--¡Ya no me quieres!
--¡Calla!
Puso Filomena en sus palabras un dejo de impaciencia, y sus ojos azules
clavaron una mirada rencorosa en el muchacho. Estaban acodados al gran
balcón que se abría sobre el jardín. La noche de junio bañaba la tierra
en una paz llena de poesía. El cielo tenía la serenidad demasiado
luminosa y demasiado azul de los firmamentos que pintaron los cándidos
astrónomos de los siglos medios. Sobre la bóveda de zafiro, la luna,
como un ópalo gigantesco, brillaba pálida. Bajo la plateada luz del
satélite, los árboles del viejo jardín de los Quintalvo formaban oscuras
masas pobladas de rumores. Entre las frondas albeaban algunas estatuas,
y al fondo de una calle blanca, bordeada de arrayanes, una fuente, como
un espejo roto, reflejaba, temblorosa, la faz de la luna.
Sobre los altos muros que cerraban el jardín, divisábase un trozo de
calle, una callejuela de los barrios bajos, sórdida, llena de burdeles y
cafetines, por donde transitaban los chulos y las vendedoras de amor.
Tras la encantada barrera del jardín, el cuadro innoble de la calleja
era más violento, más detonante, más agrio e inarmónico. Las manchas de
luz y sombra tenían una violencia hórrida, exenta de matices, y las
figuras rotundas, lamentables y grotescas, figuras de mendigos, de
golfos, de hampones, de prostitutas y celestinas, destacábanse con una
crudeza repulsiva.
Filomena y Carlos hallábanse hacía rato en el balcón. Vestido él de
frac, correcto, impecable, como correspondía a un hombre de mundo que
había venido a comer al palacio de la condesa de Quintalvo; ella,
envuelta ya en los pliegues de amplio ropón de seda, blanco, adornado de
viejos encajes de Malinas, en el abandono de un _deshabillé_ de mujer
elegante, asomáronse a la ventana, buscando tal vez, con un vago anhelo
irrazonado, la sombra de la ilusión que había huido para siempre.
Desde la noche carnavalesca en que, en la ceguera del alcohol,
comportárase como un jayán, el encanto de su amor habíase quebrado. Al
día siguiente de la escena canallesca, Carlos, al volver a ser el
hombre correcto, el _gentleman_ de siempre, sintió vergüenza y amargura.
Un canastillo inmenso de orquídeas y una carta devota, humilde,
ferviente y apasionada, fue el primer paso. Filomena perdonó fácilmente,
y las cosas volvieron a su cauce. Pero, sin saber por qué, el encanto
estaba destruido. La Quintalvo sentía que le faltaba algo. No es que le
guardase rencor por las brutalidades; pero... Trató de analizar el
origen de su inquietud, y no acertó a encontrar la causa. Decididamente,
rencor no era. Pero anhelaba algo extraño, desconocido; una sensación
inexplicable le invadía; la tristeza de un vacío inmenso gravitaba sobre
su vida, dándole la impresión de tedio invencible, de monotonía, de una
neblina gris y uniforme que lo envolvía todo. Algunas veces sorprendiose
a sí misma espiando los menores gestos de su amante, buscando en ellos
la huella o el conato de una brutalidad; nada. Carlos, impecable,
caballeresco, galante, rendido, mostrábase cada vez más enamorado, más
entusiasta, más fervoroso. Cada nuevo día despertaba en él una
delicadeza; hacía vibrar una nueva fibra espiritual, como si esperase, a
fuerza de bondad y dulzura, hacer olvidar la hora cruel. Y, sin embargo,
Filomena no era feliz. Según él, se entregaba haciéndose romántico y
quintaesenciado; el abismo abierto en la vida de la condesa de Quintalvo
se agrandaba. Involuntariamente le zahería; involuntariamente en
injustificadas crisis de mal humor; llevábale constantemente la
contraria; trataba de irritarle, de soliviantarle, procurando, malévola,
provocar la explosión de brutalidad.
--¡Ya no me quieres!--repitió Carlos tristemente--¡Ya no soy para ti lo
que era antes! ¡Yo no me engaño y sé leer en tu corazón!--Hablaba con
reprochadora melancolía. Sus ojos soñadores de niño grande mirábanle con
una imploración suprema de piedad.--Yo te quiero más que
nunca--prosiguió.--Tu frialdad me hiere, me entristece, me hace daño.
Casi te preferiría...
--¡Calla!--interrumpió ella--¡Qué inoportuno eres! ¡No sientes el
encanto de la noche!
Sorda ira hervía en ella contra el indiscreto que, por dos veces, rompía
la inefable sensación de melancólica dulzura que la embriagaba como el
aroma demasiado intenso de una flor venenosa. Por vez primera, desde
hacía muchos días, hallábase bien así: no deseaba nada ni esperaba nada,
en un nirvana voluptuoso y triste. Doblada sobre el barandal, con
abandono casi absoluto, dejaba colgar sus manos de marfil, largas y
finas, raramente enjoyadas, a la caricia de la brisa nocturna, y
entregábase en cuerpo y alma a la sensual dulzura que subía de la tierra
húmeda:
--¿Ves cómo ya no me quieres?--gimió él.
--¡Calla!--Ahora fue brusca e imperativa. Habíase incorporado
súbitamente, y sus ojos azules, en que brillaba una claridad perversa,
hecha de lascivia y de crueldad, la luz que debió de fosforecer en los
ojos de las emperatrices ante los cristianos arrojados a las fieras,
seguían un drama lejano.
En la callejuela lóbrega, situada al otro lado de los muros del jardín,
desarrollábase una escena de barbarie callejera. Una mujer de las que
hacen profesión de sus encantos, hablaba con un chulo, un tipo fuerte y
arrogante de macho. Poco a poco, los gestos, en un comienzo untuosos,
tiernos, acariciadores, fueron tornándose sobrios primero, bruscos
luego, amenazadores después, violentos al fin. Estalló la bronca. El,
violento, airado, había cogido a la infeliz por el mantón y
zarandeábala. Luego siguió una pausa, en que tornaron a hablar unos
instantes. Pero ella debía haberse negado a algo muy transcendental, por
cuanto el galán comenzó a darla golpes. Eran unos golpes crueles,
dirigidos a la parte más delicada de la infeliz: al rostro, al pecho, al
vientre; eran unos golpes violentísimos, mal intencionados, feroces. En
el claroscuro que formaban los cuadros reflejados por las puertas de las
buñolerías en las sombras del callejón, la escena tenía una ferocidad
cruel, que ponía un escalofrío en las espaldas.
Filomena, inclinada sobre el barandal, las manos crispadas, los labios
secos, jadeante el pecho y los ojos dilatados, seguía la escena con un
interés de pesadilla.
La mujer, por fin, cayó al suelo, y allí el bárbaro coceola a mansalva.
Al fin la abandonó y, lentamente, comenzó a alejarse. Sucedió entonces
algo extraño, absurdo; la hembra alzose trabajosamente y corrió tras él.
Colgose suplicante, mimosa, de su brazo, y como él la rechazase aún,
siguiole humildemente como un can.
Un velo se rasgó en el espíritu de la Quintalvo, y a la luz lívida de
los cafetines, bajo el maleficio de la luna, sintió el terror de la
revelación: ¡Ella, Filomena Roldán de Undaneta, condesa de Quintalvo,
tenía un alma de prostituta!