Corría, corría, ciego de miedo. Tras él resonaban los pasos de su
perseguidor, cada vez más firmes y cercanos. El camino hacíase
interminable; los muros, más elevados, acercábanse hasta casi
imposibilitar el paso, y el barro, espesándose por momentos, no le
dejaba correr. Sudoroso, jadeante, agonizando de horror, el fugitivo
sentía flaquear sus piernas; tropezó con una piedra, y cayó de rodillas
en el fango. Alzose trabajosamente y recomenzó su carrera de pesadilla.
Los perros aullaban en macabro concierto; tras una nube asomó la luna.
¡No podía más! Ahora oía distintamente los pasos del incógnito que le
daba caza y casi sentía su respiración. ¡Allí estaba! Su mano se tendía
hacia él; el frío de la hoja de un cuchillo le desgarraba las
espaldas...
Tropezó y rodó por el suelo. Intentó levantarse y un golpe seco le hizo
caer por tierra nuevamente. Trató de luchar, de defenderse aún; pero una
lluvia de palos descargando sobre su cabeza le hizo rodar por tierra con
el cráneo partido y la cara bañada en sangre.