Despertó sobresaltada. Su primer pensamiento fue el de un motín, una
súbita rebeldía conque la tripulación sacudía su yugo, y su primer gesto
fue echar mano del minúsculo revólver que dejaba siempre a la cabecera
del lecho. Pero la presencia de Georgette y de sus _mujiks_ hízole
comprender su error, y aturdida aún por el sueño interrogó:
--¿Qué pasa?
--¡Que nos hundimos!
Saltó del lecho y, rápidamente, sin hacer caso de sus siervos--¿no ha
sido Cleopatra la que dijo que un esclavo no es un hombre?--, comenzó a
vestirse.
No había concluido aún, cuando bajó un marinero, mandado por el capitán.
Había que darse prisa; el barco hundíase rápidamente, y antes de media
hora se iría a pique. De vez en cuando escuchábanse sordos ruidos, y en
el silencio sonaba siniestro el gluglu del agua al invadir las bodegas.
Envuelta en amplia bata, por los hombros una gran capa de pieles, Vanda
subió a cubierta. La noche era serena, glacial. En la frialdad azul del
cielo rutilaban las constelaciones árticas y la luna brillaba blanca y
yerta. Al horizonte, las montañas de hielo, heridas por la claridad
lunar, subrayaban fantástica apariencia de aladinesco alcázar. Arriba,
sobre cubierta, todo en confusión; el capitán daba sin cesar órdenes, y
los marineros, aturdidos, corrían de un lado a otro. Misteriosas
sacudidas agitaban el barco con estremecimientos rápidos, secos,
violentos, y crugidos agoreros sonaban con extrañas y escalofriantes
intermitencias de silencio. Las hélices enmudecieron, y el barco,
inmóvil, cabeceaba de tarde en tarde.
La rusa encarose con el capitán, que salía a su encuentro. Con voz dura,
metálica, en que vibraba concentrada ira, interrogó:
--¿Qué sucede?
--Que hemos chocado contra un banco de hielo y nos hundimos.
Ella aseguró, con ese impulso dominador de los que no están hechos a
encontrar obstáculos:
--¡No puede ser! Tiene que salvarnos.
Con serenidad afirmó el marino:
--Es imposible. He hecho cuanto había que hacer, y todo ha sido inútil.
--¡Tiene usted que salvarnos, tiene usted que salvarnos!--repitió Vanda
tercamente.
El se encogió de hombros, y sonrió entre compasivo e irónico.
Irritada, enloquecida por aquella fuerza mayor que su voluntad,
apostrofole:
--¡Usted tiene la culpa! ¡Todo esto es un complot, una traición para
perderme!
Tornó él a sonreír. Más enfurecida amenazó:
--¡Cuando lleguemos a tierra, sabré castigar las traiciones...
--Dudo que llegue nadie--interrumpió su interlocutor--. Yo por lo menos
no llegaré.
Como para subrayar la trágica verdad de sus palabras, las luces del
barco apagáronse súbitamente.
--El agua ha entrado en las máquinas--afirmó sin perder su serenidad--.
Dentro de diez minutos, nos iremos a fondo. Si quiere salvarse, es
preciso que se embarque enseguida en un bote.
Vanda bajó la cabeza, vencida, y encaminose a la escalerilla. Cuatro
marineros, empuñados los remos, esperaban ya en una barca. La Orloff
descendió seguida de Georgette. Azor saltó tras ella.
Los remos hendieron el agua, y el barco comenzó a alejarse. El agua
estaba quieta, tranquila; veíanse flotar en la argentada superficie
grandes pedazos de hielo, semejantes a cristalinos sillares que
espantable tormenta hubiese arrancado a los palacios de la sumergida
ciudad de Is. Una calma impasible pesaba sobre el mundo; una calma de
muerte, impregnada de trágica desolación; y así, bajo la luz blanca de
la luna, había en la noche un horror de planeta muerto, una sensación
abrumadora de cesación, de acabamiento. De improviso, viose a lo lejos
la fantasmagórica silueta del _yacht_ que se alzaba un instante, y
luego, rápido, hundíase en el mar. Formose un remolino horrendo, las
aguas rugieron con hervor de catarata, la barca corrió hacia el sombrío
abismo abierto para tragar al buque. Vanda, caída en el suelo, sintió
una sacudida espantosa; luego, violentos cabeceos; oyó un grito de
angustia suprema, y al fin, nada. El Afrodita había desaparecido, y el
bote flotaba quieto sobre el mar de hielo. En la catástrofe habíanse
perdido los remos, los víveres y el timón. En sus sitios, los cuatro
marineros yacían aturdidos por el golpe. Georgette Lebrun había
desaparecido tragada por las aguas. Azor nadaba junto al barco.