Un bel morire tutta una vida honora

* * *

Una sonrisa triste vagaba por sus labios. Siguió:

--La muerte, sin embargo, es implacable usurera, y esta portentosa

belleza mía (cuando le quedan a uno noventa días de vida la modestia es

una estupidez) a la muerte se la debo. Así, viéndome sólo en las horas

de respiro, en las treguas que la enfermedad me deja, únicamente puede

apreciarse el lado bello de las cosas, la trasparencia de nácar de mi

cutis, el fulgor de zafiro de mis ojos y estas dos pálidas rosas que se

marchitan en mis mejillas. Pero si yo fuese suya, si entre nosotros

existiese la intimidad de dos amantes, vería usted también el lado feo

de mi mal, y serían los espasmos de amor cortados por golpes de tos, y

los besos que sabrían a sangre y a creosota... Además, ¡quién sabe!, yo

soy muy fuerte, pero mujer al fin y al cabo, y, quizás interesada en el

juego, no tendría valor para acabarlo a tiempo, y asistiría usted al

horror de una agonía, agravada aún por las ansias de vivir. Vería usted

el desmoronamiento, la descomposición de mi hermosura, y en vez de un

bello recuerdo, tendría la sensación de una pesadilla casi repulsiva.

--Comencé a formular un ruego--prosiguió Guillermo

dificultosamente--pero ella no me dejó hablar.

--Usted es artista, un grande, único y admirable moldeador y le voy a

dar a usted lo que un artista estima más: la belleza. Mi cuerpo será de

los gusanos, pero mi belleza será de usted. Moldeeme una estatua; en

estos tres meses de vida yo seré su modelo, y así, cuando yo muera, en

vez de un recuerdo repulsivo, le quedará, hasta que a su vez le llegue

la hora de morir, una imagen de belleza que ni años ni enfermedades

podrán borrar. Como las heroínas antiguas, reinaré en su vida después de

muerta.

--Y me tendió en señal de pacto una mano blanca y fina, enjoyada como la

de un icono.

Guillermo enjugose la frente con el pañuelo y luego con trabajo continuó

hablando:

--Tres días después, comenzaron aquellas extrañas sesiones de modelado.

En la pesada atmósfera del invernadero convertido en estudio, siempre

tendida sobre un lecho de pieles, Lady Judith se ofrecía a mis ojos toda

desnuda, con un impudor de diosa, mejor, de marmórea escultura. Yo

temblaba de deseo, con un ansia loca de poseerla, de acariciarla,

contenido por su amenaza de que al primer gesto aquellas horas habrían

acabado irremisiblemente para siempre. Exasperado, presa de una fiebre

pasional rayana en el delirio, ensañábame en el trabajo, encontrando un

acre placer en perpetuar la maravilla del modelo que nunca sería mío. ¡Y

qué modelo! Jamás pintor ni escultor alguno pudo soñar nada más bello

que aquella viviente estatua que modelaba la muerte. ¡Nada de mórbidas

delgadeces ni de angulosas osamentas; nada de amarillentas palideces ni

de agónica viscosidad. Una elegancia insuperable, una maravillosa

armonía de línea y de contorno y una piel fina, blanca y

aterciopelada...! ¡Su piel! Era tan lechosa y transparente, que algunas

veces hacíale semejar una estatua de alabastro iluminada por interior y

misteriosa claridad. Luchaba yo por fijar aquellas maravillas, pero como

por obra de sortilegio, cada día acrecentábanse más. De hora en hora,

parecía espiritualizarse, afinarse, hacerse más sutil y transparente,

sin perder jamás la ecuanimidad de su hermosura. Al fin un día di mi

obra por concluida. Ya no me faltaban más que los cabellos y los ojos,

aquellos cabellos de princesa legendaria y la líquida transparencia que

se filtraba por entre las pestañas de oro y que hacía pensar en la

serena belleza del cielo reflejada en las aguas de un lago en calma.

Lady Judith tuvo una de sus enigmáticas sonrisas.

--Es tarde--murmuró.--Esta es la última sesión.

--Y como yo, desesperado protestase de ver mi obra condenada a quedar

sin concluir, añadió:--Me encuentro muy mal. Mi hora se acerca; sé que

me muero...--Y como yo intentase atajarla, sin permitírmelo, con un vago

tinte de ironía, aseguró:--Tan mal me encuentro, que ya he avisado a mi

marido y mañana vendrá con un _yacht_ a recogerme.

«Yo imploré aún:--¡Esos ojos!... ¡ese pelo!...--Sonrió.--Los tendrá

usted.

--Pasó un mes. Yo no sabía nada de Lady Woodstons. El _yacht_ seguía

anclado en la bahía. Al fin, un día, al salir a la terraza, vi que el

barco se hacía a la mar. ¡Lady Judith había muerto! Loco de dolor, me

precipité al _hall_ del hotel para informarme de la catástrofe. Allí un

_groom_ me entregó un paquete. ¡Su letra! Desfalleciendo de emoción subí

a mi cuarto y lo abrí. Había dos cajas. Rompí las cintas que sujetaban

la mayor. Allí estaba la maravillosa cabellera de Lady Judith! Un papel

rezaba: «mi pelo». Tembloroso abrí la otra: «mis ojos», y vi en el fondo

del estuche dos pálidos y admirables zafiros. Con todo ello completé mi

estatua, y nuevo Prometeo, me enamoré de ella.

Hizo aún otra pausa nuestro pobre amigo. Estaba tan pálido que temí por

un momento que fuera a desmayarse. Al fin, con un gesto enérgico se puso

en pie.

--Voy a presentarte a mi Lady.

Les confieso a ustedes que sentí un vago malestar. Todas aquellas

historias, agravadas por las tinieblas crepusculares y el fuerte olor a

opio y cera, me turbaban. Hubiese querido irme, pero algo más fuerte que

mi voluntad me retenía prisionero allí, y con los ojos fijos en la

puerta por donde había salido Guillermo, esperé. Al fin apareció en el

dintel el escultor, sosteniendo una mujer casi por completo cubierta por

un enorme abrigo de chinchilla. Parecía enferma--una de esas irreales

enfermas que van a morir a la _corniche_, entre sonrisas, rosas y

naranjos en flor--, entregada por completo a su galán.

El gabán sólo dejaba ver la parte alta del rostro en que lucían los ojos

admirables y la cabellera de hilado oro, y por debajo del abrigo salía

la fastuosa cola de encajes. Lentamente acercose la extraña pareja al

diván, y con cuidado exquisito depositó Guillermo su carga en él.

Después, con un gesto rápido, nervioso, como si temiese quemarse, abrió

la pelliza que cubría la muñeca.

Lancé un grito y me puse de pie. Ante mis ojos, en lugar de la figura

admirable que la pureza de la frente, el oro de los cabellos y el

luminoso azul de los ojos hacía presentir, acababa de ofrecerse a mi

vista algo horrendo, abominable, alucinante. Las mejillas deformadas,

los labios mordidos, el cuello destrozado, el escote hendido por las

huellas de las uñas que se habían clavado en él; en vez de la admirable

estatua que esperaba tenía ante mí una de esas figuras que los

inquisidores hallaban en los antros de las brujas medioevales y que

quemaban ante el Patriarca de Indias en las hogueras de la plaza Mayor.

Guillermo rió sarcástico y encarose con la estatua:

--¡Ah! ¡Parece que ya no gustáis tanto, Milady! ¡Parece que vuestra

belleza está en el ocaso!

Después, dirigiéndose a mí, habló con voz estridente, en que vibraba un

odio feroz:

--¿Comprendes? ¡La odio y la amo! Y veo llegar para ella la vejez y el

olvido!... ¡Es la liberación!... ¡La batalla! ¿Comprendes? _¡Reinaré en

su vida después de muerta! Si ahora me entregase a usted, vería el lado

feo de las cosas, y día por día, hora por hora, enrojecería ante sus

ojos; mientras que así... así mi belleza le sobrevivirá!..._ ¡Y ha

envenenado mi vida para siempre! Si hubiese sido mía, mía una vez

siquiera; si hubiese sido mujer, su memoria estaría para mí llena de

dulzura; mientras que así, quimérica e impasible, reproduciendo su piel,

que para mí no tiene otra realidad que la cera, y sus ojos, que son dos

piedras yertas, y sus cabellos, que han adquirido la sequedad de los de

las muñecas, la visión perpétua de su desnudo maravilloso me persigue,

me obsesiona, aniquila mi vida... ¡Y es la batalla! ¡Ahora es mía! ¡Mía!

Aquel amor que en vida le asustaba porque podía marchitar su hermosura,

la destroza día por día. Y hora llegará en que, fea y repulsiva, la

arroje a un braserillo, donde se derretirá como los endemoniados muñecos

que quemaban en las noches de aquelarre. ¡Y ese día, por fin, seré libre

y el maleficio estará roto para siempre!

Se había puesto de pie, el pelo erizado y los ojos fuera de las órbitas.

En el diván, la figura abandonada parecía mirarle con sus pupilas azules

de cristal y sonreír irónica con los labios destrozados a mordiscos.

Hubo una pausa. Nadie hablaba ni se movía. Todos escuchábamos anhelantes

la extraña historia de Guillermo Novelda que Gustavo nos contaba. Al fin

reanudó el hilo:

--Un año después volví a París. Durante el invierno, el recuerdo de

nuestro infortunado amigo me persiguió como un remordimiento. ¡Había

hecho mal en dejarle allí solo y abandonado a su extraña locura! Mi

deber era haber avisado a su familia... El egoísta que todos llevamos en

nosotros salía a mi encuentro con sus fríos razonamientos. ¿A qué

familia? Guillermo no tenía sino parientes lejanos a quienes nada

importaban sus cosas. Además, ¿con qué derecho iba yo a meterme en sus

asuntos? ¿Quién era yo para inmiscuirme en el misterio de aquella vida,

revelado a mí en un momento de confianza? Un amigo de azar, un conocido

de los salones. Y me había cruzado de brazos. Ya en París, decidí volver

a visitar a mi amigo; pero la pereza y una vaga inquietud de perturbar

mis nervios con todas aquellas raras historias, me hacían retrasar de

día en día mi visita. Además ¡hacía tanto calor! Esto sucedía el verano

pasado, y ya recordará usted la temperatura senegalina de que

disfrutamos en todas partes, pero sobre todo en París. Por fin, un día

hice un esfuerzo, me armé de valor y me encaminé a la rue de

l'Université. Desde que pisé la calle, un presentimiento me oprimió. Un

grupo no muy numeroso de gente permanecía estacionado precisamente ante

la casa de Guillermo. Acerqueme inquieto, e interrogando a unos y otros

acabé por averiguar lo que sucedía: iba transcurrido más de un mes sin

que el inquilino diese señal de vida. Como era harto misantrópico, al

principio a nadie extrañó no verle, pero a la larga concluyeron por

inquietarse. Fueron entonces al amo de la casa, el cual, a su vez,

acudió allí, y como, pese a sus reiterados llamamientos, nadie abría la

puerta, acudió a la Comisaría, y por fin iban a forzar la puerta.

Inquieto por la suerte de mi amigo, presintiendo una desgracia, pedí

hablar al comisario; presenteme a él, no como amigo, sino como pariente,

que, inquieto ante un injustificado silencio, había hecho un viaje

exclusivamente para saber a qué atenerse, exhibir documentos, y al fin

fui autorizado a acompañar a la justicia en sus indagaciones. La puerta

acababa de ser forzada y entramos todos en el zaguán. Un olor

nauseabundo nos dio el alto. No era sólo el olor a humedad que percibí

la primera vez que pisé aquella casa, era un olor a podredumbre, a carne

muerta, agravado de emanaciones de opio y de cera quemada, lo que salía

ahora a nuestro encuentro. Al fin, tras un momento de vacilaciones,

seguimos avanzando y cruzamos los mismos salones de mi anterior visita,

pero aún más lúgubres, más polvorientos, llenos de telas de araña y de

cucarachas que corrían ante nuestros pasos. Y el olor hacíase cada vez

más intenso y violento, tornando la atmósfera en irrespirable. Los

agentes iban abriendo a nuestro paso puertas y ventanas. Al fin llegamos

ante la entrada del estudio: el Comisario empujó la puerta y todos

retrocedimos un paso helados de horror.

Sobre el diván, semidesnudo, yacía el cadáver de Guillermo, pero el

cadáver devorado por ratas y gusanos, el cadáver sin labios ni nariz,

con los ojos vacíos y las mejillas descarnadas; el cadáver negro,

purulento, en plena fermentación, que estrechaba ferozmente, en una

crispación sarcástica de las mandíbulas descarnadas, la figura

atrozmente deformada de Lady Judith. El calor y la podredumbre habían

fundido absurdamente cera y carne y en la confusa masa pululaban los

gusanos. Una larva amarillenta salía de una de las vacías cuencas del

cadáver y resbalaba sobre los labios destrozados de la muñeca. Sobre la

escalofriante masa zumbaba una nube de moscones. Y desde el fondo de

aquella miseria los ojos azules de Lady Judith me miraban burlones.

* * *

Había concluido de anochecer. En el despacho no se oía más que el

castañetear de los dientes de Lydia Alcocer, que temblaba. Después, un

suspiro de descanso de Claudio Hernández de las Torres, que acababa de

darse una inyección de morfina. Al fin Nieves Sigüenza, estirándose con

voluptuosidad de gata perversa, murmuró, presa de delicioso terror:

--Me hubiese gustado ver a Guillermo; pero sobre todo conocer a Lady

Judith.

Sonó la voz irónica de Gregorito Alsina:

--Lady Judith... ¿Te acuerdas, Claudio, de ella? La conocimos el otoño

pasado, con sus perlas y sus encajes, en Venecia, en un té de la

princesa Fornarina Pescari. Allí no moría tísica, moría del veneno de

Venecia, de una rara fiebre que, embelleciéndola, la mataba poco a

poco. Y para eternizar aquella agonía, había encendido el incendio de

una pasión que devoraba los últimos chispazos del genio del pobre

Gustavo Golderer, el gran pintor alemán.

El pecado y la noche · 第 27 / 62 题