Rechazada por el Protestantismo la autoridad de la Iglesia, y
estribando sobre este principio como único cimiento, ha debido buscar
en el hombre todo su apoyo; y, desconocido hasta tal punto el espíritu
humano, y su verdadero carácter, y sus relaciones con las verdades
religiosas y morales, le ha dejado ancho campo para precipitarse, según
la variedad de las situaciones, en dos extremos tan opuestos como son
el _fanatismo_ y la _indiferencia_.
Extraño parecerá quizás enlace semejante, y que extravíos tan opuestos
puedan dimanar de un mismo origen, y, sin embargo, nada hay más cierto;
viniendo en esta parte los ejemplos de la historia á confirmar las
lecciones de la filosofía. Apelando el Protestantismo al solo hombre
en las materias religiosas, no le quedaban sino dos medios de hacerlo:
ó suponerle inspirado del cielo para el descubrimiento de la verdad, ó
sujetar todas las verdades religiosas al examen de la razón; es decir,
ó la _inspiración_ ó la _filosofía_. El someter las verdades religiosas
al fallo de la razón debía acarrear tarde ó temprano la indiferencia,
así como la inspiración particular, ó el espíritu privado, había de
engendrar el fanatismo.
Hay en la historia del espíritu humano un hecho universal y constante,
y es su vehemente inclinación á imaginar sistemas que, prescindiendo
completamente de la realidad de las cosas, ofrezcan tan sólo la
obra de un ingenio, que se ha propuesto apartarse del camino común,
y abandonarse libremente al impulso de sus propias inspiraciones.
La historia de la filosofía apenas presenta otros cuadros que la
repetición perenne de este fenómeno; y, en cuanto cabe en las otras
materias, no ha dejado de reproducirse, bajo una ú otra forma.
Concebida una idea singular, mírala el entendimiento con aquella
predilección exclusiva y ciega, con que suele un padre distinguir á sus
hijos; y, desenvolviéndola con esta preocupación, amolda en ella todos
los hechos, y le ajusta todas las reflexiones. Lo que en un principio
no era más que un pensamiento ingenioso y extravagante, pasa luego á
ser un germen, del cual nacen vastos cuerpos de doctrina; y, si es
ardiente la cabeza donde ha brotado ese pensamiento, si está señoreada
por un corazón lleno de fuego, el calor provoca la fermentación, y ésta
el fanatismo, propagador de todos los delirios.
Acreciéntase singularmente el peligro cuando el nuevo sistema versa
sobre materias religiosas, ó se roza con ellas por relaciones muy
inmediatas: entonces las extravagancias del espíritu alucinado se
transforman en inspiraciones del cielo; la fermentación del delirio,
en una llama divina, y la manía de singularizarse en vocación
extraordinaria. El orgullo, no pudiendo sufrir oposición, se desboca
furioso contra todo lo que encuentra establecido; é insultando la
autoridad, atacando todas las instituciones, y despreciando las
personas, disfraza la más grosera violencia con el manto del celo,
y encubre la ambición con el nombre del apostolado. Más alucinado á
veces que seductor, el miserable maniático llega quizás á persuadirse
profundamente de que son verdaderas sus doctrinas, y de que ha oído la
palabra del cielo; y, presentando en el fogoso lenguaje de la demencia
algo de singular y extraordinario, transmite á sus oyentes una parte de
su locura, y adquiere en breve un considerable número de prosélitos. No
son, á la verdad, muchos los capaces de representar el primer papel en
esa escena de locura; pero, desgraciadamente, los hombres son demasiado
insensatos para dejarse arrastrar por el primero que se arroje atrevido
á acometer la empresa: pues que la historia y la experiencia harto nos
tienen enseñado que, para fascinar un gran número de hombres, basta una
palabra, y que, para formar un partido, por malvado, por extravagante,
por ridículo que sea, no se necesita más que levantar una bandera.
Ahora que se ofrece la oportunidad, quiero dejar consignado aquí un
hecho, que no sé que nadie le haya observado: y es, que la Iglesia
en sus combates con la herejía ha prestado un eminente servicio á la
ciencia que se ocupa en conocer el verdadero carácter, las tendencias
y el alcance del espíritu humano. Celosa depositaria de todas las
grandes verdades, ha procurado siempre conservarlas intactas, y,
conociendo á fondo la debilidad del humano entendimiento, y su
extremada propensión á las locuras y extravagancias, le ha seguido
siempre de cerca los pasos, le ha observado en todos sus movimientos,
rechazando con energía sus impotentes tentativas, cuando él ha tratado
de corromper el purísimo manantial de que era poseedora. En las fuertes
y dilatadas luchas que contra él ha sostenido, ha logrado poner de
manifiesto su incurable locura, ha desenvuelto todos sus pliegues, y
le ha mostrado en todas sus fases: recogiendo en la historia de las
herejías un riquísimo caudal de hechos, un cuadro muy interesante donde
se halla retratado el espíritu humano en sus verdaderas dimensiones,
en su fisonomía característica, en su propio colorido: cuadro de que
se aprovechará, sin duda, el genio á quien esté reservada la grande
obra que está todavía por hacer: _la verdadera historia del espíritu
humano_.[10]
Tocante á extravagancias y delirios del fanatismo, por cierto que no
está nada escasa la historia de Europa de tres siglos á esta parte:
monumentos quedan todavía existentes, y por dondequiera que dirijamos
nuestros pasos, encontraremos que las sectas fanáticas nacidas en el
seno del Protestantismo, y originadas de su principio fundamental, han
dejado impresa una huella de sangre. Nada pudieron contra el torrente
devastador, ni la violencia de carácter de Lutero, ni los furibundos
esfuerzos con que se oponía á cuantos enseñaban doctrinas diferentes
de las suyas: á unas impiedades sucedieron presto otras impiedades;
á unas extravagancias, otras extravagancias; á un fanatismo, otro
fanatismo; quedando luego la falsa reforma fraccionada en tantas
sectas, todas á cual más violentas, cuantas fueron las cabezas que á
la triste fecundidad de engendrar un sistema reunieron un carácter
bastante resuelto para enarbolar una bandera. Ni era posible que de
otro modo sucediese, porque, cabalmente, á más del riesgo que traía
consigo el dejar solo al espíritu humano encarado con todas las
cuestiones religiosas, había una circunstancia que debía acarrear
resultados funestísimos: hablo de la interpretación de los Libros
Santos encomendada al espíritu privado.
Manifestóse entonces con toda evidencia que el mayor abuso es el que se
hace de lo mejor; y que ese libro inefable, donde se halla derramada
tanta luz para el entendimiento, tantos consuelos para el corazón,
es altamente dañoso al espíritu soberbio, que á la terca resolución
de resistir á toda autoridad en materias de fe, añada la ilusoria
persuasión de que la Escritura Sagrada es un libro claro en todas sus
partes, de que no le faltará en todo caso la inspiración del cielo
para la disipación de las dudas que pudieran ofrecerse, ó que recorra
sus páginas con el prurito de encontrar algún texto, que, más ó menos
violentado, pueda prestar apoyo á sutilezas, cavilaciones, ó proyectos
insensatos.
No cabe mayor desacierto que el cometido por los corifeos del
Protestantismo, al poner la Biblia en manos de todo el mundo,
procurando, al mismo tiempo, acreditar la ilusión de que cualquier
cristiano era capaz de interpretarla; no cabe olvido más completo de
lo que es la Sagrada Escritura. Bien es verdad que no quedaba otro
medio al Protestantismo, y que todos los obstáculos que oponía á la
entera libertad en la interpretación del Sagrado Texto eran para él
una inconsecuencia chocante, una apostasía de sus propios principios,
un desconocimiento de su origen; pero esto es su más terminante
condenación; porque, ¿cuáles son los títulos, ni de verdad, ni de
santidad, que podrá presentarnos una religión, que en su principio
fundamental envuelve el germen de las sectas más fanáticas y más
dañosas á la sociedad?
Difícil fuera reunir en breve espacio tantos hechos, tantas
reflexiones, tan convincentes pruebas en contra de ese error
capital del Protestantismo, como ha reunido un mismo protestante.
Es O'Callaghan: y no dudo que el lector me quedará agradecido de
que transcriba aquí sus palabras; dice así: «Llevados los primeros
reformadores de su espíritu de oposición á la Iglesia romana,
reclamaron á voz en grito el derecho de interpretar las Escrituras
conforme al juicio particular de cada uno....; pero, afanados por
emancipar al pueblo de la autoridad del Pontífice romano, proclamaron
este derecho sin explicación ni restricciones, y las consecuencias
fueron _terribles_. Impacientes por minar la base de la jurisdicción
papal, sostuvieron sin limitación alguna que cada individuo tiene
indisputable derecho á interpretar la Sagrada Escritura por sí mismo;
y, como este principio, tomado en toda su extensión, era insostenible,
fué menester, para afirmarle, darle el apoyo de otro principio, cual
es, que la Biblia es un libro fácil, al alcance de todos los espíritus;
que el carácter más inseparable de la revelación divina es una gran
claridad: principios ambos, que, ora se les considere aislados, ora
unidos, son incapaces de sufrir un ataque serio.
»El juicio privado de Munzer descubrió en la Escritura que los títulos
de nobleza y las grandes propiedades son una usurpación impía,
contraria á la natural igualdad de los fieles, é invitó á sus secuaces
á examinar si no era ésta la verdad del hecho: examinaron los sectarios
la cosa, alabaron á Dios, y procedieron en seguida, por medio del
hierro y del fuego, á la extirpación de los impíos, y á apoderarse de
sus propiedades. El juicio privado creyó también haber descubierto en
la Biblia que las leyes establecidas eran una permanente restricción
de la libertad cristiana; y heos aquí que Juan de Leyde tira los
instrumentos de su oficio, se pone á la cabeza de un populacho
fanático, sorprende la ciudad de Múnster, se proclama á sí mismo rey
de Sión, toma catorce mujeres á la vez, asegurando que la poligamia
era una de las libertades cristianas, y el privilegio de los Santos.
Pero, si la criminal locura de los paisanos extranjeros aflige á los
amigos de la humanidad y de una piedad razonable, por cierto que no
es á propósito para consolarlos la historia de Inglaterra, durante un
largo espacio del siglo XVII. En ese período de tiempo, levantáronse
una innumerable muchedumbre de fanáticos, ora juntos, ora unos en pos
de otros, embriagados de doctrinas extravagantes y de pasiones dañinas,
desde el feroz dominio de Fox hasta la metódica locura de Barclay,
desde el formidable fanatismo de Cromwell hasta la necia impiedad de
_Praise-God-Barebones_. La piedad, la razón y el buen sentido parecían
desterrados del mundo, y se habían puesto en su lugar una extravagante
algarabía, un frenesí religioso, un celo insensato: todos citaban la
Escritura, todos pretendían haber tenido inspiraciones, visiones,
arrobos de espíritu; y, á la verdad, con tanto fundamento lo pretendían
unos como otros.
»Sosteníase con mucho rigor que era conveniente abolir el sacerdocio
y la dignidad Real; pues que los sacerdotes eran los servidores de
Satanás, y los reyes eran los delegados de la Prostituta de Babilonia,
y que la existencia de unos y otros era incompatible con el reino del
Redentor. Esos fanáticos condenaban la ciencia como invención pagana,
y las universidades como seminarios de la impiedad anticristiana.
Ni la santidad de sus funciones protegía al obispo, ni la majestad
del trono al rey; uno y otro eran objetos de desprecio y de odio, y
degollados sin compasión por aquellos fanáticos, cuyo único libro era
la Biblia, sin notas ni comentarios. Á la sazón estaba en su mayor
auge el entusiasmo por la oración, la predicación y la lectura de los
Libros Santos; todos oraban, todos predicaban, todos leían, pero nadie
escuchaba. Las mayores atrocidades se las justificaba por la Sagrada
Escritura; en las transacciones más ordinarias de la vida se usaba
el lenguaje de la Sagrada Escritura; de los negocios interiores de
la nación, de sus relaciones exteriores, se trataba con frases de la
Escritura; con la Escritura se tramaban conspiraciones, traiciones,
proscripciones; y todo era, no sólo justificado, sino también
consagrado con citas de la Sagrada Escritura. Estos hechos históricos
han asombrado con frecuencia á los hombres de bien, y consternado á
las almas piadosas; _pero, demasiado embebido el lector en sus propios
sentimientos, olvida la lección encerrada en esta terrible experiencia,
á saber: que la Biblia, sin explicación, ni comentarios, no es para
leída por hombres groseros é ignorantes_.
»La masa del linaje humano ha de contentarse con recibir de _otro_
sus instrucciones, y no le es dado acercarse á los manantiales de la
ciencia. Las verdades más importantes en medicina, en jurisprudencia,
en física, en matemáticas, ha de recibirlas de aquellos que las beben
en los primeros manantiales: y, por lo que toca al Cristianismo, en
general se ha constantemente seguido el mismo método, y siempre que se
le ha dejado hasta cierto punto, _la sociedad se ha conmovido hasta sus
cimientos_.»
No necesitan comentarios esas palabras de O'Callaghan; y por cierto
que no se las podrá tachar ni de hiperbólicas, ni de declamatorias,
no siendo más que una sencilla y verídica narración de hechos harto
sabidos. El solo recuerdo de ellos debería ser bastante para convencer
de los peligros que consigo trae el poner la Sagrada Escritura
sin notas ni comentarios en manos de cualquiera, como lo hace el
Protestantismo, acreditando en cuanto puede el error de que para la
inteligencia del Sagrado Texto es inútil la autoridad de la Iglesia,
y que no necesita más todo cristiano que escuchar lo que le dictarán
con frecuencia sus pasiones y sus delirios. Cuando el Protestantismo
no hubiera cometido otro yerro que éste, bastaría ya para que se
reprobase, se condenase á sí propio, pues que no hace otra cosa una
religión que asienta un principio que la disuelve á ella misma.
Para apreciar en esta parte el desacierto con que procede el
Protestantismo, y la posición falsa y arriesgada en que se ha colocado
con respecto al espíritu humano, no es necesario ser teólogo, ni
católico; basta haber leído la Escritura, aun cuando sea únicamente
con ojos de literato y filósofo. Un libro que, encerrando en breve
cuadro el extenso espacio de cuatro mil años, y adelantándose hasta
las profundidades del más lejano porvenir, comprende el origen
y destinos del hombre y del universo; un libro que, tejiendo la
historia particular de un pueblo escogido, abarca en sus narraciones
y profecías las revoluciones de los grandes imperios; un libro en que
los magníficos retratos donde se presentan la pujanza y el lujoso
esplendor de los monarcas de Oriente, se encuentran al lado de la
fácil pincelada que nos describe la sencillez de las costumbres
domésticas, ó el candor é inocencia de un pueblo en la infancia; un
libro donde narra el historiador, vierte tranquilamente el sabio sus
sentencias, predica el apóstol, enseña y disputa el doctor; un libro
donde un profeta, señoreado por el espíritu divino, truena contra la
corrupción y extravío de un pueblo, anuncia las terribles venganzas
del Dios de Sinaí, llora inconsolable el cautiverio de sus hermanos y
la devastación y soledad de su patria, cuenta en lenguaje peregrino y
sublime los magníficos espectáculos que se desplegaron á sus ojos en
momentos de arrobo, en que, al través de velos sombríos, de figuras
misteriosas, de emblemas obscuros, de apariciones enigmáticas, viera
desfilar ante su vista los grandes sucesos de la sociedad y las
catástrofes de la naturaleza; un libro, ó más bien un conjunto de
libros, donde reinan todos los estilos y campean los más variados
tonos, donde se hallan derramadas y entremezcladas la majestad épica
y la sencillez pastoril, el fuego lírico y la templanza didáctica,
la marcha grave y sosegada de la narración histórica y la rapidez y
viveza del drama; un conjunto de libros escritos en diferentes épocas
y países, en varias lenguas, en circunstancias las más singulares y
extraordinarias, ¿cómo podrá menos de trastrocar la cabeza orgullosa
que recorre á tientas sus páginas, ignorando los climas, los tiempos,
las leyes, los usos y costumbres; abrumada de alusiones que la
confunden, de imágenes que la sorprenden, de idiotismos que la
obscurecen; oyendo hablar en idioma moderno al hebreo ó al griego que
escribieron allá en siglos muy remotos? ¿Qué efectos ha de producir ese
conjunto de circunstancias, creyendo el lector que la Sagrada Escritura
es un libro muy fácil, que se brinda de buen grado á la inteligencia
de cualquiera, y que, en todo caso, si se ofreciere alguna dificultad,
no necesita el que lee de la instrucción de nadie, sino que le bastan
sus propias reflexiones, ó concentrarse dentro de sí mismo para prestar
atento oído á la celeste inspiración que levantará el velo que encubre
los más altos misterios? ¿Quién extrañará que se hayan visto entre los
protestantes tan ridículos visionarios, tan furibundos fanáticos?[11]