I
En la magia lunar, la gran Avenida cubierta de nieve tenía el prestigio
de una escenografía teatral. Arriba, el cielo azul oscuro era como un
viejo dosel florecido de lises de oro; abajo, los blancos copos tejían
un tapiz sobre la tierra y posándose en las desnudas ramas de los
árboles, trasformábales en extraños arbustos de alabastro. Otros copos
pendían en cristalinas estalactitas de las torrecillas, filigranadas
como encajes, de los vetustos palacios, o confundidos con las hojarascas
de los ventanales y cresterías, mentían grandes brillantes, que,
engastados en el granito, relucían heridos por la pálida claridad de la
luna.
A un lado el río, aquel río de balada, ancho, hondo y azul, helado
ahora, fingía un largo espejo de plata, cruzado de trecho en trecho por
los audaces arcos de algunos puentes: unos, antiguos, con pináculos de
peregrina arborescencia, estatuas de santos labradas en gigantescos
bloques y barandales de pétrea pesadez, en que monstruos de la fauna
imaginaria de los siglos de cruzada se perseguían por entre laberintos
de una floración absurda; otros, monumentales puentes modernos con
columnatas y pretiles de blanco mármol, que sustentaban famas, esfinges
y pegasos de bronce.
Frente al río alzábanse los palacios, toda aquella serie de portentosos
edificios que como un anillo de ensueño encerraba la antigua urbe de
curtidores y tintoreros, capital antaño del heroico principado de la
Corona de Hierro, hoy cabeza del Imperio. Dominaban las viejas
residencias históricas, las moradas de los Electores, Madgraves,
Burgomaestres y Condes Feudatarios, las Casas de los Gremios, los
Monasterios de monjes guerreros--San Teodoredo, San Eurico, Santa
Sisebuta--, antiguas habitaciones de la Edad Media, sustentadas por
columnas, altas y finas como troncos de un bosque de piedra, con grandes
balconajes labrados con minuciosidad y rematados por airosas ojivas,
grandes vitrales emplomados, filigranados herrajes y gárgolas,
florones, arbotantes y torrecillas de una aérea elegancia de ensueño, y
flanqueando las ventanas, nobles escudos, historiados de lanzas,
castillos, lises y turbantes, hablaban de las conquistas en Tierra
Santa, de las guerras del Sarraceno y de las empresas contra el Turco.
Al lado de las vetustas edificaciones, los modernos monumentos--Museos,
Bibliotecas, Cámaras Consistoriales, Universidades, Institutos,
Academias, Teatros--procuraban imitar en su exuberante decoración la
esotérica espiritualidad de las construcciones góticas; pero faltábales
la intensa emoción de fe traspuesta, el místico ardor, aquel no sé qué
de sobrehumano que infundían los artistas de los siglos medios a su
obra, sacrificando a ella su vida entera y dejando prisionera entre sus
piedras su alma en pena.
Sin embargo, gracias al sortilegio lunar, todos aquellos edificios
entrevistos al través de las trágicas arboledas, desnudas de follaje, de
los jardines y del helado sudario de nieve, dormían envueltos en un gran
encanto de poesía arcaica.
Caminaba yo rápidamente, gozándome en la soledad que aumentaba el
aspecto de ciudad encantada de la gótica urbe. En aquel silencio, mis
pasos resonaban crujientes sobre la nieve. Soledad y silencio ponían a
veces un estremecimiento en mis espaldas, haciéndome temblar bajo la
amplia pelliza que me defendía del frío. En el fondo estaba contento;
contento con bienestar de burgués que ha vencido su neurastenia y que,
bien abrigado, camina, tras suntuosa cena, en busca del mullido lecho.
La verdad era que estaba satisfecho de mi jornada: primero, mi visita al
fabuloso palacio de Fernando Augusto; luego, la velada de gala en el
teatro Imperial, donde pude contemplar a mi gusto a la familia augusta,
lívidos príncipes y a las altivas princesas, marcadas por el sello fatal
de los Westfalias. Y evoqué el día entero.
Muy de mañana, y todavía tiritando por el frío y el madrugón, habíame
acomodado en el tren que debía llevarme a Rosemburg. Había arrancado el
convoy, y, tras de serpentear algunos minutos por nevados campos,
habíase precipitado en los túneles que horadaban las enormes montañas,
coronadas de eternos hielos. Tras una hora de negruras, de las que
apenas si salíamos unos minutos para, en la loca carrera, contemplar
cómo se perdía en las nubes la ciudad sagrada, el tren había penetrado
en las sombrías selvas en que viven aún las consejas de lobos y de
trasgos, de crueles guerreros y doncellas sin fortuna, selvas milenarias
en que nunca penetra el sol, y en que las altas siluetas de los pinos
fingen los pilares de una gigantesca catedral. Otra hora aún, y de nuevo
el tren se lanzó a través de un túnel interminable. Y de pronto, como
por arte de tramoya, la decoración cambió, y tras un bosquecillo de
palmeras, rodeado de maravillosos jardines, destacose sobre la lámina
azul que fingían mar y cielo, un palacete bizantino, flanqueado por
escalinatas de mármol, con columnas de jaspe y alabastro, y coronado por
doradas cúpulas, que brillaban heridas por el sol. ¡Rosemburg!
Aquel era el palacio de Fernando Augusto, el niño lunático, delicado y
endeble como una damisela, que, en un momento de quimera, soñó con
emular las magnificencias del Imperio de Oriente. Y, sin embargo, por
capricho del destino, aquel príncipe pálido, exangüe y triste, con la
irreal apariencia de una gran lis de muerte, había conquistado los
vastos estados y había sido el primero en ceñir sus sienes con la corona
Santa. Allí estaba su imagen tejida en los fabulosos tapices del
castillo, a caballo sobre blanco corcel, prisionero el cuerpo en
argentada coraza, en la mano la espada vencedora, ornada la cabeza de
lacia guedeja rubia con el laurel y las rosas de la victoria; precedido
de fastuosos heraldos, seguido de feroces hombres de guerra; con más
apariencia de iluminada doncella libertadora que de joven héroe. El
había construido aquel castillo, buscando sol, flores y alegría, incapaz
de encerrarse en la ciudad legendaria, perdida en las brumas de las
altas mesetas.
¡Rosemburg!
Recorriendo sus salas, ornadas de portentosos mosaicos, donde sobre el
fondo de oro, héroes y monstruos, santos y demonios, cantaban la gloria
de los Westfalia; visitando el panteón en que el orgullo intentó
eternizar la muerte, evocaba yo la historia extraña de aquella familia,
desde Wifredo, el fundador, que, nuevo azote de Dios, descendiera de la
montaña, seguido de sus bárbaros, una honda en la mano y un puñal entre
los dientes, hasta Claudio, el príncipe cruel, vicioso y sanguinario,
que en sus incongruencias de loco y sus furores de epiléptico, quiso
emular a Nerón, incendiando la ciudad; desde Federico, el Navegante, que
murió al frente de sus galeras en batalla con el turco, hasta este otro
príncipe nauta, Luis Augusto, que erraba por los mares en su _yacht_
convertido en nuevo buque fantasma; desde Otton, el Monje, que, retirado
en su monasterio de la Trapa, rigió, con mano de hierro, el Imperio,
hasta la duquesa Eudoxia, histérica e iluminada, encerrada en una casa
de salud a raíz de ciertas raras visiones.
Una fatalidad extraña pesaba sobre los Westfalias: era un raro
sortilegio que les hacía héroes o locos, santos o criminales; algo
anómalo, un desequilibrio que les llevaba a tambalearse entre las
cumbres de la gloria y los abismos de la nada.
Aquella noche había yo podido contemplarles a mis anchas. Mi calidad de
periodista extranjero habíame proporcionado un sitio para la función de
gala, y sentado en mi butaca había visto el espectáculo, fastuoso sobre
toda ponderación, de la corte de Nordlandia. Sobre la severa suntuosidad
de la sala, severidad que acrecentaba la riqueza de los uniformes y los
tocados recargados de piedras preciosas de las damas, destacábase en el
palco regio la familia imperial. Allí, inmóviles, graves, con aposturas
de retratos, estaban los príncipes; pálidos, de opacas pupilas y
cansados labios, unos; demacrados, amarillentos, con ojos de brasa que
ardían en el fondo de moradas cuencas, otros. Allí, las princesas de
desvaída tez y lacios cabellos color de miel, tímidas, afectadas, con
aspecto de rancias figuras de cera, las más jóvenes; acartonadas,
tiesas, finchadas en las crujientes sedas, con sus pechos planos, sus
labios llenos de desdenes, sus gestos banalmente ceremoniosos, las que
ya habían salido de la juventud. Y destacándose entre todas ellas, la
figura, llena de nobleza, del viejo soberano, con su amplia frente de
pensador, su sonrisa bondadosa y su blanca barba de patriarca bíblico
cayendo sobre el pecho, constelado de cruces de diamantes. Allí estaban
todos: príncipes y princesas, grandes duques y grandes duquesas; todos,
menos la princesa Elvira.
¡La princesa Elvira! ¡Cuántas veces había yo oído hablar de ella!
¡Cuántas veces tropezaron mis ojos con su retrato entre las páginas de
una revista! Siempre modesta, humilde, vestida con pobreza, el cabello
sencillamente recogido, era el ángel de la caridad que descendía de los
palacios en busca de los humildes, de los desdichados y de los
miserables. Aquel extraño estigma que hacía de los Westfalias héroes o
locos, había hecho de la princesa Elvira una santa, pero no a la manera
de la duquesa Eudoxia, histérica y visionaria, sino toda abnegación y
heroísmo. Jamás se le veía en una fiesta mundana; jamás asistía a una de
aquellas fastuosas ceremonias que hacían famosa la corte de Nordlandia;
en cambio, no había catástrofe, ni guerra, ni epidemia, en que ella no
estuviese predicando con su ejemplo las más puras máximas de la caridad
cristiana. No había privación que ella no resistiese, ni sacrificio que
no se impusiese en bien de sus semejantes, ni dolor, por horrendo que
fuese, que no hallara en ella amparo y consuelo. Amigos y enemigos
inclinábanse al espectáculo de sus virtudes, y desde el Emperador hasta
el último socialista, descubríanse respetuosamente ante la princesa
Elvira.
Otra vez la figura de la princesa santa se ofrecía a mí tal como la
contemplaba cientos de veces en los grabados de los semanarios,
destacándose sobre el trágico escenario de los campos de batalla,
ataviada con el heroico uniforme de damas de la Cruz Roja, o en el
cruento horror de las salas de los hospitales, junto a los cuerpos
mutilados por horrendos males. Mentalmente detallaba yo su rostro de
perfil prodigiosamente sereno, su frente alta y luminosa, sus ojos
grandes, azules, llenos de dulzura, y me detenía en la boca, aquella
boca que me inquietaba vagamente con su mueca enigmática, que me traía a
la memoria, sin saber por qué, la de la Gioconda.
Recordé hechos memorables de su vida: la noche de la batalla de Orsova,
cuando permaneció interminables horas en medio del horror de aquella
carnicería, rodeada de cadáveres que devoraban las aves de rapiña, entre
el aullar de los lobos y el lejano retumbar de los cañones, cuidando
heridos, alentando enfermos... Rememoré también algunos espeluznantes
lances, en que una extraña fatalidad parecía pesar cruel sobre ella:
aquel hospital de sangre en la campaña de Oriente, donde la princesa
Elvira, casi sola, en la nerviosa energía de su heroísmo, veía morir los
soldados a cientos, asistiendo a la agonía, precipitada por una extraña
fiebre de locura, de los pobres muchachos; recordé también las escenas
de la peste en Salstracia, cuando en la ciudad, desierta por el terrible
azote, ella sola recorría las calles asoladas, y sosteniendo entre sus
brazos a los apestados, como bíblica heroína, les llamaba hermanos.
Me detuve. Había llegado a la Gran Plaza. En el centro, y rodeado de
admirables jardines, poblados de fuentes y de estatuas, alzábase el
monumento a Wifredo, el Fundador, en que el héroe, blandiendo la espada,
lanzaba su bridón sobre una multitud, enloquecida de entusiasmo, que se
doblaba a su paso. A un lado, la catedral--San Miguel Arcángel--,
labrada en mármol, semejaba así, en el sortilegio sideral, un gótico
relicario de marfil. Frente a ella, el palacio moderno, suntuoso, bien
proporcionado, imitando, en su presuntuosa arquitectura, los palacios de
los siglos medios, uníase, por cubierto puentecillo, con el antiguo
alcázar, de enormes murallones, sombrío, rodeado de gruesas cadenas y
almenado como una fortaleza. Llamábase el Palacio de los Suplicios, y
tenía su leyenda cruel y trágica de los tiempos del Santo Oficio.
Durante muchos años fue residencia real, hasta que, concluido el nuevo
alcázar, trasladó el Emperador a él su habitación.
Entre la catedral y el palacio, abríase el laberinto de callejones de la
ciudad vieja, aquella urbe medioeval de curtidores y tintoreros, en que
las calles eran negros y hediondos arroyos, y las habitaciones sucios
chamizos que se apoyaban unos en otros, rasgados de tarde en tarde por
la maravilla de bizantino ventanal.
Permanecí un momento perplejo. Los sombríos laberintos me atraían con su
malsano encanto. ¡Ah la escalofriante delicia de las nocturnas caminatas
al través de las viejas ciudades en que aún viven la lujuria, la
superstición y el miedo! Yo he amado siempre las viejas ciudades de
grandes cuestas, de encrucijadas y de claroscuros, las ciudades en que
la lujuria es una hembra flácida y marchita, la superstición una vieja
ducha en artes de tercería y hechizos, y el miedo un truhán disfrazado
de fantasma. En las ciudades modernas, en los grandes barrios, la
civilización ha desterrado lo imprevisto; la luz eléctrica, los
tranvías, los automóviles, han ahuyentado al miedo, y la lujuria se
llama galantería; pero en algunas grandes ciudades, antiguas aún, hay
barrios en que vive la inquietud, y en que en el cuadro de luz de una
puerta vemos una mujer pintarrajeada que, con su peinado atrabiliario y
su roja bata de percal, tiene una inquietante apariencia de muñeca de
cera. ¡Sevilla, Venecia, Toledo, Amberes! ¡Viejas urbes de pecado y de
gloria, cómo os he amado!
Al fin, mi deseo fue más fuerte que mi voluntad, y crucé la plaza. Ante
palacio, dos centinelas, envueltos en amplios capotones grises, al
hombro el fusil, paseaban lentamente; en el pórtico de la catedral,
algunos mendicantes dormían indiferentes al frío. Con resolución penetré
por bajo el puente que une los palacios, y, como por arte de magia, la
decoración cambió por completo. A las amplias avenidas, teatralmente
magníficas, sucedieron tortuosas callejuelas, sombrías y hediondas. Eran
vías y pasadizos que bordeaban los muros del palacio real, tan
estrechos, que apenas si podían avanzar dos personas de frente; tan
altos, que la luna, que brillaba fantasmagórica en el cielo, no llegaba
a iluminarlos con su luz espectral. A mi izquierda, macizos,
misteriosos, alzábanse los muros de la regia residencia, hendidos por
algunas ventanas de gruesos barrotes, y alguna misteriosa puertecilla,
que debieron servir, en otros siglos de aventuras, para nocturnas
escapadas; a mi derecha, los agrietados muros de algunos viejos
caserones erguíanse mudos y tétricos. Sin embargo, en contraposición con
la imponente soledad de los grandes bulevares, aquí sentíase próximo un
pulular de vida, y cruzábame con algunos transeúntes. Eran tipos
ambiguos, rufianes, lúbricos vejetes, a quienes la lujuria, como escoba
de aquelarre, arrastraba por las calles, vetustas celestinas y pecadoras
de ínfima condición, mas algunos soldados, lanceros reales, con blancos
uniformes de flotante capa y casco de plata, rematado por negras alas de
águila, que, retardados en los templos de Venus y Baco, volvían
presurosos a sus cuarteles. De improviso surgió del muro, como una
visión de ultratumba, una mujer, que comenzó a caminar algunos pasos
delante de mí. Pasado el primer sobresalto, sonreí: ¡Bah! ¡Qué tontería!
Una mendiga que iba a pedirme limosna. Pero no: la incógnita seguía
tranquilamente su camino sin importunarme. Indudablemente, debía de ser
una celestina en funciones, que, de un momento a otro, brindaríame con
mahometanos paraísos. Tampoco. ¡Aquella vieja, menuda y vivaracha, con
andares de ardilla, trabajaba por su cuenta! Cuando se tropezaba con un
transeúnte, observábalo, y si era viejo, parecía despreciarlo; en
cambio, si era joven, acudía solícita.
Púseme a examinarla curiosamente. Un manto o chal envolvía casi por
completo la cabeza, dejando en la sombra el rostro, del que no se
divisaba más que la punta de la nariz y el fulgor de los ojos. Una
pelerina de lana, caída hasta más abajo de la cintura, y sencilla falda
de paño, completaban su indumentaria. Su peregrino tejemaneje me
interesó, y, sin darme casi cuenta, púseme a seguirla. Realmente, sus
tretas eran curiosas: caminaba lentamente; hacíase la encontradiza con
los rezagados caminantes, y concluía trabando conversación con ellos,
que al cabo hacían un gesto de desdén y seguían su ruta. Pero sus
preferencias eran por el ejército. Apenas veía un lancero real,
precipitábase a su encuentro, cogíase a él, acariciadora, suplicante,
hasta que los pobres chicos, aturdidos por el alcohol y el sueño,
entorpecidos los movimientos por las vistosas capas y los cascos
lohengrinescos, encontraban fuerzas en el temor de un próximo arresto
para rechazar la vieja bacante y huir camino del cuartel.
Llevábamos un rato caminando a la ventura, sin que surgiesen nuevas
presas para aquella infeliz poseída del demonio; en el reloj de la
catedral sonaron las campanadas de la media noche, y yo pensé: «¡Bah! Se
acabó. Los soldados están ya recogidos, y esta buena señora tendrá que
acostarse con el amante de las patas de chivo...» Cuando gran estrépito
de espuelas y sables, arrastrados sobre los guijarros de la calle,
anunciaron la llegada de dos nuevos guerreros. Eran dos mocetones altos
y fornidos; venían enteramente borrachos, los cascos ladeados y los
blancos mantos barriendo las inmundicias del arroyo. No se amilanó la
prójima, sino que, yendo a su encuentro, les abordó resueltamente.
Primero, oí risotadas y juramentos, palabras soeces, burlas; luego,
parecieron rechazarla; pero ella volvió a la carga; hubo algo como un
conciliábulo, y sonó tintineo de dinero que contaba. ¡Dinero! ¡Le daban
dinero! Y el asombro ahuyentó la prudencia, y, procurando ocultarme en
la sombra, di algunos pasos hacia el grupo. ¡Era ella, ella, con su
miserable pelaje, la que les mostraba monedas de oro! Desconcertado por
el encuentro con aquella extraña compradora de amor, permanecí un
instante perplejo. Cuando volví a mirar, uno de los soldados se
inclinaba y la besaba en los labios. Después, parecía implorar algo;
ella se negaba tercamente y él insistía, y, al parecer, en son de broma,
intentaba apoderarse de su bolsa. Ella resistía, negándose con firme
obstinación, y poco a poco las bromas se tornaron en veras, y a las
risas sucedieron las amenazas. La vieja resistía siempre; exasperado el
soldado, tiró la capa al suelo y forcejeó. Ella, no dándose por vencida,
resistía con bravura. Súbitamente, en el silencio de la noche, resonó un
juramento, y el ladrón, cogiéndola brutalmente, intentó arrancarle por
fuerza su tesoro. Entonces ella, en gesto rápido de alimaña nocturna,
mordió la mano que le oprimía. El agresor dio un grito, soltó su presa,
retrocedió un paso, y luego, ciego de ira, embravecido por el castigo,
cayó sobre ella y, arrojándola al suelo, comenzó a golpearla
bárbaramente. Después, alzose lleno de sangre, y borracho de ira,
pisoteó aún a la caída. Luego cogieron el dinero y, súbitamente
despejados, huyeron los dos.
Petrificado de horror, incapaz de gritar ni de acudir en defensa de la
infeliz, había yo sido mudo espectador de la terrible escena. Al fin, me
aproximé a la víctima, que yacía inmóvil en el suelo. Sobre un charco de
sangre descansaba la cabeza, convertida en informe montón de
sanguinolentos despojos. Las espuelas habían desgarrado las carnes,
arrancado los ojos, taladrado las mejillas, y las gruesas botas de
montar habían machacado los huesos.
Erizado el cabello, la frente bañada en helado sudor, me alcé del suelo
y pensé en llamar. Entonces la idea de mi responsabilidad se me presentó
claramente. Y si me encontraban allí, junto al macerado cadáver, ¿qué
explicación dar? ¿Cómo contar la extraña aventura? ¿Me creerían?
Sonaron los pasos de una ronda nocturna, y maquinalmente eché a
correr.
I
Cuando despierto por la mañana, después de un sueño agitadísimo,
entreverado de horrorosas pesadillas, y sentado en la cama, la bandeja
del desayuno al lado, pasé los ojos por los periódicos matinales, tuve
un momento de estupor. ¡La princesa Elvira había muerto! Una angina de
pecho había matado a la santa princesa, gloria de la casa imperial,
consuelo de desvalidos, espejo de cristianas virtudes. Los periódicos,
todos los periódicos, imperialistas o republicanos, liberales o
moderados, lloraban aquella desgracia, y volcaban sobre el cadáver la
avalancha de sus convencionales flores de trapo. Y otra vez surgían los
retratos, los fantásticos retratos, hechos en las salas de los
hospitales de epidemias y en los campos de batalla. ¿Artificiosos?
¿Teatrales? No. Había en el rostro de la santa una tensión tan dolorosa,
tanta dulzura en sus ojos de Madona, que era imposible que no fuese sino
afectación. ¡Y, sin embargo, aquella sonrisa, o mejor, aquella equívoca
mueca de Gioconda! ¡Ah, el inquietante misterio de aquella sonrisa!
Volví a examinar los retratos. En una fotografía, la princesa Elvira,
sentada junto al lecho de un colérico, le oprimía la mano, mientras, los
ojos en alto, parecía rezar; en otra, arrodillada en los campos de
Orsova, sin importarle las balas que silbaban en derredor suyo, sostenía
a un pobre soldado moribundo, mientras le envolvía en una mirada llena
de maternal dulzura; en otra aún, curaba con sus manos, manos
admirables, manos de Santa y de Reina, manos de Santa Isabel de Hungría,
a un pobre leproso. ¡Y la sonrisa estaba allí, en el campo de batalla y
en la cabecera del lecho de los agonizantes; allí siempre, misteriosa e
inquietante!
Por tercera o cuarta vez llamé al timbre. Al fin abriose la puerta y,
todo azorado, se presentó el criado del hotel. Era preciso que
perdonase. El Exelsior estaba en revolución. Habían expuesto al público
el cadáver de la princesa Elvira en la catedral, y todo el mundo quería
verlo.
Yo también sentí la comezón de contemplar a la mujer cuyo enigma me
inquietaba, sin saber por qué, y saltando del lecho, comencé a
vestirme.