Parangonados ya bajo el aspecto religioso el Catolicismo y el
Protestantismo en el cuadro que acabo de trazar, y evidenciada la
superioridad de aquél sobre éste, no sólo en lo concerniente á certeza,
sino también en todo lo relativo á los instintos, á los sentimientos,
á las ideas, al carácter del espíritu humano, será bien entrar
ahora en otra cuestión, no más importante por cierto, pero sí menos
dilucidada, y en que será preciso luchar con fuertes antipatías, y
disipar considerable número de prevenciones y errores. En medio de
las dificultades de que está erizada la empresa que voy á acometer,
aliéntame una poderosa esperanza, y es que lo interesante de la
materia, y el ser muy del gusto científico del siglo, convidará quizás
á leer, obviándose de esta manera el peligro que suele amenazar á los
que escriben en favor de la religión católica: son juzgados sin ser
oídos. He aquí, pues, la cuestión en sus precisos términos: _Comparados
el Catolicismo y el Protestantismo, ¿cuál de los dos es más conducente
para la verdadera libertad, para el verdadero adelanto de los pueblos,
para la causa de la civilización?_
_Libertad_: ésta es una de aquellas palabras tan generalmente usadas
como poco entendidas; palabras que, por envolver cierta idea vaga muy
fácil de percibir, presentan la engañosa apariencia de una entera
claridad, mientras que, por la muchedumbre y variedad de objetos á que
se aplican, son susceptibles de una infinidad de sentidos, haciéndose
su comprensión sumamente difícil. ¿Y quién podrá reducir á guarismo
las aplicaciones que se hacen de la palabra _libertad_? Salvándose en
todas ellas una idea que podríamos apellidar radical, son infinitas las
modificaciones y graduaciones á que se la sujeta. Circula el aire con
libertad; se despejan los alrededores de una planta para que crezca y
se extienda con libertad; se mondan los conductos de un regadío para
que el agua corra con libertad; al pez cogido en la red, al avecilla
enjaulada se los suelta, y se les da libertad; se trata á un amigo
con libertad; hay modales libres, pensamientos libres, expresiones
libres, herencias libres, voluntad libre, acciones libres; no tiene
libertad el encarcelado, carece de libertad el hijo de familia, tiene
poca libertad una doncella, una persona casada ya no es libre, un
hombre en tierra extraña se porta con más libertad, el soldado no tiene
libertad; hay hombres libres de quintas, libres de contribuciones;
hay votaciones libres; dictámenes libres, interpretación libre,
versificación libre, libertad de comercio, libertad de enseñanza,
libertad de imprenta, libertad de conciencia, libertad civil, libertad
política, libertad justa, injusta, racional, irracional, moderada,
excesiva, comedida, licenciosa, oportuna, inoportuna; mas, ¿á qué
fatigarse en la enumeración, cuando es poco menos que imposible el dar
cima á tan enfadosa tarea? Pero menester parecía detenerse algún tanto
en ella, aun á riesgo de fastidiar al lector; quizás el recuerdo de
este fastidio podrá contribuir á grabar profundamente en el ánimo la
saludable verdad de que, cuando en la conversación, en los escritos,
en las discusiones públicas, en las leyes, se usa tan á menudo esta
palabra, aplicándola á objetos de mayor importancia, es necesario
reflexionar maduramente sobre el número y naturaleza de ideas que en
el respectivo caso abarca, sobre el sentido que la materia consiente,
sobre las modificaciones que las circunstancias demandan, sobre las
precauciones y tino que las aplicaciones exigen.
Sea cual fuere la acepción en que se tome la palabra libertad, échase
de ver que siempre entraña en su significado _ausencia de causa que
impida ó coarte el ejercicio de alguna libertad_: infiriéndose de aquí
que, para fijar en cada caso el verdadero sentido de esta palabra, es
indispensable atender á la naturaleza y circunstancias de la facultad
cuyo uso se quiere impedir ó limitar, sin perder de vista los varios
objetos sobre que versa, las condiciones de su ejercicio, como y
también el carácter, la eficacia y extensión de la causa que al efecto
se empleare. Para aclarar la materia, propongámonos formar juicio de
esta proposición: el hombre ha de tener libertad de pensar. Aquí se
afirma que al hombre no se le ha de coartar el pensamiento. Ahora bien:
¿habláis de coartación física ejercida inmediatamente sobre el mismo
pensamiento? Pues entonces es de todo punto inútil la proposición;
porque, como semejante coartación es imposible, vano es decir que no
se la debe emplear. ¿Entendéis que no se debe coartar la expresión
del pensamiento, es decir, que no se ha de impedir ni restringir
la libertad de manifestar cada cual lo que piensa? Entonces habéis
dado un salto inmenso, habéis colocado la cuestión en muy diferente
terreno; y, si no queréis significar que todo hombre, á todas horas,
en todo lugar, pueda decir sobre cualquier materia cuanto le viniere á
la mente, y del modo que más le agradare, deberéis distinguir cosas,
personas, lugares, tiempos, modos, condiciones, en una palabra, atender
á mil y mil circunstancias, impedir del todo en unos casos, limitar
en otros, ampliar en éstos, restringir en aquéllos, y así tomaros tan
largo trabajo que de nada os sirva el haber sentado, en favor de la
libertad del pensamiento, aquella proposición tan general, con toda su
apariencia de sencillez y claridad.
Aun penetrando en el mismo santuario del pensamiento, en aquella región
donde no alcanzan las miradas de otro hombre, y que sólo está patente
á los ojos de Dios, ¿qué significa la libertad de pensar? ¿Es acaso
que el pensamiento no tenga sus leyes, á las que ha de sujetarse por
precisión, si no quiere sumirse en el caos? ¿Puede despreciar la norma
de una sana razón? ¿Puede desoir los consejos del buen sentido? ¿Puede
olvidar que su objeto es la verdad? ¿Puede desentenderse de los eternos
principios de la moral?
He aquí cómo, examinando lo que significa la palabra libertad, aun
aplicándola á lo que seguramente hay de más libre en el hombre, como
es el pensamiento, nos encontramos con tal muchedumbre y variedad de
sentidos, que nos obligan á un sinnúmero de distinciones, y nos llevan
por necesidad á restringir la proposición general, si algo queremos
expresar que no esté en contradicción con lo que dictan la razón y el
buen sentido, con lo que prescriben las leyes eternas de la moral, con
lo que demandan los mismos intereses del individuo, con lo que reclaman
el buen orden y la conservación de la sociedad. ¿Y qué no podría
decirse de tantas otras libertades como se invocan de continuo, con
nombres indeterminados y vagos, cubiertos á propósito con el equívoco y
las tinieblas?
Pongo estos ejemplos, sólo para que no se confundan las ideas; porque,
defendiendo como defiendo la causa del Catolicismo, no necesito abogar
por la opresión, ni invocar sobre los hombres una mano de hierro, ni
aplaudir que se huellen sus derechos sagrados. Sagrados, sí; porque,
según la enseñanza de la augusta religión de Jesucristo, sagrado es
un hombre á los ojos de otro hombre, por su alto origen y destino,
por la imagen de Dios que en él resplandece, por haber sido redimido
con inefable dignación y amor por el mismo Hijo del Eterno; sagrados
declara esa religión divina los derechos del hombre, cuando su augusto
Fundador amenaza con eterno suplicio, no tan sólo á quien le matare, no
tan sólo á quien le mutilare, no tan sólo á quien le robare, sino ¡cosa
admirable! hasta á quien se propasare á ofenderle con solas palabras.
«Quien llamare á su hermano _fatuo_, será reo del fuego del infierno.»
(Mat., c. 5, v. 22.) Así hablaba el Divino Maestro.
Levántase el pecho con generosa indignación, al oir que se achaca á
la religión de Jesucristo tendencia á esclavizar. Cierto es que, si
se confunde el espíritu de verdadera libertad con el espíritu de los
demagogos, no se le encuentra en el Catolicismo; pero, si no se quieren
trastrocar monstruosamente los nombres, si se da á la palabra libertad
su acepción más razonable, más justa, más provechosa, más dulce,
entonces la religión católica puede reclamar la gratitud del humano
linaje: _ella ha civilizado las naciones que la han profesado; y la
civilización es la verdadera libertad_.
Es un hecho ya generalmente reconocido y paladinamente confesado, que
el Cristianismo ha ejercido muy poderosa influencia en el desarrollo
de la civilización europea; pero á este hecho no se le da todavía por
algunos la importancia que merece, á causa de no ser bastante bien
apreciado. Con respecto á la civilización, distínguese á veces el
influjo del Cristianismo del influjo del Catolicismo, ponderando las
excelencias de aquél y escaseando los encomios á éste; sin reparar
que, cuando se trata de la civilización europea, puede el Catolicismo
demandar una consideración siempre principal, y, por lo tocante á
mucho tiempo, hasta exclusiva, pues que se halló por largos siglos
enteramente solo en el trabajo de esa grande obra. No se ha querido
ver que, al presentarse el Protestantismo en Europa, estaba ya la obra
por concluir; y que con una injusticia é ingratitud que no acierta uno
á calificar, se ha tachado al Catolicismo de espíritu de barbarie, de
obscurantismo, de opresión, mientras se hacía ostentosa gala de la rica
civilización, de las luces y de la libertad que á él principalmente son
debidas.
Si no se tenía gana de profundizar las íntimas relaciones del
Catolicismo con la civilización europea; si faltaba la paciencia que
es menester en las prolijas investigaciones á que tal examen conduce,
al menos parecía del caso dar una mirada al estado de los países donde
en siglos trabajosos no ejerció la religión católica todo su influjo,
y compararlos con aquellos otros en que fué el principio dominante.
El Oriente y el Occidente, ambos sujetos á grandes trastornos, ambos
profesando el Cristianismo, pero de manera que el principio católico se
halló débil y vacilante allí, mientras estuvo robusto y profundamente
arraigado entre los occidentales, hubieran ofrecido dos puntos de
comparación muy á propósito para estimar lo que vale el Cristianismo
sin el Catolicismo, cuando se trata de salvar la civilización y
la existencia de las naciones. En Occidente los trastornos fueron
repetidos y espantosos, el caos llegó á su complemento, y, sin embargo,
del caos han brotado la luz y la vida. Ni la barbarie de los pueblos
que inundaron estas regiones y que adquirieron en ellas asiento, ni las
furiosas arremetidas del islamismo, aun cuando estaba en su mayor brío
y pujanza, bastaron para que se ahogase el germen de una civilización
rica y fecunda: en Oriente todo iba envejeciendo y caducando, nada
se remozaba, y á los embates del ariete que nada había podido contra
nosotros, todo cayó. Ese poder espiritual de Roma, esa influencia en
los negocios temporales, dieron por cierto frutos muy diferentes de los
que produjeron en semejantes circunstancias sus rencorosos rivales.
Si un día estuviese destinada la Europa á sufrir de nuevo algún
espantoso y general trastorno, ó por un desborde universal de las ideas
revolucionarias, ó por alguna violenta irrupción del pauperismo sobre
los poderes sociales y sobre la propiedad; si ese coloso que se levanta
en el Norte en un trono asentado entre eternas nieves, teniendo en su
cabeza la inteligencia y en su mano la fuerza ciega, que dispone á
la vez de los medios de la civilización y de la barbarie, cuyos ojos
van recorriendo de continuo el Oriente, el Mediodía y el Occidente,
con aquella mirada codiciosa y astuta, señal característica que nos
presenta la historia en todos los imperios invasores; si, acechando el
momento oportuno, se arrojase á una tentativa sobre la independencia
de la Europa, entonces quizás se vería una prueba de lo que vale en
los grandes apuros el principio católico; entonces se palparía el
poder de esa _unidad_ proclamada y sostenida por el Catolicismo;
entonces, recordando los siglos medios, se vería una de las causas de
la debilidad del Oriente y de la robustez del Occidente; entonces se
recordaría un hecho que, aunque es de ayer, empieza ya á olvidarse,
y es que el pueblo contra cuyo denodado brío se estrelló el poder de
Napoleón, era el pueblo proverbialmente católico. Y ¿quién sabe si en
los atentados cometidos en Rusia contra el Catolicismo, atentados que
ha deplorado en sentido lenguaje el Vicario de Jesucristo; quién sabe
si influye el secreto presentimiento, ó quizás la previsión, de la
necesidad de debilitar aquel sublime poder, que, en tratándose de la
causa de la humanidad, ha sido en todas épocas el núcleo de los grandes
esfuerzos? Pero volvamos al intento.
No puede negarse que desde el siglo XVI se ha mostrado la civilización
europea muy lozana y brillante, pero es un error atribuir este fenómeno
al Protestantismo. Para examinar la influencia y eficacia de un hecho,
no se han de mirar tan sólo los sucesos que han venido después de él;
se ha de considerar si estos sucesos estaban ya preparados, si son
algo más que un resultado necesario de hechos anteriores: conviene
no hacer aquel raciocinio que tachan de sofístico los dialécticos:
_después de esto, luego por esto; post hoc, ergo propter hoc_. Sin el
Protestantismo, y antes del Protestantismo, estaba ya muy adelantada
la civilización europea por los trabajos é influencia de la religión
católica; y la grandeza y esplendor que sobrevinieron después, no se
desplegaron á causa del Protestantismo, sino á pesar del Protestantismo.
Al extravío de ideas en esta materia ha contribuído no poco el estudio
poco profundo que se ha hecho del Cristianismo, el haberse contentado
no pocas veces con una mirada superficial sobre los principios de
fraternidad que él tanto recomienda, sin entrar en el debido examen de
la historia de la Iglesia. Para comprender á fondo una institución, no
basta pararse en sus ideas más capitales; es necesario seguirle también
los pasos, ver cómo va realizando esas ideas, cómo triunfa de los
obstáculos que le salen al encuentro. Nunca se formará concepto cabal
sobre un hecho histórico, si no se estudia detenidamente su historia;
y el estudio de la historia de la Iglesia católica en sus relaciones
con la civilización deja todavía mucho que desear. Y no es que sobre la
historia de la Iglesia no se hayan hecho estudios profundos; sino que,
desde que se ha desplegado el espíritu de análisis social, no ha sido
todavía objeto de aquellos trabajos admirables que tanto la ilustraron
bajo el aspecto dogmático y crítico.
Otro embarazo media para que pueda dilucidarse cual conviene esta
materia, y es el dar sobrada importancia á las intenciones de los
hombres, distrayéndose de considerar la marcha grave y majestuosa de
las cosas. Se mide la magnitud y se califica la naturaleza de los
acontecimientos por los motivos inmediatos que los determinaron, y por
los fines que se proponían los hombres que en ellos intervinieron; y
esto es un error muy grave: la vista se ha de extender á mayor espacio
y se ha de observar el sucesivo desarrollo de las ideas, el influjo
que anduvieron ejerciendo en los sucesos, las instituciones que de
ellas iban brotando, pero considerándolo todo como es en sí, es decir,
en un cuadro grande, inmenso, sin pararse en hechos particulares,
contemplados en su aislamiento y pequeñez. Que es menester grabar
profundamente en el ánimo la importante verdad de que, cuando se
desenvuelve alguno de esos grandes hechos que cambian la suerte de
una parte considerable del humano linaje, rara vez lo comprenden los
mismos hombres que en ello intervienen, y que como poderosos agentes
figuran: la marcha de la humanidad es un gran drama, los papeles se
distribuyen entre los individuos que pasan y desaparecen: el hombre es
muy pequeño, sólo Dios es grande. Ni los actores de las escenas de los
antiguos imperios de Oriente, ni Alejandro arrojándose sobre el Asia y
avasallando innumerables naciones, ni los romanos sojuzgando el mundo,
ni los bárbaros derrocando y destrozando el imperio romano, ni los
musulmanes dominando el Asia y el África y amenazando la idependencia
de Europa, pensaron, ni pensar podían en que sirviesen de instrumento
para realizar los destinos cuya ejecución nosotros admiramos.
Quiero indicar con esto que, cuando se trata de civilización cristiana,
cuando se van notando y analizando los hechos que señalan su marcha, no
es necesario, y muchas veces ni conveniente, el suponer que los hombres
que á ella han contribuído de una manera muy principal, conocieran en
toda su extensión el resultado de su propia obra; bástale á la gloria
de un hombre, el que se le señale como escogido instrumento de la
Providencia, sin que sea menester atribuir demasiado á su conocimiento
particular, á sus intenciones personales. Basta reconocer que un
rayo de luz ha bajado del cielo y ha iluminado su frente; pero no
hay necesidad de que él mismo previera que ese rayo reflejando se
desparramara en inmensas madejas sobre las generaciones venideras. Los
hombres pequeños son comunmente más pequeños de lo que piensan; pero
los hombres grandes son á veces más grandes de lo que creen; y es que
no conocen todo su grandor, por no saber que son instrumentos de altos
designios de la Providencia.
Otra observación debe tenerse presente en el estudio de esos grandes
hechos, y es que no se debe buscar un sistema cuya trabazón y harmonía
se descubran á la primera ojeada. Preciso es resignarse á sufrir la
vista de algunas irregularidades y algunos objetos poco agradables; es
menester precaverse contra la pueril impaciencia de querer adelantarnos
al tiempo; es indispensable despojarse de aquel deseo, que, más ó
menos vivo, nunca nos abandona, de encontrarlo todo amoldado conforme
á nuestras ideas, de verlo marchar todo de la manera que más nos
agrada. ¿No veis esa naturaleza tan grande, tan variada, tan rica,
cómo prodiga en cierto desorden sus productos ocultando inestimables
piedras y preciosísimos veneros entre montones de tierra ruda, cuál
despliega inmensas cordilleras, riscos inaccesibles, horrendas
fragosidades, que contrastan con amenas y espaciosas llanuras? ¿no veis
ese aparente desorden, esa prodigalidad, en medio de las cuales están
trabajando en secreto concierto innumerables agentes para producir el
admirable conjunto que encanta nuestros ojos y admira al naturalista?
Pues he aquí la sociedad: los hechos andan dispersos, desparramados
acá y acullá, sin ofrecer muchas veces visos de orden ni concierto;
los acontecimientos se suceden, se empujan, sin que se descubra un
designio; los hombres se aúnan, se separan, se auxilian, se chocan;
pero va pasando el tiempo, ese agente indispensable para la producción
de las grandes obras, y va todo caminando al destino señalado en los
arcanos del Eterno.
He aquí cómo se concibe la marcha de la humanidad, he aquí la norma
del estudio filosófico de la historia, he aquí el modo de comprender
el influjo de esas ideas fecundas, de esas instituciones poderosas que
aparecen de vez en cuando entre los hombres para cambiar la faz de la
tierra. En semejante estudio, y cuando se descubre obrando en el fondo
de las cosas una idea fecunda, una institución poderosa, lejos de
asustarse el ánimo por encontrar alguna irregularidad, se complace y se
alienta; porque es excelente señal de que la idea está llena de verdad,
de que la institución rebosa de vida, cuando se las ve atravesar
el caos de los siglos y salir enteras de entre los más horrorosos
sacudimientos. Que estos ó aquellos hombres no se hayan regido por la
idea, que no hayan correspondido al objeto de la institución, nada
importa, si la institución ha sobrevivido á los trastornos, si la idea
ha sobrenadado en el borrascoso piélago de las pasiones. Entonces
el mentar las flaquezas, las miserias, la culpa, los crímenes de
los hombres, es hacer la más elocuente apología de la idea y de la
institución.
Mirados los hombres de esta manera, no se los saca de su lugar
propio, ni se exige de ellos lo que racionalmente no se puede exigir.
Encajonados, por decirlo así, en el hondo cauce del gran torrente
de los sucesos, no se atribuye á su inteligencia ni voluntad, mayor
esfera de la que les corresponde: y, sin dejar, por eso, de apreciar
debidamente la magnitud y naturaleza de las obras en que tomaron
parte, no se da exagerada importancia á sus personas, honrándolas con
encomios que no merezcan ó achacándoles cargos injustos. Entonces no se
confunden monstruosamente tiempos y circunstancias; el observador mira
con sosiego y templanza los acontecimientos que se van desplegando ante
sus ojos; no habla del imperio de Carlomagno como hablar pudiera del
imperio de Napoleón, ni se desata en agrias invectivas contra Gregorio
VII, porque no siguió en su política la misma línea de conducta que
Gregorio XVI.
Y cuenta que no exijo del historiador filósofo una impasible
indiferencia por el bien y por el mal, por lo justo y lo injusto;
cuenta que no reclamo indulgencia para el vicio, ni pretendo que
se escaseen los elogios á la virtud; no simpatizo con esa escuela
histórica fatalista, que ha vuelto á presentar sobre el mundo
el Destino de los antiguos; escuela que, si extendiera mucho su
influencia, malograría la más hermosa parte de los trabajos históricos,
y ahogaría los destellos de las inspiraciones más generosas. En la
marcha de la sociedad veo un plan, veo un concierto, mas no ciega
necesidad; no creo que los sucesos se revuelvan y barajen en confusa
mezcolanza en la obscura urna del destino, ni que los hados tengan
ceñido el mundo con un arco de hierro.
Veo sí una cadena maravillosa tendida sobre el curso de los siglos;
pero es cadena que no embarga el movimiento de los individuos ni de las
naciones; que, ondeando suavemente, se aviene con el flujo y reflujo
demandado por la misma naturaleza de las cosas; que con su contacto
hace brotar de la cabeza de los hombres pensamientos grandiosos: cadena
de oro que está pendiente de la mano del Hacedor Supremo, labrada con
infinita inteligencia y regida con inefable amor.