CAPITULO III

La proposición sentada al fin del capítulo anterior me sugiere un

corolario, que, si no me engaño, ofrece una nueva demostración de la

divinidad de la Iglesia católica.

Se ha observado como cosa muy admirable la duración de la Iglesia

católica por espacio de 18 siglos, y eso á pesar de tantos y tan

poderosos adversarios; pero quizá no se ha notado bastante que,

atendida la índole del espíritu humano, uno de los grandes prodigios

que presenta sin cesar la Iglesia, es la unidad de doctrina en medio

de toda clase de enseñanza, y abrigando siempre en su seno un número

considerable de sabios.

Llamo muy particularmente sobre este punto la atención de todos los

hombres pensadores; y estoy seguro de que, aun cuando yo no acierte

á desenvolver cual merece este pensamiento, encontrarán ellos aquí

un germen de muy graves reflexiones. Tal vez se acomodará también

este modo de mirar la Iglesia, al gusto de ciertos lectores, pues

prescindiré enteramente de los caracteres que se rocen con la

revelación, y consideraré el Catolicismo, no como religión divina, sino

como escuela filosófica.

Nadie que haya saludado la historia de las letras, me podrá negar que,

en todos tiempos, haya tenido la Iglesia en su seno hombres ilustres

por su sabiduría. En los primeros siglos, la historia de los Padres de

la Iglesia es la historia de los sabios de primer orden, en Europa, en

África y en Asia; después de la irrupción de los bárbaros, el catálogo

de los hombres que conservaron algo del antiguo saber, no es más que un

catálogo de eclesiásticos; y, por lo que toca á los tiempos modernos,

no es dable señalar un solo ramo de los conocimientos humanos, en que

no figuren en primera línea un número considerable de católicos. Es

decir, que, de 18 siglos á esta parte, hay una serie no interrumpida

de sabios, que son católicos, ó que están acordes en un cuerpo de

doctrina formado de la reunión de las verdades enseñadas por la Iglesia

católica. Prescindiendo ahora de los caracteres de divinidad que la

distinguen, y considerándola únicamente como una escuela, ó una secta

cualquiera, puede asegurarse que presenta en el hecho que acabo de

consignar, un fenómeno tan extraordinario, que, ni es posible hallarle

semejante en otra parte, ni es dable explicarle como comprendido en el

orden regular de las cosas.

Seguramente que no es nuevo en la historia del espíritu humano, el que

una doctrina, más ó menos razonable, haya sido profesada algún tiempo

por un cierto número de hombres ilustrados y sabios: este espectáculo

lo hemos presenciado en las sectas filosóficas antiguas y modernas;

pero que una doctrina se haya sostenido por espacio de muchos siglos,

conservando adictos á ella á sabios de todos tiempos y países, y

sabios, por otra parte, muy discordes en sus opiniones particulares,

muy diferentes en costumbres, muy opuestos tal vez en intereses y muy

divididos por sus rivalidades, este fenómeno es nuevo, es único, sólo

se encuentra en la Iglesia católica. Exigir fe, unidad en la doctrina,

y fomentar de continuo la enseñanza, y provocar la discusión sobre

toda clase de materias; incitar y estimular el examen de los mismos

cimientos en que estriba la fe, preguntando para ello á las lenguas

antiguas, á los monumentos de los tiempos más remotos, á los documentos

de la historia, á los descubrimientos de las ciencias observadoras, á

las lecciones de las más elevadas y analíticas; presentarse siempre con

generosa confianza en medio de esos grandes liceos donde una sociedad,

rica de talentos y de saber, reune como en focos de luz todo cuanto

le han legado los tiempos anteriores, y lo demás que ella ha podido

reunir con sus trabajos, he aquí lo que ha hecho siempre, y está

haciendo todavía, la Iglesia; y, sin embargo, la vemos perseverar firme

en su fe, en su unidad de doctrina, rodeada de hombres ilustres, cuyas

frentes, ceñidas de los laureles literarios ganados en cien palestras,

se le humillan serenas y tranquilas, sin que lo tengan á mengua, sin

que crean que deslustren las brillantes aureolas que resplandecen sobre

sus cabezas.

Los que miran el Catolicismo como una de tantas sectas que han

aparecido sobre la tierra, será menester que busquen algún hecho que

se parezca á éste; será menester que nos expliquen cómo la Iglesia

puede de continuo presentarnos ese fenómeno, que tan en oposición

se encuentra con la innata volubilidad del espíritu humano; será

necesario que nos digan cómo la Iglesia romana ha podido realizar este

prodigio, y qué imán secreto tiene en sus manos el Sumo Pontífice para

que él pueda hacer lo que no ha podido otro hombre. Los que inclinan

respetuosamente sus frentes al oir la palabra salida del Vaticano;

los que abandonan su propio parecer para sujetarse á lo que les dicta

un hombre que se apellida _Papa_, no son tan sólo los sencillos é

ignorantes: miradlos bien: en sus frentes altivas descubriréis el

sentimiento de sus propias fuerzas, y en sus ojos vivos y penetrantes

veréis que se trasluce la llama del genio que oscila en su mente. En

ellos reconoceréis á los mismos que han ocupado los primeros puestos

de las academias europeas, que han llenado el mundo con la fama de

sus nombres: nombres transmitidos á las generaciones venideras entre

corrientes de oro. Recorred la historia de todos los tiempos, viajad

por todos los países del orbe, y, si encontráis en ninguna parte un

conjunto tan extraordinario, el saber unido con la fe, el genio sumiso

á la autoridad, la discusión hermanada con la unidad, presentadle:

habréis hecho un descubrimiento importante; habréis ofrecido á la

ciencia un nuevo fenómeno que explicar: ¡ah! esto os será imposible,

bien lo sabéis; y por esto apelaréis á nuevos efugios, por esto

procuraréis obscurecer con cavilaciones la luz de una observación que

sugiere á una razón imparcial, y hasta al sentido común, la legítima

consecuencia de que en la Iglesia católica hay algo que no se encuentra

en otra parte.

«Estos hechos, dirán los adversarios, son ciertos; las reflexiones que

sobre ellos se han emitido no dejan de ser deslumbradoras; pero, bien

analizada la materia, desaparecerán todas las dificultades que pueden

presentarse por la extrañeza que causa el haberse verificado en la

Iglesia un hecho que no se ha verificado en ninguna secta. Si bien se

mira, cuanto hasta aquí se lleva alegado, sólo prueba que en la Iglesia

ha habido siempre un sistema determinado, que, apoyado en un punto

fijo, ha podido ser realizado con uniforme regularidad. En la Iglesia

se ha conocido que el origen de la fuerza está en la unión, que para

esta unión era necesario establecer _unidad_ en la doctrina, y que para

conservar esta _unidad_ era necesaria la sumisión á la autoridad. Esto

una vez conocido, se ha establecido el principio de sumisión, y se le

ha conservado invariablemente: he aquí explicado el fenómeno; en esto

no negaremos que haya sabiduría profunda, que haya un plan vasto, un

sistema singular; pero nada podréis inferir en pro de la divinidad del

Catolicismo.»

Esto es lo que se responderá, porque es lo único que se puede

responder; pero fácil es de notar que, á pesar de esa respuesta, queda

la dificultad en todo su vigor. Resulta siempre en claro que hay una

sociedad sobre la tierra, que por espacio de 18 siglos ha sido siempre

dirigida por un principio constante, fijo; una sociedad que ha logrado

que se adhiriesen á este principio hombres eminentes de todos tiempos

y países, y, por tanto, permanece siempre en pie todo el embarazo que

ofrecen á los adversarios las siguientes preguntas: ¿Cómo es que sólo

la Iglesia ha tenido este principio? ¿cómo es que á sólo ella se le

haya ocurrido tal pensamiento? ¿cómo es que, si ha ocurrido á otra

secta, ninguna lo haya podido poner en planta? ¿cómo es que todas

las sectas filosóficas hayan desaparecido unas en pos de otras, y la

Iglesia no? ¿cómo es que las otras religiones, si han querido conservar

alguna unidad, han tenido siempre que huir de la luz, y esquivar la

discusión, y envolverse en negras sombras; y la Iglesia haya siempre

conservado su _unidad_, buscando la luz, y no ocultando sus libros,

no escaseando la enseñanza, sino fundando por todas partes colegios,

universidades y demás establecimientos, donde pudiesen reunirse y

concentrarse todos los resplandores de la erudición y del saber?

No basta decir que hay un sistema, un plan: la dificultad está en la

misma existencia de ese sistema, de ese plan; la dificultad está en

explicar cómo se han podido concebir y ejecutar. Si se tratase de pocos

hombres reunidos en ciertas circunstancias, en determinados tiempos y

países, para la ejecución de un proyecto limitado á breve espacio, no

habría aquí nada de particular; pero se trata de 18 siglos, se trata de

todos los países, de las circunstancias más variadas, más diferentes,

más opuestas; se trata de hombres que no han podido avenirse, ni

concertarse. ¿Cómo se explica todo esto? Si no es más que un sistema,

un plan humano, ¿qué hay de misterioso en esa ciudad de Roma, que

así reune en torno suyo á tantos hombres ilustres de todos tiempos y

países? Si el Pontífice de Roma no es más que el jefe de una secta,

¿cómo es que de tal modo alcanza á fascinar el mundo? ¿se habría visto

jamás un mago que ejecutase extrañeza más estupenda? ¿No hace ya mucho

tiempo que se declama contra su _despotismo religioso_? ¿por qué, pues,

no ha habido otro hombre que le haya arrebatado el cetro? ¿por qué no

se ha erigido otra cátedra que disputase á la suya la preeminencia,

y se mantuviese en igual esplendor y poderío? ¿Es acaso por su poder

material? Es muy limitado, y no podría medir sus armas con ninguna

potencia de Europa. ¿Es por el carácter particular, por la ciencia,

por las virtudes de los hombres que han ocupado el solio pontificio?

Pero, ¿cómo es posible que en el espacio de 18 siglos no hayan tenido

infinita variedad los caracteres de los Papas, y muy diferentes

graduaciones su ciencia y sus virtudes? Á quien no sea católico, á

quien no viere en el Pontífice romano al Vicario de Jesucristo, aquella

_piedra_ sobre la cual edificó Jesucristo la Iglesia, la duración de su

autoridad ha de parecerle el más extraordinario de los fenómenos, ha de

ofrecérsele como una de las cuestiones más dignas de proponerse á la

ciencia que se ocupa en la historia del espíritu humano la siguiente:

¿cómo es posible que por espacio de tantos siglos haya podido existir

una serie no interrumpida de sabios, que no se hayan apartado de la

doctrina de la Cátedra de Roma?

Al comparar M. Guizot el Protestantismo con la Iglesia romana, parece

que la fuerza de esta verdad conmovía algún tanto su entendimiento,

y que los rayos de esta luz introducían el desconcierto en sus

observaciones. Oigámosle de nuevo; oigamos á ese escritor cuyos

talentos y nombradía habrán deslumbrado en estas materias á aquellos

lectores que ni examinan siquiera la solidez de las pruebas, mientras

vengan envueltas en hermosas imágenes; á aquellos que aplauden toda

clase de pensamientos, mientras desfilen ante sus ojos en un torrente

de elocuencia encantadora; que, llenos de entusiasmo por el mérito de

un hombre, le escuchan como infalible oráculo, y, mientras blasonan de

independencia intelectual, subscriben sin examen á las decisiones de su

director, escuchan con sumisión sus fallos, y no se atreven á levantar

la frente para pedirle los títulos del predominio. En las palabras de

M. Guizot notaremos que sintió, como todos los grandes hombres del

Protestantismo, el vacío inmenso que hay en estas sectas, y la fuerza

y robustez que entraña la Religión católica; notaremos que no pudo

eximirse de la regla general de los grandes ingenios, regla de que

son prueba los más explícitos testimonios consignados en los escritos

de los hombres más eminentes que ha tenido la reforma protestante.

Después de haber notado M. Guizot la inconsecuencia con que precedió

el Protestantismo, y su falta de buena organización en la sociedad

intelectual, continúa: «No se ha sabido hermanar todos los derechos y

necesidades _de la tradición_ con las pretensiones de la libertad. Y

eso proviene, sin duda, de que la _reforma no ha plenamente comprendido

y aceptado, ni sus principios, ni sus efectos_.» ¿Qué religión será

ésa que _ni comprende ni acepta plenamente sus principios, y sus

efectos_? ¿Salió jamás de boca humana condenación más terminante de la

reforma? ¿Cómo podrá pretender el derecho de dirigir ni al hombre ni á

la sociedad? ¿Pudo decirse jamás otro tanto de las sectas filosóficas

antiguas y modernas? «De ahí ese aire de inconsecuencia, continúa M.

Guizot, que ha tenido la reforma, y el _espíritu limitado_ que ha

manifestado, circunstancias que han prestado armas y ventajas á sus

adversarios. Sabían éstos bien lo que deseaban y lo que hacían; partían

de principios fijos, y marchaban hasta sus últimas consecuencias.

Nunca ha habido un gobierno más consecuente y sistemático que el

de la Iglesia romana.» ¿Y de dónde trae su origen ese sistema tan

consecuente? Cuando es tanta la inconstancia y la volubilidad del

espíritu del hombre, ¿este sistema, esta consecuencia, estos principios

fijos, nada dicen á la filosofía y al buen sentido?

Al reparar en esos terribles elementos de disolución que tienen su

origen en el espíritu del hombre, y que tanta fuerza han adquirido en

las sociedades modernas; al notar cómo destrozan y pulverizan todas las

escuelas filosóficas, todas las instituciones religiosas, sociales y

políticas, pero sin alcanzar á abrir una brecha en las doctrinas del

Catolicismo, sin alterar ese sistema tan fijo y consecuente, ¿nada

se inferirá en favor de la Religión católica? Decir que la Iglesia

ha hecho lo que no han podido hacer jamás ninguna escuela, ningún

gobierno, ninguna sociedad, ninguna religión, ¿no es confesar que es

más sabia que la humanidad entera? Y esto ¿no prueba que no debe su

origen al pensamiento del hombre, y que ha bajado del mismo seno

del Criador del universo? En una sociedad formada de hombres, en un

gobierno manejado por hombres, que cuenta 18 siglos de duración, que se

extiende á todos los países, que se dirige al salvaje en sus bosques,

al bárbaro en su tienda, al hombre civilizado en medio de las ciudades

más populosas; que cuenta entre sus hijos al pastor que se cubre con

el pellico, al rústico labrador, al poderoso magnate; que hace resonar

igualmente su palabra al oído del hombre sencillo ocupado en sus

mecánicas tareas, como al del sabio que, encerrado en su gabinete, está

absorto en trabajos profundos; un gobierno como éste, tener, como ha

dicho M. Guizot, _siempre una idea fija, una voluntad entera, y guardar

una conducta regular y coherente_, ¿no es su apología más victoriosa,

no es su panegírico más elocuente, no es una prueba de que encierra en

su seno algo de misterioso?

Mil veces he contemplado con asombro ese estupendo prodigio; mil veces

he fijado mis ojos sobre este árbol inmenso que extiende sus ramas

desde el Oriente al Occidente, desde el Aquilón al Mediodía: véole

cobijando con su sombra á tantos y tan diferentes pueblos, y encuentro

descansando tranquilamente debajo de ella la inquieta frente del genio.

En Oriente, en los primeros siglos de haber aparecido sobre la tierra

esa religión divina, en medio de la disolución que se había apoderado

de todas las sectas, veo que se agolpan para escuchar su palabra los

filósofos más ilustres; y en Grecia, en Asia, en los márgenes del

Nilo, en todos esos países donde hormigueaba poco antes un sinnúmero

de sectas, veo que se levanta de repente una generación de hombres

grandes, ricos de erudición, de saber y de elocuencia, y todos acordes

en la _unidad_ de la doctrina católica. En Occidente, cuando se va

á precipitar sobre el caduco imperio una muchedumbre de bárbaros,

que se presentan á lo lejos como una negra nube que asoma en el

horizonte preñada de calamidades y desastres, en medio de un pueblo

sumergido en la corrupción de costumbres y olvidado completamente de

su antigua grandeza, veo á los únicos hombres que pueden apellidarse

dignos herederos del nombre romano, buscar un asilo á su austeridad

de costumbres en el retiro de los templos, y pedir á la religión

sus inspiraciones para conservar el antiguo saber y enriquecerle y

agrandarle. Lléname de admiración y asombro el encontrar al talento

sublime, al digno heredero del genio de Platón, que, después de haber

preguntado por la verdad á todas las escuelas y sectas, después de

haber recorrido todos los errores con briosa osadía y con indomable

independencia, se siente al fin dominado por la autoridad de la

Iglesia, y el filósofo libre se transforma en el grande obispo de

Hipona. En los tiempos modernos desfila delante de mis ojos esa serie

de hombres grandes que brillaron en los siglos de León X y de Luis XIV;

veo perpetuarse esa ilustre raza á través del calamitoso siglo XVIII;

y en el siglo XIX veo que se levantan también nuevos atletas, que,

después de haber acosado al error en todas direcciones, van á colgar

sus trofeos en la puerta de la Iglesia católica.

¡Qué prodigio es éste! ¡dónde se ha visto jamás una escuela, una

secta, una religión semejante! Todo lo estudian, de todo disputan,

á todo responden, todo lo saben, pero siempre acordes en la unidad

de doctrina, siempre sumisos á la autoridad, siempre inclinando

respetuosamente sus frentes, siempre humillándolas en obsequio de

la fe; esas frentes donde brilla el saber, donde imprime sus rasgos

un sentimiento de noble independencia, de donde salen tan generosos

arranques. ¿No os parece descubrir un nuevo mundo planetario, donde

globos luminosos ruedan en vastas órbitas por la inmensidad del

espacio, pero atraídos por una misteriosa fuerza hacia el centro

del sistema? Fuerza que no les permite el extravío, sin quitarles,

empero, nada, ni de la magnitud de su mole, ni de la grandiosidad de

su movimiento, antes inundándolos de luz, y dando á su marcha una

regularidad majestuosa.[6]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 7 / 58 题