Con precauciones de ladrón, miró con azoramiento a un lado y otro, para
cerciorarse que no había más testigos de sus nocturnas correrías que la
luna, serena como el rostro de un aparecido, y las estrellas, que
parpadeaban en la azul magnificencia de la noche. Como efectivamente
nadie transitaba por el callejón a tales horas, franqueó la puertecilla
del jardín, y a buen paso se alejó del hotel. Por la calle de Alfonso
XII salió al paseo de Atocha, y cruzándole rápidamente se internó por
las Rondas. Ya allí, bajose el cuello del gabán y comenzó a caminar más
despacio.
Sin querer, volvía a su memoria, con la obsesionante pesadez conque nos
atormenta, en una noche de insomnio, el estribillo de cualquier tribial
canción, una frase de su comedia. Moderno Nabucodonosor, entre el fulgor
de luces y el resonar de aplausos de la apoteosis triunfal, veía
destacarse ígneas las palabras amenazadoras: «En la vida, tarde o
temprano, la hora del balance llega siempre. Los hombres, al destruir
los dioses, han creído libertarse de sus jueces, sin pensar que la vida
es el supremo juez».
Todo el horror de su existencia se alzaba ante él. ¡Su existencia!
¡Aquella extraña cosa que, bajo los armónicos pliegues de la clásica
clámide del arte, como cuerpo impuro, roído por los gusanos, el deseo,
se contorsionaba trágico o grotesco! ¡Ah! ¡Cuando, después de las
cálidas horas de un día de gloria, lanzábase en las sombras temerosas de
la noche, preso en el verde maleficio de la luna! El, el grande hombre,
como los extraños engendros de quimera, como las brujas y los trasgos,
como las poseídas y los ajusticiados, vivía una vida misteriosa y
escalofriante, al amparo de las tinieblas nocherniegas. Mientras los
demás le creían en el santuario, recibiendo la visita de la diosa
inspiración, corría los suburbios en busca de aventuras, deslizábase por
tenebrosos callejones, penetraba en pestilentes chamizos o asomábase a
extrañas fiestas en que el hambre, el frío y la miseria, danzaban en
brazos de la lujuria, la embriaguez y el crimen, y algunas veces huía,
al través de los campos, perseguido por un arma homicida, entre el
aullar de perros vagabundos y el gemir del viento.
Rememoró las palabras de Dante-Gabriel-Rosetti: «Hay almas débiles,
altivas y apasionadas, que no pueden sacrificar sus deseos ni renegar
de su ideal. Y así su vida sentimental es una extraña mezcla de caídas y
redenciones, de indulgencias vergonzosas y de abnegaciones heroicas».
Según avanzaba, el cuadro hacíase más típico, más temeroso e
inquietante. Quedaron atrás las calles bien empedradas, iluminadas con
arcos voltáicos o luces incandescentes; los altos edificios de ladrillo
y piedra; los coches y tranvías. Las casas, bajas, deformes, absurdas,
apoyábanse las unas en las otras para no desplomarse, mostrando el
cinismo de sus fachadas llenas de grietas y desconchaduras, rasgadas de
vez en cuando por la roja ventana de una taberna o el lóbrego portalón
de una posada. Por las aceras sin empedrar, en el espacio que quedaba
libre entre las construcciones y la menguada hilera de árboles
raquíticos, torcidos, que alzaban sus ramas esqueléticas al cielo,
transitaban tipos sospechosos--chulos, golfos, rufianes--con bizarros
atavíos de gavilanes de amor; gentes patibularias--hombres sucios,
desgarrados, con trajes de pana, revueltas pelambreras que se salían de
la mugrienta boina, y rostros de siniestra catadura a que la barba de
ocho días aumentaba aún el torvo pelaje--, o esos extraños mendicantes
que parecen escapados de una novela de Quevedo. Por el centro del
arroyo, convertido en barrizal, pasaba de tarde en tarde un carro
rezagado, que se bamboleaba, se hundía, salía dificultosamente de un
bache para caer en otro, entre furiosos juramentos y el restrallar del
látigo carreteril. En las esquinas, a la menguada luz de los temblorosos
mecheros de gas, veíanse grupos de mujeres que llamaban a los
transeúntes con absurdas promesas de amor formuladas en voz
aguardentosa. Unas, viejas, sucias, desgreñadas, acometedoras y
procaces, hacían pensar en los aquelarres reunidos a la luz de la luna;
las otras, miserablemente ataviadas, parodiando con guiñapos las soñadas
galas, y embadurnados los rostros, cómicos y dolorosos, de afeites,
remedaban máscaras trágicas.
Narciso siguió avanzando; la visión de la miseria canalla, la percepción
de aquel vicio truculento en que había hedores de sangre, de podredumbre
y calentura, ponía un escalofrío de terror delicioso en su medula. Sus
narices se dilataban, venteando el heterogéneo perfume--perfume de
miseria, de guisotes, de alcoba y de suciedad--que flotaba en el aire. Y
sus ojos escudriñaban las tinieblas, tratando de precisar las inciertas
formas que temblaban, desbaratándose en la semipenumbra con apariencias
de goyesco capricho.
Llegó a la Ronda de Valencia. Por allí estaba el lugar de la cita. A
mano izquierda, abríase, entre rotas vallas y ruinosos muros, un
callejón, especie de pasadizo, que debía dar al campo. A la entrada, un
montón de escombros obstruía el paso casi por completo. Allí debía de
ser. Sus ojos, acostumbrados, como los de los felinos, a tales
exploraciones, escudriñaron las tinieblas; entre las sombras temerosas
de los muros, en que el miedo fingía espantables figuras, creyó
discernir una silueta de mujer, y oyó que le llamaban:
--¡Spch! ¡Spch!
Resueltamente internose en el callejón; sus pies se hundían en el barro,
que parecía querer retenerle prisionero, y de vez en cuando, en las
estrecheces del camino, enganchábasele el gabán en un clavo y se
desgarraba; un perro, tras la empalizada de un solar, lanzó un aullido
lúgubre, agudo, penetrante; otro perro contestó de lejos, y luego otro y
otro. Un silbido rasgó los aires, y Narciso se detuvo para mirar hacía
atrás. Nadie. Delante de él, a treinta pasos, el fantasma femenil se
había detenido también, y parecía esperarle. Como Alvear no se moviese,
tornó a llamarle:
--¡Spch! ¡Spch!
Reanudó la marcha. El camino hacíase cada vez más angosto; el barro más
espeso y pegajoso; más altos los muros y valladares.
El buscador de lances comenzó a sentir miedo. ¿Sería, en vez de la
sempiterna aventura, un lazo que le habían tendido? Miró otra vez hacia
atrás; ahora, en el cuadro de claridad que proyectaba la calle en el
comienzo del sendero, veía destacarse una figura de hombre. Vaciló
Narciso un momento; el hombre avanzaba rápido, con firmes pasos, como
persona conocedora del terreno que pisa; la mujer alejábase, sendero
adelante, cada vez más a prisa.
Narciso Alvear sintiose presa del pánico. Tanteose febrilmente los
bolsillos: nada. Ni revólver, ni arma ninguna. Entonces, vencido de
terror, echó a correr tras la desconocida.