CAPITULO X

Quedando demostrada hasta la evidencia la intrínseca debilidad del

Protestantismo, ocurre naturalmente una cuestión: ¿cómo es que,

siendo tan flaco por el vicio radical de su constitución misma, no

haya desaparecido completamente? Llevando un germen de muerte en su

propio seno, ¿cómo ha podido resistir á dos adversarios tan poderosos

como la religión católica, por una parte, y la irreligión y el

ateísmo, por otra? Para satisfacer cumplidamente á esta pregunta, es

necesario considerar el Protestantismo bajo dos aspectos: ó bien en

cuanto significa una creencia determinada, ó bien en cuanto expresa

un conjunto de sectas, que, teniendo la mayor diferencia entre sí,

están acordes en apellidarse cristianas, conservar alguna sombra de

cristianismo, desechando, empero, la autoridad de la Iglesia. Es

menester considerarle bajo estos dos aspectos, ya que es bien sabido

que sus fundadores, no sólo se empeñaron en destruir la autoridad y

los dogmas de la Iglesia romana, sino que procuraron también formar

un sistema de doctrina que pudiera servir como de símbolo á sus

prosélitos. Por lo que toca al primer aspecto, el Protestantismo

ha desaparecido ya casi enteramente, ó, mejor diremos, desapareció

al nacer, si es que pueda decirse que llegase ni á formarse. Harto

queda evidenciada esta verdad con lo que llevo expuesto sobre sus

variaciones, y su estado actual en los varios países de Europa;

viniendo el tiempo á confirmar cuán equivocados anduvieron los

pretendidos reformadores, cuando se _imaginaron poder fijar las

columnas de Hércules del espíritu humano_, según la expresión de una

escritora protestante: Madama de Staël.

Y, en efecto, las doctrinas de Lutero y de Calvino, ¿quién las defiende

ahora? ¿quién respeta los lindes que ellos prefijaron? Entre todas las

Iglesias protestantes, ¿hay alguna que se dé á conocer por su celo

ardiente en la conservación de estos ó de aquellos dogmas? ¿cuál es

el protestante que no se ría de la _divina_ misión de Lutero, y que

crea que el Papa es el Anticristo? ¿Quién entre ellos vela por la

pureza de la doctrina? ¿quién califica los errores? ¿quién se opone

al torrente de las sectas? ¿El robusto acento de la convicción, el

celo de la verdad, se deja percibir ya, ni en sus escritos, ni en sus

púlpitos? ¡Qué diferencia tan notable cuando se comparan las Iglesias

protestantes con la Iglesia católica! Preguntadla sobre sus creencias,

y oiréis de la boca del Sucesor de San Pedro, de Gregorio XVI, lo mismo

que oyó Lutero de la boca de León X; y cotejad la doctrina de León X

con la de sus antecesores, y os hallaréis conducidos por vía recta,

siempre por un mismo camino, hasta los Apóstoles, hasta Jesucristo.

¿Intentáis impugnar un dogma? ¿enturbiáis la pureza de la moral? La

voz de los antiguos Padres tronará contra vuestros extravíos; y,

estando en el siglo XIX, creeréis que se han alzado de sus tumbas

los antiguos Leones y Gregorios. Si es flaca vuestra voluntad,

encontraréis indulgencia; si es grande vuestro mérito, se os prodigarán

consideraciones; si es elevada vuestra posición social, se os tratará

con miramiento; pero, si abusando de vuestros talentos queréis

introducir alguna novedad en la doctrina, si valiéndoos de vuestro

poderío queréis exigir alguna capitulación en materias de dogma, si

para evitar disturbios, prevenir escisiones, conciliar los ánimos,

demandáis una transacción, ó, al menos, una explicación ambigua: _eso

no, jamás_, os responderá el Sucesor de San Pedro; _eso no, jamás: la

fe es un depósito sagrado que nosotros no podemos alterar; la verdad

es inmutable, es una_; y á la voz del Vicario de Jesucristo, que

desvanecerá todas vuestras esperanzas, se unirán las voces de nuevos

Atanasios, Naciancenos, Ambrosios, Jerónimos y Agustinos. Siempre

la misma firmeza en la misma fe, siempre la misma invariabilidad,

siempre la misma energía para conservar intacto el depósito sagrado,

para defenderle contra los ataques del error, para enseñarle en

toda su pureza á los fieles, para transmitirle sin mancha á las

generaciones venideras. ¿Será eso obstinación, ceguera, fanatismo?

¡Ah! El transcurso de 18 siglos, las revoluciones de los imperios, los

trastornos más espantosos, la mayor variedad de ideas y costumbres,

las persecuciones de las potestades de la tierra, las tinieblas de

la ignorancia, los embates de las pasiones, las luces de la ciencia,

¿nada hubiera sido bastante para alumbrar esa ceguera, ablandar esa

terquedad, enfriar ese fanatismo? Sin duda que un protestante pensador,

uno de aquellos que sepan elevarse sobre las preocupaciones de la

educación, al fijar la vista en ese cotejo, cuya variedad y exactitud

no podrá menos de reconocer, si es que tenga instrucción sobre la

materia, sentirá vehementes dudas sobre la verdad de la enseñanza

que ha recibido; y que deseará, cuando menos, examinar de cerca ese

prodigio que tan de bulto se presenta en la Iglesia católica. Pero

volvamos al intento.

Á pesar de la disolución que ha cundido de un modo tan espantoso entre

las sectas protestantes, á pesar de que en adelante irá cundiendo

todavía más, no obstante, hasta que llegue el momento de reunirse los

disidentes á la Iglesia católica, nada extraño es que no desaparezca

enteramente el Protestantismo, mirado como un conjunto de sectas

que conservan el nombre y algún rastro de cristianas. Para que esto

no sucediera así, sería menester, ó que los pueblos protestantes se

hundiesen completamente en la irreligión y en el ateísmo, ó bien que

ganase terreno entre ellos alguna otra religión de las que se hallan

establecidas en otras partes de la tierra. Uno y otro extremo es

imposible, y he aquí la causa por que se conserva, y se conservará bajo

una ú otra forma, el falso cristianismo de los protestantes, hasta que

vuelvan al redil de la Iglesia.

Desenvolvamos con alguna extensión estos pensamientos. ¿Por qué los

pueblos protestantes no se hundirán enteramente en la irreligión y en

el ateísmo, ó en la indiferencia? Porque todo esto puede suceder con

respecto á un individuo, mas no con respecto á un pueblo. Á fuerza

de lecturas corrompidas, de meditaciones extravagantes, de esfuerzos

continuados, puede uno que otro individuo sofocar los más vivos

sentimientos de su corazón, acallar los clamores de su conciencia, y

desentenderse de las preciosas amonestaciones del sentido común; pero,

un pueblo, no: un pueblo conserva siempre un gran fondo de candor y

docilidad, que, en medio de los más funestos extravíos, y aun de los

crímenes más atroces, le hace prestar atento oído á las inspiraciones

de la naturaleza. Por más corrompidos que sean los hombres en sus

costumbres, son siempre pocos los que de propósito han luchado mucho

consigo mismos para arrancar de sus corazones aquel abundante germen de

buenos sentimientos, aquel precioso semillero de buenas ideas, con que

la mano próvida del Criador ha cuidado de enriquecer nuestras almas.

La expansión del fuego de las pasiones produce, es verdad, lamentables

desvanecimientos, tal vez explosiones terribles; pero, pasado el calor,

el hombre vuelve á entrar en sí mismo, y deja de nuevo accesible su

alma, á los acentos de la razón y de la virtud. Estudiando con atención

á la sociedad, se nota que, por fortuna, es poco abundante aquella

casta de hombres que se hallan como pertrechados contra los asaltos

de la verdad y del bien; que responden con una frívola cavilación á

las reconvenciones del buen sentido; que oponen un frío estoicismo

á las más dulces y generosas inspiraciones de la naturaleza, y que

ostentan, como modelo de filosofía, de firmeza y de elevación de alma,

la ignorancia, la obstinación y la aridez de un corazón helado. El

común de los hombres es más sencillo, más cándido, más natural; y, por

tanto, mal puede avenirse con un sistema de ateísmo ó de indiferencia.

Podrá semejante sistema señorearse del orgulloso ánimo de algún

sabio soñador, podrá cundir como una convicción muy cómoda en las

disposiciones de la mocedad; en tiempos muy revueltos, podrá extenderse

á un cierto círculo de cabezas volcánicas; pero, establecerse

tranquilamente en medio de una sociedad, formar su estado normal, eso

no sucederá jamás.

No, mil veces no: un individuo puede ser irreligioso; la familia y

la sociedad no lo serán jamás. Sin una base donde pueda encontrar su

asiento el edificio social, sin una idea grande, matriz, de donde

nazcan las de razón, virtud, justicia, obligación, derecho, ideas

todas tan necesarias á la existencia y conservación de la sociedad

como la sangre y el nutrimiento á la vida del individuo, la sociedad

desaparecería; y sin los dulcísimos lazos con que traban á los miembros

de la familia las ideas religiosas, sin la celeste harmonía que

esparcen sobre todo el conjunto de sus relaciones, la familia deja de

existir, ó, cuando más, es un nudo grosero, momentáneo, semejante en

un todo á la comunicación de los brutos. Afortunadamente ha favorecido

Dios á todos los seres con un maravilloso instinto de conservación,

y, guiadas por ese instinto, la familia y la sociedad rechazan

indignadas aquellas ideas degradantes, que, secando con su maligno

aliento todo jugo de vida, quebrantando todos los lazos y trastornando

toda economía, las harían retrogradar de golpe hasta la más abyecta

barbarie, y acabarían por dispersar sus miembros, como al impulso del

viento se dispersan los granos de arena, por no tener entre sí ni apego

ni enlace.

Ya que no la consideración del hombre y de la sociedad, al menos las

repetidas lecciones de la experiencia debieran haber desengañado

á ciertos filósofos de que las ideas y sentimientos grabados en

el corazón por el dedo del Autor de la naturaleza, no son para

desarraigados con declamaciones y sofismas; y, si algunos efímeros

triunfos han podido alguna vez engreirlos, dándoles exageradas

esperanzas sobre el resultado de sus esfuerzos, el curso de las ideas

y de los sucesos ha venido luego á manifestarles que, cuando cantaban

alborozados su triunfo, se parecían al insensato que se lisonjeara de

haber desterrado del mundo el amor maternal, porque hubiese llegado á

desnaturalizar el corazón de algunas madres.

La sociedad, y cuenta que no digo el pueblo ni la plebe; la sociedad,

si no es religiosa, será supersticiosa; si no cree cosas razonables,

las creerá extravagantes; si no tiene una religión bajada del cielo,

la tendrá forjada por los hombres; pretender lo contrario, es un

delirio; luchar contra esa tendencia, es luchar contra una ley eterna;

esforzarse en contenerla, es interponer una débil mano para detener el

curso de un cuerpo que corre con fuerza inmensa: la mano desaparece y

el cuerpo sigue su curso. Llámesela superstición, fanatismo, seducción,

todo podrá ser bueno para desahogar el despecho de verse burlado; pero

no es más que amontonar nombres, y azotar el viento.

Siendo, como es, la religión una verdadera necesidad, tenemos ya

la explicación de un fenómeno que nos ofrecen la historia y la

experiencia, y es que la religión nunca desaparece enteramente; y que,

en llegando el caso de una mudanza, las dos religiones rivales luchan

más ó menos tiempo sobre el mismo terreno, ocupando progresivamente

la una los dominios que va conquistando de la otra. De aquí sacaremos

también que, para desaparecer enteramente el Protestantismo, sería

necesario que se pusiese en su lugar alguna otra religión; y que, no

siendo esto posible durante la civilización actual, á menos que no sea

la católica, irán siguiendo las sectas protestantes ocupando con más ó

menos variaciones el país que han conquistado.

Y, en efecto, en el estado actual de la civilización de las sociedades

protestantes, ¿es acaso posible que ganen terreno entre ellas, ni las

necedades del Alcorán, ni las groserías de la idolatría?

Derramado como está el espíritu del Cristianismo por las venas de

las sociedades modernas, impreso su sello en todas las partes de la

legislación, esparcidas sus luces sobre todo linaje de conocimientos,

mezclado su lenguaje con todos los idiomas, reguladas por sus

preceptos las costumbres, marcada su fisonomía hasta en los hábitos

y modales, rebosando de sus inspiraciones todos los monumentos del

genio, comunicado su gusto á todas las bellas artes; en una palabra,

filtrado, por decirlo así, el Cristianismo en todas las partes de esa

civilización tan grande, tan variada y fecunda de que se glorían las

sociedades modernas, ¿cómo era posible que desapareciese hasta el

nombre de una religión, que á su venerable antigüedad reune tantos

títulos de gratitud, tantos lazos, tantos recuerdos? ¿Cómo era posible

que encontrara acogida en medio de las sociedades cristianas ninguna de

esas otras religiones, que á primera vista muestran, desde luego, el

dedo del hombre; que á primera vista manifiestan como distintivo un

sello grosero, donde está escrito _degradación_ y _envilecimiento_? Aun

cuando el principio fundamental del Protestantismo zape los cimientos

de la religión cristiana, por más que desfigure su belleza, y rebaje

su majestad sublime; sin embargo, con tal que se conserven algunos

vestigios de Cristianismo, con tal que se conserve la idea que éste nos

da de Dios, y algunas máximas de su moral, estos vestigios valen más,

se elevan á mucha mayor altura, que todos los sistemas filosóficos, que

todas las otras religiones de la tierra.

He aquí por qué ha conservado el Protestantismo alguna sombra de

religión cristiana: no es otra la causa, sino que era imposible

que desapareciese del todo el nombre cristiano, atendido el estado

de las naciones que tomaron parte en el cisma; y he aquí cómo no

debemos buscar la razón en ningún principio de vida entrañado por la

pretendida reforma. Añádanse á todo esto los esfuerzos de la política,

el natural apego de los ministros á sus propios intereses, el ensanche

con que lisonjea al orgullo la falta de toda autoridad, los restos

de preocupaciones antiguas, el poder de la educación, y otras causas

semejantes, y se tendrá completamente resuelta la cuestión; y no

parecerá nada extraño que vaya siguiendo el Protestantismo ocupando

muchos de los países en que, por fatales combinaciones, alcanzó

establecimiento y arraigo.

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 14 / 58 题