II

Despertó sobresaltada. Su primer pensamiento fue el de un motín, una

súbita rebeldía conque la tripulación sacudía su yugo, y su primer gesto

fue echar mano del minúsculo revólver que dejaba siempre a la cabecera

del lecho. Pero la presencia de Georgette y de sus _mujiks_ hízole

comprender su error, y aturdida aún por el sueño interrogó:

--¿Qué pasa?

--¡Que nos hundimos!

Saltó del lecho y, rápidamente, sin hacer caso de sus siervos--¿no ha

sido Cleopatra la que dijo que un esclavo no es un hombre?--, comenzó a

vestirse.

No había concluido aún, cuando bajó un marinero, mandado por el capitán.

Había que darse prisa; el barco hundíase rápidamente, y antes de media

hora se iría a pique. De vez en cuando escuchábanse sordos ruidos, y en

el silencio sonaba siniestro el gluglu del agua al invadir las bodegas.

Envuelta en amplia bata, por los hombros una gran capa de pieles, Vanda

subió a cubierta. La noche era serena, glacial. En la frialdad azul del

cielo rutilaban las constelaciones árticas y la luna brillaba blanca y

yerta. Al horizonte, las montañas de hielo, heridas por la claridad

lunar, subrayaban fantástica apariencia de aladinesco alcázar. Arriba,

sobre cubierta, todo en confusión; el capitán daba sin cesar órdenes, y

los marineros, aturdidos, corrían de un lado a otro. Misteriosas

sacudidas agitaban el barco con estremecimientos rápidos, secos,

violentos, y crugidos agoreros sonaban con extrañas y escalofriantes

intermitencias de silencio. Las hélices enmudecieron, y el barco,

inmóvil, cabeceaba de tarde en tarde.

La rusa encarose con el capitán, que salía a su encuentro. Con voz dura,

metálica, en que vibraba concentrada ira, interrogó:

--¿Qué sucede?

--Que hemos chocado contra un banco de hielo y nos hundimos.

Ella aseguró, con ese impulso dominador de los que no están hechos a

encontrar obstáculos:

--¡No puede ser! Tiene que salvarnos.

Con serenidad afirmó el marino:

--Es imposible. He hecho cuanto había que hacer, y todo ha sido inútil.

--¡Tiene usted que salvarnos, tiene usted que salvarnos!--repitió Vanda

tercamente.

El se encogió de hombros, y sonrió entre compasivo e irónico.

Irritada, enloquecida por aquella fuerza mayor que su voluntad,

apostrofole:

--¡Usted tiene la culpa! ¡Todo esto es un complot, una traición para

perderme!

Tornó él a sonreír. Más enfurecida amenazó:

--¡Cuando lleguemos a tierra, sabré castigar las traiciones...

--Dudo que llegue nadie--interrumpió su interlocutor--. Yo por lo menos

no llegaré.

Como para subrayar la trágica verdad de sus palabras, las luces del

barco apagáronse súbitamente.

--El agua ha entrado en las máquinas--afirmó sin perder su serenidad--.

Dentro de diez minutos, nos iremos a fondo. Si quiere salvarse, es

preciso que se embarque enseguida en un bote.

Vanda bajó la cabeza, vencida, y encaminose a la escalerilla. Cuatro

marineros, empuñados los remos, esperaban ya en una barca. La Orloff

descendió seguida de Georgette. Azor saltó tras ella.

Los remos hendieron el agua, y el barco comenzó a alejarse. El agua

estaba quieta, tranquila; veíanse flotar en la argentada superficie

grandes pedazos de hielo, semejantes a cristalinos sillares que

espantable tormenta hubiese arrancado a los palacios de la sumergida

ciudad de Is. Una calma impasible pesaba sobre el mundo; una calma de

muerte, impregnada de trágica desolación; y así, bajo la luz blanca de

la luna, había en la noche un horror de planeta muerto, una sensación

abrumadora de cesación, de acabamiento. De improviso, viose a lo lejos

la fantasmagórica silueta del _yacht_ que se alzaba un instante, y

luego, rápido, hundíase en el mar. Formose un remolino horrendo, las

aguas rugieron con hervor de catarata, la barca corrió hacia el sombrío

abismo abierto para tragar al buque. Vanda, caída en el suelo, sintió

una sacudida espantosa; luego, violentos cabeceos; oyó un grito de

angustia suprema, y al fin, nada. El Afrodita había desaparecido, y el

bote flotaba quieto sobre el mar de hielo. En la catástrofe habíanse

perdido los remos, los víveres y el timón. En sus sitios, los cuatro

marineros yacían aturdidos por el golpe. Georgette Lebrun había

desaparecido tragada por las aguas. Azor nadaba junto al barco.

El pecado y la noche · 第 42 / 62 题