Borrachos de aguardiente, presas de un ataque de delirio, chillaban,
aullaban, cantaban y trataban de danzar unos danzones absurdos que
hacían tambalearse la barca como si fuera a hundirse. Eran como
fantasmas trágicos, como esos monstruosos fantasmas que contemplamos en
las láminas de los libros que anuncian el fin del mundo por la locura
universal. En las caras lívidas, consumidas, llenas de oquedades, las
bocas se deformaban en muecas de agonía, en muecas de una ansiedad plena
de angustia, mientras las pupilas, dilatadas de espanto, tenían una
fijeza de obsesión. Al través de los trajes desgarrados, aparecían los
cuerpos esqueléticos, las carnes amoratadas por el frío...
Ni un soplo de aire, ni un barco en lejanía, ni una ola, nada. Una paz
suprema, una paz de mundo muerto, una paz de cataclismo que dormía en
las aguas quietas, en el cielo blanco, en el sol que se extinguía y en
el muro infranqueable de hielos.
¡Cinco días más! ¡Cinco días de frío, de hambre, de soledad y de calma,
sobre todo de calma, de aquella calma yerta, abrumadora, lapidaria,
calma de panteón, de cementerio, de _nada_, peor que todas las
borrascas!
Vanda, acurrucada en un rincón, sentíase morir. La habían robado sus
pieles, sus mantas, sus abrigos, y, aterida, agonizaba de frío, de
hambre y sed. Desde la mañana de su derrota, había perdido todo
prestigio, aquella superioridad que le daba fuerzas para imponerse y
vencer, y convirtiose en una bestezuela humilde y castigada, en que
saciaban todos sus apetitos, sus crueldades, su brutalidad, la ferocidad
inconsciente que dormía en sus almas primitivas, todas aquellas cosas
exacerbadas hasta el paroxismo por el hambre.
Como una cohorte de endemoniados chillaban y brincaban con gestos
violentos, inacordes, rotos, bruscos; sus voces roncas se apagaban o se
agudizaban extrañamente. John, el más joven, cayó al suelo y siguió
retorciéndose. Sus gestos siguieron siendo los mismos, pero haciéndose
más violentos; sus risas trocáronse en aullidos, y palpitante de dolor
comenzó a llorar, apretándose el estómago con las manos. Nino, el
italiano, el más viejo de los cuatro, un esqueleto apergaminado, con dos
fuegos fatuos por pupilas, propuso:
--¡La ley del mar!
Todos asintieron, resignados de antemano con su suerte:
--¡La ley del mar!
De improviso, una voz opaca propuso:
--¡Ella primero!
--¡Es la más blanca!
--¡Será la más tierna!
--¡La más sabrosa!
--¡Ella tiene la culpa de todo!
El coro de voces alzábase amenazador en el silencio de la naturaleza,
como la fatídica condenación de la asamblea de una tribu primitiva.
Avanzaron hacia ella. Loca de terror, Vanda les vio llegar. Un grito
supremo se escapó de su pecho, y desmayose, mientras el cuchillo se
alzaba sobre su cuello y unos dientes impacientes se clavaban en su
brazo.