CAPITULO VII

Rechazada por el Protestantismo la autoridad de la Iglesia, y

estribando sobre este principio como único cimiento, ha debido buscar

en el hombre todo su apoyo; y, desconocido hasta tal punto el espíritu

humano, y su verdadero carácter, y sus relaciones con las verdades

religiosas y morales, le ha dejado ancho campo para precipitarse, según

la variedad de las situaciones, en dos extremos tan opuestos como son

el _fanatismo_ y la _indiferencia_.

Extraño parecerá quizás enlace semejante, y que extravíos tan opuestos

puedan dimanar de un mismo origen, y, sin embargo, nada hay más cierto;

viniendo en esta parte los ejemplos de la historia á confirmar las

lecciones de la filosofía. Apelando el Protestantismo al solo hombre

en las materias religiosas, no le quedaban sino dos medios de hacerlo:

ó suponerle inspirado del cielo para el descubrimiento de la verdad, ó

sujetar todas las verdades religiosas al examen de la razón; es decir,

ó la _inspiración_ ó la _filosofía_. El someter las verdades religiosas

al fallo de la razón debía acarrear tarde ó temprano la indiferencia,

así como la inspiración particular, ó el espíritu privado, había de

engendrar el fanatismo.

Hay en la historia del espíritu humano un hecho universal y constante,

y es su vehemente inclinación á imaginar sistemas que, prescindiendo

completamente de la realidad de las cosas, ofrezcan tan sólo la

obra de un ingenio, que se ha propuesto apartarse del camino común,

y abandonarse libremente al impulso de sus propias inspiraciones.

La historia de la filosofía apenas presenta otros cuadros que la

repetición perenne de este fenómeno; y, en cuanto cabe en las otras

materias, no ha dejado de reproducirse, bajo una ú otra forma.

Concebida una idea singular, mírala el entendimiento con aquella

predilección exclusiva y ciega, con que suele un padre distinguir á sus

hijos; y, desenvolviéndola con esta preocupación, amolda en ella todos

los hechos, y le ajusta todas las reflexiones. Lo que en un principio

no era más que un pensamiento ingenioso y extravagante, pasa luego á

ser un germen, del cual nacen vastos cuerpos de doctrina; y, si es

ardiente la cabeza donde ha brotado ese pensamiento, si está señoreada

por un corazón lleno de fuego, el calor provoca la fermentación, y ésta

el fanatismo, propagador de todos los delirios.

Acreciéntase singularmente el peligro cuando el nuevo sistema versa

sobre materias religiosas, ó se roza con ellas por relaciones muy

inmediatas: entonces las extravagancias del espíritu alucinado se

transforman en inspiraciones del cielo; la fermentación del delirio,

en una llama divina, y la manía de singularizarse en vocación

extraordinaria. El orgullo, no pudiendo sufrir oposición, se desboca

furioso contra todo lo que encuentra establecido; é insultando la

autoridad, atacando todas las instituciones, y despreciando las

personas, disfraza la más grosera violencia con el manto del celo,

y encubre la ambición con el nombre del apostolado. Más alucinado á

veces que seductor, el miserable maniático llega quizás á persuadirse

profundamente de que son verdaderas sus doctrinas, y de que ha oído la

palabra del cielo; y, presentando en el fogoso lenguaje de la demencia

algo de singular y extraordinario, transmite á sus oyentes una parte de

su locura, y adquiere en breve un considerable número de prosélitos. No

son, á la verdad, muchos los capaces de representar el primer papel en

esa escena de locura; pero, desgraciadamente, los hombres son demasiado

insensatos para dejarse arrastrar por el primero que se arroje atrevido

á acometer la empresa: pues que la historia y la experiencia harto nos

tienen enseñado que, para fascinar un gran número de hombres, basta una

palabra, y que, para formar un partido, por malvado, por extravagante,

por ridículo que sea, no se necesita más que levantar una bandera.

Ahora que se ofrece la oportunidad, quiero dejar consignado aquí un

hecho, que no sé que nadie le haya observado: y es, que la Iglesia

en sus combates con la herejía ha prestado un eminente servicio á la

ciencia que se ocupa en conocer el verdadero carácter, las tendencias

y el alcance del espíritu humano. Celosa depositaria de todas las

grandes verdades, ha procurado siempre conservarlas intactas, y,

conociendo á fondo la debilidad del humano entendimiento, y su

extremada propensión á las locuras y extravagancias, le ha seguido

siempre de cerca los pasos, le ha observado en todos sus movimientos,

rechazando con energía sus impotentes tentativas, cuando él ha tratado

de corromper el purísimo manantial de que era poseedora. En las fuertes

y dilatadas luchas que contra él ha sostenido, ha logrado poner de

manifiesto su incurable locura, ha desenvuelto todos sus pliegues, y

le ha mostrado en todas sus fases: recogiendo en la historia de las

herejías un riquísimo caudal de hechos, un cuadro muy interesante donde

se halla retratado el espíritu humano en sus verdaderas dimensiones,

en su fisonomía característica, en su propio colorido: cuadro de que

se aprovechará, sin duda, el genio á quien esté reservada la grande

obra que está todavía por hacer: _la verdadera historia del espíritu

humano_.[10]

Tocante á extravagancias y delirios del fanatismo, por cierto que no

está nada escasa la historia de Europa de tres siglos á esta parte:

monumentos quedan todavía existentes, y por dondequiera que dirijamos

nuestros pasos, encontraremos que las sectas fanáticas nacidas en el

seno del Protestantismo, y originadas de su principio fundamental, han

dejado impresa una huella de sangre. Nada pudieron contra el torrente

devastador, ni la violencia de carácter de Lutero, ni los furibundos

esfuerzos con que se oponía á cuantos enseñaban doctrinas diferentes

de las suyas: á unas impiedades sucedieron presto otras impiedades;

á unas extravagancias, otras extravagancias; á un fanatismo, otro

fanatismo; quedando luego la falsa reforma fraccionada en tantas

sectas, todas á cual más violentas, cuantas fueron las cabezas que á

la triste fecundidad de engendrar un sistema reunieron un carácter

bastante resuelto para enarbolar una bandera. Ni era posible que de

otro modo sucediese, porque, cabalmente, á más del riesgo que traía

consigo el dejar solo al espíritu humano encarado con todas las

cuestiones religiosas, había una circunstancia que debía acarrear

resultados funestísimos: hablo de la interpretación de los Libros

Santos encomendada al espíritu privado.

Manifestóse entonces con toda evidencia que el mayor abuso es el que se

hace de lo mejor; y que ese libro inefable, donde se halla derramada

tanta luz para el entendimiento, tantos consuelos para el corazón,

es altamente dañoso al espíritu soberbio, que á la terca resolución

de resistir á toda autoridad en materias de fe, añada la ilusoria

persuasión de que la Escritura Sagrada es un libro claro en todas sus

partes, de que no le faltará en todo caso la inspiración del cielo

para la disipación de las dudas que pudieran ofrecerse, ó que recorra

sus páginas con el prurito de encontrar algún texto, que, más ó menos

violentado, pueda prestar apoyo á sutilezas, cavilaciones, ó proyectos

insensatos.

No cabe mayor desacierto que el cometido por los corifeos del

Protestantismo, al poner la Biblia en manos de todo el mundo,

procurando, al mismo tiempo, acreditar la ilusión de que cualquier

cristiano era capaz de interpretarla; no cabe olvido más completo de

lo que es la Sagrada Escritura. Bien es verdad que no quedaba otro

medio al Protestantismo, y que todos los obstáculos que oponía á la

entera libertad en la interpretación del Sagrado Texto eran para él

una inconsecuencia chocante, una apostasía de sus propios principios,

un desconocimiento de su origen; pero esto es su más terminante

condenación; porque, ¿cuáles son los títulos, ni de verdad, ni de

santidad, que podrá presentarnos una religión, que en su principio

fundamental envuelve el germen de las sectas más fanáticas y más

dañosas á la sociedad?

Difícil fuera reunir en breve espacio tantos hechos, tantas

reflexiones, tan convincentes pruebas en contra de ese error

capital del Protestantismo, como ha reunido un mismo protestante.

Es O'Callaghan: y no dudo que el lector me quedará agradecido de

que transcriba aquí sus palabras; dice así: «Llevados los primeros

reformadores de su espíritu de oposición á la Iglesia romana,

reclamaron á voz en grito el derecho de interpretar las Escrituras

conforme al juicio particular de cada uno....; pero, afanados por

emancipar al pueblo de la autoridad del Pontífice romano, proclamaron

este derecho sin explicación ni restricciones, y las consecuencias

fueron _terribles_. Impacientes por minar la base de la jurisdicción

papal, sostuvieron sin limitación alguna que cada individuo tiene

indisputable derecho á interpretar la Sagrada Escritura por sí mismo;

y, como este principio, tomado en toda su extensión, era insostenible,

fué menester, para afirmarle, darle el apoyo de otro principio, cual

es, que la Biblia es un libro fácil, al alcance de todos los espíritus;

que el carácter más inseparable de la revelación divina es una gran

claridad: principios ambos, que, ora se les considere aislados, ora

unidos, son incapaces de sufrir un ataque serio.

»El juicio privado de Munzer descubrió en la Escritura que los títulos

de nobleza y las grandes propiedades son una usurpación impía,

contraria á la natural igualdad de los fieles, é invitó á sus secuaces

á examinar si no era ésta la verdad del hecho: examinaron los sectarios

la cosa, alabaron á Dios, y procedieron en seguida, por medio del

hierro y del fuego, á la extirpación de los impíos, y á apoderarse de

sus propiedades. El juicio privado creyó también haber descubierto en

la Biblia que las leyes establecidas eran una permanente restricción

de la libertad cristiana; y heos aquí que Juan de Leyde tira los

instrumentos de su oficio, se pone á la cabeza de un populacho

fanático, sorprende la ciudad de Múnster, se proclama á sí mismo rey

de Sión, toma catorce mujeres á la vez, asegurando que la poligamia

era una de las libertades cristianas, y el privilegio de los Santos.

Pero, si la criminal locura de los paisanos extranjeros aflige á los

amigos de la humanidad y de una piedad razonable, por cierto que no

es á propósito para consolarlos la historia de Inglaterra, durante un

largo espacio del siglo XVII. En ese período de tiempo, levantáronse

una innumerable muchedumbre de fanáticos, ora juntos, ora unos en pos

de otros, embriagados de doctrinas extravagantes y de pasiones dañinas,

desde el feroz dominio de Fox hasta la metódica locura de Barclay,

desde el formidable fanatismo de Cromwell hasta la necia impiedad de

_Praise-God-Barebones_. La piedad, la razón y el buen sentido parecían

desterrados del mundo, y se habían puesto en su lugar una extravagante

algarabía, un frenesí religioso, un celo insensato: todos citaban la

Escritura, todos pretendían haber tenido inspiraciones, visiones,

arrobos de espíritu; y, á la verdad, con tanto fundamento lo pretendían

unos como otros.

»Sosteníase con mucho rigor que era conveniente abolir el sacerdocio

y la dignidad Real; pues que los sacerdotes eran los servidores de

Satanás, y los reyes eran los delegados de la Prostituta de Babilonia,

y que la existencia de unos y otros era incompatible con el reino del

Redentor. Esos fanáticos condenaban la ciencia como invención pagana,

y las universidades como seminarios de la impiedad anticristiana.

Ni la santidad de sus funciones protegía al obispo, ni la majestad

del trono al rey; uno y otro eran objetos de desprecio y de odio, y

degollados sin compasión por aquellos fanáticos, cuyo único libro era

la Biblia, sin notas ni comentarios. Á la sazón estaba en su mayor

auge el entusiasmo por la oración, la predicación y la lectura de los

Libros Santos; todos oraban, todos predicaban, todos leían, pero nadie

escuchaba. Las mayores atrocidades se las justificaba por la Sagrada

Escritura; en las transacciones más ordinarias de la vida se usaba

el lenguaje de la Sagrada Escritura; de los negocios interiores de

la nación, de sus relaciones exteriores, se trataba con frases de la

Escritura; con la Escritura se tramaban conspiraciones, traiciones,

proscripciones; y todo era, no sólo justificado, sino también

consagrado con citas de la Sagrada Escritura. Estos hechos históricos

han asombrado con frecuencia á los hombres de bien, y consternado á

las almas piadosas; _pero, demasiado embebido el lector en sus propios

sentimientos, olvida la lección encerrada en esta terrible experiencia,

á saber: que la Biblia, sin explicación, ni comentarios, no es para

leída por hombres groseros é ignorantes_.

»La masa del linaje humano ha de contentarse con recibir de _otro_

sus instrucciones, y no le es dado acercarse á los manantiales de la

ciencia. Las verdades más importantes en medicina, en jurisprudencia,

en física, en matemáticas, ha de recibirlas de aquellos que las beben

en los primeros manantiales: y, por lo que toca al Cristianismo, en

general se ha constantemente seguido el mismo método, y siempre que se

le ha dejado hasta cierto punto, _la sociedad se ha conmovido hasta sus

cimientos_.»

No necesitan comentarios esas palabras de O'Callaghan; y por cierto

que no se las podrá tachar ni de hiperbólicas, ni de declamatorias,

no siendo más que una sencilla y verídica narración de hechos harto

sabidos. El solo recuerdo de ellos debería ser bastante para convencer

de los peligros que consigo trae el poner la Sagrada Escritura

sin notas ni comentarios en manos de cualquiera, como lo hace el

Protestantismo, acreditando en cuanto puede el error de que para la

inteligencia del Sagrado Texto es inútil la autoridad de la Iglesia,

y que no necesita más todo cristiano que escuchar lo que le dictarán

con frecuencia sus pasiones y sus delirios. Cuando el Protestantismo

no hubiera cometido otro yerro que éste, bastaría ya para que se

reprobase, se condenase á sí propio, pues que no hace otra cosa una

religión que asienta un principio que la disuelve á ella misma.

Para apreciar en esta parte el desacierto con que procede el

Protestantismo, y la posición falsa y arriesgada en que se ha colocado

con respecto al espíritu humano, no es necesario ser teólogo, ni

católico; basta haber leído la Escritura, aun cuando sea únicamente

con ojos de literato y filósofo. Un libro que, encerrando en breve

cuadro el extenso espacio de cuatro mil años, y adelantándose hasta

las profundidades del más lejano porvenir, comprende el origen

y destinos del hombre y del universo; un libro que, tejiendo la

historia particular de un pueblo escogido, abarca en sus narraciones

y profecías las revoluciones de los grandes imperios; un libro en que

los magníficos retratos donde se presentan la pujanza y el lujoso

esplendor de los monarcas de Oriente, se encuentran al lado de la

fácil pincelada que nos describe la sencillez de las costumbres

domésticas, ó el candor é inocencia de un pueblo en la infancia; un

libro donde narra el historiador, vierte tranquilamente el sabio sus

sentencias, predica el apóstol, enseña y disputa el doctor; un libro

donde un profeta, señoreado por el espíritu divino, truena contra la

corrupción y extravío de un pueblo, anuncia las terribles venganzas

del Dios de Sinaí, llora inconsolable el cautiverio de sus hermanos y

la devastación y soledad de su patria, cuenta en lenguaje peregrino y

sublime los magníficos espectáculos que se desplegaron á sus ojos en

momentos de arrobo, en que, al través de velos sombríos, de figuras

misteriosas, de emblemas obscuros, de apariciones enigmáticas, viera

desfilar ante su vista los grandes sucesos de la sociedad y las

catástrofes de la naturaleza; un libro, ó más bien un conjunto de

libros, donde reinan todos los estilos y campean los más variados

tonos, donde se hallan derramadas y entremezcladas la majestad épica

y la sencillez pastoril, el fuego lírico y la templanza didáctica,

la marcha grave y sosegada de la narración histórica y la rapidez y

viveza del drama; un conjunto de libros escritos en diferentes épocas

y países, en varias lenguas, en circunstancias las más singulares y

extraordinarias, ¿cómo podrá menos de trastrocar la cabeza orgullosa

que recorre á tientas sus páginas, ignorando los climas, los tiempos,

las leyes, los usos y costumbres; abrumada de alusiones que la

confunden, de imágenes que la sorprenden, de idiotismos que la

obscurecen; oyendo hablar en idioma moderno al hebreo ó al griego que

escribieron allá en siglos muy remotos? ¿Qué efectos ha de producir ese

conjunto de circunstancias, creyendo el lector que la Sagrada Escritura

es un libro muy fácil, que se brinda de buen grado á la inteligencia

de cualquiera, y que, en todo caso, si se ofreciere alguna dificultad,

no necesita el que lee de la instrucción de nadie, sino que le bastan

sus propias reflexiones, ó concentrarse dentro de sí mismo para prestar

atento oído á la celeste inspiración que levantará el velo que encubre

los más altos misterios? ¿Quién extrañará que se hayan visto entre los

protestantes tan ridículos visionarios, tan furibundos fanáticos?[11]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 11 / 58 题