CAPITULO XIII

Parangonados ya bajo el aspecto religioso el Catolicismo y el

Protestantismo en el cuadro que acabo de trazar, y evidenciada la

superioridad de aquél sobre éste, no sólo en lo concerniente á certeza,

sino también en todo lo relativo á los instintos, á los sentimientos,

á las ideas, al carácter del espíritu humano, será bien entrar

ahora en otra cuestión, no más importante por cierto, pero sí menos

dilucidada, y en que será preciso luchar con fuertes antipatías, y

disipar considerable número de prevenciones y errores. En medio de

las dificultades de que está erizada la empresa que voy á acometer,

aliéntame una poderosa esperanza, y es que lo interesante de la

materia, y el ser muy del gusto científico del siglo, convidará quizás

á leer, obviándose de esta manera el peligro que suele amenazar á los

que escriben en favor de la religión católica: son juzgados sin ser

oídos. He aquí, pues, la cuestión en sus precisos términos: _Comparados

el Catolicismo y el Protestantismo, ¿cuál de los dos es más conducente

para la verdadera libertad, para el verdadero adelanto de los pueblos,

para la causa de la civilización?_

_Libertad_: ésta es una de aquellas palabras tan generalmente usadas

como poco entendidas; palabras que, por envolver cierta idea vaga muy

fácil de percibir, presentan la engañosa apariencia de una entera

claridad, mientras que, por la muchedumbre y variedad de objetos á que

se aplican, son susceptibles de una infinidad de sentidos, haciéndose

su comprensión sumamente difícil. ¿Y quién podrá reducir á guarismo

las aplicaciones que se hacen de la palabra _libertad_? Salvándose en

todas ellas una idea que podríamos apellidar radical, son infinitas las

modificaciones y graduaciones á que se la sujeta. Circula el aire con

libertad; se despejan los alrededores de una planta para que crezca y

se extienda con libertad; se mondan los conductos de un regadío para

que el agua corra con libertad; al pez cogido en la red, al avecilla

enjaulada se los suelta, y se les da libertad; se trata á un amigo

con libertad; hay modales libres, pensamientos libres, expresiones

libres, herencias libres, voluntad libre, acciones libres; no tiene

libertad el encarcelado, carece de libertad el hijo de familia, tiene

poca libertad una doncella, una persona casada ya no es libre, un

hombre en tierra extraña se porta con más libertad, el soldado no tiene

libertad; hay hombres libres de quintas, libres de contribuciones;

hay votaciones libres; dictámenes libres, interpretación libre,

versificación libre, libertad de comercio, libertad de enseñanza,

libertad de imprenta, libertad de conciencia, libertad civil, libertad

política, libertad justa, injusta, racional, irracional, moderada,

excesiva, comedida, licenciosa, oportuna, inoportuna; mas, ¿á qué

fatigarse en la enumeración, cuando es poco menos que imposible el dar

cima á tan enfadosa tarea? Pero menester parecía detenerse algún tanto

en ella, aun á riesgo de fastidiar al lector; quizás el recuerdo de

este fastidio podrá contribuir á grabar profundamente en el ánimo la

saludable verdad de que, cuando en la conversación, en los escritos,

en las discusiones públicas, en las leyes, se usa tan á menudo esta

palabra, aplicándola á objetos de mayor importancia, es necesario

reflexionar maduramente sobre el número y naturaleza de ideas que en

el respectivo caso abarca, sobre el sentido que la materia consiente,

sobre las modificaciones que las circunstancias demandan, sobre las

precauciones y tino que las aplicaciones exigen.

Sea cual fuere la acepción en que se tome la palabra libertad, échase

de ver que siempre entraña en su significado _ausencia de causa que

impida ó coarte el ejercicio de alguna libertad_: infiriéndose de aquí

que, para fijar en cada caso el verdadero sentido de esta palabra, es

indispensable atender á la naturaleza y circunstancias de la facultad

cuyo uso se quiere impedir ó limitar, sin perder de vista los varios

objetos sobre que versa, las condiciones de su ejercicio, como y

también el carácter, la eficacia y extensión de la causa que al efecto

se empleare. Para aclarar la materia, propongámonos formar juicio de

esta proposición: el hombre ha de tener libertad de pensar. Aquí se

afirma que al hombre no se le ha de coartar el pensamiento. Ahora bien:

¿habláis de coartación física ejercida inmediatamente sobre el mismo

pensamiento? Pues entonces es de todo punto inútil la proposición;

porque, como semejante coartación es imposible, vano es decir que no

se la debe emplear. ¿Entendéis que no se debe coartar la expresión

del pensamiento, es decir, que no se ha de impedir ni restringir

la libertad de manifestar cada cual lo que piensa? Entonces habéis

dado un salto inmenso, habéis colocado la cuestión en muy diferente

terreno; y, si no queréis significar que todo hombre, á todas horas,

en todo lugar, pueda decir sobre cualquier materia cuanto le viniere á

la mente, y del modo que más le agradare, deberéis distinguir cosas,

personas, lugares, tiempos, modos, condiciones, en una palabra, atender

á mil y mil circunstancias, impedir del todo en unos casos, limitar

en otros, ampliar en éstos, restringir en aquéllos, y así tomaros tan

largo trabajo que de nada os sirva el haber sentado, en favor de la

libertad del pensamiento, aquella proposición tan general, con toda su

apariencia de sencillez y claridad.

Aun penetrando en el mismo santuario del pensamiento, en aquella región

donde no alcanzan las miradas de otro hombre, y que sólo está patente

á los ojos de Dios, ¿qué significa la libertad de pensar? ¿Es acaso

que el pensamiento no tenga sus leyes, á las que ha de sujetarse por

precisión, si no quiere sumirse en el caos? ¿Puede despreciar la norma

de una sana razón? ¿Puede desoir los consejos del buen sentido? ¿Puede

olvidar que su objeto es la verdad? ¿Puede desentenderse de los eternos

principios de la moral?

He aquí cómo, examinando lo que significa la palabra libertad, aun

aplicándola á lo que seguramente hay de más libre en el hombre, como

es el pensamiento, nos encontramos con tal muchedumbre y variedad de

sentidos, que nos obligan á un sinnúmero de distinciones, y nos llevan

por necesidad á restringir la proposición general, si algo queremos

expresar que no esté en contradicción con lo que dictan la razón y el

buen sentido, con lo que prescriben las leyes eternas de la moral, con

lo que demandan los mismos intereses del individuo, con lo que reclaman

el buen orden y la conservación de la sociedad. ¿Y qué no podría

decirse de tantas otras libertades como se invocan de continuo, con

nombres indeterminados y vagos, cubiertos á propósito con el equívoco y

las tinieblas?

Pongo estos ejemplos, sólo para que no se confundan las ideas; porque,

defendiendo como defiendo la causa del Catolicismo, no necesito abogar

por la opresión, ni invocar sobre los hombres una mano de hierro, ni

aplaudir que se huellen sus derechos sagrados. Sagrados, sí; porque,

según la enseñanza de la augusta religión de Jesucristo, sagrado es

un hombre á los ojos de otro hombre, por su alto origen y destino,

por la imagen de Dios que en él resplandece, por haber sido redimido

con inefable dignación y amor por el mismo Hijo del Eterno; sagrados

declara esa religión divina los derechos del hombre, cuando su augusto

Fundador amenaza con eterno suplicio, no tan sólo á quien le matare, no

tan sólo á quien le mutilare, no tan sólo á quien le robare, sino ¡cosa

admirable! hasta á quien se propasare á ofenderle con solas palabras.

«Quien llamare á su hermano _fatuo_, será reo del fuego del infierno.»

(Mat., c. 5, v. 22.) Así hablaba el Divino Maestro.

Levántase el pecho con generosa indignación, al oir que se achaca á

la religión de Jesucristo tendencia á esclavizar. Cierto es que, si

se confunde el espíritu de verdadera libertad con el espíritu de los

demagogos, no se le encuentra en el Catolicismo; pero, si no se quieren

trastrocar monstruosamente los nombres, si se da á la palabra libertad

su acepción más razonable, más justa, más provechosa, más dulce,

entonces la religión católica puede reclamar la gratitud del humano

linaje: _ella ha civilizado las naciones que la han profesado; y la

civilización es la verdadera libertad_.

Es un hecho ya generalmente reconocido y paladinamente confesado, que

el Cristianismo ha ejercido muy poderosa influencia en el desarrollo

de la civilización europea; pero á este hecho no se le da todavía por

algunos la importancia que merece, á causa de no ser bastante bien

apreciado. Con respecto á la civilización, distínguese á veces el

influjo del Cristianismo del influjo del Catolicismo, ponderando las

excelencias de aquél y escaseando los encomios á éste; sin reparar

que, cuando se trata de la civilización europea, puede el Catolicismo

demandar una consideración siempre principal, y, por lo tocante á

mucho tiempo, hasta exclusiva, pues que se halló por largos siglos

enteramente solo en el trabajo de esa grande obra. No se ha querido

ver que, al presentarse el Protestantismo en Europa, estaba ya la obra

por concluir; y que con una injusticia é ingratitud que no acierta uno

á calificar, se ha tachado al Catolicismo de espíritu de barbarie, de

obscurantismo, de opresión, mientras se hacía ostentosa gala de la rica

civilización, de las luces y de la libertad que á él principalmente son

debidas.

Si no se tenía gana de profundizar las íntimas relaciones del

Catolicismo con la civilización europea; si faltaba la paciencia que

es menester en las prolijas investigaciones á que tal examen conduce,

al menos parecía del caso dar una mirada al estado de los países donde

en siglos trabajosos no ejerció la religión católica todo su influjo,

y compararlos con aquellos otros en que fué el principio dominante.

El Oriente y el Occidente, ambos sujetos á grandes trastornos, ambos

profesando el Cristianismo, pero de manera que el principio católico se

halló débil y vacilante allí, mientras estuvo robusto y profundamente

arraigado entre los occidentales, hubieran ofrecido dos puntos de

comparación muy á propósito para estimar lo que vale el Cristianismo

sin el Catolicismo, cuando se trata de salvar la civilización y

la existencia de las naciones. En Occidente los trastornos fueron

repetidos y espantosos, el caos llegó á su complemento, y, sin embargo,

del caos han brotado la luz y la vida. Ni la barbarie de los pueblos

que inundaron estas regiones y que adquirieron en ellas asiento, ni las

furiosas arremetidas del islamismo, aun cuando estaba en su mayor brío

y pujanza, bastaron para que se ahogase el germen de una civilización

rica y fecunda: en Oriente todo iba envejeciendo y caducando, nada

se remozaba, y á los embates del ariete que nada había podido contra

nosotros, todo cayó. Ese poder espiritual de Roma, esa influencia en

los negocios temporales, dieron por cierto frutos muy diferentes de los

que produjeron en semejantes circunstancias sus rencorosos rivales.

Si un día estuviese destinada la Europa á sufrir de nuevo algún

espantoso y general trastorno, ó por un desborde universal de las ideas

revolucionarias, ó por alguna violenta irrupción del pauperismo sobre

los poderes sociales y sobre la propiedad; si ese coloso que se levanta

en el Norte en un trono asentado entre eternas nieves, teniendo en su

cabeza la inteligencia y en su mano la fuerza ciega, que dispone á

la vez de los medios de la civilización y de la barbarie, cuyos ojos

van recorriendo de continuo el Oriente, el Mediodía y el Occidente,

con aquella mirada codiciosa y astuta, señal característica que nos

presenta la historia en todos los imperios invasores; si, acechando el

momento oportuno, se arrojase á una tentativa sobre la independencia

de la Europa, entonces quizás se vería una prueba de lo que vale en

los grandes apuros el principio católico; entonces se palparía el

poder de esa _unidad_ proclamada y sostenida por el Catolicismo;

entonces, recordando los siglos medios, se vería una de las causas de

la debilidad del Oriente y de la robustez del Occidente; entonces se

recordaría un hecho que, aunque es de ayer, empieza ya á olvidarse,

y es que el pueblo contra cuyo denodado brío se estrelló el poder de

Napoleón, era el pueblo proverbialmente católico. Y ¿quién sabe si en

los atentados cometidos en Rusia contra el Catolicismo, atentados que

ha deplorado en sentido lenguaje el Vicario de Jesucristo; quién sabe

si influye el secreto presentimiento, ó quizás la previsión, de la

necesidad de debilitar aquel sublime poder, que, en tratándose de la

causa de la humanidad, ha sido en todas épocas el núcleo de los grandes

esfuerzos? Pero volvamos al intento.

No puede negarse que desde el siglo XVI se ha mostrado la civilización

europea muy lozana y brillante, pero es un error atribuir este fenómeno

al Protestantismo. Para examinar la influencia y eficacia de un hecho,

no se han de mirar tan sólo los sucesos que han venido después de él;

se ha de considerar si estos sucesos estaban ya preparados, si son

algo más que un resultado necesario de hechos anteriores: conviene

no hacer aquel raciocinio que tachan de sofístico los dialécticos:

_después de esto, luego por esto; post hoc, ergo propter hoc_. Sin el

Protestantismo, y antes del Protestantismo, estaba ya muy adelantada

la civilización europea por los trabajos é influencia de la religión

católica; y la grandeza y esplendor que sobrevinieron después, no se

desplegaron á causa del Protestantismo, sino á pesar del Protestantismo.

Al extravío de ideas en esta materia ha contribuído no poco el estudio

poco profundo que se ha hecho del Cristianismo, el haberse contentado

no pocas veces con una mirada superficial sobre los principios de

fraternidad que él tanto recomienda, sin entrar en el debido examen de

la historia de la Iglesia. Para comprender á fondo una institución, no

basta pararse en sus ideas más capitales; es necesario seguirle también

los pasos, ver cómo va realizando esas ideas, cómo triunfa de los

obstáculos que le salen al encuentro. Nunca se formará concepto cabal

sobre un hecho histórico, si no se estudia detenidamente su historia;

y el estudio de la historia de la Iglesia católica en sus relaciones

con la civilización deja todavía mucho que desear. Y no es que sobre la

historia de la Iglesia no se hayan hecho estudios profundos; sino que,

desde que se ha desplegado el espíritu de análisis social, no ha sido

todavía objeto de aquellos trabajos admirables que tanto la ilustraron

bajo el aspecto dogmático y crítico.

Otro embarazo media para que pueda dilucidarse cual conviene esta

materia, y es el dar sobrada importancia á las intenciones de los

hombres, distrayéndose de considerar la marcha grave y majestuosa de

las cosas. Se mide la magnitud y se califica la naturaleza de los

acontecimientos por los motivos inmediatos que los determinaron, y por

los fines que se proponían los hombres que en ellos intervinieron; y

esto es un error muy grave: la vista se ha de extender á mayor espacio

y se ha de observar el sucesivo desarrollo de las ideas, el influjo

que anduvieron ejerciendo en los sucesos, las instituciones que de

ellas iban brotando, pero considerándolo todo como es en sí, es decir,

en un cuadro grande, inmenso, sin pararse en hechos particulares,

contemplados en su aislamiento y pequeñez. Que es menester grabar

profundamente en el ánimo la importante verdad de que, cuando se

desenvuelve alguno de esos grandes hechos que cambian la suerte de

una parte considerable del humano linaje, rara vez lo comprenden los

mismos hombres que en ello intervienen, y que como poderosos agentes

figuran: la marcha de la humanidad es un gran drama, los papeles se

distribuyen entre los individuos que pasan y desaparecen: el hombre es

muy pequeño, sólo Dios es grande. Ni los actores de las escenas de los

antiguos imperios de Oriente, ni Alejandro arrojándose sobre el Asia y

avasallando innumerables naciones, ni los romanos sojuzgando el mundo,

ni los bárbaros derrocando y destrozando el imperio romano, ni los

musulmanes dominando el Asia y el África y amenazando la idependencia

de Europa, pensaron, ni pensar podían en que sirviesen de instrumento

para realizar los destinos cuya ejecución nosotros admiramos.

Quiero indicar con esto que, cuando se trata de civilización cristiana,

cuando se van notando y analizando los hechos que señalan su marcha, no

es necesario, y muchas veces ni conveniente, el suponer que los hombres

que á ella han contribuído de una manera muy principal, conocieran en

toda su extensión el resultado de su propia obra; bástale á la gloria

de un hombre, el que se le señale como escogido instrumento de la

Providencia, sin que sea menester atribuir demasiado á su conocimiento

particular, á sus intenciones personales. Basta reconocer que un

rayo de luz ha bajado del cielo y ha iluminado su frente; pero no

hay necesidad de que él mismo previera que ese rayo reflejando se

desparramara en inmensas madejas sobre las generaciones venideras. Los

hombres pequeños son comunmente más pequeños de lo que piensan; pero

los hombres grandes son á veces más grandes de lo que creen; y es que

no conocen todo su grandor, por no saber que son instrumentos de altos

designios de la Providencia.

Otra observación debe tenerse presente en el estudio de esos grandes

hechos, y es que no se debe buscar un sistema cuya trabazón y harmonía

se descubran á la primera ojeada. Preciso es resignarse á sufrir la

vista de algunas irregularidades y algunos objetos poco agradables; es

menester precaverse contra la pueril impaciencia de querer adelantarnos

al tiempo; es indispensable despojarse de aquel deseo, que, más ó

menos vivo, nunca nos abandona, de encontrarlo todo amoldado conforme

á nuestras ideas, de verlo marchar todo de la manera que más nos

agrada. ¿No veis esa naturaleza tan grande, tan variada, tan rica,

cómo prodiga en cierto desorden sus productos ocultando inestimables

piedras y preciosísimos veneros entre montones de tierra ruda, cuál

despliega inmensas cordilleras, riscos inaccesibles, horrendas

fragosidades, que contrastan con amenas y espaciosas llanuras? ¿no veis

ese aparente desorden, esa prodigalidad, en medio de las cuales están

trabajando en secreto concierto innumerables agentes para producir el

admirable conjunto que encanta nuestros ojos y admira al naturalista?

Pues he aquí la sociedad: los hechos andan dispersos, desparramados

acá y acullá, sin ofrecer muchas veces visos de orden ni concierto;

los acontecimientos se suceden, se empujan, sin que se descubra un

designio; los hombres se aúnan, se separan, se auxilian, se chocan;

pero va pasando el tiempo, ese agente indispensable para la producción

de las grandes obras, y va todo caminando al destino señalado en los

arcanos del Eterno.

He aquí cómo se concibe la marcha de la humanidad, he aquí la norma

del estudio filosófico de la historia, he aquí el modo de comprender

el influjo de esas ideas fecundas, de esas instituciones poderosas que

aparecen de vez en cuando entre los hombres para cambiar la faz de la

tierra. En semejante estudio, y cuando se descubre obrando en el fondo

de las cosas una idea fecunda, una institución poderosa, lejos de

asustarse el ánimo por encontrar alguna irregularidad, se complace y se

alienta; porque es excelente señal de que la idea está llena de verdad,

de que la institución rebosa de vida, cuando se las ve atravesar

el caos de los siglos y salir enteras de entre los más horrorosos

sacudimientos. Que estos ó aquellos hombres no se hayan regido por la

idea, que no hayan correspondido al objeto de la institución, nada

importa, si la institución ha sobrevivido á los trastornos, si la idea

ha sobrenadado en el borrascoso piélago de las pasiones. Entonces

el mentar las flaquezas, las miserias, la culpa, los crímenes de

los hombres, es hacer la más elocuente apología de la idea y de la

institución.

Mirados los hombres de esta manera, no se los saca de su lugar

propio, ni se exige de ellos lo que racionalmente no se puede exigir.

Encajonados, por decirlo así, en el hondo cauce del gran torrente

de los sucesos, no se atribuye á su inteligencia ni voluntad, mayor

esfera de la que les corresponde: y, sin dejar, por eso, de apreciar

debidamente la magnitud y naturaleza de las obras en que tomaron

parte, no se da exagerada importancia á sus personas, honrándolas con

encomios que no merezcan ó achacándoles cargos injustos. Entonces no se

confunden monstruosamente tiempos y circunstancias; el observador mira

con sosiego y templanza los acontecimientos que se van desplegando ante

sus ojos; no habla del imperio de Carlomagno como hablar pudiera del

imperio de Napoleón, ni se desata en agrias invectivas contra Gregorio

VII, porque no siguió en su política la misma línea de conducta que

Gregorio XVI.

Y cuenta que no exijo del historiador filósofo una impasible

indiferencia por el bien y por el mal, por lo justo y lo injusto;

cuenta que no reclamo indulgencia para el vicio, ni pretendo que

se escaseen los elogios á la virtud; no simpatizo con esa escuela

histórica fatalista, que ha vuelto á presentar sobre el mundo

el Destino de los antiguos; escuela que, si extendiera mucho su

influencia, malograría la más hermosa parte de los trabajos históricos,

y ahogaría los destellos de las inspiraciones más generosas. En la

marcha de la sociedad veo un plan, veo un concierto, mas no ciega

necesidad; no creo que los sucesos se revuelvan y barajen en confusa

mezcolanza en la obscura urna del destino, ni que los hados tengan

ceñido el mundo con un arco de hierro.

Veo sí una cadena maravillosa tendida sobre el curso de los siglos;

pero es cadena que no embarga el movimiento de los individuos ni de las

naciones; que, ondeando suavemente, se aviene con el flujo y reflujo

demandado por la misma naturaleza de las cosas; que con su contacto

hace brotar de la cabeza de los hombres pensamientos grandiosos: cadena

de oro que está pendiente de la mano del Hacedor Supremo, labrada con

infinita inteligencia y regida con inefable amor.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 17 / 58 题