No hay mejor prueba de la profunda debilidad entrañada por el
Protestantismo, considerado como cuerpo de doctrina, que la escasa
influencia que ha ejercido sobre la civilización europea, por medio de
sus doctrinas positivas. Llamo doctrinas positivas aquellas en que ha
procurado establecer un dogma propio, y de esta manera las distingo
de las demás, que podríamos llamar negativas, porque no consisten en
otra cosa que en la negación de la autoridad. Estas últimas, como muy
conformes á la inconstancia y volubilidad del espíritu humano, han
encontrado acogida; pero, las demás, no; todo ha desaparecido con sus
autores, todo se ha sepultado en el olvido. Si algo se ha conservado de
cristianismo entre los protestantes, ha sido solamente aquello que era
indispensable para que la civilización europea no perdiera eternamente
su naturaleza y carácter; por manera que aquellas doctrinas que tenían
una tendencia demasiado directa á desnaturalizar completamente esa
civilización, la civilización las ha rechazado; mejor diremos, las ha
despreciado.
Hay en esta parte un hecho muy digno de llamar la atención, y en
que, sin embargo, quizás no se haya reparado, y es lo acontecido con
respecto á la doctrina de los primeros novadores relativa á la libertad
humana. Bien sabido es que uno de los primeros y más capitales errores
de Lutero y Calvino consistía en negar el libre albedrío, hallándose
consignado esta su funesta enseñanza en las obras que de ellos nos
han quedado. Esta doctrina parece que debía conservarse con crédito
entre los protestantes, y que debía ser sostenida con tesón, pues que
regularmente así acontece cuando se trata de aquellos errores que han
servido como de primer núcleo para la formación de una secta. Parece,
además, que, habiendo alcanzado el Protestantismo tanta extensión y
arraigo en varias naciones de Europa, esa doctrina fatalista debía
también influir mucho en la legislación de las naciones protestantes;
y ¡cosa admirable! nada de esto ha sucedido; y las costumbres europeas
la han despreciado, la legislación no la ha tomado por base, y la
sociedad no se ha dejado dominar ni dirigir por un principio que zapaba
todos los cimientos de la moral, y que, si hubiese sido aplicado á las
costumbres y á la legislación, hubiera reemplazado la civilización y
dignidad europeas con la barbarie y abyección musulmana.
Sin duda que no han faltado individuos corrompidos por tan funesta
doctrina; sin duda que no han faltado sectas más ó menos numerosas
que la han reproducido; y no puede negarse tampoco que sean de mucha
consideración las llagas abiertas por ella á la moralidad de algunos
pueblos. Pero es cierto también que, en la generalidad de la gran
familia europea, los gobiernos, los tribunales, la administración, la
legislación, las ciencias, las costumbres, no han dado oídos á esa
horrible enseñanza de Lutero, en que se despoja al hombre de su libre
albedrío, en que se hace á Dios autor del pecado, en que se descarga
sobre el Criador toda la responsabilidad de los delitos de la criatura
humana, en que se le presenta como un tirano, pues que se afirma que
sus preceptos son imposibles, en que se confunden monstruosamente
las ideas de bien y de mal, y se embota el estímulo de toda virtud,
asegurando que basta la fe para salvarse, que todas las obras de los
justos son pecados.
La razón pública, el buen sentido, las costumbres, se pusieron en este
punto de parte del Catolicismo; y los mismos pueblos que abrazaron en
teoría religiosa esas funestas doctrinas, las desecharon por lo común
en la práctica; porque era demasiado profunda la impresión que en
esos puntos capitales les había dejado la enseñanza católica, porque
era demasiado vivo el instinto de civilización que de las doctrinas
católicas se había comunicado á la sociedad europea. Así fué como la
Iglesia católica, rechazando esos funestos errores difundidos por
el Protestantismo, preservaba á la sociedad del envilecimiento que
consigo traen las máximas fatalistas; se constituía en barrera contra
el despotismo, que se entroniza siempre en medio de los pueblos que
han perdido el sentimiento de su dignidad; era un dique contra la
desmoralización, que cunde necesariamente cuando el hombre se cree
arrastrado por la ciega fatalidad, como por una cadena de hierro; así
libertaba al espíritu de aquel abatimiento en que se postra cuando se
ve privado de dirigir su propia conducta, y de influir en el curso
de los acontecimientos. Así fué como el Papa, condenando esos errores
de Lutero que formaban el núcleo del naciente Protestantismo, dió un
grito de alarma contra una irrupción de barbarie en el orden de las
ideas, salvando de esta manera la moral, las leyes, el orden público,
la sociedad; así fué como el Vaticano conservó la dignidad del hombre,
asegurándole el noble sentimiento de la libertad en el santuario de la
conciencia; así fué como la cátedra de Roma, luchando con las ideas
protestantes, y defendiendo el sagrado depósito que le confiara el
Divino Maestro, era, al propio tiempo, el numen tutelar del porvenir de
la civilización.
Reflexionad sobre esas grandes verdades, entendedlas bien vosotros que
habláis de las _disputas religiosas_ con esa fría indiferencia, con
esos visos de burla y de compasión, como si nunca se tratase de otra
cosa que de frivolidades de escuela. Los pueblos _no viven de sólo
pan_; viven también de ideas, de máximas que, convertidas en jugo, ó
les comunican grandeza, vigor y lozanía, ó los debilitan, los postran,
los condenan á la nulidad y al embrutecimiento. Tended la vista por la
faz del globo, recorred los períodos de la historia de la humanidad,
comparad tiempos con tiempos, naciones con naciones, y veréis que,
dando la Iglesia católica tan alta importancia á la conservación de la
verdad en las materias más transcendentales, y no transigiendo nunca en
punto á ella, ha comprendido y realizado mejor que nadie la elevada y
saludable máxima de que la verdad debe ser la reina del mundo, de que
del orden de las ideas depende el orden de los hechos y de que, cuando
se agitan cuestiones sobre las grandes verdades, se interesan en esas
cuestiones los destinos de la humanidad.
Resumamos lo dicho: el principio esencial del Protestantismo es un
principio disolvente: ahí está la causa de sus variaciones incesantes,
ahí está la causa de su disolución y aniquilamiento. Como religión
particular ya no existe porque no tiene ningún dogma propio, ningún
carácter positivo, ninguna economía, nada de cuanto se necesita para
formar un ser: es una verdadera negación. Todo lo que se encuentra en
él que pueda apellidarse positivo, no es más que vestigios, ruinas;
todo está sin fuerza, sin acción, sin espíritu de vida. No puede
mostrar un edificio que haya levantado por su mano, no puede colocarse
en medio de esas obras inmensas entre las cuales puede situarse con
tanta gloria el Catolicismo, y decir: _esto es mío_. El Protestantismo
puede sólo sentarse en medio de espantosas ruinas; y de ellas sí que
puede decir con toda verdad: _yo las he amontonado_.
Mientras pudo durar el fanatismo de esta secta, mientras ardía la
llamarada encendida por fogosas declamaciones y avivada por funestas
circunstancias, desplegó cierta fuerza que, si bien no manifestaba
la verdadera robustez, mostraba al menos la convulsiva energía del
delirio. Pero su época pasó, la acción del tiempo ha dispersado
los elementos que daban pábulo al incendio; y, por más que se haya
trabajado por acreditar la reforma como obra de Dios, no se ha podido
encubrir lo que era en realidad: obra de las pasiones del hombre. No
deben causarnos ilusión esos esfuerzos que actualmente parece hacer de
nuevo: quien obra en ello, no es el Protestantismo en vida; es la falsa
filosofía, tal vez la política, quizás el mezquino interés, que toman
su nombre, se disfrazan con su manto; y, sabiendo cuán á propósito es
para excitar disturbios, provocar escisiones y disolver las sociedades,
van recogiendo el agua de los charcos que han quedado manchados con
su huella impura, seguros de que será un violento veneno para dar la
muerte al pueblo incauto, que llegue á beber de la dorada copa con que
pérfidamente se le brinda.
Pero en vano se esfuerza el débil mortal en luchar contra la diestra
del Omnipotente. Dios no abandonará su obra; y, por más que el hombre
forceje, por más que se empeñe en remedar la obra del Altísimo, no
podrá borrar los caracteres eternos que distinguen el error de la
verdad. La verdad es de suyo fuerte, robusta: y, como es el conjunto de
las mismas relaciones de los seres, enlázase, trábase fuertemente con
ellos, y no son parte á desasirla, ni los esfuerzos de los hombres, ni
los trastornos de los tiempos. El error, mentida imagen de los grandes
lazos que vinculan la completa masa del universo, tiéndese sobre sus
usurpados dominios como un informe conjunto de ramos mal trabados que
no reciben jamás el jugo de la tierra, que tampoco le comunican verdor
y frescura, y sólo sirven de red engañosa tendida á los pasos del
caminante.
¡Pueblos incautos! No os seduzcan ni aparatos brillantes, ni palabras
pomposas, ni una actividad mentida: la verdad es cándida, modesta y
confiada, porque es pura y fuerte; el error es hipócrita y ostentoso,
porque es falso y débil. La verdad es una mujer hermosa que desprecia
el afectado aliño porque conoce su belleza; el error se atavía, se
pinta, violenta su talle porque es feo, descolorido, sin expresión de
vida en su semblante, sin gracia ni dignidad en sus formas. ¿Admiráis
tal vez su actividad y sus trabajos? Sabed que sólo es fuerte cuando
es el núcleo de una facción, ó la bandera de un partido; sabed que
entonces es rápido en su acción, violento en sus medios; es un meteoro
funesto que fulgura, truena y desaparece, dejando en pos de sí la
obscuridad, la destrucción y la muerte; la verdad es el astro del día
despidiendo tranquilamente su luz vivísima y saludable, fecundando con
suave calor la naturaleza, y derramando por todas partes, vida, alegría
y hermosura.