EL HOMBRE DE LA MUÑECA EXTRAÑA

--La fábula de Prometeo creando la estatua e infundiéndole vida. Pero

esta vez animándola no con el fuego del cielo, sino con llamas robadas

qué sé yo dónde, creo que al mismísimo infierno, a Satanás en persona;

un fuego maldito de locura, de pecado, de horror; en fin, algo

escalofriante, terrible, ultramoderno...

--¿Poe?

--No. Poe es demasiado metafísico y la historia de Guillermo Novelda es

más pedestre; no hay nada que no sea explicable, fácil, comprensible;

pero al mismo tiempo se unen de tal modo en ella la locura, el vicio y

el miedo, que llegan a un paroxismo de horror alucinante.

--Vamos, como en Teresa Raquin.

--No, tampoco; Zola resulta excesivamente sucio y no tiene el instinto

de la estética. La muerte de Guillermo es algo tan tremendo, tan

trágico, que sin querer hace pensar en los poseídos del demonio.

Justamente, eso fue él, un poseído del demonio de la lujuria. Quiso

asomarse al abismo en que el monstruo de los cien tentáculos dormía,

bajar al fondo del mar para contemplar la sepulta ciudad de Is y quedó

prisionero para siempre. Tuvo una hora de supremo goce, y luego fue

resbalando hasta caer en la muerte.

Nos habíamos reunido en el despacho de Gustavo Mondragón, a pretexto de

tomar una taza de té y charlar, unas cuantas damas y algunos amigos,

enfermos todos de literatura.

Anochecía. Fuera, entre hilos de lluvia que caían con monotonía

abrumadora, finaba el crepúsculo de un día invernal, frío, gris y

tristón, en que el cielo plomizo se reflejaba en los grandes charcos de

la calle. Dentro, una penumbra temerosa iba invadiendo los rincones.

El despacho era el de un artista, el de un refinado, quizás el de un

decadente, pero sobrio, sencillo, sin estrafalarias suntuosidades de

novela. Nada de emular las magnificencias de Bizancio, ni los estéticos

alardes de Corte de los Médicis, ni siquiera las, elegancias del XVIII

francés; menos aún uno de esos rebuscados y artificiosos decorados del

snobismo moderno; limitábase a ser grande, alto de techo, con amplio

ventanal sobre un jardín vulgar. Damasco verde oscuro cubría los muros;

los muebles eran ingleses, de cuero; en un rincón, un gran diván de

damasco agobiado de almohadones, hechos con viejos brocados; dos

bibliotecas de caoba y bronce encerraban libros de Poe, de Baudelaire,

de Wilde, de Essebacc, de D'Anunzio, de Moreas, de Rollinat, Lorraine,

Rodenbach, Verlaine, Rossetti, Ekheold, Rachilde--la flor y nata del

decadentismo--, con raras encuadernaciones; sobre las librerías, por

cima de la chimenea del escritorio y de las mesillas volantes que

llenaban la habitación, veíanse retratos de aristocráticas damas, de

actrices, de aventureras, de mujeres famosas en el mundo de la

galantería, de tenores, de grandes artistas, de literatos, de toreros,

de acróbatas, con pomposas dedicatorias o extrañas fórmulas; mezclados

con ellos algunas armas antiguas--dagas de puño enjoyado y puñales cuya

adamasquinada hoja triangular se hundía entre las páginas de un libro--y

algunos barros y porcelanas antiguos, y, por fin, sobre el damasco de

los muros y pendientes de largos cordones de seda, unas cuantas

acuarelas y algunas aguafuertes. Nada de Moreau, ni de Goya, ni de

Durero; por el contrario, eran obras de principiantes, obras ingenuas,

demasiado brillantes de color o sombrías con exceso, pero en que la

fantasía, exaltada por cierto perverso intelectualismo y sin el freno

aún de la experiencia y del temor a los juicios del mundo, galopaba por

campos de quimera. «Las tres ciudades del pecado», «Salomé, Belkis y

Cleopatra», unos interiores de mancebía muy goyescos, algunos personajes

mitológicos--Gaminedes, Narciso, Hermafrodita--interpretados de un modo

ambiguo, y unas imágenes alucinantes de brevario medioeval.

Sobre aquel fondo propicio, destacábanse las figuras actuales. En primer

lugar, Lidia Alcocer y Nieves Sigüenza, presidiendo la asamblea,

sentadas en el diván; en torno a ellas las demás.

Lidia Alcocer era una belleza provocativa. Sin ser exuberante, más que

moldeada podíasele decir repujada en el traje de terciopelo negro muy

llamativo, muy cocotesco, con demasiadas pieles y demasiados encajes. El

rostro absurdamente maquillado era excesivamente blanco, excesivamente

rosa, tenía ojeras azules con exceso y labios que sangraban

exageradamente embadurnados de pintura. El pelo teñido de rubio oro

(_blond d'or, goold watter_) rizábase artificialmente bajo la toca

empenachada de enormes plumas. Aunque frisaba en los cuarenta, en

extravagante contraste con aquel rostro de cortesana de Alejandría

vestida a la moda de París, poseía dos ojos de mirada cándida, luminosa

y azul, que sabían mirar con ternura apasionada.

Nieves Sigüenza encarnaba otra modalidad femenina. Firme también de

líneas, pero más mujer y menos muñeca, era mimosa, ondulante, gatuna.

Tenía un rostro inquietante que destacábase a modo de careta de

alabastro azulado, traslúcida, bajo una cabellera de ébano tallado en

grandes bucles, y en contraste absurdo, como puestos en aquella máscara

de Pierrot por el capricho de un artista atrabiliario, unos labios

rojos, gruesos, golosos y sensuales, reían provocativos, y engarzados en

dos levísimos trozos de azabache que fingían las pestañas, dos tostados

topacios de cábala lucían a modo de pupilas. Por fin, completaban la

extraña incongruencia, un lunar de terciopelo que se destacaba frívolo y

galante sobre el libor de la trágica mascarilla. Más complicada y

erudita, el amor era para ella un espejismo de sus secretos ensueños, y

sabía hacer de cualquier coqueteo vulgar un idilio de Teócrito, y de la

más prosaica aventura de encrucijada una historia de Poe o un cuento de

Lorrain.

Frente a ellas, sentada en un sillón, las manos cerúleas cruzadas sobre

el regazo y los ojos azules perdidos en la vaguedad de un ensueño, Nora

Halm, una noruega de abombada frente y rubias trenzas de Gretchen de

balada, que peinaba formando dos rodetes sobre las orejas, escuchaba con

atención meditativa. Muy mujer, un poco sentimental, poseía, en

contraposición con la exuberancia de las otras, una alegría serena, un

callado arte de saborear la vida, aprendido en los interminables

inviernos pasados en la mortuoria tristeza de los _fiords_.

Junto a ella, _Beni_ Rosal fumaba cigarrillos turcos, y de vez en cuando

reía con su risa seriecita de _buen chico_. Aquella muchacha con el pelo

corto, peinado en raya, el rostro fino, un poco alargado, el atavío

sastre y el alto cuello almidonado, tenía una _allure_ muy varonil, que

subrayaba con la brusquedad del gesto y cierta dejadez masculina.

Eran los demás contertulios, Pepito Montesa, un pintor adolescente que

tenía el gesto rígido, de esas figuras etruscas que ilustran los vasos

encontrados en las excavaciones; el conde de Medina la Vieja, _el señor

Heliogábalo_, siempre con su inquietante apariencia de personaje de

ultratumba invitado a una fiesta de espíritus; Julito Calabrés,

abracadabrante en su atavío _fasshionable_, y Jaime Sigüenza y Gregorito

Alsina.

Hablaban del _caso_ de Guillermo Novelda. Lidia Alcocer fue la que

sacara la conversación. Ella había amado mucho. En un tiempo, su frágil

belleza de muñeca realzada con la estrepitosa elegancia, fue el ornato

de los salones. Su gracia, su ingenio, su hermosura, la hizo ser deseada

y, piadosa, no supo negarse. El _Club_ entero pasó por sus brazos. No

exigía de sus amantes sino una condición: la elegancia. Jóvenes o

viejos, altos o bajos, rubios o morenos, chatos o narilargos, a todos

sabía encontrarles una gracia especial, un oculto encanto, un chiste,

_un no sé qué_... Con lo único que era inexorable era con el _chic_. Y

los hombres se la disputaron entre el odio y la saña de las demás

mujeres. Hubo desafíos, suicidios, broncas, escándalos. Pero envejeció y

los amantes escasearon, fueron menos fieles, menos constantes; entonces

la Alcocer entregose en alma y cuerpo al espiritismo. Las cosas

misteriosas del más allá la atrajeron con su peligroso encanto y su

escalofriante interés, que sacudía sus nervios de _detraquée_ con nuevas

emociones. Adoraba las historias de fantasmas y aparecidos y gustaba de

contarlas y oírlas contar, sin perjuicio de luego, en la soledad del

lecho (¡oh crueldad inexorable de los años!), estremecerse de miedo, y,

tapándose la cabeza con las sábanas, santiguarse muy deprisa. Cada vez

que moría un amante (cosa que, tratándose de una señora que tuvo tantos,

forzosamente tenía que suceder con harta frecuencia), Lidia sufría un

ataque de terror ante el miedo de su visita, ataque que sólo se

extinguía cuando al correr de los días, el difunto, bien hallado de su

nuevo estado, defraudaba las esperanzas de la dama. Pero cuando el

espanto de ésta llegó al paroxismo fue cuando el suicidio de Pepe

Madariaga. Aunque ella nada tenía que ver, pues las causas fueron el

tapete verde, cierto Don Isaías Iscariote que practicaba la usura y una

pájara francesa, metiósela en la cabeza ser la razón del drama. Pasó

noches atroces en que a cada instante creyó ver la sombra del difunto, y

hubo momento en que pensó en la conveniencia de implorar al sereno.

Ahora, como siempre, había sido ella la que en los azares de la charla

evocó aquellas cosas. Rodando, rodando la conversación, había llegado a

Guillermo Novelda, y Gustavo Mondragón, gran amigo suyo en vida, contaba

el sucedido.

--Yo no sé si ustedes se acordarán bien de Guillermo...

--¡No habíamos de acordarnos!--habló Lidia--. Era un artista, músico,

literato, pintor, escultor... y, al fin, moldeador de figuras de cera.

Todavía recuerdo las palabras con que explicaba su amor a esos muñecos.

«El mármol o el bronce--decía el pobre Noveldason demasiado inmutables,

y, como tales, se alejan mucho de la naturaleza humana; en cambio, la

cera es más dúctil, se transforma insensiblemente, palidece, envejece...

Una estatua siempre es un trozo de mármol o de bronce, mientras que una

figura de cera, una vez creada, tiene vida, nos acompaña, nos habla en

el silencio de la noche, y, sobre todo, sabe escuchar...»

--Sí; Guillermo fue un gran _dilettante_ de todas las artes.

Lidia protestó con vehemencia:

--_Dilettante_ no; un artista, un verdadero artista. En sus obras hay

chispazos, llamaradas de genio...

--Justamente--concedió Gustavo, razonando con las palabras de la dama--.

Llamaradas, chispazos, pero nada más. Un contraste de color, la

ejecución de un trozo al piano, la mueca de un rostro, la crispación de

una mano, el detalle de un aguafuerte... Fue un genio fracasado; su obra

maestra quedó por hacer. Dejó retazos, fragmentos, bocetos; pero todo

incompleto, inacabado. Por eso digo que no fue sino un _dilettante_,

genial si ustedes quieren, pero al fin y al cabo nada más que un

_dilettante_.

--¿Y las figuras de cera?

--En eso, sí--asintió Mondragón--En las figuras de cera fue un artista

único. Ese arte, pueril y complicado a un tiempo, le tentó siempre.

Puso en él una inspiración enfermiza, malsana, que rimaba a maravilla

con la materia prima.

Lidia Alcocer se estremeció al recuerdo. Casi temerosa, interrogó:

--¿Ustedes llegaron a ver el museo? Yo no le olvidaré nunca. Jamás he

visto nada más atroz, más impresionante, que aquella colección de

muñecos. Casi todos eran personajes de novela ¡pero con una vida! ¡con

una expresión! Había caras monstruosas, deformadas; caras de idiotez, de

lujuria, de gula; otras aviesas o amenazadoras; algunas con una

expresión de angustia suprema. Cuando me las enseñó estuve mala tres

días; luego, soñé con ellas mucho tiempo--. Y añadió a modo de

conclusión:--¡Era un gran artista!

Gustavo sostuvo tercamente:

--Un gran _dilettante_.

Nieves terció en defensa del amigo muerto:

--Pues lo que es simpático lo era y de verdad.

--Eso no quiere decir nada. Ya sabe usted la teoría de Oscar Wilde: «El

sólo hecho de publicar un libro de sonetos mediocre hace encantadora a

una persona. Vive el poema que no supo escribir, así como otros escriben

el poema que no supieron vivir». Guillermo vivió el arte que no supo

crear.

--¡Qué agradable y qué divertido era!--insinuó la rubia Nora.

_Beni_ adhiriose a la opinión de su amiga:

--Encantador.

Nieves, más psicóloga, dio una opinión complicada, en consonancia con su

laberíntica espiritualidad:

--Era muy simpático, con aquella alegría ruidosa, comunicativa, en cuyo

fondo había como un yacimiento de amargura, una tristeza un poco

irónica, un desdén compasivo para las flaquezas de los demás y para sus

propias flaquezas. Y era artista por naturaleza, artista del gesto, de

la palabra, de la idea. Poseía el secreto de encontrar belleza en todo,

una belleza refinada, quintaesenciada; una belleza de contraste que

estaba en sus ojos de él y que sabía hacer sentir a los demás. Parecía

superficial; pero lo íntimo de su espíritu...

--Yo, que he ambulado por ahí con él a las altas horas de la

noche--interrumpió Gregorito Alsina--, podría hablar mejor que nadie. La

verdad, creí que era _posse_, pero su muerte trágica fue la firma que

selló la veracidad de todo ello. Guillermo tenía como nadie el arte de

saborear la sensación. El analizaba, escrutaba, buscaba el por qué de

las cosas, el origen de las ideas, de los deseos y hasta de los impulsos

generosos. Era implacable con todos y con todo. Su alma misma

complaciose en someterla a cruel autopsia y exponerla luego a la

vergüenza. ¡Y en el fondo, qué cruel escepticismo!

Callaron todos un momento, y luego Gustavo reanudó:

--Pues ya se acordarán ustedes que primero le dio por frecuentar los

salones, donde le acogieron en palmas. La vida fácil, alada,

insustancial; la moral harto elástica y convencional, la frívola

perversidad de todas aquellas gentes, le encantaron. Luego sintió la

curiosidad de los viajes. Fueron unos viajes en que, según el mismo, no

hizo más que buscar el escenario en que vivir sus novelas; viajes

incongruentes, en que unas veces aparecía en las misteriosas ciudades

del remoto Oriente y otras en las estaciones de moda. Yo casi llegué a

creer que dábase esas caminatas por el gusto de epatarnos con una

acuarela exuberante de color desde la India, una narración misteriosa

desde el viejo Egipto, un cuadro de decadentismo ultramoderno desde la

Costa Azul, o una de esas turbadoras aguafuertes de apaches y

trotacalles desde París o Londres. Así recorrió la India, China, Persia,

Egipto; rehizo el Calvario, buscó las huellas de las ciudades del

Pentápolis, soñó con el Templo de Salomón y las magnificencias de

Tadmor, y un día...

Y un día desapareció. Por lo menos desapareció para todo el mundo; pero

yo, que estaba unido a él por antigua y sincera amistad, aún seguí

recibiendo vagas noticias de él. Primero unas postales fantásticas desde

Ceylán, unas postales en que me hablaba de triunfos misteriosos, en que

decía haber encontrado el Paraíso terrenal; después unos renglones desde

París, deslabazados, inconexos, que reflejaban un vencimiento absoluto,

un descorazonamiento sin límites, y por fin nada. Cesó toda

correspondencia e ignoré su paradero.

Un año después y otoñando en la capital de Francia, supe casualmente sus

señas. Al día siguiente me encaminé a visitarle. Vivía al otro lado de

los puentes, en una calle del viejo París, junto a la rue de

l'Université, que viene a ser al bullicio de los bulevares, por su calma

provinciana, su poco tránsito y lo vetusto de las edificaciones, lo que

la Plaza del Conde de Aranda a la Puerta del Sol. Caminé un rato entre

los altos edificios de piedras grises y uniformes, rasgados por grandes

ventanas; en la calle silenciosa resonaban mis pisadas sobre el asfalto;

los grandes portones con pesadas aldabas de bronce, permanecían

cerrados, mudos y misteriosos, como si guardasen el secreto de otras

vidas arcaicas, que permaneciesen estacionadas, y mi imaginación me

ofrecía extrañas imágenes, cuadros de la vida que fue. Parecíame que al

través de los vidrios de emplomados cuarterones, divisaba viejos

estrados _Regencia_ de raso amarillo o verde musgo, con grandes sillones

de talla y panzudas consolas, que sostenían bajo fanal un reloj rematado

por amorosa escena, y flanqueado por dos jarrones con flores de cera. En

el salón había un clavicordio, y una damisela momificada, vestida con

pomposas sedas, polvorientas y desvaídas, pasaba por el teclado

amarillento sus manos de esqueleto, entonando una romanza sentimental;

mientras, un galán, no menos acartonado, aguardaba inclinado hacia ella,

para pasar las hojas del papel de música, y en una _bergère_, junto a la

chimenea apagada, dormía un viejo caballero de blanca peluca y casaquín

bordado.

Por fin tropecé con la casa de mi amigo. Era uno de esos amazacotados y

sombríos hoteles, construidos a la moda del reinado de Luis XIV, entre

patio y jardín, que sirvieron de morada, a fines del siglo XVIII y

principios del XIX, a la aristocracia de la toga. Era pequeño, macizo,

con ventanas estrechas, casi siniestro, sin adorno alguno en la fachada.

A un lado y por encima de alto muro, divisábanse algunos árboles

centenarios, que aumentaban aún el aire de tristeza de la casa. Vacilé

un instante, sobrecogido por el aspecto lúgubre de la morada que había

ido a elegir Guillermo, y al fin, con súbita decisión, llamé.

Pasó un rato, y cuando comenzaba a desesperar temiendo haberme

equivocado, la puerta giró silenciosamente y en el dintel apareció un

hombre:

--¡Tú!

--¡Tú!

Era Guillermo en persona. Vestía un pijama a rayas blancas y amarillas,

y al primer golpe de vista me pareció demacrado y envejecido. Al verme

había esquivado un gesto de sorpresa; pero ahora, dominándose, sonreía

forzadamente. No cabía duda, mi presencia allí le sobresaltaba

penosamente, como si acabasen de descubrir un secreto que desease tener

oculto. Cortado ante la glaciedad de aquella recepción, balbuceé:

--Si te molesta mi visita...

Dueño de sí mismo, halló los tonos de su antigua cordialidad.

--¿Molestarme?... ¡Qué disparate! Ya sabes que te quise siempre... Es

que al primer momento tu llegada me ha sorprendido, pues ni remotamente

la esperaba.--Y luego animó:--Entra, entra...

Penetré en la morada misteriosa y los batientes de la puerta cochera

cerráronse tras de mí. Guillermo explicó:

--Estoy solo, sabes, y por eso te he abierto yo mismo.

El zaguán era grande, lóbrego. Había allí un fuerte olor a humedad, a

moho, característico de las viviendas abandonadas. Hacía frío, y mi

amigo, tiritando, me propuso:

--Vamos arriba. Todo esto está helado.

La escalera que arrancaba del zaguán partíase al llegar al primer

descansillo en dos ramales. Era una escalera señoril, con bóveda de

cristales que la suciedad había empañado y oscurecido. Los muros

agrietados tenían por todo adorno escudos de armas labrados en yeso,

rotos y maltrechos, que alternaban con misteriosas ventanas de cerrados

postigos. El pasamanos de terciopelo rojo caíase a pedazos, y sobre los

escalones de madera pintados de blanco, que con los años había tomado un

tinte crema, veíase la señal de una alfombra que debió de haber en otros

tiempos.

A media escalera notó que mi amigo jadeaba; pero como al mirarle con el

rabillo del ojo vi pintada en sus labios la misma forzada sonrisa que

mostraba los dientes largos y amarillos, no me atreví a decirle nada y

seguimos subiendo. Cruzamos dos o tres salones que parecían surgidos

allí a la evocación de mis sueños callejeros. Eran los viejos estrados

que mi imaginación colocara tras los cerrados postigos; muebles Luis

Felipe, de ébano, tapizados de reps granate, verde o azul, grandes,

amazacotados, exentos de toda gracia; cómodas de _Boule_, horarios de

pesas, cuadros de campestres paisajes, muy mal pintados, muy relamidos,

con sus riscos de mazapán y sus corderillos de cartón piedra, y pesados

cortinajes, llenaban las estancias, cuadradas, vastas, altas de techo.

Sobre todo ello habían caído inexorables los años; los sofaes, rotos,

despanzurrados, mostraban el pelote y los desvencijados muelles; los

muebles, descascarillados, arrancadas las incrustaciones, yacían

rajados, con el mármol partido; los cronómetros, parados en horas

misteriosas; los cuadros, cubiertos de polvo, y en el rígido abandono de

las cortinas, no sé qué inquietante secreto. De las bóvedas, cubriendo

los ángulos y enlazándose con las pesadas lámparas de cristal y bronce,

pendían telas de araña. Por todas partes reinaba una semipenumbra

temerosa y un acre, violentísimo, olor a humedad.

Guillermo se disculpó:

--Perdona, chico: pero no he tenido tiempo de arreglar la casa y está

como la encontré al alquilarla.

Después, abriendo una puerta y dejándome paso murmuró:

--Mi estudio.

El cuarto era mayor que los anteriores. Al través de una vidriera

entraba la luz tristona del patio; sólo un rincón parecía haber sido

arreglado; allí habían colocado un amplio diván hecho con tapices de

Smirna, pieles de oso y de cabra del Thibet, y almohadones de bordadas

sedas orientales; junto a él una mesilla de ébano y marfil, y

defendiéndolo todo, un biombo de tapicería, sobre el que caía al

desgaire antigua capa pluvial de brocado. El resto de la estancia

correspondía en decorado y adorno al de lo demás de la casa; pero por

todas partes veíanse en revuelta confusión, tiradas, cubiertas de polvo,

dejadas de cualquier modo, obras comenzadas en un momento de

inspiración, abandonadas luego en el desaliento de una impotencia

absoluta. Cuadros empezados y sin concluir; luego estatuas inacabadas,

rotas, maltrechas, sin brazos ni cabeza; trozos de cera comenzados a

modelar y abandonados luego en una monstruosa deformación, y por fin,

sobre la mesa desordenada y polvorienta, cuartillas garrapateadas,

libros deshojados... Respirábase allí una atmósfera enrarecida, cargada

de humo, de aroma de opio, de perfumes violentos y de ese extraño olor

a cera quemada y flores marchitas que se respira en las cámaras

mortuorias.

Novelda dejose caer en el diván; parecía aniquilado por el esfuerzo;

estaba lívido, jadeaba y sin dejar de tiritar, gruesas gotas de sudor

resbalaban por su frente; sus cabellos se pegaban a las sienes y sus

manos temblaban levemente. Con un gesto cansado me señaló una butaca.

Luego suspiró, sonriendo con la sonrisa dolorosa que ahora parecía no

abandonarle nunca:

--¡El amor cansa mucho!

Así el cable y deseoso de provocar una conversación que disipase la

glaciedad que había en la atmósfera, echeme a reír bromeando:

--Por eso temí haber llegado en mal momento: que estuvieses con alguien

o esperases alguna visita...

Movió la cabeza negativamente:

--Mi amor está siempre conmigo.

Extrañome la frase, pero deseando distraerle y sacudir a mi vez cierta

inquietud indefinible que me azoraba, comencé a hablar de unas cosas y

otras. Parecía como adormilado, dándome la sensación de que su

pensamiento estaba muy lejos de allí. Mientras charlábamos le examinaba

disimuladamente; ¡parecía imposible que aquel hombre fuese el mismo

Guillermo Novelda que yo conociera antaño, alegre y dicharachero! Bajo

la liviana seda del pijama marcábase la osamenta; el rostro demacrado

tenía un color plomizo, y los ojos mortecinos brillaban en el fondo de

dos profundos surcos amoratados.

Le interrogué a boca de jarro:

--¿Fumas opio? Aquí huele a él.

--A mi _Lady_ le gusta el olor del opio.

¡Otra respuesta cabalística! Tras ella quedamos en silencio largo rato.

Guillermo parecía nervioso, inquieto, como si fuese presa de una lucha

interior. Al fin, en la resolución del gesto adiviné que acababa de

decidirse a algo trascendental. Encarose conmigo:

--Te voy a contar la verdad, toda la verdad.

Sentí una sacudida eléctrica, frío en la raíz del pelo, un temblor que

me corría por la espalda. ¿Qué atroz historia iba a escuchar? ¿Qué

abismo del corazón humano iba a abrirse ante mis ojos?

--¡Ah, mi historia!--prosiguió Novelda--. Mi historia es algo

extraordinario y vulgar, encantador y terrible. ¡Mi historia! Si yo

hubiese vivido en la Edad Media puede que la Inquisición me hubiese

quemado como poseído, como uno de esos brujos que hechizaban a las

gentes clavando una aguja en el corazón de un muñeco de cera y bailando

luego ante el Malo en las noches de aquelarre; si tuviese familia,

quizás me encerrasen en una casa de salud... y sin embargo, en lo que me

sucede no hay nada de extraordinario ni de inexplicable.

Hablaba ahora con calor. Sus ojos brillaban húmedos y pasábase

nerviosamente las manos por los cabellos que debían erizársele.

Reanudó:

--¿Te acuerdas de mí en otros tiempos? Yo era el prototipo del hombre

feliz: alegre, incansable, dispuesto siempre a divertirme... Todo el

mundo (¿para qué falsas modestias?) me encontraba encantador, divertido,

insustituible. Un poco _poseur_...

Hizo una pausa, durante la que pareció meditar. Al fin siguió:

--La _pose_... ¿Si yo te dijese mi creencia de que en realidad la _pose_

no existe? La cultivamos más o menos, la combatimos con armas de

vulgaridad o la exaltamos con venenos sabios, pero en realidad está en

el fondo de nosotros. Es una enfermedad, un desequilibrio, algo trágico

o ridículo, pero más fuerte que nuestra voluntad; algo que alienta pese

a nosotros, que nos vence, nos arrastra, nos hace estrafalarios, locos o

geniales a pesar nuestro.--Excitábase al hablar. Continuó--: Yo, por lo

que a mí se refiere, sé decirte que lo que las gentes llamaban mi _pose_

y que yo cultivaba cuidadosamente, era más fuerte que mi menguada

voluntad. Siempre he sentido una atracción invencible por el misterio,

por la vesania, por el dolor y la muerte. Las cosas inquietantes, los

inexplicables fenómenos de que está llena la vida humana, esas

escalofriantes coincidencias que nos hacen detenernos ante un hecho

imprevisto como ante la puerta de un cuarto en que se guardan no sé qué

misteriosos males, me inquietaron, despertaron en mí el anhelo de rasgar

el velo de Isis. ¡Ah! ¡Si yo hubiera poseído la caja de Pandora, la

hubiese abierto, y luego entre ansioso y aterrado me habría entretenido

en contemplar el progreso de todos los males! Recuerdo que de chico la

oscuridad me inspiraba infinito terror; pues bien, por un masoquismo

moral, extraño en un niño, complacíame en pasar largo rato con los ojos

fijos en ella, adivinando la mirada de unos ojos, esos ojos de color

indefinido, luminosos e hipnóticos; esos ojos en que brilla la atracción

terrible del misterio, la locura, el delirio, la muerte; ojos agoreros

de no sé qué secretos horrores. Pues con las cortinas me sucedía igual.

Cuando vivíamos en la calle del Sacramento, en el viejo caserón de mis

abuelos, tan propicio con sus enormes salas y sus inacabables pasillos,

con su cuarto azul y su galería de retratos, a todas las alucinaciones,

llegué a sentir como una verdadera inquietud el miedo a los cortinajes.

Mi imaginación enfermiza los plegaba en inquietantes formas, ceñialos a

invisibles cuerpos, moldeaba absurdos torsos, les hacía temblar en

imperceptibles estremecimientos, o los entreabría, mostrando al fondo de

oscuras cavidades figuras borrosas imposibles de definir. De vez en

cuando, veía surgir de ellos, en la penumbra crepuscular o en el aún más

temeroso claroscuro de las lámparas de aceite, una mano negra y peluda o

una mano blanca, traslúcida, de dedos largos y descarnados que, parecía

llamarme...

--Pues ¿y las figuras de cera?...

Detúvose un momento. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente. Al

fin continuó--: ¡La obsesión de las figuras de cera! Esa la he sentido

siempre; creo que de muy niño me perseguía ya con su inquietud, que se

traducía en una opresión, en un malestar extraño ante esos muñecos,

frívolos al parecer y que, sin embargo, tienen una vida tan misteriosa,

tan honda y turbadora. En las ferias, en esos barracones donde exhiben

fantoches, me gustaba ir estudiándoles uno a uno; tendía la mano para

tocarles, entre asustado y curioso, como hacen otros chicos con los

reptiles, y costaba trabajo arrancarme de allí. Luego, hombre ya, cuando

descubrí mis disposiciones para la escultura en cera, sentí un gran

alivio, algo así como si me quitasen un peso de encima. ¡Era el pretexto

conque engañarme a mí mismo! Años después, en Viena, mi rara obsesión

resurgió súbitamente. Habíamos recorrido las instalaciones de un parque

de recreos establecido en el Pratter, cuando al penetrar en un Grevin

admirable que había, sentí otra vez angustia anhelante que se tradujo en

un deseo absurdo. ¡Era preciso que pasase una noche allí, entre todos

aquellos mudos personajes, cuyas historias nos iba contando pomposamente

el cicerone.--Hubo otra pausa.--Nunca--, prosiguió el pobre Guillermo

con voz estragada--nunca, por mucho que sea el horror de tu situación,

podrás imaginarte nada semejante! Sólo el que herido y tenido por

muerto, haya pasado la noche rodeado de cadáveres en un campo de

batalla, puede figurarse algo igual. ¡Y aun ése está al aire libre!

Oculto por un empleado complaciente a fuerza de oro, vi llegar la noche.

Los visitantes desfilaron, el director giró la última ronda y al fin

sentí cerrarse las puertas, correrse los cerrojos ¡y me encontré solo,

rodeado de los misteriosos personajes! Había luna, y al través de los

altos ventanales penetraba una tenue claridad que, una vez acostumbrados

los ojos a las relativas tinieblas, bastaba para distinguir los objetos.

Entonces, alardeando de un valor que no sentía, giré mi visita _de

cumplido_ a mis compañeros de la noche. Allí estaban todos: rígidos,

hieráticos, inmóviles, en posturas que durante el día se nos antojaban

ridículas, afectadas, cómicas o prosopopéyicas, y que así, en el

misterio de la noche, tenían no sé qué prestigio de una sinceridad casi

dolorosa. Allí estaban, en el _hall_ central, de pie o sentados en los

bancos, parados o en actitud de romper a andar, espectadores todos de la

ceremonia de ungir el Papa, Emperador a Napoleón, que las figuras

centrales reproducían, damas y caballeros que en la fantasmagoría lunar

eran herméticos e inquietantes; allí estaban el _chasseur_ que tiende

perpetuamente un programa a los visitantes, el caballero que se ha

dormido, la enlutada triste...

Al principio anduve de un lado para otro, sacando fuerzas de mis

flaquezas. El ir y venir de empleados que trajinaban por el jardín

contribuía a infundirme valor, pero llegó un momento en que se hizo un

silencio absoluto. Aún me dominé. Fui a sentarme en el banco entre la

dama enlutada y el caballero. Ella gemía quedamente; por el rostro muy

pálido resbalaban lágrimas. ¡Bah! ¡Qué tontería! La volví la espalda y

entonces mis miradas cayeron sobre mi otro compañero de banco. ¡Era un

loco!; su rostro grande y blanco plegábase en absurdas muecas; sus

cabellos crespos, peinados con cepillo, se habían erizado, y sus ojos de

cristal fosforecían siniestros. Horrorizado, me alcé de allí y caminé a

la ventura. Pero el botones me hacía muecas burlonas; los paseantes que

permanecían petrificados, como habitantes de una ciudad maldita

sorprendida por el fuego, volvían la cabeza a mi paso o tendían la mano

para detenerme. Si yo me paraba, volvían a la forzada inmovilidad, pero

yo les _sentía_ remover. Entonces me confesé por primera vez que tenía

miedo. Desmoralizado por aquella confesión, empecé a vagar de un lado

para otro, prisionero de la siniestra mascarada.

Y comenzó para mí espantosa pesadilla.

En mi fuga, y buscando tinieblas absolutas que borraran las figuras

alucinantes, había dejado atrás la sala central, y descendiendo por una

escalerilla, me encontraba en las cuevas. Allí estaban reproducidas

escenas de la corte de Luis XVI y de la Revolución francesa. Primero los

días felices, las pastoriles escenas del petit Trianón, el skating de

Versalles, las recepciones de Corte. Y era Marie Antoniette, la

archiduquesa austriaca, Delfina de Francia, rodeada de sus damas,

jugando con corderillos lazados de azul y rosa; y era la misma

archiduquesa, cubierta de pieles, los ojos entornados por una

voluptuosidad que no se sabía si estribaba en el vértigo de la rapidez o

en la apostura del galán, el vizconde de Charny, el infortunado

caballero de Tavernay Maison Rouge, que empujaba el trineo.

Eran luego las horas terribles en que una fatalidad cruel llevaba por

senderos de frivolidad la tragedia del desenlace. Y venían las extrañas

escenas de la cubeta de Mesmer, los experimentos de Cagliostro, las

nocturnas escapadas de Versalles, las entrevistas del cardenal de Rohan

con Juana de la Motte Valois, las violencias del collar, las aventuras

de Monseñor el Conde de Artois. Y eran, en fin, los bárbaros furores del

pueblo, el asalto de Versalles, la Conserjería, el Temple... Toda

aquella historia de Francia, muy Dumas, que con gente y luz me había

parecido casi risible, así, a la débil claridad lunar que se filtraba

trabajosamente hasta allí, tenía un espanto de evocación. Los decorados

falsos, contrahechos por la falta de espacio, adquirían en la

semipenumbra una realidad pasmosa, y los personajes hablaron y me

contaron su historia. No eran las historias, picarescas o tristes,

jocosas o sangrientas, pero siempre triviales, que narraba el empleado

al explicar los grupos a los visitantes. Eran historias amargas,

dolorosas; porque no eran la historia vista por el público, sino la

historia _verdad_, la que sólo alentó en las almas, la historia _del por

qué_ de las cosas. Y la Reina me dijo de su amor por el caballero de

Charny, de su alma de mujer, fiera y apasionada, que sentía latir el

odio en derredor; Cagliostro me habló de su pasión por la infortunada

Andrea de Tavernay, y Juana de la Motte de sus locos anhelos de

ambición. Y todos me dijeron cómo entre corderos lazados de raso,

embarques para Citerea, juegos de _ecarté_ y sesiones de patines,

prepararon el drama. Sólo la Lamballe, insustancial, graciosa,

inconsciente, limitábase a mover la cabeza coronada de bucles y

enguirnaldada de rosas.

Huyendo de los obsesionantes fantoches, bajé aún algunos escalones y me

encontré en lo que representaba las cárceles: prisiones históricas,

inquisitoriales, o simplemente modernas celdas, en ellas yacían grandes

criminales o grandes mártires. Allí estaban _la Máscara de hierro_,

Juana de Arco, Gilles de Rais, Señor de Thiffages, el Marqués de Sade,

el Príncipe Don Carlos (hijo de Felipe II), la Voisín, la Marquesa de

Brinvilliers, y junto a ellos unos cuantos feroces criminales de

relativa actualidad. Yo no sé si la luz llegaba hasta allí o si eran mis

ojos alucinados los que me fingían claridad en aquellas lóbregas

catacumbas; pero yo _veía_, veía sobre la sórdida miseria de los

calabozos las extrañas figuras, que la tristeza y el largo encierro

habían demacrado y como traslúcido, cobrar vida para hablar conmigo. Y

fue primero el rostro enjuto, los ojos negros, fosforescentes,

dominadores, la boca cruel y el gesto elegante bajo la chupa de

terciopelo negro, bordada de azabache, del Marqués de Sade; luego la

bárbara y altiva brusquedad del señor de Thiffages; más tarde el

alucinado fervor de la Pucelle, la amable elegancia de la Voisín o el

ademán equívoco de la heroína de la rue de la Lune, y por fin la grosera

torpeza de Salvarose, el feroz asesino. Y ellos también me dijeron su

secreto. Sade, galante mundano, me habló de la voluptuosidad de ver

correr la sangre como un ardiente lacre que sellase el placer, aquel

placer más fuerte que su voluntad; Gilles gimió en uno de sus místicos

arrebatos todo el horror y toda la delicia de aquellas carnes inocentes

que temblaban entre sus manos, mientras en la capilla, de una

fastuosidad salomónica, toda recargada de oro y pedrerías, el órgano

entonaba el oficio de los Santos Inocentes; la libertadora de Orleans,

con su voz de plegaria, narrome sus visiones, y Salvarose bramó aún

bestial al recuerdo de sus víctimas. Y en el fondo de todas aquellas

vidas, latía la cosa misteriosa y horrenda, el monstruo devorador que

para la antigüedad remota fue la voluptuosidad, para la Edad media el

pecado y para nosotros es el vicio, el huracán asolador de vidas, el

extraño monstruo que yo sentía latir en mis entrañas! Fue una noche de

locura, de vértigo; una noche en que a cada instante sentí vacilar mi

razón; por la mañana me encontraron yerto, exánime. Llevado a mi hotel

declaróseme intensa fiebre cerebral. Repuesto de ella, partí para la

India.

--Calló un momento Guillermo. A mi pesar sentíame impresionado por tales

historias. El ambiente del salón, el olor a opio y cera, aquel abandono

de casa deshabitada, todo contribuía a acrecentar mi obsesión. El

parecía fatigado por las evocaciones; al fin, con voz rota, desvalida,

prosiguió;--dábase ya en mi vida un fenómeno horrible, capaz de erizar

el cabello a cualquiera. Yo temeroso de hacer el vacío en derredor mío,

jamás he confesado esto a nadie; pero ahora, seguro ya de saber vivir en

la soledad cuando soy dueño del secreto de, en la soledad, poseer a la

persona amada, no me importa revelártelo. Una misteriosa fatalidad

parecía acompañarme, algo así como una _jettatura_ que pesaba sobre

cuantas personas se acercaban a mí. Yo era el manzanillo; mi sombra era

fatal. Bastaba que pusiese mi amor, mi cariño o mi amistad en alguien;

bastaba que entrase en una casa con una mayor intimidad, para que la

desgracia se cerniese inmediatamente sobre ella. Y fueron los tiempos

del suicidio de Illana Floriani, la gran actriz; aquel suicidio en el

Rhin, que tuvo la magnífica teatralidad de la última escena de una

tragedia antigua; de la fuga de Lady Georgina Greem; del asesinato por

los terroristas del Gran Duque Sergio; de la ruina fraudulenta de Simeón

Róssend, el gran banquero semita, y de la catástrofe automovilista que

costó la vida al duque d'Arconville, y de la que yo salí milagrosamente

ileso; la época de todos aquellos extraños escándalos mundiales en que

yo me veía envuelto, según vosotros, por _snobismo_, en realidad por una

fatalidad cruel. Huyendo de ella comencé mi éxodo, y en Ceylán conocí a

Lady Judith Woodstons. Ya sabes lo que son esos centros de elegancia

mundial donde entre tantas gentes que se curan, por hacer algo, de

enfermedades imaginarias, hay algunos verdaderos moribundos que gozan

ansiosamente de las postrimerías de la existencia--uno de los encantos

de la muerte es dar todo su valor a lo que nos queda de vida, y que los

mismos que se aburren cuando creen tener una vida ilimitada por

delante, en cuanto ven la muerte a plazo fijo, descubren nuevas delicias

al mundo--son verdaderas ferias de vanidades, en que se vive en una

perpétua exhibición de joyas, de trajes, de honores y bellezas más o

menos auténticas; pues, sin embargo, en cuanto entra en el _hall_ del

Indian-Palace, mis ojos se fijaron en Lady Judith y quedé deslumbrado.

No es dable imaginar nada más bellamente frágil, más delicado, más sutil

y espiritual que aquella criatura. Semicubierta por los toisones de un

gran abrigo de raras pieles, aparecía envuelta en un traje de antiguos

encajes de Venecia bordados en nácar; un fastuoso collar de perlas

resbalaba en nacarado iris sobre el terciopelo del escote y caía hasta

las rodillas rematado por gruesos borlones de esmeraldas y brillantes,

y, surgiendo de aquellas magnificencias, bajo la cabellera de oro

pálido--ese oro que en los cuentos de encantamientos hilan las

princesas--, el rostro de fino perfil y óvalo perfecto, y en el rostro

los ojos. ¡Los ojos! Eran dos zafiros pálidos que rebrillaban bajo la

dorada sombra de las pestañas. Había en ellos algo misterioso y trágico:

el dolor de morir. Desde entonces le amé; veíala todos los días, siempre

sutil, frágil, quebradiza, cubierta de pieles, de perlas, y de encajes,

con no sé qué de irreal, de imaginario. No parecía una criatura humana,

sino una de esas evocaciones fantásticas de los ensueños de los paraísos

artificiales, la abstracción de un pintor infiltrado por una mezcla de

paganismo y misticismo, la tentación de un escultor asceta. En las

promiscuidades de hotel no es difícil trabar conocimiento con las

gentes, y además Lady Judith no se hacía inabordable; así que a los ocho

días había conseguido conocerla, a los quince éramos amigos y algunos

después hacíale la corte.

Una noche estábamos solos en la terraza del _Indian_. El cielo era como

una inmensa bóveda de zafiro incrustada de brillantes; al través de un

bosquecillo de palmeras, divisábase el mar como un encantado espejo que

reflejase el cielo. Lady Judith reclinada en la _chaisse longue_,

vestida de gruesos encajes de Irlanda sostenidos por lazos de seda azul,

tiritaba bajo la amplia pelliza de _renard argente_, haciendo rebrillar

el portentoso aderezo de zafiros que ostentaba. Yo la hablaba de amor.

Ella parecía escucharme con arrobo, sin atenderme, atenta sólo a la

armonía de la voz como atenta estaba a las notas de la orquesta de

tzíganes, al rumor de los pájaros en el bosquecillo de palmeras o al

lejano murmullo del mar. De improviso, se incorporó: «Le creo a usted

sincero y voy a ser leal--habló con su voz cristalina en que vibraba

sin embargo un extraño timbre de energía.--No sé si le quiero o no; sé

únicamente que no seré nunca suya... suya, ni de nadie--añadió, al

sorprender en mi un gesto de amargura.--Quizás le parezca raro en una

mujer, mujer de mundo y gran señora por añadidura, esta crudeza. Lo

lógico y lo corriente sería que yo flirtease, diese largas, me negara a

tiempo... Pero hay una razón para borrar todos estos convencionalismos

sociales: la muerte. Me muero y me muero a plazo fijo. Y esta seguridad

de morir da un extraño, un imprevisto, valor al tiempo. Para una mujer

cualquiera, perder una semana, un mes, un año, no importa nada. Para mí

una hora, un minuto, un segundo, tienen un valor extraordinario. ¡Tres

meses de vida! ¡Tengo tres meses de vida!...--Hizo la inglesa una

pausa.--Si le dijese que no sentía morir, mentiría. Pero segura de que

no hay remedio para mí, me he resignado, y entre manchar mi agonía con

potingues, fealdades, terrores, o ennoblecerle con todo lo que es bello

en el mundo, he preferido esto último. Ya sabe usted el verso

El pecado y la noche · 第 26 / 62 题