I
Entró resueltamente en el cuarto, encendió luces, muchas luces, todas
las que encontró a mano; desposeyose, con un gesto amplio, teatral, del
enorme abrigo de chinchilla, que arrojó desdeñosamente sobre una
butaquita; dejó caer al suelo el capuchón de raso negro que le envolvía
de pies a cabeza, y en pie, ante el gran espejo de tres lunas, arreglose
nerviosamente el peinado.
Tras ella, pesado, vacilante, el rostro pálido, los ojos turbios,
despeinado el cabello, el sombrero caído a la nuca y la pechera sucia y
arrugada, venía Esteban. Al penetrar en la estancia habíase desplomado
en una _bergère_, y allí, despatarrado, innoble, sin tomarse el trabajo
de quitarse el gabán ni el sombrero, parecía próximo a dormirse.
Filomena, siempre en pie ante el espejo, trepidaba de impaciencia. Era
una mujercita deliciosa, una figura frágil y quebradiza, llena de una
gracia efímera de _bibelot_. _Muy Luis XV_, hacía pensar involuntaria en
las pastorelas de Watteau, en las escenas de Boucher y en los grabados
libertinos del XVIII francés. Sus gestos de gracia alocada tenían, sobre
todo, una elegancia innata, que reflejábase hasta en sus menores
movimientos, aun en las ocasiones en que desterraba la euritmia de sus
ademanes, el enfado, la pasión o la alegría. Era una de esas mujeres
que, sin saberse por qué, recuerdan una época; una de esas mujeres que a
cuanto tocan, imprimen el sello de un arte o de una moda, y que nos
llevan a exclamar: ¡Así debió ser Teodora, o Margarita de Valois, o la
Pompadour, o la condesa de Dubacry, o Madame de Recamier!
Baja, menuda, aunque de firmes y apetitosas curvas; pie breve, mano
fina, con uñas sonrosadas como pétalos de flor; el rostro blanco y rosa,
tenía los ojos de porcelana azul, de ese azul cielo cuyo secreto
guardaba la fábrica de Sèvres; la boca de coral, en forma de corazón
(una boca perversa e irónica, hecha a los besos furtivos y a los
epigramas de Beaumarchais); y poseía también una cabellera sedosa y
rizada, de un rubio miel tan pálido, que parecía empolvada. Al andar,
tenía unas veces el ritmo ceremonioso de las pavanas; otras, la gracia
alocada de las ninfas del Trianón (ninfas de pomposas sayas y altos
tacones rojos) jugando a las pastoras, con los corderillos lanados de
azul.
El traje de gasa blanca, vaporoso, de una gracia casi irreal, prendido
en _paniers_ por anchas bandas de seda celeste, salpicada de pálidas
flores y sostenidas por diamantinas hebillas, contribuía a marcar la
originalidad de la figura; y el cuarto, con su suntuosa elegancia _muy
Versalles_, sirviéndole de fondo, hacíale resaltar aún.
Era aquella una habitación amplísima, alta de techo, con dos grandes
balcones, uno al jardín, otro a un antiguo callejón del viejo Madrid.
Situado en el ángulo del palacio de los Quintalvo, habíale elegido
Filomena, a raíz de su boda con Florencio, como más independiente para
hacer su habitación. Un damasco de color rosa muy pálido, cubría los
muros, encerrado en molduras blancas recargadas de conchas y hojarascas
doradas. Mofletudos amorcillos jugaban entre las nubes del techo, y aun
rodaban al azar de sus retazos en las sobrepuertas, entre guirnaldas de
frutas y flores. Algunos retratos de empolvadas damas y unos cuadros de
maestros franceses, un tanto amanerados en su mitología convencional,
pendían de largos cordones de seda sobre los muros. Muebles de _boule_,
de moquetería y de dorada talla, llenaban la estancia, y por todas
partes, sobre las cómodas, tras los cristales de las vitrinas y sobre
las minúsculas mesas, puestas al alcance de divanes y butacas, antiguos
grupos de Sajonia y Capo di Monti, en que dioses y diosas se perseguían,
y marquesas y abates danzaban pastorelas; admirables miniaturas y
abanicos de prodigioso varillaje y chinescos países, lucían su belleza
quebradiza. Al través de amplia arcada, sostenida por columnas, y a
medias defendida por antiguas cortinas de brocado, divisábase la alcoba,
con su lecho muy bajo, muy ancho, de talla y seda, cubierto por bordada
colcha china, como un barco ideal próximo a bogar con rumbo a Citerea.
De pie siempre ante el espejo de tres lunas, sobre cuyo dorado marco dos
palomas de talla se arrullaban, Filomena corregía nerviosamente la
imaginaria rebeldía de un rizo. De vez en cuando, como chispazos que
anunciasen la tempestad próxima, rumiaba algunas palabras en que rugía
una ira sorda y concentrada:
--¡Es una porquería!... ¡Una vergüenza!... ¡Indigno de un caballero!
Esteban, derrengado en la butaca, no parecía prestar valor a las
palabras de su querida. Ni aún removía siquiera, y hasta parecía haberse
dormido.
Filomena seguía:
--¡Qué asco!... ¡Dios los cría!...
Extrañada por la silenciosa indiferencia que oponía el muchacho a sus
apóstrofes, miró disimuladamente con el rabillo del ojo. ¡No faltaba
más! ¡Estaba bonito aquello! ¡Se había dormido! ¡Ella desgañitándose, y
el señor tan fresco!
Furiosa, abandonó sus cuidados capilares, y dando algunos pasos,
plantose ante su amigo, y allí permaneció en actitud expectante, entre
asombrada y rabiosa.
Esteban dormía con el pesado sueño de los beodos. El rostro desvastado,
terroso; los ojos hundidos en anchos cercos plomizos; los labios secos y
la frente cubierta de sudor, era aquello, más que descanso reparador,
plúmbea modorra.
Filomena no pudo contenerse más, y con el pie, como se hace para
despertar a un bichejo que nos repugna, empujó al durmiente. El abrió
los ojos, fijando en ella unas pupilas turbias, que permanecían lejanas,
estúpidas, ayunas de toda luz de inteligencia, como si no se diesen
cuenta del lugar donde estaban ni de la personalidad de su
interlocutor.
Le apostrofó vehemente:
--¿Te parece bien esto? ¿Tú crees que es decente?... ¡Ja ja,--rió
sarcástica.--¡Qué cara de idiota!--Y bajando el tono y hablando con
reconcentrado furor:--¿Pero tú te has creído que yo soy una de esas
pirujas amigas tuyas, una de esas tiorras que estaban en el Real
contigo?--Y siguió con creciente saña:--¿Tú te has figurado que voy a
aguantarte esto, yo, yo, Filomena Roldán de Undaneta; yo, la condesa de
Quintalvo? ¡Ja, ja!--tornó a reír. Luego, cruel, segura de herir en lo
vivo, añadió:--¡Tú te has creído que todas somos ese pendoncillo de
Constantina Gil!
Un relámpago de ira y con él un fulgor de inteligencia, pasó por los
ojos del borracho al oír aquel nombre; pero pronto apagose, y una
inexpresión de imbecilidad absoluta enseñoreose nuevamente del rostro.
Había vuelto a cerrar los párpados y sumiose otra vez en el sopor de que
por breves instantes arrancáranle los furiosos apóstrofes de la irritada
dama.
La ira ahogaba a Filomena con tal intensidad, que por un instante
privola del habla. Sus ojos echaban chispas, y en el cuadrado descote,
orlado de encajes, los senos, duros, redondos, procaces, palpitaban.
¡Aquello era demasiado! ¡Dormirse otra vez! Al fin halló tonos épicos
en que manifestar su justa indignación:
--¡Eres un canalla! ¡Ningún caballero, ninguno, ¿oyes?, ninguno hubiese
hecho lo que tú has hecho esta noche! ¡Eso no tiene nombre! ¡Es una
canallada; peor, una grosería, algo innoble, repugnante, estúpido! ¡Si
no me querías, hubiese preferido la franqueza; pero esos engaños son
bajunos, indignos de ti y de mí!... ¡Ja, ja, ja!--rió epiléptica:--Me
parece estar viendo tu cara de pobrecito que en la vida ha roto un
plato! «¡Qué fastidio! Esta noche no podré llevarte al Real, porque mi
madre no está buena y me quedo en casa...» ¡Ja, ja! ¡Y yo, bestia de mí,
que me cuelgo, loca de contenta, del teléfono, para darte la noticia!
«Florencio se va de caza y, como me quedo sin marido, me puedes pasear
por el baile». ¡Burra, burra de mí! ¡Te juro que no me vuelve a suceder!
¡Tú no sabes de lo que yo soy capaz!
Era verdad. Nadie sabía, bajo su aire frágil y delicado de figurita de
Sajonia, de lo que ella era capaz, ni la suma de energía que se ocultaba
bajo el picudo corpiño y la falda con pompones Luis XV. Apesar de la
inexperiencia de hallarse en el segundo amante (no llevaba sino dos años
de casada), no había dudado en jugarse el todo por el todo. En vez de la
escena de lágrimas y reproches que otra mujer cualquiera hubiese hecho
en su caso, supo callar y disimular, para luego, sola, tener el valor de
ir al baile y allí sorprenderle. ¡De ella no se reía nadie! Y no había
parado aquí la cosa, sino que, a fuerza de audacia, habíale arrancado a
sus rivales, y así, borracho y todo, aprovechando la ausencia de su
marido, habíalo llevado a su casa. ¡Ah, nadie la conocía, ni podía
adivinar la voluntad que dormía en el fondo de su cuerpo gracioso y
liviano de muñeca bonita! Siempre había sido así. Famosa era de soltera,
por arrostrar impertérrita lances que a otras mujeres más maduras
amilanarían. Gustábale de hablar con gentes que pasaban por osadas,
empujarles, lanzarles por despeñaderos peligrosos, y luego contenerles
con una mirada. Adoraba los ejercicios violentos; jugaba al tennis medio
desnuda, con un impudor inconsciente que desconcertaba a todo el mundo;
nadaba como una sirena y arrastraba a sus adoradores mar adentro, para
dejarles luego vencidos, casi en peligro de ahogarse; bailaba, entregada
en un pecaminoso abandono de voluptuosidad, hasta que sentía desfallecer
a su pareja; pero, sobre todo, gustaba de galopar en un loco vértigo de
velocidad. Quien la hubiese visto una vez, no podría olvidar aquella
figulina airosa, llena de _chic_, con la elegancia exquisita de las
estampas cinegéticas del siglo galante, que, de improviso, a lomos del
ardiente potro, seguida de su jauría de galgos, convertíase en un
centauro, que galopaba enloquecido a través de bosques y viñedos,
saltaba obstáculos, salvaba ríos, en una loca carrera de pesadilla. Y
había más, lo que sólo ella, el cielo, los árboles y las flores
conocían: las tardes de _Las Chumberas_, aquellas tardes andaluzas de un
bochorno imposible, cuando, tras inverosímiles galopadas, deteníase en
un campo de labor, y entablando conversación con algún tosco campesino,
iba poco a poco encendiendo en él la llama de todos los deseos. ¡Ah! ¡La
salvaje, la bárbara voluptuosidad de sentirse deseada así! ¡El acre
encanto de ir viendo alumbrarse en los ojos negros de abismo el fulgor
de todos los malos deseos! ¡El placer feroz de sentir rugir la bestia
que despertaba, se desperazaba e intentaba herir! ¡Cuántas veces en
aquel juego peligroso, el látigo frío y cruel abatió una mano audaz!
Pero lo que no olvidaría nunca fue su lucha con José Manuel, el vaquero.
Uno de los mayores placeres de Filomena era bajar a la dehesa, y allí, a
caballo en su jaca, bien empuñada la garrocha, torear a los feroces
brutos. Pronto a aquel gusto unió otro. José Manuel, el garrochista, el
hombre casi salvaje, le amaba. Desde entonces, la muñequilla comenzó a
jugar con aquel amor. Los toros parecíanle inofensivos junto al bruto
negro, velludo, sudoroso, que temblaba de deseo en su presencia. Ella le
irritaba, le desafiaba, le exasperaba con sabias coqueterías, con
amicales caricias llenas de ternura protectora, con una impudicia
cándida e indiferente que mostraba a los inyectados ojos del galán
prodigiosas desnudeces, turgencias de nardo, curvas suavísimas, como si
se tratase de un viejo servidor o de una bestezuela familiar. Y un día
sucedió lo que fatalmente tenía que suceder, lo que era ley que
sucediese: el bárbaro saltó sobre ella. Fue una lucha feroz en que la
ninfa se defendió del fauno a golpes, a puntapies, a arañazos, a
mordiscos; él, jadeante, enloquecido, creciéndose al dolor como un
animal feroz, pugnaba por dominarla sin poderlo lograr. Cien veces
sintió Filomena deseos de dejarse tomar, y otras tantas se rehizo. Al
fin consiguió desasirse, y su látigo azotó muchas veces el rostro del
salvaje. Luego comenzó la retirada. ¡Ah! ¡La emoción tremenda y
deliciosa de aquella retirada entre los toros desmandados, teniendo que
dar cara a la fiera vencida! ¡El escalofrío único, supremo, de aquella
marcha!
Ante su amante, ahora, dio una tregua a su ira para tomar respiro. Luego
reanudó:
--¿Pero es que tú te has creído que yo voy a tolerar esto? ¿Es que te
figuras que yo soy una pánfila, buena para todo? ¡No, hijo mío,
no!--prosiguió, mientras su ira iba en _crescendo_--. ¡De mí no te ríes
tú, ni nadie! Prefiero la lealtad, aunque sea cruel (¡en este caso no lo
hubiese sido, porque me importas tú y todos los hombres habidos y por
haber, un comino!). Pero las mentiras son innobles!--Y como el
indiferente parecía adormilarse, alzó el diapasón:--¡Esos líos y esos
engaños no son dignos de personas bien nacidas! ¡Son tretas de chulo!
Detúvose de improviso. Una extraña semejanza acababa de herirle, y una
idea rara cruzaba su cerebro como la sombra de un pájaro extravagante.
Carlos permanecía siempre despatarrado, la camisa manchada de vino,
arrugada y entreabierta, y la cabeza tronchada sobre el hombro; en el
rostro, de amarillez enfermiza, las noches de crápula habían puesto un
sello de cansancio, y los cabellos, despeinados, cayendo en un gran
mechón sobre los ojos, estrechaban la frente. ¡Un chulo! La extraña
semejanza que hallaba por primera vez en el elegante, causábale
indefinible turbación. Era verdad; así parecía un chulo. La rigidez de
persona _comme il faut_ huía con la borrachera y, en cambio, el cuerpo
adquiría una elasticidad fofa de felino en reposo, esa extraña
distensión muscular que se observa en los golfos y en los gatos dormidos
al sol. La cara hacíase más dura bajo la lividez malsana (una lividez de
hombre que vive del amor y para el amor) que la cubría; la mandíbula
destacábase cuadrada, dura, cruel; un gesto cansado, malo, dañino,
arrastraba la comisura de los labios avejentándole, y bajo la frente
pequeña, terca, inexpresiva, frente de esclavo, de gladiador o de
torero, que, deshecho el británico planchado del pelo, aparecía más
estrecha, oculta por lacios mechones, los ojos, cerrados, dormían en el
cansancio infinito de las ojeras parduzcas. ¡Un chulo! Carlos así no era
el hombre elegante, el tipo _chic_, el moderno Brummel: era, lisa y
llanamente, el macho, el chulo, el hombre de placer, como dicen las
francesas, el amante. En el sutil espíritu lleno de análisis de Filomena
surgió una pregunta inquietadora: ¿Le amaría por eso? La idea aumentó su
rabia. Apostrofole.
--¿Sabes lo que me das? ¡Asco!--Pero como viese que él sin indignarse
tornaba a dormilar plácidamente, buscó algo que le hiriese mucho:--¡Eso
sí que no! Para dormir te vas a casa del pendón de Constantina.
El golpe dio en el blanco. Carlos abrió los ojos, y con voz bronca
tartamudeó:
--¡Deja a Constantina en paz!
Pero la otra acababa de ver deslizarse por las pupilas, tras los vahos
de alcohol, una llamarada de ira, y sintió la necesidad perversa de
azuzar a la fiera:
--¡Jesús! ¡Que no toquen a Constantina, que se rompe! ¡Haces bien, hijo,
haces bien, porque la verdad que es una santa de mírame y no me
toques!--Y como él, despejado a medias por la indignación, la mirase
casi amenazador, insistió:--¡No sé por qué me miras así! ¡Ni que fuese
alguna novedad! ¡Todo el mundo está harto de saber que Constantina Gil
es una perdida!
Libre como por ensalmo de la torpeza, púsose en pie y, cogiéndola por un
brazo, conminola a callar:
--¡Cállate!
Forcejeó ella:
--¡Ja, ja! ¡Pégame, anda! ¡Era lo único que te faltaba! ¡Aunque me
mates, no me cansaré de decir que tú eres un chulo y ella una golfa!
Sombrío, amenazador, murmuró:
--¡Te prohíbo que la nombres! Sólo con nombrarla la manchas.
--¡Ja, ja!--rió otra vez, procaz, Filomena--. ¡Si sois el uno para el
otro! ¡Un chulo y una golfa!
La ira le cegó, quitándole toda noción de decoro y delicadeza. Como un
villano cayó sobre ella, y comenzó a vapulearla. Fue una escena bárbara,
cruel y repugnante: la hembra, caída en el suelo, mordía, arañaba,
pateaba, repelía la agresión con las uñas y con los dientes; él,
golpeaba cruel, despiadado, borracho ahora de bestialidad. Al fin
dominose y, desplomándose en una butaquita, ocultó la cabeza entre las
manos con desesperada saña.
Filomena, caída en el suelo, medio desnuda, gemía quedamente.