II

--¡Ya no me quieres!

--¡Calla!

Puso Filomena en sus palabras un dejo de impaciencia, y sus ojos azules

clavaron una mirada rencorosa en el muchacho. Estaban acodados al gran

balcón que se abría sobre el jardín. La noche de junio bañaba la tierra

en una paz llena de poesía. El cielo tenía la serenidad demasiado

luminosa y demasiado azul de los firmamentos que pintaron los cándidos

astrónomos de los siglos medios. Sobre la bóveda de zafiro, la luna,

como un ópalo gigantesco, brillaba pálida. Bajo la plateada luz del

satélite, los árboles del viejo jardín de los Quintalvo formaban oscuras

masas pobladas de rumores. Entre las frondas albeaban algunas estatuas,

y al fondo de una calle blanca, bordeada de arrayanes, una fuente, como

un espejo roto, reflejaba, temblorosa, la faz de la luna.

Sobre los altos muros que cerraban el jardín, divisábase un trozo de

calle, una callejuela de los barrios bajos, sórdida, llena de burdeles y

cafetines, por donde transitaban los chulos y las vendedoras de amor.

Tras la encantada barrera del jardín, el cuadro innoble de la calleja

era más violento, más detonante, más agrio e inarmónico. Las manchas de

luz y sombra tenían una violencia hórrida, exenta de matices, y las

figuras rotundas, lamentables y grotescas, figuras de mendigos, de

golfos, de hampones, de prostitutas y celestinas, destacábanse con una

crudeza repulsiva.

Filomena y Carlos hallábanse hacía rato en el balcón. Vestido él de

frac, correcto, impecable, como correspondía a un hombre de mundo que

había venido a comer al palacio de la condesa de Quintalvo; ella,

envuelta ya en los pliegues de amplio ropón de seda, blanco, adornado de

viejos encajes de Malinas, en el abandono de un _deshabillé_ de mujer

elegante, asomáronse a la ventana, buscando tal vez, con un vago anhelo

irrazonado, la sombra de la ilusión que había huido para siempre.

Desde la noche carnavalesca en que, en la ceguera del alcohol,

comportárase como un jayán, el encanto de su amor habíase quebrado. Al

día siguiente de la escena canallesca, Carlos, al volver a ser el

hombre correcto, el _gentleman_ de siempre, sintió vergüenza y amargura.

Un canastillo inmenso de orquídeas y una carta devota, humilde,

ferviente y apasionada, fue el primer paso. Filomena perdonó fácilmente,

y las cosas volvieron a su cauce. Pero, sin saber por qué, el encanto

estaba destruido. La Quintalvo sentía que le faltaba algo. No es que le

guardase rencor por las brutalidades; pero... Trató de analizar el

origen de su inquietud, y no acertó a encontrar la causa. Decididamente,

rencor no era. Pero anhelaba algo extraño, desconocido; una sensación

inexplicable le invadía; la tristeza de un vacío inmenso gravitaba sobre

su vida, dándole la impresión de tedio invencible, de monotonía, de una

neblina gris y uniforme que lo envolvía todo. Algunas veces sorprendiose

a sí misma espiando los menores gestos de su amante, buscando en ellos

la huella o el conato de una brutalidad; nada. Carlos, impecable,

caballeresco, galante, rendido, mostrábase cada vez más enamorado, más

entusiasta, más fervoroso. Cada nuevo día despertaba en él una

delicadeza; hacía vibrar una nueva fibra espiritual, como si esperase, a

fuerza de bondad y dulzura, hacer olvidar la hora cruel. Y, sin embargo,

Filomena no era feliz. Según él, se entregaba haciéndose romántico y

quintaesenciado; el abismo abierto en la vida de la condesa de Quintalvo

se agrandaba. Involuntariamente le zahería; involuntariamente en

injustificadas crisis de mal humor; llevábale constantemente la

contraria; trataba de irritarle, de soliviantarle, procurando, malévola,

provocar la explosión de brutalidad.

--¡Ya no me quieres!--repitió Carlos tristemente--¡Ya no soy para ti lo

que era antes! ¡Yo no me engaño y sé leer en tu corazón!--Hablaba con

reprochadora melancolía. Sus ojos soñadores de niño grande mirábanle con

una imploración suprema de piedad.--Yo te quiero más que

nunca--prosiguió.--Tu frialdad me hiere, me entristece, me hace daño.

Casi te preferiría...

--¡Calla!--interrumpió ella--¡Qué inoportuno eres! ¡No sientes el

encanto de la noche!

Sorda ira hervía en ella contra el indiscreto que, por dos veces, rompía

la inefable sensación de melancólica dulzura que la embriagaba como el

aroma demasiado intenso de una flor venenosa. Por vez primera, desde

hacía muchos días, hallábase bien así: no deseaba nada ni esperaba nada,

en un nirvana voluptuoso y triste. Doblada sobre el barandal, con

abandono casi absoluto, dejaba colgar sus manos de marfil, largas y

finas, raramente enjoyadas, a la caricia de la brisa nocturna, y

entregábase en cuerpo y alma a la sensual dulzura que subía de la tierra

húmeda:

--¿Ves cómo ya no me quieres?--gimió él.

--¡Calla!--Ahora fue brusca e imperativa. Habíase incorporado

súbitamente, y sus ojos azules, en que brillaba una claridad perversa,

hecha de lascivia y de crueldad, la luz que debió de fosforecer en los

ojos de las emperatrices ante los cristianos arrojados a las fieras,

seguían un drama lejano.

En la callejuela lóbrega, situada al otro lado de los muros del jardín,

desarrollábase una escena de barbarie callejera. Una mujer de las que

hacen profesión de sus encantos, hablaba con un chulo, un tipo fuerte y

arrogante de macho. Poco a poco, los gestos, en un comienzo untuosos,

tiernos, acariciadores, fueron tornándose sobrios primero, bruscos

luego, amenazadores después, violentos al fin. Estalló la bronca. El,

violento, airado, había cogido a la infeliz por el mantón y

zarandeábala. Luego siguió una pausa, en que tornaron a hablar unos

instantes. Pero ella debía haberse negado a algo muy transcendental, por

cuanto el galán comenzó a darla golpes. Eran unos golpes crueles,

dirigidos a la parte más delicada de la infeliz: al rostro, al pecho, al

vientre; eran unos golpes violentísimos, mal intencionados, feroces. En

el claroscuro que formaban los cuadros reflejados por las puertas de las

buñolerías en las sombras del callejón, la escena tenía una ferocidad

cruel, que ponía un escalofrío en las espaldas.

Filomena, inclinada sobre el barandal, las manos crispadas, los labios

secos, jadeante el pecho y los ojos dilatados, seguía la escena con un

interés de pesadilla.

La mujer, por fin, cayó al suelo, y allí el bárbaro coceola a mansalva.

Al fin la abandonó y, lentamente, comenzó a alejarse. Sucedió entonces

algo extraño, absurdo; la hembra alzose trabajosamente y corrió tras él.

Colgose suplicante, mimosa, de su brazo, y como él la rechazase aún,

siguiole humildemente como un can.

Un velo se rasgó en el espíritu de la Quintalvo, y a la luz lívida de

los cafetines, bajo el maleficio de la luna, sintió el terror de la

revelación: ¡Ella, Filomena Roldán de Undaneta, condesa de Quintalvo,

tenía un alma de prostituta!

El pecado y la noche · 第 35 / 62 题