II

Con precauciones de ladrón, miró con azoramiento a un lado y otro, para

cerciorarse que no había más testigos de sus nocturnas correrías que la

luna, serena como el rostro de un aparecido, y las estrellas, que

parpadeaban en la azul magnificencia de la noche. Como efectivamente

nadie transitaba por el callejón a tales horas, franqueó la puertecilla

del jardín, y a buen paso se alejó del hotel. Por la calle de Alfonso

XII salió al paseo de Atocha, y cruzándole rápidamente se internó por

las Rondas. Ya allí, bajose el cuello del gabán y comenzó a caminar más

despacio.

Sin querer, volvía a su memoria, con la obsesionante pesadez conque nos

atormenta, en una noche de insomnio, el estribillo de cualquier tribial

canción, una frase de su comedia. Moderno Nabucodonosor, entre el fulgor

de luces y el resonar de aplausos de la apoteosis triunfal, veía

destacarse ígneas las palabras amenazadoras: «En la vida, tarde o

temprano, la hora del balance llega siempre. Los hombres, al destruir

los dioses, han creído libertarse de sus jueces, sin pensar que la vida

es el supremo juez».

Todo el horror de su existencia se alzaba ante él. ¡Su existencia!

¡Aquella extraña cosa que, bajo los armónicos pliegues de la clásica

clámide del arte, como cuerpo impuro, roído por los gusanos, el deseo,

se contorsionaba trágico o grotesco! ¡Ah! ¡Cuando, después de las

cálidas horas de un día de gloria, lanzábase en las sombras temerosas de

la noche, preso en el verde maleficio de la luna! El, el grande hombre,

como los extraños engendros de quimera, como las brujas y los trasgos,

como las poseídas y los ajusticiados, vivía una vida misteriosa y

escalofriante, al amparo de las tinieblas nocherniegas. Mientras los

demás le creían en el santuario, recibiendo la visita de la diosa

inspiración, corría los suburbios en busca de aventuras, deslizábase por

tenebrosos callejones, penetraba en pestilentes chamizos o asomábase a

extrañas fiestas en que el hambre, el frío y la miseria, danzaban en

brazos de la lujuria, la embriaguez y el crimen, y algunas veces huía,

al través de los campos, perseguido por un arma homicida, entre el

aullar de perros vagabundos y el gemir del viento.

Rememoró las palabras de Dante-Gabriel-Rosetti: «Hay almas débiles,

altivas y apasionadas, que no pueden sacrificar sus deseos ni renegar

de su ideal. Y así su vida sentimental es una extraña mezcla de caídas y

redenciones, de indulgencias vergonzosas y de abnegaciones heroicas».

Según avanzaba, el cuadro hacíase más típico, más temeroso e

inquietante. Quedaron atrás las calles bien empedradas, iluminadas con

arcos voltáicos o luces incandescentes; los altos edificios de ladrillo

y piedra; los coches y tranvías. Las casas, bajas, deformes, absurdas,

apoyábanse las unas en las otras para no desplomarse, mostrando el

cinismo de sus fachadas llenas de grietas y desconchaduras, rasgadas de

vez en cuando por la roja ventana de una taberna o el lóbrego portalón

de una posada. Por las aceras sin empedrar, en el espacio que quedaba

libre entre las construcciones y la menguada hilera de árboles

raquíticos, torcidos, que alzaban sus ramas esqueléticas al cielo,

transitaban tipos sospechosos--chulos, golfos, rufianes--con bizarros

atavíos de gavilanes de amor; gentes patibularias--hombres sucios,

desgarrados, con trajes de pana, revueltas pelambreras que se salían de

la mugrienta boina, y rostros de siniestra catadura a que la barba de

ocho días aumentaba aún el torvo pelaje--, o esos extraños mendicantes

que parecen escapados de una novela de Quevedo. Por el centro del

arroyo, convertido en barrizal, pasaba de tarde en tarde un carro

rezagado, que se bamboleaba, se hundía, salía dificultosamente de un

bache para caer en otro, entre furiosos juramentos y el restrallar del

látigo carreteril. En las esquinas, a la menguada luz de los temblorosos

mecheros de gas, veíanse grupos de mujeres que llamaban a los

transeúntes con absurdas promesas de amor formuladas en voz

aguardentosa. Unas, viejas, sucias, desgreñadas, acometedoras y

procaces, hacían pensar en los aquelarres reunidos a la luz de la luna;

las otras, miserablemente ataviadas, parodiando con guiñapos las soñadas

galas, y embadurnados los rostros, cómicos y dolorosos, de afeites,

remedaban máscaras trágicas.

Narciso siguió avanzando; la visión de la miseria canalla, la percepción

de aquel vicio truculento en que había hedores de sangre, de podredumbre

y calentura, ponía un escalofrío de terror delicioso en su medula. Sus

narices se dilataban, venteando el heterogéneo perfume--perfume de

miseria, de guisotes, de alcoba y de suciedad--que flotaba en el aire. Y

sus ojos escudriñaban las tinieblas, tratando de precisar las inciertas

formas que temblaban, desbaratándose en la semipenumbra con apariencias

de goyesco capricho.

Llegó a la Ronda de Valencia. Por allí estaba el lugar de la cita. A

mano izquierda, abríase, entre rotas vallas y ruinosos muros, un

callejón, especie de pasadizo, que debía dar al campo. A la entrada, un

montón de escombros obstruía el paso casi por completo. Allí debía de

ser. Sus ojos, acostumbrados, como los de los felinos, a tales

exploraciones, escudriñaron las tinieblas; entre las sombras temerosas

de los muros, en que el miedo fingía espantables figuras, creyó

discernir una silueta de mujer, y oyó que le llamaban:

--¡Spch! ¡Spch!

Resueltamente internose en el callejón; sus pies se hundían en el barro,

que parecía querer retenerle prisionero, y de vez en cuando, en las

estrecheces del camino, enganchábasele el gabán en un clavo y se

desgarraba; un perro, tras la empalizada de un solar, lanzó un aullido

lúgubre, agudo, penetrante; otro perro contestó de lejos, y luego otro y

otro. Un silbido rasgó los aires, y Narciso se detuvo para mirar hacía

atrás. Nadie. Delante de él, a treinta pasos, el fantasma femenil se

había detenido también, y parecía esperarle. Como Alvear no se moviese,

tornó a llamarle:

--¡Spch! ¡Spch!

Reanudó la marcha. El camino hacíase cada vez más angosto; el barro más

espeso y pegajoso; más altos los muros y valladares.

El buscador de lances comenzó a sentir miedo. ¿Sería, en vez de la

sempiterna aventura, un lazo que le habían tendido? Miró otra vez hacia

atrás; ahora, en el cuadro de claridad que proyectaba la calle en el

comienzo del sendero, veía destacarse una figura de hombre. Vaciló

Narciso un momento; el hombre avanzaba rápido, con firmes pasos, como

persona conocedora del terreno que pisa; la mujer alejábase, sendero

adelante, cada vez más a prisa.

Narciso Alvear sintiose presa del pánico. Tanteose febrilmente los

bolsillos: nada. Ni revólver, ni arma ninguna. Entonces, vencido de

terror, echó a correr tras la desconocida.

El pecado y la noche · 第 38 / 62 题