Entre los muchos y gravísimos males que han sido el necesario resultado
de las hondas revoluciones modernas, figura un bien sumamente precioso
para la ciencia, y que probablemente no será estéril para el linaje
humano: la _afición á los estudios que tienen por objeto al hombre y
la sociedad_. Tan recios han sido los sacudimientos, que la tierra,
por decirlo así, se ha entreabierto bajo nuestras plantas; y la
inteligencia humana, que poco antes marchaba altiva y desvanecida
sobre una carroza triunfal, no oyendo más que vítores y aplausos, y
como abrumada de laureles, se ha estremecido también, se ha detenido
en su carrera, y, absorta en un pensamiento grave, y dominada por un
sentimiento profundo, se ha dicho á sí misma: «_¿Quién soy? ¿de dónde
salí? ¿cuál es mi destino?_» De aquí es que han vuelto á recobrar su
alta importancia las cuestiones religiosas: por manera que, mientras
se las creía disipadas por el soplo del indiferentismo, ó reducidas á
muy pequeño espacio por el sorprendente desarrollo de los intereses
materiales, por el progreso de las ciencias naturales y exactas,
y por la pujanza siempre creciente de los debates políticos, se ha
visto que, lejos de estar ahogadas bajo la inmensa balumba que parecía
oprimirlas, se han presentado de nuevo con todo su grandor, con su
forma gigantesca, sentadas en la cúspide de la sociedad, con la cabeza
en el cielo y los pies en el abismo.
En esta disposición de los espíritus, era natural que llamase su
atención la revolución religiosa del siglo XVI; y que se preguntase
qué es lo que había hecho esa revolución en pro de la causa de
la humanidad. Desgraciadamente se han padecido en esta parte
equivocaciones de cuantía; ó bien por mirarse los hechos al través del
prisma de las preocupaciones de secta, ó por considerarlos tan sólo por
lo que presentaban en su superficie: y así se ha llegado á asegurar
que los reformadores del siglo XVI contribuyeron al desarrollo de las
ciencias, de las artes, de la libertad de los pueblos, y de todo cuanto
se encierra en la palabra _civilización_, y que así dispensaron á las
sociedades europeas un señalado beneficio.
¿Qué dice sobre esto la historia? ¿qué enseña la filosofía? Bajo el
aspecto religioso, bajo el social, bajo el político y el literario,
¿qué es lo que deben á la reforma del siglo XVI el individuo y la
sociedad? ¿Marchaba bien la Europa bajo la sola influencia del
Catolicismo? ¿Éste embargaba en nada el movimiento de la civilización?
He aquí lo que me he propuesto examinar en esta obra. Cada época tiene
sus necesidades; y fuera de desear que todos los escritores católicos
se convenciesen de que una de las más imperiosas en la actualidad,
es el analizar á fondo ese linaje de cuestiones: Belarmino y Bossuet
trataron las materias conforme á las necesidades de su tiempo; nosotros
debemos tratarlas cual lo exigen las necesidades del nuestro. Conozco
la inmensa amplitud de las cuestiones que arriba he indicado; y así no
me lisonjeo de poder dilucidarlas cual ellas demandan: como quiera,
emprendo mi camino con el aliento que inspira el amor á la verdad;
cuando mis fuerzas se acaben, me sentaré tranquilo, aguardando que otro
que las tenga mayores, dé cumplida cima á tan importante tarea.