IV

Otra vez me vi en el tren. No sé cómo fue; desde el momento en que me

arrancaron a mi extática contemplación, viví una vida tan intensa de

horror, de alucinación y de locura, lo sobrenatural, lo absurdo, lo

quimérico, instalose de tal modo en mi vida, que aun ahora, que han

pasado muchos años, recuerdo todo, como al través de un espeso velo, con

esa vaguedad escalofriante con que evocamos unos meses pasados en una

casa de locos, o las horrendas pesadillas que nos acarrearon las

frecuentaciones de los venenos sabios, y mis cabellos se erizan.

Vime, pues, en el tren camino de Rosemburg. Era el departamento una

berlina, colocada junto al furgón de equipajes. Al otro extremo del

convoy, al lado de la máquina, iba el furgón mortuorio en que, rodeada

de luces y flores, dormía la princesa Elvira. En dos coches del tren

regio iban el Emperador, rodeado de los príncipes, grandes duques,

prelados y altos dignatarios de la Corte. En el resto de los vagones, el

Estado Mayor del soberano, los caballeros de San Teodorico, a quienes,

según el ceremonial, correspondía llevar el féretro, y más dignatarios,

empleados, sacerdotes y militares. El convoy mortuorio caminaba rápido;

sólo al pasar por las estaciones refrenaba el paso, para, entre los

nobles acordes de las marchas guerreras, tocadas en sordina, desfilar

magestuosamente entre las multitudes, que permanecían en pie, aguantando

la lluvia, descubiertas las cabezas e inclinados los rostros en un dolor

mudo y respetuoso. Al fin llegamos a Rosemburg. Hacía un tiempo de

invierno, frío y triste; llovía sin tregua, y el cielo gris, sucio,

reflejábase en un mar de zinc. Una gran multitud invadía el andén, presa

de inmenso dolor, pero no del silencioso dolor de las otras poblaciones,

sino de un dolor ruidoso, violento, agitado por ráfagas de intensa

desesperación. Rosemburg adoraba a la santa princesa, y la amargura

desconsolada de aquel pueblo decía mejor que nada el historial de sus

virtudes.

Habíase organizado el fúnebre cortejo. Cuatro caballeros de San

Teodorico, graves, impasibles, con quimérico aspecto de animadas

estatuas, avanzaban, tocada la cabeza venerable con el birrete azul, y

dejando arrastrar en el barro los largos mantos de lana blanca,

caminaban delante, llevando en hombros el féretro, envuelto en un paño

de terciopelo negro, bordado con las armas imperiales. Tras ellos,

rodeado del alto clero, venía el patriarca de Oriente, revestido de

atavíos de una magnificencia insólita, cubierto de bordados de oro y

pedrerías. Seguíales un escuadrón de soldados de la Guardia Real, con

albos uniformes y argentados cascos, coronados por las sombrías alas de

águila. Tocaba el turno luego al viejo Emperador, con uniforme rojo y

gris, sobre el que caía patriarcal la nieve de la barba, cercándole los

príncipes y los grandes duques, y formando el séquito generales,

ministros, magnates. Toda aquella brillante procesión desfilaba

lentamente a los heroicos acordes de las marchas guerreras por entre una

muchedumbre que sollozaba amargamente.

Seguía lloviendo, y bajo el velo de agua que implacable caía del cielo,

la multitud permanecía quieta, inmóvil, rendida de pesar. Eran mujerucas

campesinas, flacas y acartonadas, vestidas con los aldeanos atavíos de

colorines, y toscos labradores rígidos, dentro de los bastos trajes de

fiesta, que contemplaban, entre tristes y embobados, la fastuosa

procesión, presidida por los cuatro fantasmagóricos caballeros

conduciendo la urna cineraria con los restos de la princesa Elvira. De

vez en cuando, sobre la quietud poblada de sollozos, alzábase una voz

que gemía:

--¡Ha muerto nuestra madre! ¡Ha muerto la madre de los pobres!

Y un coro de plañideras hacía eco:

--¡Ha muerto la madre de los miserables!

Otras veces era una campesina que se arrojaba al paso del entierro, y

arrodillada en el agua y el lodo, intentaba besar los enlutados paños

que cubrían la caja mortuoria. Entonces la multitud contagiada,

prorrumpía en lamentos:

--¡Ha muerto el amparo de los menesterosos! ¡La paloma blanca ha volado

al cielo!

Algunas mujeres se desmayaban; otras, caídas en el suelo, mesábanse los

cabellos; algunas, trágicas, alzaban en brazos a sus hijos, y les

mostraban el féretro como el destino inexorable. El coro clamaba

siempre:

--¡Ha muerto la madre de los desvalidos! ¡La estrella de plata se apagó

en los cielos!

Y los himnos heroicos resonaban confundidos con los cantos litúrgicos.

Al fin, llegamos a la capilla del palacio; las puertas abriéronse, dando

paso al cortejo. El pueblo esperó con paciencia a que se le franquease

la entrada para contemplar una vez más a la que fue su amparo y

consuelo. En todos los labios había una palabra de loa, y en todos los

ojos una lágrima. Al fin, la gran puerta de bronce tornó a descorrerse,

y la gente penetró en el templo. Al pisar el umbral, quedé deslumbrado.

Jamás en correrías de viajero, ofreciose a mis ojos espectáculo de mayor

magnificencia ni de arte más refinado y suntuoso. Admirables mosaicos,

en que sobre el fondo de oro, de cegadora luminosidad, destacábanse con

brillante colorido; las figuras, llenas de hierática nobleza, cubrían

los muros. Representaban la ceremonia de ungir el papa Silvestre V

Emperador a Fernando Augusto, y de ceñirle la corona de hierro de los

Reyes Santos. Las figuras, cubiertas de extrañas vestiduras, recamadas

de piedras preciosas, tenían esa ingenuidad que prestaban los artífices

de la Edad Media a sus creaciones, y agrupadas, en posturas

inverosímiles, rendían pleitesía al joven soberano, que, más que la

belleza de las deidades paganas, tenía la elegancia un poco melancólica

de los héroes de la leyenda cristiana. El viejo pontífice sostenía en

sus manos la saya sagrada, y coronando la apoteosis, la Santa Virgen,

apareciendo entre nubes pobladas de ángeles concertantes, bendecía al

nuevo Rey. Monstruos quiméricos, dragones de lengua de fuego, alados

grifos, unicornios y otras alimañas de la fauna fantástica, mezclábanse

con los personajes reales.

A la entrada de la iglesia alzábanse dos altos pilares de mármol negro,

soportando, el uno, espantable basilisco de dorado bronce; el otro, la

imagen de San Miguel Arcángel pisando a Lucifer. Y por fin, en el centro

del templo, cuatro columnas de lapizlázuli sustentaban un baptisterio de

oro enriquecido de esmaltes y diamantes.

Avancé con el gentío enloquecido en ruidosas manifestaciones de duelo, y

otra vez me hallé la santa muerta. Mis ojos irreverentes buscaron

instintivamente la sonrisa de Gioconda, la enigmática mueca que me

obsesionara siempre. Nada. El rostro conservaba su admirable serenidad

de yacente estatua. Una palidez cerúlea cubría la mascarilla, encuadrada

en las blancas tocas, y la paz de los bienaventurados había descendido

sobre su frente.

V

Temblé. Aquello era peor que una impiedad o una profanación; aquello era

un sacrilegio. Hacía siglos que ningún viviente (excepción hecha de los

frailes), ni aun los mismos Emperadores, entraba allí. ¡El pudridero!

Para penetrar en la trágica cripta, en que se descomponían los cuerpos

de los Westfalias, era preciso haber traspuesto antes ese misterioso

umbral que se llama la muerte. Habitante ninguno de este mundo tenía

derecho a visitar aquel recinto, que, como ciertos trágicos jardines de

conseja, formaba parte del _más allá_. Sólo los religiosos de la sombría

Orden del Descendimiento poseían el privilegio de entrar en los reinos

de la muerte. ¿Y acaso ellos pertenecían al mundo? Sus votos de

silencio, de castidad, oscuridad y ayuno, hacían de ellos fantasmas que

habitaban un mundo imaginario de renunciamiento.

Sentí el frío de ultratumba y mis dientes castañeteaban. Miré en

derredor. La pieza era una sala pequeña, alta de techo, con el suelo y

los muros revestidos de basalto. En la bóveda, una alegoría egipcia de

la muerte; en el centro de la estancia, un lecho bajo de mármol negro; a

la derecha, abierta en el muro, una puerta de ébano y plata. En el

dintel, una estatua del Dolor, labrada en alabastro, doblada la cabeza,

oculta por el largo velo; al otro lado, un ángel, con las alas plegadas,

llevábase un dedo a los labios ordenando silencio.

¿Cómo estaba yo allí? El dinero es una gran arma que esgrimen hoy las

poderosas empresas periodísticas; pero yo, algunas veces creo que dinero

e influencia no son sino armas de la Fatalidad, que, agazapada en la

sombra, juega con los humanos. ¿Por qué estaba yo allí? Fuera de las

suntuosidades externas y del dolor popular, ¿qué interés podía ofrecerme

el sepelio de aquella princesa? Y, sin embargo, aquella mujer a quien no

conocía, a quien ni siquiera había visto más que en las páginas de los

semanarios gráficos, a quien unas veces creyera hábil política, otras

fanática, y algunas tocada de diletantismo de abnegación teatral, me

atraía con fuerza superior a mi menguada voluntad.

Resonaron los cantos funerales que salmodiaban los frailes; a lo lejos,

las charangas militares repicaban las bélicas notas del himno guerrero

de Nordlandia; los cañones hacían las salvas de ordenanza, y las

campanas tocaban a muerto. Los batientes de la puerta se abrieron y

apareció el féretro, llevado por cuatro hermanos, con el negro hábito,

bordados sobre el pecho la calavera y las tibias, la capucha caída sobre

los rostros, de los que sólo se divisaban las barbas blancas, y de

improviso hízose un silencio absoluto.

Desde mi escondite, vi al viejo Emperador inclinarse, y luego, rodeado

de su séquito, desaparecer. Los monjes colocaron el féretro sobre el

marmóreo lecho, rociaron el cuerpo con agua bendita y salieron,

dejándome solo con el enigma de aquel cadáver. Entonces, haciendo acopio

de valor, salí de mi encierro y me acerqué.

Apesar de los cinco días transcurridos desde la muerte, no se notaba en

la muerta síntoma alguno de descomposición. El perfil correcto, los

labios pálidos, los ojos cerrados, todo el conjunto del rostro

conservaba la misma beatífica dulzura. Ni una alteración de color, ni

una mancha que denunciara la intensa fermentación; nada. La princesa

dormía su apacible sueño, como esas bienaventuradas milenarias que

duermen en los pétreos sepulcros de las viejas catedrales. ¡Era una

santa!... Y, sin embargo, la imagen de la sonrisa equívoca volvía

inquietadora. Para ver mejor me arrodillé, y púseme a examinar el

rostro, sin hallar vestigios de putrefacción. Ni una mancha, ni una de

esas azuladas vetas que anuncian que vuelve el polvo al polvo cuando el

alma, libre de su cárcel, vuela; ni esa sombra negruzca que sombrea los

labios y las aberturas de la nariz; nada, nada, nada. Súbitamente, me

eché hacia atrás con un gesto instintivo de repulsión: un violentísimo

olor a podredumbre, un hedor insoportable a cuerpo en descomposición, un

perfume acre y macabro de tumba removida, acababa de herirme. ¡Y el

rostro seguía inmutable, sereno, dulcísimo! Mi mano sacrílega tendíase

hacia la cara de la santa, y mis dedos, en vez del helado horror de la

muerte, tropezaron con una sensación tibia. Resbalé; mi mano apoyose en

el rostro de la difunta princesa, y entonces una careta de cera rodó por

tierra. Y mudo de espanto, alucinado, tembloroso, meciéndome sobre un

abismo de locura, vi el rostro sanguinolento, deshecho, machacado, que

contemplara la noche trágica. Pero ahora, en la informe masa pululaba el

negro hervir de los gusanos.

El pecado y la noche · 第 33 / 62 题