I
Donde la Sacerdotisa de Venus empieza a creer
en la despoblación del Bosque Sagrado.
¡Tan!... ¡tan!... ¡tan!... El reloj de la cercana iglesia de Santa Cruz
desgranó las campanadas de la tercera hora, que, entre el gemir del
viento y el gotear del agua, sonaron lúgubres, fatídicas, agoreras.
Llovía a mares. Ni por la calle Mayor, ni por la cercana plaza,
transitaba nadie; sólo en la esquina de la calle del Factor, brillaba,
mortecino, el farol de un sereno. De tarde en tarde, el vigilante
nocturno cambiaba de sitio, y entonces la lucecita corría, temblorosa,
con inquietante apariencia de fuego fatuo.
Estrella sintió ganas de llorar. ¡Las tres de la mañana y no se había
estrenado aún! ¡Y era el tercer día que regresaba con las manos vacías!
¡Y ama Dolores ya le había advertido que aquello no podía seguir; que su
casa no era ningún asilo, sino excelso templo del Amor--a dos pesetas
hora--; que no estaba para alimentar pánfilas, ni imágenes mandadas
recoger; en una palabra: que aquello no podía continuar. Ahora, parada
bajo los soportales, sentía inmenso desaliento, mientras miraba con aire
estúpido caer la lluvia, y evocaba la alegre facilidad de los primeros
días de galantería, sobre todo antes de su ida al Hospital. Entonces, no
había sino mimos y halagos: ¡hasta bata de seda tuvo! Mientras que ahora
no quedaba, de tanta belleza, más que escaseces, palabras agrias y malos
tratos. En su sensibilidad enteramente animal, sólo apta para el dolor
físico, más que las humillaciones y que el sentimiento de su abyección,
dolíanla los quebrantos materiales. Ama Dolores había llegado hasta
amenazarla, si las cosas seguían así, con echarla a la calle. La idea de
perder de vista la mancebía, con su olor a almizcle, que disimulaba mal
el hedor de miseria y podredumbre, su lujo de relumbrón, digno a sus
ojos de los alcázares de Solimán, el Magnífico, y, sobre todo, aquel
tener la comida segura, sin necesidad de preocuparse de buscarla con el
trabajo, le aterraba. ¡Recomenzar la vida! Levantarse al amanecer para
salir cargada como una bestia a ganar el pan con el sudor de su frente;
pasar hambre, frío, sueño... ¡no, y mil veces no! Prefería la vida de
animal de amor, acariciada unas veces, maltratada otras, brutalizada las
más; pero, al fin y al cabo, sin necesidad de violentar su voluntad.
Su verdadero nombre no era Estrella. Aquel fue el apodo de guerra conque
la bautizó ama Manola, cuando, después de cerrado el trato entre la
Celestina y Juan Ramón, su hermano de ella, quedó definitivamente
adscrita como vestal del Amor en aquel templo de la calle de Tudescos,
su primera estancia en el calvario de la liviandad. Respondía la moza al
feo, malsonante y nada poético nombre de Robustiana. Su vida había sido
una de esas oscuras y tristes vidas, que empiezan en un chamizo, entre
gemidos y maldiciones, y acaban en la cárcel o en el hospital. De origen
campesino, fue en su casa primero burro de carga, luego lecho de
concupiscencia, por donde, entre vahos de alcohol y estallidos de
bestialidad, pasaron padre y hermanos; al fin, objeto de rapacidad. Ya
en la villa y corte, llegaron los días buenos de tocados abracadabrantes
y comidas pantagruélicas; tras ellos, como obligado cortejo, la
miseria, la enfermedad y la vejez.
Sobre su fondo puebluno, estúpido, rapaz, temeroso y áspero, la vida
canalla de la urbe populosa puso un barniz de procacidad y de descoco.
En otros tiempos, sino guapa, a lo menos tuvo la frescura de las
manzanas maduras; después de su ida al hospital, de aquella belleza no
quedó nada. Si bien en su cuerpo la gallardía no era, como en
Maritornes, contrapeso de la fealdad del resto, pues ni contaba los
siete palmos, ni la carga de las espaldas hacíale mirar al suelo, sino
al contrario, podía decírsele alta y derecha; en cambio, como la
asturiana, era ancha de cara, llena de cogote, y sino _tuerta de un ojo
y del otro no muy sana_, faltábale poco, pues de los pasados males
quedáronle ambos asaz turbios y pitañosos.
Se había, pues, detenido en la esquina de la calle de San Miguel.
Tiritando de frío e intentando defenderse de él, apretando el raído
mantón sobre los pechos, que pendían como dos odres vacías, apoyose en
una de las columnas que sostienen los soportales, decidida a no moverse
hasta encontrar algo. A la menguada luz de los reverberos de gas,
destacábase toda la miseria de su figura lamentable. Los cabellos ralos,
pegados por la lluvia, brillaban, grasientos, como los de acuática
alimaña; en el rostro lívido, desposeído de pintura y afeites por la
humedad, los ojos turbios, sin cejas ni pestañas, miraban asustados; el
mantón, empapado en agua, ceñíase a las ruinosas formas del cuerpo,
moldeando una figura contrahecha de mujer, como esos lienzos mojados en
que los escultores envuelven a las estatuas a medio hacer; la falda de
percal, llena de agua, pegábase a sus piernas.
Tenía los pies ateridos dentro de los zapatos encharcados, y sentía
frío, un frío intenso que le subía a lo largo de las espaldas. Pero no
se iría, no se iría por nada del mundo. Había recorrido ya los barrios
bajos, los lugares sospechosos, llenos de ladrones y borrachos, expuesta
a groserías y malos tratos, y ahora aventurábase por las calles
céntricas, desafiando las iras de los policías. ¡Qué le importaba! El
caso era no volver así, sola y con las manos vacías, a la presencia de
ama Dolores.
Inmóvil, los ojos fijos en el suelo, miraba caer las gotas de agua que,
al chocar en los charcos, rompían el quieto cristal en grandes círculos
temblorosos. En el reloj sonó el cuarto de las cuatro.
Pasos...