á causa de prescribirlo

así la antigua costumbre, sino también por no ser posible de otra

manera el preservarse de la mala voluntad de los esclavos. En sus

palabras sólo hablan la injusticia y la tiranía; ve por todas partes

peligros y asechanzas; no sabe excogitar otros preservativos que la

fuerza y el terror; siendo notable en particular la siguiente cláusula,

porque en breve espacio nos retrata las ideas y costumbres de los

antiguos sobre este punto: «Sospechosa fué siempre á nuestros mayores

la índole de los esclavos, aun de aquellos que, por haberles nacido

en sus propias posesiones y casas, podían desde la cuna haber cobrado

afición á los dueños; pero, después que tenemos esclavos de naciones

extrañas, de diferentes usos y de diversa religión, para contener á

esa canalla no hay otro medio que el terror.» La crueldad prevaleció:

se reprimió la osadía del pueblo, se cubrió de soldados la carrera, y

los 400 desgraciados fueron conducidos al patíbulo.

Suavizar ese trato cruel, desterrar esas horrendas atrocidades, era

el primer fruto que debían dar las doctrinas cristianas; y puede

asegurarse que la Iglesia no perdió jamás de vista tan importante

objeto, procurando que la condición de los esclavos se mejorase en

cuanto era posible; que en materia de castigo se substituyese la

indulgencia á la crueldad; y, lo que más importaba, se esforzó en

que ocupase la razón el lugar del capricho, que á la impetuosidad

de los dueños sucediese la calma de los tribunales: es decir, que

se anduvieran aproximando los esclavos á los libres, rigiendo, con

respecto á ellos, no el hecho, sino el derecho.

La Iglesia no ha olvidado jamás la hermosa lección que le dió el

Apóstol cuando, escribiendo á Filemón, intercedía por un esclavo, y

esclavo fugitivo, llamado Onésimo, y hablaba en su favor un lenguaje

que no se había oído nunca en favor de esa clase desgraciada. «Te

ruego, le decía, por mi hijo Onésimo; ahí te lo he remitido, recíbelo

como mis entrañas, no como á esclavo, sino como á hermano cristiano;

si me amas, recíbelo como á mí; si en algo te ha dañado, ó te debe,

yo quedo responsable.» (_Ep. ad Philem._) No, la Iglesia no olvidó

esta lección de fraternidad y de amor, y el suavizar la suerte de los

esclavos fué una de sus atenciones más predilectas.

El concilio de Elvira, celebrado á principios del siglo IV, sujeta á

penitencia á la mujer que haya golpeado con daño grave á su esclava. El

de Orleans, celebrado en 549 (can. 22), prescribe que, si se refugiare

en la iglesia algún esclavo que hubiere cometido algunas faltas, se le

vuelva á su amo, pero haciéndole antes prestar juramento de que, al

salir, no le hará daño ninguno; mas que, si le maltratare quebrantando

el juramento, sea separado de la comunión y de la mesa de los

católicos. Este canon nos revela dos cosas: la crueldad acostumbrada

de los amos, y el celo de la Iglesia por suavizar el trato de los

esclavos. Para poner freno á la crueldad, nada menos se necesitaba

que exigir un juramento; y la Iglesia, aunque de suyo tan delicada en

materia de juramentos, juzgaba, sin embarco, el negocio de bastante

importancia para que pudiera y debiera emplearse en él el augusto

nombre de Dios.

El favor y protección que la Iglesia dispensaba á los esclavos, se iba

extendiendo rápidamente: y, á lo que parece, debía de introducirse en

algunos lugares la costumbre de exigir juramento, no tan sólo de que el

esclavo refugiado en la iglesia no sería maltratado en su persona, pero

que ni aun se le impondría trabajo extraordinario, ni se le señalaría

con ningún distintivo que le diera á conocer. De esta costumbre,

procedente sin duda del celo por el bien de la humanidad, pero que

quizás hubiera traído inconvenientes aflojando con demasiada prontitud

los lazos de la obediencia, y dando lugar á excesos de parte de los

esclavos, encuéntranse los indicios en una disposición del concilio de

Epaona (hoy, según algunos, Abbón), celebrado por los años de 517, en

que se procura atajar el mal, prescribiendo una prudente moderación,

sin levantar por eso la mano de la protección comenzada. En el canon

39 ordena que, si un esclavo reo de algún delito atroz se retrae á la

iglesia, sólo se le libre de las penas corporales; sin obligar al dueño

á prestar juramento de que no le impondrá trabajo extraordinario, ó que

no le cortará el pelo para que no sea conocido. Y nótese bien que, si

se pone esa limitación, es cuando el esclavo haya cometido un delito

atroz, y que, en tal caso, la facultad que se le deja al amo, es la de

imponerle trabajo extraordinario, ó de distinguirle cortándole el pelo.

Quizás no faltará quien tizne de excesiva semejante indulgencia; pero

es menester advertir que, cuando los abusos son grandes y arraigados,

el empuje para arrancarlos ha de ser fuerte; y que á veces, si bien

parece á primera vista que se traspasan los límites de la prudencia,

este exceso aparente no es más que aquella oscilación indispensable

que sufren las cosas antes de alcanzar su verdadero aplomo. Aquí no

trataba la Iglesia de proteger el crimen, no reclamaba indulgencia

para el que no la mereciese; lo que se proponía era poner coto á la

violencia y al capricho de los amos; no quería consentir que un hombre

sufriese los tormentos y la muerte, porque tal fuese la voluntad de

otro hombre. El establecimiento de leyes justas, y la legítima acción

de los tribunales, son cosas á que jamás se ha opuesto la Iglesia; pero

la violencia de los particulares no ha podido consentirla nunca.

De este espíritu de oposición al ejercicio de la fuerza privada,

espíritu que entraña nada menos que la organización social, encontramos

una muestra muy á propósito en el canon 15 del concilio de Mérida,

celebrado en el año 666. Sabido es, y lo llevo ya indicado, que los

esclavos eran una parte principal de la propiedad, y que, estando

arreglada la distribución del trabajo conforme á esa base, no le era

posible prescindir de tener esclavos á quien tuviese propiedades,

sobre todo si eran algo considerables. La Iglesia se hallaba en este

caso; y, como no estaba en su mano el cambiar de golpe la organización

social, tuvo que acomodarse á esta necesidad, y tenerlos también. Si

con respecto á éstos quería introducir mejoras, bueno era que empezase

ella misma á dar el ejemplo; y este ejemplo se halla en el canon del

concilio que acabo de citar. En él, después de haber prohibido á los

obispos y á los sacerdotes el maltratar á los sirvientes de la Iglesia

mutilándolos, dispone el concilio que, si cometen algún delito, se los

entregue á los jueces seglares, pero de manera que los obispos moderen

la pena á que sean condenados. Es digno de notarse que, según se deduce

de este canon, estaba todavía en uso el derecho de mutilación, hecha

por el dueño particular, y que quizás se conservaba aún muy arraigado,

cuando vemos que el concilio se limita á prohibir esta pena á los

eclesiásticos, y nada dice con respecto á los legos.

En esta prohibición influía, sin duda, la mira de que, derramando

sangre humana, no se hicieran incapaces los eclesiásticos de ejercer

aquel elevado ministerio, cuyo acto principal es el augusto sacrificio

en que se ofrece una víctima de paz y de amor; pero esto nada quita de

su mérito, ni disminuye su influencia en la mejora de la suerte de los

esclavos: siempre era reemplazar la vindicta particular con la vindicta

pública; era una nueva proclamación de la igualdad de los esclavos con

los libres cuando se trataba de efusión de sangre; era declarar que las

manos que derramasen la de un esclavo, quedaban con la misma mancha que

si hubiesen vertido la de un hombre libre. Y era necesario inculcar de

todos modos esas verdades saludables, ya que estaban en tan abierta

contradicción con las ideas y costumbres antiguas; era necesario

trabajar asiduamente en que desapareciesen las expresiones vergonzosas

y crueles, que mantenían privados á la mayor parte de los hombres de la

participación de los derechos de la humanidad.

En el canon que acabo de citar hay una circunstancia notable, que

manifiesta la solicitud de la Iglesia para restituir á los esclavos la

dignidad y consideración de que se hallaban privados. El rapamiento de

los cabellos era entre los godos una pena muy afrentosa, y que, según

nos dice Lucas de Tuy, casi les era más sensible que la muerte. Ya se

deja entender que, cualquiera que fuese la preocupación sobre este

punto, podía la Iglesia permitir el rapamiento, sin incurrir en la

nota que consigo lleva el derramamiento de sangre; pero, sin embargo,

no quiso hacerlo; y esto indica que procuraba borrar las marcas de

humillación, estampadas en la frente del esclavo. Después de haber

prevenido á los sacerdotes y obispos, que entreguen al juez á los que

sean culpables, dispone que «no toleren que se los rape con ignominia».

Ningún cuidado estaba de más en esta materia: era necesario

acechar todas las ocasiones favorables, procurando que anduviesen

desapareciendo las odiosas excepciones que afligían á los esclavos.

Esta necesidad se manifiesta bien á las claras en el modo de expresarse

el concilio undécimo de Toledo, celebrado en el año 675. En su canon

6.º prohibe á los obispos el juzgar por sí los delitos dignos de

muerte, y el mandar la mutilación de los miembros; pero véase cómo

juzgó necesario advertir que no consentía excepción, añadiendo: «ni aun

contra los siervos de su Iglesia». El mal era grave, y no podía ser

curado sino con solicitud muy asidua; por manera que, aun limitándonos

al derecho más cruel de todos, cual es el de vida y muerte, vemos

que cuesta largo trabajo el extirparle. Á principios del siglo VI no

faltaban ejemplos de tamaño exceso, pues que el concilio de Epaona en

su canon 34 dispone «que sea privado por dos años de la comunión de la

Iglesia el amo que por su _propia autoridad_ haga quitar la vida á un

esclavo». Había promediado ya el siglo IX, y todavía nos encontramos

con atentados semejantes; atentados que procuraba reprimir el concilio

de Wormes, celebrado en el año 868, sujetando á dos años de penitencia

al amo que con su _autoridad privada_ hubiese dado muerte á su esclavo.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 20 / 58 题