LA NOCHE DEL WALPURGIS

I

--¿Will we go in?

--As you like.

Se miraron burlones y echáronse a reír. En los ojos de ambos brillaba el

mismo deseo, la misma perversa curiosidad de seguir la aventura equívoca

hasta el fin. Pese a los disfraces innobles que les sirvieran para, en

las propicias promiscuidades del Carnaval, embarcarse con rumbo a

aquella Citerea canalla, los dos tenían una elegancia frívola, alada y

aristocrática de personajes de la Comedia Italiana.

Bajo el blanco atavío de Pierrot (un Pierrot de percal, sórdido y

sucio), conservaba Jimmi la nobleza de su figura vagamente andrógina,

pero no afeminada, si no más bien pueril, resuelta y petulante, con una

gracia de héroe niño o de arcángel insexuado. Eso era, un arcángel. El

rostro correcto, voluntarioso; la boca pálida y sonrosada; los ojos

azules, cándidos, luminosos, y los largos y lacios cabellos de oro que

escapaban del gorro de punto negro, dábanle extraña semejanza con esos

vagos ensueños del hermafroditismo cristiano. Revestido de larga túnica

transparente y un nimbo de oro en torno a la cabeza, pequeña y bien

moldeada, o pertrechado de argentada coraza, casco incrustado de

pedrerías, flamígera espada entre las manos y grandes alas blancas,

hubiese servido a un Sandro Botticelli o a un Filippo Lippi para uno de

los ambiguos personajes que se yerguen sobre sus cándidos paisajes, un

Gabriel amenazador o un vengador San Miguel.

Frente a él, Nieves Sigüenza, más actual, más perversa, más complicada,

tenía un encanto ultramoderno, acre y voluptuoso de flor del mal, el

inquietante encanto de esos iconos que asomando entre las vestiduras de

oro muestran el rostro de marfil bajo su cabellera de negro jade. Era el

suyo de una blancura de hostia, absoluta, cegadora, sin matices ni

claroscuros, sólo interrumpida por la sangrienta sonrisa de los labios,

rojos como cerezas, gruesos, golosos, sensuales. Nimbando aquella

eucarística palidez, la cabellera de ébano, pesada, espesísima,

retorcíase en pequeños rizos. Los ojos...

...son regard qui voltige et butine

Se pose au bord de tout, prand a tout un reflet.

Sus ojos, grandes y luminosos, tenían bajo la sombra de las largas

pestañas negrísimas, una líquida transparencia de ámbar. El contraste

con las cejas aterciopeladas, de fino trazo, hacíanles aún más dorados,

más claros, dándoles la cabalística apariencia de dos grandes y tostados

topacios. Y aquellas pupilas de reina fabulosa miraban unas veces con

burlesco descoco de pilluelo y reflejaban otras una melancolía casi

dolorosa.

Y completando la figura frágil y graciosa de marquesa del siglo XVIII,

en tren de aventuras, bajo el hórrido capuchón de satín rosa, lazado de

verde manzana, asomaban los detalles de la mujer elegante: los zapatos

de terciopelo negro, hebillados de diamantes; las medias de transparente

seda, las manos finas, blancas, cuidadas, de uñas como pétalos de rosa.

Tornaron a consultarse con los ojos y tornaron a reír. Al deseo que se

leía en las pupilas de Nieves, respondían con su curioso deseo las de

Jimmi. Se habían quitado las caretas, y con pueril inconsciencia, como

si ignorasen los peligros que les rodeaban en el antro prostibulario

donde su enfermizo e inquieto decadentismo les llevara en busca de

sensaciones raras, sin prestar mientes a la curiosidad que su presencia

despertaba, ni leer los malos deseos--odios, concupiscencias, envidias,

lujurias--que se asomaban en las miradas como se asoman los criminales a

las rejas de la cárcel y las fieras a los barrotes de la jaula, reían

alegres.

Los tres toreros, en pie ante ellos, esperaban su respuesta.

Eran tres figuras muy diferentes. _Joselete_, el matador, representaba

el tipo clásico del espada, el torero que pintaron Goya y Lucas: bien

plantado y arrogante, pero tosco y vulgar, bronceado de rostro, de pelo

negro, áspero y rizado, ojos negros y brillantes y dientes blanquísimos

de salvaje; el traje _de señorito_ que vestía despegábase del cuerpo

fuerte, musculoso, que perdía la mitad de su plebeya belleza encerrado

en el antiestético atavío, y solo rimaban bien con su persona el grueso

calabrote de oro que pendía sobre el chaleco, sosteniendo enorme

herradura de pedrería, y las sortijas con gruesos brillantes ostentadas

en las manos grandes y ordinarias. El segundo, _el Serranito_, era un

torero de Zuloaga: alto, delgado, esbelto, casi aristocrático dentro del

atavío gris claro, tenía una distinción un poco cansada de raza. Su

rostro era enjuto, alargado, y en la morena palidez los ojos muy

abiertos, grandes, negros y profundos como la noche--ojos de petenera o

de saeta--, lucían melancólicos y soñadores con la serena tristeza del

alma mora. Sobre la frente noble, libre del cordobés echado a la nuca,

caían los sombríos cabellos, apenas ondulados. Por último, completaba la

trilogía Pepe, _el Marrón_, el picador. Era el tal un bruto; ni en el

rostro de gruesos belfos, chata nariz y frente estrecha, a que el pelo

cerdoso, espesísimo, recortado en el centro y peinado en tufos sobre las

sienes robaba toda nobleza, había el menor vestigio de inteligencia; ni

en los ojillos pequeños, turbios y saltones, vivacidad ninguna; ni en la

sonrisa que rasgaba los morrudos labios de negro cimarrón sobre los

dientes sucios, negros, podridos por el tabaco, el alcohol y el

mercurio, la menor simpatía. Era un animal salvaje que no pensaba sino

en comer, dormir y las hembras. ¡Las hembras! A la evocación de la mujer

sus labios se cubrían de saliva y sus ojos rebrillaban como los de los

chacales en la noche. ¡Las hembras! Ninguna idea sentimental, pasional,

ni aun utilitaria, despertaba su evocación en él, sino tan sólo una

lujuria feroz, rabiosa, exasperada, de fiera en celo. Vestía de corto, y

el castizo atavío marcaba más lo innoble de su figura; cuadrado de

torso, tenía las piernas y los brazos demasiado cortos, peludas y

gruesas las manos, y el cuello de toro, ancho, formidable, con venas

como sogas.

Como pasaba el tiempo y Nieves, en vez de responder, limitábase a mirar

a su amigo y a reír luego, _Joselete_ reiteró su invitación:

--¿Acepta _usté_?... La _convío_ con _er_ amigo a beberse una botellita

de _Agustín Blázquez_.

Pero venía un chulo--un chulo clásico de los de la antigua escuela:

traje perla, pantalón de talle, pañuelo azul al cuello y onda rizada

sobre la frente, a sacarla a bailar:

--Oiga usted, joven... ¡como me diga que sí, nos vamos a marcar una

polca usted y yo que ni los de la aristocracia!

Nieves ladeó la cabecita, estirando los labios con una mueca

deliciosamente pueril, de chiquilla voluntariosa a quien ofrecen algo

que desea, pero que quiere hacerse rogar. Y luego, de improviso, soltó

el fresco chorro de su risa cristalina y echose en los brazos de su

improvisado galán, con una entrega absoluta, como si en lugar de la

efímera posesión del baile, tratasen de otras más trascendentales

posesiones; echose con uno de esos impulsos de abandono frecuentes en

ella y que le hacían semejar a esas gatas mimosas que gustan de la

caricia, y al sentir la mano de su amo, cierran los ojos, esconden las

uñas y se dan con una pasividad de muerte. Volviendo el rostro hacia sus

interlocutores, ofreció:

--Vuelvo ahora mismo... Un par de vueltas...

Bailaban lentamente; el organillo, en un rincón, cantaba las cadenciosas

notas de una polca popular--uno de esos números zarzueleros que se pegan

al oído y que tararean las modistas al ritmo de la máquina y las

cocineras acompañadas por el chisporrotear de los sarmientos al

quemarse--, y Nieves, a los lánguidos acordes de la música, se movía con

ritmo voluptuoso. El chulo mantenía uno de los brazos rígido,

sosteniendo en su mano abierta la de su pareja, mientras que con la

otra, colocada un poco más abajo de la cintura frágil de la dama, la

oprimía contra sí. Danzaba pausadamente, muy serio, la cara casi

contraída por la atención, los ojos en alto, como si desempeñase papel

importantísimo en algún sagrado rito. Danzaba muy despacio, marcando el

compás con todo el cuerpo, deteniéndose un instante para, al atacar el

piano de manubrio una nota más viva, girar rápido y recomenzar otra vez

el lento balanceo. Nieves reía ante la gravedad de su pareja, tratando

de distraerle y de hacerle perder el compás. Sus ojos pícaros buscaban

los del galán, y sus labios, purpúreos y codiciables, se le ofrecían con

impudor burlón.

Pasaban las demás parejas--chulos pálidos, descoloridos, la color

enfermiza y los ojos grandes y tristes de bestias de amor, cernidos de

libores; señoritos achulados, guasones, chabacanos; horteras de

cursilería agresiva, presumiendo de chulos, de Don Juan y de elegantes;

artesanos de una alegría ruidosa, grosera, molesta, llevando entre sus

brazos hembras de enjalbegados rostros, en que el bermellón de los

labios formaba un contraste casi macabro con el albayalde de las

mejillas--; y los miraban curiosamente, con ironía un tanto despectiva.

Los amplios salones de «La Dalia», _sociedad recreativa de baile_,

hallábanse de bote en bote. Bien acreditados estaban los festejos que en

honor de madama Terpsícore verificábanse en el local; famosos eran los

_grandes bailes_ con que celebraban Gervasio, _el Rubio_, y Froilán

Cascajares, _el Chicuelo_, su beneficio; bailes que ellos, con singular

galantería (y advirtiendo que el ambigú corría por cuenta de los

organizadores), dedicaban «A las señoritas siguientes: a las hermanas

Frascuelo, a Rosario (la _Descarada_) y su hermana Petra, a Vicenta (la

_Modista_) y sus tres primas, a Lucía R., a Juanita y su hermana

Sinforiana, a Josefina Gómez, y a los señores siguientes: a los cuatro

amigos de Gervasio, a Ramón (el _Chofer_), a la pareja de baile

Fuentes-Oñoro, al distinguido matador de novillos-toros _el Pelusa_, a

Diego y Nemesio y a Don Romualdo Cazorro y a toda su distinguida

clientela.» Pero aquel no era un baile así como así, si no un festejo de

carnaval, un _Gran baile de trajes_, organizado por la _Sociedad

recreativa El Jipi-Japa_, y dedicado a todas las _artistas de varietés_

y camareras de Madrid, y como tal, la concurrencia, además de numerosa

era de _èlite_.

Las dos grandes salas que formaban _la sociedad_ hallábanse adornadas

para tan trascendental acontecimiento, además de las bombillas

eléctricas (pocas y de no muy rutilantes resplandores), y de los

carteles de toros que, pegados sobre el papel oscuro, con flores doradas

de los muros, constituían el habitual decorado, por policromas

guirnaldas, tejidas con cadenas de papel, cruzadas en todas direcciones.

En el primer salón hallábase la cantina (_ambigú_ llamábanlo

pomposamente), con cuantos bebestibles inventaron la naturaleza y la

química, y en el segundo el organillo, y a su lado Serafín, _el de la

Polita_, que muy fachendoso, con su abotinado pantalón tórtola y su

negra americana de altas hombreras, no cesaba de dar vueltas al

manubrio.

Los disfraces eran pocos y vulgares, y si de algo pecaban, no podía

decirse ciertamente que fuera de lujosos. De hombres apenas veíase algún

horterilla vestido de patudo bebé, o tal cual tendero de comestibles,

que en plena madurez ya, desahogaba su vehemente necesidad de hacer el

burro, escondiendo la redonda panza en astrosa indumenta de diablillo,

ocultando el curtido rostro, de grandes bigotes negros, en una careta de

perro, arrastrando mugriento rabo y adornando su frente con dos cuernos

(además de los que por clasificación le correspondían) de pelote y

percalina. Con el sexo débil ya era otra cosa. No que abundasen los

disfraces, pero los que había presentábanse más limpios y cuidados que

los masculinos. Fuera de unos cuantos trajes de niño chico que permitían

lucir las pantorrillas a sus dueñas, de un par de atavíos de torero en

traje de calle que servían para mostrar formas de exuberancia tentadora,

de algún disfraz de albañil que hacía las veces de válvula al

androginismo grosero de tal cual prójima, lo que dominaba eran los

mantones de Manila. Las arreboladas rosas, los purpúreos geráneos y los

claveles de color de fuego envolvían los cuerpos, que bajo el gayo iris

y entre los pliegues blandos, suaves, moldeadores del crespón, aparecían

más garbosos, más finos, más llenos de ritmo y elegancia. Y entre

aquella orgía de colorines, los rostros asomaban con una inquietante

semejanza de combinación de espejos cóncavos y convexos. Efectivamente,

fuera de unas cuantas mujeres que, sudorosas, despeinadas, el moño

torcido y las ropas en desorden, bailaban, denunciando en su falta de

gracia, en la torpeza de sus movimientos tardos y pesados y en su

antiestética indumentaria, su calidad de criadas o menegildas, y fuera

también de unas pocas que, más modositas y recatadas e inseparables de

un mismo varón toda la noche, podían clasificarse entre el comercio

modesto, las demás eran iguales. Gordas o flacas, altas o bajas, rubias

o morenas, todas se parecían con un extraño aire de familia. Parecían la

misma; la misma, con zancos o en cuclillas, con peluca rubia o negra, en

los huesos o con exagerados rellenos, pero la misma siempre. Todas

tenían el mismo rostro blando, fofo, embadurnado de rojo; las mismas

mejillas marchitas bajo el carmín; iguales labios chorreando bermellón;

idénticos ojos pintarreados; peinados semejantes.

Bailaban las unas muy lento y muy ceñido, casi con tanta solemnidad como

sus parejas ventilaban las otras por los rincones sus diferencias con

algún galán; dos o tres, echándoselas de rumbosas (¡ellas tenían siempre

cinco duros para gastárselos con un hombre!), obsequiaban en el _bufet_

a sus chulos; no unos chulos así como así, a la antigua, sino chulos

_modernistas_, de los de _jersey_ y gorra con vistosas insignias de

fantásticos _clubs_, chulos _sportsmants_, como si dijésemos maestros en

artes mecánicas, _chauffeurs_ y aviadores.

Acababa la polca; el organillo emitió algunas notas vertiginosas y calló

súbitamente con un golpe seco, sin que las armonías se prolongasen en

sonoras ondas, como sucede con otros instrumentos musicales. Nieves

volvió al grupo en que los tres toreros esperaban su respuesta. Jimmi la

interrogó:

--Con que tú dirás... Estos señores aguardan tu contestación.

Sonriendo picaresca, mientras los ojos de princesa remota les desafiaban

cínicos y tentadores, formuló:

--¿De veras tienen tanto empeño en que vaya?

_Joselete_ se encargó de dar una respuesta galante:

--¡Figúrese usted!... ¡Siempre hay ganas de ver una mujer bonita de

cerca!

Conquistada por el piropo rió, aceptando.

--¡Pues vamos allá!

El pecado y la noche · 第 22 / 62 题