CAPITULO II

Pero, ¿cuáles fueron las causas de que apareciese en Europa el

Protestantismo, y de que tomase tanta extensión é incremento? Digna

es, por cierto, tal cuestión de ser examinada con mucho detenimiento,

ya por la importancia que encierra en sí propia, ya también porque,

llamándonos á investigar el origen de semejante plaga, nos guía al

lugar más á propósito para que podamos formarnos una idea más cabal

de la naturaleza y relaciones de ese fenómeno, tan observado como mal

definido.

Cuando á efecto de la naturaleza y tamaño del Protestantismo se

trata de señalarle sus causas, es poco conforme á razón el recurrir

á hechos de poca importancia; ya porque lo sean de suyo, ó porque

estén limitados á determinados lugares y circunstancias. Es un error

el suponer que de causas muy pequeñas pudiesen resultar efectos muy

grandes; pues que, si bien es verdad que las cosas grandes tienen á

veces su principio en las pequeñas, también lo es que no es lo mismo

principio que causa, y que el principiar una cosa por otra, y el ser

causada por ella, son expresiones de significado muy diferente. Una

leve chispa produce tal vez un espantoso incendio; pero es porque

encuentra abundancia de materias inflamables. Lo que es general,

ha de tener causas generales; lo que es muy duradero y arraigado,

causas muy duraderas y profundas. Ésta es una ley constante, así en

el orden moral como en el físico, pero ley cuyas aplicaciones son muy

difíciles, particularmente en el orden moral; pues en él á veces están

las cosas grandes encubiertas con velos tan modestos, está cada efecto

enlazado con tantas causas, y por medio de tan delicadas hebras y tan

complicada contextura, que al ojo más atento y perspicaz, ó se le

escapa enteramente, ó se le pasa como cosa liviana y de poco resultado,

lo que tenía tal vez la mayor importancia é influjo; y, al contrario,

andan las cosas pequeñas tan cubiertas de oropel, tan adornadas y

relumbrantes, tan acompañadas de ruidoso cortejo, que es muy fácil

que engañen al hombre, ya muy propenso de suyo á juzgar por meras

apariencias.

Insistiendo en los principios que acabo de asentar, no puedo inclinarme

á dar mucha importancia, ni á la rivalidad excitada por la predicación

de las indulgencias, ni á las demasías que pudieran cometer en esta

materia algunos subalternos; pudo todo esto ser una ocasión, un

pretexto, una señal de combate, pero en sí era muy poca cosa para poner

en conflagración el mundo. Aunque tal vez sea más plausible, no es,

sin embargo, más puesto en razón, el buscar las causas del nacimiento

y extensión del Protestantismo en el carácter y circunstancias de

los primeros novadores. Pondérase con énfasis la fogosa violencia de

los escritos y palabras de Lutero; y hácese notar cuán á propósito

eran para inflamar el ánimo de los pueblos, arrastrarlos en pos de

los nuevos errores, é inspirarles encarnizado odio contra la Iglesia

romana; encarécense no menos la sofística astucia, el estilo metódico,

la expresión elegante de Calvino, calidades muy adaptadas para dar

alguna aparente regularidad á la informe masa de errores que enseñaban

los nuevos sectarios, poniéndola más en estado de ser abrazada por

personas de más fino gusto: y á este tenor se van trazando cuadros

más ó menos verídicos de los talentos y demás calidades de otros

hombres: ni á Lutero, ni á Calvino, ni á ninguno de los principales

fundadores del Protestantismo, trato de disputarles los títulos con que

adquirieron su triste celebridad; pero me parece que el insistir mucho

sobre las calidades personales, y el atribuir á éstas la principal

influencia en el desarrollo del mal, es no conocerle en toda su

extensión, es no evaluar toda su gravedad, y es, además, olvidar lo que

nos ha enseñado la historia de todos los tiempos.

En efecto: si miramos con imparcialidad á aquellos hombres, nada

encontraremos en ellos de tan singular que no se halle con igualdad,

ó con exceso, en casi todas las cabezas de secta. Sus talentos, su

erudición, su saber, todo ha pasado ya por el crisol de la crítica;

y, ni entre los católicos ni entre los protestantes, se halla ya

nadie instruído é imparcial que no tenga por exageraciones de partido

las desmedidas alabanzas que les habían tributado. Bajo todos

aspectos, ya se los considera sólo en la clase de aquellos hombres

turbulentos, que reunen las circunstancias necesarias para provocar

trastornos. Desgraciadamente, la historia de todos tiempos y países

y la experiencia de cada día nos enseñan que esos hombres son cosa

muy común, y que aparecen dondequiera que una funesta combinación de

circunstancias ofrezca ocasión oportuna.

Cuando se ha querido buscar otras causas, que por su extensión é

importancia estuvieran más en proporción con el Protestantismo, se

han señalado comunmente dos: _la necesidad de una reforma_, y el

_espíritu de libertad_. «Había muchos abusos, han dicho algunos; se

descuidó la reforma legítima, y este descuido provocó la revolución.»

«El entendimiento humano estaba en cadenas, han dicho otros; quiso

quebrantarlas; y el Protestantismo no fué otra cosa _que un esfuerzo

extraordinario en nombre de la libertad, un vuelo atrevido del

pensamiento humano_.» Por cierto que á esas opiniones no puede

tachárselas de que señalen causas pequeñas, y cuya influencia se

circunscriba á espacio breve; y hasta en ambas se encuentra algo

que es muy á propósito para atraerles prosélitos. Ponderando la una

la necesidad de una reforma, abre anchuroso campo para reprender la

inobservancia de las leyes y la relajación de las costumbres, y esto

excita siempre simpatías en el corazón del hombre, indulgente cuando se

trata de los deslices propios, pero severo é inexorable con los ajenos;

y, pronunciando la otra las deslumbradoras palabras de _libertad_, de

_vuelo atrevido del espíritu_, puede estar siempre segura de hallar

dilatado eco, pues que éste no falta jamás á la palabra que lisonjea el

orgullo.

No trato yo de negar la necesidad que á la sazón había de una reforma;

convengo en que era necesaria; bastándome para esto el dar una ojeada

á la historia, el escuchar los sentidos lamentos de grandes hombres,

mirados por la Iglesia como hijos muy predilectos, y sobre todo me

basta leer en el primer decreto del Concilio de Trento que uno de los

objetos del Concilio era la _reforma del clero y del pueblo cristiano_;

me basta oir de boca del Papa Pío IV, en la confirmación del mismo

Concilio, que uno de los objetos para que se había celebrado, era la

_corrección de las costumbres y el restablecimiento de la disciplina_.

Sin embargo, y á pesar de todo esto, no puedo inclinarme á dar á los

abusos tanta influencia en el nacimiento del Protestantismo como le

han atribuído muchos; y, á decir verdad, me parece muy mal resuelta

la cuestión, siempre que, para señalar la verdadera causa del mal,

se insiste mucho sobre los funestos resultados que habían de traer

consigo los abusos; así como, por otra parte, no me satisfacen las

palabras de _libertad_ y de _atrevido vuelo del pensamiento_. Lo diré

paladinamente: por más respeto que se merezcan algunos de los hombres

que han dado tanta importancia á los abusos; por más consideraciones

que tenga á los talentos de otros que han apelado al espíritu de

libertad, ni en unos ni en otros encuentro aquel análisis, filosófico é

histórico á la par, que no se aparta del terreno de los hechos, sino

que los examina y alumbra, mostrando la íntima naturaleza de cada uno,

sin descuidar su enlace y encadenamiento.

Se ha divagado tanto en la definición del Protestantismo y en el

señalamiento de sus causas, por no haberse advertido que no es más

que un hecho común á todos los siglos de la historia de la Iglesia,

pero que tomó su _importancia y peculiares caracteres de la época en

que nació_. Con esta sola consideración, fundada en el testimonio

constante de la historia, y confirmada por la razón y la experiencia,

todo se allana, todo se aclara y explica; nada hemos de buscar en

sus doctrinas, ni en sus fundadores, de extraordinario ni singular;

porque todo lo que tiene de característico, todo proviene de que nació

en _Europa, y en el siglo_ XVI. Desenvolveré este pensamiento, no

echando mano de raciocinios aéreos, que sólo estriben en suposiciones

gratuitas, sino apelando á hechos que nadie podrá contestar.

Es innegable que el principio de sumisión á la autoridad en materias

de fe, ha encontrado siempre mucha resistencia por parte del espíritu

humano. No es éste el lugar de señalar las causas de esta resistencia,

causas que en el curso de esta obra me propongo analizar; me basta

por ahora consignar el hecho, y recordar á quien lo pusiere en duda,

que la historia de la Iglesia va siempre acompañada de la historia de

las herejías. Conforme á la variedad de tiempos y países, el hecho ha

presentado diferentes fases: ora haciendo entrar en torpe mezcolanza

el judaísmo y el cristianismo, ora combinando con la doctrina de

Jesucristo los sueños de los orientales, ora alterando la pureza del

dogma católico con las cavilaciones y sutilezas del sofista griego;

es decir, presentando diferentes aspectos, según ha sido diferente el

estado del espíritu humano. No ha dejado, empero, este hecho de tener

dos caracteres generales, que han manifestado bien á las claras que

el origen es el mismo, á pesar de ser tan vario el resultado en su

naturaleza y objeto. Estos caracteres son: _el odio á la autoridad de

la Iglesia y el espíritu de secta_.

Bien claro es que, si en cada siglo se había visto nacer alguna secta

que se oponía á la autoridad de la Iglesia, y erigía en dogmas las

opiniones de sus fundadores, no era regular que dejase de acontecer lo

mismo en el siglo XVI; y, atendido el carácter del espíritu humano,

me parece que, si el siglo XVI hubiera sido una excepción de la regla

general, tendríamos actualmente una cuestión bien difícil de resolver,

y sería: ¿cómo fué posible que no apareciese en aquel siglo ninguna

secta? Pues bien: una vez nacido en el siglo XVI un error cualquiera,

sea cual fuere su origen, su ocasión y pretexto; luego que se haya

reunido en torno de la nueva enseña una porción de prosélitos, veo ya

al Protestantismo en toda su extensión, en toda su transcendencia, con

todas sus divisiones y subdivisiones, con toda su audacia y energía

para desplegar un ataque general contra cuantos puntos de dogma y de

disciplina se enseñen y observen en la Iglesia. En vez de Lutero,

de Zuinglio, de Calvino, poned, si os place, á Arrio, á Nestorio, á

Pelagio; en lugar de los errores de aquéllos, enseñad, si queréis, los

de éstos: todo será indiferente, porque todo tendrá un mismo resultado.

El error excitará desde luego simpatías, encontrará defensores,

acalorará entusiastas, se extenderá, se propagará con la rapidez de

un incendio, se dividirá luego, y tomarán sus chispas direcciones muy

diferentes; todo se defenderá con aparato de erudición y de saber,

variarán de continuo las creencias, se formularán mil profesiones de

fe, se cambiará ó anonadará la liturgia, y haránse mil trozos los

lazos de disciplina: es decir, tendréis el _Protestantismo_. ¿Y cómo

es que en el siglo XVI haya de tomar el mal tanta gravedad, tanta

extensión y transcendencia? Porque la sociedad de entonces es muy

diferente de todas las anteriores, y lo que en otras épocas pudiera

causar un incendio parcial, había de acarrear en ésta una conflagración

espantosa. Componíase la Europa de un conjunto de sociedades inmensas

que, como formadas en una misma matriz, tenían mucha semejanza en

ideas, costumbres, leyes é instituciones; habíase entablado, por

consiguiente, entre ellas una viva comunicación, ora excitada por

rivalidades, ora por comunidad de intereses; en la generalidad de la

lengua latina existía un medio que facilitaba la circulación de toda

clase de conocimientos; y, sobre todo, acababa de generalizarse un

rápido vehículo, un medio de explotación, de multiplicación y expresión

de todos los pensamientos y afectos; un medio que poco antes saliera

de la cabeza de un hombre, como un resplandor milagroso preñado de

colosales destinos: _la imprenta_.

Tal es el espíritu humano, tal su volubilidad, tanto el apego que cobra

fácilmente á toda clase de innovaciones, tal el placer que siente en

abandonar los antiguos rumbos para seguir otros nuevos, que, una vez

levantada la enseña del error, era imposible que no se agrupasen muchos

en torno de ella. Sacudido el yugo de la autoridad en países donde

era tan vasta, tan activa la investigación, donde fermentaban tantas

discusiones, donde bullían tantas ideas, donde germinaban todas las

ciencias, ya no era dable que el vago espíritu del hombre se mantuviera

fijo en ningún punto, y debía por precisión pulular un hormiguero de

sectas, marchando cada una por su camino, á merced de sus ilusiones

y caprichos. Aquí no hay medio: las naciones civilizadas, ó serán

católicas, ó recorrerán todas las fases del error; ó se mantendrán

aferradas al áncora de la autoridad, ó desplegarán un ataque general

contra ella, combatiéndola en sí misma, y en cuanto enseña ó prescribe.

El hombre cuyo entendimiento está despejado y claro, ó vive tranquilo

en las apacibles regiones de la verdad, ó la busca desasosegado é

inquieto; y como, estribando en principios falsos, siente que no está

firme el terreno, que está mal segura y vacilante su planta, cambia

continuamente de lugar, saltando de error en error, de abismo en

abismo. El vivir en medio de errores, y estar satisfecho de ellos, y

transmitirlos de generación en generación, sin hacer modificación ni

mudanza, es propio de aquellos pueblos que vegetan en la ignorancia y

envilecimiento: allí el espíritu no se mueve, porque duerme.

Colocado el observador en este punto de vista, descubre el

Protestantismo tal cual es en sí; y, como domina completamente la

posición, ve cada cosa en su lugar, y puede, por tanto, apreciar su

verdadero tamaño, descubrir sus relaciones, estimar su influencia, y

explicar sus anomalías. Entonces, situados los hombres en su lugar, y

comparados con el vasto conjunto de los hechos, aparecen en el cuadro

como figuras muy pequeñas, que podrían muy bien ser substituídas por

otras, que nada importa que estuvieran un poco más acá, ó un poco más

allá; que era indiferente que tuviesen esta ó aquella forma, este ó

aquel colorido; y entonces salta á los ojos que el entretenerse mucho

en ponderar la energía de carácter, la fogosidad y audacia de Lutero,

la literatura de Melanchton, el talento sofístico de Calvino, y otras

cosas semejantes, es desperdiciar el tiempo y no explicar nada. Y,

en efecto: ¿qué eran todos esos hombres y otros corifeos? ¿tenían,

acaso, algo de extraordinario? ¿no eran, por ventura, tales como se

los encuentra con frecuencia en todas partes? Algunos de ellos ni

excedieron siquiera de la raya de medianos; y de casi todos puede

asegurarse que, si no hubieran tenido celebridad funesta, la hubieran

tenido muy escasa. Pues ¿por qué hicieron tanto? Porque encontraron un

montón de combustible y le pegaron fuego: ya veis que esto no es muy

difícil; y, sin embargo, ahí está todo el misterio. Cuando veo á Lutero

loco de orgullo, precipitarse en aquellos delirios y extravagancias

que tanto lamentaban sus propios amigos; cuando le veo insultar

groseramente á cuantos le contradicen, indignarse contra todo lo que no

se humilla en su presencia; cuando le oigo vomitar aquel torrente de

dicterios soeces, de palabras inmundas, apenas me causa otra impresión

que la de lástima: este hombre, que tiene la singular ocurrencia de

llamarse _Notharius Dei_, desvaría, tiene medio perdido el juicio, y

no es extraño, porque ha soplado, y con su soplo se ha manifestado un

terrible incendio; es que había un almacén de pólvora, y su soplo le ha

aproximado una chispa, y el insensato que en su ceguera no lo advierte,

dice en su delirio: _muy poderoso soy; mirad: mi soplo es abrasador:

pone en conflagración al mundo_.

Y los abusos ¿qué influencia tuvieron? Si no abandonamos el mismo punto

de vista en que nos hemos colocado, veremos que dieron tal vez alguna

ocasión, que suministraron algún pábulo, pero que están muy lejos de

haber ejercido la influencia que se les ha atribuído, y no es porque

trate ni de negarlos, ni de excusarlos; no es porque no haga el debido

caso de los lamentos de grandes hombres; pero no es lo mismo llorar un

mal, que señalar y analizar su influencia. El varón justo que levanta

su voz contra el vicio, el ministro del santuario devorado por el celo

de la Casa del Señor, se expresan con acento tan alto y tan sentido,

que no siempre sus quejas y gemidos pueden servir de dato seguro para

estimar el justo valor de los hechos. Ellos sueltan una palabra que

sale del fondo de su corazón; sale abrasada, porque arde en sus pechos

el amor, y el celo de la justicia; y viene en pos de ellos la mala fe,

interpreta á su maligno talante las expresiones, y todo lo exagera y

desfigura.

Sea lo que fuere de todo esto, bien claro es que, ateniéndonos á lo

que dejamos firmemente asentado con respecto al origen y naturaleza

del Protestantismo, no pueden señalarse como principal causa de él los

abusos; y que, cuando más, pueden indicarse como ocasiones y pretextos.

Si así no fuere, sería menester decir que en la Iglesia, ya desde

su origen, aun en el tiempo de su primitivo fervor, y de su pureza

proverbial, tan ponderada por los adversarios, ya había muchos abusos:

porque también entonces pululaban de continuo sectas, que protestaban

contra sus dogmas, que sacudían su autoridad, y se apellidaban la

verdadera Iglesia. Esto no tiene réplica; el caso es el mismo; y si se

alegare la extensión que ha tenido el Protestantismo, y su propagación

rápida, recordaré que esto se verificó también con respecto á otras

sectas; reproduciré lo que decía San Jerónimo de los estragos del

arrianismo: _Gimió el orbe entero y asombróse de verse arriano_. Que,

si algo más se quiere citar con respecto al Protestantismo, bastante se

lleva evidenciado que lo que tiene de característico, todo lo debe, no

á los abusos, sino á la _época en que nació_.

Lo dicho hasta aquí es bastante para que pueda formarse concepto de

la influencia que los abusos pudieron ejercer: pero, como este asunto

ha dado tanto que hablar, y prestado origen á muchas equivocaciones,

será bien, antes de pasar más adelante, detenerse todavía más en esta

importante materia, fijando, en cuanto cabe, las ideas, y separando

lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo incierto. Que en los siglos

medios se habían introducido abusos deplorables, que la corrupción

de costumbres era mucha, y que, por consiguiente, era necesaria una

reforma, es cierto, indudable. Por lo que toca á los siglos XI y

XII, tenemos de esta triste verdad testigos tan intachables como

San Pedro Damián, San Gregorio VII y San Bernardo. Algunos siglos

después, si bien se habían corregido mucho los abusos, todavía eran

de consideración, bastando para convencernos de esta verdad los

lamentos de los varones respetables que anhelaban por la reforma;

distinguiéndose muy particularmente el cardenal Julián en las terribles

palabras con que se dirigía al Papa Eugenio IV, representándole los

desórdenes del clero, principalmente del de Alemania. Confesada

paladinamente la verdad, pues no creo que la causa del Catolicismo

necesite para su defensa del embozo y de la mentira, resolveré en pocas

palabras algunas cuestiones importantes.

¿Quién tenía la culpa de que se hubiesen introducido tamaños

desórdenes? ¿Era la Corte de Roma? ¿Eran los obispos? Creo que sólo

se la debe achacar á la calamidad de los tiempos. Para un hombre

sensato bastará recordar que en Europa se habían consumado los hechos

siguientes: la disolución del viejo y corrompido imperio romano; la

irrupción é inundación de los bárbaros del Norte; la fluctuación y las

guerras de éstos entre sí y con los demás pueblos por espacio de largos

siglos; el establecimiento y el predominio del feudalismo con todas sus

turbulencias y desastres; la invasión de los sarracenos, y su ocupación

de una parte considerable de Europa. La ignorancia, la corrupción,

la relajación de la disciplina, ¿no debían ser el resultado natural,

necesario, de tanto trastorno? La sociedad eclesiástica ¿podía menos de

resentirse profundamente de esa disolución, de ese aniquilamiento de la

sociedad civil? ¿podía no participar de los males de ese horroroso caos

en que se hallaba envuelta la Europa?

¿Faltó nunca en la Iglesia, el espíritu, el deseo, el anhelo de la

reforma de los abusos? Se puede demostrar que no. Pasaré por alto los

santos varones, que en todos aquellos calamitosos tiempos no dejó de

abrigar en su seno; la historia nos los cuenta en número considerable,

y de virtudes tan acendradas, que, al paso que contrastaban con la

corrupción que les rodeaba, mostraban que no se había apagado en

el seno de la Iglesia católica el divino fuego de las _lenguas del

Cenáculo_. Este solo hecho prueba ya mucho; pero prescindiré de

él, para llamar la atención sobre otro más notable, menos sujeto á

cuestiones, menos tachable de exageración, y que no puede decirse

limitado á este ó á aquel individuo, sino que es la verdadera expresión

del espíritu que animaba al cuerpo de la Iglesia. Hablo de la incesante

reunión de concilios en que se reprobaban y condenaban los abusos, y se

inculcaba la santidad de costumbres, y la observancia de la disciplina.

Afortunadamente este hecho consolador está fuera de toda duda; está

patente á los ojos de todo el mundo, bastando, para convencerse de él,

el haber abierto una vez siquiera algún libro de historia eclesiástica,

ó alguna colección de concilios. Es sobremanera digno este hecho de

llamar la atención, y aun puede añadirse que quizá no se ha advertido

toda la importancia que encierra. En efecto: si observamos las otras

sociedades, repararemos que, á medida que las ideas ó las costumbres

cambian, van modificando rápidamente las leyes; y, si éstas le son muy

contrarias, en poco tiempo las hacen callar, las arrollan, las echan

por el suelo. Pero en la Iglesia no sucedió así: la corrupción se había

extendido por todas partes de una manera lamentable: los ministros de

la religión se dejaban arrastrar de la corriente, y se olvidaban de

la santidad de su ministerio; pero el fuego santo ardía siempre en

el santuario: allí se proclamaba, se inculcaba sin cesar la ley; y

aquellos mismos hombres ¡cosa admirable!, aquellos mismos hombres que

la quebrantaban, se reunían con frecuencia para condenarse á sí mismos,

para afear su propia conducta, haciendo de esta manera más sensible,

más público el contraste entre su enseñanza y sus obras. La simonía

y la incontinencia eran los dos vicios dominantes; pues bien, abrid

las colecciones de los concilios, y por dondequiera los encontraréis

anatematizados. Jamás se vió tan prolongada, tan constante, tan tenaz

lucha del derecho contra el hecho; jamás, como entonces, se vió por

espacio de largos siglos á la ley colocada cara á cara contra las

pasiones desencadenadas; y mantenerse allí firme, inmóvil, sin dar un

paso atrás, sin permitirles tregua ni descanso hasta haberlas sojuzgado.

Y no fué inútil esa constancia, esa santa tenacidad: y así es que á

principios del siglo XVI, es decir, á la época del nacimiento del

Protestantismo, vemos que los abusos eran incomparablemente menores,

que las costumbres se habían mejorado mucho, que la disciplina había

adquirido vigor, y que se la observaba con bastante regularidad. El

tiempo de las declamaciones de Lutero no era el tiempo calamitoso

llorado por San Pedro Damián y por San Bernardo: el caos se había

desembrollado mucho; la luz, el orden y la regularidad se iban

difundiendo rápidamente; y, por prueba incontestable de que no yacía

en tanta ignorancia y corrupción como se quería ponderar, podía la

Iglesia ofrecer una exquisita muestra de hombres tan distinguidos en

santidad como brillaron en aquel mismo siglo, y tan eminentes en

sabiduría como resplandecieron en el Concilio de Trento. Es menester

no olvidar la situación en que se había encontrado la Iglesia; es

necesario no perder de vista que las grandes reformas exigen largo

tiempo; que estas reformas encontraban resistencia en los eclesiásticos

y en los seglares, y que, por haberlas querido emprender con firmeza

y constancia Gregorio VII, se ha llegado á tacharle de temerario. No

juzguemos á los hombres fuera de su lugar y tiempo; no pretendamos

que todo se ajuste á los mezquinos tipos que nos forjamos en nuestra

imaginación: los siglos ruedan en una órbita inmensa, y la variedad

de circunstancias produce situaciones tan extrañas y complicadas, que

apenas alcanzamos á concebirlas.

Bossuet, en su _Historia de las variaciones_, después de haber hecho

una clasificación del diferente espíritu que guiaba á los hombres que

habían intentado una reforma antes del siglo XVI, y después de citar

las amenazadoras palabras del cardenal Julián, dice: «Así es como, en

el siglo XV, ese cardenal, el hombre más grande de su tiempo, deploraba

los males, previendo sus funestas consecuencias; de manera que parece

haber pronosticado los que Lutero iba á causar á toda la cristiandad,

empezando por la Alemania; y no se engañó al creer que el _no haber

cuidado de la reforma_, y el aumento del odio contra el clero, iba á

producir una secta más temible para la Iglesia que la de los bohemios.»

De estas palabras se infiere que el ilustre obispo de Meaux encontraba

una de las principales causas del Protestantismo en no haberse hecho á

tiempo la reforma legítima. No se crea, por esto, que Bossuet excuse

en lo más mínimo á los corifeos del Protestantismo, ni que trate de

poner en salvo las intenciones de los novadores; antes al contrario,

los coloca en la clase de los reformadores turbulentos, que, lejos

de favorecer la verdadera reforma deseada por los hombres sabios y

prudentes, sólo servían para hacerla más difícil, introduciendo con sus

malas doctrinas el espíritu de desobediencia, de cisma y de herejía.

Á pesar de la autoridad de Bossuet, no puedo inclinarme á dar tanta

importancia á los abusos, que los mire como una de las principales

causas del Protestantismo, y no es necesario repetir lo que en apoyo de

mi opinión he dicho antes. Pero no será fuera del caso advertir que mal

pueden apoyarse en la autoridad de Bossuet los que intenten sincerar

las intenciones de los primeros reformadores; pues que el ilustre

prelado es el primero en suponerlos altamente culpables, y en reconocer

que, si bien existían los abusos, nunca tuvieron los novadores la

intención de corregirlos, antes sí de valerse de este pretexto para

apartarse de la fe de la Iglesia, substraerse al yugo de la legítima

autoridad, quebrantar todos los lazos de la disciplina, é introducir de

esta suerte el desorden y la licencia.

Y á la verdad, ¿cómo sería posible atribuir á los primeros reformadores

el espíritu de una verdadera reforma, cuando casi todos cuidaron

de desmentirlo con su vergonzosa conducta? Si al menos se hubieran

entregado á un riguroso ascetismo, si con la austeridad de sus

costumbres hubiesen condenado la relajación de que se lamentaban,

entonces podríamos sospechar si sus mismos extravíos fueron efecto de

un celo exagerado, si fueron arrebatados al mal por un exceso de amor

al bien; pero ¿sucedió algo de semejante? Oigamos lo que dice sobre el

particular un testigo de vista, un hombre que por cierto no puede ser

tildado de fanático, un hombre que guardó con los primeros corifeos

del Protestantismo tantas consideraciones y miramientos, que no pocos

los han calificado de culpables: es Erasmo, que, hablando con su

acostumbrada gracia y malignidad, dice así: «Según parece, la reforma

viene á parar á la secularización de algunos frailes, y al casamiento

de algunos sacerdotes: y esa gran tragedia se termina, al fin, por un

suceso muy cómico, pues que todo se desenlaza, como en las comedias,

por un casamiento.»

Esto manifiesta hasta la evidencia cuál era el verdadero espíritu de

los novadores del siglo XVI, y que, lejos de intentar la enmienda de

los abusos, se proponían más bien agravarlos. En esta parte, la simple

consideración de los hechos ha guiado á M. Guizot por el camino de la

verdad, cuando no admite la opinión de aquellos que pretenden que «la

reforma había sido una tentativa concebida y ejecutada con el solo

designio de reconstituir una Iglesia pura, la Iglesia primitiva; ni una

simple mira de mejora religiosa, ni el fruto de una utopia de humanidad

y de verdad.» (_Historia general de la civilización europea, lección

12._)

Tampoco será difícil ahora el apreciar en su justo valor el mérito de

la explicación que ha dado de este fenómeno el escritor que acabo de

citar. «La reforma, dice M. Guizot, fué un esfuerzo extraordinario en

nombre de la libertad, una insurrección de la inteligencia humana.»

Este esfuerzo nació, según el mismo autor, de la _vivísima actividad_

que desplegaba el espíritu humano, y del estado de _inercia_ en que

había caído la Iglesia romana: de que á la sazón caminaba el espíritu

humano con fuerte é impetuoso movimiento, y la Iglesia se hallaba

_estacionaria_. Ésta es una de aquellas explicaciones que son muy á

propósito para granjearse admiradores y prosélitos; porque, colocados

los pensamientos en terreno tan general y elevado, no pueden ser

examinados de cerca por la mayor parte de los lectores, y, presentados

con el velo de una imagen brillante, deslumbran los ojos, y preocupan

el juicio.

Como lo que coarta la libertad de pensar, tal como la entiende aquí

M. Guizot, y como la entienden los protestantes, es la _autoridad_ en

materias de fe, infiérese que el levantamiento de la inteligencia debió

ser seguramente contra esa _autoridad_; es decir, que aconteció la

sublevación del entendimiento, porque él marchaba, y la Iglesia no se

movía de sus dogmas; ó, por valerme de la expresión de M. Guizot: «la

Iglesia se hallaba _estacionaria_.»

Sea cual fuere la disposición de ánimo de M. Guizot con respecto á los

dogmas de la Iglesia católica, al menos como filósofo debió advertir

que andaba muy desacertado en señalar, como particular de una época, lo

que para la Iglesia era un carácter de que ella se había glorificado

en todos tiempos. En efecto: van ya más de 18 siglos que á la Iglesia

se la puede llamar _estacionaria_ en sus dogmas; y ésta es una prueba

inequívoca de que ella sola está en posesión de la verdad: porque la

verdad es _invariable_, por ser _una_.

Si, pues, el levantamiento de la inteligencia se hizo por esta causa,

nada tuvo la Iglesia en aquel siglo que no tuviera en todos los

anteriores, y no lo haya conservado en los siguientes; nada hubo de

particular, nada de característico; nada, por consiguiente, se ha

adelantado en la explicación de las causas del fenómeno; y si por

esta razón la compara M. Guizot á los gobiernos _viejos_, ésta es

una _vejez_ que la tuvo la Iglesia desde su cuna. Como si M. Guizot

hubiese sentido él propio la flaqueza de sus raciocinios, presenta

los pensamientos en grupo, en tropel; hace desfilar á los ojos del

lector diferentes órdenes de ideas, sin cuidar de clasificaciones, ni

deslindes, para que la variedad distraiga y la mezcla confunda. En

efecto: á juzgar por el contexto de su discurso, no parece que entienda

aplicar á la Iglesia los epítetos de _inerte_, ni _estacionaria_ con

respecto á los dogmas, sino que más bien se deja conjeturar que trata

de referirlo á pretensiones bajo el aspecto político y económico; pues,

por lo que toca á la _tiranía é intolerancia_ que han achacado algunos

á la Corte de Roma, lo rechaza M. Guizot como una calumnia.

Supuesto que en esta parte presenta una incoherencia de ideas que

parece no debíamos esperar de su claro entendimiento, incoherencia

que á muchos se les haría recio de creer, me es indispensable copiar

literalmente sus propias palabras, y en ellas aprenderemos que nada

hay más incoherente que los grandes talentos, una vez colocados en una

posición falsa.

«Había caído la Iglesia, dice M. Guizot, en un estado de inercia,

se hallaba estacionaria: el crédito político de la Corte de Roma se

había disminuído mucho: la dirección de la sociedad europea ya no le

pertenecía, puesto que había pasado al gobierno civil. Con todo, tenía

el poder espiritual las mismas pretensiones que antes; conservaba

aún toda su pompa, toda su importancia exterior: sucedíale lo que ha

acontecido, más de una vez á los gobiernos viejos y que han perdido

su influencia: se dirigían de continuo quejas contra ella, y la mayor

parte eran fundadas.» ¿Cómo es posible que M. Guizot no advirtiese

que nada señalaba aquí que tuviese relación con la libertad del

pensamiento, nada que no fuera de un orden muy diferente? El haberse

disminuído el influjo político de la Corte de Roma, y el conservar

aún sus pretensiones; el no pertenecerle ya la dirección de la

sociedad europea, y el conservar ella su pompa é importancia exterior,

¿significa acaso otra cosa que las rivalidades que pudieron existir

con respecto á asuntos políticos? ¿Y cómo pudo olvidar M. Guizot que

poco antes había dicho que el señalar como causa del Protestantismo la

_rivalidad de los soberanos con el poder eclesiástico_, no le parecía

_fundado_, ni muy _filosófico_, ni en correspondiente _proporción con

la extensión é importancia de este suceso_?

Si algunos creyesen que, aun cuando todo esto no tuviera relación

directa con la libertad del pensamiento, no obstante, se provocó la

sublevación intelectual con la intolerancia que manifestaba á la sazón

la Corte de Roma: «No es verdad, les responderá M. Guizot, que en el

siglo XVI la Corte de Roma fuese muy tiránica; no es verdad que los

abusos, propiamente dichos, fuesen entonces más numerosos y más graves

de lo que hasta aquella época habían sido. _Al contrario, nunca quizás_

el gobierno eclesiástico se había mostrado más _condescendiente y

tolerante_, más dispuesto á dejar marchar todas las cosas mientras

no se cuestionase sobre su poder, mientras se le reconociesen, aun

dejándolos sin ejercicio, los derechos que tenía: mientras se le

asegurase la misma existencia, se le pagasen los mismos tributos. De

este modo el gobierno eclesiástico hubiera dejado tranquilo al espíritu

humano, si el espíritu humano hubiese querido hacer otro tanto con

respecto á él.» Es decir, que no parece sino que M. Guizot se olvidó

completamente de que asentaba todos esos antecedentes para manifestar

que la reforma protestante había sido un _grande esfuerzo en nombre

de la libertad, un levantamiento de la inteligencia humana_; pues que

nada nos alega, nada recuerda que se opusiese á esta libertad; y aun

si algo pudiera provocar el _levantamiento_, como habría sido _la

intolerancia_, _la crueldad_, el no dejar tranquilo al espíritu humano,

ya nos ha dicho M. Guizot que el gobierno eclesiástico en el siglo XVI

no era tiránico, antes bien era _condescendiente_, _tolerante_, y que

de su parte hubiera _dejado tranquilo al espíritu humano_.

Á la vista de tales datos, es evidente que el _esfuerzo extraordinario

en nombre de la libertad de pensar_, es, en boca de M. Guizot, una

palabra vaga, indefinible; y, al proferirla, parece que se propuso

cubrir con brillante velo la cuna del Protestantismo, aun á expensas

de la consecuencia en sus propias opiniones. Desechó las rivalidades

políticas y apela luego á ellas; no da importancia á la influencia de

los abusos, no los juzga por verdadera causa, y se olvida que en la

lección antecedente había asentado que, si se hubiera hecho á tiempo

una reforma legal _tan oportuna y necesaria_, tal vez se hubiera

evitado la revolución religiosa: traza un cuadro en que se propone

presentar puntos de contraste con esta libertad, quiere alzarse á

consideraciones generales, elevadas, que abarquen la posición y las

relaciones de la inteligencia, y se detiene en _la pompa y aparato

exterior_, recuerda las _rivalidades políticas_, y, abatiendo su vuelo,

hasta desciende al terreno de los _tributos_.

Esa incoherencia de ideas, esa debilidad de raciocinio, ese olvido

de los propios asertos, sólo podrá parecer extraño á quien esté más

acostumbrado á admirar el vuelo de los grandes talentos que á estudiar

la historia de sus aberraciones. Cabalmente M. Guizot se hallaba en

tal posición, que es muy difícil no equivocarse y deslumbrarse; porque,

si es verdad que el caminar rastreramente sobre los hechos individuales

trae el inconveniente de circunscribir la vista, y de conducir al

observador á la colección de una serie de hechos aislados, más bien

que á la formación de un cuerpo de ciencia, también es cierto que,

divagando el espíritu por un inmenso espacio donde haya de abarcar

muchos y muy variados hechos en todos sus aspectos y relaciones, corre

peligro de alucinarse á cada paso; también es cierto que la demasiada

generalidad suele rayar en hipotética y fantástica; que no pocas veces,

alzándose con inmoderado vuelo el entendimiento para descubrir mejor el

conjunto de los objetos, llega á no verlos como son en sí, quizás hasta

los pierda enteramente de vista; y por eso es menester que los más

elevados observadores recuerden con frecuencia el dicho de Bacón: «_no

alas, sino plomo_».

M. Guizot tenía demasiada imparcialidad para que no pudiese menos de

confesar la exageración con que habían sido abultados los abusos;

además, tenía mucha filosofía para desconocer que no eran causa

suficiente para producir un efecto tamaño; y hasta el sentimiento de

su propia dignidad y decoro no le permitió mezclarse con esa turba

bulliciosa y descomedida, que clama sin cesar contra la crueldad y la

intolerancia; y así es que en esta parte hizo un esfuerzo para hacer

justicia á la Iglesia romana. Pero desgraciadamente sus prevenciones

contra la Iglesia no le permitieron ver las cosas como son en sí:

columbró que el origen del Protestantismo debía buscarse en el mismo

espíritu humano; pero, conocedor del siglo en que vive, y, sobre todo,

de la época en que hablaba, presintió que, para ser bien acogidos sus

discursos, era menester lisonjear al auditorio apellidando _libertad_;

templó con algunas palabras suaves la amargura de los cargos contra

la Iglesia, mas procurando luego que todo lo bello, todo lo grande

y generoso, estuviera de parte del pensamiento engendrador de la

reforma, y que recayesen sobre la Iglesia todas las sombras que habían

de obscurecer el cuadro.

Á no ser así, hubiera visto, sin duda, que, si bien la principal

causa del Protestantismo se halla en el espíritu humano, no era

necesario recurrir á parangones injustos; no hubiera caído en la

incoherencia que acabamos de ver; hubiera encontrado la raíz del hecho

en el propio carácter del espíritu humano, y hubiera explicado su

gravedad y transcendencia, con sólo recordar la naturaleza, posición

y circunstancias de las sociedades en cuyo centro apareció. Habría

notado que no hubo allí un _esfuerzo extraordinario, sino una simple

repetición de lo acontecido en cada siglo; un fenómeno común, que

tomó un carácter especial, á causa de la particular disposición de la

atmósfera que le rodeaba_.

Este modo de considerar el Protestantismo como un hecho común,

agrandado, empero, y extendido á causa de las circunstancias de la

sociedad en que nació, me parece tan filosófico como poco reparado:

y así presentaré otra proposición, que nos suministrará juntamente

razones y ejemplos. Tal es el estado de las sociedades modernas,

de tres siglos á esta parte, que todos los hechos que en ellas se

verifiquen, han de tomar un carácter de generalidad, y, por tanto, de

gravedad, que los ha de distinguir de los mismos hechos, verificados,

empero, en otras épocas en que era diferente el estado de las

sociedades. Dando una ojeada á la historia antigua, observaremos que

todos los hechos tenían cierto aislamiento, por el cual ni eran tan

provechosos cuando eran buenos, ni tan nocivos cuando eran malos.

Cartago, Roma, Lacedemonia, Atenas, y todos esos pueblos antiguos,

más ó menos adelantados en la carrera de la civilización, siguen cada

cual su camino; pero siempre de una manera particular: las ideas, las

costumbres, las formas políticas se sucedían unas á otras; pero no se

descubre esa influencia de las ideas de un pueblo sobre las ideas de

otro pueblo, de las costumbres del uno sobre las costumbres del otro;

ese espíritu propagador que tiende á confundirlos á todos en un mismo

centro: por manera que, excepto el caso de violenta conmixtión, se

conoce muy bien que podrían los pueblos antiguos estar largo tiempo muy

cercanos, conservando íntegramente cada uno sus propias fisonomías, sin

experimentar á causa del contacto considerables mudanzas.

Observad, empero, cuán de otra manera sucede en Europa: una revolución

en un país afecta todos los otros; una idea salida de una escuela pone

en agitación á los pueblos, y en alarma á los gobiernos: nada hay

aislado; todo se generaliza, todo se propaga, tomando con la misma

expansión una fuerza terrible. He aquí por qué no es posible estudiar

la historia de un pueblo, sin que se presenten en la escena todos los

pueblos; no es posible estudiar la historia de una ciencia, de un arte,

sin que se compliquen desde luego cien relaciones con otros objetos que

no son ni científicos, ni artísticos: y es porque todos los pueblos se

asimilan, todos los objetos se enlazan, todas las relaciones se abarcan

y se cruzan; he aquí por qué no hay un asunto en un país en que no

tomen interés, y aun parte si es posible, todos los demás; y he aquí

por qué, concretándonos á la política, es y será siempre una idea sin

aplicaciones la de _no intervención_; pues no se ha visto jamás que

cada cual no procure intervenir en todos los negocios que le interesan.

Estos ejemplos, tomados de los órdenes políticos, literarios y

artísticos, me parecen muy á propósito para dar á entender mi idea

sobre lo que ha sucedido con respecto al orden religioso; y, si bien

despojan al Protestantismo de ese manto filosófico con que se le ha

querido cubrir aun en su cuna; si le quitan todo derecho á suponerse

como un pensamiento que, lleno de previsión y de proyectos grandiosos,

encerraba grandes destinos, tampoco rebajan en nada su gravedad y su

extensión, en nada limitan el hecho; antes sí indican la verdadera

causa de que se haya presentado con aspecto tan imponente.

Desde el punto de vista que acabo de señalar, todo se descubre en

su verdadero tamaño: los hombres apenas figuran, casi desaparecen;

los abusos se ofrecen como son: ocasiones y pretextos; los planes

vastos, las ideas altas y generosas, los esfuerzos de independencia se

reducen á suposiciones arbitrarias; el cebo de las depredaciones, la

ambición, las rivalidades de los soberanos, juegan como causas más ó

menos influyentes, pero siempre en un orden secundario: ninguna causa

se excluye; sólo que se las coloca á todas en su lugar, no se permite

la exageración en su influencia, y, señalándose una principal, no

deja de mirarse el hecho como de tal naturaleza, que en su nacimiento

y desarrollo debieron de obrar un sinnúmero de agentes. Y, cuando se

llega á una cuestión capital en la materia; cuando se pregunta la causa

del odio, de la exasperación, que han manifestado los sectarios contra

Roma; cuando se pregunta si esto no revela algunos grandes abusos

de su parte, si no hace sospechar su sinrazón, se puede responder

tranquilamente: que siempre se ha visto que las olas en la tormenta

braman furiosas contra la roca inmóvil que las resiste.

Tan lejos estoy de atribuir á los abusos la influencia que muchos

les han asignado con respecto al nacimiento y desarrollo del

Protestantismo, que estoy convencido de que, por más reformas legales

que se hubieran hecho, por más condescendiente que se hubiera

manifestado la autoridad eclesiástica en acceder á demandas y

exigencias de todas clases, hubiera acontecido, poco más ó menos, la

misma desgracia.

Es necesario haber reparado bien poco en la extrema inconstancia y

movilidad del espíritu humano, y haber estudiado muy poco su historia,

para desconocer que era ésta una de aquellas grandes calamidades que

sólo Dios, por providencia especial, es bastante á evitarlas.[5]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 6 / 58 题