_Joselete_ palmoteó:
--¡Chico!... ¡Vino!--Y como el camarero, previniendo el objeto de la
llamada, entrase trayendo en una bandeja de zinc dos botellas de
_Agustín Blázquez_ y algunos chatos y empezase a romper los lacres
trabajosamente para descorchar, el torero se la arrancó de las manos:
--¡Esto se _jace_ así!
Formó un anillo con los dedos, y, girando rápidamente la botella, saltó
el lacre.
Nieves, encantada de todo aquello, conceptuándolo muy castizo, muy
típico y hasta muy _chic_, palmoteó:
--¡Bravo! ¡Bravo!
_La Ansiosa_, sin hacer caso de los demás, prisionera por completo de su
nuevo amor, inclinose hacia Jimmi, descansando sobre el brazo del
Pierrot la enorme mole de sus ubres bovinas:
--¡Chaval! ¡Gitano! ¡Que te voy a querer!...--Y en el rostro enharinado
de luna llena, los ojos grandes y salientes, voltearon voluptuosos.
Sin entusiasmo ninguno por su conquista, sino por el contrario, harto
de su pesadez, Jimmi se dejó besar. Una aceituna disparada con certero
tino por la _Pechuguita_, que pueril, cínica y procaz, con su rostro
pálido y demacrado de cortesana enferma de tuberculosis, su flequillo de
paje y sus ojos burlones de golfo callejero, atalayábase entre Don
Simeón y Gorritua, vino a interrumpir el idilio, acompañado de amicales
apóstrofes:
--¡Ladrona! ¡Ansiosa!
Habían salido del baile Nieves y Jimmi con los tres toreros, cuatro
prójimas que estaban con ellos, más algunos amigos que se les
incorporaron. Ambularon por unos cuantos callejones silenciosos y
desiertos para llegar por fin al colmado que había de ser escenario de
la juerga. Una vez allí, en vez de penetrar por la tienda, cruzaron el
portal, internáronse por un pasillo largo y oscuro, atravesaron un
patinillo lóbrego, húmedo y sórdido, donde, de unas cuerdas, pendía ropa
puesta a secar; luego otro pasillo, otro patio, y, por fin, llegaron a
los reservados, construidos al fondo de la casa para mayor garantía de
discreción. Al ver el lugar, casi temeroso, donde les conducían, el
Arcángel anunciador buscó con sus ojos inquietos los de su amiga, pero
ella, posando de valiente, sacole la lengua con un gesto delicioso de
burla, y se echó a reír.
Ahora, en el gabinete con tabiques de madera que les servía de cenáculo
y en que apenas cabían las trece personas que formaban el elenco, a la
menguada luz de la bombilla eléctrica, prensábanse en torno de la mesa
cargada de botellas.
Nieves, deliciosa de inconsciencia, en sus labios carmesíes una sonrisa
de chicuela que, prisionera en la jaula de las fieras, creyese dominar a
los leones con una caricia de sus manitas de marfil, presidía entre
_Joselete_ y el _Marrón_. Frente a ella, Jimmi era disfrutado como una
presa--presa de juventud, de gracia y de vida--por la _Ansiosa_ y Pilar
la _Redicha_. La _Ansiosa_ ponía en la conquista toda la abundosa
exuberancia de sus pechos colosales y de sus caderas formidables; la
Pilar, en cambio, no era fea; un poco agarbanzada también, tenía, sin
embargo, una arrogancia castiza, una gracia muy madrileña, que vivía en
el ritmo entero de su persona, en sus ojos de gacela, grandes y oscuros,
y en su boca fresca y reidora. El _Serranito_, sentado junto a su
querida, permanecía mudo, melancólico y soñador, con los ojos fijos en
el espacio y los labios plegados por un rictus casi doloroso. Ella, la
_Vinagre_, era una mujer alta y delgada, artificialmente rubia; tenía
los ojos grises, fríos; la nariz larga y recta y los labios crueles;
arropada en el mantón alfombrado parecía friolenta; era muy antipática;
apenas bebía, y hablaba escupiendo las palabras con chasquidos secos,
como si siempre estuviese irritada con una irritación contenida,
rabiosa. Los demás--un sastre aficionado a los toros, un pelotari
bilbaíno, de cabeza amelonada, pelo rizado, apenas cubierto por la boina
de inverosímil pequeñez, rostro enjuto y anguloso y lacios bigotes, y
dos chulos sietemesinos, esmirriados y descoloridos--habíanse instalado
a la buena de Dios.
Todos reían; Nieves, contenta de sentir rugiente a su lado la bestia del
deseo, aquel deseo animal, salvaje, feroz, que tantas veces evocase
nostalgia ante las almibaradas palabras y las románticas razones de sus
admiradores. ¡Ah, el encanto de sentirse deseada hasta la violencia,
hasta el crimen! Los demás reían borrachos, estúpidos: la _Vinagre_, con
risa casi estridente; el _Serranito_, con una sonrisa pálida, que sólo
brillaba en los labios, mientras las pupilas tristes seguían el vuelo de
un ensueño.
_Joselete_ y el _Marrón_ hacían la corte a su manera a la aristocrática
muñequilla, y ella, inquietante y perversa, complacíase en excitarles
con miradas lánguidas, sonrisas prometedoras, algún furtivo apretón de
manos y tal cual fortuito pisotón; pero mientras ellos, cada vez más
excitados, se inclinaban hacia ella, los ojos dorados de reina de Saba,
buscaban los melancólicos ojos del gitano y tropezaban a veces con las
frías miradas de la _Vinagre_.
La _Ansiosa_ se inclinó hacia Jimmi:
--¡Tu boca, mi nene!... ¡gitano! ¡lucero! ¡cielo!... ¡me vas a querer tú
a mí!--Y trató de morder los rojos labios del chiquillo.
El la rechazó impaciente:
--¡No seas sobona!
--¡No me quieres!--gimió ella, con su vozarrón de vaca.
Jimmi se sintió chulo:
--¡Que te voy a querer! ¡_Amos_, tú estás _chalá_!
Mientras tanto, _Joselete_ formalizaba en toda regla el sitio que tenía
puesto a Nieves:
--Porque si usted quisiese, prenda, iba a ver lo que es un hombre.
Ella rió hermética, y mientras el torero, en rapto de mal contenida
pasión, se inclinaba para besar su mano, buscó con los ojos al
_Serranito_.
La _Vinagre_, alerta siempre por los rabiosos celos que todas las
mujeres despertaban en su desconfiado espíritu de mujer madura,
interceptó la mirada, y encarándose con la traviesa dama, apostrofó:
--¡Cochina! ¡puerca! ¡bribona! ¡púa!
Todos la miraron asombrados por el exabrupto, y el matador,
contemplándola severo, interrogó:
--¿Qué es esto? ¡_Pa_ gritar a la plaza de la Cebada! ¡A ver si va a
poder ser que te calles y no metas el remo!
La _Pechuguita_ intervino a su vez:
--¡Mujer! ¡no eres tú nadie chillando! ¿Qué mosca te ha _picao_!
--¡Que qué mosca me ha _picao_! ¡Que el _Serranito_ es mío, mío y mío, y
_na_ más que mío, y no me da la pajolera gana que venga ninguna señora
con su pan _comío_ a _camelármelo_! ¿estás tú?--Calló un instante, roja
de ira, y luego, con risa epiléptica y voz chirriante, ahogándose de
coraje, siguió:--¡Señoras! ¡señoras! ¡Ja! ¡Ja! ¡Aparte usted, hija, que
me tizno! ¡Señoras! ¡Y luego, en cuantito que ven unos pantalones!...
¡catapum! ¡adiós, señorío! ¡Señoras! ¡me río yo de _tantismo_ señorío!
¡Más señora soy yo, que me lo gano con mi cuerpo _pa_ gastármelo con un
hombre a quien quiero, que otras que yo me sé, que andan por ahí
presumiendo _pa_ luego venir a quitarnos lo nuestro!... Pues...
Joselete cortó airado, empuñando una botella en ademán de tirársela a la
cabeza:
--¡A ver si va a poder ser que te calles, burra, o te rompo los morros
de un botellazo!
Y como rezongando siempre, la prójima obedeciera, se encaró galante y
rendido con Nieves:
--¡Qué van a mirar estos ojitos de sol al banderillero, teniendo al
matador _mochales_ por ellos! ¿Verdad, lucero?--e inclinándose hacia
ella, intentó robar un beso a los labios de grana.
Pero Nieves, echándose hacia atrás rápidamente, rehuyó la caricia, y ni
corta ni perezosa le plantó una bofetada:
--¡Quieto!
La _Vinagre_ rió con cruel satisfacción:
--¡Anda! ¡_Pa_ que te metas con señoronas!
Los demás, conociendo la saña feroz del torero, aquella ira blanca que
hervía en él, sobre todo cuando tenía los nervios excitados por el
alcohol, le miraron temerosos; pero _Joselete_ pareció echarlo a broma:
--¡Mozo! ¡Vino!--Y siguió como si tal cosa. Sólo en los ojos había una
luz maligna, cruel.
Ahora era Jimmi el que se defendía de las mujeres:
--¡Basta de besos, que no soy el Niño de la Bola!
--¡Pero te quiero! ¡Te quiero, mi negro!--Musitaba la _Ansiosa_ con
suspiros que levantaban con sacudidas volcánicas la enorme pechera.
--¡Ay, nene! ¡Qué rico eres!--Y la Pilar le besaba anhelante.
Seguía la juerga. La _Pechuguita_ se había arrancado con una copla; los
chulos palmoteaban, y el peligro parecía conjurado. Pero Nieves, incapaz
de estarse quieta, deseosa de emociones fuertes, no dejaba dormir a las
fieras. Habíase encarado con el _Marrón_, que echado hacia atrás en la
silla, apoyada en la pared, el cordobés a la nuca, los cabellos
pegoteados a la frente por el sudor, desabrochado el chaleco y el rostro
abotargado, dormitaba la borrachera, y esbozando una caricia pasole la
mano por la cara e interrogó:
--¿Y tú, chotillo? ¡A ver si no te duermes!
El picador, despierto por el contacto de la piel perfumada, suave y
sedeña, lanzó un mugido de toro satisfecho y aprisionó el brazo. Comenzó
a cubrir de besos ansiosos los finos dedos y luego la palma de la mano.
Nieves le dejaba hacer risueña. Pero él, enardecido, seguía subiendo,
paseando por el brazo los gruesos labios. Entonces ella quiso arrancarle
la presa, pero él, brutal, enloquecido por el vino y la lujuria, la
mantuvo prisionera entre sus brazos, buscando ansioso con la boca voraz
la fresca boca de la chiquilla. Ella forcejeaba por desasirse,
bromeando primero, furiosa luego; sus manos caían sobre la cara enorme
del sátiro, abofeteándole sin piedad; las uñas de pétalos de rosa
clavábanse en la piel dura, áspera, curtida, haciendo correr la sangre;
pero él, sordo y ciego, insensible a todo lo que no fuera su sed de
posesión, se enardecía más y más.
La _Vinagre_ le animaba:
--¡Duro con ella!
Y el mismo _Joselete_, mostrando en una sonrisa mala los dientes de
carnívoro, insinuó burlón:
--¡Que te puede!
Nieves, vencida, sintiendo flaquear sus fuerzas, impetró auxilio de su
amigo:
--¡Jimmi, a mí!
Quiso él levantarse para ayudar a su compañera, pero la _Ansiosa_ le
echó los brazos al cuello:
--¡Déjala! ¡Qué te importa! ¡Tú _pa_ mí!
Jimmi sacudiole un puñetazo en pleno rostro que la hizo echarse hacia
atrás, manando abundante sangre por las narices.
Iba ya a levantarse el muchacho, cuando la mujerona tornó a caer sobre
él; no se podía decir esta vez si para matarlo o para poseerlo. Las
otras siguieron su ejemplo, y las tres arpías comenzaron a su vez una
lucha épica de mordiscos, besos, golpes.
De pronto, la bombilla eléctrica cayó rota y se hizo la oscuridad. En
las tinieblas seguía la lucha bárbara entre gritos, lamentos, gemidos,
juramentos y maldiciones. Rodó la mesa, y sobre ella cayeron todos en
montón, y en el suelo prosiguieron aún. En las sombras resonó,
angustiosa, la voz de Jimmi:
--¡Me han matado!
Hubo un momento de confusión y luego un impulso de fuga.
Cuando acudieron con luces, en el suelo, en el montón que formaba la
mesa hecha astillas, sobre el mantel manchado de sangre y vino, yacían
yertos, rígidos, inanimados, Nieves y Jimmi, como dos pobres muñecos de
cera.