Otra vez me vi en el tren. No sé cómo fue; desde el momento en que me
arrancaron a mi extática contemplación, viví una vida tan intensa de
horror, de alucinación y de locura, lo sobrenatural, lo absurdo, lo
quimérico, instalose de tal modo en mi vida, que aun ahora, que han
pasado muchos años, recuerdo todo, como al través de un espeso velo, con
esa vaguedad escalofriante con que evocamos unos meses pasados en una
casa de locos, o las horrendas pesadillas que nos acarrearon las
frecuentaciones de los venenos sabios, y mis cabellos se erizan.
Vime, pues, en el tren camino de Rosemburg. Era el departamento una
berlina, colocada junto al furgón de equipajes. Al otro extremo del
convoy, al lado de la máquina, iba el furgón mortuorio en que, rodeada
de luces y flores, dormía la princesa Elvira. En dos coches del tren
regio iban el Emperador, rodeado de los príncipes, grandes duques,
prelados y altos dignatarios de la Corte. En el resto de los vagones, el
Estado Mayor del soberano, los caballeros de San Teodorico, a quienes,
según el ceremonial, correspondía llevar el féretro, y más dignatarios,
empleados, sacerdotes y militares. El convoy mortuorio caminaba rápido;
sólo al pasar por las estaciones refrenaba el paso, para, entre los
nobles acordes de las marchas guerreras, tocadas en sordina, desfilar
magestuosamente entre las multitudes, que permanecían en pie, aguantando
la lluvia, descubiertas las cabezas e inclinados los rostros en un dolor
mudo y respetuoso. Al fin llegamos a Rosemburg. Hacía un tiempo de
invierno, frío y triste; llovía sin tregua, y el cielo gris, sucio,
reflejábase en un mar de zinc. Una gran multitud invadía el andén, presa
de inmenso dolor, pero no del silencioso dolor de las otras poblaciones,
sino de un dolor ruidoso, violento, agitado por ráfagas de intensa
desesperación. Rosemburg adoraba a la santa princesa, y la amargura
desconsolada de aquel pueblo decía mejor que nada el historial de sus
virtudes.
Habíase organizado el fúnebre cortejo. Cuatro caballeros de San
Teodorico, graves, impasibles, con quimérico aspecto de animadas
estatuas, avanzaban, tocada la cabeza venerable con el birrete azul, y
dejando arrastrar en el barro los largos mantos de lana blanca,
caminaban delante, llevando en hombros el féretro, envuelto en un paño
de terciopelo negro, bordado con las armas imperiales. Tras ellos,
rodeado del alto clero, venía el patriarca de Oriente, revestido de
atavíos de una magnificencia insólita, cubierto de bordados de oro y
pedrerías. Seguíales un escuadrón de soldados de la Guardia Real, con
albos uniformes y argentados cascos, coronados por las sombrías alas de
águila. Tocaba el turno luego al viejo Emperador, con uniforme rojo y
gris, sobre el que caía patriarcal la nieve de la barba, cercándole los
príncipes y los grandes duques, y formando el séquito generales,
ministros, magnates. Toda aquella brillante procesión desfilaba
lentamente a los heroicos acordes de las marchas guerreras por entre una
muchedumbre que sollozaba amargamente.
Seguía lloviendo, y bajo el velo de agua que implacable caía del cielo,
la multitud permanecía quieta, inmóvil, rendida de pesar. Eran mujerucas
campesinas, flacas y acartonadas, vestidas con los aldeanos atavíos de
colorines, y toscos labradores rígidos, dentro de los bastos trajes de
fiesta, que contemplaban, entre tristes y embobados, la fastuosa
procesión, presidida por los cuatro fantasmagóricos caballeros
conduciendo la urna cineraria con los restos de la princesa Elvira. De
vez en cuando, sobre la quietud poblada de sollozos, alzábase una voz
que gemía:
--¡Ha muerto nuestra madre! ¡Ha muerto la madre de los pobres!
Y un coro de plañideras hacía eco:
--¡Ha muerto la madre de los miserables!
Otras veces era una campesina que se arrojaba al paso del entierro, y
arrodillada en el agua y el lodo, intentaba besar los enlutados paños
que cubrían la caja mortuoria. Entonces la multitud contagiada,
prorrumpía en lamentos:
--¡Ha muerto el amparo de los menesterosos! ¡La paloma blanca ha volado
al cielo!
Algunas mujeres se desmayaban; otras, caídas en el suelo, mesábanse los
cabellos; algunas, trágicas, alzaban en brazos a sus hijos, y les
mostraban el féretro como el destino inexorable. El coro clamaba
siempre:
--¡Ha muerto la madre de los desvalidos! ¡La estrella de plata se apagó
en los cielos!
Y los himnos heroicos resonaban confundidos con los cantos litúrgicos.
Al fin, llegamos a la capilla del palacio; las puertas abriéronse, dando
paso al cortejo. El pueblo esperó con paciencia a que se le franquease
la entrada para contemplar una vez más a la que fue su amparo y
consuelo. En todos los labios había una palabra de loa, y en todos los
ojos una lágrima. Al fin, la gran puerta de bronce tornó a descorrerse,
y la gente penetró en el templo. Al pisar el umbral, quedé deslumbrado.
Jamás en correrías de viajero, ofreciose a mis ojos espectáculo de mayor
magnificencia ni de arte más refinado y suntuoso. Admirables mosaicos,
en que sobre el fondo de oro, de cegadora luminosidad, destacábanse con
brillante colorido; las figuras, llenas de hierática nobleza, cubrían
los muros. Representaban la ceremonia de ungir el papa Silvestre V
Emperador a Fernando Augusto, y de ceñirle la corona de hierro de los
Reyes Santos. Las figuras, cubiertas de extrañas vestiduras, recamadas
de piedras preciosas, tenían esa ingenuidad que prestaban los artífices
de la Edad Media a sus creaciones, y agrupadas, en posturas
inverosímiles, rendían pleitesía al joven soberano, que, más que la
belleza de las deidades paganas, tenía la elegancia un poco melancólica
de los héroes de la leyenda cristiana. El viejo pontífice sostenía en
sus manos la saya sagrada, y coronando la apoteosis, la Santa Virgen,
apareciendo entre nubes pobladas de ángeles concertantes, bendecía al
nuevo Rey. Monstruos quiméricos, dragones de lengua de fuego, alados
grifos, unicornios y otras alimañas de la fauna fantástica, mezclábanse
con los personajes reales.
A la entrada de la iglesia alzábanse dos altos pilares de mármol negro,
soportando, el uno, espantable basilisco de dorado bronce; el otro, la
imagen de San Miguel Arcángel pisando a Lucifer. Y por fin, en el centro
del templo, cuatro columnas de lapizlázuli sustentaban un baptisterio de
oro enriquecido de esmaltes y diamantes.
Avancé con el gentío enloquecido en ruidosas manifestaciones de duelo, y
otra vez me hallé la santa muerta. Mis ojos irreverentes buscaron
instintivamente la sonrisa de Gioconda, la enigmática mueca que me
obsesionara siempre. Nada. El rostro conservaba su admirable serenidad
de yacente estatua. Una palidez cerúlea cubría la mascarilla, encuadrada
en las blancas tocas, y la paz de los bienaventurados había descendido
sobre su frente.
V
Temblé. Aquello era peor que una impiedad o una profanación; aquello era
un sacrilegio. Hacía siglos que ningún viviente (excepción hecha de los
frailes), ni aun los mismos Emperadores, entraba allí. ¡El pudridero!
Para penetrar en la trágica cripta, en que se descomponían los cuerpos
de los Westfalias, era preciso haber traspuesto antes ese misterioso
umbral que se llama la muerte. Habitante ninguno de este mundo tenía
derecho a visitar aquel recinto, que, como ciertos trágicos jardines de
conseja, formaba parte del _más allá_. Sólo los religiosos de la sombría
Orden del Descendimiento poseían el privilegio de entrar en los reinos
de la muerte. ¿Y acaso ellos pertenecían al mundo? Sus votos de
silencio, de castidad, oscuridad y ayuno, hacían de ellos fantasmas que
habitaban un mundo imaginario de renunciamiento.
Sentí el frío de ultratumba y mis dientes castañeteaban. Miré en
derredor. La pieza era una sala pequeña, alta de techo, con el suelo y
los muros revestidos de basalto. En la bóveda, una alegoría egipcia de
la muerte; en el centro de la estancia, un lecho bajo de mármol negro; a
la derecha, abierta en el muro, una puerta de ébano y plata. En el
dintel, una estatua del Dolor, labrada en alabastro, doblada la cabeza,
oculta por el largo velo; al otro lado, un ángel, con las alas plegadas,
llevábase un dedo a los labios ordenando silencio.
¿Cómo estaba yo allí? El dinero es una gran arma que esgrimen hoy las
poderosas empresas periodísticas; pero yo, algunas veces creo que dinero
e influencia no son sino armas de la Fatalidad, que, agazapada en la
sombra, juega con los humanos. ¿Por qué estaba yo allí? Fuera de las
suntuosidades externas y del dolor popular, ¿qué interés podía ofrecerme
el sepelio de aquella princesa? Y, sin embargo, aquella mujer a quien no
conocía, a quien ni siquiera había visto más que en las páginas de los
semanarios gráficos, a quien unas veces creyera hábil política, otras
fanática, y algunas tocada de diletantismo de abnegación teatral, me
atraía con fuerza superior a mi menguada voluntad.
Resonaron los cantos funerales que salmodiaban los frailes; a lo lejos,
las charangas militares repicaban las bélicas notas del himno guerrero
de Nordlandia; los cañones hacían las salvas de ordenanza, y las
campanas tocaban a muerto. Los batientes de la puerta se abrieron y
apareció el féretro, llevado por cuatro hermanos, con el negro hábito,
bordados sobre el pecho la calavera y las tibias, la capucha caída sobre
los rostros, de los que sólo se divisaban las barbas blancas, y de
improviso hízose un silencio absoluto.
Desde mi escondite, vi al viejo Emperador inclinarse, y luego, rodeado
de su séquito, desaparecer. Los monjes colocaron el féretro sobre el
marmóreo lecho, rociaron el cuerpo con agua bendita y salieron,
dejándome solo con el enigma de aquel cadáver. Entonces, haciendo acopio
de valor, salí de mi encierro y me acerqué.
Apesar de los cinco días transcurridos desde la muerte, no se notaba en
la muerta síntoma alguno de descomposición. El perfil correcto, los
labios pálidos, los ojos cerrados, todo el conjunto del rostro
conservaba la misma beatífica dulzura. Ni una alteración de color, ni
una mancha que denunciara la intensa fermentación; nada. La princesa
dormía su apacible sueño, como esas bienaventuradas milenarias que
duermen en los pétreos sepulcros de las viejas catedrales. ¡Era una
santa!... Y, sin embargo, la imagen de la sonrisa equívoca volvía
inquietadora. Para ver mejor me arrodillé, y púseme a examinar el
rostro, sin hallar vestigios de putrefacción. Ni una mancha, ni una de
esas azuladas vetas que anuncian que vuelve el polvo al polvo cuando el
alma, libre de su cárcel, vuela; ni esa sombra negruzca que sombrea los
labios y las aberturas de la nariz; nada, nada, nada. Súbitamente, me
eché hacia atrás con un gesto instintivo de repulsión: un violentísimo
olor a podredumbre, un hedor insoportable a cuerpo en descomposición, un
perfume acre y macabro de tumba removida, acababa de herirme. ¡Y el
rostro seguía inmutable, sereno, dulcísimo! Mi mano sacrílega tendíase
hacia la cara de la santa, y mis dedos, en vez del helado horror de la
muerte, tropezaron con una sensación tibia. Resbalé; mi mano apoyose en
el rostro de la difunta princesa, y entonces una careta de cera rodó por
tierra. Y mudo de espanto, alucinado, tembloroso, meciéndome sobre un
abismo de locura, vi el rostro sanguinolento, deshecho, machacado, que
contemplara la noche trágica. Pero ahora, en la informe masa pululaba el
negro hervir de los gusanos.