I
Cuando Narciso Alvear penetró en su despacho, desplomose en un sofá, y
dejando caer, con un gesto de supremo cansancio, la máscara de altiva
satisfacción, reflejó en su semblante todo el enorme desaliento que
anonadaba su espíritu.
Todavía resonaban en sus oídos los aplausos entusiastas, fervorosos,
inacabables; todavía cegaba sus ojos el intenso fulgor de las luces, el
relumbrar de las joyas y el chisporroteo de las pupilas femeninas
incendiadas en llamaradas de entusiasmo; todavía las auras del triunfo
le envolvían, y, sin embargo, sentíase hundir en el abismo de vergüenzas
y miserias.
Allí, en el cajón, al alcance de su mano, estaban las cartas, en que
Petra (aquel nombre sin apellido habíale hecho el extraño efecto del
número de una ficha antropométrica), averiguada, sin que él pudiese
sospechar cómo, la personalidad del grande hombre, le imploraba, le
exigía, le imponía, amenazadora, una nueva cita. Y aquel contacto
súbitamente establecido, en la hora de la apoteosis, entre su pública
vida de glorias y su misteriosa vida de abyecciones, hacíale temblar
como un azote de la fatalidad que era impotente a vencer.
Petra, Rosa, Catalina... Aspasias de una hora, Thais de mancebía barata,
Margaritas de encrucijada, Magdalenas de cafetín, eran para él engendros
de pesadilla, que vivían unos momentos y luego se evaporaban. ¡Petra!
¿Quién podía ser aquella mujer que le conminaba, con rebuscados
términos, en una carta, que de puro remilgada transcendía a falsedad, a
acudir a una cita? ¡Bah! Sería instrumento de cualquier tentativa de
_chantage_.
Con amargura pensó en el desnivel inmenso que hay entre la inmortalidad
y las pasiones. Sus ojos, irónicos, pasearon por el despacho, lleno de
trofeos de las victorias. Recordó cómo entraban allí sus discípulos, sus
admiradores, sus amigos, con unción casi religiosa. Aquel era el templo
donde la luz divina descendía sobre la frente del genio; el laboratorio
donde se elaboraban aquellas obras admirables. Irónico, sonrió. ¡Si
supiesen! Apenas si en aquel recinto ponía en limpio cuartillas
nerviosamente garrapateadas en horas de fiebre. Su inspiración no estaba
allí, ante los sombríos retratos de santos y guerreros, o ante las
cándidas vírgenes boticellescas; su inspiración vivía muy lejos: en los
suburbios de las ciudades populosas, en los oscuros rincones de las
tabernas, en los sombríos callejones donde pululan las sacerdotisas de
Venus, guardadas por sus fieles galanes los barateros; en los misérrimos
lechos de las casas de lenocinio. Su musa no era ninguna de las nueve
hermanas: era una musa canalla que peinaba negros bucles con bandolina,
y los aprisionaba con vistosas peinetas, en los callejones del Lavapiés
madrileño; ataba rojos pañolillos a su cuello en los _impassés_ del
_Sebasto_ de París; tocábase con ligeros sombrerillos en el Graben
vienés, y paseaba envuelta en el tschaffs por las calles de
Constantinopla. Su jardín interior no era el vergel de las Hespérides,
sino un museo patibulario, en que absurdas criaturas, de rostros
atrozmente embadurnados de pintura, se retorcían en muecas
trágicogrotescas de lascivia demoníaca.
Volvió al asunto que le preocupaba. ¿Iría? Sentíase arrastrado por una
oculta fuerza y, al mismo tiempo, temía. ¡Qué más le daba! ¡Una vez
más!