CAPITULO VI

En contra de la autoridad que trata de ejercer su jurisdicción sobre el

entendimiento, se alegará, sin duda, el adelanto de las sociedades; y

el alto grado de civilización y cultura á que han llegado las naciones

modernas se producirá como un título de justicia para lo que se

apellida emancipación del entendimiento. Á mi juicio, está tan distante

esta réplica de tener algo de sólido, está tan mal cimentada sobre el

hecho en que pretende apoyarse, que, antes bien, del mayor adelanto de

la sociedad debiera inferirse la necesidad más urgente de una regla

viva, tal como lo juzgan indispensable los católicos.

Decir que las sociedades en su infancia y adolescencia hayan podido

necesitar esa autoridad como un freno saludable, pero que este freno se

ha hecho inútil y degradante cuando el entendimiento humano ha llegado

á mayor desarrollo, es desconocer completamente la relación que tienen

con los diferentes estados de nuestro entendimiento, los objetos sobre

que versa semejante autoridad.

La verdadera idea de Dios, el origen, el destino y la norma de conducta

del hombre, y todo el conjunto de medios que Dios le ha proporcionado

para llegar á su alto fin, he aquí los objetos sobre que versa la

fe, y sobre los cuales pretenden los católicos la necesidad de una

regla infalible; sosteniendo que, á no ser así, no fuera dable evitar

los más lamentables extravíos, ni poner la verdad á cubierto de las

cavilaciones humanas.

Esta sencilla consideración bastará para convencer de que el examen

privado sería mucho menos peligroso en pueblos poco adelantados en la

carrera de la civilización, que no en otros que hayan ya adelantado

mucho en ella. En un pueblo cercano á su infancia hay naturalmente un

gran fondo de candor y sencillez, disposiciones muy favorables para

que recibiera con docilidad las lecciones esparcidas en el Sagrado

Texto, saboreándose en las de fácil comprensión, y humillando su frente

ante la sublime obscuridad de aquellos lugares que Dios ha querido

encubrir con el velo del misterio. Hasta su misma posición crearía en

cierto modo una autoridad; pues, como no estuviera aún afectado por

el orgullo y la manía del saber, se habría reducido á muy pocos el

examinar el sentido de las revelaciones hechas por Dios al hombre, y

esto produciría naturalmente un punto céntrico de donde dimanara la

enseñanza.

Pero sucede muy de otra manera en un pueblo adelantado en la carrera

del saber; porque la extensión de los conocimientos á mayor número

de individuos, aumentando el orgullo y la volubilidad, multiplica y

subdivide las sectas en infinitas fracciones, y acaba por trastornar

todas las ideas, y por corromper las tradiciones más puras. El pueblo,

cercano á su infancia, como está exento de la vanidad científica,

entregado á sus ocupaciones sencillas, y apegado á sus antiguas

costumbres, escucha con docilidad y respeto al anciano venerable que,

rodeado de sus hijos y nietos, refiere con tierna emoción la historia y

los consejos que él á su vez había recibido de sus antepasados; pero,

cuando la sociedad ha llegado á mucho desarrollo; cuando, debilitado

el respeto á los padres de familia, se ha perdido la veneración á

las canas; cuando nombres pomposos, aparatos científicos, grandes

bibliotecas, hacen formar al hombre un gran concepto de la fuerza

de su entendimiento; cuando la multiplicación y actividad de las

comunicaciones esparcen á grandes distancias las ideas, y haciéndolas

fermentar por medio del calor que adquieren con el movimiento, les dan

aquella fuerza mágica que señorea los espíritus; entonces es precisa,

indispensable, una autoridad, que, siempre viva, siempre presente,

siempre en disposición de acudir á donde lo exija la necesidad, cubra

con robusta égida el sagrado depósito de las verdades independientes

de tiempos y climas, sin cuyo conocimiento flota eternamente el hombre

á merced de sus errores y caprichos, y marcha con vacilante paso desde

la cuna al sepulcro; aquellas verdades sobre las cuales está sentada

la sociedad como sobre firmísimo cimiento; cimiento que, una vez

conmovido, pierde su aplomo el edificio, oscila, se desmorona, y se cae

á pedazos. La historia literaria y política de Europa de tres siglos

á esta parte nos ofrece demasiadas pruebas de lo que acabo de decir,

siendo de lamentar que cabalmente estalló la revolución religiosa

en el momento en que debía ser más fatal: porque, encontrando á las

sociedades agitadas por la actividad que desplegaba el espíritu humano,

quebrantó el dique, cuando era necesario robustecerle.

Por cierto que no es saludable apocar en demasía á nuestro espíritu,

achacándole defectos que no tenga, ó exagerando aquellos de que en

realidad adolece; pero tampoco es conveniente engreirle sobradamente,

ponderando más de lo que es justo el alcance de sus fuerzas: esto, á

más de serle muy dañoso en diferentes sentidos, es muy poco favorable á

su mismo adelanto; y aun, si bien se mira, es poco conforme al carácter

grave y circunspecto, que ha de ser uno de los distintivos de la

verdadera ciencia. Que la ciencia, si ha de ser digna de este nombre,

no ha de ser tan pueril, que se muestre ufana y vanidosa por aquello

que en realidad no le pertenece como propiedad suya: es menester que

no desconozca los límites que la circunscriben, y que tenga bastante

generosidad y candidez para confesar su flaqueza.

Un hecho hay en la historia de las ciencias, que, al propio tiempo

que revela la intrínseca debilidad del entendimiento, hace palpar lo

mucho que entra de lisonja en los desmedidos elogios que á veces se

le prodigan; infiriéndose de aquí cuán arriesgado sea el abandonarle

del todo á sí mismo, sin ningún género de guía. Consiste este hecho

en las sombras que se van encontrando á medida que nos acercamos á la

investigación de los secretos que rodean los primeros principios de

las ciencias: por manera que, aun hablando de las que más nombradía

tienen por su verdad, evidencia y exactitud, en llegando á profundizar

hasta sus cimientos, parece que se encuentra un terreno poco firme,

resbaladizo, en términos que el entendimiento, sintiéndose poco seguro

y vacilante, retrocede, temeroso de descubrir alguna cosa que lanzara

la incertidumbre y la duda sobre aquellas verdades, en cuya evidencia

se había complacido.

No participo yo del mal humor de Hobbes contra las matemáticas, y,

entusiasta como soy de sus adelantos y profundamente convencido como

estoy de las ventajas que su estudio acarrea á las demás ciencias y

á la sociedad, mal pudiera tratar, ni de disminuir su mérito, ni de

disputarles ninguno de los títulos que las ennoblecen; pero, ¿quién

diría que ni ellas se exceptúan de la regla general? ¿faltan acaso en

ellas puntos débiles, senderos tenebrosos?

Por cierto que, al exponerse los primeros principios de estas ciencias,

consideradas en toda su abstracción, y al deducir las proposiciones

más elementales, camina el entendimiento por un terreno llano,

desembarazado, donde ni se ofrece siquiera la idea de que pueda ocurrir

el más ligero tropiezo. Prescindiré ahora de las sombras que hasta

sobre este camino podrían esparcir la ideología y la metafísica, si se

presentasen á disputar sobre algunos puntos, aun buscando su apoyo en

los escritos de filósofos aventajados; pero, ciñéndonos al círculo en

que naturalmente se encierran las matemáticas, ¿quién de los versados

en ellas ignora que, avanzando en sus teorías, se encuentran ciertos

puntos donde el entendimiento tropieza con una sombra; donde, á

pesar de tener á la vista la demostración, y de haberla empleado en

todas sus partes, se halla como fluctuante, sintiendo un no sé qué de

incertidumbre, de que apenas acierta á darse cuenta á sí propio? ¿Quién

no ha experimentado que, á veces, después de dilatados raciocinios,

al divisar la verdad, se halla uno como si hubiera descubierto la luz

del día, pero después de haber andado largo trecho á obscuras, por un

camino cubierto? Fijando entonces vivamente la atención sobre aquellos

pensamientos que divagan por la mente como exhalaciones momentáneas,

sobre aquellos movimientos casi imperceptibles que en tales casos nacen

y mueren de continuo en nuestra alma, se nota que el entendimiento, en

medio de sus fluctuaciones, extiende la mano sin advertirlo al áncora

que le ofrece la autoridad ajena, y que, para asegurarse, hace desfilar

delante de sus ojos la sombra de algunos matemáticos ilustres, y el

corazón como que se alegra de que aquello esté ya enteramente fuera

de duda, por haberlo visto de una misma manera una serie de hombres

grandes. ¿Y qué? ¿se sublevarán tal vez la ignorancia y el orgullo

contra semejantes reflexiones? Estudiad esas ciencias, ó, cuando menos,

leed su historia, y os convenceréis de que también se encuentran en

ellas abundantes pruebas de la debilidad del entendimiento del hombre.

La portentosa invención de Newton y Leibnitz ¿no encontró en Europa

numerosos adversarios? ¿no necesitó para solidarse bien, el que

pasara algún tiempo, y que la piedra de toque de las aplicaciones

viniese á manifestar la verdad de los principios y la exactitud de los

raciocinios? ¿y creéis, por ventura, que si ahora se presentara de

nuevo esa invención en el campo de las ciencias, hasta suponiéndola

pertrechada de todas las pruebas con que se la ha robustecido, y

rodeada de aquella luz con que la han bañado tantas aclaraciones;

creéis, por ventura, repito, que no necesitaría también de algún

tiempo, para que, afirmada, digámoslo así, con el derecho de

prescripción, alcanzase en sus dominios la tranquilidad y sosiego de

que actualmente disfruta?

Bien se deja sospechar que no les ha de caber á las demás ciencias

escasa parte de esa incertidumbre, que trae su origen de la misma

flaqueza del espíritu humano; y, como quiera que en cuanto á ellas

apenas me parece posible que haya quien trate de contradecirlo, pasaré

á presentar algunas consideraciones sobre el carácter peculiar de las

ciencias morales.

Tal vez no se ha reparado bastante que no hay estudio más engañoso que

el de las verdades morales; y le llamo engañoso, porque, brindando al

investigador con una facilidad aparente, le empeña en pasos en que

apenas se encuentra salida. Son como aquellas aguas tranquilas que

manifiestan poca profundidad, un fondo falso, pero que encierran un

insondable abismo. Familiarizados nosotros con su lenguaje desde la más

tierna infancia; viendo en rededor nuestro sus continuas aplicaciones;

sintiendo que se nos presentan como de bulto, y hallándonos con

cierta facilidad de hablar de repente sobre muchos de sus puntos,

persuadímonos con ligereza de que tampoco nos ha de ser difícil un

estudio profundo de sus más altos principios, y de sus relaciones

más delicadas; y ¡cosa admirable! apenas salimos de la esfera del

sentido común, apenas tratamos de desviarnos de aquellas expresiones

sencillas, las mismas que balbucientes pronunciábamos en el regazo de

nuestra madre, nos hallamos en el más confuso laberinto. Entonces,

si el entendimiento se abandona á sus cavilaciones; si no escucha la

voz del corazón, que le habla con tanta sencillez como elocuencia;

si no templa aquella fogosidad que le comunica el orgullo; si con

loco desvanecimiento no atiende á lo que le prescribe el cuerdo buen

sentido, llega hasta el exceso de despreciar el depósito de aquellas

tan saludables como necesarias verdades que conserva la sociedad para

irlas transmitiendo de generación en generación; y, marchando solo, á

tientas, en medio de las más densas tinieblas, acaba por derrumbarse en

aquellos precipicios de extravagancias y delirios de que la historia

de las ciencias nos ofrece tan repetidos y lamentables ejemplos.

Si bien se observa, se nota una cosa semejante en todas las ciencias;

porque el Criador ha querido que no nos faltaran aquellos conocimientos

que nos eran necesarios para el uso de la vida, y para llegar á

nuestro destino; pero no ha querido complacer nuestra curiosidad,

descubriéndonos verdades que para nada nos eran necesarias. Sin

embargo, en algunas materias ha comunicado al entendimiento cierta

facilidad que le hace capaz de enriquecer de continuo sus dominios;

pero, en orden á las verdades morales, le ha dejado en una esterilidad

completa: lo que necesitaba saber, ó se lo ha grabado con caracteres

muy sencillos é inteligibles en el fondo de su corazón, ó se lo ha

consignado de un modo muy expreso y terminante en el Sagrado Texto,

mostrándole una regla fija en la autoridad de la Iglesia, á donde podía

acudir para aclarar sus dudas; pero, por lo demás, le ha dejado de

manera que, si se trata de cavilar y espaciarse á su capricho, recorre

de continuo un mismo camino, lo hace y deshace mil veces; encontrando

en un extremo el _escepticismo_, en el otro la _verdad pura_.

Algunos ideólogos modernos reclamarán, tal vez, contra reflexiones

semejantes, y mostrarán en contra de esta aserción el fruto de sus

trabajos analíticos. «Cuando no se había descendido al análisis de los

hechos, dirán ellos; cuando se divagaba entre sistemas aéreos, y se

recibían palabras sin examen ni discernimiento, entonces pudiera ser

verdad todo esto; pero ahora, cuando las ideas de bien y mal moral las

hemos aclarado nosotros tan completamente, que hemos deslindado lo

que había en ellas de preocupación y de filosofía; que hemos asentado

todo el sistema de moral sobre principios tan sencillos, como son el

placer y el dolor; que hemos dado en estas materias ideas tan claras,

como son las _varias sensaciones que nos causa una naranja_; ahora,

decir todo esto, es ser ingrato con las ciencias; es desconocer el

fruto de nuestros sudores.» Ni me son desconocidos los trabajos de

algunos nuevos ideólogo-moralistas, ni la engañosa sencillez con que

desenvuelven sus teorías, dando á las más difíciles materias un aspecto

de facilidad y llaneza, que, al parecer, debe de estar todo al alcance

de las inteligencias más limitadas: no es éste el lugar á propósito

para examinar esas teorías, esas investigaciones analíticas; observaré,

no obstante, que, á pesar de tanta sencillez, no parece que se vaya

en pos de ellos ni la sociedad, ni la ciencia; y que sus opiniones,

sin embargo de ser recientes, son ya viejas. Y no es extraño, porque

fácilmente se había de ocurrir que, á pesar de su positivismo, si puedo

valerme de esta palabra, son tan hipotéticos esos ideólogos, como

muchos de los antecesores á quienes ellos motejan y desprecian. Escuela

pequeña y de espíritu limitado, que, sin estar en posesión de la

verdad, no tiene siquiera aquella belleza con que hermosean á otras los

brillantes sueños de grandes hombres; escuela orgullosa y alucinada,

que cree profundizar un hecho, cuando le obscurece, y afianzarle, sólo

porque le asevera; y que, en tratándose de relaciones morales, se

figura que analiza el corazón, sólo porque le descompone y diseca.

Si tal es nuestro entendimiento, si tanta es su flaqueza con respecto

á todas las ciencias, si tanta es su esterilidad en los conocimientos

morales, que no ha podido adelantar un ápice sobre lo que le ha

enseñado la bondadosa Providencia, ¿qué beneficio ha hecho el

Protestantismo á las sociedades modernas, quebrantando la fuerza de la

autoridad, única capaz de poner un dique á lamentables extravíos?[9]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 10 / 58 题