I
En la glacial serenidad de la atmósfera, resonó un alarido de dolor;
luego, otro alarido más angustioso, más violento, hendió los aires, y
luego otro y otro. El látigo fino, nervioso, vibrante, silbó para caer
sobre las desnudas espaldas del marinero; tornó a serpentear, para
tornar a caer, y luego recomenzar aún una vez más.
Era la víctima un mocetón fornido, cuadrado, de enormes espaldas y ancho
cuello. Desnudo de medio cuerpo para arriba, sus carnes se amorataban
con el frió espantoso del crepúsculo ártico, y el látigo, al caer,
dejaba hondos surcos azules. Tenía las manos atadas a un palo del buque,
y la cabeza, pequeña y bien hecha, doblada sobre el pecho. Su rostro
estaba cubierto de mortal palidez; los dientes, blancos y fuertes,
clavábanse en los labios, tratando de contener los gritos de dolor, y en
sus ojos, claros y azules, de niño grande, había una angustia infinita.
Vanda Orloff, tendida en el seudolecho de almohadones y pieles,
contemplaba impasible el martirio de su víctima. Era una mujercita
menuda y frágil, toda nervios. Tenía pupilas grises, vagas, borrosas,
con extraños reflejos verdes; el pelo rubio muy claro; la nariz recta;
el mentón enérgico, voluntarioso, y la boca, de labios muy pálidos y
delgados, cruel. Un gorro de chinchilla cubría su cabeza casi por
completo, y amplia pelliza de la misma piel envolvíala toda. A cada
golpe del látigo, que repercutía en un aullido desgarrador, angustioso,
del mártir, sus ojos fulguraban, en sus labios vagaba una sonrisa de
sádica voluptuosidad, y su mano, fina y menuda, crispábase sobre la
noble cabeza de Azor, el danés favorito. A su lado, Georgette Lebrune,
la lectora, esperaba, el libro caído en el regazo, la orden para
proseguir la lectura de _La Agonía_, de Lombard, aquel libro lleno de
magnífica crueldad con que recreábase el espíritu cansado de la
millonaria. En el rostro vulgar de la asalariada reflejábase también
crueldad, pero una crueldad innoble, vulgar, lejana de la refinada
crueldad de la Orloff.
La princesa Vanda Orloff era rusa. Si en vez de en estos tiempos de
prosa hubiese vivido en los siglos remotos, fuera seguramente una de
aquellas princesas legendarias que asombraron al mundo con la
magnificencia de sus crímenes. Tal vez con la tiara de oro y pedrería
aprisionando la cabellera pálida, y los senos desnudos bajo los collares
de perlas, de ópalos, de topacios, de peridotos, de turquesas y
esmeraldas, hubiese pedido la cabeza del Bautista para beber en sus
labios el veneno de la voluptuosidad y de la muerte, o tendida en la
tienda de púrpura y oro, cubierta de extraños tejidos de seda, de
vagorosos velos y de cabalísticas joyas, como Soemias, hubiérase
estremecido al cálido contacto de la sangre de las víctimas. Pero vivía
en días de prosa y había de contentarse con su efímero imperio de
millonaria caprichosa y cruel.
Ya de niña, su mayor placer era martirizar a los pájaros, a los perros,
a todas las bestezuelas familiares; luego, adolescente, asistía,
estremecida de voluptuosidad, a los castigos que su padre, borracho,
despótico, violento, acometido de feroces ataques de ira blanca, hacía
infringir a los siervos por la menor falta; mujer al fin, sintiose presa
de una lascivia taciturna y cruel, que la poseyó como un maleficio
diabólico. Obligada, por no sé qué sombrías historias, a abandonar
Rusia, aquel maravilloso _yacht_ fue el misterioso alcázar de Is, en que
la hija del Rey vivía aprisionada por el demonio de la lujuria. Como
fantasmagórico barco de maldición, el flotante palacio, en una pesadilla
de sangre, de lascivia y de muerte, vagaba por los mares polares, o
mecíase sobre las azules ondas de las aguas del trópico, entre atroces
aullidos de dolor que se perdían en la inmensidad de la noche,
sangrientas voluptuosidades y horas de tedio anonadante.
Unos cuantos mujiks bestiales, serviles por naturaleza y por hábito,
rodeaban a la dama, siendo sus defensores y sus sayones, y el resto de
la tripulación componíanlo marineros rusos, españoles, italianos u
holandeses, unos pobres muchachos ignorantes y aventureros, que
asistían, mudos de estupor, a los dramas de que eran protagonistas,
incapaces de otra protesta que la de su resistencia física, vencida por
el número, y la de la huida en la primera ocasión que se ofrecía. Cuando
uno de ellos, más avisado, sabedor de que en el mundo había jueces y
tribunales de justicia y de que, desaparecido para siempre el viejo
despotismo feudal, la sociedad defendía a los débiles contra los
caprichos de los poderosos, llenábanle las manos de oro, con oro sanaban
sus heridas, y luego, como a un testigo peligroso, abandonábanle en la
primera ocasión que se ofrecía.
La tarde tenía una yerta serenidad de maravilla. El mar era azul, muy
claro; en el cielo, casi blanco, el sol, un sol pálido y amarillento, se
apagaba lentamente. Al horizonte, grandes montañas de hielo se
perfilaban extrañas en las postreras reverberaciones solares, con la
apariencia de quimérico alcázar de diamante.
El _Afrodita_, sereno, majestuoso, navegaba sobre las quietas aguas del
mar del Norte. En la proa, Venus victoriosa surgía de las espumas, y su
gracia frágil, alada, pedía el mar de peridotos, y la lluvia de flores
de una evocación boticellesca. El _yacht_ era todo blanco, un soberbio
navío creado por la moderna industria para recreo de soberanos y
plutócratas. En la proa, una a modo de tienda de campaña, formada por
tapices de Smirna, chinescos bordados y estofas indias, defendía del
aire helado el diván donde Vanda reposaba, menuda, vibrante, perversa y
cruel como una bestezuela sanguinaria y lasciva.
Proseguía el suplicio. El látigo sutil, insaciable, pintaba un enrejado
azul sobre las espaldas del desdichado; los músculos, crispados de
dolor, se anudaban, formando gruesos bultos bajo la piel macerada. Los
gritos resonaban, unas veces violentos, estridentes, desesperados;
otras, tenues, apagados, temblorosos como gemidos de agonía. Al fin,
saltó la sangre; por las espaldas rodaron gruesas gotas rojas. La
víctima, no pudiendo resistir más, desplomose al suelo, y allí quedó
retorcido, los brazos en alto sujetos al palo, la cabeza caída hacia
atrás, los ojos cerrados y entreabiertos los labios.
Vanda sonreía.