CAPITULO PRIMERO

Existe en medio de las naciones civilizadas un hecho muy grave, por

la naturaleza de las materias sobre que versa; muy transcendental,

por la muchedumbre, variedad é importancia de las relaciones

que abarca; interesante en extremo, por estar enlazado con los

principales acontecimientos de la historia moderna: este hecho es el

_Protestantismo_.

Ruidoso en su origen, llamó desde luego la atención de la Europa

entera, sembrando en unas partes la alarma, y excitando en otras las

más vivas simpatías; rápido en su desarrollo, no dió lugar siquiera

á que sus adversarios pudiesen ahogarle en su cuna; y, al contar

muy poco tiempo desde su aparición, ya dejaba apenas esperanza de

que pudiera ser atajado en su incremento, ni detenido en su marcha.

Engreído con las consideraciones y miramientos, tomaba bríos su osadía

y se acrecentaba su pujanza; exasperado con las medidas coercitivas,

ó las resistía abiertamente, ó se replegaba y reconcentraba para

empezar de nuevo sus ataques con más furiosa violencia; y de la

misma discusión, de las mismas investigaciones críticas, de todo

aquel aparato erudito y científico que se desplegó para defenderle

ó combatirle, de todo se servía como de vehículo para propagar su

espíritu y difundir sus máximas. Creando nuevos y pingües intereses,

se halló escudado por protectores poderosos; mientras, convidando

con los más vivos alicientes todo linaje de pasiones, las levantaba

en su favor, poniéndolas en la combustión más espantosa. Echaba mano

alternativamente de la astucia ó de la fuerza, de la seducción ó

de la violencia, según á ello se brindaban las varias ocasiones ó

circunstancias; y, empeñado en abrirse paso en todas direcciones, ó

rompiendo las barreras ó salvándolas, no paraba hasta alcanzar en los

países que iba ocupando, el arraigo que necesitaba para asegurarse

estabilidad y duración. Logrólo así, en efecto; y, á más de los vastos

establecimientos que adquirió y conserva todavía en Europa, fué llevado

en seguida á otras partes del mundo, é inoculado en las venas de

pueblos sencillos é incautos.

Para apreciar en su justo valor un hecho, para abarcar cumplidamente

sus relaciones, deslindándolas como sea menester, señalando á cada

una su lugar, é indicando su mayor ó menor importancia, es necesario

examinar si sería dable descubrir el principio constitutivo del hecho;

ó, al menos, si se puede notar algún rasgo característico, que, pintado

por decirlo así en su fisonomía, nos revele su íntima naturaleza.

Difícil tarea, por cierto, al tratar de hechos de tal género y

tamaño como es el que nos ocupa; ya por la variedad de los aspectos

que se ofrecen, ya por la muchedumbre de relaciones que se cruzan y

enmarañan. En tales materias, amontónanse con el tiempo un gran número

de opiniones, que, como es natural, han buscado todas sus argumentos

para apoyarse; y así se encuentra el observador con tantos y tan varios

objetos, que se ofusca, se abruma y se confunde: y, si se empeña en

mudar de lugar, por colocarse en un punto de vista más á propósito,

halla esparcidos por el suelo tanta abundancia de materiales, que le

obstruyen el paso, ó, cubriendo el verdadero camino, le extravían en su

marcha.

Con sólo dar una mirada al Protestantismo, ora se le considere en su

estado actual, ora en las varias fases de su historia, siéntese desde

luego la suma dificultad de encontrar en él nada de constante, nada que

pueda señalarse como su principio constitutivo: porque, incierto en

sus creencias, las modifica de continuo, y las varía de mil maneras;

vago en sus miras, y fluctuante en sus deseos, ensaya todas las formas,

tantea todos los caminos; y, sin que alcance jamás una existencia

bien determinada, sigue siempre con paso mal seguro nuevos rumbos, no

logrando otro resultado que enredarse en más intrincados laberintos.

Los controversistas católicos le han perseguido y acosado en todas

direcciones; pero, si les preguntáis con qué resultado, os dirán

que han tenido que habérselas con un nuevo Proteo, que, próximo á

recibir un golpe, le eludía, cambiando de forma. Y en efecto, si se

quiere atacar al Protestantismo en sus doctrinas, no se sabe á dónde

dirigirse; porque no se sabe nunca cuáles son éstas, y aun él propio

lo ignora; pudiendo decirse que bajo este aspecto el Protestantismo es

invulnerable, porque invulnerable es lo que carece de cuerpo. Ésta es

la razón de no haberse encontrado arma más á propósito para combatirle

que la empleada por el ilustre obispo de Meaux: _Tú varías, y lo que

varía no es verdad_. Arma muy temida por el Protestantismo, y, por

cierto, digna de serlo; pues que todas las transformaciones que se

empleen para eludir su golpe, sólo sirven para hacerle más certero

y más recio. ¡Qué pensamiento tan cabal el de ese grande hombre! El

solo título de la obra debió hacer temblar á los protestantes: es la

_Historia de las variaciones_; y una historia de _variaciones_ es la

historia del _error_.[1]

Esta variedad, que no debe mirarse como extraña en el Protestantismo,

antes sí como natural y muy propia, al paso que nos indica que él no

está en posesión de la verdad, nos revela también que el principio

que le mueve y le agita, no es un principio de vida, sino un elemento

disolvente. Hasta ahora siempre se le ha pedido en vano que asentase en

alguna parte el pie, y presentase un cuerpo uniforme y compacto; y en

vano será también pedírselo en adelante, porque vano es pedir asiento

fijo á lo que está fluctuando en la vaguedad de los aires; y mal puede

formarse un cuerpo compacto por medio de un elemento, que tiende de

continuo á separar las partes, disminuyendo siempre su afinidad, y

comunicándoles nuevas fuerzas para repelerse y rechazarse. Bien se

deja entender que estoy hablando del _examen privado en materias de

fe_; ya sea que para el fallo se cuente con la sola luz de la razón,

ó con particulares inspiraciones del cielo. Si algo puede encontrarse

de constante en el Protestantismo, es este espíritu de examen; es el

substituir á la autoridad pública y legítima, el dictamen privado: esto

se encuentra siempre junto al Protestantismo, mejor diremos, en lo más

íntimo de su seno; éste es el único punto de contacto de todos los

protestantes, el fundamento de su semejanza; y es bien notable que se

verifica todo esto á veces sin su designio, á veces contra su expresa

voluntad.

Pésimo y funesto como es semejante principio, sí al menos los corifeos

del Protestantismo le hubieran proclamado como seña de combate,

apoyándole, empero, siempre con su doctrina, y sosteniéndole con su

conducta, hubieran sido consecuentes en el error, y, al verles caer

de precipicio en precipicio, se habría conocido que era efecto de un

mal sistema, pero que, bueno ó malo, era al menos un sistema. Pero ni

esto siquiera: y, examinando las palabras y hechos de los primeros

novadores, se nota que, si bien echaron mano de ese funesto principio,

fué para resistir á la autoridad que los estrechaba; pero, por lo

demás, nunca pensaron en establecerle completamente. Trataron, sí, de

derribar la autoridad legítima, pero con el fin de usurpar ellos el

mando; es decir, que siguieron la conducta de los revolucionarios

de todas clases, tiempos y países: quieren echar al suelo el poder

existente, para colocarse ellos en su lugar. Nadie ignora hasta qué

punto llevaba Lutero su frenética intolerancia; no pudiendo sufrir, ni

en sus discípulos, ni en los demás, la menor contradicción á cuanto le

pluguiese á él establecer, sin entregarse á los más locos arrebatos,

sin permitirse los más soeces dicterios. Enrique VIII, el fundador en

Inglaterra de lo que se llama _independencia del pensamiento_, enviaba

al cadalso á cuantos no pensaban como él; y á instancias de Calvino fué

quemado vivo en Ginebra Miguel Servet.

Llamo tan particularmente la atención sobre este punto, porque me

parece muy importante el hacerlo: el hombre es muy orgulloso, y, al oir

que se deja como sentado que los novadores del siglo XVI proclamaron

la _independencia del pensamiento_, sería posible que algunos incautos

tomaran por aquellos corifeos un secreto interés, mirando sus violentas

peroratas como la expresión de un arranque generoso, y contemplando

sus esfuerzos como dirigidos á la vindicación de los derechos del

entendimiento. Sépase, pues, para no olvidarse jamás, que aquellos

hombres proclamaban el principio del _libre examen_, sólo para

escudarse contra la legítima autoridad; pero que en seguida trataban de

imponer á los demás el yugo de las doctrinas que ellos habían forjado.

Se proponían destruir la autoridad emanada de Dios, y sobre las ruinas

de ella establecer la suya propia. Doloroso es el verse precisado á

presentar las pruebas de esta aserción: no porque no se ofrezcan en

abundancia, sino porque, si se quiere echar mano de las más seguras é

incontestables, hay que recordar palabras y hechos que, si bien cubren

de oprobio á los fundadores del Protestantismo, tampoco es grato el

traerlos á la memoria; porque al pronunciar tales cargos la frente

se ruboriza, y al consignarlos en un escrito parece que el papel se

mancha.[2]

Mirado en globo el Protestantismo, sólo se descubre en él un informe

conjunto de innumerables sectas, todas discordes entre sí, y acordes

sólo en un punto: _en protestar contra la autoridad de la Iglesia_.

Ésta es la causa de que sólo se oigan entre ellas nombres particulares

y exclusivos, por lo común sólo derivados del fundador de la secta;

y que, por más esfuerzos que hayan hecho, no han alcanzado jamás

á darse un nombre general, expresivo al mismo tiempo de una idea

positiva; de suerte que hasta ahora sólo se denominan á la manera

de las sectas filosóficas. Luteranos, calvinistas, zuinglianos,

anglicanos, socinianos, arminianos, anabaptistas, y la interminable

cadena que podría recordar, son nombres que muestran plenamente la

estrechez y mezquindad del círculo en que se encierran sus sectas; y

basta pronunciarlos para notar que no hay en ellos nada de general,

nada de grande. Á quien conozca medianamente la religión cristiana,

parece que esto debería bastarle para convencerse de que estas sectas

no son verdaderamente cristianas; pero lo singular, lo más notable,

es lo que ha sucedido con respecto á encontrar un nombre general.

Recorred su historia, y veréis que tantea varios, pero ninguno le

cuadra, en encerrándose en ellos algo de positivo, algo de cristiano;

pero, al ensayar uno como recogido al acaso en la Dieta de Espira, uno

que en sí propio lleva su condenación, porque repugna al origen, al

espíritu, á las máximas, á la historia entera de la religión cristiana;

un nombre que nada expresa de unidad, ni de unión; es decir, nada de

aquello que es inseparable del nombre cristiano; un nombre que no

envuelve ninguna idea positiva, que nada explica, nada determina; al

ensayar éste, se le ha ajustado perfectamente, todo el mundo se lo ha

adjudicado por unanimidad, por aclamación; y es porque era el suyo:

_Protestantismo_.[3]

En el vago espacio señalado por este nombre, todas las sectas se

acomodan, todos los errores tienen cabida: negad con los luteranos el

libre albedrío, renovad con los arminianos los errores de Pelagio,

admitid la presencia real con unos, desechadla luego con los

zuinglianos y calvinistas; si queréis, negad con los socinianos la

divinidad de Jesucristo, adheríos á los episcopales ó á los puritanos,

daos si os viniera en gana á las extravagancias de los cuáqueros, todo

esto nada importa: no dejáis por ello de ser protestantes, porque

todavía _protestáis_ contra la autoridad de la Iglesia. Es ése un

espacio tan anchuroso, del que apenas podréis salir, por grandes que

sean vuestros extravíos: es todo el vasto terreno que descubrís en

saliendo fuera de las puertas de la Ciudad Santa.[4]

El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) · 第 5 / 58 题