Quedando demostrada hasta la evidencia la intrínseca debilidad del
Protestantismo, ocurre naturalmente una cuestión: ¿cómo es que,
siendo tan flaco por el vicio radical de su constitución misma, no
haya desaparecido completamente? Llevando un germen de muerte en su
propio seno, ¿cómo ha podido resistir á dos adversarios tan poderosos
como la religión católica, por una parte, y la irreligión y el
ateísmo, por otra? Para satisfacer cumplidamente á esta pregunta, es
necesario considerar el Protestantismo bajo dos aspectos: ó bien en
cuanto significa una creencia determinada, ó bien en cuanto expresa
un conjunto de sectas, que, teniendo la mayor diferencia entre sí,
están acordes en apellidarse cristianas, conservar alguna sombra de
cristianismo, desechando, empero, la autoridad de la Iglesia. Es
menester considerarle bajo estos dos aspectos, ya que es bien sabido
que sus fundadores, no sólo se empeñaron en destruir la autoridad y
los dogmas de la Iglesia romana, sino que procuraron también formar
un sistema de doctrina que pudiera servir como de símbolo á sus
prosélitos. Por lo que toca al primer aspecto, el Protestantismo
ha desaparecido ya casi enteramente, ó, mejor diremos, desapareció
al nacer, si es que pueda decirse que llegase ni á formarse. Harto
queda evidenciada esta verdad con lo que llevo expuesto sobre sus
variaciones, y su estado actual en los varios países de Europa;
viniendo el tiempo á confirmar cuán equivocados anduvieron los
pretendidos reformadores, cuando se _imaginaron poder fijar las
columnas de Hércules del espíritu humano_, según la expresión de una
escritora protestante: Madama de Staël.
Y, en efecto, las doctrinas de Lutero y de Calvino, ¿quién las defiende
ahora? ¿quién respeta los lindes que ellos prefijaron? Entre todas las
Iglesias protestantes, ¿hay alguna que se dé á conocer por su celo
ardiente en la conservación de estos ó de aquellos dogmas? ¿cuál es
el protestante que no se ría de la _divina_ misión de Lutero, y que
crea que el Papa es el Anticristo? ¿Quién entre ellos vela por la
pureza de la doctrina? ¿quién califica los errores? ¿quién se opone
al torrente de las sectas? ¿El robusto acento de la convicción, el
celo de la verdad, se deja percibir ya, ni en sus escritos, ni en sus
púlpitos? ¡Qué diferencia tan notable cuando se comparan las Iglesias
protestantes con la Iglesia católica! Preguntadla sobre sus creencias,
y oiréis de la boca del Sucesor de San Pedro, de Gregorio XVI, lo mismo
que oyó Lutero de la boca de León X; y cotejad la doctrina de León X
con la de sus antecesores, y os hallaréis conducidos por vía recta,
siempre por un mismo camino, hasta los Apóstoles, hasta Jesucristo.
¿Intentáis impugnar un dogma? ¿enturbiáis la pureza de la moral? La
voz de los antiguos Padres tronará contra vuestros extravíos; y,
estando en el siglo XIX, creeréis que se han alzado de sus tumbas
los antiguos Leones y Gregorios. Si es flaca vuestra voluntad,
encontraréis indulgencia; si es grande vuestro mérito, se os prodigarán
consideraciones; si es elevada vuestra posición social, se os tratará
con miramiento; pero, si abusando de vuestros talentos queréis
introducir alguna novedad en la doctrina, si valiéndoos de vuestro
poderío queréis exigir alguna capitulación en materias de dogma, si
para evitar disturbios, prevenir escisiones, conciliar los ánimos,
demandáis una transacción, ó, al menos, una explicación ambigua: _eso
no, jamás_, os responderá el Sucesor de San Pedro; _eso no, jamás: la
fe es un depósito sagrado que nosotros no podemos alterar; la verdad
es inmutable, es una_; y á la voz del Vicario de Jesucristo, que
desvanecerá todas vuestras esperanzas, se unirán las voces de nuevos
Atanasios, Naciancenos, Ambrosios, Jerónimos y Agustinos. Siempre
la misma firmeza en la misma fe, siempre la misma invariabilidad,
siempre la misma energía para conservar intacto el depósito sagrado,
para defenderle contra los ataques del error, para enseñarle en
toda su pureza á los fieles, para transmitirle sin mancha á las
generaciones venideras. ¿Será eso obstinación, ceguera, fanatismo?
¡Ah! El transcurso de 18 siglos, las revoluciones de los imperios, los
trastornos más espantosos, la mayor variedad de ideas y costumbres,
las persecuciones de las potestades de la tierra, las tinieblas de
la ignorancia, los embates de las pasiones, las luces de la ciencia,
¿nada hubiera sido bastante para alumbrar esa ceguera, ablandar esa
terquedad, enfriar ese fanatismo? Sin duda que un protestante pensador,
uno de aquellos que sepan elevarse sobre las preocupaciones de la
educación, al fijar la vista en ese cotejo, cuya variedad y exactitud
no podrá menos de reconocer, si es que tenga instrucción sobre la
materia, sentirá vehementes dudas sobre la verdad de la enseñanza
que ha recibido; y que deseará, cuando menos, examinar de cerca ese
prodigio que tan de bulto se presenta en la Iglesia católica. Pero
volvamos al intento.
Á pesar de la disolución que ha cundido de un modo tan espantoso entre
las sectas protestantes, á pesar de que en adelante irá cundiendo
todavía más, no obstante, hasta que llegue el momento de reunirse los
disidentes á la Iglesia católica, nada extraño es que no desaparezca
enteramente el Protestantismo, mirado como un conjunto de sectas
que conservan el nombre y algún rastro de cristianas. Para que esto
no sucediera así, sería menester, ó que los pueblos protestantes se
hundiesen completamente en la irreligión y en el ateísmo, ó bien que
ganase terreno entre ellos alguna otra religión de las que se hallan
establecidas en otras partes de la tierra. Uno y otro extremo es
imposible, y he aquí la causa por que se conserva, y se conservará bajo
una ú otra forma, el falso cristianismo de los protestantes, hasta que
vuelvan al redil de la Iglesia.
Desenvolvamos con alguna extensión estos pensamientos. ¿Por qué los
pueblos protestantes no se hundirán enteramente en la irreligión y en
el ateísmo, ó en la indiferencia? Porque todo esto puede suceder con
respecto á un individuo, mas no con respecto á un pueblo. Á fuerza
de lecturas corrompidas, de meditaciones extravagantes, de esfuerzos
continuados, puede uno que otro individuo sofocar los más vivos
sentimientos de su corazón, acallar los clamores de su conciencia, y
desentenderse de las preciosas amonestaciones del sentido común; pero,
un pueblo, no: un pueblo conserva siempre un gran fondo de candor y
docilidad, que, en medio de los más funestos extravíos, y aun de los
crímenes más atroces, le hace prestar atento oído á las inspiraciones
de la naturaleza. Por más corrompidos que sean los hombres en sus
costumbres, son siempre pocos los que de propósito han luchado mucho
consigo mismos para arrancar de sus corazones aquel abundante germen de
buenos sentimientos, aquel precioso semillero de buenas ideas, con que
la mano próvida del Criador ha cuidado de enriquecer nuestras almas.
La expansión del fuego de las pasiones produce, es verdad, lamentables
desvanecimientos, tal vez explosiones terribles; pero, pasado el calor,
el hombre vuelve á entrar en sí mismo, y deja de nuevo accesible su
alma, á los acentos de la razón y de la virtud. Estudiando con atención
á la sociedad, se nota que, por fortuna, es poco abundante aquella
casta de hombres que se hallan como pertrechados contra los asaltos
de la verdad y del bien; que responden con una frívola cavilación á
las reconvenciones del buen sentido; que oponen un frío estoicismo
á las más dulces y generosas inspiraciones de la naturaleza, y que
ostentan, como modelo de filosofía, de firmeza y de elevación de alma,
la ignorancia, la obstinación y la aridez de un corazón helado. El
común de los hombres es más sencillo, más cándido, más natural; y, por
tanto, mal puede avenirse con un sistema de ateísmo ó de indiferencia.
Podrá semejante sistema señorearse del orgulloso ánimo de algún
sabio soñador, podrá cundir como una convicción muy cómoda en las
disposiciones de la mocedad; en tiempos muy revueltos, podrá extenderse
á un cierto círculo de cabezas volcánicas; pero, establecerse
tranquilamente en medio de una sociedad, formar su estado normal, eso
no sucederá jamás.
No, mil veces no: un individuo puede ser irreligioso; la familia y
la sociedad no lo serán jamás. Sin una base donde pueda encontrar su
asiento el edificio social, sin una idea grande, matriz, de donde
nazcan las de razón, virtud, justicia, obligación, derecho, ideas
todas tan necesarias á la existencia y conservación de la sociedad
como la sangre y el nutrimiento á la vida del individuo, la sociedad
desaparecería; y sin los dulcísimos lazos con que traban á los miembros
de la familia las ideas religiosas, sin la celeste harmonía que
esparcen sobre todo el conjunto de sus relaciones, la familia deja de
existir, ó, cuando más, es un nudo grosero, momentáneo, semejante en
un todo á la comunicación de los brutos. Afortunadamente ha favorecido
Dios á todos los seres con un maravilloso instinto de conservación,
y, guiadas por ese instinto, la familia y la sociedad rechazan
indignadas aquellas ideas degradantes, que, secando con su maligno
aliento todo jugo de vida, quebrantando todos los lazos y trastornando
toda economía, las harían retrogradar de golpe hasta la más abyecta
barbarie, y acabarían por dispersar sus miembros, como al impulso del
viento se dispersan los granos de arena, por no tener entre sí ni apego
ni enlace.
Ya que no la consideración del hombre y de la sociedad, al menos las
repetidas lecciones de la experiencia debieran haber desengañado
á ciertos filósofos de que las ideas y sentimientos grabados en
el corazón por el dedo del Autor de la naturaleza, no son para
desarraigados con declamaciones y sofismas; y, si algunos efímeros
triunfos han podido alguna vez engreirlos, dándoles exageradas
esperanzas sobre el resultado de sus esfuerzos, el curso de las ideas
y de los sucesos ha venido luego á manifestarles que, cuando cantaban
alborozados su triunfo, se parecían al insensato que se lisonjeara de
haber desterrado del mundo el amor maternal, porque hubiese llegado á
desnaturalizar el corazón de algunas madres.
La sociedad, y cuenta que no digo el pueblo ni la plebe; la sociedad,
si no es religiosa, será supersticiosa; si no cree cosas razonables,
las creerá extravagantes; si no tiene una religión bajada del cielo,
la tendrá forjada por los hombres; pretender lo contrario, es un
delirio; luchar contra esa tendencia, es luchar contra una ley eterna;
esforzarse en contenerla, es interponer una débil mano para detener el
curso de un cuerpo que corre con fuerza inmensa: la mano desaparece y
el cuerpo sigue su curso. Llámesela superstición, fanatismo, seducción,
todo podrá ser bueno para desahogar el despecho de verse burlado; pero
no es más que amontonar nombres, y azotar el viento.
Siendo, como es, la religión una verdadera necesidad, tenemos ya
la explicación de un fenómeno que nos ofrecen la historia y la
experiencia, y es que la religión nunca desaparece enteramente; y que,
en llegando el caso de una mudanza, las dos religiones rivales luchan
más ó menos tiempo sobre el mismo terreno, ocupando progresivamente
la una los dominios que va conquistando de la otra. De aquí sacaremos
también que, para desaparecer enteramente el Protestantismo, sería
necesario que se pusiese en su lugar alguna otra religión; y que, no
siendo esto posible durante la civilización actual, á menos que no sea
la católica, irán siguiendo las sectas protestantes ocupando con más ó
menos variaciones el país que han conquistado.
Y, en efecto, en el estado actual de la civilización de las sociedades
protestantes, ¿es acaso posible que ganen terreno entre ellas, ni las
necedades del Alcorán, ni las groserías de la idolatría?
Derramado como está el espíritu del Cristianismo por las venas de
las sociedades modernas, impreso su sello en todas las partes de la
legislación, esparcidas sus luces sobre todo linaje de conocimientos,
mezclado su lenguaje con todos los idiomas, reguladas por sus
preceptos las costumbres, marcada su fisonomía hasta en los hábitos
y modales, rebosando de sus inspiraciones todos los monumentos del
genio, comunicado su gusto á todas las bellas artes; en una palabra,
filtrado, por decirlo así, el Cristianismo en todas las partes de esa
civilización tan grande, tan variada y fecunda de que se glorían las
sociedades modernas, ¿cómo era posible que desapareciese hasta el
nombre de una religión, que á su venerable antigüedad reune tantos
títulos de gratitud, tantos lazos, tantos recuerdos? ¿Cómo era posible
que encontrara acogida en medio de las sociedades cristianas ninguna de
esas otras religiones, que á primera vista muestran, desde luego, el
dedo del hombre; que á primera vista manifiestan como distintivo un
sello grosero, donde está escrito _degradación_ y _envilecimiento_? Aun
cuando el principio fundamental del Protestantismo zape los cimientos
de la religión cristiana, por más que desfigure su belleza, y rebaje
su majestad sublime; sin embargo, con tal que se conserven algunos
vestigios de Cristianismo, con tal que se conserve la idea que éste nos
da de Dios, y algunas máximas de su moral, estos vestigios valen más,
se elevan á mucha mayor altura, que todos los sistemas filosóficos, que
todas las otras religiones de la tierra.
He aquí por qué ha conservado el Protestantismo alguna sombra de
religión cristiana: no es otra la causa, sino que era imposible
que desapareciese del todo el nombre cristiano, atendido el estado
de las naciones que tomaron parte en el cisma; y he aquí cómo no
debemos buscar la razón en ningún principio de vida entrañado por la
pretendida reforma. Añádanse á todo esto los esfuerzos de la política,
el natural apego de los ministros á sus propios intereses, el ensanche
con que lisonjea al orgullo la falta de toda autoridad, los restos
de preocupaciones antiguas, el poder de la educación, y otras causas
semejantes, y se tendrá completamente resuelta la cuestión; y no
parecerá nada extraño que vaya siguiendo el Protestantismo ocupando
muchos de los países en que, por fatales combinaciones, alcanzó
establecimiento y arraigo.