Que cuenta cómo hace su aparición el divino
marqués de Sade.
Después de cruzar la sala, pieza vulgar de mancebía pobre, con muebles
de reps, cromos chillones en las paredes y cortinas de percal rameado
tapando puertas y ventanas, penetraron en la alcoba y Estrella encendió
la luz.
El cuarto era frío y triste; las paredes, enyesadas, hallábanse
cubiertas de letreros indecentes y pinturas obscenas. Una cama de hierro
pintada de negro, tapada por blanca colcha de percal, florida de azul,
la ocupaba casi del todo; el resto del ajuar componíanlo un lavabo de
latón, sin agua, y una silla, sobre la que descansaba la palmatoria con
una vela.
Estrella aproximose a su adorador, y echándole los brazos al cuello le
besó en la boca:
--¿Quién te va a querer a ti, saleroso?
A la menguada claridad le examinó. Parecía así, despojado del gabán, aún
más flaco y huesudo. Los escasos cabellos, erizados sobre el cráneo
color pergamino, partíanse, formando dos cuernecillos diabólicos;
entreabríase la boca, negra y cavernosa; los ojos, hundidos en grandes
círculos de arrugas, fosforecían con los extraños reflejos de las llamas
de azufre, y en el centro del rostro consumido, la nariz inmensa,
larguísima, penduliforme, aparecía lívida, teñida solamente en la punta
de tenue pincelada de carmín.
Estrella, por primera vez sintió vaga sensación de temor. ¡Bah! ¡Qué más
daba aquel u otro!...
--Echate--ordenó él.
La prójima comenzó a desnudarse.
--No hace falta; así estás bien--apresuró el viejo.
Las manos le temblaban y la voz surgía de la garganta ronca, opaca, con
extrañas discordancias.
Ella, indiferente, obedeció con pasividad de bestia. Tan sólo desabrochó
los botones de la blusa, dejando en libertad los senos, que pendían
flácidos, gelatinosos.
El sátiro había saltado junto a ella. Sus manos, unas manos frías,
húmedas, de largos dedos, curvos, huesudos, que tenían cierta semejanza
con las garras de un ave de rapiña, la palpaban febriles, estrujaban sus
pobres carnes, maceradas por el amor, la pellizcaban cruelmente; la boca
mordía su cuello, sus senos, sus labios, con ansia furiosa. Al
principio, Estrella, llevada de la costumbre, trató de reír; pero pronto
la risa huyó de sus labios, y un hondo miedo enseñoreose de ella.
El dejola un momento en reposo, e irguiendo el busto junto a ella,
interrogó ansioso:
--¿Me dejas, di, me dejas?
Las palabras sonaban rotas, destempladas, chirriantes, con algo de
rugidos de bestia en celo. La cara estaba toda roja, congestionada,
filigranada de venas negras; los ojos hinchados, inyectados de sangre,
parecían próximos a salirse de las órbitas.
Temblorosa, presa de loca pavura, la infeliz musitó con voz débil:
--¿Qué? ¿Qué quiere? ¡Déjeme ya, por Dios!
Con un timbre extraño, destemplado, en que había gritos contenidos,
brutalidades que trepidaban apenas enfrenadas por un resto de voluntad,
propuso él:
--Aquí... un cortecito... en el pecho... nada ¡un poco de sangre!
--¡No! ¡No, por Dios!--clamó la prójima, próxima a prorrumpir en gritos
de socorro.
--¡Qué te importa! ¡No te haré daño! Un cortecito, uno nada más... Te
daré lo que quieras... cinco duros... diez...
Balbuceaba en un paroxismo de lujuria:
--¡No, no!--resistiose Estrella.
--¡Quince!... ¡Veinte duros! ¡Lo que quieras!
¡Veinte duros! ¡Sus deudas con ama Dolores saldadas! ¡Unos días de
tranquilidad! Y al fin y al cabo, ¿qué importaba? Un rasguño. Si le
hacía daño, pediría socorro. ¡Bah! ¡Más dolía una paliza! Desfalleciendo
de terror, pero galvanizada por la codicia, murmuró:
--Bueno. Pero a ver el dinero.
De un brinco púsose él de pie y corrió a su ropa. De los profundos
bolsillos extrajo un billete de cien pesetas y un cortaplumas.
La sacerdotisa le vio acercarse a ella espeluznante y grotesco, con su
figura de Quijote, sus brazos de aspas y sus largas piernas cubiertas de
pelos erizados. Cogió el billete que le tendía, guardole en una media y
cerró los ojos.
Sentíale ahora a su lado jadear fatigosamente; después, la sensación de
las manos glaciales, que manipulaban con uno de sus senos, y al fin un
dolor agudo. Lanzó un grito y, alzando los párpados, fijó sus pupilas en
el sitio donde experimentaba el dolor. Del pecho flácido, y por pequeña
herida, manaba la sangre en abundancia. Estrella, aterrorizada, quiso
levantarse, llamar; pero el monstruo, precipitándose sobre ella,
impidiole todo movimiento. Forcejearon; en la lucha, la luz rodó por
tierra. Prosiguieron la batalla en las tinieblas. Ella le sentía jadear,
profiriendo sonidos guturales, inarticulados. Al fin, en un momento en
que flaquearon sus fuerzas, la boca del vampiro adhiriose a la herida y
comenzó a chupar la sangre. La vendedora de amor sentía que la sangre
manaba en purpúreo surtidor, en chorros, en ríos, en cataratas; que la
boca, húmeda y desdentada, le sorbía la vida, y, en un esfuerzo supremo,
librose del monstruo, saltó al suelo, abrió la puerta, y descendiendo,
presa de invencible pánico, las escaleras, se precipitó a la calle, e
inconsciente, semidesnuda, corrió, corrió hasta caer al suelo, rendida
de cansancio.
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