CAPITULO V

Tanta verdad es lo que acabo de decir sobre la debilidad del humano

entendimiento, que, aun prescindiendo del aspecto religioso, es muy

notable que la próvida mano del Criador ha depositado en el fondo de

nuestra alma un preservativo contra la excesiva volubilidad de nuestro

espíritu; y preservativo tal, que, sin él, hubiéranse pulverizado

todas las instituciones sociales, ó, más bien, no se hubieran jamás

planteado; sin él, las ciencias no hubieran dado jamás un paso; y, si

llegase jamás á desaparecer del corazón del hombre, el individuo y la

sociedad quedarían sumergidos en el caos. Hablo de cierta inclinación á

deferir á la autoridad; del _instinto de fe_, digámoslo así; instinto

que merece ser examinado con mucha detención, si se quiere conocer

algún tanto el espíritu del hombre, estudiar con provecho la historia

de su desarrollo y progresos, encontrar las causas de muchos fenómenos

extraños, descubrir hermosísimos puntos de vista que ofrece bajo este

aspecto la Religión católica, y palpar, en fin, lo limitado y poco

filosófico del pensamiento que dirige al Protestantismo.

Ya se ha observado muchas veces que no es posible acudir á las

primeras necesidades, ni dar curso á los negocios más comunes, sin

la deferencia á la autoridad de la palabra de otros, sin la fe; y

fácilmente se echa de ver que, sin esa fe, desaparecería todo el caudal

de la historia y de la experiencia; es decir, que se hundiría el

fundamento de todo saber.

Importantes como son estas observaciones, y muy á propósito para

demostrar lo infundado del cargo que se hace á la Religión católica

por sólo exigir fe, no son ellas, sin embargo, las que llaman ahora

mi atención, tratando como trato de presentar la materia bajo otro

aspecto, de colocar la cuestión en otro terreno, donde ganará la verdad

en amplitud é interés, sin perder nada de su inalterable firmeza.

Recorriendo la historia de los conocimientos humanos, y echando

una ojeada sobre las opiniones de nuestros contemporáneos, nótase

constantemente que, aun aquellos hombres que más se precian de espíritu

de examen, y de libertad de pensar, apenas son otra cosa que el eco

de opiniones ajenas. Si se examina atentamente ese grande aparato,

que tanto ruido mete en el mundo con el nombre de ciencia, se notará

que, en el fondo, encierra una gran parte de autoridad; y al momento

que en él se introdujera un espíritu de examen enteramente libre, aun

con respecto á aquellos puntos que sólo pertenecen al raciocinio,

hundiríase en su mayor parte el edificio científico, y serían muy

pocos los que quedarían en posesión de sus misterios. Ningún ramo de

conocimientos se exceptúa de esta regla general, por mucha que sea la

claridad y exactitud de que se gloríe. Ricas como son en evidencia de

principios, rigurosas en sus deducciones, abundantes en observaciones

y experimentos, las ciencias naturales y exactas, ¿no descansan,

acaso, muchas de sus verdades en otras verdades más altas, para cuyo

conocimiento ha sido necesaria aquella delicadeza de observación,

aquella sublimidad de cálculo, aquella ojeada perspicaz y penetrante, á

que alcanza tan sólo un número de hombres muy reducido?

Cuando Newton arrojó en medio del mundo científico el fruto de sus

combinaciones profundas, ¿cuántos eran entre sus discípulos los que

pudieran lisonjearse de estribar en convicciones propias, aun hablando

de aquellos que, á fuerza de mucho trabajo, habían llegado á comprender

algún tanto al grande hombre? Habían seguido al matemático en sus

cálculos, se habían enterado del caudal de datos y experimentos que

exponía á sus consideraciones el naturalista, y habían escuchado las

reflexiones con que apoyaba sus aserciones y conjeturas el filósofo:

creían de esta manera hallarse plenamente convencidos, y no deber

en su asenso nada á la autoridad, sino únicamente á la fuerza de la

evidencia y de las razones: ¿sí? Pues haced que desaparezca entonces

el nombre de Newton, haced que el ánimo se despoje de aquella honda

impresión causada por la palabra de un hombre que se presenta con un

descubrimiento extraordinario, y que para apoyarle despliega un tesoro

de saber que revela un genio prodigioso; quitad, repito, la sombra

de Newton, y veréis que en la mente de su discípulo los principios

vacilan, los razonamientos pierden mucho de su encadenamiento y

exactitud, las observaciones no se ajustan tan bien con los hechos; y

el hombre que se creyera tal vez un examinador completamente imparcial,

un pensador del todo independiente, conocerá, sentirá cuán sojuzgado se

hallaba por la fuerza de la autoridad, por el ascendiente del genio;

conocerá, sentirá que en muchos puntos tenía asenso, mas no convicción,

y que, en vez de ser un filósofo enteramente libre, era un discípulo

dócil y aprovechado.

Apélese confiadamente al testimonio, no de los ignorantes, no de

aquellos que han desflorado ligeramente los estudios científicos, sino

de los verdaderos sabios, de los que han consagrado largas vigilias á

los varios ramos del saber: invíteselos á que se concentren dentro de

sí mismos, á que examinen de nuevo lo que apellidan sus convicciones

científicas; y que se pregunten con entera calma y desprendimiento si,

aun en aquellas materias en que se conceptúan más aventajados, no

sienten repetidas veces sojuzgado su entendimiento por el ascendiente

de algún autor de primer orden, y no han de confesar que, si á

muchas cuestiones de las que tienen más estudiadas les aplicasen con

rigor el método de Descartes, se hallarían con más _creencias_ que

_convicciones_.

Así ha sucedido siempre, y siempre sucederá así: esto tiene raíces

profundas en la íntima naturaleza de nuestro espíritu, y, por lo mismo,

no tiene remedio. Ni tal vez conviene que lo tenga; tal vez entra en

esto mucho de aquel instinto de conservación que Dios con admirable

sabiduría ha esparcido sobre la sociedad; tal vez sirve de fuerte

correctivo á tantos elementos de disolución como ésta abriga en su seno.

Malo es, en verdad, muchas veces, malo es, y muy malo, que el hombre

vaya en pos de la huella de otro hombre; no es raro el que se vean por

esta causa lamentables extravíos; pero peor fuera aún que el hombre

estuviera siempre en actitud de resistencia contra todo otro hombre

para que no le pudiese engañar, y que se generalizase por el mundo la

filosófica manía de querer sujetarlo todo á riguroso examen: ¡pobre

sociedad entonces! ¡pobre hombre! ¡pobres ciencias, si cundiese á todos

los ramos el espíritu de riguroso, de escrupuloso, de independiente

examen!

Admiro el genio de Descartes, reconozco los grandes beneficios que

ha dispensado á las ciencias; pero he pensado más de una vez que, si

por algún tiempo pudiera generalizarse su método de duda, se hundiría

de repente la sociedad; y aun entre los sabios, entre los filósofos

imparciales, me parece que causaría grandes estragos; por lo menos es

cierto que en el mundo científico se aumentaría considerablemente el

número de los orates.

Afortunadamente no hay peligro de que así suceda; y, si el hombre tiene

cierta tendencia á la locura, más ó menos graduada, también posee

un fondo de buen sentido de que no le es posible desprenderse; y la

sociedad, cuando se presentan algunos individuos de cabeza volcánica

que se proponen convertirla en delirante, ó les contesta con burlona

sonrisa, ó, si se deja extraviar por un momento, vuelve luego en sí, y

rechaza con indignación á aquellos que la habían descaminado.

Para quien conozca á fondo el espíritu humano, serán siempre

despreciables vulgaridades esas fogosas declamaciones contra las

preocupaciones del vulgo; contra esa docilidad en seguir á otro hombre,

contra esa facilidad en creerlo todo sin haber examinado nada. Como

si en esto de preocupaciones, en esto de asentir á todo sin examen,

hubiera muchos hombres que no fueran vulgo; como si las ciencias no

estuvieran llenas de suposiciones gratuitas; como si en ellas no

hubiera puntos flaquísimos sobre los cuales estribamos buenamente, cual

en firmísimo é inalterable apoyo.

El derecho de posesión y de prescripción es otra de las singularidades

que ofrecen las ciencias, y es bien digno de notarse que, sin haber

tenido jamás esos nombres, haya sido reconocido este derecho, con

tácito, pero unánime, consentimiento. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo?

Estudiad la historia de las ciencias, y encontraréis á cada paso

confirmada esta verdad. En medio de las eternas disputas que han

dividido á los filósofos, ¿cuál es la causa de que una doctrina antigua

haya opuesto tanta resistencia á una doctrina nueva, y diferido por

mucho tiempo y tal vez impedido completamente su establecimiento?

Es porque la antigua estaba ya en posesión, es porque se hallaba

robustecida por un derecho de prescripción: no importa que no se

usaran esos nombres: el resultado era el mismo; y por esta razón los

inventores se han visto muchas veces menospreciados ó contrariados,

cuando no perseguidos.

Es preciso confesarlo, por más que á ello se resista nuestro orgullo,

y por más que se hayan de escandalizar algunos sencillos admiradores

de los progresos de las ciencias: muchos han sido esos progresos,

anchuroso es el campo por donde se ha espaciado el entendimiento

humano, vastas las órbitas que ha recorrido, y admirables las obras

con que ha dado una prueba de sus fuerzas; pero en todas estas cosas

hay siempre una buena parte de exageración, hay mucho que cercenar,

sobre todo cuando el nombre de ciencia se refiere á las relaciones

morales. De semejantes ponderaciones nada puede deducirse para probar

que nuestro entendimiento sea capaz de marchar con entera agilidad

y desembarazo por toda clase de caminos; nada puede deducirse que

contradiga el hecho que hemos establecido de que el entendimiento

del hombre está sometido casi siempre, aunque sin advertirlo, á la

autoridad de otro hombre.

En cada época se presentan algunos pocos, poquísimos entendimientos

privilegiados, que, alzando su vuelo sobre todos los demás, les

sirven de guía en las diferentes carreras; precipítase tras ellos una

numerosa turba que se apellida sabia, y con los ojos fijos en la enseña

enarbolada va siguiendo afanosa los pasos del aventajado caudillo. Y

¡cosa singular! todos claman por la independencia en la marcha, todos

se precian de seguir aquel rumbo nuevo, como si ellos le hubieran

descubierto, como si avanzaran en él, guiados únicamente por su propia

luz é inspiraciones. Las necesidades, la afición ú otras circunstancias

nos conducen á dedicarnos á este ó aquel ramo de conocimientos;

nuestra debilidad nos está diciendo de continuo que no nos es dada la

fuerza creatriz; y, ya que no podemos ofrecer nada propio, ya que nos

sea imposible abrir un nuevo camino, nos lisonjeamos de que nos cabe

una parte de gloria siguiendo la enseña de algún ilustre caudillo;

y, en medio de tales sueños, llegamos tal vez á persuadirnos de que

no militamos bajo la bandera de nadie, que sólo rendimos homenaje á

nuestras convicciones, cuando en realidad no somos más que prosélitos

de doctrinas ajenas.

En esta parte el sentido común es más cuerdo que nuestra enfermiza

razón; y así es que el lenguaje (esta misteriosa expresión de las

cosas, donde se encuentra tanto fondo de verdad y exactitud sin saber

quién se lo ha comunicado) nos hace una severa reconvención por tan

orgulloso desvanecimiento; y á pesar nuestro llama las cosas por sus

nombres, clasificándonos á nosotros, y á nuestras opiniones, del

modo que corresponde, según el autor á quien hemos seguido por guía.

La historia de las ciencias ¿es acaso más que la historia de los

combates de una escasa porción de aventajados caudillos? Recórranse los

tiempos antiguos y modernos, extiéndase la vista á los varios ramos

de nuestros conocimientos, y se verá un cierto número de escuelas,

planteadas por algún sabio de primer orden, dirigidas luego por otro

que por sus talentos haya sido digno de sucederle; y durando así, hasta

que, cambiadas las circunstancias, falta de espíritu de vida, muere

naturalmente la escuela, ó presentándose algún hombre audaz, animado

de indomable espíritu de independencia, la ataca, y la destruye, para

asentar sobre sus ruinas la nueva cátedra del modo que á él le viniera

en talante.

Cuando Descartes destronó á Aristóteles ¿no se colocó por de pronto

en su lugar? La turba de filósofos que blasonaban de independientes,

pero cuya independencia era desmentida por el título que llevaban de

_Cartesianos_, eran semejantes á los pueblos que en tiempo de revueltas

aclaman libertad, y destronan al antiguo monarca, para someterse

después al hombre bastante osado que recoge el cetro y la diadema que

yacen abandonados al pie del antiguo solio.

Créese en nuestro siglo, como se creyó en el anterior, que marcha el

entendimiento humano con entera independencia; y á fuerza de declamar

contra la autoridad en materias científicas, á fuerza de ensalzar la

libertad del pensamiento, se ha llegado á formar la opinión de que

pasaron ya los tiempos en que la autoridad de un hombre valía algo,

y que ahora ya no obedece cada sabio sino á sus propias é íntimas

convicciones. Allégase á todo esto que, desacreditados los sistemas y

las hipótesis, se ha desplegado grande afición al examen y análisis de

los hechos, y esto ha contribuído á que se figuren muchos que, no sólo

ha desaparecido completamente la autoridad en las ciencias, sino que

hasta ha llegado á hacerse imposible.

Á primera vista, bien pudiera esto parecer verdad; pero, si damos en

torno de nosotros una atenta mirada, notaremos que no se ha logrado

otra cosa sino aumentar algún tanto el número de los jefes, y reducir

la duración de su mando. Éste es verdadero tiempo de revueltas, y tal

vez de revolución literaria y científica, semejante en un todo á la

política, en que se imaginan los pueblos que disfrutan más libertad,

sólo porque ven el mando distribuído en mayor número de manos, y porque

tienen más anchura para deshacerse con frecuencia de los gobernantes,

haciendo pedazos como á tiranos á los que antes apellidaran padres y

libertadores; bien que, después de su primer arrebato, dejan el campo

libre para que se presenten otros hombres á ponerles un freno, tal vez

un poco más brillante, pero no menos recio y molesto. Á más de los

ejemplos que nos ofrecería en abundancia la historia de las letras de

un siglo á esta parte, ¿no vemos ahora mismo unos nombres substituídos

á otros nombres, unos directores del entendimiento humano substituídos

á otros directores?

En el terreno de la política, donde al parecer más debiera campear

el espíritu de libertad, ¿no son contados los hombres que marchan al

frente? ¿no los distinguimos tan claro como á los generales de ejército

en campaña? En la arena parlamentaria ¿vemos acaso otra cosa que dos ó

tres cuerpos de combatientes que hacen sus evoluciones á las órdenes

del respectivo caudillo con la mayor regularidad y disciplina? ¡Oh!

¡cuán bien comprenderán estas verdades aquellos que se hallan elevados

á tal altura! Ellos que conocen nuestra flaqueza, ellos que saben que

para engañar á los hombres bastan por lo común las palabras, ellos

habrán sentido mil veces asomar en sus labios la sonrisa, cuando,

al contemplar engreídos el campo de sus triunfos, al verse rodeados

de una turba preciada de inteligente que los admiraba y aclamaba con

entusiasmo, habrán oído á algunos de sus más fervientes y más devotos

prosélitos cuál blasonaban de ilimitada libertad de pensar, de completa

independencia en las opiniones y en los votos.

Tal es el hombre; tal nos le muestran la historia y la experiencia de

cada día. La inspiración del genio, esa fuerza sublime que eleva el

entendimiento de algunos seres privilegiados, ejercerá siempre, no sólo

sobre los sencillos é ignorantes, sino también sobre el común de los

sabios, una acción fascinadora. ¿Dónde está, pues, el ultraje que hace

á la razón humana la Religión católica, cuando, al propio tiempo que le

presenta los títulos que prueban su divinidad, le exige la fe? ¿Esa fe

que el hombre dispensa tan fácilmente á otro hombre, en todas materias,

aun en aquellas en que más presume de sabio, no podrá prestarla sin

mengua de su dignidad á la Iglesia católica? ¿Será un insulto hecho

á su razón el señalarle una norma fija, que le asegure con respecto

á los puntos que más le importan, dejándole, por otra parte, amplia

libertad de pensar lo que más le agrade sobre aquel mundo que Dios

ha entregado á las disputas de los hombres? Con esto ¿hace acaso más

la Iglesia que andar muy de acuerdo con las lecciones de la más alta

filosofía, manifestar un profundo conocimiento del espíritu humano, y

librarle de tantos males como le acarrea su volubilidad é inconstancia,

su veleidoso orgullo, combinados de un modo extraño con esa facilidad

increíble de deferir á la palabra de otro hombre? ¿Quién no ve que con

ese sistema de la Religión católica se pone un dique al espíritu de

_proselitismo_ que tantos daños ha causado á la sociedad? Ya que el

hombre tiene esa irresistible tendencia á seguir los pasos de otro, ¿no

hace un gran beneficio á la humanidad la Iglesia católica, señalándole

de un modo seguro el camino por donde debe andar, si quiere seguir las

pisadas de un Hombre-Dios? ¿No pone de esta manera muy á cubierto la

dignidad humana, librando, al propio tiempo, de terrible naufragio los

conocimientos más necesarios al individuo y á la sociedad?[8]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 9 / 58 题