Amanecía. Por tercera vez, en el cielo blanquecino elevábase el sol, un
sol anaranjado, frío, sin rayos ni reverberaciones, que parecía próximo
a apagarse de un momento a otro. El barco, perdidos remos y timón,
permanecía quieto, con la rara apariencia de una nave de juguete sobre
la luna de un espejo. Las aguas yacían inmóviles, grisosas; grandes
masas de hielo flotaban a flor de agua; entre ellas veíanse sobrenadar
trozos de maderamen del sumergido buque, y al horizonte alzábase, roto
en prodigiosas estalactitas, como gótica catedral de embrujamiento, el
murallón de hielos. Tirados en el suelo, envueltos en trozos de manta y
en sus recios capotones, dormían tres marineros; en la proa uno solo,
sentado, los codos en las rodillas y el rostro en la palma de las manos,
contemplaba desesperadamente la solitaria lejanía. Era el mismo mocetón
que Vanda hiciera azotar días antes; pero ahora en su rostro juvenil,
demacrado por el hambre, la boca se crispaba en una mueca de ansiedad y
de deseo, mientras los ojos de niño grande, redondos, dilatados de
horror, tenían una mirada cruel de carnívoro, de hiena desenterradora de
cadáveres. Aquellas pupilas, antes tan claras y luminosas, parecían
arder en un fuego malsano de vesania, mientras la boca se estiraba
voraz, insaciable.
La rusa, que, sentada en la proa, dormitaba extenuada por el largo
ayuno, tiritando bajo sus pieles, abrió lentamente los ojos, y sus
miradas mortecinas tropezaron con las pupilas fosforescentes del hombre.
Sintió miedo, el oscuro presentimiento de no sé qué nuevo y horrendo
peligro, y rápidamente abatió los párpados fingiendo dormir. Su rostro
estaba muy pálido, como traslúcido, con tonos amarillentos de marfil
antiguo; sus labios de coral, descoloridos, se fruncían amargos, y dos
círculos cárdenos cercaban sus ojos, que se apagaban en la atroz
maceración de sus mejillas.
Mientras, un fuego maldito ardía en las entrañas del marinero; el hambre
de pan y la sed atroz, rabiosa, exasperada por algunos sorbos de agua
salada que en su ansiedad había bebido, transformábanse en un hambre de
amor furiosa, vesánica, en una lujuria ardiente, monstruosa, una
lujuria macabra de bestia agonizante en un largo suplicio de ardores.
Cautelosamente deslizose hacia la hembra, con gestos perezosos, sordos y
lánguidamente elásticos de fiera próxima a caer sobre su presa.
Vanda sintió una respiración quemante, que le abrasaba el rostro en un
aliento seco, febril, con emanaciones violentas de animal feroz. Dio un
grito e intentó incorporarse; pero era ya tarde. El marinero, caído
sobre ella, forcejeaba por poseerla. La víctima defendíase furiosamente
en un esfuerzo supremo de ira, con los dientes y con las uñas, mientras
él, enloquecido, indiferente para el dolor, luchaba por adueñarse de su
presa. En la yerta paz de la mañana, el grupo bárbaro y trágico,
debatíase con violentas sacudidas, que hacían oscilar la barca como si
fuese a volcar. Azor, a los pies de su ama, gruñía amenazador y enseñaba
los dientes. Al fin, Vanda, sintiéndose desfallecer, pidió auxilio:
--¡Aquí, Azor!
El perro, de un salto, cayó sobre el forzador. Entonces sucedió algo
horrible, inhumano; hombre y bestia formaron confusa masa; agitábanse en
tremendas palpitaciones de dolor; los dientes fuertes y blancos del
animal, hicieron presa en una mano de su enemigo, que lanzó un alarido
de dolor, pero no renunció a la batalla, sino que, por el contrario,
enardecido, batallaba por estrangular al perro.
Los otros tres marineros se habían despertado, y estúpidos,
embrutecidos, contemplaban, con los ojos agrandados de estupor, la
salvaje refriega. La heroína, perdidas las fuerzas, medio desnuda,
permanecía rota, tronchada, incapaz de moverse. Y hombre y perro
forcejeaban caídos en el suelo, mientras el barquichuelo, en los
furiosos vaivenes, se inclinaba hasta tocar con sus bordes el agua que
se deslizaba en él helada y cortante. Al fin consiguió el hombre sacar
un cuchillo y de un tajo abrir el vientre al perro, que cayó pesadamente
al mar. Entonces, echose sobre la mujer, y ensangrentado, jadeante,
chorreando agua, la poseyó.