CAPITULO XI

No hay mejor prueba de la profunda debilidad entrañada por el

Protestantismo, considerado como cuerpo de doctrina, que la escasa

influencia que ha ejercido sobre la civilización europea, por medio de

sus doctrinas positivas. Llamo doctrinas positivas aquellas en que ha

procurado establecer un dogma propio, y de esta manera las distingo

de las demás, que podríamos llamar negativas, porque no consisten en

otra cosa que en la negación de la autoridad. Estas últimas, como muy

conformes á la inconstancia y volubilidad del espíritu humano, han

encontrado acogida; pero, las demás, no; todo ha desaparecido con sus

autores, todo se ha sepultado en el olvido. Si algo se ha conservado de

cristianismo entre los protestantes, ha sido solamente aquello que era

indispensable para que la civilización europea no perdiera eternamente

su naturaleza y carácter; por manera que aquellas doctrinas que tenían

una tendencia demasiado directa á desnaturalizar completamente esa

civilización, la civilización las ha rechazado; mejor diremos, las ha

despreciado.

Hay en esta parte un hecho muy digno de llamar la atención, y en

que, sin embargo, quizás no se haya reparado, y es lo acontecido con

respecto á la doctrina de los primeros novadores relativa á la libertad

humana. Bien sabido es que uno de los primeros y más capitales errores

de Lutero y Calvino consistía en negar el libre albedrío, hallándose

consignado esta su funesta enseñanza en las obras que de ellos nos

han quedado. Esta doctrina parece que debía conservarse con crédito

entre los protestantes, y que debía ser sostenida con tesón, pues que

regularmente así acontece cuando se trata de aquellos errores que han

servido como de primer núcleo para la formación de una secta. Parece,

además, que, habiendo alcanzado el Protestantismo tanta extensión y

arraigo en varias naciones de Europa, esa doctrina fatalista debía

también influir mucho en la legislación de las naciones protestantes;

y ¡cosa admirable! nada de esto ha sucedido; y las costumbres europeas

la han despreciado, la legislación no la ha tomado por base, y la

sociedad no se ha dejado dominar ni dirigir por un principio que zapaba

todos los cimientos de la moral, y que, si hubiese sido aplicado á las

costumbres y á la legislación, hubiera reemplazado la civilización y

dignidad europeas con la barbarie y abyección musulmana.

Sin duda que no han faltado individuos corrompidos por tan funesta

doctrina; sin duda que no han faltado sectas más ó menos numerosas

que la han reproducido; y no puede negarse tampoco que sean de mucha

consideración las llagas abiertas por ella á la moralidad de algunos

pueblos. Pero es cierto también que, en la generalidad de la gran

familia europea, los gobiernos, los tribunales, la administración, la

legislación, las ciencias, las costumbres, no han dado oídos á esa

horrible enseñanza de Lutero, en que se despoja al hombre de su libre

albedrío, en que se hace á Dios autor del pecado, en que se descarga

sobre el Criador toda la responsabilidad de los delitos de la criatura

humana, en que se le presenta como un tirano, pues que se afirma que

sus preceptos son imposibles, en que se confunden monstruosamente

las ideas de bien y de mal, y se embota el estímulo de toda virtud,

asegurando que basta la fe para salvarse, que todas las obras de los

justos son pecados.

La razón pública, el buen sentido, las costumbres, se pusieron en este

punto de parte del Catolicismo; y los mismos pueblos que abrazaron en

teoría religiosa esas funestas doctrinas, las desecharon por lo común

en la práctica; porque era demasiado profunda la impresión que en

esos puntos capitales les había dejado la enseñanza católica, porque

era demasiado vivo el instinto de civilización que de las doctrinas

católicas se había comunicado á la sociedad europea. Así fué como la

Iglesia católica, rechazando esos funestos errores difundidos por

el Protestantismo, preservaba á la sociedad del envilecimiento que

consigo traen las máximas fatalistas; se constituía en barrera contra

el despotismo, que se entroniza siempre en medio de los pueblos que

han perdido el sentimiento de su dignidad; era un dique contra la

desmoralización, que cunde necesariamente cuando el hombre se cree

arrastrado por la ciega fatalidad, como por una cadena de hierro; así

libertaba al espíritu de aquel abatimiento en que se postra cuando se

ve privado de dirigir su propia conducta, y de influir en el curso

de los acontecimientos. Así fué como el Papa, condenando esos errores

de Lutero que formaban el núcleo del naciente Protestantismo, dió un

grito de alarma contra una irrupción de barbarie en el orden de las

ideas, salvando de esta manera la moral, las leyes, el orden público,

la sociedad; así fué como el Vaticano conservó la dignidad del hombre,

asegurándole el noble sentimiento de la libertad en el santuario de la

conciencia; así fué como la cátedra de Roma, luchando con las ideas

protestantes, y defendiendo el sagrado depósito que le confiara el

Divino Maestro, era, al propio tiempo, el numen tutelar del porvenir de

la civilización.

Reflexionad sobre esas grandes verdades, entendedlas bien vosotros que

habláis de las _disputas religiosas_ con esa fría indiferencia, con

esos visos de burla y de compasión, como si nunca se tratase de otra

cosa que de frivolidades de escuela. Los pueblos _no viven de sólo

pan_; viven también de ideas, de máximas que, convertidas en jugo, ó

les comunican grandeza, vigor y lozanía, ó los debilitan, los postran,

los condenan á la nulidad y al embrutecimiento. Tended la vista por la

faz del globo, recorred los períodos de la historia de la humanidad,

comparad tiempos con tiempos, naciones con naciones, y veréis que,

dando la Iglesia católica tan alta importancia á la conservación de la

verdad en las materias más transcendentales, y no transigiendo nunca en

punto á ella, ha comprendido y realizado mejor que nadie la elevada y

saludable máxima de que la verdad debe ser la reina del mundo, de que

del orden de las ideas depende el orden de los hechos y de que, cuando

se agitan cuestiones sobre las grandes verdades, se interesan en esas

cuestiones los destinos de la humanidad.

Resumamos lo dicho: el principio esencial del Protestantismo es un

principio disolvente: ahí está la causa de sus variaciones incesantes,

ahí está la causa de su disolución y aniquilamiento. Como religión

particular ya no existe porque no tiene ningún dogma propio, ningún

carácter positivo, ninguna economía, nada de cuanto se necesita para

formar un ser: es una verdadera negación. Todo lo que se encuentra en

él que pueda apellidarse positivo, no es más que vestigios, ruinas;

todo está sin fuerza, sin acción, sin espíritu de vida. No puede

mostrar un edificio que haya levantado por su mano, no puede colocarse

en medio de esas obras inmensas entre las cuales puede situarse con

tanta gloria el Catolicismo, y decir: _esto es mío_. El Protestantismo

puede sólo sentarse en medio de espantosas ruinas; y de ellas sí que

puede decir con toda verdad: _yo las he amontonado_.

Mientras pudo durar el fanatismo de esta secta, mientras ardía la

llamarada encendida por fogosas declamaciones y avivada por funestas

circunstancias, desplegó cierta fuerza que, si bien no manifestaba

la verdadera robustez, mostraba al menos la convulsiva energía del

delirio. Pero su época pasó, la acción del tiempo ha dispersado

los elementos que daban pábulo al incendio; y, por más que se haya

trabajado por acreditar la reforma como obra de Dios, no se ha podido

encubrir lo que era en realidad: obra de las pasiones del hombre. No

deben causarnos ilusión esos esfuerzos que actualmente parece hacer de

nuevo: quien obra en ello, no es el Protestantismo en vida; es la falsa

filosofía, tal vez la política, quizás el mezquino interés, que toman

su nombre, se disfrazan con su manto; y, sabiendo cuán á propósito es

para excitar disturbios, provocar escisiones y disolver las sociedades,

van recogiendo el agua de los charcos que han quedado manchados con

su huella impura, seguros de que será un violento veneno para dar la

muerte al pueblo incauto, que llegue á beber de la dorada copa con que

pérfidamente se le brinda.

Pero en vano se esfuerza el débil mortal en luchar contra la diestra

del Omnipotente. Dios no abandonará su obra; y, por más que el hombre

forceje, por más que se empeñe en remedar la obra del Altísimo, no

podrá borrar los caracteres eternos que distinguen el error de la

verdad. La verdad es de suyo fuerte, robusta: y, como es el conjunto de

las mismas relaciones de los seres, enlázase, trábase fuertemente con

ellos, y no son parte á desasirla, ni los esfuerzos de los hombres, ni

los trastornos de los tiempos. El error, mentida imagen de los grandes

lazos que vinculan la completa masa del universo, tiéndese sobre sus

usurpados dominios como un informe conjunto de ramos mal trabados que

no reciben jamás el jugo de la tierra, que tampoco le comunican verdor

y frescura, y sólo sirven de red engañosa tendida á los pasos del

caminante.

¡Pueblos incautos! No os seduzcan ni aparatos brillantes, ni palabras

pomposas, ni una actividad mentida: la verdad es cándida, modesta y

confiada, porque es pura y fuerte; el error es hipócrita y ostentoso,

porque es falso y débil. La verdad es una mujer hermosa que desprecia

el afectado aliño porque conoce su belleza; el error se atavía, se

pinta, violenta su talle porque es feo, descolorido, sin expresión de

vida en su semblante, sin gracia ni dignidad en sus formas. ¿Admiráis

tal vez su actividad y sus trabajos? Sabed que sólo es fuerte cuando

es el núcleo de una facción, ó la bandera de un partido; sabed que

entonces es rápido en su acción, violento en sus medios; es un meteoro

funesto que fulgura, truena y desaparece, dejando en pos de sí la

obscuridad, la destrucción y la muerte; la verdad es el astro del día

despidiendo tranquilamente su luz vivísima y saludable, fecundando con

suave calor la naturaleza, y derramando por todas partes, vida, alegría

y hermosura.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 15 / 58 题