CAPITULO IX

El fanatismo de secta, nutrido y avivado en Europa por la _inspiración

privada_ del Protestantismo, es ciertamente una llaga muy profunda y

de mucha gravedad; pero no tiene, sin embargo, un carácter tan maligno

y alarmante como la incredulidad y la indiferencia religiosa: males

funestos que las sociedades modernas tienen que agradecer en buena

parte á la pretendida reforma. Radicados en el mismo principio que es

la base del Protestantismo; ocasionados y provocados por el escándalo

de tantas y tan extravagantes sectas que se apellidan cristianas,

empezaron á manifestarse con síntomas de gravedad ya en el mismo siglo

XVI. Andando el tiempo, llegaron á extenderse de un modo terrible,

filtrándose en todos los ramos científicos y literarios, comunicando

su expresión y sabor á los idiomas, y poniendo en peligro todas las

conquistas que en pro de la civilización y cultura había hecho por

espacio de muchos siglos el linaje humano.

En el mismo siglo XVI, en el mismo calor de las disputas y guerras

religiosas encendidas por el Protestantismo, cundía la incredulidad

de un modo alarmante; y es probable que sería más común de lo que

aparentaba, pues que no era fácil quitarse de repente la máscara,

cuando, poco antes, estaban tan profundamente arraigadas las creencias

religiosas. Es muy verosímil que andaría disfrazada la incredulidad con

el manto de la reforma; y que, ora alistándose bajo la bandera de una

secta, ora pasando á la de otra, trataría de enflaquecerlas á todas

para levantar su trono sobre la ruina universal de las creencias.

No es necesario ser muy lógico para pasar del Protestantismo al

Deísmo, y de éste al Ateísmo no hay más que un paso; y es imposible

que, al tiempo de la aparición de los nuevos errores, no hubiese

muchos hombres reflexivos que desenvolviesen el sistema hasta sus

últimas consecuencias. La religión cristiana, tal como la conciben

los protestantes, es una especie de sistema filosófico más ó menos

razonable; pues que, examinada á fondo, pierde el carácter de divina;

y, en tal caso, ¿cómo podrá señorear un ánimo que á la reflexión y á

las meditaciones reuna espíritu de independencia? Y, á decir verdad,

una sola ojeada sobre el comienzo del Protestantismo debía de arrojar

hasta el escepticismo religioso á todos los hombres que, no siendo

fanáticos, no estaban, por otra parte, aferrados con el áncora de la

autoridad de la Iglesia; porque tal es el lenguaje y la conducta de

los corifeos de las sectas, que brota naturalmente en el ánimo una

vehemente sospecha de que aquellos hombres se burlaban completamente de

todas las creencias cristianas; que encubrían su ateísmo ó indiferencia

asentando doctrinas extrañas que pudieran servir de enseña para

reunir prosélitos; que extendían sus escritos con la más insigne mala

fe, encubriendo el pérfido intento de alimentar en el ánimo de sus

secuaces el fanatismo de secta.

Esto es lo que dictaba al padre del célebre Montagne el simple buen

sentido, pues, aunque sólo alcanzó los primeros principios de la

reforma, sabemos que decía: «este principio de enfermedad degenerará en

un execrable ateísmo»; testimonio notable, cuya conservación debemos

á un escritor que, por cierto, no era apocado ni fanático: á su hijo

Montagne. (_Ensayos_, de Montagne, 1. 2, c. 12.) Tal vez no presagiaría

ese hombre, que con tanta cordura juzgaba la verdadera tendencia del

Protestantismo, que fuese su hijo una confirmación de sus predicciones;

porque es bien sabido que Montagne fué uno de los primeros escépticos,

que figuraron con gran nombradía en Europa. Por aquellos tiempos era

menester andar con cuidado en manifestarse ateo ó indiferente, aun

entre los mismos protestantes; pero, aun cuando sea fácil sospechar

que no todos los incrédulos tendrían el atrevimiento de Gruet, por

cierto que no ha de costar trabajo el dar crédito al célebre toledano

Chacón, cuando, al empezar el último tercio del siglo XVII, decía que

la «herejía de los ateístas, de los que nada creen, andaba muy válida

en Francia y en otras partes».

Seguían ocupando la atención de todos los sabios de Europa las

controversias religiosas, y, entre tanto, la gangrena de la

incredulidad avanzaba de un modo espantoso; por manera que, al

promediar el siglo XVI, se conoce que el mal se presentaba bajo un

aspecto alarmante. ¿Quién no ha leído con asombro los profundos

pensamientos de Pascal sobre la indiferencia en materias de religión?

¿quién no ha percibido en ellos aquel acento conmovido, que nace de la

viva impresión causada en el ánimo por la presencia de un mal terrible?

Se conoce que á la sazón estaban ya muy adelantadas las cosas, y que

la incredulidad se hallaba ya muy cercana á poder presentarse como

una escuela que se colocara al lado de las demás que se disputaban la

preferencia en Europa. Con más ó menos disfraz habíase ya presentado

desde mucho tiempo en el socinianismo; pero esto no era bastante,

porque el socinianismo llevaba al menos el nombre de una secta

religiosa, y la religión empezaba á sentirse demasiado fuerte para que

no pudiera apellidarse ya con su propio nombre.

El último tercio del siglo XVII nos presenta una crisis muy notable con

respecto á la religión: crisis que tal vez no ha sido bien reparada,

pero que se dió á conocer por hechos muy palpables. Esta crisis fué

un cansancio de las disputas religiosas marcada en dos tendencias

diametralmente opuestas, y, sin embargo, muy naturales: _la una hacia

el Catolicismo, la otra hacia el Ateísmo_.

Bien sabido es cuánto se había disputado hasta aquella época sobre

la religión: las controversias religiosas eran el gusto dominante,

bastando decir que no formaban solamente la ocupación favorita de los

escolásticos, así católicos como protestantes, sino también de los

sabios seculares; habiendo penetrado esa afición hasta en los palacios

de los príncipes y reyes. Tanta controversia debía naturalmente

descubrir el vicio radical del Protestantismo; y, no pudiendo

mantenerse firme el entendimiento en un terreno tan resbaladizo, había

de esforzarse en salir de él, ó bien llamando en su apoyo el principio

de autoridad, ó bien abandonándose al ateísmo ó á una completa

indiferencia. Estas dos tendencias se hicieron sentir de una manera

nada equívoca; y así es que, mientras Bayle creía la Europa bastante

preparada para que pudiera abrirse ya en medio de ella una cátedra de

incredulidad y de escepticismo, se había entablado seria y animada

correspondencia para la reunión de los disidentes de Alemania al gremio

de la Iglesia católica.

Conocidas son de todos los eruditos las contestaciones que mediaron

entre el luterano Molano, abate de Lockum, y Cristóbal, obispo de

Tyna, y después de Neustad; y para que no faltase un monumento del

carácter grave que habían tomado las negociaciones, se conserva aún la

correspondencia motivada por este asunto, entre dos hombres de los

más insignes que se contaban en Europa en ambas comuniones: Bossuet

y Leibnitz. No había llegado aún el feliz momento, y consideraciones

políticas que debieran desaparecer á la vista de tamaños intereses,

ejercieron maligna influencia sobre la grande alma de Leibnitz, para

que no conservara en el curso de la discusión y de las negociaciones

aquella sinceridad y buena fe y aquella elevación de miras con que al

parecer había comenzado. Aunque no surtiese buen efecto la negociación,

el sólo haberse entablado indica ya bastante que era muy grande el

vacío descubierto en el Protestantismo, cuando los dos hombres más

célebres de su comunión, Molano y Leibnitz, se atrevían ya á dar

pasos tan adelantados: y sin duda debían de ver en la sociedad que

los rodeaba abundantes disposiciones para la reunión al gremio de

la Iglesia, pues no de otra manera se hubieran comprometido en una

negociación de tanta importancia.

Alléguese á todo esto la declaración de la universidad luterana de

Helmstad en favor de la religión católica, y las nuevas tentativas

hechas á favor de la reunión por un príncipe protestante que se dirigió

al Papa Clemente XI, y tendremos vehementes indicios de que la reforma

se sentía ya herida de muerte; y que, si obra tan grande hubiese Dios

querido que tuviera alguna apariencia de depender en algo de la mano

del hombre, tal vez no fuera ya entonces imposible que, á fuerza de la

convicción que de lo ruinoso del sistema protestante se habían formado

sus sabios más ilustres, se adelantase no poco para cicatrizar las

llagas abiertas á la unidad religiosa por los perturbadores del siglo

XVI.

Pero el Eterno, en la altura de sus designios, lo tenía destinado de

otra manera; y, permitiendo que la corriente de los espíritus tomase

la dirección más extraviada y perversa, quiso castigar al hombre con

el fruto de su orgullo. No fué la propensión á la unidad la que dominó

en el siglo inmediato, sino el gusto por una filosofía escéptica,

indiferente con respecto á todas las religiones, pero muy enemiga

en particular de la católica. Cabalmente á la sazón se combinaban

influencias muy funestas para que la tendencia hacia la unidad pudiese

alcanzar su objeto; eran ya innumerables las fracciones en que se

habían dividido y subdividido las sectas protestantes: y esto, si bien

es verdad que debilitaba al Protestantismo, sin embargo, estando él

como estaba difundido por la mayor parte de Europa, había inoculado

el germen de la duda religiosa en la sociedad europea; y, como no

quedaba ya verdad que no hubiera sufrido ataques, ni cabía imaginar

error ni desvarío que no tuviera sus apóstoles y prosélitos, era muy

peligroso que cundiera en los ánimos aquel cansancio y desaliento,

que viene siempre en pos de los grandes esfuerzos hechos inútilmente

para la consecución de un objeto, y aquel fastidio que se engendra con

interminables disputas y chocantes escándalos.

Para colmo de infortunio, para llevar al más alto punto el cansancio y

fastidio, sobrevino una nueva desgracia, que produjo los más funestos

resultados. Combatían con gran denuedo y con notable ventaja los

adalides del Catolicismo contra las innovaciones religiosas de los

protestantes: las lenguas, la historia, la crítica, la filosofía, todo

cuanto tiene de más precioso, de más rico y brillante el humano saber,

todo se había desplegado con el mayor aparato en esa gran palestra; y

los grandes hombres que por doquiera se veían figurar en los puestos

más avanzados de los defensores de la Iglesia católica, parecían

consolarla algún tanto de las lamentables pérdidas que le habían hecho

sufrir las turbulencias del siglo XVI, cuando he aquí que, mientras

estrechaba en sus brazos á tantos hijos predilectos que se gloriaban

de este nombre, notó con pasmosa sorpresa que algunos de éstos se

le presentaban en ademán hostil, bien que solapado: y al través de

palabras mal encubiertas, y de una conducta mal disfrazada, no le

fué difícil reparar que trataban de herirla con herida de muerte.

Protestando siempre la sumisión y la obediencia, pero sin someterse

ni obedecer jamás; resistiendo siempre á la autoridad de la Iglesia,

ensalzando, empero, de continuo esa misma autoridad de origen divino;

encubriendo sagazmente el odio á todas las leyes é instituciones

existentes, con la apariencia del celo por el restablecimiento de la

antigua doctrina; zapando los cimientos de la moral, al paso que se

mostraban entusiastas encarecedores de su pureza; disfrazando con falsa

humildad y afectada modestia la hipocresía y el orgullo, llamando

firmeza á la obstinación, y entereza de conciencia á la ceguedad

refractaria, presentaban esos rebeldes el aspecto más peligroso que

jamás había presentado herejía alguna; y sus palabras de miel, su

estudiado candor, el gusto por la antigüedad, el brillo de erudición

y de saber, hubieran sido parte á deslumbrar á los más avisados, si

desde un principio no se hubiesen distinguido ya los novadores con

el carácter eterno é infalible de toda secta de error: _el odio á la

autoridad_.

Luchaban, empero, de vez en cuando, con los enemigos declarados de

la Iglesia, defendían con mucho aparato de doctrina la verdad de los

sagrados dogmas, citaban con respeto y deferencia los escritos de

los Santos Padres, manifestaban acatar las tradiciones y venerar las

decisiones conciliares y pontificias; y, teniendo siempre la extraña

pretensión de apellidarse católicos, por más que lo desmintieran con

sus palabras y conducta; no abandonando jamás la peregrina ocurrencia,

que tuvieron desde su principio, de negar la existencia de su secta,

ofrecían á los incautos el funesto escándalo de una disensión

dogmática, que parecía estar en el mismo seno del Catolicismo.

Declarábalos herejes la Cabeza de la Iglesia, todos los verdaderos

católicos acataban profundamente la decisión del Vicario de Jesucristo,

y de todos los ángulos del orbe católico se levantaba unánimemente un

grito que pronunciaba anatemas contra quien no escuchara al sucesor de

Pedro; pero ellos, empeñados en negarlo todo, en eludirlo todo, en

tergiversarlo todo, mostrábanse siempre como una porción de católicos

oprimidos por el espíritu de _relajación, de abusos y de intriga_.

Faltaba ese nuevo escándalo para que acabasen de extraviarse los

ánimos, y para que la gangrena fatal que iba cundiendo por la sociedad

europea, se desarrollase con la mayor rapidez, presentando los

síntomas más terribles y alarmantes. Tanto disputar sobre la religión,

tanta muchedumbre y variedad de sectas, tanta animosidad entre los

adversarios que figuraban en la arena, debieron por fin disgustar de

la religión misma á aquellos que no estaban aferrados en el áncora de

la autoridad; y, para que la indiferencia pudiera erigirse en sistema,

el ateísmo en dogma y la impiedad en moda, sólo faltaba un hombre

bastante laborioso para recoger, reunir y presentar en cuerpo los

infinitos materiales que andaban dispersos en tantas obras; que supiera

bañarlos con un tinte filosófico acomodado al gusto que empezaba á

cundir entonces, comunicando al sofisma y á la declamación aquella

fisonomía seductora, aquel giro engañoso, aquel brillo deslumbrador,

que aun en medio de los mayores extravíos se encuentran siempre en las

producciones del genio. Este hombre se presentó: era Bayle; y el ruido

que metió en el mundo su célebre _Diccionario_, y el curso que tuvo

desde luego, manifestaron bien á las claras que el autor había sabido

comprender toda la oportunidad del momento.

El _Diccionario_ de Bayle es una de aquellas obras que, aun

prescindiendo de su mayor ó menor mérito científico y literario,

forman, no obstante, muy notable época; porque se recoge en ellas el

fruto de lo pasado y se desenvuelven con toda claridad los pliegues

de un extenso porvenir. En tales casos no figura el autor tanto por

su mérito, como por haberse sabido colocar en el verdadero puesto

para ser el representante de ideas que de antemano estaban ya muy

esparcidas en la sociedad, por más que anduvieran fluctuantes, sin

dirección fija, como marchando al acaso. El solo nombre del autor

recuerda entonces una vasta historia, porque él es la personificación

de ellas. La publicación de la obra de Bayle puede mirarse como la

inauguración solemne de la cátedra de incredulidad en medio de Europa.

Los sofistas del siglo XVIII tuvieron á la mano un abundante repertorio

para proveerse de toda clase de hechos y argumentos; y, para que

nada faltase, para que pudieran rehabilitar los cuadros envejecidos,

avivarse los colores anublados, y esparcirse por doquiera los encantos

de la imaginación y las agudezas del ingenio; para que no faltara á la

sociedad un director que la condujera por un sendero cubierto de flores

hasta el borde del abismo, apenas había descendido Bayle al sepulcro,

ya brillaba sobre el horizonte literario un mancebo cuyos grandes

talentos competían con su malignidad y osadía: era Voltaire.

Necesario ha sido conducir al lector hasta la época que acabo de

apuntar, porque tal vez no se hubiera imaginado la influencia que tuvo

el Protestantismo en engendrar y arraigar en Europa la irreligión,

el ateísmo, y esa indiferencia fatal que tantos daños acarrea á las

sociedades modernas. No es mi ánimo el tachar de impíos á todos

los protestantes: y reconozco gustoso la entereza y tesón con que

algunos de sus sabios más ilustres se han opuesto al progreso de la

impiedad. No ignoro que los hombres adoptan á veces un principio

cuyas consecuencias rechazan, y que entonces sería una injusticia el

colocarlos en la misma clase de aquellos que defienden á las claras

esas mismas consecuencias; pero también sé que, por más que se resistan

los protestantes á confesar que su sistema conduzca al ateísmo, no deja

por ello de ser muy cierto: pueden exigirme que yo no culpe en este

punto sus intenciones, mas no quejarse de que haya desenvuelto hasta

las últimas consecuencias su principio fundamental, no desviándome

nunca de lo que nos enseñan acordes la filosofía y la historia.

Bosquejar, ni siquiera rápidamente, lo que sucedió en Europa desde

la época de la aparición de Voltaire, sería trabajo por cierto bien

inútil, pues que son tan recientes los hechos y andan tan vulgares

los escritos sobre esa materia, que, si quisiera entrar en ella,

difícilmente podría evitar la nota de copiante. Llenaré, pues, más

cumplidamente mi objeto presentando algunas reflexiones sobre el estado

actual de la religión en los dominios de la pretendida reforma.

En medio de tantos sacudimientos y trastornos, en el vértigo comunicado

á tantas cabezas, cuando han vacilado los cimientos de todas las

sociedades, cuando se han arrancado de cuajo las más robustas y

arraigadas instituciones, cuando la misma verdad católica sólo

ha podido sostenerse con el manifiesto auxilio de la diestra del

Omnipotente, fácil es calcular cuán malparado debe de estar el flaco

edificio del Protestantismo, expuesto, como todo lo demás, á tan recios

y duros ataques.

Nadie ignora las innumerables sectas que hormiguean en toda la

extensión de la Gran Bretaña, la situación deplorable de las creencias

entre los protestantes de Suiza, aun con respecto á los puntos más

capitales; y, para que no quedase ninguna duda sobre el verdadero

estado de la religión protestante en Alemania, es decir, en su país

natal, en aquel país donde se había establecido como en su patrimonio

más predilecto, el ministro protestante barón de Starch ha tenido

cuidado de decirnos que _en Alemania no hay ni un solo punto de la fe

cristiana que no se vea atacado abiertamente por los mismos ministros

protestantes_. Por manera que el verdadero estado del Protestantismo

me parece viva y exactamente retratado en la peregrina ocurrencia de

J. Heyer, ministro protestante: publicó J. Heyer en 1818 una obra que

se titula _Ojeada sobre las confesiones de fe_, y, no sabiendo cómo

desentenderse de los embarazos que para los protestantes presenta la

adopción de un símbolo, propone un expediente muy sencillo, que, por

cierto, allana todas las dificultades, y es: _desecharlos todos_.

El único medio que tiene de conservarse el Protestantismo, es falsear,

en cuanto le sea posible, su principio fundamental; es decir, apartar

á los pueblos de la vía del examen, haciendo que permanezcan adheridos

á las creencias que se les han transmitido con la educación, y no

dejándoles que adviertan la inconsecuencia en que caen, cuando se

someten á la autoridad de un simple particular, mientras resisten á la

autoridad de la Iglesia católica. Pero no es éste cabalmente el camino

que llevan las cosas, y, por más que tal vez se propusieran seguirle

algunos de los protestantes, las solas sociedades bíblicas que con

un ardor digno de mejor causa trabajan para extender entre todas las

clases la lectura de la Biblia, son un poderoso obstáculo para que

pueda adormecerse el ánimo de los pueblos. Esta difusión de la Biblia

es una perenne apelación al examen particular, al espíritu privado;

ella acabará de disolver lo que resta del Protestantismo, bien que,

al propio tiempo, prepara tal vez á las sociedades días de luto y de

llanto. No se ha ocultado todo esto á los protestantes, y algunos de

los más notables entre ellos han levantado ya la voz, y advertido del

peligro.[13]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 13 / 58 题