La proposición sentada al fin del capítulo anterior me sugiere un
corolario, que, si no me engaño, ofrece una nueva demostración de la
divinidad de la Iglesia católica.
Se ha observado como cosa muy admirable la duración de la Iglesia
católica por espacio de 18 siglos, y eso á pesar de tantos y tan
poderosos adversarios; pero quizá no se ha notado bastante que,
atendida la índole del espíritu humano, uno de los grandes prodigios
que presenta sin cesar la Iglesia, es la unidad de doctrina en medio
de toda clase de enseñanza, y abrigando siempre en su seno un número
considerable de sabios.
Llamo muy particularmente sobre este punto la atención de todos los
hombres pensadores; y estoy seguro de que, aun cuando yo no acierte
á desenvolver cual merece este pensamiento, encontrarán ellos aquí
un germen de muy graves reflexiones. Tal vez se acomodará también
este modo de mirar la Iglesia, al gusto de ciertos lectores, pues
prescindiré enteramente de los caracteres que se rocen con la
revelación, y consideraré el Catolicismo, no como religión divina, sino
como escuela filosófica.
Nadie que haya saludado la historia de las letras, me podrá negar que,
en todos tiempos, haya tenido la Iglesia en su seno hombres ilustres
por su sabiduría. En los primeros siglos, la historia de los Padres de
la Iglesia es la historia de los sabios de primer orden, en Europa, en
África y en Asia; después de la irrupción de los bárbaros, el catálogo
de los hombres que conservaron algo del antiguo saber, no es más que un
catálogo de eclesiásticos; y, por lo que toca á los tiempos modernos,
no es dable señalar un solo ramo de los conocimientos humanos, en que
no figuren en primera línea un número considerable de católicos. Es
decir, que, de 18 siglos á esta parte, hay una serie no interrumpida
de sabios, que son católicos, ó que están acordes en un cuerpo de
doctrina formado de la reunión de las verdades enseñadas por la Iglesia
católica. Prescindiendo ahora de los caracteres de divinidad que la
distinguen, y considerándola únicamente como una escuela, ó una secta
cualquiera, puede asegurarse que presenta en el hecho que acabo de
consignar, un fenómeno tan extraordinario, que, ni es posible hallarle
semejante en otra parte, ni es dable explicarle como comprendido en el
orden regular de las cosas.
Seguramente que no es nuevo en la historia del espíritu humano, el que
una doctrina, más ó menos razonable, haya sido profesada algún tiempo
por un cierto número de hombres ilustrados y sabios: este espectáculo
lo hemos presenciado en las sectas filosóficas antiguas y modernas;
pero que una doctrina se haya sostenido por espacio de muchos siglos,
conservando adictos á ella á sabios de todos tiempos y países, y
sabios, por otra parte, muy discordes en sus opiniones particulares,
muy diferentes en costumbres, muy opuestos tal vez en intereses y muy
divididos por sus rivalidades, este fenómeno es nuevo, es único, sólo
se encuentra en la Iglesia católica. Exigir fe, unidad en la doctrina,
y fomentar de continuo la enseñanza, y provocar la discusión sobre
toda clase de materias; incitar y estimular el examen de los mismos
cimientos en que estriba la fe, preguntando para ello á las lenguas
antiguas, á los monumentos de los tiempos más remotos, á los documentos
de la historia, á los descubrimientos de las ciencias observadoras, á
las lecciones de las más elevadas y analíticas; presentarse siempre con
generosa confianza en medio de esos grandes liceos donde una sociedad,
rica de talentos y de saber, reune como en focos de luz todo cuanto
le han legado los tiempos anteriores, y lo demás que ella ha podido
reunir con sus trabajos, he aquí lo que ha hecho siempre, y está
haciendo todavía, la Iglesia; y, sin embargo, la vemos perseverar firme
en su fe, en su unidad de doctrina, rodeada de hombres ilustres, cuyas
frentes, ceñidas de los laureles literarios ganados en cien palestras,
se le humillan serenas y tranquilas, sin que lo tengan á mengua, sin
que crean que deslustren las brillantes aureolas que resplandecen sobre
sus cabezas.
Los que miran el Catolicismo como una de tantas sectas que han
aparecido sobre la tierra, será menester que busquen algún hecho que
se parezca á éste; será menester que nos expliquen cómo la Iglesia
puede de continuo presentarnos ese fenómeno, que tan en oposición
se encuentra con la innata volubilidad del espíritu humano; será
necesario que nos digan cómo la Iglesia romana ha podido realizar este
prodigio, y qué imán secreto tiene en sus manos el Sumo Pontífice para
que él pueda hacer lo que no ha podido otro hombre. Los que inclinan
respetuosamente sus frentes al oir la palabra salida del Vaticano;
los que abandonan su propio parecer para sujetarse á lo que les dicta
un hombre que se apellida _Papa_, no son tan sólo los sencillos é
ignorantes: miradlos bien: en sus frentes altivas descubriréis el
sentimiento de sus propias fuerzas, y en sus ojos vivos y penetrantes
veréis que se trasluce la llama del genio que oscila en su mente. En
ellos reconoceréis á los mismos que han ocupado los primeros puestos
de las academias europeas, que han llenado el mundo con la fama de
sus nombres: nombres transmitidos á las generaciones venideras entre
corrientes de oro. Recorred la historia de todos los tiempos, viajad
por todos los países del orbe, y, si encontráis en ninguna parte un
conjunto tan extraordinario, el saber unido con la fe, el genio sumiso
á la autoridad, la discusión hermanada con la unidad, presentadle:
habréis hecho un descubrimiento importante; habréis ofrecido á la
ciencia un nuevo fenómeno que explicar: ¡ah! esto os será imposible,
bien lo sabéis; y por esto apelaréis á nuevos efugios, por esto
procuraréis obscurecer con cavilaciones la luz de una observación que
sugiere á una razón imparcial, y hasta al sentido común, la legítima
consecuencia de que en la Iglesia católica hay algo que no se encuentra
en otra parte.
«Estos hechos, dirán los adversarios, son ciertos; las reflexiones que
sobre ellos se han emitido no dejan de ser deslumbradoras; pero, bien
analizada la materia, desaparecerán todas las dificultades que pueden
presentarse por la extrañeza que causa el haberse verificado en la
Iglesia un hecho que no se ha verificado en ninguna secta. Si bien se
mira, cuanto hasta aquí se lleva alegado, sólo prueba que en la Iglesia
ha habido siempre un sistema determinado, que, apoyado en un punto
fijo, ha podido ser realizado con uniforme regularidad. En la Iglesia
se ha conocido que el origen de la fuerza está en la unión, que para
esta unión era necesario establecer _unidad_ en la doctrina, y que para
conservar esta _unidad_ era necesaria la sumisión á la autoridad. Esto
una vez conocido, se ha establecido el principio de sumisión, y se le
ha conservado invariablemente: he aquí explicado el fenómeno; en esto
no negaremos que haya sabiduría profunda, que haya un plan vasto, un
sistema singular; pero nada podréis inferir en pro de la divinidad del
Catolicismo.»
Esto es lo que se responderá, porque es lo único que se puede
responder; pero fácil es de notar que, á pesar de esa respuesta, queda
la dificultad en todo su vigor. Resulta siempre en claro que hay una
sociedad sobre la tierra, que por espacio de 18 siglos ha sido siempre
dirigida por un principio constante, fijo; una sociedad que ha logrado
que se adhiriesen á este principio hombres eminentes de todos tiempos
y países, y, por tanto, permanece siempre en pie todo el embarazo que
ofrecen á los adversarios las siguientes preguntas: ¿Cómo es que sólo
la Iglesia ha tenido este principio? ¿cómo es que á sólo ella se le
haya ocurrido tal pensamiento? ¿cómo es que, si ha ocurrido á otra
secta, ninguna lo haya podido poner en planta? ¿cómo es que todas
las sectas filosóficas hayan desaparecido unas en pos de otras, y la
Iglesia no? ¿cómo es que las otras religiones, si han querido conservar
alguna unidad, han tenido siempre que huir de la luz, y esquivar la
discusión, y envolverse en negras sombras; y la Iglesia haya siempre
conservado su _unidad_, buscando la luz, y no ocultando sus libros,
no escaseando la enseñanza, sino fundando por todas partes colegios,
universidades y demás establecimientos, donde pudiesen reunirse y
concentrarse todos los resplandores de la erudición y del saber?
No basta decir que hay un sistema, un plan: la dificultad está en la
misma existencia de ese sistema, de ese plan; la dificultad está en
explicar cómo se han podido concebir y ejecutar. Si se tratase de pocos
hombres reunidos en ciertas circunstancias, en determinados tiempos y
países, para la ejecución de un proyecto limitado á breve espacio, no
habría aquí nada de particular; pero se trata de 18 siglos, se trata de
todos los países, de las circunstancias más variadas, más diferentes,
más opuestas; se trata de hombres que no han podido avenirse, ni
concertarse. ¿Cómo se explica todo esto? Si no es más que un sistema,
un plan humano, ¿qué hay de misterioso en esa ciudad de Roma, que
así reune en torno suyo á tantos hombres ilustres de todos tiempos y
países? Si el Pontífice de Roma no es más que el jefe de una secta,
¿cómo es que de tal modo alcanza á fascinar el mundo? ¿se habría visto
jamás un mago que ejecutase extrañeza más estupenda? ¿No hace ya mucho
tiempo que se declama contra su _despotismo religioso_? ¿por qué, pues,
no ha habido otro hombre que le haya arrebatado el cetro? ¿por qué no
se ha erigido otra cátedra que disputase á la suya la preeminencia,
y se mantuviese en igual esplendor y poderío? ¿Es acaso por su poder
material? Es muy limitado, y no podría medir sus armas con ninguna
potencia de Europa. ¿Es por el carácter particular, por la ciencia,
por las virtudes de los hombres que han ocupado el solio pontificio?
Pero, ¿cómo es posible que en el espacio de 18 siglos no hayan tenido
infinita variedad los caracteres de los Papas, y muy diferentes
graduaciones su ciencia y sus virtudes? Á quien no sea católico, á
quien no viere en el Pontífice romano al Vicario de Jesucristo, aquella
_piedra_ sobre la cual edificó Jesucristo la Iglesia, la duración de su
autoridad ha de parecerle el más extraordinario de los fenómenos, ha de
ofrecérsele como una de las cuestiones más dignas de proponerse á la
ciencia que se ocupa en la historia del espíritu humano la siguiente:
¿cómo es posible que por espacio de tantos siglos haya podido existir
una serie no interrumpida de sabios, que no se hayan apartado de la
doctrina de la Cátedra de Roma?
Al comparar M. Guizot el Protestantismo con la Iglesia romana, parece
que la fuerza de esta verdad conmovía algún tanto su entendimiento,
y que los rayos de esta luz introducían el desconcierto en sus
observaciones. Oigámosle de nuevo; oigamos á ese escritor cuyos
talentos y nombradía habrán deslumbrado en estas materias á aquellos
lectores que ni examinan siquiera la solidez de las pruebas, mientras
vengan envueltas en hermosas imágenes; á aquellos que aplauden toda
clase de pensamientos, mientras desfilen ante sus ojos en un torrente
de elocuencia encantadora; que, llenos de entusiasmo por el mérito de
un hombre, le escuchan como infalible oráculo, y, mientras blasonan de
independencia intelectual, subscriben sin examen á las decisiones de su
director, escuchan con sumisión sus fallos, y no se atreven á levantar
la frente para pedirle los títulos del predominio. En las palabras de
M. Guizot notaremos que sintió, como todos los grandes hombres del
Protestantismo, el vacío inmenso que hay en estas sectas, y la fuerza
y robustez que entraña la Religión católica; notaremos que no pudo
eximirse de la regla general de los grandes ingenios, regla de que
son prueba los más explícitos testimonios consignados en los escritos
de los hombres más eminentes que ha tenido la reforma protestante.
Después de haber notado M. Guizot la inconsecuencia con que precedió
el Protestantismo, y su falta de buena organización en la sociedad
intelectual, continúa: «No se ha sabido hermanar todos los derechos y
necesidades _de la tradición_ con las pretensiones de la libertad. Y
eso proviene, sin duda, de que la _reforma no ha plenamente comprendido
y aceptado, ni sus principios, ni sus efectos_.» ¿Qué religión será
ésa que _ni comprende ni acepta plenamente sus principios, y sus
efectos_? ¿Salió jamás de boca humana condenación más terminante de la
reforma? ¿Cómo podrá pretender el derecho de dirigir ni al hombre ni á
la sociedad? ¿Pudo decirse jamás otro tanto de las sectas filosóficas
antiguas y modernas? «De ahí ese aire de inconsecuencia, continúa M.
Guizot, que ha tenido la reforma, y el _espíritu limitado_ que ha
manifestado, circunstancias que han prestado armas y ventajas á sus
adversarios. Sabían éstos bien lo que deseaban y lo que hacían; partían
de principios fijos, y marchaban hasta sus últimas consecuencias.
Nunca ha habido un gobierno más consecuente y sistemático que el
de la Iglesia romana.» ¿Y de dónde trae su origen ese sistema tan
consecuente? Cuando es tanta la inconstancia y la volubilidad del
espíritu del hombre, ¿este sistema, esta consecuencia, estos principios
fijos, nada dicen á la filosofía y al buen sentido?
Al reparar en esos terribles elementos de disolución que tienen su
origen en el espíritu del hombre, y que tanta fuerza han adquirido en
las sociedades modernas; al notar cómo destrozan y pulverizan todas las
escuelas filosóficas, todas las instituciones religiosas, sociales y
políticas, pero sin alcanzar á abrir una brecha en las doctrinas del
Catolicismo, sin alterar ese sistema tan fijo y consecuente, ¿nada
se inferirá en favor de la Religión católica? Decir que la Iglesia
ha hecho lo que no han podido hacer jamás ninguna escuela, ningún
gobierno, ninguna sociedad, ninguna religión, ¿no es confesar que es
más sabia que la humanidad entera? Y esto ¿no prueba que no debe su
origen al pensamiento del hombre, y que ha bajado del mismo seno
del Criador del universo? En una sociedad formada de hombres, en un
gobierno manejado por hombres, que cuenta 18 siglos de duración, que se
extiende á todos los países, que se dirige al salvaje en sus bosques,
al bárbaro en su tienda, al hombre civilizado en medio de las ciudades
más populosas; que cuenta entre sus hijos al pastor que se cubre con
el pellico, al rústico labrador, al poderoso magnate; que hace resonar
igualmente su palabra al oído del hombre sencillo ocupado en sus
mecánicas tareas, como al del sabio que, encerrado en su gabinete, está
absorto en trabajos profundos; un gobierno como éste, tener, como ha
dicho M. Guizot, _siempre una idea fija, una voluntad entera, y guardar
una conducta regular y coherente_, ¿no es su apología más victoriosa,
no es su panegírico más elocuente, no es una prueba de que encierra en
su seno algo de misterioso?
Mil veces he contemplado con asombro ese estupendo prodigio; mil veces
he fijado mis ojos sobre este árbol inmenso que extiende sus ramas
desde el Oriente al Occidente, desde el Aquilón al Mediodía: véole
cobijando con su sombra á tantos y tan diferentes pueblos, y encuentro
descansando tranquilamente debajo de ella la inquieta frente del genio.
En Oriente, en los primeros siglos de haber aparecido sobre la tierra
esa religión divina, en medio de la disolución que se había apoderado
de todas las sectas, veo que se agolpan para escuchar su palabra los
filósofos más ilustres; y en Grecia, en Asia, en los márgenes del
Nilo, en todos esos países donde hormigueaba poco antes un sinnúmero
de sectas, veo que se levanta de repente una generación de hombres
grandes, ricos de erudición, de saber y de elocuencia, y todos acordes
en la _unidad_ de la doctrina católica. En Occidente, cuando se va
á precipitar sobre el caduco imperio una muchedumbre de bárbaros,
que se presentan á lo lejos como una negra nube que asoma en el
horizonte preñada de calamidades y desastres, en medio de un pueblo
sumergido en la corrupción de costumbres y olvidado completamente de
su antigua grandeza, veo á los únicos hombres que pueden apellidarse
dignos herederos del nombre romano, buscar un asilo á su austeridad
de costumbres en el retiro de los templos, y pedir á la religión
sus inspiraciones para conservar el antiguo saber y enriquecerle y
agrandarle. Lléname de admiración y asombro el encontrar al talento
sublime, al digno heredero del genio de Platón, que, después de haber
preguntado por la verdad á todas las escuelas y sectas, después de
haber recorrido todos los errores con briosa osadía y con indomable
independencia, se siente al fin dominado por la autoridad de la
Iglesia, y el filósofo libre se transforma en el grande obispo de
Hipona. En los tiempos modernos desfila delante de mis ojos esa serie
de hombres grandes que brillaron en los siglos de León X y de Luis XIV;
veo perpetuarse esa ilustre raza á través del calamitoso siglo XVIII;
y en el siglo XIX veo que se levantan también nuevos atletas, que,
después de haber acosado al error en todas direcciones, van á colgar
sus trofeos en la puerta de la Iglesia católica.
¡Qué prodigio es éste! ¡dónde se ha visto jamás una escuela, una
secta, una religión semejante! Todo lo estudian, de todo disputan,
á todo responden, todo lo saben, pero siempre acordes en la unidad
de doctrina, siempre sumisos á la autoridad, siempre inclinando
respetuosamente sus frentes, siempre humillándolas en obsequio de
la fe; esas frentes donde brilla el saber, donde imprime sus rasgos
un sentimiento de noble independencia, de donde salen tan generosos
arranques. ¿No os parece descubrir un nuevo mundo planetario, donde
globos luminosos ruedan en vastas órbitas por la inmensidad del
espacio, pero atraídos por una misteriosa fuerza hacia el centro
del sistema? Fuerza que no les permite el extravío, sin quitarles,
empero, nada, ni de la magnitud de su mole, ni de la grandiosidad de
su movimiento, antes inundándolos de luz, y dando á su marcha una
regularidad majestuosa.[6]