En contra de la autoridad que trata de ejercer su jurisdicción sobre el
entendimiento, se alegará, sin duda, el adelanto de las sociedades; y
el alto grado de civilización y cultura á que han llegado las naciones
modernas se producirá como un título de justicia para lo que se
apellida emancipación del entendimiento. Á mi juicio, está tan distante
esta réplica de tener algo de sólido, está tan mal cimentada sobre el
hecho en que pretende apoyarse, que, antes bien, del mayor adelanto de
la sociedad debiera inferirse la necesidad más urgente de una regla
viva, tal como lo juzgan indispensable los católicos.
Decir que las sociedades en su infancia y adolescencia hayan podido
necesitar esa autoridad como un freno saludable, pero que este freno se
ha hecho inútil y degradante cuando el entendimiento humano ha llegado
á mayor desarrollo, es desconocer completamente la relación que tienen
con los diferentes estados de nuestro entendimiento, los objetos sobre
que versa semejante autoridad.
La verdadera idea de Dios, el origen, el destino y la norma de conducta
del hombre, y todo el conjunto de medios que Dios le ha proporcionado
para llegar á su alto fin, he aquí los objetos sobre que versa la
fe, y sobre los cuales pretenden los católicos la necesidad de una
regla infalible; sosteniendo que, á no ser así, no fuera dable evitar
los más lamentables extravíos, ni poner la verdad á cubierto de las
cavilaciones humanas.
Esta sencilla consideración bastará para convencer de que el examen
privado sería mucho menos peligroso en pueblos poco adelantados en la
carrera de la civilización, que no en otros que hayan ya adelantado
mucho en ella. En un pueblo cercano á su infancia hay naturalmente un
gran fondo de candor y sencillez, disposiciones muy favorables para
que recibiera con docilidad las lecciones esparcidas en el Sagrado
Texto, saboreándose en las de fácil comprensión, y humillando su frente
ante la sublime obscuridad de aquellos lugares que Dios ha querido
encubrir con el velo del misterio. Hasta su misma posición crearía en
cierto modo una autoridad; pues, como no estuviera aún afectado por
el orgullo y la manía del saber, se habría reducido á muy pocos el
examinar el sentido de las revelaciones hechas por Dios al hombre, y
esto produciría naturalmente un punto céntrico de donde dimanara la
enseñanza.
Pero sucede muy de otra manera en un pueblo adelantado en la carrera
del saber; porque la extensión de los conocimientos á mayor número
de individuos, aumentando el orgullo y la volubilidad, multiplica y
subdivide las sectas en infinitas fracciones, y acaba por trastornar
todas las ideas, y por corromper las tradiciones más puras. El pueblo,
cercano á su infancia, como está exento de la vanidad científica,
entregado á sus ocupaciones sencillas, y apegado á sus antiguas
costumbres, escucha con docilidad y respeto al anciano venerable que,
rodeado de sus hijos y nietos, refiere con tierna emoción la historia y
los consejos que él á su vez había recibido de sus antepasados; pero,
cuando la sociedad ha llegado á mucho desarrollo; cuando, debilitado
el respeto á los padres de familia, se ha perdido la veneración á
las canas; cuando nombres pomposos, aparatos científicos, grandes
bibliotecas, hacen formar al hombre un gran concepto de la fuerza
de su entendimiento; cuando la multiplicación y actividad de las
comunicaciones esparcen á grandes distancias las ideas, y haciéndolas
fermentar por medio del calor que adquieren con el movimiento, les dan
aquella fuerza mágica que señorea los espíritus; entonces es precisa,
indispensable, una autoridad, que, siempre viva, siempre presente,
siempre en disposición de acudir á donde lo exija la necesidad, cubra
con robusta égida el sagrado depósito de las verdades independientes
de tiempos y climas, sin cuyo conocimiento flota eternamente el hombre
á merced de sus errores y caprichos, y marcha con vacilante paso desde
la cuna al sepulcro; aquellas verdades sobre las cuales está sentada
la sociedad como sobre firmísimo cimiento; cimiento que, una vez
conmovido, pierde su aplomo el edificio, oscila, se desmorona, y se cae
á pedazos. La historia literaria y política de Europa de tres siglos
á esta parte nos ofrece demasiadas pruebas de lo que acabo de decir,
siendo de lamentar que cabalmente estalló la revolución religiosa
en el momento en que debía ser más fatal: porque, encontrando á las
sociedades agitadas por la actividad que desplegaba el espíritu humano,
quebrantó el dique, cuando era necesario robustecerle.
Por cierto que no es saludable apocar en demasía á nuestro espíritu,
achacándole defectos que no tenga, ó exagerando aquellos de que en
realidad adolece; pero tampoco es conveniente engreirle sobradamente,
ponderando más de lo que es justo el alcance de sus fuerzas: esto, á
más de serle muy dañoso en diferentes sentidos, es muy poco favorable á
su mismo adelanto; y aun, si bien se mira, es poco conforme al carácter
grave y circunspecto, que ha de ser uno de los distintivos de la
verdadera ciencia. Que la ciencia, si ha de ser digna de este nombre,
no ha de ser tan pueril, que se muestre ufana y vanidosa por aquello
que en realidad no le pertenece como propiedad suya: es menester que
no desconozca los límites que la circunscriben, y que tenga bastante
generosidad y candidez para confesar su flaqueza.
Un hecho hay en la historia de las ciencias, que, al propio tiempo
que revela la intrínseca debilidad del entendimiento, hace palpar lo
mucho que entra de lisonja en los desmedidos elogios que á veces se
le prodigan; infiriéndose de aquí cuán arriesgado sea el abandonarle
del todo á sí mismo, sin ningún género de guía. Consiste este hecho
en las sombras que se van encontrando á medida que nos acercamos á la
investigación de los secretos que rodean los primeros principios de
las ciencias: por manera que, aun hablando de las que más nombradía
tienen por su verdad, evidencia y exactitud, en llegando á profundizar
hasta sus cimientos, parece que se encuentra un terreno poco firme,
resbaladizo, en términos que el entendimiento, sintiéndose poco seguro
y vacilante, retrocede, temeroso de descubrir alguna cosa que lanzara
la incertidumbre y la duda sobre aquellas verdades, en cuya evidencia
se había complacido.
No participo yo del mal humor de Hobbes contra las matemáticas, y,
entusiasta como soy de sus adelantos y profundamente convencido como
estoy de las ventajas que su estudio acarrea á las demás ciencias y
á la sociedad, mal pudiera tratar, ni de disminuir su mérito, ni de
disputarles ninguno de los títulos que las ennoblecen; pero, ¿quién
diría que ni ellas se exceptúan de la regla general? ¿faltan acaso en
ellas puntos débiles, senderos tenebrosos?
Por cierto que, al exponerse los primeros principios de estas ciencias,
consideradas en toda su abstracción, y al deducir las proposiciones
más elementales, camina el entendimiento por un terreno llano,
desembarazado, donde ni se ofrece siquiera la idea de que pueda ocurrir
el más ligero tropiezo. Prescindiré ahora de las sombras que hasta
sobre este camino podrían esparcir la ideología y la metafísica, si se
presentasen á disputar sobre algunos puntos, aun buscando su apoyo en
los escritos de filósofos aventajados; pero, ciñéndonos al círculo en
que naturalmente se encierran las matemáticas, ¿quién de los versados
en ellas ignora que, avanzando en sus teorías, se encuentran ciertos
puntos donde el entendimiento tropieza con una sombra; donde, á
pesar de tener á la vista la demostración, y de haberla empleado en
todas sus partes, se halla como fluctuante, sintiendo un no sé qué de
incertidumbre, de que apenas acierta á darse cuenta á sí propio? ¿Quién
no ha experimentado que, á veces, después de dilatados raciocinios,
al divisar la verdad, se halla uno como si hubiera descubierto la luz
del día, pero después de haber andado largo trecho á obscuras, por un
camino cubierto? Fijando entonces vivamente la atención sobre aquellos
pensamientos que divagan por la mente como exhalaciones momentáneas,
sobre aquellos movimientos casi imperceptibles que en tales casos nacen
y mueren de continuo en nuestra alma, se nota que el entendimiento, en
medio de sus fluctuaciones, extiende la mano sin advertirlo al áncora
que le ofrece la autoridad ajena, y que, para asegurarse, hace desfilar
delante de sus ojos la sombra de algunos matemáticos ilustres, y el
corazón como que se alegra de que aquello esté ya enteramente fuera
de duda, por haberlo visto de una misma manera una serie de hombres
grandes. ¿Y qué? ¿se sublevarán tal vez la ignorancia y el orgullo
contra semejantes reflexiones? Estudiad esas ciencias, ó, cuando menos,
leed su historia, y os convenceréis de que también se encuentran en
ellas abundantes pruebas de la debilidad del entendimiento del hombre.
La portentosa invención de Newton y Leibnitz ¿no encontró en Europa
numerosos adversarios? ¿no necesitó para solidarse bien, el que
pasara algún tiempo, y que la piedra de toque de las aplicaciones
viniese á manifestar la verdad de los principios y la exactitud de los
raciocinios? ¿y creéis, por ventura, que si ahora se presentara de
nuevo esa invención en el campo de las ciencias, hasta suponiéndola
pertrechada de todas las pruebas con que se la ha robustecido, y
rodeada de aquella luz con que la han bañado tantas aclaraciones;
creéis, por ventura, repito, que no necesitaría también de algún
tiempo, para que, afirmada, digámoslo así, con el derecho de
prescripción, alcanzase en sus dominios la tranquilidad y sosiego de
que actualmente disfruta?
Bien se deja sospechar que no les ha de caber á las demás ciencias
escasa parte de esa incertidumbre, que trae su origen de la misma
flaqueza del espíritu humano; y, como quiera que en cuanto á ellas
apenas me parece posible que haya quien trate de contradecirlo, pasaré
á presentar algunas consideraciones sobre el carácter peculiar de las
ciencias morales.
Tal vez no se ha reparado bastante que no hay estudio más engañoso que
el de las verdades morales; y le llamo engañoso, porque, brindando al
investigador con una facilidad aparente, le empeña en pasos en que
apenas se encuentra salida. Son como aquellas aguas tranquilas que
manifiestan poca profundidad, un fondo falso, pero que encierran un
insondable abismo. Familiarizados nosotros con su lenguaje desde la más
tierna infancia; viendo en rededor nuestro sus continuas aplicaciones;
sintiendo que se nos presentan como de bulto, y hallándonos con
cierta facilidad de hablar de repente sobre muchos de sus puntos,
persuadímonos con ligereza de que tampoco nos ha de ser difícil un
estudio profundo de sus más altos principios, y de sus relaciones
más delicadas; y ¡cosa admirable! apenas salimos de la esfera del
sentido común, apenas tratamos de desviarnos de aquellas expresiones
sencillas, las mismas que balbucientes pronunciábamos en el regazo de
nuestra madre, nos hallamos en el más confuso laberinto. Entonces,
si el entendimiento se abandona á sus cavilaciones; si no escucha la
voz del corazón, que le habla con tanta sencillez como elocuencia;
si no templa aquella fogosidad que le comunica el orgullo; si con
loco desvanecimiento no atiende á lo que le prescribe el cuerdo buen
sentido, llega hasta el exceso de despreciar el depósito de aquellas
tan saludables como necesarias verdades que conserva la sociedad para
irlas transmitiendo de generación en generación; y, marchando solo, á
tientas, en medio de las más densas tinieblas, acaba por derrumbarse en
aquellos precipicios de extravagancias y delirios de que la historia
de las ciencias nos ofrece tan repetidos y lamentables ejemplos.
Si bien se observa, se nota una cosa semejante en todas las ciencias;
porque el Criador ha querido que no nos faltaran aquellos conocimientos
que nos eran necesarios para el uso de la vida, y para llegar á
nuestro destino; pero no ha querido complacer nuestra curiosidad,
descubriéndonos verdades que para nada nos eran necesarias. Sin
embargo, en algunas materias ha comunicado al entendimiento cierta
facilidad que le hace capaz de enriquecer de continuo sus dominios;
pero, en orden á las verdades morales, le ha dejado en una esterilidad
completa: lo que necesitaba saber, ó se lo ha grabado con caracteres
muy sencillos é inteligibles en el fondo de su corazón, ó se lo ha
consignado de un modo muy expreso y terminante en el Sagrado Texto,
mostrándole una regla fija en la autoridad de la Iglesia, á donde podía
acudir para aclarar sus dudas; pero, por lo demás, le ha dejado de
manera que, si se trata de cavilar y espaciarse á su capricho, recorre
de continuo un mismo camino, lo hace y deshace mil veces; encontrando
en un extremo el _escepticismo_, en el otro la _verdad pura_.
Algunos ideólogos modernos reclamarán, tal vez, contra reflexiones
semejantes, y mostrarán en contra de esta aserción el fruto de sus
trabajos analíticos. «Cuando no se había descendido al análisis de los
hechos, dirán ellos; cuando se divagaba entre sistemas aéreos, y se
recibían palabras sin examen ni discernimiento, entonces pudiera ser
verdad todo esto; pero ahora, cuando las ideas de bien y mal moral las
hemos aclarado nosotros tan completamente, que hemos deslindado lo
que había en ellas de preocupación y de filosofía; que hemos asentado
todo el sistema de moral sobre principios tan sencillos, como son el
placer y el dolor; que hemos dado en estas materias ideas tan claras,
como son las _varias sensaciones que nos causa una naranja_; ahora,
decir todo esto, es ser ingrato con las ciencias; es desconocer el
fruto de nuestros sudores.» Ni me son desconocidos los trabajos de
algunos nuevos ideólogo-moralistas, ni la engañosa sencillez con que
desenvuelven sus teorías, dando á las más difíciles materias un aspecto
de facilidad y llaneza, que, al parecer, debe de estar todo al alcance
de las inteligencias más limitadas: no es éste el lugar á propósito
para examinar esas teorías, esas investigaciones analíticas; observaré,
no obstante, que, á pesar de tanta sencillez, no parece que se vaya
en pos de ellos ni la sociedad, ni la ciencia; y que sus opiniones,
sin embargo de ser recientes, son ya viejas. Y no es extraño, porque
fácilmente se había de ocurrir que, á pesar de su positivismo, si puedo
valerme de esta palabra, son tan hipotéticos esos ideólogos, como
muchos de los antecesores á quienes ellos motejan y desprecian. Escuela
pequeña y de espíritu limitado, que, sin estar en posesión de la
verdad, no tiene siquiera aquella belleza con que hermosean á otras los
brillantes sueños de grandes hombres; escuela orgullosa y alucinada,
que cree profundizar un hecho, cuando le obscurece, y afianzarle, sólo
porque le asevera; y que, en tratándose de relaciones morales, se
figura que analiza el corazón, sólo porque le descompone y diseca.
Si tal es nuestro entendimiento, si tanta es su flaqueza con respecto
á todas las ciencias, si tanta es su esterilidad en los conocimientos
morales, que no ha podido adelantar un ápice sobre lo que le ha
enseñado la bondadosa Providencia, ¿qué beneficio ha hecho el
Protestantismo á las sociedades modernas, quebrantando la fuerza de la
autoridad, única capaz de poner un dique á lamentables extravíos?[9]