CAPITULO XIV

¿En qué estado encontró al mundo el Cristianismo? Pregunta es ésta

en que debemos fijar mucho nuestra atención, si queremos apreciar

debidamente los beneficios dispensados por esa religión divina al

individuo y á la sociedad; si deseamos conocer el verdadero carácter de

la civilización cristiana.

Sombrío cuadro, por cierto, presentaba la sociedad en cuyo centro

nació el Cristianismo. Cubierta de bellas apariencias, y herida en su

corazón con enfermedad de muerte, ofrecía la imagen de la corrupción

más asquerosa, velada con el brillante ropaje de la ostentación y de

la opulencia. La moral sin base, las costumbres sin pudor, sin freno

las pasiones, las leyes sin sanción, la religión sin Dios, flotaban

las ideas á merced de las preocupaciones, del fanatismo religioso,

y de las cavilaciones filosóficas. Era el hombre un hondo misterio

para sí mismo, y ni sabía estimar su dignidad, pues que consentía

que se le rebajase al nivel de los brutos; ni, cuando se empeñaba en

ponderarla, acertaba á contenerse en los lindes señalados por la razón

y la naturaleza: siendo á este propósito bien notable que, mientras una

gran parte del humano linaje gemía en la más abyecta esclavitud, se

exaltasen con tanta facilidad los héroes, y hasta los más detestables

monstruos, sobre las aras de los dioses.

Con semejantes elementos debía cundir tarde ó temprano la disolución

social; y, aun cuando no hubiera sobrevenido la violenta arremetida

de los bárbaros, más ó menos tarde aquella sociedad se hubiera

trastornado: porque no había en ella ni una idea fecunda, ni un

pensamiento consolador, ni una vislumbre de esperanza que pudiese

preservarla de la ruina.

La idolatría había perdido su fuerza: resorte gastado con el tiempo y

por el uso grosero que de él habían hecho las pasiones; expuesta su

frágil contextura al disolvente fuego de la observación filosófica,

estaba en extremo desacreditada; y, si, por efecto de arraigados

hábitos, ejercía sobre el ánimo de los pueblos algún influjo maquinal,

no era éste capaz ni de restablecer la harmonía de la sociedad, ni

de producir aquel fogoso entusiasmo inspirador de grandes acciones:

entusiasmo que, en tratándose de corazones vírgenes, puede ser excitado

hasta por la superstición más irracional y absurda. Á juzgar por

la relajación de costumbres, por la flojedad de los ánimos, por la

afeminación y el lujo, por el completo abandono á las más repugnantes

diversiones y asquerosos placeres, se ve claro que las ideas religiosas

nada conservaban de aquella majestad que notamos en los tiempos

heroicos; y que, faltas de eficacia, ejercían sobre el ánimo de los

pueblos escaso ascendiente, mientras servían de un modo lamentable

como instrumentos de disolución. Ni era posible que sucediese de otra

manera: pueblos que se habían levantado al alto grado de cultura de

que pueden gloriarse griegos y romanos; que habían oído disputar á

sus sabios sobre las grandes cuestiones acerca de la Divinidad y el

hombre, no era regular que permaneciesen en aquella candidez que era

necesaria para creer de buena fe los intolerables absurdos de que

rebosa el paganismo: y, sea cual fuere la disposición de ánimo de la

parte más ignorante del pueblo, á buen seguro que lo creyeran cuantos

se levantaban un poco sobre el nivel regular, ellos que acababan de oir

filósofos tan cuerdos como Cicerón, y que se estaban saboreando en las

maliciosas agudezas de sus poetas satíricos.

Si la religión era impotente, quedaba, al parecer, otro recurso: la

_ciencia_. Antes de entrar en el examen de lo que podía esperarse de

ella, es necesario observar que jamás la ciencia fundó una sociedad,

ni jamás fué bastante á restituirle el equilibrio perdido. Revuélvase

la historia de los tiempos antiguos: hallaránse al frente de algunos

pueblos hombres eminentes que, ejerciendo un mágico influjo sobre el

corazón de sus semejantes, dictan leyes, reprimen abusos, rectifican

las ideas, enderezan las costumbres, y asientan sobre sabias

instituciones un gobierno, labrando más ó menos cumplidamente la dicha

y la prosperidad de los pueblos que se entregaron á su dirección y

cuidado. Pero muy errado anduviera quien se figurase que esos hombres

procedieron á consecuencia de lo que nosotros llamamos combinaciones

científicas: sencillos por lo común, y hasta rudos y groseros, obraban

á impulsos de su buen corazón, y guiados por aquel buen sentido, por

aquella sesuda cordura que dirigen al padre de familia en el manejo de

los negocios domésticos; mas nunca tuvieron por norma esas miserables

cavilaciones que nosotros apellidamos teorías, ese fárrago indigesto

de ideas que nosotros disfrazamos con el pomposo nombre de ciencia. ¿Y

qué? ¿fueron acaso los mejores tiempos de la Grecia aquellos en que

florecieron los Platones y los Aristóteles? Aquellos fieros romanos que

sojuzgaron el mundo, no poseían, por cierto, la extensión y variedad de

conocimientos que admiramos en el siglo de Augusto: y ¿quién trocara,

sin embargo, unos tiempos con otros tiempos, unos hombres con otros

hombres?

Los siglos modernos podrían también suministrarnos abundantes pruebas

de la esterilidad de la ciencia en las instituciones sociales; cosa

tanto más fácil de notar, cuando son tan patentes los resultados

prácticos que han dimanado de las ciencias naturales. En éstas diríase

que se ha concedido al hombre lo que en aquéllas le fué negado; si bien

que, mirada á fondo la cosa, no es tanta la diferencia como á primera

vista pudiera parecer. Cuando el hombre trata de hacer aplicación de

los conocimientos que ha adquirido sobre la naturaleza, se ve forzado

á respetarla; y como, aunque quisiese, no alcanzara con su débil

mano á causarle considerable trastorno, se limita en sus ensayos á

tentativas de poca monta, excitándole el mismo deseo del acierto, á

obrar conforme á las leyes á que están sujetos los cuerpos sobre los

cuales se ejercita. En las aplicaciones de las ciencias sociales sucede

muy de otra manera: el hombre puede obrar directa á inmediatamente

sobre la misma sociedad; con su mano puede trastornarla, no se ve

por precisión limitado á practicar sus ensayos en objetos de poca

entidad y respetando las eternas leyes de las sociedades, sino que

puede imaginarlas á su gusto, proceder conforme á sus cavilaciones,

y acarrear desastres de que se lamente la humanidad. Recuérdense las

extravagancias que sobre la naturaleza han corrido muy válidas en las

escuelas filosóficas antiguas y modernas, y véase lo que hubiera sido

de la admirable máquina del universo, si los filósofos la hubieran

podido manejar á su arbitrio. Por desgracia, no sucede así en la

sociedad: los ensayos se hacen sobre ella misma, sobre sus eternas

bases, y entonces resultan gravísimos males, pero males que evidencian

la debilidad de la ciencia del hombre. Es menester no olvidarlo:

la ciencia, propiamente dicha, vale poco para la organización de

las sociedades; y en los tiempos modernos, en que tan orgullosa se

manifiesta por su pretendida fecundidad, será bien recordarle que

atribuye á sus trabajos lo que es fruto del transcurso de los siglos,

del sano instinto de los pueblos, y á veces de las inspiraciones de un

genio: y ni el instinto de los pueblos, ni el genio, tienen nada de

parecido á la ciencia.

Pero, dando de mano á esas consideraciones generales, siempre muy

útiles, como que son tan conducentes para el conocimiento del hombre,

¿qué podía esperarse de la falsa vislumbre de ciencia que se conservaba

sobre las ruinas de las antiguas escuelas, á la época de que hablamos?

Escasos como eran en semejantes materias los conocimientos de los

filósofos antiguos, aun de los más aventajados, no puede menos de

confesarse que los nombres de Sócrates, de Platón, de Aristóteles,

recuerdan algo de respetable; y que, en medio de desaciertos y

aberraciones, ofrecen conceptos dignos de la elevación de sus genios.

Pero, cuando apareció el Cristianismo, estaban sofocados los gérmenes

del saber esparcidos por aquellos grandes hombres: los sueños habían

ocupado el lugar de los pensamientos altos y fecundos; el prurito de

disputar reemplazaba el amor de la sabiduría, y los sofismas y las

cavilaciones se habían substituído á la madurez del juicio y á la

severidad del raciocinio. Derribadas las antiguas escuelas, formadas

de sus escombros otras, tan estériles como extrañas, brotaba por todas

partes cuantioso número de sofistas, como aquellos insectos inmundos

que anuncian la corrupción de un cadáver. La Iglesia nos ha conservado

un dato preciosísimo para juzgar de la ciencia de aquellos tiempos: la

historia de las primeras herejías. Si prescindimos de lo que en ellas

indigna, cual es su profunda inmoralidad, ¿puede darse cosa más vacía,

más insulsa, más digna de lástima?[14]

La legislación romana, tan recomendable por la justicia y equidad que

entraña y por el tino y sabiduría con que resplandece, si bien puede

contarse como uno de los más preciosos esmaltes de la civilización

antigua, no era parte, sin embargo, á prevenir la disolución de

que estaba amenazada la sociedad. Nunca debió ésta su salvación á

jurisconsultos; porque obra tamaña no está en la esfera del influjo de

la jurisprudencia. Que sean las leyes tan perfectas como se quiera, que

la jurisprudencia se haya levantado al más alto punto de esplendor, que

los jurisconsultos estén animados de los sentimientos más puros, que

vayan guiados por las miras más rectas, ¿de qué servirá todo esto, si

el corazón de la sociedad está corrompido, si los principios morales

han perdido su fuerza, si las costumbres están en perpetua lucha con

las leyes?

Ahí están los cuadros que de las costumbres romanas nos han dejado sus

mismos historiadores, y véase si en ellos se encuentran retratadas la

equidad, la justicia, el buen sentido, que han merecido á las leyes

romanas el honroso dictado de _razón escrita_.

Como una prueba de imparcialidad, omito de propósito el notar

los lunares de que no carece el derecho romano; no fuera que se

me achacase que trato de rebajar todo aquello que no es obra del

Cristianismo. No debe, sin embargo, pasarse por alto que no es verdad

que al Cristianismo no le cupiese ninguna parte en la perfección de

la jurisprudencia romana; no sólo con respecto al período de los

emperadores cristianos, lo que no admite duda, sino también hablando

de los anteriores. Es cierto que algún tiempo antes de la venida de

Jesucristo era muy crecido el número de las leyes romanas, y que su

estudio y arreglo llamaba la atención de los hombres más ilustres.

Sabemos por Suetonio (in _Caesa._, c. 44) que Julio César se había

propuesto la utilísima tarea de reducir á pocos libros lo más selecto y

necesario que andaba desparramado en la inmensa abundancia de leyes;

un pensamiento semejante había ocurrido á Cicerón, quien escribió un

libro sobre la redacción metódica del derecho civil (_De iure civili in

arte dirigendo_), como atestigua Gellio (_Noct. Att._, l. 1, c. 22);

y, según nos dice Tácito (_Ann._, l. 3, c. 28), este trabajo había

también ocupado la atención del emperador Augusto. Esos proyectos

revelan ciertamente que la legislación no estaba en su infancia; pero

no deja por ello de ser verdad que el derecho romano, tal como le

tenemos, es casi todo un producto de siglos posteriores. Varios de los

jurisconsultos más afamados, y cuyas sentencias forman una buena parte

del derecho, vivían largo tiempo después de la venida de Jesucristo;

y las constituciones de los emperadores llevan en su propio nombre el

recuerdo de su época.

Asentados estos hechos, observaré que, por ser paganos los emperadores

y los jurisconsultos, no se infiere que las ideas cristianas dejasen

de ejercer influencia sobre sus obras. El número de los cristianos

era inmenso por todas partes; la misma crueldad con que se los había

perseguido, la heroica fortaleza con que arrostraban los tormentos y

la muerte, debían de haber llamado la atención de todo el mundo; y es

imposible que entre los hombres pensadores no se excitara la curiosidad

de examinar cuál era la enseñanza que la religión nueva comunicaba á

sus prosélitos. La lectura de las apologías del Cristianismo, escritas

ya en los primeros siglos con tanta fuerza de raciocinio y elocuencia,

las obras de varias clases publicadas por los primeros Padres, las

homilías de los obispos dirigidas á los pueblos, encierran un caudal

tan grande de sabiduría, respiran tanto amor á la verdad y á la

justicia, proclaman tan altamente los eternos principios de la moral,

que no podía menos de hacerse sentir su influencia aun entre aquellos

que condenaban la religión del Crucificado.

Cuando van extendiéndose doctrinas que tengan por objeto aquellas

grandes cuestiones que más interesan al hombre, si estas doctrinas

son propagadas con fervoroso celo, aceptadas con ardor por un crecido

número de discípulos, y sustentadas con el talento y el saber de

hombres ilustres, dejan en todas direcciones hondos surcos, y afectan

aun á aquellos mismos que las combaten con acaloramiento. Su influencia

en tales casos es imperceptible, pero no deja de ser muy real y

verdadera; se asemejan á aquellas exhalaciones de que se impregna la

atmósfera: con el aire que respiramos absorbemos á veces la muerte, á

veces un aroma saludable que nos purifica y conforta.

No podía menos de verificarse el mismo fenómeno con respecto á una

doctrina predicada de un modo tan extraordinario, propagada con tanta

rapidez, sellada su verdad con torrentes de sangre, y defendida por

escritores tan ilustres como Justino, Clemente de Alejandría, Ireneo

y Tertuliano. La profunda sabiduría, la embelesante belleza de las

doctrinas explanadas por los doctores cristianos, debían de llamar

la atención hacia los manantiales donde las bebían; y es regular

que esa picante curiosidad pondría en manos de muchos filósofos y

jurisconsultos los libros de la Sagrada Escritura. ¿Qué tuviera de

extraño que Epicteto se hubiese saboreado largos ratos en la lectura

del _sermón sobre la montaña_; ni que los oráculos de la jurisprudencia

recibiesen sin pensarlo las inspiraciones de una religión que,

creciendo de un modo admirable en extensión y pujanza, andaba

apoderándose de todos los rangos de la sociedad? El ardiente amor á

la verdad y á la justicia, el espíritu de fraternidad, las grandiosas

ideas sobre la dignidad del hombre, temas perpetuos de la enseñanza

cristiana, no eran para quedar circunscritos al solo ámbito de los

hijos de la Iglesia. Con más ó menos lentitud, íbanse filtrando por

todas las clases; y cuando con la conversión de Constantino adquirieron

influencia política y predominio público, no se hizo otra cosa que

repetir el fenómeno de que, en siendo un sistema muy poderoso en el

orden social, pasa á ejercer un señorío, ó al menos su influencia, en

el orden político. Con entera confianza abandono estas reflexiones al

juicio de los hombres pensadores, seguro de que, si no las adoptan, al

menos no las juzgarán desatendibles. Vivimos en una época fecunda en

acontecimientos, y en que se han realizado revoluciones profundas: y

por eso estamos más en proporción de comprender los inmensos efectos

de las influencias indirectas y lentas, el poderoso ascendiente de las

ideas, y la fuerza irresistible con que se abren paso las doctrinas.

Á esa falta de principios vitales para regenerar la sociedad, á tan

poderosos elementos de disolución como abrigaba en su seno, allegábase

otro mal, y no de poca cuantía, en lo vicioso de la organización

política. Doblegada la cerviz del mundo bajo el yugo de Roma, veíanse

cien y cien pueblos, muy diferentes en usos y costumbres, amontonados

en desorden como el botín de un campo de batalla, forzados á formar un

cuerpo facticio, como trofeos ensartados en el astil de una lanza.

La unidad en el gobierno no podía ser provechosa, porque era violenta;

y añadiéndose que esta unidad era despótica, desde la silla del imperio

hasta los últimos mandarines, no podía traer otro resultado que el

abatimiento y la degradación de los pueblos; siéndoles imposible

desplegar aquella elevación y energía de ánimo, frutos preciosos del

sentimiento de la propia dignidad, y el amor á la independencia de la

patria. Si al menos Roma hubiese conservado sus antiguas costumbres,

si abrigara en su seno aquellos guerreros tan célebres por la fama de

sus victorias como por la sencillez y austeridad de sus costumbres,

pudiérase concebir la esperanza de que emanara á los pueblos vencidos

algo de las prendas de los vencedores, como un corazón joven y

robusto reanima con su vigor un cuerpo extenuado con las más rebeldes

dolencias. Pero desgraciadamente no era así: los Fabios, los Camilos,

los Escipiones, no hubieran conocido su indigna prole; y Roma, la

señora del mundo, yacía esclava bajo los pies de unos monstruos,

que ascendían al trono por el soborno y la violencia, manchaban el

cetro con su corrupción y crueldad, y acababan la vida en manos de un

asesino. La autoridad del Senado y la del pueblo habían desaparecido:

quedaban tan sólo algunos vanos simulacros, _vestigia morientis

libertatis_, como los apellida Tácito; vestigios de la libertad

expirante; y aquel pueblo rey, _que antes distribuía el imperio, las

fasces, las legiones, y todo, á la sazón ansiaba tan sólo dos cosas:

pan y juegos_.

Qui dabat olim

Imperiun, fasces, legiones, omnia, nunc se

Continet, atque duas tantum res anxius optat:

Panem et circenses.

(JUVENAL, SATYR. 10.)

Vino, por fin, la plenitud de los tiempos: el Cristianismo apareció, y

sin proclamar ninguna alteración en las formas políticas, sin atentar

contra ningún gobierno, sin ingerirse en nada que fuese mundanal y

terreno, llevó á los hombres una doble salud, llamándolos al camino

de una felicidad eterna, al paso que iba derramando á manos llenas

el único preservativo contra la disolución social, el germen de una

regeneración lenta y pacífica, pero grande, inmensa, duradera, á la

prueba de los trastornos de los siglos. Y ese preservativo contra

la disolución social, y ese germen de inestimables mejoras, era una

enseñanza elevada y pura, derramada sobre todos los hombres, sin

excepción de edades, de sexos, de condiciones, como una lluvia benéfica

que se desata en suavísimos raudales sobre una campiña mustia y

agostada.

No hay religión que se haya igualado al Cristianismo, ni en conocer el

secreto de dirigir al hombre, ni cuya conducta en esa dirección sea un

testimonio más solemne del reconocimiento de la alta dignidad humana.

El Cristianismo ha partido siempre del principio de que el primer paso

para apoderarse de todo el hombre es apoderarse de su entendimiento;

que, cuando se trata de extirpar un mal, ó de producir un bien, es

necesario tomar por blanco principal las ideas, dando de esta manera un

golpe mortal á los sistemas de violencia, que tanto dominan dondequiera

que él no existe, y proclamando la saludable verdad de que, cuando se

trata de dirigir á los hombres, el medio más indigno y más débil es la

fuerza. Verdad benéfica y fecunda, que abría á la humanidad un nuevo y

venturoso porvenir.

Sólo desde el Cristianismo se encuentran, por decirlo así, cátedras de

la más sublime filosofía, abiertas á todas horas, en todos lugares,

para todas las clases del pueblo: las más altas verdades sobre Dios

y el hombre, las reglas de la moral más pura, no se limitan ya á ser

comunicadas á un número escogido de discípulos en lecciones ocultas

y misteriosas: la sublime filosofía del Cristianismo ha sido más

resuelta, se ha atrevido á decir á los hombres la verdad entera y

desnuda, y eso en público, en alta voz, con aquella generosa osadía,

compañera inseparable de la verdad.

«Lo que os digo de noche, decidlo á la luz del día, y lo que os digo

al oído, predicadlo desde los terrados.» Así hablaba Jesucristo á sus

discípulos. (Mat., c. 10, v. 27.)

Luego que se hallaron encarados el Cristianismo y el paganismo, hízose

palpable la superioridad de aquél, no tan sólo por el contenido de las

doctrinas, sino también por el modo de propagarlas: púdose conocer

desde luego que una religión cuya enseñanza era tan sabia y tan pura,

y que, para difundirla, se encaminaba sin rodeos, en derechura, al

entendimiento y al corazón, había de desalojar bien pronto de sus

usurpados dominios á otra religión de impostura y mentira. Y, en

efecto, ¿qué hacía el paganismo para el bien de los hombres? ¿cuál

era su enseñanza sobre las verdades morales? ¿qué diques oponía á la

corrupción de costumbres? «Por lo que toca á las costumbres, dice á

este propósito San Agustín, ¿cómo no cuidaron los dioses de que sus

adoradores no las tuvieran tan depravadas? El verdadero Dios, á quien

no adoraban, los desechó, y con razón; pero los dioses, cuyo culto se

quejan que se les prohiba esos hombres ingratos, esos dioses, ¿por qué

á sus adoradores no les ayudaron con ley alguna para vivir? Ya que

los hombres cuidaban del culto, justo era que los dioses no olvidasen

el cuidado de la vida y costumbres. Se me dirá que nadie es malo sino

por su voluntad; ¿quién lo niega? Pero cargo era de los dioses, no

ocultar á los pueblos sus adoradores los preceptos de la moral, sino

predicárselos á las claras, reconvenir y reprender por medio de los

vates á los pecadores, amenazar públicamente con la pena á los que

obraban mal, y prometer premios á los que obraban bien. En los templos

de los dioses, ¿cuándo resonó una voz alta y vigorosa que á tamaño

objeto se dirigiese?» (_De Civit. Dei_, l. 2, c. 4.) Traza en seguida

el Santo Doctor un negro cuadro de las torpezas y abominaciones que se

cometían en los espectáculos y juegos sagrados celebrados en obsequio

de los dioses, á que él mismo dice que había asistido en su juventud, y

luego continúa: «Infiérese de esto que no se curaban aquellos dioses de

la vida y costumbres de las ciudades y naciones que les rendían culto,

dejándolas que se abandonasen á tan horrendos y detestables males, no

dañando tan sólo á sus campos y viñedos, no á su casa y hacienda, no al

cuerpo sujeto á la mente, sino permitiéndoles, sin ninguna prohibición

imponente, que abrevasen de maldad á la directora del cuerpo, á su

misma alma. Y, si se pretende que vedaban tales maldades, que se nos

manifieste, que se nos pruebe. Jáctanse de no sé qué susurros que

sonaban á los oídos de muy pocos, en que, bajo un velo misterioso, se

enseñaban los preceptos de una vida honrada y pura; pero muéstrennos

los lugares señalados para semejantes reuniones, no los lugares donde

los farsantes ejecutaban los juegos con voces y acciones obscenas, no

donde se celebraban las fiestas fugales con la más estragada licencia,

sino donde oyesen los pueblos los preceptos de los dioses, sobre

reprimir la codicia, quebrantan la ambición, y refrenar los placeres;

donde aprendiesen esos infelices aquella enseñanza que con severo

lenguaje les recomendaba Persio (_Satyr._ 3) cuando decía: «Aprended,

oh miserables, á conocer las causas de las cosas, lo que somos, á

qué nacimos, cuál debe ser nuestra conducta, cuán deleznable es el

término de nuestra carrera, cuál es la razonable templanza en el amor

del dinero, cuál su utilidad verdadera, cuál la norma de nuestra

liberalidad con nuestros deudos y nuestra patria, á dónde te ha llamado

Dios y cuál es el lugar que ocupas entre los hombres.» Dígasenos en qué

lugares solían recitarse de parte de los dioses semejantes preceptos,

dónde pudiesen oirlos con frecuencia los pueblos sus adoradores;

muéstrensenos estos lugares, así como nosotros mostramos iglesias

instituídas para este objeto, dondequiera que se ha difundido la

religión cristiana.» (_De Civit. Dei_, l. 2, c. 6.)

Esta religión divina, profunda conocedora del hombre, no ha olvidado

jamás la debilidad é inconstancia que le caracterizan; y por esta

causa ha tenido siempre por invariable regla de conducta, inculcarle

sin cesar, con incansable constancia, con paciencia inalterable,

las saludables verdades de que dependen su bienestar temporal y

su felicidad eterna. En tratándose de verdades morales, el hombre

olvida fácilmente lo que no resuena de continuo á sus oídos; y, si se

conservan las buenas máximas en su entendimiento, quedan como semilla

estéril, sin fecundar el corazón. Bueno es y muy saludable que los

padres comuniquen esta enseñanza á sus hijos: bueno es y muy saludable

que sea éste un objeto preferente en la educación privada; pero es

necesario, además, que haya un ministerio público que no le pierda

nunca de vista, que se extienda á todas las clases y á todas las

edades, que supla el descuido de las familias, que avive los recuerdos

y las impresiones que las pasiones y el tiempo van de continuo

borrando.

Es tan importante para la instrucción y moralidad de los pueblos

ese sistema de continua predicación y enseñanza practicado en

todas épocas y lugares por la Iglesia católica, que debe juzgarse

como un gran bien el que, en medio del prurito que atormentó á los

primeros protestantes, de desechar todas las prácticas de la Iglesia,

conservasen, sin embargo, la de la predicación. Y no es necesario

por eso el desconocer los daños que en ciertas épocas han traído las

violentas declamaciones de algunos ministros, ó insidiosos ó fanáticos;

sino que, en el supuesto de haberse roto la unidad, en el supuesto de

haberse arrojado á los pueblos por el azaroso camino del cisma, habrá

influído no poco en la conservación de las ideas más capitales sobre

Dios y el hombre, y de las máximas fundamentales de la moral, el oir

los pueblos con frecuencia explicadas semejantes verdades por quien

las había estudiado de antemano en la Sagrada Escritura. Sin duda que

el golpe mortal dado á las jerarquías por el sistema protestante, y

la consiguiente degradación del sacerdocio, hace que la cátedra de

la predicación no tenga entre los disidentes el sagrado carácter de

cátedra del Espíritu Santo; sin duda que es un grande obstáculo, para

que la predicación pueda dar fruto, el que un ministro protestante no

pueda ya presentarse como un ungido del Señor, sino que, como ha dicho

un escritor de talento, sólo sea _un hombre vestido de negro que sube

al púlpito todos los domingos para hablar de cosas razonables_; pero

al menos oyen los pueblos algunos trozos de las excelentes pláticas

morales que se encuentran en el Sagrado Texto; tienen con frecuencia

á su vista los edificantes ejemplos esparcidos en el viejo y nuevo

Testamento; y, sobre todo, se les refieren á menudo los pasos de la

vida de Jesucristo, de esa vida admirable, modelo de toda perfección;

y que, aun mirada con ojos humanos, es, en confesión de todo el mundo,

la pura santidad por excelencia, el más hermoso conjunto moral que se

viera jamás, la realización de un bello ideal que bajo la forma humana

jamás concibió la filosofía en sus altos pensamientos, jamás retrató

la poesía en sus sueños más brillantes. Esto es muy útil, altamente

saludable; porque siempre lo es el nutrir el ánimo de los pueblos con

el jugoso alimento de las verdades morales, y el excitarlos á la virtud

con el estímulo de tan altos ejemplos.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 18 / 58 题