HERMAFRODITA

Vers l'archipel limpide, ou mirent les Iles.

L'Hermafrodite nu, le front cenit de jasmin,

Épuise ses yeux verts en un rêve sans fin;

Et sa souplesse torse empruntée aux reptiles,

Sa cambrure élastique et ses seines érectiles

Suscitent le désir de l'impossible hymen,

Et c'est le monstre éclos, exquis et surhumain,

Au ciel supérieur des formes plus subtiles.

La perversité rôde en ses courts cheveux blonds

Un sourire éternel frère des sous profonds

S'estope en velours d'ombre a sa bouche ambiguë,

Et sur ses pales chairs se traîne avec amour

L'ardent soleil païen, que la fait naître un jour

De ton écume d'or, ô Beauté suraiguë.

Albert Samain.

I

Primero había sido la palabra grave, sonora, un poco enfática y engolada

de Don Clodoveo Zurriola, el sabio arqueólogo, la que en períodos

acabados, correctos, académicos, que armonizaban bien con la noble

serenidad de la fábula griega, narrara la historia del hijo de Hermes y

Afrodita. La figura venerable del escritor, que suplía con la rigidez lo

escaso de la estatura; su gesto sobrio, pero oratorio y elegante; su

empaque un poco finchado dentro de la corta y estrechísima levita,

adornada en el ojal por multicolor roseta, y del enorme cuello que

aparecía en dos inacabables picos por cima de la formidable corbata,

sostenida con un camafeo, sentaban a maravilla al severo decorado del

salón. Pero lo que sobre todo daba suprema nobleza al viejo caballero

era el rostro, un rostro de pergamino en que lucían dos ojos azules,

claros y serenos, ojos de niño o de poeta habitante de una Arcadia

feliz. Completaban el conjunto larga perilla de plata y nevada trova

que nimbaba de luz la cabeza. Hablaba lentamente, mejor dicho recitaba

su prosa con enfática entonación, cambiando de registro según convenía a

la índole de los períodos descriptivos, trágicos o jocosos, hacía largas

pausas y sabía rematar las parrafadas.

Mientras peroraba, sus manos blancas y delgadas de patriarca bíblico

trazaban un gesto abarcador, y de vez en cuando posábanse en la amplia

frente. Gustábale de recrear a aquellas señoras con alguna de las

leyendas de la mitología griega, en que mezclaba con su portentosa

erudición un humorismo un poco pueril, muy _vieux jeu_, pero honesto,

limpio y de buen gusto.

Oíanle ellas embelesadas, pese a su gran recato y a lo escabroso de los

asuntos, que abundaban en episodios asaz libres; pero la mitología tiene

eso: aun en los momentos en que narra las liviandades a que tan

aficionados mostrábanse los señores del Olimpo, aun en aquellos otros en

que nos presenta las mayores aberraciones, hasta cuando Parsifae se

entrega bajo la apariencia de una vaca de bronce a las caricias del toro

o Calimante pone sus pecaminosos deseos en el melenudo rey del desierto,

incluso en las creaciones de equívocos personajes, hay en ella una

diafanidad, una serena fe en el amor y la vida, que permite a los oídos

más pudibundos y fáciles de ofender escucharla sin menoscabo de su

honestidad. Guardan los amores y aventuras de dioses y diosas, de héroes

y ninfas, de reinas y monstruos, sobre todo evocados por la severa

palabra de un sabio-poeta, un no sé qué de estatuario, de ecuánime, de

plástico, que ahuyenta toda idea de lubricidad y de morbosa delección.

La mitología fue esencialmente moral. Era, sí, la religión del amor;

pero, al mismo tiempo, era la religión de la Naturaleza, de la fuerza,

de la juventud. Nunca el espíritu ha estado más lejos de la carne; la

carne vivía y el espíritu somnolaba plácidamente alejado de enfermizas

inquietudes. Nuestras almas son como el mar, como él tienen sus mareas,

su movimiento de aproximación y de retraimiento; sino que en ellas es al

través de los siglos. Hay momentos en la historia de la humanidad en que

las almas han estado a flor de piel, y es el momento de las inquietudes,

de los grandes pecados y de los monstruosos impulsos de santidad. El

amor tiene el perverso encanto del pecado, y no es el _amor_, es algo

macerante que puebla las noches demasiado castas de calenturientas

aberraciones. En otros períodos, al contrario, el alma duerme y la carne

reina. Entonces se ama con impudor inconsciente, las mayores

aberraciones parecen juegos de niños egoístas; apartan los humanos de

su lado a los débiles, a los deformes, a los tristes, y si alguna vez se

mata es con un gesto magnífico de desdén por la inutilidad de los

viejos, de los enfermos o de los cobardes. En la India, en Egipto, en

todos los países del remoto pasado, fue el reinado del alma; en Grecia y

Roma triunfó el cuerpo y fue como un paseo victorioso de Venus y Baco a

través del mundo entre faunos, sátiros, silvanos y tigres y panteras,

montadas por bacantes coronadas de pámpanos. En la Edad Media la carne

torturada por el ayuno y las disciplinas agoniza entre alucinaciones, y

el espíritu bulle siniestro como un fuego fatuo: es el tiempo de los

iluminados y los poseídos, de las brujas y de los quirománticos, de

Prelatti y Gilles de Rais.

Contó, pues, Don Clodoveo, la historia de Hermafrodita, su peregrina

belleza y cómo sorprendido en el momento de bañarse en una fuente

situada en las cercanías del Halicarnaso por la indiscreta y seguramente

no muy pudibunda ninfa Salmacis, enamorose ésta perdidamente del apuesto

mozo. Describió los desdenes con que el doncel agobiara a la infeliz

enamorada, y por fin la gracia que, presa de loca desesperación, imploró

ella de los dioses, de fundirse en una sola persona con su amado, y aún

hizo algunas veladas y discretas alusiones a cómo, concedido tal favor,

conservara el nuevo ser los caracteres de ambos sexos.

Hasta aquí habíanse mantenido las cosas en las serenas esferas de las

especulaciones estéticas, pero comenzaba a llegar gente joven procedente

del Real y de otras tertulias, y con ellos vientos revolucionarios. Las

últimas palabras del sabio prestáronse a chirigotas, salieron a relucir

anécdotas picantes, y las malas lenguas emprendieron la caritativa tarea

de disecar a los amigos ausentes.

Doña Recareda Witiza, que acurrucada en su sillita de tijera, la

inseparable labor de gancho entre los dedos y las gafas en la punta de

la nariz, había escuchado la narración embebecida y sin comprender muy

bien aquello de los dos sexos, que, como lo de la manzana del Paraíso,

lo del sacrificio de Santa María Egipciaca, las tentaciones de los

Padres del yermo y tantas otras cosas, era para sabido, creído y aun

admirado, pero no para que una mujer honrada metiese las narices en

ello; comenzaba a sentir sobresaltos ante las pseudoprocacidades de la

juventud.

Doña Elvira era una institución en aquella casa; lloviese o hiciese

luna, helárase el aliento o asáranse los pájaros, allí estaba ella,

sentada en su sillita de tapicería, sin darles paz a los dedos,

escuchando atenta y alzando, cuando oía algo que le causaba gran

efecto, los ojillos grises por cima de los redondos quevedos de plata.

Bajita, menuda, lisa como una tabla, sin que ni pecho ni caderas

acusasen su feminilidad, tenía, pese a su frágil contextura, cierta

apariencia masculina agravada por el rostro desproporcionado, demasiado

grande para la pequeñez del cuerpo. Era el suyo un rostro largo,

arrugado, bigotudo y hasta con algo de barba; la nariz de gancho; la

boca grande, de gruesos labios y dientes caballunos, puntiagudos y

amarillos, y la frente anchísima, coronada de escasos cabellos grises,

dábanle aspecto hombruno. Sabíalo ella e irritada por aquella jugarreta

de la naturaleza, exageraba lo menudo de sus gestos, ya harto dengosos,

y atiplaba su vozarrón de bajo profundo. Si bien con ello no conseguía

ser completamente femenil, en cambio adquiría el ambiguo aspecto de esos

viejos pulcros, atildados, untuosos, que pasean por los jardinillos de

las plazas públicas en las primeras horas de la noche su sonrisa húmeda

y sus pupilas lascivamente escrutadoras. El sencillo hábito del Carmen

que vestía siempre y los gruesos zapatones en que escondía sus pies,

desentonaban con la elegancia de las damas que desfilaban por el salón;

pero la condesa, verdadera gran señora a la antigua española, mujer de

corazón, aleccionada además por el destierro y los años, era consecuente

con sus viejos amigos y no olvidaba a los que fueron buenos con ella en

los días de prueba; y si, mujer de mundo, acogía con una sonrisa de

benévola complacencia y una buena palabra a las elegantes que acudían

todas las noches a casa de _tía_ Malvina, porque era _chic_ y tenía un

_gran aire_ hacer una paradita allí después del Real y de otras

tertulias de trueno, guardaba las efusiones de su generoso corazón para

sus amigas _de siempre_, y en boca de la dama aquel _siempre_

significaba muchas cosas.

Era la tertulia de la condesa de Campazas cosa única en su género. En

primer lugar la composición de la escena no tenía nada de teatral.

Aquello no era una decoración _para interior de casa grande_ (término de

entre bastidores, que viene aquí como anillo al dedo). Ni reposteros

blasonados, ni fantásticos retratos de guerreros y obispos, ni armaduras

históricas; nada. Fuera quedaba el estrado, más solemne (aunque tampoco,

a decir verdad, con pretensiones de feudal, si no más bien tocado de la

amazacotada elegancia que a mediados del siglo XIX presidiera el triunfo

de las plutocracias), con su zócalo de madera imitando mármol, su techo

de falso artesonado blanco y oro, las paredes revestidas de raso

amarillo _capitoné_, lunas encerradas en marcos enormes, arañas y

brazos de pared de cristal y bronce, pesados, de mal gusto y hasta un

tanto de pacotilla, y muebles grandes dorados, recargados de molduras,

sin la suntuosa armonía de Luis XV ni la gracia alada del Luis XVI; y en

contraste con tanta cosa fea y como sello de la estirpe, dos retratos de

Goya prodigiosos--un caballero de ancha frente, penduliforme nariz y

mandíbula prominente, vestido con bordado casacón de terciopelo azul, y

una dama pícara de ojos, golosa de labios, fosca de cabellera y morena

de color, muy grácil y movida en los albos tules de su traje, que se

rasgaba en cuadrado escote mostrando el provocativo repujado de los

senos--. También veíanse en la sala dos braseros, pues la condesa, pese

al calor de las chimeneas, no renunciaba al clásico artefacto que, según

ella, fue su único compañero en algunas veladas del destierro. La sala

también, a última hora, llenábase de gente; quedaba para los extraños,

sin embargo, mientras Doña Malvina con los de su tertulia preferían el

billar. Aquello ya era otra cosa, aunque tampoco un dechado de buen

gusto, pues en aquellos días de mescolanzas de estilos en que triunfaban

los muebles de _Boule_ y los rasos abullonados, época cuya

característica podría considerarse el reinado del tapicero, el mal gusto

era endémico; el billar tenía un aspecto más familiar, simpático y

habitable. Sobre las paredes de damasco verde lucían algunos cuadros,

casi todos modernos. Dos marinos de Monteleón, una Sagrada Familia, que

si no fuese por aquello de que la intención salva, hubiese valido el

fuego eterno a su perpetrador; unas monjas de Franco, dos cuadros

pintados por la dueña de la casa--paisajes de una Bucólica feliz--una

Concepción de colorido chillón y otra atribuida con algún fundamento a

Antolínez, el Malo. La mesa de billar, de troneras, aparecía cubierta

por un paño de peluche rojo con aplicaciones de bordados antiguos, y los

muebles, salvo la mesa, que cubría un tapete bordado también en oro y

sedas, eran amplios y cómodos, tapizados de paño verde con franjas e

iniciales de paño negro.

En aquel ambiente familiar encontrábase la condesa a gusto, rodeada de

sus íntimos, _sus fieles_ llamábales ella cariñosamente. Para ser

admitidos en tal intimidad no eran menester sino dos cosas: talento y

corazón. Allí la gente no era lo que representaba en el mundo, sino lo

que merecía ser. No había valores convencionales, que el gran espíritu

de bondad y de rectitud de la dama, defendidos por su prestigio y

posición, rechazaban, si no valores reales. Luego, a última hora,

tocábale el turno a la feria de vanidades pero a prima noche sólo

formaban los elegidos.

Componían la tertulia seis u ocho invitados a mesa (clásica, española,

sencilla y abundante) y cuatro o cinco más que llegaban al café. Allí,

en primer lugar, y como uno de los habituales, Facundo Robledo, el gran

político, el árbito de la Restauración, hacía pinitos literarios, decía

chistes de _su pueblo_, y hasta alguna vez, excitada su confianza y buen

humor por la cordialidad que flotaba en el ambiente, mostraba, como uno

de esos modernos ilusionistas que fían más en su arte que en la

curiosidad del público, los secretos de la política menuda. Allí también

Manuel Salgado, el estilista portentoso, abandonadas las palmetas de

crítico y el cincel de artífice único, contaba, con el gracejo de la

tierra de María Santísima, cuentos subiditos de color. Junto a ellos, el

general marqués de San Florentín defendía los viejos moldes y recitaba

con énfasis versos de Don Juan Nicasio Gallego, de Hartzenbusch y de

García Gutiérrez. El general era un escritor menos que mediocre, pero

por aquellos tiempos de generales poetas y curas guerreros había

alcanzado gran boga, y así como era moda entre las damas tener un

retrato pintado por el duque de Rivas, éralo también guardar en el

álbum de tapas de peluche y bronce una composición poética en que las

Musas colaboraron con harta mala gana. Aquello era lo más saliente de la

tertulia; como discretos comparsas había otras gentes oscuras, cuya

única razón de ser era su amistad con la condesa; gentes que en el

destierro fueron amables con la gran dama y que cuando hallábase sola

ofrecieron el noble homenaje de las personas de corazón a las majestades

caídas; un pintor de historia premioso, machacón, pesadísimo, acompañado

de su esposa, mujer insignificante, y de su hija, una señorita redicha,

que ahuecábase constantemente los pompones de la falda y abría y cerraba

el abanico dengosamente a cada instante; Doña Recareda y dos o tres

insignificancias más.

Y presidiéndoles a todos, con su aire inimitable de gran señora, fresco

el rostro a pesar de los años, los blancos cabellos cubiertos por la

negra cofia, y por los hombros la manteleta de encaje, que prendía al

pecho con antiguo broche de lapizlázuli y brillantes, la condesa

sonreía, abanicándose lentamente con uno de aquellos admirables abanicos

que constituían su pasión. Porque los abanicos eran su vicio: teníalos

de oscura concha, incrustada de oro y plata a la moda del reinado de

Luis XIV; de nácar, con soberbias incrustaciones, como los que en

algunas escenas violentas de la Corte rompieran las blancas manos de la

Pompadour; de largas varillas de marfil, con pintadas miniaturas, como

los que entre los dedos de la Dubarry señalaron a los Borbones la ruta

de la guillotina.

Era la condesa de Campazas mujer de talento extraordinario: sabía hablar

sin pedantescos desplantes, pero con la autoridad que le daban los años

y la experiencia, y lo que es mejor, tenía el raro arte de saber

escuchar. Con singular gracejo ponía el comentario, lleno de filosofía,

o colocaba un chiste de buena ley, terciaba en las discusiones

acaloradas, suavizaba asperezas de juicios apasionados, velaba la broma

con exceso subida de color, y, sin ofender al maldiciente, echaba un

capote por el ausente amigo.

Aquella noche, sin embargo, las horas habíanse deslizado gracias a la

serena palabra de Don Clodoveo Zurriola, con una placidez que, puesto

que a ella contribuían las ninfas y pastores de la fábula, podemos

llamar pastoril. Aún no había acabado el sabio su disertación y el grupo

de oyentes (cuyas exclamaciones y dicharachos asustaban a la Witiza),

engrosado, llegaba ya al salón.

Iban llegando damas procedentes del Teatro Real, donde la Saralto había

cantado un _Bale in Maschera_, y junto con ellas los muchachos que

hacían su escala allí antes de irse al _Veloz_ a tirar de la oreja a

Jorge, y los viejos del palco de _la Infantil_, más entusiastas de la

bella tiple que de la ópera, que, por no ser menos, seguían la misma

ruta de los muchachos.

Pero ni la voz admirable de la Bezké, ni los devaneos de la Sanz, ni los

simpares gorgoritos de la Patti, consiguieron distraer la atención del

primer sujeto. Había, por el contrario, tomado la palabra Ramón Alvarez

de Simancas, uno de los recién llegados, y con su estilo jocoso,

desvergonzado, hacía la aplicación de la fábula de Hermafrodita a

algunos amigos y amigas ausentes.

Alto, fornido, guapo, con varonil belleza, era arrogante, bravucón,

rendido con las damas, a las que trataba con una mezcla extraña de

respetuosa pleitesía y atrevimiento, confianzudo, mirándolas siempre en

mujer, nunca en señora; sencillo con sus amigos, altivo con los

extraños, aficionado con exceso a cuentos y chascarrillos verdes.

Constituía el tipo perfecto del antiguo elegante español, antes que el

sport convirtiérale en una caricatura del extranjero, transnochador,

aficionado a alternar con pelanduscas y toreros, dado a la burla,

apasionado de la fiesta nacional, jugador y pendenciero.

Contaba ahora la historia de cierta dama que, culpable de lesbiana

pasión por una amiga suya, no había discurrido mejor ardid que en una

noche de fiesta escabullirse del salón, merced al bullicio, e irse a

esperarla en su propio lecho.

Y proseguía su historia, contando cómo cierto galán, harto audaz en

lides de amor, y animado por no sé qué insinuaciones de la dama, decidió

seguir la misma ruta que la descarriada señora, y cómo, tras un discreto

desposeerse de ropas en la oscuridad, habíanse encontrado entre las

sábanas, con los episodios a que tan donosa equivocación dio lugar. El

salón entero, convertido en Decamerón por obra y gracia de aquellos

cuentos dignos del señor de Bocaccio, reía de buena gana la

desvergonzada aventura. La misma condesa sonreía benévola; sólo Doña

Recareda, estremecida de horror, ansiaba que se la tragase la tierra

para no ver profanados sus castos oídos con tales aberraciones, y miraba

a todas partes buscando la manera de escapar. Imposible. El salón

rebosaba gente. ¡Y qué gente!

En pie, junto a la mesa de billar, la duquesa de Lorena escuchaba

risueña, reverberando en el esplendor de su distinción suprema. Era una

belleza del norte, fría y dura, que por su boda con el duque de Lorena

había venido a ocupar uno de los primeros puestos en la sociedad

madrileña, ciñendo sus sienes, que en lejano país de brumas oprimiera la

diadema de los Príncipes mediatizados, con los ducales florones de los

Grandes de España. Tenía un aire portentoso, una elegancia señoril que

se reflejaba en sus menores gestos, una nobleza innata, inimitable. Su

perfil correcto, enérgico, sus ojos dominadores y sus labios desdeñosos,

aislábanla en una impenetrabilidad de diosa. El cabello castaño caía

sobre la frente en abundantes rizos, que escalonándose por la cabeza,

concluían en la nuca alabastrina en catarata de pequeños bucles; el seno

blanco, nevado, emergiendo del cuadrado escote del vestido, servía de

estuche a soberbio collar de perlas negras; el corpiño de raso corinto

oprimía el talle inverosímil, y mientras por delante formaba largo pico

sobre el delantal de terciopelo, de igual color que el vestido, bordado

en dorados vidrios, por detrás formaba graciosas aldetas que caían sobre

los pomposos _petits motives_ de raso, sostenidos, primero por el oculto

polisón, luego por grandes golpes de abalorios, y acabados por fin en

larga cola redonda, pomposa, frufruante, prendida a la enagua de

almidonados encajes por grandes lazos de seda. Y completando el

conjunto, tenía brazos de estatua, que enfundados hasta el codo en las

estrechas mangas, ocultábanse luego en largos guantes de Grecia; y poco

más allá, y compartiendo su atención entre las historias y las tonterías

que murmuraba a su oído Fernando Román, Julia Rialta, morena, graciosa,

vivaracha, más morena aún en el traje de gro rosa con grandes _poufs_

lazados de terciopelo negro, triunfaba en su castiza gracia de madrileña

neta. Junto a ella, Felisa Zamora sonreía, sonreía siempre con su eterna

sonrisa estereotipada, contenta de su belleza de Ofelia, de sus cabellos

de oro pálido, que, tras partirse en dos rizos sobre la frente, formaban

gruesa trenza en torno a la cabeza; de sus ojos cándidos, azules de

cielo; de su blancura maravillosa de nardo, que lucía entre el tul

celeste del escote, en forma de corazón, y de su talle inverosímil. Era

tonta, con tontería inofensiva de grabado de modas; ahora mismo,

mientras los demás hablaban, ella estaba pendiente de no descomponer los

frágiles pompones de pálido matiz azulado, que sostenidos sobre la falda

de pequeños volantes por guirnaldas de rosas salvajes, constituían la

obra más elegante que salió jamás de las manos de Worth.

En contraste con ella, toda malicia, gracia e inteligencia, la baronesa

de Montevideo, sentada en un _puf_ turco, vestida toda de raso coral con

guiones de terciopelo azul; menuda, frágil, los ojos verdes de gata, y

el pelo de oro rabioso subrayaba los equívocos con risitas burlonas o

hacía comentarios cortantes como filos de cuchillo, y daba empujones con

el codo a Escipión Cimarra, que pretendía compartir el asiento con ella.

La Witiza se sintió anonadada. ¡No podía salir! Y las cosas tomaban cada

vez peor cariz. Ahora habían dejado a un lado las historias burlescas y

tocábale el turno a las narraciones truculentas. El marqués viudo de

Casa Guzmán contaba cosas horribles, misteriosos hechos, fenómenos de

transformación, raros caprichos de la Naturaleza; descubría monstruos

humanos, casos de locura... La conversación despeñábase por los abismos

de la pesadilla, y como en los cuadros de Bosco o en las aguas fuertes

de Goya, iban y venían en raras zarabandas seres absurdos, criaturas

híbridas, que se contorsionaban saliendo de lo grotesco para entrar en

los linderos de lo doloroso.

Doña Recareda no pudo resistir más, y poniéndose en pie se despidió de

la condesa:

--Yo me voy.

--¿Pero ha venido ya Rosendo--Rosendo era un viejo servidor de la

Witiza--a buscarte?--interrogó la dama cariñosamente.

Habíase dado perfecta cuenta del malestar de su amiga; si hubiese

habido menos gente, hubiese intentado cortar la conversación; pero con

la casa llena era punto menos que imposible. Además, no la gustaba

actuar de _dómine_, y mientras permaneciesen en los límites que marca la

buena educación, prefería dejarles en libertad de desbarrar.

Doña Recareda mintió por primera vez en su vida:

--Sí, ya me han avisado.

--Pues no he oído nada--murmuró extrañada la dama.

Cruzó la vieja el salón haciendo equilibrios para no pisar las colas que

se abrían en insolentes abanicos, y repartiendo reverencias, que la

Montevideo calificó burlescamente de _reverencias para uso de artista

pedicure en Versalles_, llegó al fin a la antesala, fría y

destartaladota, adornada con dos o tres reposteros y algunos bancos.

Allí esperaría. ¿Que estaban los criados? ¡Bah! Eran viejos servidores

respetuosos, que la conocían bien y la rendirían pleitesía y que

seguramente no contarían cuentos verdes delante de ella. Pero ¡sí, sí!

¡No contaba con la huéspeda! Para evitar a las señoras la molestia del

humo y para hablar con más libertad, habíanse salido allí unos cuantos

muchachos a fumar un cigarro, y en cuanto la vieron rodeáronla con

afectuosas cuchufletas. Desesperada la infeliz, decidió partir, aunque

hubiese de esperar en la escalera la llegada de su criado, y zafándose

de sus manos, salió.

Estaba de Dios que en ninguna parte pasase tranquila aquella infausta

noche. Como a los viejos Padres del desierto, Satanás entreteníase en

ponerle a cada paso, ante los ojos, un cuadro de disolución o una imagen

de pecado. En el último descansillo de la escalera, Petra Galván hablaba

con Gaspar Monóvar, y el calor con que discutían y la distancia que les

separaba no eran precisamente los exigidos por el recato. Doña Recareda

Witiza creyó que su sola presencia tendría la virtud de separarles y

hacerles tornar a los senderos del bien; pero se equivocó. La Galván

limitose a alzar sobre sus hombros, iluminados por los fulgores de

soberbio collar de esmeraldas, la amplia capa de seda blanca, forrada de

albas pieles de cabra del Tibet, y dando un puntapié a la cola de

terciopelo café, forrada de raso café con leche y bordada en cuentas de

colores, siguió hablando como si tal cosa con el apuesto húsar, que a su

vez limitose a pasar una mano acariciadora por la sedosa barba negra,

partida por raya central.

Después de poner su pensamiento en Dios, la buena señora tomó una

resolución heroica. Se helaría en el portal, pero prefería cualquier

cosa a la contemplación de tales vergüenzas. Abrió la puerta y... estuvo

a punto de desmayarse. En el amplio zaguán, enarenado, bajo la vacilante

luz del farol central, los cocheros y lacayos, con sus gorras de visera

y sus capotones oscuros, cubiertos por siete esclavinas de vivos

chillones--el amarillo, el rojo, el verde de la heráldica de

librea--hablaban, y lo que es peor, retozaban con retozos de faunos

salvajes con cuatro o cinco ninfas callejeras, que entre pellizcos,

achuchones y encontronazos, reían, aullaban y barbarizaban. ¡La

apocalipsis! ¡Y para eso Dios había redimido al género humano!

Indudablemente el fuego del cielo volvería a caer para arrasar tanto

pecado como antaño cayó sobre las urbes malditas. ¡Las ciudades de

Pentápolis quedaban en mantillas ante tanto vicio triunfante! Pero

mientras las divinas llamas venían a purificar el fango, el ángel que

había de ser guía del justo (encarnado ahora en la vulgar figura de

Rosendo) no llegaba, y Doña Recareda decidió irse sola. ¡Todo menos

quedarse allí! Santiguose mentalmente, y como quien en los horrores de

un naufragio se echa al agua, lanzose a la calle.

Deprisa, muy deprisa, con andares hombrunos, subió la calle de Segovia.

Por aquel camino, cruzando la de la Pasa, la Plaza del Conde de Barajas

y la Escalinata, en un momento estaba en la Plaza Mayor, y de allí al

Postigo de San Martín, donde vivía, no había más que un paso. El camino

érale harto conocido, y lo modesto de su atavío la ayudaba a pasar

desapercibida, de modo que, fuera de los encuentros con las nocturnas

palomas y con algún rezagado borracho, nada había que temer.

En Puerta Cerrada respiró. Pese al valor que procuraba infundirse

repitiendo a cada paso y como entreacto a las oraciones que rumiaba para

impetrar auxilio de la Providencia frases alentadoras: «Estoy a un paso

de casa». «En dos minutos estoy en mi calle». «A lo mejor me tropiezo

con Rosendo». Iba temblorosa y llena de pavura. Las extrañas historias

oídas en casa de la condesa bullían en su cerebro, poblando su

imaginación de raros monstruos. Las escenas más absurdas--escenas de

Sabat en que se mezclaba lo lúbrico y lo terrible--aparecíanse ante ella

con una claridad de linterna mágica. Como las monjas poseídas por el

_Malo_ de la Edad Media, veía poblarse la noche de seres absurdos,

inclasificables, dotados de los más extraños e indescriptibles

atributos. Y los monstruos enlazábanse y desenlazábanse en nunca vistas

combinaciones, hacían muecas lascivas o burlonas, tejían guirnaldas de

cuerpos deformes, y entre aullidos y risotadas, que sonaban alucinantes

en sus oídos, se desvanecían en las tinieblas.

Apretó el paso, y cruzando rápida el callejón de la Pasa, llegó a la

Plaza del Conde de Barajas. Al desembocar en ella sintió una impresión

de inmensidad o de vacío y se detuvo con el corazón oprimido por súbita

angustia. Parecíale hallarse ante un precipicio sin fondo, abismo de

negruras o enorme lago de quietas aguas turbias y verdosas; o mejor aún,

haber llegado a la inmensa plaza de una ciudad muerta, donde no quedaban

ni vestigios de la vida remota que en ella debió haber antaño. La

atmósfera transparente y fría y el cielo de una serenidad polar,

contribuían a la sensación de soledad y quietud mortuorias. Dominose;

santiguándose cruzó la pequeña explanada y tomó la calle de Cuchilleros.

Helada de espanto tornó a pararse. Ahora escuchaba tras de ella pisadas,

pero no unas pisadas vulgares, sino unas pisadas opacas, silenciosas,

pisadas de orangután, de secubo o de personaje felino. Permaneció

quieta, sin atreverse ni aun a respirar; pero como nada sucedía y las

pisadas parecían haber cesado, hizo un esfuerzo y miró atrás. Nada.

Riose de su miedo y continuó la ruta.

En los escalones que suben a la Plaza Mayor dormían, hacinados,

miserables trotacalles, golfos y pordioseros. Entre los montones de

andrajos surgían de vez en cuando caras barbudas, enjutas, amarillentas,

dignas de los viejos mendigos de Rivera; deformes rostros de goyescas

zurcidoras de gustos, trágicas caretas pintarreadas de vendedoras de

amor. Parecía aquello los despojos de un campo donde en una noche de

aquelarre se hubiese librado una batalla. Un hedor a suciedad y miseria

flotaba sobre los durmientes, apestando el aire. Y, sin embargo, Doña

Recareda Witiza respiró satisfecha. Se encontraba más segura allí que en

la soledad de la noche, perseguida por los trasgos evocados en las

fatales conversaciones de casa de su amiga.

Al desembocar en la Plaza Mayor y cuando ya casi se conceptuaba segura,

tropezó con un grupo de mozas del partido que se dejaban conquistar por

unos arrieros. Trató de esquivarles y ellas, que notaron la maniobra,

empezaron a lapidarla con groseras cuchufletas. Huyendo de la rociada,

la dama cruzó a los jardinillos. Allí la luz era más escasa; los

faroles, con sus temblorosos mecheros, no bastaban a disipar las

tinieblas, y árboles y arbustos adquirían apariencias fantasmagóricas.

La Witiza redobló el paso; de pronto surgieron ante ella tres hombres.

Vestían a la moda chulesca: de ancho sombrero y capa uno de ellos, a

cuerpo, con altas gorras de seda que dejaban escapar los tufos peinados

en persianas sobre las sienes, los otros dos. Debían de ser borrachos,

por cuanto despedían un olor a vinazo que tiraba de espaldas. Uno de los

tres, el de la capa y el sombrero cordobés, cortola el paso, y

plantándose ante ella, saludó jacarandoso:

--¡Olé las mujeres!

Doña Recareda, dando un rodeo, procuró zafarse; pero cuando ya lo

conseguía, los otros dos la cogieron por las faldas:

--¿Desprecios? ¡Recontra con la señora! A nosotros no nos desprecia

_naide_ ¿está usté?

Indignada y aterrada a un tiempo, conminó:

--¡Suéltenme ustedes!

El vozarrón hombruno sonó más bronco y áspero que nunca.

Ellos parecieron ligeramente desconcertados. El más entero de los tres

sacó una caja de cerillas, y encendiendo una con no poco trabajo, la

aproximó al rostro de la asustada señora.

Un triple juramento, bárbaro, grosero, salió de las tres bocas:

--¡Remonche, si es un tío!

Aprovechando el primer momento de asombro, la Witiza consiguió librarse

de ellos y echó a correr con toda la fuerza de sus piernas; pero pasada

la sorpresa, los otros, con el tesón y la tozuda pesadez de los

borrachos, echaron tras ella gritando:

--¡A ese! ¡A ese!

Al estrépito de los gritos y carreras, las prójimas y sus adoradores

lanzáronse también a la persecución de Doña Recareda, y al fin

consiguieron detenerla en el momento en que jadeante, próxima a

desmayarse, se había detenido. Todos la interrogaron a la vez:

--¿Pero qué pasa?

--¿Qué, _lan querío robá_?

--¿Los _guindas_?

Con palabra entrecortada, comenzó:

--Es que... que...

Pero llegaban sus perseguidores:

--¡Que es un tío que anda disfrazada de mujer!

El grupo prensose curiosamente en torno de la infeliz. Seis o siete

voces distintas formularon otras tantas preguntas:

--¿Un ladrón?

--¿Un alcahuete?

--¿Un guasa viva!

-¿Un...

--¡Un tío faroles que anda buscándole tres patas al caballo de bronce!

--¡Soy una señora, y hagan el favor de dejarme en paz!

El vozarrón sonó bronco, áspero. Uno imitó el rugido de un trombón. Otro

anunció con cavernoso sonido:

--¡Paso! ¡Paso, que es doña Trueno!

Aunque tarde, comprendió que su voz empeoraba la situación, y trató de

dulcificar el tono, consiguiendo sólo aflautarla:

--¡Déjenme, por Dios! Soy una señora...

Una voz de tiple gimió burlona.

--¡Ay, mamá, que me comen, que me comen!

Y otra, también con relamido acento:

--¡Ay, Jesús!

Trató de imponérseles:

--O me dejan o llamo.

Pero sus enemigos encendían cerillas y estudiaban su rostro hombruno,

adornado de barba y bigote.

--¡Es un hombre!

--¡Un tío!

--¡Ladrón¡ ¡gorrino!

--¡Asqueroso!

Las mujeres eran las más indignadas. Convertidas en furibundas arpías,

azuzaban a los hombres:

--¡Arrastrarle!

--¡Matarle!

--¡A darle una paliza que lo deslome!

Enloquecida de miedo, gemía:

--¡Soy una señora! ¡Por Dios! ¡Por Dios!

Una de las hembras tuvo una idea luminosa:

--¡A verlo! ¡Desnudarle!

Diez manos audaces se posaron en ella para consumar el sacrificio; pero

atraídos por el escándalo, acudían ya el sereno y unos guardias:

--¡A ver si _sus llevamos_ a la Delegación! ¿Qué _escándalo_ es este?

Todos quisieron explicar a la autoridad su acción vindicadora:

--Es que...

--El tío este...

--Nosotros...

Una, más expedita, narró el suceso:

--Es un tío marrano que anda con faldas.

Doña Recareda, casi sin fuerzas ya, protestó débilmente:

--¡Soy una señora!

Pero el vigilante nocturno, escamado por la voz de bajo profundo, había

aplicado la luz al velludo rostro y lanzaba una exclamación:

--¡Pues sí que es un _tiu_!--Y como ella aún intentase un postrer

esfuerzo...--¡Hala para allá; en la Delegación _veremus_!

En aquella crisis de espanto, algo absurdo, inaudito, sucedió en el

cerebro de la infeliz señora. Las historias oídas cobraron realidad; los

monstruos quiméricos se animaron con calenturienta vida. Ella no era

Doña Recareda Witiza, la honesta y noble dama, era uno de aquellos seres

ambiguos, insexuados, híbridos, de la fábula. Y de pronto se irguió, y

con los ojos fulgurantes como los de una iluminada, apostrofó a sus

sayones:

--¡Atrás, canallas! ¡Yo soy la hija de Hermes, hijo del Cielo y de la

Noche, y de la divina Afrodita, hija de Urano y el Mar! ¡Soy

Hermafrodita!

Y cerrando los ojos rodó por tierra.

El pecado y la noche · 第 24 / 62 题