III

Que cuenta cómo hace su aparición el divino

marqués de Sade.

Después de cruzar la sala, pieza vulgar de mancebía pobre, con muebles

de reps, cromos chillones en las paredes y cortinas de percal rameado

tapando puertas y ventanas, penetraron en la alcoba y Estrella encendió

la luz.

El cuarto era frío y triste; las paredes, enyesadas, hallábanse

cubiertas de letreros indecentes y pinturas obscenas. Una cama de hierro

pintada de negro, tapada por blanca colcha de percal, florida de azul,

la ocupaba casi del todo; el resto del ajuar componíanlo un lavabo de

latón, sin agua, y una silla, sobre la que descansaba la palmatoria con

una vela.

Estrella aproximose a su adorador, y echándole los brazos al cuello le

besó en la boca:

--¿Quién te va a querer a ti, saleroso?

A la menguada claridad le examinó. Parecía así, despojado del gabán, aún

más flaco y huesudo. Los escasos cabellos, erizados sobre el cráneo

color pergamino, partíanse, formando dos cuernecillos diabólicos;

entreabríase la boca, negra y cavernosa; los ojos, hundidos en grandes

círculos de arrugas, fosforecían con los extraños reflejos de las llamas

de azufre, y en el centro del rostro consumido, la nariz inmensa,

larguísima, penduliforme, aparecía lívida, teñida solamente en la punta

de tenue pincelada de carmín.

Estrella, por primera vez sintió vaga sensación de temor. ¡Bah! ¡Qué más

daba aquel u otro!...

--Echate--ordenó él.

La prójima comenzó a desnudarse.

--No hace falta; así estás bien--apresuró el viejo.

Las manos le temblaban y la voz surgía de la garganta ronca, opaca, con

extrañas discordancias.

Ella, indiferente, obedeció con pasividad de bestia. Tan sólo desabrochó

los botones de la blusa, dejando en libertad los senos, que pendían

flácidos, gelatinosos.

El sátiro había saltado junto a ella. Sus manos, unas manos frías,

húmedas, de largos dedos, curvos, huesudos, que tenían cierta semejanza

con las garras de un ave de rapiña, la palpaban febriles, estrujaban sus

pobres carnes, maceradas por el amor, la pellizcaban cruelmente; la boca

mordía su cuello, sus senos, sus labios, con ansia furiosa. Al

principio, Estrella, llevada de la costumbre, trató de reír; pero pronto

la risa huyó de sus labios, y un hondo miedo enseñoreose de ella.

El dejola un momento en reposo, e irguiendo el busto junto a ella,

interrogó ansioso:

--¿Me dejas, di, me dejas?

Las palabras sonaban rotas, destempladas, chirriantes, con algo de

rugidos de bestia en celo. La cara estaba toda roja, congestionada,

filigranada de venas negras; los ojos hinchados, inyectados de sangre,

parecían próximos a salirse de las órbitas.

Temblorosa, presa de loca pavura, la infeliz musitó con voz débil:

--¿Qué? ¿Qué quiere? ¡Déjeme ya, por Dios!

Con un timbre extraño, destemplado, en que había gritos contenidos,

brutalidades que trepidaban apenas enfrenadas por un resto de voluntad,

propuso él:

--Aquí... un cortecito... en el pecho... nada ¡un poco de sangre!

--¡No! ¡No, por Dios!--clamó la prójima, próxima a prorrumpir en gritos

de socorro.

--¡Qué te importa! ¡No te haré daño! Un cortecito, uno nada más... Te

daré lo que quieras... cinco duros... diez...

Balbuceaba en un paroxismo de lujuria:

--¡No, no!--resistiose Estrella.

--¡Quince!... ¡Veinte duros! ¡Lo que quieras!

¡Veinte duros! ¡Sus deudas con ama Dolores saldadas! ¡Unos días de

tranquilidad! Y al fin y al cabo, ¿qué importaba? Un rasguño. Si le

hacía daño, pediría socorro. ¡Bah! ¡Más dolía una paliza! Desfalleciendo

de terror, pero galvanizada por la codicia, murmuró:

--Bueno. Pero a ver el dinero.

De un brinco púsose él de pie y corrió a su ropa. De los profundos

bolsillos extrajo un billete de cien pesetas y un cortaplumas.

La sacerdotisa le vio acercarse a ella espeluznante y grotesco, con su

figura de Quijote, sus brazos de aspas y sus largas piernas cubiertas de

pelos erizados. Cogió el billete que le tendía, guardole en una media y

cerró los ojos.

Sentíale ahora a su lado jadear fatigosamente; después, la sensación de

las manos glaciales, que manipulaban con uno de sus senos, y al fin un

dolor agudo. Lanzó un grito y, alzando los párpados, fijó sus pupilas en

el sitio donde experimentaba el dolor. Del pecho flácido, y por pequeña

herida, manaba la sangre en abundancia. Estrella, aterrorizada, quiso

levantarse, llamar; pero el monstruo, precipitándose sobre ella,

impidiole todo movimiento. Forcejearon; en la lucha, la luz rodó por

tierra. Prosiguieron la batalla en las tinieblas. Ella le sentía jadear,

profiriendo sonidos guturales, inarticulados. Al fin, en un momento en

que flaquearon sus fuerzas, la boca del vampiro adhiriose a la herida y

comenzó a chupar la sangre. La vendedora de amor sentía que la sangre

manaba en purpúreo surtidor, en chorros, en ríos, en cataratas; que la

boca, húmeda y desdentada, le sorbía la vida, y, en un esfuerzo supremo,

librose del monstruo, saltó al suelo, abrió la puerta, y descendiendo,

presa de invencible pánico, las escaleras, se precipitó a la calle, e

inconsciente, semidesnuda, corrió, corrió hasta caer al suelo, rendida

de cansancio.

[imagen]

El pecado y la noche · 第 30 / 62 题