Temblando de frío y de miedo, detúvose junto a la puertecilla del
jardín. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué en vez de permanecer en el suave
abrigo de la alcoba, cálida y blanda como un nido de amor, disponíase a
correr las callejuelas de los suburbios bajo el velo glacial de la
lluvia, como una ramera? ¿Por qué ella, tan frágil, tan delicada, tan
quebradiza, lanzábase así en la noche cómplice al encuentro de lo
ignorado? Todos sus esfuerzos eran inútiles; algo más fuerte que su
voluntad le arrastraba hacia aquella _cosa_ misteriosa y terrible que
vivía en el fondo del misterio. Desde que una noche nefasta la trágica
revelación se hizo en su vida, sentíase arrastrada por la resaca a no sé
qué ignorados abismos. Era inútil que ella, lectora de Platón y de
Descartes, familiarizada con Schopenhauer y Nietzche; ella, tortuosa y
erudita como una de aquellas marquesas de Versalles que representaban
farsas ante el Rey, flirteaban con Monseñor el Cardenal de Rohan y eran
amigas de Juan Jacobo y de Voltaire, tratara de sonreír y fuese
escéptica hasta en la liviandad. Algo terrible, monstruoso, fatal,
alzábase en su vida, y toda la amable frivolidad, hecha de amor y de
filosofía, descorríase como bambalinas de un teatro, y quedaba la aridez
horrible de yermo, de una vida desvastada por la lujuria, en cuyo fondo
brillaba, como único faro, el misticismo. A él había vuelto los ojos
angustiados, pero también fue estéril. ¡Era pronto aún! Ante la cruz, el
macho cabrío danzaba lúbrico y burlón, y el signo redentor no era sino
un ensueño remoto, mientras los pecados, como enfurecidas avispas,
clavaban los aguijones en su carne. Todos los días el hambre insaciable
de los poseídos le arrancaba del lecho y le arrojaba al través de la
noche.
Abrió la puerta y, recatándose en la sombra, salió a la calle. Después
comenzó a caminar en busca de lo desconocido.