CAPITULO IV

Esa idea fija, esa voluntad entera, ese plan tan sabio y constante, ese

sistema tan trabado, esa conducta tan regular y coherente, ese marchar

siempre con seguro paso hacia objeto y fin determinado, ese admirable

conjunto reconocido y confesado por M. Guizot, y que tanto honra á

la Iglesia católica, mostrando su profunda sabiduría y revelando la

altura de su origen, no ha sido nunca imitado por el Protestantismo,

ni en bien, ni en mal; porque, según llevo ya demostrado, no puede

presentar un solo pensamiento del que tenga derecho á decir: _esto es

mío_. Se ha querido apropiar el principio de examen privado en materias

de fe, y algunos de sus adversarios tal vez no se han resistido mucho

á adjudicárselo, por no reconocer en él otro elemento que pudiera

llamarse constitutivo; y, además, por reparar que, si de haber

engendrado tal principio quisiera gloriarse, sería semejante á aquellos

padres insensatos que labran su propia ignominia, haciendo gala de

tener hijos de pésima índole, y, díscolos en conducta. Es falso,

sin embargo, que tal principio sea hijo suyo; antes al contrario,

más bien podría decirse que el principio de examen ha engendrado el

Protestantismo, pues que este principio se halla ya en el seno de

todas las sectas, y se le reconoce como germen de todos los errores:

por manera que, al proclamar los protestantes el examen privado, no

hicieron más que ceder á la necesidad que es común á todas las sectas

separadas de la Iglesia.

Nada hubo en esto de plan, nada de previsión, nada de sistema: la

simple resistencia á la autoridad de la Iglesia envolvía la necesidad

de un examen privado sin límites, la erección del entendimiento en

juez único; y así fué desde un principio enteramente inútil toda la

oposición que á las consecuencias y aplicaciones de tal examen hicieron

los corifeos protestantes: roto el dique, no es posible contener las

aguas.

«El derecho de examinar lo que debe creerse, dice una famosa dama

protestante (De l'Allemagne, par Mad. Staël, 4.^e partie, chap. 2), es

el principio fundamental del Protestantismo. _No lo entienden así los

primeros reformadores; creían poder fijar las columnas del espíritu

humano_ en los términos de sus propias luces; pero mal podían esperar

que sus decisiones fuesen recibidas como infalibles, cuando ellos

negaban este género de autoridad á la Religión católica.» Semejante

resistencia por parte de ellos sólo sirvió á manifestar que no

abrigaban ninguna de aquellas ideas que, si extravían el entendimiento,

muestran al menos en cierto modo la generosidad y nobleza del corazón;

y de ellos no podrá decir el entendimiento humano que le descaminasen

con la mira de hacerle andar con mayor libertad. «La revolución

religiosa del siglo XVI, dice M. Guizot, _no conoció los verdaderos

principios de la libertad intelectual_; emancipaba el pensamiento, y

todavía se empeñaba en gobernarlo por medio de la ley.»

Pero en vano lucha el hombre contra la fuerza entrañada por la misma

naturaleza de las cosas; en vano fué que el Protestantismo quisiera

poner límites á la extensión del principio de examen, y que á veces

levantase tan alto la voz, y aun descargase su brazo con tal fuerza,

que no parecía sino que trataba de aniquilarle. El espíritu de examen

privado estaba en su mismo seno, allí perseveraba, allí se desenvolvía,

allí obraba, aun á pesar suyo: no tenía medio el Protestantismo: ó

echarse en brazos de la autoridad, es decir, reconocer su extravío,

ó dejar al principio disolvente que ejerciera su acción, haciendo

desaparecer de entre las sectas separadas hasta la sombra de la

religion de Jesucristo, y viniendo á poner el Cristianismo en la clase

de las escuelas filosóficas. Dado una vez el grito de resistencia á la

autoridad de la Iglesia, pudiéronse muy bien calcular los funestos

resultados: fué desde luego muy fácil prever que, desenvuelto, el

maligno germen traía consigo la ruina de todas las verdades cristianas.

¿Y cómo era posible que no se desenvolviese rápidamente ese germen, en

un suelo donde era tan viva la fermentación? Señalaron á voz en grito

los católicos la gravedad é inminencia del riesgo; y en obsequio de la

verdad es menester confesar que tampoco se ocultó á la previsión de

algunos protestantes. ¿Quién ignora las explícitas confesiones que se

oyeron ya desde un principio, y se han oído después, de boca de sus

hombres más distinguidos? Los grandes talentos nunca se han hallado

bien con el Protestantismo; siempre han encontrado en él un inmenso

vacío: y por esta causa se los ha visto propender, ó á la irreligión, ó

á la unidad católica.

El tiempo, ese gran juez de todas las opiniones, ha venido á confirmar

el acierto de tan tristes pronósticos: y actualmente han llegado ya

las cosas á tal extremo, que es necesario, ó estar muy escaso de

instrucción, ó tener muy limitados alcances, para no conocer que la

Religión cristiana, tal como la explican los protestantes, es una

opinión, y no más; es un sistema formado de mil partes incoherentes, y

que pone el Cristianismo al nivel de las escuelas filosóficas. Y nadie

debe extrañar que parezca aventajarse algún tanto á ellas, y conserve

ciertos rasgos que dan á su fisonomía algo que no se encuentra en lo

que es puramente excogitado por el entendimiento del hombre; ¿sabéis

de dónde nace todo esto? Nace de aquella sublimidad de la doctrina, de

aquella santidad de moral, que, más ó menos desfiguradas, resplandecen

siempre en todo cuanto conserva algún vestigio de la palabra de

Jesucristo. Pero el endeble resplandor que queda luchando con las

sombras después que ha desaparecido del horizonte el astro luminoso, no

puede compararse con la luz del día; las sombras avanzan, se extienden,

y, ahogando el débil reflejo, acaban por sumir la tierra en obscuridad

tenebrosa.

Tal es la doctrina del Cristianismo entre los protestantes: con sólo

dar una ojeada á sus sectas se conoce que ni son meramente filosóficas,

ni tienen los caracteres de religión verdadera: el Cristianismo

está entre ellas sin una autoridad, y por esto parece un viviente

separado de su elemento, un árbol secado en su raíz; por esto presenta

la fisonomía pálida y desfigurada de un semblante que no está ya

animado por el soplo de vida. Habla el Protestantismo de la fe, y

su principio fundamental la hiere de muerte; ensalza el Evangelio,

y el mismo principio hace vacilar su autoridad, pues que le deja

abandonado al discernimiento del hombre; y, si pondera la santidad y

pureza de Jesucristo, ocurre desde luego que en algunas de las sectas

disidentes se le despoja de su divinidad, y que todas podrían hacerlo

muy bien, sin faltar al único principio que les sirve de punto de

apoyo. Y, una vez negada, ó puesta en duda, la divinidad de Jesucristo,

queda, cuando más, colocado en la clase de los grandes filósofos y

legisladores, pierde la autoridad necesaria para dar á sus leyes

aquella augusta sanción que tan respetables las hace á los mortales,

no puede imprimirles aquel sello que tanto las eleva sobre todos

los pensamientos humanos, y no se ofrecen ya sus consejos sublimes

como otras tantas lecciones que fluyen de los labios de la sabiduría

increada.

Quitando al espíritu humano el punto de apoyo de una autoridad, ¿en

qué podrá afianzarse? ¿no queda abandonado á merced de sus sueños y

delirios? ¿no se le abre de nuevo la tenebrosa é intrincada senda de

interminables disputas que condujo á un caos á los filósofos de las

antiguas escuelas? Aquí no hay réplica, y en esto andan acordes la

razón y la experiencia: substituído á la autoridad de la Iglesia el

examen privado de los protestantes, todas las grandes cuestiones sobre

la divinidad y el hombre quedan sin resolver; todas las dificultades

permanecen en pie; y, flotando entre sombras el entendimiento humano,

sin divisar una luz que pueda servirle de guía segura, abrumado por

la gritería de cien escuelas que disputan de continuo sin aclarar

nada, cae en aquel desaliento y postración en que le había encontrado

el Cristianismo, y del que le había levantado á costa de grandes

esfuerzos. La duda, el pirronismo, la indiferencia, serán entonces el

patrimonio de los talentos más aventajados; las teorías vanas, los

sistemas hipotéticos, los sueños, formarán el entretenimiento de los

sabios comunes; la superstición y las monstruosidades serán el pábulo

de los ignorantes.

Y entonces, ¿qué habría adelantado la humanidad? ¿qué habría hecho el

Cristianismo sobre la tierra? Afortunadamente para el humano linaje,

no ha quedado la Religión cristiana abandonada al torbellino de las

sectas protestantes; y en la autoridad de la Iglesia católica ha

tenido siempre anchurosa base donde ha encontrado firme asiento para

resistir á los embates de las cavilaciones y errores. Si así no fuera,

¿á dónde habría ya parado? La sublimidad de sus dogmas, la sabiduría

de sus preceptos, la unción de sus consejos, ¿serían acaso más que

bellos sueños contados en lenguaje encantador por un sabio filósofo?

Sí, es preciso repetirlo: sin la autoridad de la Iglesia nada queda de

seguro en la fe, es dudosa la divinidad de Jesucristo, es disputable su

misión, es decir, que desaparece completamente la Religión cristiana;

porque, en no pudiendo ella ofrecernos sus títulos celestiales, en no

pudiendo darnos completa certeza de que ha bajado del seno del Eterno,

que sus palabras son palabras del mismo Dios, que se dignó aparecer

sobre la tierra para la salud de los hombres, ya no tiene derecho

á exigirnos acatamiento. Colocada en la serie de los pensamientos

puramente humanos, deberá someterse á nuestro fallo como las demás

opiniones de los hombres; en el tribunal de la filosofía podrá sostener

sus doctrinas como más ó menos razonables, pero siempre tendrá la

desventaja de habernos querido engañar, de habérsenos presentado como

divina, cuando no era más que humana; y al empezarse la discusión sobre

la verdad de su sistema de doctrinas, siempre tendrá en contra de sí

una terrible presunción, cual es, el que, con respecto á su origen,

habrá sido una impostora.

Gloríanse los protestantes de la independencia de su entendimiento, y

achacan á la Religión católica el que viola los derechos más sagrados,

pues que, exigiendo sumisión, ultraja la dignidad del hombre. Cuando

se declama en este sentido, vienen muy á propósito las exageraciones

sobre las fuerzas de nuestro entendimiento, y no se necesita más que

echar mano de algunas imágenes seductoras, pronunciando las palabras de

_atrevido vuelo_, de _hermosas alas_, y otras semejantes, para dejar

completamente alucinados á los lectores vulgares.

Goce enhorabuena de sus derechos el espíritu del hombre, gloríese de

poseer la centella divina que apellidamos entendimiento, recorra ufano

la naturaleza, y, observando los demás seres que le rodean, note con

complacencia la inmensa altura á que sobre todos ellos se encuentra

elevado; colóquese en el centro de las obras con que ha embellecido

su morada, y señale como muestras de su grandeza y poder las

transformaciones que se ejecutan dondequiera que estampare su huella,

llegando, á fuerza de inteligencia y de gallarda osadía, á dirigir y

señorear la naturaleza; mas, por reconocer la dignidad y elevación

de nuestro espíritu mostrándonos agradecidos al beneficio que nos ha

dispensado el Criador, ¿deberemos llegar hasta el extremo de olvidar

nuestros defectos y debilidad? ¿Á qué engañarnos á nosotros mismos,

queriendo persuadirnos de que sabemos lo que en realidad ignoramos? ¿Á

qué olvidar la inconstancia y volubilidad de nuestro espíritu? ¿Á qué

disimularnos que en muchas materias, aun de aquellas que son objeto de

las ciencias humanas, se abruma y confunde nuestro entendimiento, y

que hay mucho de ilusión en nuestro saber, mucho de hiperbólico en la

ponderación de los adelantos de nuestros conocimientos? ¿No viene un

día á desmentir lo que asentamos otro día? ¿no viene de continuo el

curso de los tiempos burlando todas nuestras previsiones, deshaciendo

nuestros planes, y manifestando lo aéreo de nuestros proyectos?

¿Qué nos han dicho en todos tiempos aquellos genios privilegiados

á quienes fué concedido descender hasta los cimientos de nuestras

creencias, alzarse con brioso vuelo hasta la región de las más sublimes

inspiraciones, y tocar, por decirlo así, los confines del espacio que

puede recorrer el entendimiento humano? Sí, los grandes sabios de todos

tiempos, después de haber tanteado los senderos más ocultos de la

ciencia, después de haberse arrojado á seguir los rumbos más atrevidos,

que en el orden moral y físico se presentaban á su actividad y osadía

en el anchuroso mar de las investigaciones, todos vuelven de sus

viajes llevando en su fisonomía aquella expresión de desagrado, fruto

natural de muy vivos desengaños; todos nos dicen que se ha deshojado

á su vista una bella ilusión, que se ha desvanecido como una sombra

la hermosa imagen que tanto los hechizaba; todos refieren que en el

momento en que se figuraban que iban á entrar en un cielo inundado de

luz, han descubierto con espanto una región de tinieblas, han conocido

con asombro que se hallaban en una nueva ignorancia. Y por esta causa

todos á una miran con tanta desconfianza las fuerzas del entendimiento,

ellos que tienen un sentimiento íntimo que no les deja dudar de que las

fuerzas del suyo exceden á las de los otros hombres. «Las ciencias,

dice profundamente Pascal, tienen dos extremos que se tocan: el primero

es la pura ignorancia natural, en que se encuentran los hombres al

nacer; el otro es aquel en que se hallan las grandes almas, que,

habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber, encuentran que

_no saben nada_.»

El Catolicismo dice al hombre: «Tu entendimiento es muy flaco, y en

muchas cosas necesita un apoyo y una guía»; y el Protestantismo le

dice: «La luz te rodea, marcha por do quieras, no hay para ti mejor

guía que tú mismo». ¿Cuál de las dos religiones está de acuerdo con las

lecciones de la más alta filosofía?

Ya no debe, pues, parecer extraño que los talentos más grandes que

ha tenido el Protestantismo, todos hayan sentido cierta propensión á

la Religión católica, y que no haya podido ocultárseles la profunda

sabiduría que se encierra en el pensamiento de sujetar en algunas

materias el entendimiento humano al fallo de una autoridad irrecusable.

Y en efecto: mientras se encuentre una autoridad que en su origen, en

su establecimiento, en su conservación, en su doctrina y conducta,

reuna todos los títulos que puedan acreditarla de divina, ¿qué adelanta

el entendimiento con no querer sujetarse á ella? ¿qué alcanza divagando

á merced de sus ilusiones, en gravísimas materias, siguiendo caminos

donde no encuentra otra cosa que recuerdos de extravíos, escarmientos y

desengaños?

Si tiene el espíritu del hombre un concepto demasiado alto de sí mismo,

estudie su propia historia, y en ella verá, palpará, que, abandonado

á sus solas fuerzas, tiene muy poca garantía de acierto. Fecundo

en sistemas, inagotable en cavilaciones, tan rápido en conseguir

un pensamiento como poco á propósito para madurarle; semillero de

ideas que nacen, hormiguean y se destruyen unas á otras, como los

insectos que rebullen en un lago; alzándose tal vez en alas de sublime

inspiración, y arrastrándose luego como el reptil que surca el polvo

con su pecho; tan hábil é impetuoso para destruir las obras ajenas como

incapaz de dar á las suyas una construcción sólida y duradera; empujado

por la violencia de las pasiones, desvanecido por el orgullo, abrumado

y confundido por tanta variedad de objetos como se le presentan en

todas direcciones, deslumbrado por tantas luces falsas, y engañosas

apariencias; abandonado enteramente á sí mismo, el corazón humano

presenta la imagen de una centella inquieta y vivaz, que recorre sin

rumbo fijo la inmensidad de los cielos, traza en su vario y rápido

curso mil extrañas figuras, siembra en el rastro de su huella mil

chispas relumbrantes, encanta un momento la vista con su resplandor,

su agilidad y sus caprichos, y desaparece luego en la obscuridad,

sin dejar en la inmensa extensión de su camino una ráfaga de luz para

esclarecer las tinieblas de la noche.

Ahí está la historia de nuestros conocimientos: en ese inmenso depósito

donde se hallan en confusa mezcla las verdades y los errores, la

sabiduría y la necedad, el juicio y la locura; ahí se encontrarán

abundantes pruebas de lo que acabo de afirmar: ellas saldrán en mi

abono, si se quisiera tacharme de haber recargado el cuadro.[7]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 8 / 58 题