Esa idea fija, esa voluntad entera, ese plan tan sabio y constante, ese
sistema tan trabado, esa conducta tan regular y coherente, ese marchar
siempre con seguro paso hacia objeto y fin determinado, ese admirable
conjunto reconocido y confesado por M. Guizot, y que tanto honra á
la Iglesia católica, mostrando su profunda sabiduría y revelando la
altura de su origen, no ha sido nunca imitado por el Protestantismo,
ni en bien, ni en mal; porque, según llevo ya demostrado, no puede
presentar un solo pensamiento del que tenga derecho á decir: _esto es
mío_. Se ha querido apropiar el principio de examen privado en materias
de fe, y algunos de sus adversarios tal vez no se han resistido mucho
á adjudicárselo, por no reconocer en él otro elemento que pudiera
llamarse constitutivo; y, además, por reparar que, si de haber
engendrado tal principio quisiera gloriarse, sería semejante á aquellos
padres insensatos que labran su propia ignominia, haciendo gala de
tener hijos de pésima índole, y, díscolos en conducta. Es falso,
sin embargo, que tal principio sea hijo suyo; antes al contrario,
más bien podría decirse que el principio de examen ha engendrado el
Protestantismo, pues que este principio se halla ya en el seno de
todas las sectas, y se le reconoce como germen de todos los errores:
por manera que, al proclamar los protestantes el examen privado, no
hicieron más que ceder á la necesidad que es común á todas las sectas
separadas de la Iglesia.
Nada hubo en esto de plan, nada de previsión, nada de sistema: la
simple resistencia á la autoridad de la Iglesia envolvía la necesidad
de un examen privado sin límites, la erección del entendimiento en
juez único; y así fué desde un principio enteramente inútil toda la
oposición que á las consecuencias y aplicaciones de tal examen hicieron
los corifeos protestantes: roto el dique, no es posible contener las
aguas.
«El derecho de examinar lo que debe creerse, dice una famosa dama
protestante (De l'Allemagne, par Mad. Staël, 4.^e partie, chap. 2), es
el principio fundamental del Protestantismo. _No lo entienden así los
primeros reformadores; creían poder fijar las columnas del espíritu
humano_ en los términos de sus propias luces; pero mal podían esperar
que sus decisiones fuesen recibidas como infalibles, cuando ellos
negaban este género de autoridad á la Religión católica.» Semejante
resistencia por parte de ellos sólo sirvió á manifestar que no
abrigaban ninguna de aquellas ideas que, si extravían el entendimiento,
muestran al menos en cierto modo la generosidad y nobleza del corazón;
y de ellos no podrá decir el entendimiento humano que le descaminasen
con la mira de hacerle andar con mayor libertad. «La revolución
religiosa del siglo XVI, dice M. Guizot, _no conoció los verdaderos
principios de la libertad intelectual_; emancipaba el pensamiento, y
todavía se empeñaba en gobernarlo por medio de la ley.»
Pero en vano lucha el hombre contra la fuerza entrañada por la misma
naturaleza de las cosas; en vano fué que el Protestantismo quisiera
poner límites á la extensión del principio de examen, y que á veces
levantase tan alto la voz, y aun descargase su brazo con tal fuerza,
que no parecía sino que trataba de aniquilarle. El espíritu de examen
privado estaba en su mismo seno, allí perseveraba, allí se desenvolvía,
allí obraba, aun á pesar suyo: no tenía medio el Protestantismo: ó
echarse en brazos de la autoridad, es decir, reconocer su extravío,
ó dejar al principio disolvente que ejerciera su acción, haciendo
desaparecer de entre las sectas separadas hasta la sombra de la
religion de Jesucristo, y viniendo á poner el Cristianismo en la clase
de las escuelas filosóficas. Dado una vez el grito de resistencia á la
autoridad de la Iglesia, pudiéronse muy bien calcular los funestos
resultados: fué desde luego muy fácil prever que, desenvuelto, el
maligno germen traía consigo la ruina de todas las verdades cristianas.
¿Y cómo era posible que no se desenvolviese rápidamente ese germen, en
un suelo donde era tan viva la fermentación? Señalaron á voz en grito
los católicos la gravedad é inminencia del riesgo; y en obsequio de la
verdad es menester confesar que tampoco se ocultó á la previsión de
algunos protestantes. ¿Quién ignora las explícitas confesiones que se
oyeron ya desde un principio, y se han oído después, de boca de sus
hombres más distinguidos? Los grandes talentos nunca se han hallado
bien con el Protestantismo; siempre han encontrado en él un inmenso
vacío: y por esta causa se los ha visto propender, ó á la irreligión, ó
á la unidad católica.
El tiempo, ese gran juez de todas las opiniones, ha venido á confirmar
el acierto de tan tristes pronósticos: y actualmente han llegado ya
las cosas á tal extremo, que es necesario, ó estar muy escaso de
instrucción, ó tener muy limitados alcances, para no conocer que la
Religión cristiana, tal como la explican los protestantes, es una
opinión, y no más; es un sistema formado de mil partes incoherentes, y
que pone el Cristianismo al nivel de las escuelas filosóficas. Y nadie
debe extrañar que parezca aventajarse algún tanto á ellas, y conserve
ciertos rasgos que dan á su fisonomía algo que no se encuentra en lo
que es puramente excogitado por el entendimiento del hombre; ¿sabéis
de dónde nace todo esto? Nace de aquella sublimidad de la doctrina, de
aquella santidad de moral, que, más ó menos desfiguradas, resplandecen
siempre en todo cuanto conserva algún vestigio de la palabra de
Jesucristo. Pero el endeble resplandor que queda luchando con las
sombras después que ha desaparecido del horizonte el astro luminoso, no
puede compararse con la luz del día; las sombras avanzan, se extienden,
y, ahogando el débil reflejo, acaban por sumir la tierra en obscuridad
tenebrosa.
Tal es la doctrina del Cristianismo entre los protestantes: con sólo
dar una ojeada á sus sectas se conoce que ni son meramente filosóficas,
ni tienen los caracteres de religión verdadera: el Cristianismo
está entre ellas sin una autoridad, y por esto parece un viviente
separado de su elemento, un árbol secado en su raíz; por esto presenta
la fisonomía pálida y desfigurada de un semblante que no está ya
animado por el soplo de vida. Habla el Protestantismo de la fe, y
su principio fundamental la hiere de muerte; ensalza el Evangelio,
y el mismo principio hace vacilar su autoridad, pues que le deja
abandonado al discernimiento del hombre; y, si pondera la santidad y
pureza de Jesucristo, ocurre desde luego que en algunas de las sectas
disidentes se le despoja de su divinidad, y que todas podrían hacerlo
muy bien, sin faltar al único principio que les sirve de punto de
apoyo. Y, una vez negada, ó puesta en duda, la divinidad de Jesucristo,
queda, cuando más, colocado en la clase de los grandes filósofos y
legisladores, pierde la autoridad necesaria para dar á sus leyes
aquella augusta sanción que tan respetables las hace á los mortales,
no puede imprimirles aquel sello que tanto las eleva sobre todos
los pensamientos humanos, y no se ofrecen ya sus consejos sublimes
como otras tantas lecciones que fluyen de los labios de la sabiduría
increada.
Quitando al espíritu humano el punto de apoyo de una autoridad, ¿en
qué podrá afianzarse? ¿no queda abandonado á merced de sus sueños y
delirios? ¿no se le abre de nuevo la tenebrosa é intrincada senda de
interminables disputas que condujo á un caos á los filósofos de las
antiguas escuelas? Aquí no hay réplica, y en esto andan acordes la
razón y la experiencia: substituído á la autoridad de la Iglesia el
examen privado de los protestantes, todas las grandes cuestiones sobre
la divinidad y el hombre quedan sin resolver; todas las dificultades
permanecen en pie; y, flotando entre sombras el entendimiento humano,
sin divisar una luz que pueda servirle de guía segura, abrumado por
la gritería de cien escuelas que disputan de continuo sin aclarar
nada, cae en aquel desaliento y postración en que le había encontrado
el Cristianismo, y del que le había levantado á costa de grandes
esfuerzos. La duda, el pirronismo, la indiferencia, serán entonces el
patrimonio de los talentos más aventajados; las teorías vanas, los
sistemas hipotéticos, los sueños, formarán el entretenimiento de los
sabios comunes; la superstición y las monstruosidades serán el pábulo
de los ignorantes.
Y entonces, ¿qué habría adelantado la humanidad? ¿qué habría hecho el
Cristianismo sobre la tierra? Afortunadamente para el humano linaje,
no ha quedado la Religión cristiana abandonada al torbellino de las
sectas protestantes; y en la autoridad de la Iglesia católica ha
tenido siempre anchurosa base donde ha encontrado firme asiento para
resistir á los embates de las cavilaciones y errores. Si así no fuera,
¿á dónde habría ya parado? La sublimidad de sus dogmas, la sabiduría
de sus preceptos, la unción de sus consejos, ¿serían acaso más que
bellos sueños contados en lenguaje encantador por un sabio filósofo?
Sí, es preciso repetirlo: sin la autoridad de la Iglesia nada queda de
seguro en la fe, es dudosa la divinidad de Jesucristo, es disputable su
misión, es decir, que desaparece completamente la Religión cristiana;
porque, en no pudiendo ella ofrecernos sus títulos celestiales, en no
pudiendo darnos completa certeza de que ha bajado del seno del Eterno,
que sus palabras son palabras del mismo Dios, que se dignó aparecer
sobre la tierra para la salud de los hombres, ya no tiene derecho
á exigirnos acatamiento. Colocada en la serie de los pensamientos
puramente humanos, deberá someterse á nuestro fallo como las demás
opiniones de los hombres; en el tribunal de la filosofía podrá sostener
sus doctrinas como más ó menos razonables, pero siempre tendrá la
desventaja de habernos querido engañar, de habérsenos presentado como
divina, cuando no era más que humana; y al empezarse la discusión sobre
la verdad de su sistema de doctrinas, siempre tendrá en contra de sí
una terrible presunción, cual es, el que, con respecto á su origen,
habrá sido una impostora.
Gloríanse los protestantes de la independencia de su entendimiento, y
achacan á la Religión católica el que viola los derechos más sagrados,
pues que, exigiendo sumisión, ultraja la dignidad del hombre. Cuando
se declama en este sentido, vienen muy á propósito las exageraciones
sobre las fuerzas de nuestro entendimiento, y no se necesita más que
echar mano de algunas imágenes seductoras, pronunciando las palabras de
_atrevido vuelo_, de _hermosas alas_, y otras semejantes, para dejar
completamente alucinados á los lectores vulgares.
Goce enhorabuena de sus derechos el espíritu del hombre, gloríese de
poseer la centella divina que apellidamos entendimiento, recorra ufano
la naturaleza, y, observando los demás seres que le rodean, note con
complacencia la inmensa altura á que sobre todos ellos se encuentra
elevado; colóquese en el centro de las obras con que ha embellecido
su morada, y señale como muestras de su grandeza y poder las
transformaciones que se ejecutan dondequiera que estampare su huella,
llegando, á fuerza de inteligencia y de gallarda osadía, á dirigir y
señorear la naturaleza; mas, por reconocer la dignidad y elevación
de nuestro espíritu mostrándonos agradecidos al beneficio que nos ha
dispensado el Criador, ¿deberemos llegar hasta el extremo de olvidar
nuestros defectos y debilidad? ¿Á qué engañarnos á nosotros mismos,
queriendo persuadirnos de que sabemos lo que en realidad ignoramos? ¿Á
qué olvidar la inconstancia y volubilidad de nuestro espíritu? ¿Á qué
disimularnos que en muchas materias, aun de aquellas que son objeto de
las ciencias humanas, se abruma y confunde nuestro entendimiento, y
que hay mucho de ilusión en nuestro saber, mucho de hiperbólico en la
ponderación de los adelantos de nuestros conocimientos? ¿No viene un
día á desmentir lo que asentamos otro día? ¿no viene de continuo el
curso de los tiempos burlando todas nuestras previsiones, deshaciendo
nuestros planes, y manifestando lo aéreo de nuestros proyectos?
¿Qué nos han dicho en todos tiempos aquellos genios privilegiados
á quienes fué concedido descender hasta los cimientos de nuestras
creencias, alzarse con brioso vuelo hasta la región de las más sublimes
inspiraciones, y tocar, por decirlo así, los confines del espacio que
puede recorrer el entendimiento humano? Sí, los grandes sabios de todos
tiempos, después de haber tanteado los senderos más ocultos de la
ciencia, después de haberse arrojado á seguir los rumbos más atrevidos,
que en el orden moral y físico se presentaban á su actividad y osadía
en el anchuroso mar de las investigaciones, todos vuelven de sus
viajes llevando en su fisonomía aquella expresión de desagrado, fruto
natural de muy vivos desengaños; todos nos dicen que se ha deshojado
á su vista una bella ilusión, que se ha desvanecido como una sombra
la hermosa imagen que tanto los hechizaba; todos refieren que en el
momento en que se figuraban que iban á entrar en un cielo inundado de
luz, han descubierto con espanto una región de tinieblas, han conocido
con asombro que se hallaban en una nueva ignorancia. Y por esta causa
todos á una miran con tanta desconfianza las fuerzas del entendimiento,
ellos que tienen un sentimiento íntimo que no les deja dudar de que las
fuerzas del suyo exceden á las de los otros hombres. «Las ciencias,
dice profundamente Pascal, tienen dos extremos que se tocan: el primero
es la pura ignorancia natural, en que se encuentran los hombres al
nacer; el otro es aquel en que se hallan las grandes almas, que,
habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber, encuentran que
_no saben nada_.»
El Catolicismo dice al hombre: «Tu entendimiento es muy flaco, y en
muchas cosas necesita un apoyo y una guía»; y el Protestantismo le
dice: «La luz te rodea, marcha por do quieras, no hay para ti mejor
guía que tú mismo». ¿Cuál de las dos religiones está de acuerdo con las
lecciones de la más alta filosofía?
Ya no debe, pues, parecer extraño que los talentos más grandes que
ha tenido el Protestantismo, todos hayan sentido cierta propensión á
la Religión católica, y que no haya podido ocultárseles la profunda
sabiduría que se encierra en el pensamiento de sujetar en algunas
materias el entendimiento humano al fallo de una autoridad irrecusable.
Y en efecto: mientras se encuentre una autoridad que en su origen, en
su establecimiento, en su conservación, en su doctrina y conducta,
reuna todos los títulos que puedan acreditarla de divina, ¿qué adelanta
el entendimiento con no querer sujetarse á ella? ¿qué alcanza divagando
á merced de sus ilusiones, en gravísimas materias, siguiendo caminos
donde no encuentra otra cosa que recuerdos de extravíos, escarmientos y
desengaños?
Si tiene el espíritu del hombre un concepto demasiado alto de sí mismo,
estudie su propia historia, y en ella verá, palpará, que, abandonado
á sus solas fuerzas, tiene muy poca garantía de acierto. Fecundo
en sistemas, inagotable en cavilaciones, tan rápido en conseguir
un pensamiento como poco á propósito para madurarle; semillero de
ideas que nacen, hormiguean y se destruyen unas á otras, como los
insectos que rebullen en un lago; alzándose tal vez en alas de sublime
inspiración, y arrastrándose luego como el reptil que surca el polvo
con su pecho; tan hábil é impetuoso para destruir las obras ajenas como
incapaz de dar á las suyas una construcción sólida y duradera; empujado
por la violencia de las pasiones, desvanecido por el orgullo, abrumado
y confundido por tanta variedad de objetos como se le presentan en
todas direcciones, deslumbrado por tantas luces falsas, y engañosas
apariencias; abandonado enteramente á sí mismo, el corazón humano
presenta la imagen de una centella inquieta y vivaz, que recorre sin
rumbo fijo la inmensidad de los cielos, traza en su vario y rápido
curso mil extrañas figuras, siembra en el rastro de su huella mil
chispas relumbrantes, encanta un momento la vista con su resplandor,
su agilidad y sus caprichos, y desaparece luego en la obscuridad,
sin dejar en la inmensa extensión de su camino una ráfaga de luz para
esclarecer las tinieblas de la noche.
Ahí está la historia de nuestros conocimientos: en ese inmenso depósito
donde se hallan en confusa mezcla las verdades y los errores, la
sabiduría y la necedad, el juicio y la locura; ahí se encontrarán
abundantes pruebas de lo que acabo de afirmar: ellas saldrán en mi
abono, si se quisiera tacharme de haber recargado el cuadro.[7]