“NUESTRO CÉSAR”
I
Donde Claudio piensa en «las niñas del Vaticano», y se habla del
asesinato del duque de Gandía y la ruidosa desesperación de su
padre.
Claudio Borja se sintió avergonzado al día siguiente recordando su
conducta en casa de Enciso. Luego, para defenderse de su propio
remordimiento, se mostró arrogante.
«No volveré á ver á esas gentes--pensó--. Me alegro de lo ocurrido. En
realidad, me interesan muy poco.»
Y satisfecho de haber cortado sus relaciones con «el
diplomático-artista» y con su antiguo tutor, se juró á sí mismo no
permanecer en Roma más de una semana. Necesitaba este plazo para
resolver ciertos pequeños asuntos de la vida diaria que tenía pendientes
y entregar el «villino» á un amigo de su propietario. Le dolía acordarse
de la dulce Estela, «víctima inocente, merecedora de compasión», y á la
vez su orgullo le hacía considerar la insolencia de la noche anterior
como un acto providencial. Gracias á él iba á librarse de su matrimonio
con la hija de Bustamante.
Pasó la mañana en su casa. Rehuyó el salir de ella, temiendo encontrar á
alguno de los que habían escuchado sus palabras en el palacio de
Enciso. Luego consideró tal aislamiento una acción cobarde. ¿Qué le
podía importar que lo saludasen ó fingieran no verle aquellos personajes
antipáticos?...
Al salir de su «villino» dirigióse instintivamente hacia la Ciudad
Leonina. Frente á la basílica de San Pedro se unió á un grupo de
viajeros, entrando en el Vaticano para ver las Estancias de los Borgia,
llamadas por el Renacimiento latinizante las _Œdes Borgiæ_.
Repetidas veces llevaba hecha esta excursión, admirando los siete
salones donde vivió Alejandro VI. El Pinturicchio había pintado sus
bóvedas y los dos tercios superiores de sus muros, quedando desnudo el
tercio inferior para cubrirlo con tapices.
Admiraba Borja esta decoración, dispuesta por un Papa artista, protector
de pintores y escultores que luego tomaron á su servicio Julio II y León
X, usurpándole una parte de su gloria de precursor. Especialmente Julio
II (Juliano de la Rovere), había dedicado sus años de vida papal á
destruir ó calumniar la memoria de su antiguo adversario. Al cerrar las
Estancias de los Borgia, inició una leyenda sacrílega, que se fué
agrandando en el transcurso de tres siglos. Como nadie podía ver dichos
salones, se hablaba de ellos como de un lugar abominable, cubierto por
el Pinturicchio de pinturas lascivas. En uno de los frescos estaba
representada la Virgen con el rostro de Julia Farnesio, y el papa
Alejandro á sus pies. Todos los Borgia figuraban igualmente en otras
pinturas.
León XIII, el Pontífice diplomático, admirador de la obra política de
Alejandro VI, daba fin en el siglo XIX á esta leyenda mentirosa,
restaurando y abriendo al público los abandonados y misteriosos salones.
La calumnia histórica se venía al suelo inmediatamente. Todo falso.
Alejandro aparecía de rodillas, pero ante una imagen de Cristo
resucitado saliendo de su sepulcro. Por ninguna parte se veía á «la
bella Julia». Fueron otros, algunos años después de muerto dicho Papa,
los que la copiaron desnuda, abajo, en plena iglesia de San Pedro.
Tampoco resultaba cierto que Lucrecia Borgia fuese la Santa Catalina de
uno de los frescos y César el tirano que la condena al martirio. Cuando
el Pinturicchio terminó este cuadro, los hijos del Papa eran aún
adolescentes.
Lo único que representaba á dicha familia en las famosas Estancias era
el toro de los Borgia repitiéndose como un motivo ornamental. La
evocación de la historia antigua, á que tan aficionados se mostraban
todos en aquella época, había reproducido igualmente en una de las
pinturas la apoteosis del buey Apis, por su parentesco con la brava
bestia heráldica del escudo del Pontífice.
En el piso superior encontraba Claudio las llamadas Logias de Rafael. En
tiempo de Alejandro VI servían de habitaciones á su hijo César, y en
ellas debió dar éste algunos de sus banquetes licenciosos.
Saliendo del Vaticano, seguía Claudio la calle llamada del Borgo Novo.
Resultaba ahora estrecha, pero en el momento de su apertura fué
celebrada con versos y fiestas, por la rectitud de su trazado, que iba
suprimiendo callejuelas tortuosas y edificios ruinosos. Al inaugurarse
se llamó Vía Alejandrina, por ser el papa Borgia el autor de dicha obra,
que dió aire y luz á la vieja ciudad en torno al Vaticano. Esta calle la
había abierto para el jubileo de 1500, que atrajo á Roma enormes
muchedumbres de peregrinos.
Recordó Borja que uno de los que llegaron á dicho jubileo fué cierto
hombre del Norte llamado Nicolás Copérnico. El verdadero estudio de la
misteriosa inmensidad astronómica iba á empezar bajo el reinado del
mismo Pontífice que había intervenido en los más grandes descubrimientos
geográficos.
Paseaba Claudio por la Roma moderna, capital de la unidad italiana, en
igual estado de ánimo que Platina y los humanistas de fines del siglo
XV. Estos sólo tenían ojos para lo antiguo, considerando indigno de
mención lo que no fuese estatuas desenterradas, ruinas de termas ó
palacios. Borja menospreciaba la Roma actual y también la remota
antigüedad clásica. Sólo merecían su atención los recuerdos del llamado
Renacimiento, especialmente de su primera época, cuando los españoles
influyeron en Roma por obra de los dos Pontífices compatriotas suyos.
El resto de la tarde y gran parte de la noche, hasta que le acometió el
sueño, lo pasó Claudio en aquel «estudio» que era la mejor habitación de
su casa, leyendo y reflexionando. Los apuntes manuscritos y artículos
impresos entregados por su tío en Niza, meses antes, acababa de
encontrarlos por casualidad en una maleta, y su lectura le hizo buscar
ciertos libros recientemente adquiridos.
Veía á Alejandro VI triunfante, mas no por esto seguro, después que el
rey de Francia huía de Italia. El de Nápoles había abdicado en su hijo,
el joven Ferrantino; pero como era incapaz de reconquistar su reino,
venciendo á los diez mil franceses acampados en él, España enviaba al
célebre Gonzalo de Córdoba, llamado más adelante el Gran Capitán, y
éste, con escasos recursos, iba poco á poco expulsando á los enemigos.
También el Papa tenía su guerra. Necesitaba castigar á los feudatarios
de la Iglesia que en vez de defenderlo se habían unido á Carlos VIII,
haciéndole sufrir grandes humillaciones y poniendo en peligro su vida.
César Borgia había contemplado, en un silencio reflexivo de guerrero, la
deslealtad de los barones romanos, mientras organizaba mentalmente el
porvenir.
Siguiendo una tradición de familia, vió el Papa, en esta campaña contra
los Orsini y otros señores, una oportunidad para engrandecer á su
primogénito, el segundo duque de Gandía, y lo hizo venir de Valencia,
donde se había instalado como un príncipe, después de casarse con la
sobrina de Fernando el Católico.
Conocía Claudio la vida íntima de este jovenzuelo, hermoso, valiente,
pero de una inteligencia inferior á la de César y Lucrecia. En los
papeles del canónigo Figueras había encontrado la copia de varias cartas
dirigidas por el Pontífice á su hijo mayor. Le daba consejos sobre su
manera de vivir, recomendándole que no fuese dispendioso y se mostrara
siempre afable y bueno con los humildes, procurando en todas ocasiones
no dar motivos de intranquilidad ó disgusto á su esposa la duquesa, pues
la paz de la familia debía ser más importante para un caballero
cristiano que las fugaces aventuras amorosas. Le aconsejaba igualmente
que fuese devoto de la Virgen y le reñía por algunas travesuras de su
desenfadada juventud.
«Un papa Borgia--pensó--muy distinto al de las leyendas, donde aparecen
padres é hijos de tal familia realizando juntos los actos más
desvergonzados. De ser ciertas dichas calumnias, ¿cómo Rodrigo de Borja
iba á enviar semejantes cartas, recomendando una vida moral y cristiana
á hijos que le habían acompañado en sus orgías?... Son cartas de un
padre, igual á todos los padres, que ha podido tener sus aventuras
amorosas, pero dentro de su casa procura conservar la disciplina
tradicional.»
No era hipocresía su devoción á la Virgen. La adoraba de buena fe, sin
dejar por ello de ser un gran pecador. Tal mezcla de religiosidad y
costumbres licenciosas se encontraba en todos los hombres notables de
entonces, quienes unían ingenuamente el cristianismo con el paganismo.
«Su alma compleja--siguió pensando--no la comprendemos los modernos, mas
no por eso deja de haber existido. A mí me inspira admiración un Papa
pecador y creyente. Cuando se duda de la existencia de otra vida, con
sus premios y castigos, el pecado no representa ningún acto valeroso.
Algunos Pontífices sucesores de Alejandro VI, uno de ellos León X,
fueron sospechosos de ateísmo. Rodrigo de Borja creía en Dios y en la
Virgen, estaba seguro de su perdición eterna, y sin embargo, se dejó
llevar por sus pasiones ardientes. «Le vencía la carnalidad», como dijo
uno de sus contemporáneos. Era de la misma patria de Don Juan, español
libertino y católico. Un sincero arrepentimiento podía salvarlo á última
hora».
Recordaba Claudio haber visto en Valencia una tabla pintada del siglo XV
representando á todos los hijos de Alejandro VI. Tal vez era regalo del
mismo Papa, el cual envió numerosos cuadros á las iglesias y conventos
de su país. En dicha tabla se mostraba el duque de Gandía con el rostro
de perfil, una barbilla rubia cortada en punta, coronado de rosas como
un poeta, las facciones puras y tranquilas, un ojo rasgado en forma de
almendra y la pupila de expresión dulce, algo burlona.
El primogénito del Pontífice se embarcaba en Valencia, venciendo la
disimulada oposición de Fernando el Católico, el cual prefería
conservarlo en España para dominar mejor al Papa. Se despedía de su
esposa y de sus dos hijos, uno de los cuales iba á ser padre del futuro
San Francisco de Borja. Al subir á su galera, cubierta de flámulas y
gallardetes como un navío de príncipe, estaba lejos de imaginarse que ya
no vería más á sus pequeños, pues empezaba á navegar hacia la muerte.
Todos los hijos del Pontífice se juntaron en Roma. Lucrecia había
abandonado á su marido, volviendo al lado de su padre. Se quejaba de que
Juan Sforza no la «servía» como era su deber. Además, en el curso de la
gran tormenta arrostrada por Rodrigo de Borja, este yerno procedía de un
modo alevoso, manteniéndose en secreta relación con sus enemigos.
El primero en llegar era Jofre, nuevo príncipe de Esquilache, con su
inquietante esposa la napolitana doña Sancha. Habían vivido durante la
invasión francesa ocultos en Calabria, y las victorias de Gonzalo de
Córdoba acababan de sacarles de dicho confinamiento, entrando en Roma
dos años después de su matrimonio.
Preparó Alejandro una recepción ostentosa á los jóvenes príncipes,
saliendo á caballo todos los cardenales y las corporaciones fuera de las
puertas de la ciudad, para acompañarlos hasta la presencia del Santo
Padre, rodeado de su corte y de los embajadores.
Sancha se hacía gran amiga de su cuñada Lucrecia. Esta no era un modelo
de virtud; casi ninguna mujer de aquella época lo era en Italia; pero su
reposado temperamento la mantenía al margen de la mala conducta,
mientras Sancha, de ardores voluptuosos inextinguibles, no reconocía
obstáculo para la satisfacción de su lubricidad, mostrándose audaz y
escandalosa en gestos y palabras.
Juntábanse en la corte papal tres mujeres jóvenes. La más vieja de ellas
apenas pasaba de los veinte años, y sus dos amigas vivían aún lejos de
dicha edad: la bella Julia Farnesio, Lucrecia y Sancha.
Claudio las veía imaginativamente cubiertas de joyas, vestidas con un
lujo asombroso, seguras de su influencia sobre los hombres, atrevidas
al poder contar con la más alta de las protecciones, tomándolo todo á
risa, con la ligereza é inconstancia propias de su edad, y las llamaba
en su interior «las niñas del Vaticano».
Julia sólo pensaba en el engrandecimiento de su familia; Sancha, era
moralmente la más temible de las tres, buscando el amor por el amor, sin
importarle el escándalo, uniendo á su ardorosa sexualidad cierta gracia
literaria que le hacía manejar la pluma con soltura, describiendo en
largas epístolas las fiestas de entonces.
Durante la solemnidad religiosa celebrada en la basílica de San Pedro
con motivo del recibimiento de los príncipes de Esquilache, predicó un
capellán del obispo de Segorbe, pedantón español, que, enardecido por la
majestad del ambiente y lo escogido del auditorio, habló más de una
hora, aburriendo al Papa, muy admirador de la verdadera elocuencia, y á
toda su corte. Lucrecia y Sancha, ocupando un lugar prominente del coro,
empezaron á bromear en alta voz con la corte de señoras romanas sentadas
en el suelo, alrededor de ellas. El Papa, sus cardenales y demás
próceres eclesiásticos, que daban muestras de impaciencia ante el
interminable sermón, acabaron por mirar benévolamente la desenfadada
actitud del grupo femenino.
La belleza morena y picante de Sancha se armonizaba con el esplendor
rubio y la hermosura tranquila de Lucrecia, cuyos encantos podían
llamarse pasivos. Diversas por su temperamento, se parecían á causa del
perpetuo desacuerdo en que vivían con sus esposos. Las dos se quejaban
de falta de «servicio» marital, la una por estar casada con un
adolescente débil, la otra por los vicios de Juan Sforza, que hacían
presentir un pronto divorcio.
El duque de Gandía entró en Roma tres meses después, en Agosto de 1496,
desplegando el Papa igual pompa en su recibimiento y haciéndolo figurar
un escalón más abajo de su trono, como presunto gonfaloniero ó capitán
general de la Iglesia. A los pocos días le confió las tropas
pontificias; pero aunque era valiente como todos los Borgia, sabía muy
poco del arte de la guerra, y el Pontífice tuvo que colocar á su lado á
uno de los _condottieri_ más célebres de entonces, Guidobaldo, duque de
Urbino.
Había llegado el momento de recobrar las tierras dadas en feudo á
aquellos señores, prontos á la explotación de los Papas en sus horas de
debilidad y á abandonarlos en caso de peligro. El mismo plan, madurado
en silencio por César Borgia, iba á intentar realizarlo con poco éxito
su hermano mayor, el más brillante en apariencia de los hijos de
Alejandro y el de menos condiciones intelectuales.
Empezó la guerra atacando á los Orsini, por ser los más temibles entre
los feudatarios mencionados. Al principiar el invierno de 1496 todo se
mostró favorable para el duque de Gandía y su maestro Guidobaldo,
apoderándose de numerosas fortalezas.
El cardenal César Borgia, completamente solo y disfrazado de caballero
de Rodas, salía de Roma para examinar de cerca las operaciones
militares. Quería estudiar sobre el terreno la estrategia y las
maniobras de un capitán famoso como lo era Guidobaldo, amaestrándose
secretamente para sus empresas futuras. Con tanta audacia avanzaba en
dichas excursiones, que una vez, á orillas del lago Braciano, sólo pudo
salvarse de los enemigos gracias á la ligereza de su corcel.
Nadie ayudaba al Papa en esta campaña. Los Savelli, los Colonna y otros
feudatarios de la Santa Sede, incluso el señor de Pésaro, marido de
Lucrecia, se mantenían expectantes, deseando en el fondo de su ánimo la
derrota del Pontífice. Esta surgió inesperadamente á fines de Enero de
1497. Gandía y Guidobaldo levantaron el sitio de Braciano para cortar el
paso á un ejército de refuerzo que enviaban los amigos de los Orsini. El
choque ocurrió cerca del pueblo de Soriano, una de las batallas más
sangrientas y empeñadas de aquella época, que tuvo como final la fuga de
las tropas papales. Guidobaldo quedó prisionero, y el duque de Gandía,
herido en el rostro, tuvo que huir, luego de batirse valerosamente.
Por suerte para el Pontífice, Ferrantino ó Fernando II, rey de Nápoles,
le envió á Gonzalo de Córdoba para que sustituyese al duque de Urbino,
y el Gran Capitán español, reorganizando las huestes pontificias,
consiguió algunas victorias, que permitieron al Papa ajustar una paz
honrosa con los Orsini.
Padre de exagerados afectos, quiso Alejandro engañarse á sí mismo sobre
las capacidades militares de su primogénito, y le concedió toda clase de
honores, como si realmente hubiese obtenido un gran triunfo.
Tenía á su lado como maestro de ceremonias á un alemán, el famoso
Burckhardt, testigo desleal, exagerado y rencoroso, que iba escribiendo
en su _Diarium_ cuanto veía hacer de lejos á su protector el Papa, y lo
que resultaba más terrible, todo lo que oía decir ó murmurar contra él,
prescindiendo las más de las veces de buscar pruebas.
Hablando Claudio con Enciso, éste había concretado su opinión sobre
Burckhardt y su famoso Diario:
--Me hace recordar á ciertos hombres de nuestra época que escriben sus
Memorias para que se publiquen después de su muerte. Poco á poco se
apasionan por ellas, con un cariño de autor; quieren que sean
interesantes como una novela; se entristecen cuando transcurren días sin
poder añadir algo sensacional, y acaban por aceptar serenamente toda
clase de chismes y calumnias, sin otra precaución que poner al frente de
ellas un «se dice». Alejandro VI mostraba cierto afecto por los
alemanes. Después de los españoles, eran aquéllos los más numerosos en
la corte papal. En realidad, el tal maestro de ceremonias sólo
intervenía en los actos públicos, sin tener entrada en la vida
particular del Papa, como el español Marrades y otros; pero suplió la
falta de intimidad recogiendo en su Diario todas las calumnias y
murmuraciones de antesalas y plazuelas contra su protector.
El _Diarium_ de Burckhardt, escrito en latín con letra casi
ininteligible, había permanecido inédito hasta principios del siglo
XVIII.
--Los escritores protestantes--continuaba don Manuel--lo descubrieron
con verdadero regocijo, y allí donde el texto no se dejaba entender lo
interpretaron suponiendo un nuevo crimen de los Borgia.
Recordó Claudio que con ocasión de las últimas campañas del duque de
Gandía, este maestro de ceremonias había escrito en su Diario, con rara
justicia, sobre los dos capitanes de la Iglesia que acababan de sacar al
Papa de su difícil situación. «El uno, Gonzalo de Córdoba--decía--, es
un verdadero hombre de guerra y un verdadero hombre de Estado; el otro,
el duque de Gandía, un pobre príncipe de comedia cubierto de oro y de
joyas.»
Al restablecerse la paz, tenía el Papa que combatir á los enemigos
dentro de su propia casa, siendo el peor de ellos su yerno Juan Sforza.
Pariente de los Sforza de Milán y relacionado con la mayor parte de los
adversarios del Pontífice, se había mantenido siempre en actitud
ambigua, trabajando ocultamente contra la familia de su esposa. Además,
Lucrecia no hacía un misterio de la frialdad y displicencia con que la
trataba su marido.
Era este Juan Sforza de carácter inquieto, gritón, calumniador, sin
límite ni recato en sus mentirosas invenciones, defectos propios de su
mala calidad.
--Indudablemente fué un homosexual--había dicho Enciso--, y los de tal
especie ganan á las más terribles comadres en mala lengua.
El dió origen á las acusaciones inauditas contra los Borgia, que luego
agrandaron los calumniadores de dicha familia y han llegado hasta
nuestra época; él inventó la Lucrecia Borgia falsa y legendaria,
atribuyendo á su mujer envenenamientos é incestos.
«De ser los Borgia unos monstruos como él supuso--siguió pensando
Claudio--, fácil habría sido para el Papa y sus hijos deshacerse de este
Sforza dándole muerte. César demostró en el curso de su existencia que
no necesitaba auxiliares para suprimir á un enemigo. Lo hizo francamente
algunas veces y por su propia mano.»
En vez de esto, el Papa se limitaba á entablar una acción de divorcio,
anulando el casamiento de Sforza con su hija, y para esto nombró un
tribunal en el que figuraban las personas más respetables é íntegras de
entonces. Como dicha anulación tenía por base el hecho de que Lucrecia
aún estaba virgen, fué invitado el marido, según costumbre de la época,
á demostrar su virilidad delante de testigos, y se negó obstinadamente
á esta prueba.
Su tío Ludovico «el Moro», tirano de Milán, por honor de su familia y
para evitar los comentarios regocijados de toda Italia que cubrían de
ridículo á un Sforza, le exigió, lo mismo que el tribunal de Roma, que
se sometiese á probar su virilidad ante testigos, y tampoco quiso
obedecer dicha orden.
A lo vergonzoso de esta confesión tácita de impotencia se unió la
amargura de tener que restituir la considerable dote que le había
aportado Lucrecia, viéndose obligado, de no hacerlo, á la entrega de su
señorío de Pésaro, dependiente de la Santa Sede.
Finalmente huyó de Roma, afirmando que hacía esto para salvar su vida, y
no le faltaba razón. Con su facundia venenosa, había empezado á lanzar
acusaciones dignas de una mentalidad anormal y que equivalían al mismo
tiempo á una demostración de que jamás había amado á su mujer. El fué
quien inventó la inconcebible calumnia de que Lucrecia era amante de su
padre y sus hermanos. Es seguro que de haber permanecido unos días más
en Roma, el mismo César lo habría matado á puñaladas.
«Este hispano-italiano--se dijo Borja--, sereno y frío en los cálculos
de la política y la guerra, mostraba una furia que era casi demencia
cuando alguien insultaba á sus más próximos parientes. Algunos de sus
crímenes no tuvieron otro origen. Además, por un pundonor que parecía
heredado de sus abuelos valencianos, nunca quiso encargar á otros sus
venganzas de familia. Era él quien debía realizarlas por su propia mano.
El parlanchín Sforza se refugió en Venecia, donde vivían los principales
adversarios del Papa, y desde allí fué inventando nuevas atrocidades
para la leyenda negra de los Borgia, que muchos años después
reprodujeron los propagandistas de la Reforma, con el deseo de hacer
daño al Papado, sin pararse á examinar su veracidad ni á sostenerlas con
pruebas.
Los Borgia asesinos y envenenadores podían haber matado muchas veces á
este calumniador valiéndose del puñal de un esbirro ó de su famoso
veneno, inventado por la fantasía de los enemigos. Sin embargo, Juan
Sforza siguió viviendo, y del único que procuró librarse fué de su
antiguo cuñado. Sólo osaba viajar por Italia cuando César estaba muy
lejos. Durante las campañas militares del joven Borgia, el señor de
Pésaro se guardó muy bien de ponerse á su alcance, huyendo de su persona
como de la hidra.
En aquella época las calumnias de este degenerado fueron comentadas con
la afición que muestra siempre el público por los escándalos que afectan
á los grandes, pero nadie creyó en ellas. Después de repetir las
vociferaciones del señor de Pésaro, la gente se ensañaba con él,
diciendo que más fácil le habría sido, para salir del paso honradamente,
prestarse á la prueba de su virilidad, y glosaba el abandono en que
había tenido á su esposa. Además, cuando el cobarde Sforza, para
justificar su fuga de Roma, dijo que los Borgia querían envenenarle,
todos recordaron que en esta materia los Sforza eran famosos, y sobre
todos ellos Ludovico «el Moro», que se había apoderado del ducado de
Milán envenenando públicamente á su sobrino, dueño verdadero de dicho
Estado.
Continuaba la corte pontificia en 1497 ofreciendo un aspecto brillante.
Todos los hijos de Alejandro VI vivían en Roma, menos Lucrecia, que se
había retirado á un convento, algo avergonzada por su divorcio. César,
más soldado que cardenal, se instalaba en el castillo de Sant Angelo,
vigilando sus obras de reparación. Su cuñada, la ardiente doña Sancha,
seguía en relaciones incestuosas con él.
Mostrábase el joven cardenal de Valencia muy reservado en sus amores.
Nunca fueron conocidos por indiscreciones suyas. Sancha estaba instalada
en el palacio Aleria, cercano al castillo, comunicándose con éste por un
pasaje subterráneo semejante al que unía dicha fortaleza y los jardines
del Vaticano. Pero César Borgia se preocupaba de la gloria y la riqueza,
bases del poder, con preferencia á las voluptuosidades carnales. Sus
luchas con los hombres le atraían más que las dulzuras amorosas. Dirigía
la nueva fortificación del castillo de Sant Angelo para que resultase un
refugio inexpugnable si otra vez venían invasores á atacar al Papado en
su capital. Y poco á poco las relaciones entre estos dos grandes
apasionados fueron menos frecuentes apartándose atraídos por nuevos
afectos.
La sensual Sancha, que dormía en cama aparte, con gran satisfacción de
su joven esposo, pudo dedicarse sin obstáculos á la satisfacción de su
lascivia, y al llegar á Roma su otro cuñado, el duque de Gandía, mostró
por él una pasión más vehemente que la inspirada por César.
Era, en realidad, un hombre superficial, no correspondiendo su carácter
á su brillantez exterior. Mas para una hembra como ella resultaba
apetecible este varón, de cuya elegancia y vigor masculino se hacían
lenguas muchas damas.
Mientras su esposa, doña María Enríquez, y sus dos hijos vivían en
Valencia, él amenizaba su celibato temporal en Roma con frecuentes y
efímeros amoríos. Hermoso, rico, jactándose de una gran potencia
genésica y con una falsa gloria después de sus triunfos debidos al Gran
Capitán, era el hombre de moda en aquella ciudad de costumbres
licenciosas, donde resultaban contadísimas las mujeres que no se rendían
por sensualismo ó por ganancia. Algunas veces permanecía oculto un día
entero, sin que esto inquietase á su familia. Se hallaba indudablemente
en una encerrona amorosa, esperando la noche para salir de la vivienda
de alguna dama y evitar que el escándalo manchase su nombre.
En Junio de 1497 los asuntos de Nápoles volvían á preocupar al Papa.
Ferrantino acababa de morir sin descendencia, cuando Gonzalo de Córdoba
había expulsado ya á los franceses de casi todo el reino. Su tío
Federico, muy amado por los napolitanos, le sucedería en el trono. Por
cuarta vez iba á conferir Alejandro VI la investidura del reino de
Nápoles.
A César Borgia, hecho camarlengo recientemente, lo nombró legado _a
latere_, encargándole la coronación de Federico. Juan le acompañaría,
para que el nuevo rey le diese la investidura de los ducados de
Benevento, Terracina y Pontecorvo, que acababa de concederle, con el
deseo de tener propicio al Papa.
Por vanidad burguesa, al verse la Vannoza madre de un duque tan poderoso
y un cardenal que iba á Nápoles como segundo Papa, quiso reunir antes de
dicho viaje á sus dos hijos en un banquete de despedida.
Verdadera romana, había empleado todas sus riquezas en la ciudad,
adquiriendo muchas casas, especialmente hospederías, que daban buena
renta á causa de ser casi continua la afluencia de peregrinos. Numerosos
clérigos poseían también posadas, industria fructuosa en las grandes
peregrinaciones, y cuando éstas faltaban, volviendo la ciudad á su
población ordinaria, dichos edificios daban hospedaje á espadachines y
rameras, convirtiéndose sus propietarios eclesiásticos en dueños de
mancebía.
La madre de tan grandes personajes se había construído un palacio cerca
de la iglesia de San Pedro _ad Vincula_, con una viña á sus espaldas.
Además de César y Juan asistieron á la comida su hermano menor Jofre,
Sancha su mujer, y el primo de todos ellos, Juan de Borja, cardenal de
Monreale.
Era ya avanzada la noche cuando los convidados de la Vannoza se
marcharon. Juan y César salieron los primeros: el uno á caballo y el
otro en una mula, cabalgadura ordinaria de los cardenales.
Juan llevaba delante de su corcel un palafrenero á pie y en la grupa á
un desconocido, pequeño de cuerpo, con una máscara sobre el rostro. Esto
no resultaba extraordinario en la Roma de entonces. De noche iban á
caballo ó á pie damas y señores con careta, para pasar inadvertidos, é
igualmente usaban antifaz los portadores de misivas reservadas. Una vida
romántica y tenebrosa, pródiga en amores trágicos, apasionadas intrigas,
desafíos y asesinatos, justificaba esta prolongación del Carnaval
durante todo el año.
Hacía varias semanas que el duque se mostraba en público con este
individuo misterioso, siempre enmascarado, que le acompañaba á todas
partes, sin que nadie conociese su enigmática personalidad.
Cuando llegaron ante el palacio Cesarini--habitado ahora por el cardenal
Ascanio Sforza, y construído por Rodrigo de Borja cuando aún no era
Papa--los dos hermanos se despidieron. Juan pretextó el capricho de un
paseo nocturno que deseaba hacer solo, y esto, unido á la presencia del
enmascarado, hizo suponer á César que su hermano se encaminaba á una
cita galante. Lo mismo creyeron el Papa y todos los de su intimidad, al
ver que al otro día, 15 de Junio, el duque no regresaba á sus
habitaciones del Vaticano, suponiéndolo oculto en la casa de alguna
dama, no pudiendo salir hasta la noche, por miedo á la vigilancia del
padre ó del marido.
Empezaron á mostrarse inquietos en el curso del día los allegados al
Pontífice. El palafrenero del duque había sido encontrado al amanecer en
la llamada «plazoleta de los Hebreos», cerca del sitio donde se
despidieron los dos hermanos, herido tan gravemente que apenas podía
hablar. El caballo del duque, con silla y riendas, erraba por las calles
inmediatas. Interrogado el moribundo, respondió dificultosamente que
había seguido á su señor hasta la expresada plazoleta, y allí le había
ordenado que esperase una hora y se volviera solo al Vaticano si no le
veía aparecer en dicho tiempo. Y no pudo explicar cómo lo habían
sorprendido y herido de muerte durante la mencionada espera.
Todavía creyeron á Juan de Borja oculto por una cita amorosa; pero al
día siguiente, 16, su persistente desaparición comenzó á justificar las
peores conjeturas. En vano el prefecto de Roma con sus tropas de
esbirros registró las calles y casas de la barriada donde había
desaparecido el primogénito del Pontífice. Sus investigaciones se
dirigieron luego hacia el Tíber, testigo de tantos delitos y que
guardaba para siempre el secreto de los numerosos cadáveres arrojados á
sus aguas. Dos esclavones que habían velado á orillas del río contaron
entonces lo que vieron en la noche del 14 de Junio. Uno de ellos
guardaba montones de leña recién desembarcada. El otro, batelero de
profesión, dormía en su barca, y despertado por el frío nocturno,
asistió al mismo espectáculo que su compatriota.
Dos hombres habían salido con precaución, cerca del amanecer, de una
calleja inmediata al hospital llamado de los Esclavones para explorar si
la ribera estaba desierta. No viendo á nadie, retrocedían, regresando
luego con otros dos individuos, que permanecieron junto al Tíber
vigilando los alrededores, mientras los primeros tornaban por segunda
vez á la calleja. Cuando se mostraron por tercera vez, luego que los
vigías les hicieron señales para que avanzasen sin miedo, escoltaban á
un jinete, llevando éste sobre la grupa de su caballo blanco, tendido á
través, un cadáver cuyos brazos y piernas pendían á ambos lados de la
bestia.
Llegó el grupo al borde del Tíber, deteniéndose en un lugar donde
desaguaba un albañal. El jinete volvió la grupa de su caballo hacia el
río, sus ayudantes tiraron del cadáver, sosteniéndolo por los pies y los
brazos, y luego de balancearlo dos ó tres veces para que adquiriese más
impulso, lo echaron al agua. Al volver el caballero su montura cara al
río, vió flotar la capa de la víctima é hizo un signo. Entonces sus
acompañantes arrojaron piedras, hasta que la capa desapareció. Hecho
esto, los cinco hombres se reunieron, alejándose por una calleja
distinta.
Riñó el prefecto de Roma al humilde mercader de leña y al batelero por
no denunciar antes dicho crimen; pero ambos respondieron con sencillez
que habían visto en el curso de su vida arrojar al Tíber más de cien
cadáveres durante la noche, sin que nadie se inquietase al otro día en
averiguar su procedencia.
Esto no era una especialidad del tiempo de los Borgia. En el siglo XV,
robos y asesinatos figuraron como accidentes ordinarios en la vida
romana, y así continuó ésta bajo los pontificados siguientes.
Trescientos pescadores del Tíber fueron convocados para registrar las
aguas, y á mediodía del 16, uno de ellos sacó en su red el cadáver del
duque de Gandía, cerca de la iglesia de Santa María del Popolo. El
cuerpo de Juan de Borja estaba vestido, con la garganta cortada y el
pecho atravesado por nueve heridas. Su elegante justillo no tenía un
solo botón sin abrochar. Los guantes largos y perfumados los llevaba
pendientes de su cinturón, y su bolsa contenía treinta ducados de oro.
Cubierto con una capa fué llevado en barca hasta el castillo de Sant
Angelo, donde lo desnudaron y purificaron, revistiéndolo después con el
suntuoso traje de gonfaloniero. En la misma noche fué expuesto el
cadáver en Santa María del Popolo y enterrado con gran pompa. El féretro
no tenía tapa, viéndose el rostro del muerto. Detrás marchaban
doscientos hombres con antorchas, toda la nobleza romana amiga del
duque, los embajadores de España y de Milán, muchos cardenales y
obispos.
Al mismo tiempo, los españoles que había capitaneado Juan de Borja en su
última campaña se esparcían por Roma, espada en mano, dando gritos de
venganza, buscando inútilmente al asesino, siendo por su exceso de celo
un verdadero peligro para el vecindario.
Contaba la gente que al pasar el entierro nocturno frente al castillo de
Sant Angelo, un grito desgarrador partió de una de sus ventanas. Era el
Papa, que se había trasladado por el pasaje subterráneo desde el
Vaticano á la fortaleza, para contemplar por última vez el rostro de su
hijo preferido, acostado en un féretro, bajo los purpúreos resplandores
de doscientas antorchas.
Tan violento fué el dolor de Alejandro, que tomó aspecto de demencia. El
hombre meridional, con sus complejidades inexplicables y sus
arrepentimientos ardorosos, reaparecía en este varón siempre sereno y
jocundo. Tres días estuvo encerrado en su cámara, sollozando como un
niño. A través de las puertas se escuchaban sus lamentos entremezclados
con rezos é imprecaciones terribles. Del miércoles al sábado no tuvo un
solo instante de calma. El cardenal de Segovia, su allegado más íntimo,
permaneció en el umbral de su puerta durante los tres días, siendo el
único que pudo decidirle finalmente á que comiese un poco.
Después de estos extremos ruidosos de pena se entregó al desaliento,
mostrando una humildad que hizo dudar á muchos de su razón. Habló de
renunciar á la tiara para dedicarse en absoluto á la penitencia,
llevando una vida de asceta. Dejó estupefactos á sus cardenales con un
discurso en el que se acusó á sí mismo de ser un objeto de escándalo,
pidiendo perdón á Dios y á los hombres, jurando emprender inmediatamente
una reforma completa de las costumbres eclesiásticas, purificación que
prometían todos los Papas y ninguno osaba realizar.
Entrecortó su discuto con lamentos, se golpeó el pecho, expresando su
desesperación ingenuamente, con hipérboles semejantes á las de la poesía
oriental: «Si Nos tuviésemos siete tronos--decía--, todos ellos los
daríamos por devolver la vida al duque.» Y lo que más le apenaba era
recordar que el cadáver de aquel hijo, siempre cubierto de sedas y
joyas, el primer elegante de su tiempo, había sido recogido junto á un
albañal, en la parte más infecta del Tíber, por una red de pescador.
--¡Lo mismo que un saco de basura!--exclamaba dolorosamente el
Pontífice.
Parecía asociarse la Naturaleza de un modo dramático á este dolor
ruidoso. Una violenta tempestad empezó á rugir sobre Roma. La lluvia y
la crecida del río inundaron las calles. El rayo cayó en las
habitaciones privadas del Papa y también sobre el castillo de Sant
Angelo, derribando la estatua colosal del arcángel que servía de
coronamiento á la antigua _Moles Adriana_. La superstición popular
añadió nuevos detalles á este cuadro trágico, asegurando que una
procesión de espectros había desfilado durante la noche, bajo el
estrépito de la tormenta, por las naves de la basílica de San Pedro, y
que el duque de Gandía, en forma de fantasma, vagaba á medianoche por el
mencionado castillo pidiendo que le vengasen.
Rodrigo de Borja, hombre de acción en su mocedad, incapaz de sufrir
ninguna ofensa, abandonaba de pronto su actitud devota, resignada ante
la desgracia, para dar órdenes furiosas al prefecto de Roma y á sus
esbirros, así como á los capitanes españoles que estaban á sus órdenes y
á todos los que pudieran ayudarle en su venganza. Era preciso encontrar
á los matadores del duque, imaginando los más atroces suplicios para su
castigo. Pero transcurrieron los días sin descubrir un indicio que
permitiese conocer la verdad.
Claudio Borja pensaba en que iban pasados más de tres siglos sin que
nadie pudiese aportar una prueba convincente de quién había sido el
asesino. En realidad, Juan de Borja, con sus aventuras de amor
incesantes y audaces, estaba destinado á perecer de tal modo dadas las
costumbres vengativas de entonces.
En los días siguientes al de su muerte, todos creyeron, empezando por su
padre, que ésta había sido obra de algún marido celoso. El hecho de
quitarse los guantes, pasándoselos por el cinturón de su espada, era una
demostración de que lo habían sorprendido y asesinado cuando iba á dar
sus manos á alguna mujer. Luego, el misterio de dicha muerte fué
agrandando el círculo de los comentarios. La hembra que le había dado la
cita nocturna bien podía ser un agente al servicio de los enemigos del
duque, deseosos de acabar con él. Además, el recuerdo de aquel
enmascarado que le acompañaba desde semanas antes á todas partes y había
sido su guía en la noche del crimen corroboraba tal suposición.
Se tuvieron sospechas de los Orsini, enemigos del Pontífice y en
especial de Gandía, el cual les resultaba más insufrible que su padre, á
causa de su jactanciosa mocedad. Se sospechó también del cardenal
Ascanio Sforza, que se había disputado recientemente con Juan; de
Bartolomé de Albiano, enemigo suyo; del duque de Urbino, prisionero en
el desastre de Soriano, que se mostraba furioso contra los Borgia porque
no le habían ayudado á pagar su rescate; de Juan Sforza, el antiguo
esposo de Lucrecia, y hasta de los Colonna, siempre amigos de aquéllos.
El Papa examinó estas culpabilidades presuntas con una resignación
dolorosa que le hizo mostrarse imparcial y justo. El mismo disculpó al
cardenal Sforza, unas veces su colaborador, otras su adversario, cuya
acusación parecía, por determinadas circunstancias, la más verosímil de
todas. No sólo defendió á su amigo Ascanio, proclamando su inocencia;
también hizo lo mismo con otros acusados por la voz pública. Unicamente
guardó silencio en lo que hacía referencia á los Orsini. No los acusó,
pero se abstuvo de defenderlos como á los otros.
«Indudablemente fueron los Orsini--pensaba Claudio--los que ejecutaron ú
ordenaron el asesinato del duque de Gandía.»
Y repasaba en su memoria las opiniones de los pocos historiadores
modernos que habían estudiado la vida de los Borgia de un modo
concienzudo, sin hacer caso de apasionamientos y mentiras procedentes
de aquella época. Aun siendo enemigos de los Borgia, reconocían en este
asesinato del hijo mayor del Pontífice una venganza de la familia
Orsini, furiosa por la muerte de su mejor capitán, Virginio Orsini,
preso en el castillo del Huevo, en Nápoles, y al que sus parientes
supusieron envenenado.
El dolor ruidoso del Pontífice conmovió á la cristiandad entera. Todos
los reyes le enviaron cartas de condolencia. Hasta el austero Savonarola
cesó en sus ataques al Papa, impresionado por la desesperación que
mostraba el padre.
Permanecía ahora resignado y silencioso, absteniéndose de nuevas
acusaciones. ¿Para qué?... Su hijo no podía resucitar. Transcurrieron
nueve meses sin que los maldicientes, ni aun los más exagerados, ligasen
á este asesinato el nombre del cardenal César Borgia, que se había ido á
Nápoles poco después de dicho suceso para conferir su investidura al
nuevo rey. A nadie se le ocurrió la monstruosa suposición de que César
hubiese asesinado á su hermano.
Pasados los mencionados nueve meses, se forjó en Venecia tan infame
patraña, siendo tal vez su primer inventor el lenguaraz invertido Juan
Sforza.
Después de repasar Claudio sus estudios mentalmente, se convencía de la
no existencia de pruebas que demostrasen la certidumbre de este
fratricidio inútil. César Borgia había cometido crímenes; pero ¿á qué
añadirle uno más, inverosímil y sin ningún fundamento?... Bastante tenía
con los suyos.
Sus enemigos, para justificar la calumnia, le describían roído por la
ambición, viendo en su hermano un obstáculo para su gloria, haciéndolo
asesinar con la esperanza de que así conseguiría librarse del
cardenalato, ser príncipe laico, sucediendo á Gandía en el mando de las
tropas de la Iglesia.
«Todo falso--continuaba diciéndose el joven--. Precisamente Juan de
Borja moría asesinado en el momento de su descrédito, después de la
derrota que le habían infligido los Orsini en el combate de Soriano,
cuando todos estaban convencidos, hasta su mismo padre, por más que lo
ocultase, de que era un pobre príncipe de comedia, brillante, simpático,
generoso, pero sin condiciones militares ni políticas. Incapacitado de
ejercer en lo futuro ningún mando, toda la autoridad positiva de los
Borgia iba viniendo á las manos de César. Este no necesitaba ya para
conseguir sus fines hacer desaparecer al fracasado duque, crimen
horrendo que le podía alienar en cambio el apoyo de su padre y de su
familia.»
Resultaba absurda también la suposición de que Alejandro VI había
transigido, por miedo ó por mantener incólume el honor de su estirpe,
con el asesino de su hijo mayor, luego de confesar César su
culpabilidad, como decían los calumniadores. Rodrigo de Borja, violento
en sus cariños, era incapaz de aceptar un crimen tan inaudito. Jamás
habría podido tener con el supuesto fratricida la confianza que le
mostró en los años posteriores, ni sentir entusiasmos tan sinceros por
sus victorias.
Algunos, para probar el crimen de César, empleaban como argumento el
silencio y la resignación del Papa ante la muerte de su primogénito
luego de las manifestaciones coléricas ó desesperadas de los primeros
días.
Claudio se explicaba tal cambio de conducta en un hombre sanguíneo,
arrebatado en sus pasiones. Después de sus ruidosas y terribles
agresividades, caía en una pereza de sentimientos que le impulsaba á la
mansedumbre y la tolerancia. Se decía, tal vez, que resulta más doloroso
y cuesta mayores esfuerzos castigar á los enemigos que perdonarlos.
Sabiendo que los Orsini eran los autores más ó menos directos de la
muerte del duque, no mató á ninguno de ellos. También Juliano de la
Rovere, su eterno adversario, y otros cardenales no menos hostiles,
estuvieron repetidas veces á merced de su voluntad, pudiendo vengarse en
sus personas, y sin embargo el Papa de los innumerables asesinatos y del
terrible «veneno de los Borgia» no atentó contra su existencia, ni
siquiera alteró su bienestar encarcelándolos.
Quejándose una vez ante sus cardenales de las violencias de César, que
realmente era vengativo y no tenía empacho alguno en exterminar á sus
adversarios si lo consideraba útil, el Papa dijo así:
--Yo opino de otro modo, tal vez porque no soy joven, y moriré con la
conciencia tranquila pensando que en muchas ocasiones pude quitar la
vida á gentes que me habían causado grandes daños y sin embargo no lo
hice.
Además, César nunca fué en sus combinaciones criminales amigo de
tapujos. Luego de organizar el «bello engaño» de Sinigaglia para
librarse de sus capitanes rebeldes, se jactó de la maestría con que
había preparado dicha ejecución. Mataba él mismo, bajo el imperio de su
cólera, ó confiaba el homicidio á sus íntimos, públicamente, asumiendo
la responsabilidad.
En plena corte papal, casi en presencia de su padre, daba de puñaladas
al español Pedro Calderón, que se había alabado de ciertas privanzas
amorosas con su hermana Lucrecia. Estos amoríos, más verbales que
carnales, y el _flirt_ epistolar en castellano con Pedro Bembo, futuro
cardenal, fueron las dos aventuras conocidas de Lucrecia.
Parecido á todos los hombres de acción de su época, César tenía el
orgullo de sus crímenes, apreciados entonces menos severamente que
ahora, y justificados, según él decía, por la necesidad de «matar para
que no lo matasen».
Durante su corta y ruidosa existencia nadie lo acusó terminantemente y
con pruebas del asesinato de su hermano. La mayoría dudó siempre de esta
suposición. Sólo al transcurrir los años hizo la calumnia un argumento
de los propios triunfos de César, para sostener la hipótesis del
fratricidio.
Viéndole victorioso de los tiranuelos italianos, apoyado por el rey de
Francia, apoderándose uno tras otro de los pequeños Estados, conquistas
que iban á colocar en su cabeza la corona de toda Italia, los enemigos
dijeron que «César no habría podido ser nunca lo que era ahora, de
seguir viviendo su hermano Juan». Y sacaron la conclusión de que para
llegar á ello lo había asesinado. A falta de pruebas materiales de su
culpabilidad, esto les parecía suficiente.
Al recordar Claudio Borja dicha imputación criminal, se encogía de
hombros.
«Con tal sistema--pensó--todos los que heredan á sus antecesores, ó los
que se valen para su propia grandeza de lo que aquéllos prepararon
antes, podrían ser acusados igualmente de haberles dado muerte para
abrirse camino.»