En que hace su aparición un caballero, a quien
personas duchas en letras tomarían, quizás,
por el de la Triste Figura.
En dirección a la de Bailén, bajaba la calle Mayor un hombre. Si
Estrella fuese mujer leída (una de esas hetairas que posan de artistas,
hacen versos y se saben a Zorrilla--afinidades nominales--de memoria),
hubiera tenido un movimiento de asombro al comprobar el gran parecido de
aquel buen burgués con el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.
Pero Estrella era una bestia, ni aun sabía leer, y no estableció
concomitancias.
El individuo era alto, anguloso, tan pobre en carnes como rico en
osamenta; sus piernas abríanse a modo de gigantesco compás, y sus
brazos fingían aspas de molino. Enjuto de rostro, ancho de frente,
prominente de mandíbula y terroso de color; sus labios, bajo los
chinescos bigotes amarillentos, dibujábanse delgados y blanquecinos, y
sus ojos, entre las cejas hirsutas, brillaban con matiz indefinido.
Tenía el cabello escaso y cano, tirando a blanco. Un pantalón a cuadros,
un gabán café con leche, de tan deficientes proporciones, que hacía
pensar en la imposibilidad de encerrar aquel esqueleto en él. Y un
pequeño sombrero hongo, ladeado sobre el lado izquierdo y muy echado a
la cara, completaban su figura.
La pecadora murmuró, sin esperanza de éxito:
--¡Spch!, ¡spch!, buen mozo.
El no pareció haberla oído, y entonces ella repitió:
--Moreno, buen mozo, ¿vienes?
El hombre se detuvo a cuatro pasos de la prójima, y ella entonces
apresurose a acercarse al desconocido cliente que le deparaba la
fortuna. Buscó en su repertorio de cortesana callejera la más
acariciadora de sus expresiones, y mostrando en una sonrisa la dentadura
mellada y verdosa, musitó insinuante:
--¡Anda, moreno, buen mozo, que te voy a dar más gusto!...
El hombre flaco permaneció impertérrito. De sus labios exangües no
salió ni una palabra. La tentadora redobló sus esfuerzos:
--¡Anda, bonito, saleroso! ¡_Pa_ mí que nos vamos a dar la gran noche!
¿Quieres?... Anda.
Igual silencio; sólo entre las pestañas grises lució un momento una
llamita azulada de alcohol, algo así como los gases que se desprenden en
la noche de los cuerpos en estado de podredumbre.
Pero la vendedora de amor no vio nada. El mutismo de su conquista
comenzaba a inquietarla. ¿Sería un mudo? ¿Un extranjero? ¿Un policía que
se fingía cliente? Estrella habíase cogido de su brazo, y con el cuerpo
entero ceñíase a él, tratando de encender el fuego del deseo. Sus
vestiduras mojadas adheríanse a las mojadas vestiduras del silencioso
individuo, y con voz que, pese a sus esfuerzos para que pareciese dulce,
sonó bronca, redobló las ofertas:
--¡Verás! ¡Verás cómo lo vas a pasar! ¡En la vida te has echado a la
cara una mujer como yo!
E insensiblemente tiraba de él, que, sin oponer resistencia, se dejaba
llevar. Cruzaron la plaza del Conde de Aranda, la calle del Sacramento,
y llegaron a la del Conde:
--Aquí es.
Y Estrella empujó a su amado dentro de un sucio y lóbrego portalillo.
Luego alzó la cortina de percal de la sala en que, tiradas sobre los
desvencijados divanes, dormitaban pesadamente tres o cuatro hembras más,
pintarrajeadas y rotas, como abandonadas marionetas, y asomó la cabeza.
Se oyó la voz áspera de ama Dolores:
--¡Grandísima cerda! ¿Te parece que?...
Pero al ver al cliente, su mal humor se dulcificó como por ensalmo, y
melosamente trató de arreglar su pifia:
--¡_Josús_ me valga! ¡Tú! Usted disimule; pero estaba con _cuidao_. ¡Con
la nochecita perra que hace, esta alhaja andando por ahí! ¡Porque es una
perla, caballero, una perlita de coral! ¡Se da una maña!...
Estrella descolgó una llave y, seguida de su compañero, encaramose por
estrecha escalerilla de altos y crujientes peldaños de madera.
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