Para apreciar en su justo valor el efecto que pueden producir sobre la
sociedad española las doctrinas protestantes, será bien dar una ojeada
al actual estado de las ideas religiosas en Europa. Á pesar del vértigo
intelectual, que es uno de los caracteres dominantes de la época, es
un hecho indudable que el espíritu de incredulidad y de irreligión ha
perdido mucho de su fuerza; y que, en la parte que desgraciadamente le
queda de existencia, es más bien transformado en indiferentismo, que
no conservando aquella índole sistemática de que se hallaba revestido
en el pasado siglo. Con el tiempo se gastan todas las declamaciones,
los apodos fastidian, las continuas repeticiones fatigan; irrítase el
ánimo con la intolerancia y la mala fe de los partidos, descúbrense el
vacío de los sistemas, la falsedad de las opiniones, lo precipitado de
los juicios, lo inexacto de los raciocinios; andando el tiempo, van
publicándose datos que ponen de manifiesto las solapadas intenciones,
lo engañoso de las palabras, la mezquindad de las miras, lo maligno
y criminal de los proyectos; y al fin restablécese en su imperio la
verdad, recobran las cosas sus propios nombres, toma otra dirección el
espíritu público; y lo que antes se encontraba inocente y generoso,
preséntase como culpable y villano; y, rasgados los fementidos
disfraces, muéstrase la mentira, rodeada de aquel descrédito que
debiera haber sido siempre su único patrimonio.
Las ideas irreligiosas, como todas aquellas que pululan en sociedades
muy adelantadas, no quisieron, ni pudieron mantenerse en el recinto de
la especulación, é invadiendo los dominios de la práctica, quisieron
señorear todos los ramos de administración y de política. El trastorno
que debían producir en la sociedad, debía serles fatal á ellas mismas:
porque no hay cosa que ponga más de manifiesto los defectos y vicios
de un sistema, y sobre todo que más desengañe á los hombres, que la
piedra de toque de la experiencia. Yo no sé qué facilidad tiene nuestro
entendimiento para concebir un objeto bajo muchos aspectos, y qué
fecundidad funesta para apoyar con un sinnúmero de sofismas las mayores
extravagancias; pues que, en tratándose de apelar á la disputa, apenas
puede la razón desentenderse de las cavilaciones del sofisma. Pero, en
llegando á la experiencia, todo se cambia: el ingenio enmudece, sólo
hablan los hechos; y si la experiencia se ha verificado en grande, y
sobre objetos de mucho interés ó de alta importancia, difícil es que
pueda ofuscarse con especiosas razones la convincente elocuencia de
los resultados. Y de aquí es que observamos á cada paso que un hombre
que haya adquirido grande experiencia, llega á poseer cierto tacto tan
delicado y seguro, que, á la sola exposición de un sistema, señala con
el dedo todos sus inconvenientes: la inexperiencia, fogosa y confiada,
apela á las razones, al aparato de doctrinas; pero el buen sentido,
el precioso, el raro, el inapreciable buen sentido, menea cuerdamente
la cabeza, encoge tranquilamente los hombros, y, dejando escapar una
ligera sonrisa, abandona seguro sus predicciones á la prueba del tiempo.
No es necesario ponderar ahora los resultados que han tenido en la
práctica aquellas doctrinas, cuya divisa era la incredulidad; tanto se
ha dicho ya sobre esto, que quien emprenda el tocarlo de nuevo, corre
mucho riesgo de pasar plaza de insulso declamador. Bastará decir que
aun aquellos hombres que por principios, por intereses, recuerdos ú
otras causas, como que pertenecen aún al siglo pasado, se han visto
precisados á modificar sus doctrinas, á limitar los principios, á
paliar las proposiciones, á retocar los sistemas, á templar el calor y
el arrebato de las invectivas; queriendo dar una muestra de su aprecio
y veneración á aquellos escritores que formaron las delicias de su
juventud, dicen con indulgente tono: «que aquellos hombres eran grandes
sabios, pero que eran sabios de gabinete»; como si, en tratándose de
hechos y de práctica, lo que se llama sabiduría de mero gabinete, no
fuese una peligrosa ignorancia.
Como quiera, lo cierto es que de estos ensayos ha resultado el provecho
de desacreditarse la irreligión como sistema; y que los pueblos la
miran, si no con horror, al menos con desvío y con desconfianza. Los
trabajos científicos provocados en todos ramos por la irreligión, que
con locas esperanzas había creído que los cielos dejarían de cantar
la gloria del Señor, que la tierra desconocería á Aquel que le dió su
cimiento, y que la naturaleza toda levantaría su testimonio contra
Dios, que le dió el ser y la animó con la vida, han hecho desaparecer
el divorcio que, con escándalo, se iba introduciendo entre la religión
y las ciencias, y los acentos del antiguo hombre de la tierra de Hus
se ha visto que podían resonar sin desdoro del saber en la boca de los
sabios del siglo XIX. ¿Y qué diremos del triunfo de la religión en todo
lo que existe de bello, de tierno y de sublime sobre la tierra? ¡Cuán
grande se ha manifestado en este triunfo la acción de la Providencia!
¡Cosa admirable! En todas las grandes crisis de la sociedad, esa mano
misteriosa que rige los destinos del universo, tiene como en reserva
á un hombre extraordinario; llega el momento, el hombre se presenta,
marcha, el mismo no sabe á dónde, pero marcha con paso firme á cumplir
el alto destino que el Eterno le ha señalado en la frente.
El ateísmo anegaba á la Francia en un piélago de sangre y de lágrimas,
y un hombre desconocido atraviesa en silencio los mares; mientras el
soplo de la tempestad despedaza las velas de su navío, él escucha
absorto el bramar del huracán, y contempla abismado la majestad del
firmamento. Extraviado por las soledades de América, pregunta á las
maravillas de la creación el nombre de su autor; y el trueno le
contesta en el confín del desierto, las selvas le responden con sordo
mugido, y la bella naturaleza, con cánticos de amor y de harmonía.
La vista de una cruz solitaria le revela misteriosos secretos, la
huella de un misionero desconocido le excita grandes recuerdos que
enlazan el nuevo mundo con el mundo antiguo; un monumento arruinado,
una choza salvaje, le inspiran aquellos sublimes pensamientos que
penetran hasta el fondo de la sociedad y del corazón del hombre.
Embriagado con los sentimientos que le ha sugerido la grandeza de
tales espectáculos, llena su mente de conceptos elevados, y rebosando
su pecho de la dulzura que han producido en él los encantos de tanta
belleza, pisa de nuevo el suelo de su patria. ¿Y qué encuentra allí?
La huella ensangrentada del ateísmo, las ruinas y cenizas de los
antiguos templos, ó devorados por el fuego, ó desplomados á los golpes
de bárbaro martillo; sepulcros numerosos que encierran los restos
de tantas víctimas inocentes, y que poco antes ofrecieran en su
lobreguez un asilo oculto al cristiano perseguido. Nota, sin embargo,
un movimiento: ve que la religión quiere descender de nuevo sobre la
Francia, como un pensamiento de consuelo, para aliviar un infortunio,
como un soplo de vida para reanimar un cadáver; desde entonces oye
por todas partes un concierto de célica harmonía; se agitan, rebullen
en su grande alma las inspiraciones de la meditación y de la soledad,
y enajenado y extático canta con lengua de fuego las bellezas de la
religión, revela las delicadas y hermosas relaciones que tiene con la
naturaleza, y, hablando un lenguaje superior y divino, muestra á los
hombres asombrados la misteriosa cadena de oro que une el cielo con la
tierra: era Chateaubriand.
Sin embargo, es preciso confesarlo: un vértigo como se ha introducido
en las ideas no se remedia en poco tiempo; y no es fácil que
desaparezca sin grandes trabajos la huella profunda que ha debido dejar
la irreligión con sus estragos. Los ánimos, es verdad, van cansados del
sistema de irreligión; una desazón profunda agita la sociedad; ella
ha perdido su equilibrio; la familia ha sentido aflojar sus lazos,
y el individuo suspira por un rayo de luz, por una gota de consuelo
y esperanza. Pero, ¿dónde hallará el mundo el apoyo que le falta?
¿Seguirá el buen camino, el único, cual es entrar de nuevo en el redil
de la Iglesia católica? ¡Ah! Sólo Dios es el dueño de los secretos
del porvenir; sólo él mira desplegados con toda claridad delante de
sus ojos, los grandes acontecimientos que se preparan sin duda á la
humanidad; sólo él sabe cuál será el resultado de esa actividad y
energía que vuelve á apoderarse de los espíritus en el examen de
las grandes cuestiones sociales y religiosas; sólo él sabe cuál será
el fruto que recogerán las generaciones venideras de los triunfos
conseguidos por la religión, en las ciencias, en la política, en todos
los ramos por donde se explaya el humano entendimiento.
Nosotros, débiles mortales, que, arrastrados rápidamente por el
precipitado curso de las revoluciones y trastornos, tenemos apenas
el tiempo necesario para dar una fugaz mirada al caos en que está
envuelto el país que atravesamos, ¿qué podremos decir que tenga alguna
prenda de acierto? Sólo podemos asegurar que la presente es una
época de inquietud, de agitación, de transición; que multiplicados
escarmientos y repetidos desengaños, fruto de espantosos trastornos y
de inauditas catástrofes, han difundido por todas partes el descrédito
de las doctrinas irreligiosas y desorganizadoras, sin que por esto
haya tomado en su lugar el debido ascendiente la verdadera religión;
que el corazón, fatigado de tantos infortunios, se abre de buen grado
á la esperanza, sin que el entendimiento deje de contemplar en grande
incertidumbre el porvenir, y de columbrar tal vez una nueva cadena de
calamidades. Merced á las revoluciones, al vuelo de la industria, á la
actividad y extensión del comercio, al adelanto y expansión prodigiosa
de la imprenta, á los progresos científicos, á la facilidad, rapidez y
amplitud de las comunicaciones, al gusto por los viajes, á la acción
disolvente del Protestantismo, de la incredulidad y del escepticismo,
presenta en la actualidad el espíritu humano una de aquellas fases
singulares, que forman época en su historia.
El entendimiento, la fantasía, el corazón, se hallan en estado de
grande agitación, de movilidad, de desarrollo, presentando, al
propio tiempo, los contrastes más singulares, las extravagancias más
ridículas, y hasta las contradicciones más absurdas.
Observad las ciencias, y, sin notar en su estudio aquellos trabajos
prolijos, aquella paciencia incansable, aquella marcha pausada y
detenida que caracterizan los estudios de otras épocas, descúbrese,
sin embargo, un espíritu de observación, un prurito de generalizar, de
alzar las cuestiones á un punto de vista elevado y transcendente, y,
sobre todo, un afán de tratar todas las ciencias bajo aquel aspecto en
que se divisan los puntos de contacto que entre sí tienen, los lazos
que las hermanan, y los canales por donde se comunican recíprocamente
la luz.
Las cuestiones de religión, de política, de moral, de legislación, de
economía, todas van enlazadas, marchan de frente, dándose al horizonte
científico un grandor, una inmensidad, que no había jamás alcanzado.
Este adelanto, este abuso, ó este caos, si se quiere, es un dato que no
debe despreciarse cuando se estudia el espíritu de la época, cuando se
examina su situación religiosa; pues que no es la obra de ningún hombre
aislado, no es un efecto casual: es el resultado de un sinnúmero de
causas que han conducido la sociedad á este punto; es un grande hecho,
fruto de otros hechos; es una expresión del estado intelectual en la
actualidad; es un síntoma de fuerzas y de enfermedades, un anuncio de
transición y de mudanza, tal vez una señal consoladora, tal vez un
funesto presagio. Y ¿quién no ha notado el vuelo que va tomando la
fantasía, y la prodigiosa expansión del corazón, en esa literatura tan
varia, tan irregular, tan fluctuante, pero, al propio tiempo, tan rica
de hermosísimos cuadros, rebosante de sentimientos delicadísimos, y
embutida de pensamientos atrevidos y generosos? Dígase lo que se quiera
del abatimiento de las ciencias, del decaimiento de los estudios;
nómbrense con tono mofador _las luces del siglo_, vuélvase la vista
dolorida hacia tiempos más estudiosos, más sabios, más eruditos; en
esto habrá sus verdades, sus falsedades, sus exageraciones, como
acontece siempre en declamaciones semejantes; pero no podrá negarse
que, sea lo que fuere de la utilidad de sus trabajos, tal vez nunca
había desplegado el espíritu humano semejante actividad y energía, tal
vez nunca se le había visto agitado con un movimiento tan vivo, tan
general, tan variado: tal vez nunca como ahora se habrá deseado, con
tan excusable curiosidad é impaciencia, el levantar una punta del velo
que encubre un inmenso porvenir.
¿Quién dominará tan opuestos y poderosos elementos? ¿Quién podrá
restablecer el sosiego en ese piélago combatido por tantas borrascas?
¿Quién podrá dar unión, enlace, consistencia, para formar un todo
compacto, capaz de resistir á la acción de los tiempos? ¿Quién podrá
darlo á esos elementos que se rechazan con tanta fuerza, que luchan sin
cesar, estallando con detonaciones horrorosas? ¿Será el Protestantismo,
con su principio fundamental? ¿Será sentando, difundiendo, acreditando
el principio disolvente del espíritu privado en materias religiosas, y
realizando este pensamiento con derramar á manos llenas entre todas las
clases de la sociedad los ejemplares de la Biblia?
Sociedades inmensas, orgullosas con su poderío, engreídas de su
saber, disipadas por los placeres, refinadas con el lujo, expuestas
de continuo á la poderosa acción de la imprenta, disponiendo de unos
medios de comunicación que hubieran parecido fabulosos á nuestros
mayores; donde todas las grandes pasiones encuentran su objeto, todas
las intrigas una sombra, toda corrupción un velo, todo crimen un
título, todo error un intérprete, todo interés un pábulo; trocados
los nombres, socavados los cimientos, cargadas de escarmientos y
desengaños, flotando entre la verdad y la mentira con horrorosa
incertidumbre, dando de vez en cuando una mirada á la antorcha
celestial para seguir sus resplandores, y contentándose luego con
fugaces vislumbres, haciendo un esfuerzo para dominar la tormenta, y
abandonándose luego á merced de los vientos y de las ondas, presentan
las sociedades modernas un cuadro tan extraordinario como interesante,
donde pueden campear con toda amplitud y libertad las esperanzas
y temores, los pronósticos y conjeturas, pero sin que sea dable
lisonjearse de acierto, sin que el hombre sensato pueda tomar más
cuerdo partido que esperar en silencio el desenlace que está señalado
en los arcanos del Señor, á cuyos ojos están desplegados con toda
claridad los sucesos de todos los tiempos, y los futuros destinos de
los pueblos.
Pero sí que se alcanza fácilmente que, siendo, como es, el
Protestantismo disolvente por su propia naturaleza, nada puede producir
en el orden moral y religioso que sea en pro de la felicidad de los
pueblos; ya que esta felicidad no es dable que exista estando en
continua guerra los entendimientos con respecto á las más altas é
importantes cuestiones que ofrecerse puedan al espíritu humano.
Cuando en medio de ese tenebroso caos, donde vagan tantos elementos,
tan diferentes, tan opuestos y tan poderosos, que, luchando de
continuo, se chocan, se pulverizan y se confunden, busca el observador
un punto luminoso de donde pueda venir una ráfaga que alumbre al
mundo, una idea robusta que, enfrenando tanto desorden y anarquía, se
enseñoree de los entendimientos, y los vuelva al camino de la verdad,
ocurre, desde luego, el Catolicismo como el único manantial de tantos
bienes; y al ver cuál se sostiene aún con brillantez y pujanza, á
pesar de los inauditos esfuerzos que se están haciendo todos los días
para aniquilarle, llénase de consuelo el corazón, y, brotando en él
la esperanza, parece que le convida á saludar á esa religión divina,
felicitándola por el nuevo triunfo que va á adquirir sobre la tierra.
Hubo un tiempo en que, inundada la Europa por una nube de bárbaros,
vió desplomarse de un golpe todos los monumentos de la antigua
civilización y cultura: los legisladores con sus leyes, el imperio con
su brillo y poderío, los sabios con las ciencias, las artes con sus
monumentos, todo se hundió; y esas inmensas regiones donde florecían
poco antes toda la civilización y cultura que habían adquirido los
pueblos por espacio de muchos siglos, viéronse sumidas de repente en
la ignorancia y en la barbarie. Pero la brillante centella de luz
arrojada sobre el mundo desde la Palestina, continuaba fulgurando aún
en medio del caos; en vano se levantó la espesa polvareda que amagaba
envolverla en las tinieblas; alimentada por el soplo del Eterno,
continuaba resplandeciendo; pasaron los siglos, fué extendiendo su
órbita brillante, y los pueblos, que tal vez no pensaban que pudiera
servirles de más que de una guía para marchar sin tropiezo por entre la
obscuridad, viéronla presentarse como sol resplandeciente, esparciendo
por todas partes la luz y la vida.
¿Y quién sabe si en los arcanos del Eterno no le está reservado otro
triunfo más difícil, y no menos saludable y brillante? Instruyendo la
ignorancia, civilizando la barbarie, puliendo la rudeza, amansando
la ferocidad, preservó á la sociedad de ser víctima, tal vez para
siempre, de la brutalidad más atroz, y de la estupidez más degradante;
pero, ¿qué timbre más glorioso para ella, si, rectificando las ideas,
centralizando y purificando los sentimientos, asentando los eternos
principios de toda sociedad, enfrenando las pasiones, templando los
enconos, cercenando las demasías, y señoreando todos los entendimientos
y voluntades, pudiera levantarse como una reguladora universal, que,
estimulando todo linaje de conocimientos y adelantos, inspirara la
debida templanza á esta sociedad agitada con tanta furia por tan
poderosos elementos, que, privados de un punto céntrico y atrayente, la
están de continuo amenazando con la disolución y el caos?
No es dado al hombre penetrar en el porvenir; pero el mundo físico
se disolvería con espantosa catástrofe, si faltase por un momento el
principio fundamental que da unidad, orden y concierto á los variados
movimientos de todos los sistemas; y, si la sociedad, llena como está
de movimiento, de comunicación y de vida, no entra bajo la dirección de
un principio regulador, universal y constante, al fijar la vista sobre
la suerte de las generaciones venideras, el corazón tiembla, y la mente
se anubla.
Hay, empero, un hecho sumamente consolador, y es el admirable progreso
que hace el Catolicismo en varios países. En Francia, en Bélgica se
robustece; en el Norte de Europa parece que se le teme, cuando de tal
manera se le combate; en Inglaterra, es tanto lo que ha ganado en
menos de medio siglo, que sería increíble, si no constara en datos
irrecusables; y en sus misiones vuelve á manifestarse tan emprendedor y
fecundo, que nos recuerda los tiempos de su mayor ascendiente y poderío.
Y cuando los otros pueblos tienden á la unidad, ¿podría prevalecer el
desbarro de que nosotros nos encamináramos al cisma? Cuando los demás
pueblos se alegrarían infinito de que subsistiera entre ellos algún
principio vital que pudiese restablecerles las fuerzas que les ha
quitado la incredulidad, España, que conserva el Catolicismo, y todavía
solo, todavía poderoso, ¿admitiría en su seno ese germen de muerte que
la imposibilitaría de recobrarse de sus dolencias, que aseguraría, á
no dudarlo, su completa ruina? En esa regeneración moral á que aspiran
los pueblos, anhelantes por salir de la posición angustiosa en que
los colocaron las doctrinas irreligiosas, ¿será posible que no se
quiera parar la atención en la inmensa ventaja que la España lleva á
muchos de ellos, por ser uno de los menos tocados de la gangrena de la
irreligión, y por conservar todavía la unidad religiosa, inestimable
herencia de una larga serie de siglos? ¿Será posible que no se advierta
lo que puede ser esa unidad, si la aprovechamos cual merece; esa
unidad, que se enlaza con todas nuestras glorias, que despierta tan
bellos recuerdos, y tan admirablemente podría servir para elemento de
regeneración en el orden social?
Si se pregunta lo que pienso sobre la proximidad del peligro, y si las
tentativas que están haciendo los protestantes para este efecto, tienen
alguna probabilidad de resultado, responderé con alguna distinción.
El Protestantismo es profundamente débil, ya por su naturaleza, y,
además, por ser viejo y caduco; tratando de introducirse en España,
ha de luchar con un adversario lleno de vida y robustez, y que está
muy arraigado en el país; y por esta causa, y bajo este aspecto, no
puede ser temible su acción. Pero, ¿quién impide que, si llegase á
establecerse en nuestro suelo, por más reducido que fuera su dominio,
no causara terribles males?
Por de pronto, salta á la vista que tendríamos otra manzana de
discordia, y no es difícil columbrar las colisiones que ocasionaría
á cada paso. Como el Protestantismo en España, á más de su debilidad
intrínseca, tendría la que le causara el nuevo clima en que se hallaría
tan falto de su elemento, viérase forzado á buscar sostén arrimándose
á cuanto le alargase la mano; entonces es bien claro que serviría como
un punto de reunión para los descontentos; y, ya que se apartase de su
objeto, fuera cuando menos un núcleo de nuevas facciones, una bandera
de pandillas. Escándalos, rencores, desmoralización, disturbios, y
quizás catástrofes, he aquí el resultado inmediato, infalible, de
introducirse entre nosotros el Protestantismo: apelo á la buena fe de
todo hombre que conozca medianamente al pueblo español.
Pero no está todo aquí; la cuestión se ensancha y adquiere una
importancia incalculable, si se la mira en sus relaciones con la
política extranjera. ¿Qué palanca tendría entonces para causar en
nuestra desgraciada patria toda clase de sacudimientos? ¡Oh! ¡y
cómo se asiría ávidamente de ella! ¡cómo trabaja quizás para buscar
un punto de apoyo! Hay en Europa una nación temible por su inmenso
poderío, respetable por su mucho adelantamiento en las ciencias y
artes, y que, teniendo á la mano grandes medios de acción por todo el
ámbito de la tierra, sabe desplegarlos con una sagacidad y astucia
verdaderamente admirables. Habiendo sido la primera de las naciones
modernas en recorrer todas las fases de una revolución religiosa y
política, y que en medio de terribles trastornos contemplara las
pasiones en toda su desnudez, y el crimen en todas sus formas, se
aventaja á las otras en el conocimiento de toda clase de resortes; al
paso que, fastidiada de vanos nombres, con que en esas épocas suelen
encubrirse las pasiones más viles y los intereses más mezquinos, tiene
sobrado embotada su sensibilidad para que puedan fácilmente excitarse
en su seno las tormentas que á otros países los inundan de sangre y de
lágrimas. No se altera su paz interior en medio de la agitación y del
acaloramiento de las discusiones; y, aunque no deje de columbrar en
un porvenir más ó menos lejano las espinosas situaciones que podrían
acarrearle gravísimos apuros, disfruta entre tanto de aquella calma
que le aseguran su constitución, sus hábitos, sus riquezas, y sobre
todo el Océano que la ciñe. Colocada en posición tan ventajosa, acecha
la marcha de los otros pueblos, para uncirlos á su carro con doradas
cadenas, si tienen candor bastante para escuchar sus halagüeñas
palabras; ó al menos procura embarazar su marcha y atajar sus
progresos, en caso de que con noble independencia traten de emanciparse
de su influjo. Atenta siempre á engrandecerse por medio de las artes
y comercio, con una política mercantil en grado eminente, cubre, no
obstante, la materialidad de los intereses con todo linaje de velos;
y si bien, cuando se trata de los demás pueblos, es indiferente del
todo á la religión é ideas políticas, sin embargo, se vale diestramente
de tan poderosas armas para procurarse amigos, desbaratar á sus
adversarios, y envolvernos á todos en la red mercantil que tiene de
continuo tendida sobre los cuatro ángulos de la tierra.
No es posible que se escape á su sagacidad lo mucho que tendría
adelantado para contar á España en el número de sus colonias, si
pudiese lograr que fraternizase con ella en ideas religiosas; no tanto
por la buena correspondencia que semejante fraternidad promovería
entre ambos pueblos, como porque sería éste el medio más seguro para
que el español perdiese del todo ese carácter singular, esa fisonomía
austera que le distingue de todos los otros pueblos, olvidando la
única idea nacional y regeneradora que ha permanecido en pie en medio
de tan espantosos trastornos; quedando así susceptible de toda clase
de impresiones ajenas, y dúctil y flexible en todos los sentidos que
pudiera convenir á las interesadas miras de los solapados protectores.
No lo olvidemos: no hay nación en Europa que conciba sus planes con
tanta previsión, que los prepare con tanta astucia, que los ejecute
con tanta destreza, ni que los lleve á cabo con igual tenacidad.
Como, después de las profundas revoluciones que la trabajaron, ha
permanecido en un estado regular desde el último tercio del siglo XVII,
y enteramente extraña á los trastornos sufridos en este período por
los demás pueblos de Europa, ha podido seguir un sistema de política
concertado, así en lo interior como en lo exterior; y de esta manera
sus hombres de gobierno han podido formarse más plenamente, heredando
los datos y las miras que guiaron á los antecesores. Conocen sus
gobernantes cuán precioso es estar de antemano apercibidos para todo
evento; y así no descuidan de escudriñar á fondo qué es lo que hay
en cada nación que los pueda ayudar ó contrastar; saliendo de la
órbita política, penetran en el corazón de la sociedad sobre la cual
se proponen influir; y rastrean allí cuáles son las condiciones de
su existencia, cuál es su principio vital, cuáles las causas de su
fuerza y energía. Era en el otoño de 1805, y daba Pitt una comida de
campo, á la que asistían varios de sus amigos. Llególe entre tanto
un pliego en que se le anunciaba la rendición de Mack en Ulma con
cuarenta mil hombres, y la marcha de Napoleón sobre Viena. Comunicó
la funesta noticia á sus amigos, quienes, al oirla, exclamaron:
«Todo está perdido, ya no hay remedio contra Napoleón.» «Todavía hay
remedio, replicó Pitt; todavía hay remedio si consigo levantar una
guerra nacional en Europa, y esta guerra ha de comenzar en España.»
«Sí, señores, añadió después, la España será el primer pueblo donde se
encenderá esa guerra patriótica, la sola que puede libertar la Europa.»
Tanta era la importancia que daba ese profundo estadista á la fuerza
de una idea nacional, tanto era lo que de ella esperaba; nada menos
que hacer lo que no podían todos los esfuerzos de todos los gabinetes
europeos: derrocar á Napoleón, libertar la Europa. No es raro que la
marcha de las cosas traiga combinaciones tales, que las mismas ideas
nacionales que un día sirvieron de poderoso auxiliar á las miras
de un gabinete, le salgan otro día al paso, y le sean un poderoso
obstáculo: y entonces, lejos de fomentarlas y avivarlas, lo que le
interesa es sofocarlas. Lo que puede salvar á una nación libertándola
de interesadas tutelas, y asegurándole su verdadera independencia, son
ideas grandes y generosas, arraigadas profundamente entre los pueblos;
son los sentimientos grabados en el corazón por la acción del tiempo,
por la influencia de instituciones robustas, por la antigüedad de los
hábitos y de las costumbres; es la unidad de pensamiento religioso,
que hace de un pueblo un solo hombre. Entonces lo pasado se enlaza con
lo presente, y lo presente se extiende á lo porvenir; entonces brotan
á porfía en el pecho aquellos arranques de entusiasmo, manantial de
acciones grandes; entonces hay desprendimiento, energía, constancia;
porque hay en las ideas fijeza y elevación, porque hay en los corazones
generosidad y grandeza.
No fuera imposible que en algunos de los vaivenes que trabajan á esta
nación desventurada, tuviéramos la desgracia de que se levantasen
hombres bastante ciegos para ensayar la insensata tentativa de
introducir en nuestra patria la religión protestante. Estamos demasiado
escarmentados para dormir tranquilos, y no se han olvidado sucesos
que indican á las claras hasta dónde se hubiera ya llegado algunas
veces, si no se hubiese reprimido la audacia de ciertos hombres con el
imponente desagrado de la inmensa mayoría de la nación. Y no es que se
conciban siquiera posibles las violencias del reinado de Enrique VIII;
pero sí que podría suceder que, aprovechándose de una fuerte ruptura
con la Santa Sede, de la terquedad y ambición de algunos eclesiásticos,
del pretexto de aclimatar en nuestro suelo el espíritu de tolerancia,
ó de otros motivos semejantes, se tantease con este ó aquel nombre,
que eso poco importa, el introducir entre nosotros las doctrinas
protestantes.
Y no sería por cierto la tolerancia lo que se nos importaría del
extranjero, pues que ésta ya existe de hecho, y tan amplia, que
seguramente nadie recela el ser perseguido, ni aun molestado, por
sus opiniones religiosas; lo que se nos traería y se trabajaría por
plantear, fuera un nuevo sistema religioso, pertrechándole de todo lo
necesario para alcanzar predominio, y para debilitar, ó destruir, si
fuera posible, el Catolicismo. Y mucho me engaño, si en la ceguedad y
rencor que han manifestado algunos de nuestros hombres que se dicen
de gobierno, no encontrase en ellos decidida protección el nuevo
sistema religioso, una vez le hubiéramos admitido. Cuando se trataría
de admitirle, se nos presentaría quizás el nuevo sistema en ademán
modesto, reclamando tan sólo habitación, en nombre de la tolerancia y
de la hospitalidad; pero bien pronto le viéramos acrecentar su osadía,
reclamar derechos, extender sus pretensiones, y disputar á palmos el
terreno de la religión católica. Resonaran entonces con más y más vigor
aquellas rencorosas y virulentas declamaciones que tan fatigados nos
traen por espacio de algunos años; esos ecos de una escuela que delira
porque está por expirar. El desvío con que mirarían los pueblos á la
pretendida reforma, sería, á no dudarlo, culpado de rebeldía; las
pastorales de los obispos serían calificadas de insidiosas sugestiones;
el celo fervoroso de los sacerdotes católicos, acusado de provocación
sediciosa, y el concierto de los fieles para preservarse de la
infección, sería denunciado como una conjuración diabólica, urdida por
la intolerancia y el espíritu de partido, y confiada en su ejecución á
la ignorancia y al fanatismo.
En medio de los esfuerzos de los unos y de la resistencia de los
otros, viéramos más ó menos parodiadas escenas de tiempos que pasaron
ya, y, si bien el espíritu de templanza, que es uno de los caracteres
del siglo, impediría que se repitiesen los excesos que mancharon de
sangre los fastos de otras naciones, no dejarían, sin embargo, de ser
imitados. Porque es menester no olvidar que, en tratándose de religión,
no puede contarse en España con la frialdad é indiferencia que, en
caso de un conflicto, manifestarían en la actualidad otros pueblos:
en éstos han perdido los sentimientos religiosos mucho de su fuerza,
pero en España son todavía muy hondos, muy vivos, muy enérgicos: y
el día que se les combatiera de frente, abordando las cuestiones sin
rebozo, sentiríase un sacudimiento tan universal como recio. Hasta
ahora, si bien es verdad que en objetos religiosos se han presenciado
lamentables escándalos, y hasta horrorosas catástrofes, no ha faltado
nunca un disfraz que, más ó menos transparente, encubría, empero, algún
tanto la perversidad de las intenciones. Unas veces ha sido el ataque
contra esta ó aquella persona, á quien se han achacado maquinaciones
políticas; otras contra determinadas clases, acusadas de crímenes
imaginarios; tal vez se ha desbordado la revolución, y se ha dicho que
era imposible contenerla, y que los atropellamientos, los insultos, los
escarnios de que ha sido objeto lo más sagrado que hay en la tierra
y en el cielo, eran sucesos inevitables, tratándose de un populacho
desenfrenado: aquí mediaba al menos un disfraz, y un disfraz, poco ó
mucho, siempre cubre; pero, cuando se viesen atacados de propósito,
á sangre fría, todos los dogmas del Catolicismo, despreciados los
puntos más capitales de la disciplina, ridiculizados los misterios más
augustos, escarnecidas las ceremonias más sagradas; cuando se viera
levantar un templo contra otro templo, una cátedra contra otra cátedra,
¿qué sucedería? Es innegable que se exasperarían los ánimos hasta
el extremo, y, si no resultaban, como fuera de temer, estrepitosas
explosiones, tomarían al menos las controversias religiosas un
carácter tan violento, que nos creeríamos trasladados al siglo XVI.
Siendo tan frecuente entre nosotros que los principios dominantes en
el orden político sean enteramente contrarios á los dominantes en la
sociedad, sucedería á menudo que el principio religioso, rechazado
por la sociedad, encontraría su apoyo en los hombres influyentes en
el orden político; reproduciéndose con circunstancias agravantes el
triste fenómeno, que tantos años ha estamos presenciando, de querer
los gobernantes torcer á viva fuerza el curso de la sociedad. Ésta es
una de las diferencias más capitales entre nuestra revolución y la de
otros países; ésta es la clave para explicar chocantes anomalías: allí
las ideas de revolución se apoderaron de la sociedad, y se arrojaron
en seguida sobre la esfera política; aquí se apoderaron primero de la
esfera política, y trataron en seguida de bajar á la esfera social;
la sociedad estaba muy distante de hallarse preparada para semejantes
innovaciones, y por esto han sido indispensables tan rudos y repetidos
choques.
De esta falta de harmonía ha resultado que el gobierno en España ejerce
sobre los pueblos muy escasa influencia, entendiendo por influencia
aquel ascendiente moral que no necesita andar acompañado de la idea de
la fuerza. No hay duda que esto es un mal, porque tiende á debilitar el
poder, necesidad imprescindible para toda sociedad; pero no han faltado
ocasiones en que ha sido un gran bien: porque no es poca fortuna,
cuando un gobierno es liviano é insensato, el que se encuentre con una
sociedad mesurada y cuerda, que, mientras aquél corre á precipitarse
desatentado, vaya ésta marchando con paso sosegado y majestuoso. Mucho
hay que esperar del buen instinto de la nación española, mucho hay
que prometerse de su proverbial gravedad, aumentada además con tanto
infortunio; mucho hay que prometerse de ese tino que le hace distinguir
también el verdadero camino de su felicidad, y que la vuelve sorda á
las insidiosas sugestiones con que se ha tratado de extraviarla. Si
van ya muchos años que por una funesta combinación de circunstancias,
y por la falta de harmonía entre el orden político y el social, no
acierta á darse un gobierno que sea su verdadera expresión, que adivine
sus instintos, que siga sus tendencias, que la conduzca por el camino
de la prosperidad, esperanza alimentamos de que ese día vendrá, y de
que brotarán del seno de esa sociedad, rica de vida y de porvenir,
esa misma harmonía que le falta, ese equilibrio que ha perdido. Entre
tanto, es altamente importante que todos los hombres que sientan
latir en su pecho un corazón español, que no se complazcan en ver
desgarradas las entrañas de su patria, se reunan, se pongan de acuerdo,
obren concertados para impedir el que prevalezca el genio del mal,
alcanzando á esparcir en nuestro suelo una semilla de eterna discordia,
añadiendo esa otra calamidad á tantas otras calamidades, y ahogando los
preciosos gérmenes de donde puede rebrotar lozana y brillante nuestra
civilización remozada, alzándose del abatimiento y postración en que la
sumieran circunstancias aciagas.
¡Ah! oprímese el alma con angustiosa pesadumbre, al solo pensamiento
de que pudiera venir un día en que desapareciese de entre nosotros esa
unidad religiosa, que se identifica con nuestros hábitos, nuestros
usos, nuestras costumbres, nuestras leyes; que guarda la cuna de
nuestra monarquía en la cueva de Covadonga, que es la enseña de nuestro
estandarte en una lucha de ocho siglos con el formidable poder de la
Media Luna, que desenvuelve lozanamente nuestra civilización en medio
de tiempos tan trabajosos, que acompañaba á nuestros terribles tercios
cuando imponían silencio á la Europa, que conduce á nuestros marinos
al descubrimiento de nuevos mundos, á dar los primeros la vuelta á
la redondez del globo; que alienta á nuestros guerreros al llevar á
cabo conquistas heroicas, y que en tiempos más recientes sella el
cúmulo de tantas y tan grandiosas hazañas derrocando á Napoleón.
Vosotros que con precipitación tan liviana condenáis las obras de los
siglos, que con tanta avilantez insultáis á la nación española, que
tiznáis de barbarie y obscurantismo el principio que presidió nuestra
civilización, ¿sabéis á quién insultáis? ¿sabéis quién inspiró el
genio del gran Gonzalo, de Hernán Cortés, de Pizarro, del Vencedor de
Lepanto? Las sombras de Garcilaso, de Herrera, de Ercilla, de Fray
Luis de León, de Cervantes, de Lope de Vega, ¿no os infunden respeto?
¿Osaréis, pues, quebrantar el lazo que á ellos nos une, y hacernos
indigna prole de tan esclarecidos varones? ¿Quisierais separar por
un abismo nuestras creencias de sus creencias, nuestras costumbres
de sus costumbres, rompiendo así con todas nuestras tradiciones,
olvidando los más embelesantes y gloriosos recuerdos, y haciendo que
los grandiosos y augustos monumentos que nos legó la religiosidad de
nuestros antepasados, sólo permanecieran entre nosotros, como una
reprensión la más elocuente y severa? ¿Consentiríais que se cegasen los
ricos manantiales á donde podemos acudir para resucitar la literatura,
vigorizar la ciencia, reorganizar la legislación, restablecer el
espíritu de nacionalidad, restaurar nuestra gloria, y colocar de nuevo
á esta nación desventurada en el alto rango que sus virtudes merecen,
dándole la prosperidad y la dicha que tan afanosa busca, y que en su
corazón augura?