Existe en medio de las naciones civilizadas un hecho muy grave, por
la naturaleza de las materias sobre que versa; muy transcendental,
por la muchedumbre, variedad é importancia de las relaciones
que abarca; interesante en extremo, por estar enlazado con los
principales acontecimientos de la historia moderna: este hecho es el
_Protestantismo_.
Ruidoso en su origen, llamó desde luego la atención de la Europa
entera, sembrando en unas partes la alarma, y excitando en otras las
más vivas simpatías; rápido en su desarrollo, no dió lugar siquiera
á que sus adversarios pudiesen ahogarle en su cuna; y, al contar
muy poco tiempo desde su aparición, ya dejaba apenas esperanza de
que pudiera ser atajado en su incremento, ni detenido en su marcha.
Engreído con las consideraciones y miramientos, tomaba bríos su osadía
y se acrecentaba su pujanza; exasperado con las medidas coercitivas,
ó las resistía abiertamente, ó se replegaba y reconcentraba para
empezar de nuevo sus ataques con más furiosa violencia; y de la
misma discusión, de las mismas investigaciones críticas, de todo
aquel aparato erudito y científico que se desplegó para defenderle
ó combatirle, de todo se servía como de vehículo para propagar su
espíritu y difundir sus máximas. Creando nuevos y pingües intereses,
se halló escudado por protectores poderosos; mientras, convidando
con los más vivos alicientes todo linaje de pasiones, las levantaba
en su favor, poniéndolas en la combustión más espantosa. Echaba mano
alternativamente de la astucia ó de la fuerza, de la seducción ó
de la violencia, según á ello se brindaban las varias ocasiones ó
circunstancias; y, empeñado en abrirse paso en todas direcciones, ó
rompiendo las barreras ó salvándolas, no paraba hasta alcanzar en los
países que iba ocupando, el arraigo que necesitaba para asegurarse
estabilidad y duración. Logrólo así, en efecto; y, á más de los vastos
establecimientos que adquirió y conserva todavía en Europa, fué llevado
en seguida á otras partes del mundo, é inoculado en las venas de
pueblos sencillos é incautos.
Para apreciar en su justo valor un hecho, para abarcar cumplidamente
sus relaciones, deslindándolas como sea menester, señalando á cada
una su lugar, é indicando su mayor ó menor importancia, es necesario
examinar si sería dable descubrir el principio constitutivo del hecho;
ó, al menos, si se puede notar algún rasgo característico, que, pintado
por decirlo así en su fisonomía, nos revele su íntima naturaleza.
Difícil tarea, por cierto, al tratar de hechos de tal género y
tamaño como es el que nos ocupa; ya por la variedad de los aspectos
que se ofrecen, ya por la muchedumbre de relaciones que se cruzan y
enmarañan. En tales materias, amontónanse con el tiempo un gran número
de opiniones, que, como es natural, han buscado todas sus argumentos
para apoyarse; y así se encuentra el observador con tantos y tan varios
objetos, que se ofusca, se abruma y se confunde: y, si se empeña en
mudar de lugar, por colocarse en un punto de vista más á propósito,
halla esparcidos por el suelo tanta abundancia de materiales, que le
obstruyen el paso, ó, cubriendo el verdadero camino, le extravían en su
marcha.
Con sólo dar una mirada al Protestantismo, ora se le considere en su
estado actual, ora en las varias fases de su historia, siéntese desde
luego la suma dificultad de encontrar en él nada de constante, nada que
pueda señalarse como su principio constitutivo: porque, incierto en
sus creencias, las modifica de continuo, y las varía de mil maneras;
vago en sus miras, y fluctuante en sus deseos, ensaya todas las formas,
tantea todos los caminos; y, sin que alcance jamás una existencia
bien determinada, sigue siempre con paso mal seguro nuevos rumbos, no
logrando otro resultado que enredarse en más intrincados laberintos.
Los controversistas católicos le han perseguido y acosado en todas
direcciones; pero, si les preguntáis con qué resultado, os dirán
que han tenido que habérselas con un nuevo Proteo, que, próximo á
recibir un golpe, le eludía, cambiando de forma. Y en efecto, si se
quiere atacar al Protestantismo en sus doctrinas, no se sabe á dónde
dirigirse; porque no se sabe nunca cuáles son éstas, y aun él propio
lo ignora; pudiendo decirse que bajo este aspecto el Protestantismo es
invulnerable, porque invulnerable es lo que carece de cuerpo. Ésta es
la razón de no haberse encontrado arma más á propósito para combatirle
que la empleada por el ilustre obispo de Meaux: _Tú varías, y lo que
varía no es verdad_. Arma muy temida por el Protestantismo, y, por
cierto, digna de serlo; pues que todas las transformaciones que se
empleen para eludir su golpe, sólo sirven para hacerle más certero
y más recio. ¡Qué pensamiento tan cabal el de ese grande hombre! El
solo título de la obra debió hacer temblar á los protestantes: es la
_Historia de las variaciones_; y una historia de _variaciones_ es la
historia del _error_.[1]
Esta variedad, que no debe mirarse como extraña en el Protestantismo,
antes sí como natural y muy propia, al paso que nos indica que él no
está en posesión de la verdad, nos revela también que el principio
que le mueve y le agita, no es un principio de vida, sino un elemento
disolvente. Hasta ahora siempre se le ha pedido en vano que asentase en
alguna parte el pie, y presentase un cuerpo uniforme y compacto; y en
vano será también pedírselo en adelante, porque vano es pedir asiento
fijo á lo que está fluctuando en la vaguedad de los aires; y mal puede
formarse un cuerpo compacto por medio de un elemento, que tiende de
continuo á separar las partes, disminuyendo siempre su afinidad, y
comunicándoles nuevas fuerzas para repelerse y rechazarse. Bien se
deja entender que estoy hablando del _examen privado en materias de
fe_; ya sea que para el fallo se cuente con la sola luz de la razón,
ó con particulares inspiraciones del cielo. Si algo puede encontrarse
de constante en el Protestantismo, es este espíritu de examen; es el
substituir á la autoridad pública y legítima, el dictamen privado: esto
se encuentra siempre junto al Protestantismo, mejor diremos, en lo más
íntimo de su seno; éste es el único punto de contacto de todos los
protestantes, el fundamento de su semejanza; y es bien notable que se
verifica todo esto á veces sin su designio, á veces contra su expresa
voluntad.
Pésimo y funesto como es semejante principio, sí al menos los corifeos
del Protestantismo le hubieran proclamado como seña de combate,
apoyándole, empero, siempre con su doctrina, y sosteniéndole con su
conducta, hubieran sido consecuentes en el error, y, al verles caer
de precipicio en precipicio, se habría conocido que era efecto de un
mal sistema, pero que, bueno ó malo, era al menos un sistema. Pero ni
esto siquiera: y, examinando las palabras y hechos de los primeros
novadores, se nota que, si bien echaron mano de ese funesto principio,
fué para resistir á la autoridad que los estrechaba; pero, por lo
demás, nunca pensaron en establecerle completamente. Trataron, sí, de
derribar la autoridad legítima, pero con el fin de usurpar ellos el
mando; es decir, que siguieron la conducta de los revolucionarios
de todas clases, tiempos y países: quieren echar al suelo el poder
existente, para colocarse ellos en su lugar. Nadie ignora hasta qué
punto llevaba Lutero su frenética intolerancia; no pudiendo sufrir, ni
en sus discípulos, ni en los demás, la menor contradicción á cuanto le
pluguiese á él establecer, sin entregarse á los más locos arrebatos,
sin permitirse los más soeces dicterios. Enrique VIII, el fundador en
Inglaterra de lo que se llama _independencia del pensamiento_, enviaba
al cadalso á cuantos no pensaban como él; y á instancias de Calvino fué
quemado vivo en Ginebra Miguel Servet.
Llamo tan particularmente la atención sobre este punto, porque me
parece muy importante el hacerlo: el hombre es muy orgulloso, y, al oir
que se deja como sentado que los novadores del siglo XVI proclamaron
la _independencia del pensamiento_, sería posible que algunos incautos
tomaran por aquellos corifeos un secreto interés, mirando sus violentas
peroratas como la expresión de un arranque generoso, y contemplando
sus esfuerzos como dirigidos á la vindicación de los derechos del
entendimiento. Sépase, pues, para no olvidarse jamás, que aquellos
hombres proclamaban el principio del _libre examen_, sólo para
escudarse contra la legítima autoridad; pero que en seguida trataban de
imponer á los demás el yugo de las doctrinas que ellos habían forjado.
Se proponían destruir la autoridad emanada de Dios, y sobre las ruinas
de ella establecer la suya propia. Doloroso es el verse precisado á
presentar las pruebas de esta aserción: no porque no se ofrezcan en
abundancia, sino porque, si se quiere echar mano de las más seguras é
incontestables, hay que recordar palabras y hechos que, si bien cubren
de oprobio á los fundadores del Protestantismo, tampoco es grato el
traerlos á la memoria; porque al pronunciar tales cargos la frente
se ruboriza, y al consignarlos en un escrito parece que el papel se
mancha.[2]
Mirado en globo el Protestantismo, sólo se descubre en él un informe
conjunto de innumerables sectas, todas discordes entre sí, y acordes
sólo en un punto: _en protestar contra la autoridad de la Iglesia_.
Ésta es la causa de que sólo se oigan entre ellas nombres particulares
y exclusivos, por lo común sólo derivados del fundador de la secta;
y que, por más esfuerzos que hayan hecho, no han alcanzado jamás
á darse un nombre general, expresivo al mismo tiempo de una idea
positiva; de suerte que hasta ahora sólo se denominan á la manera
de las sectas filosóficas. Luteranos, calvinistas, zuinglianos,
anglicanos, socinianos, arminianos, anabaptistas, y la interminable
cadena que podría recordar, son nombres que muestran plenamente la
estrechez y mezquindad del círculo en que se encierran sus sectas; y
basta pronunciarlos para notar que no hay en ellos nada de general,
nada de grande. Á quien conozca medianamente la religión cristiana,
parece que esto debería bastarle para convencerse de que estas sectas
no son verdaderamente cristianas; pero lo singular, lo más notable,
es lo que ha sucedido con respecto á encontrar un nombre general.
Recorred su historia, y veréis que tantea varios, pero ninguno le
cuadra, en encerrándose en ellos algo de positivo, algo de cristiano;
pero, al ensayar uno como recogido al acaso en la Dieta de Espira, uno
que en sí propio lleva su condenación, porque repugna al origen, al
espíritu, á las máximas, á la historia entera de la religión cristiana;
un nombre que nada expresa de unidad, ni de unión; es decir, nada de
aquello que es inseparable del nombre cristiano; un nombre que no
envuelve ninguna idea positiva, que nada explica, nada determina; al
ensayar éste, se le ha ajustado perfectamente, todo el mundo se lo ha
adjudicado por unanimidad, por aclamación; y es porque era el suyo:
_Protestantismo_.[3]
En el vago espacio señalado por este nombre, todas las sectas se
acomodan, todos los errores tienen cabida: negad con los luteranos el
libre albedrío, renovad con los arminianos los errores de Pelagio,
admitid la presencia real con unos, desechadla luego con los
zuinglianos y calvinistas; si queréis, negad con los socinianos la
divinidad de Jesucristo, adheríos á los episcopales ó á los puritanos,
daos si os viniera en gana á las extravagancias de los cuáqueros, todo
esto nada importa: no dejáis por ello de ser protestantes, porque
todavía _protestáis_ contra la autoridad de la Iglesia. Es ése un
espacio tan anchuroso, del que apenas podréis salir, por grandes que
sean vuestros extravíos: es todo el vasto terreno que descubrís en
saliendo fuera de las puertas de la Ciudad Santa.[4]