Del terrible don Miguelito y de cómo el cardenal de Valencia pasó á
ser duque de Valencia en Francia, casándose y enviando á su padre
el Papa una carta con un número 8.
«Ni reforma de las costumbres de la Iglesia--siguió pensando Borja--, ni
abdicación de la tiara, ni vida de penitencia. Al Pontífice le ocurrió
lo que á muchos hombres enérgicos cuando surgen indemnes de una gran
borrasca y recobran su tranquilidad. Fué semejante al marino ó al
militar que hace una promesa viendo su existencia en peligro, y después
la olvida.»
Su lucha con los turbulentos feudatarios de la Santa Sede, y sus propios
intereses de padre, ansioso de engrandecer á sus hijos, le hicieron
recobrar el equilibrio de su vida diaria, olvidando al muerto.
César Borgia procedía en todo como un príncipe laico. Cuando se
presentaba en público era siempre con la espada al cinto, vestido
elegantemente á la española, ó sea de negro, con larga pluma blanca en
el birrete. Otras veces lo veían los romanos á caballo, llevando
turbante y rico caftán, por gustarle las modas orientales después de su
amistad con el príncipe Djem.
Se había hecho fabricar una espada, magnífica obra de arte, en cuya hoja
estaban grabados los episodios más interesantes de la historia de Julio
César, y una inscripción latina, que luego fué el lema de su existencia,
tan corta y abundante en aventuras: _Aut Cesar aut nihil_: «O César ó
nada».
Manteníase en su familia una ambición tradicional que podía titularse
borgiana. Desde Calixto III, los Borgia deseaban crear un reino en
Italia que sirviese de apoyo al Pontificado. César se creía igual á los
príncipes reales, destinados á heredar una corona. La única diferencia
consistía en que él necesitaba adquirir el reino por su propio esfuerzo,
apelando á la astucia y á la espada.
Lo más urgente era librarse de su cardenalato. Luego realizaría lo que
no pudieron conseguir ninguno de los Borgia hombres de guerra; ni el
arrogante Pedro Luis, predilecto de Calixto III, ni su propio hermano,
el hermoso é inútil duque.
Todos sabían en Roma que el cardenal de Valencia pensaba abandonar la
carrera eclesiástica. El mismo Papa no hacía un secreto de ello,
diciendo que «en vista de su conducta mundana, era mejor que renunciase
á la púrpura cardenalicia, para salvar su alma».
Dando ya por seguro este cambio de estado, César concentró su ambición
en la casa reinante de Nápoles. Deseaba casarse con Carlota, hija de
Federico, al que había impuesto la corona él mismo como legado. Este
último monarca de la casa de Aragón rechazó todas las insinuaciones para
dar su hija á César Borgia.
--No puedo tener por yerno á un capellán, hijo de otro capellán--dijo
rudamente.
Soñaba César con ocupar el trono de Nápoles por herencia. Todos los
Borgia se consideraban con derecho á dicho reino, creado por Alfonso el
Magnánimo, el amigo de Calixto III, y ocupado por los descendientes de
un bastardo valenciano, del que había sido maestro y protector dicho
personaje antes de verse Pontífice.
Nápoles, los Estados de la Iglesia y lo que César fuese conquistando
luego, formarían un gran reino italiano regido por una dinastía Borgia,
protectora de Pontífices elegidos bajo su influencia. Pero el rey
Federico siguió negándose á todas las propuestas indirectas de Alejandro
y de su hijo.
--Que el Papa--dijo á los intermediarios--cambie las reglas de la
Iglesia, si quiere ser mi consuegro, y declare que un cardenal puede
tomar mujer.
Dándose cuenta después de su débil situación y necesitado del apoyo
papal, se ofreció á unir su sobrino Alfonso, hermano de doña Sancha, con
Lucrecia la divorciada del señor de Pésaro. Los dos cónyuges eran de
nacimiento ilegítimo, pero esto nada tenía de extraordinario en aquella
época de príncipes bastardos. El Pontífice acabó por aceptar dicho
matrimonio con la esperanza de que facilitase luego el de César con
Carlota de Aragón.
Las bodas de Lucrecia y Alfonso se celebraron en Roma al principio del
verano de 1498. Presentábase el novio en la ciudad papal, dotado por su
tío el rey de Nápoles con los ducados de Biseglia y de Quadrata. Al
contrario de su hermana Sancha, este Alfonso era débil de carácter y
algo tímido. Tenía diez y siete años, uno menos que Lucrecia, y no
parecía sentir gran entusiasmo por el matrimonio. En cambio, la hija del
Papa mostró una verdadera pasión por este joven napolitano, esbelto,
elegante y de bello rostro. Su carácter, siempre pasivo hasta entonces,
se caldeó con el fuego del deseo. Fué ella la que amó verdaderamente, y
el duque de Biseglia se dejó admirar, correspondiendo con cierta
tranquilidad á los transportes de su esposa.
De todos modos, el segundo casamiento de Lucrecia no se pareció en nada
al que se había roto siete meses antes, pues dentro del mismo año la
joven duquesa de Biseglia quedó embarazada.
Alfonso y la hija del Papa se instalaron en el palacio de Santa María in
Portico. Adriana y la bella Julia Farnesio ocupaban ahora el palacio
Orsini en Monte Giordano. Las bodas de Lucrecia dieron ocasión á largos
festejos. Doña Sancha, que era ágil de pluma, relató detalladamente sus
magnificencias. El banquete nupcial se celebraba de noche y las danzas
duraron hasta la salida del sol.
Mostraba el Pontífice una afición extraordinaria por el baile,
atribuyéndolo los italianos á su origen español. Lucrecia y su hermano
César eran consumados danzarines. Los cardenales y demás personajes de
la corte tenían verdadero gusto en ver bailar á Madona Lucrecia,
poseedora de una gracia especial para las danzas españolas, heredada
sin duda de sus abuelas paternas. Toda la tribu de los Borja más ó menos
auténticos, venidos de España para engrandecerse, los señores romanos
afectos á la familia y los cardenales fieles á Alejandro, figuraron en
dichas fiestas. De acuerdo con las costumbres de entonces, era un honor
servir los platos y las bebidas al Pontífice. Un prócer le escanciaba
los vinos, otro le servía de «paje de pañizuelo», ofreciéndole la
servilleta. Tres horas duraba el banquete, y antes de levantarse los
manteles hacía entrar Su Santidad los regalos destinados á doña
Lucrecia: dos fuentes enormes de plata cincelada con dos copas no
menores, en cuyo interior había muchas joyas; dos candelabros del mismo
metal para sostener hachones; una nave, también de plata, con sus velas
desplegadas, y guardando en su casco, bajo llave, toda clase de
especias; una caldereta de agua bendita, con su hisopo, y en su interior
un collar de oro con numerosas piedras preciosas.
Los cardenales presentes le fueron entregando por turno sortijas y otras
alhajas. Madona Lucrecia era una princesa, á la que convenía halagar
para tener propicio á su omnipotente padre.
Terminado el banquete, todos se dirigían á las Estancias nuevas, ó sea
los salones pintados pocos años antes por el Pinturicchio.
César, cardenal de Valencia, aparejaba una montería en dichos salones.
Uno de éstos, donde estaba el sitial de Su Santidad, figuraba un bosque,
y en la pieza inmediata existía una fuente con cascadas y varias
culebras nadando en ella, para dar un carácter más auténtico al
decorado.
Saltaban y rugían á través de los árboles varios invitados y familiares
del Pontífice vestidos de fieras: Barleta, en forma de raposo; don
Rodrigo Corella, de jirafa; el príncipe de Esquilache, marido de doña
Sancha, de pato marino; el prior de Santa Eufemia, hermano del cardenal
Borgia, de orifante; don Juan Caños, de ciervo; Nogué, de león, y el
cardenal de Valencia, último de todos, en figura de unicornio. El
aspecto de estas bestias resultaba convencional. Disfraces de raso y de
brocado imitaban con sus colores los de las mencionadas animalías.
Unicamente sus cabezas se aproximaban á la realidad de los irracionales
representados.
Llegaron bailando á la presencia del Pontífice, fingiendo que reñían
unos con otros para beber en el gran tazón, hasta que se presentaba el
unicornio, con «un cuerno en la frente, según es de su naturaleza», y
establecía la paz entre ellos.
Cuando acabaron estos «bailes de momos», el cardenal de Valencia pidió
permiso á Su Santidad para danzar con su hermana doña Lucrecia «la baja
y la alta», que era la danza de España más celebrada entonces, y todos
hubieron gran placer en ella, por ser ambos los más famosos danzarines
de Roma, especialmente en bailes hispanomoriscos, muy de moda en aquel
tiempo. El primero en admirar á dicha pareja era el Pontífice. Sonreía
embelesado siguiendo los graciosos y elegantes movimientos de sus hijos.
«Era un verdadero padrazo--se dijo Borja--, semejándose en esto á
Fernando el Católico, otro hombre temible, también muy padrazo, que
lloraba como un niño por los disgustos que le daban sus hijas, y sobre
todas doña Juana la Loca, aconsejada por su esposo.»
En estas fiestas palaciegas, hombres y mujeres se trataban de muy
distinto modo que en los tiempos presentes. Aunque hubiera sitiales
sobrantes, la galantería recomendaba que los hombres se instalasen sobre
la alfombra, á los pies de las señoras, apoyando la espalda en sus
piernas, y otras veces encima de sus rodillas.
Doña Sancha contaba en su relación que el cardenal de Valencia, fatigado
de bailar, venía á sentarse en sus faldas, su marido el príncipe de
Esquilache en las rodillas de su hermana Lucrecia, y así los demás
invitados.
Todas las damas de la familia Borgia lucían trajes enviados de Valencia,
con adornos de oro á martillo y cuentas de vidrio de colores, que se
llamaban «á la capellana» y eran entonces la última novedad en el adorno
femenino. César y sus compañeros de montería regalaban sus disfraces
lujosos á los criados que presenciaban la fiesta, vistiéndose
inmediatamente trajes de corte y ciñendo sus espadas para seguir
bailando con las señoras.
Al día siguiente celebrábase, en la parte del Vaticano llamada del
Belvedere, otra fiesta nocturna, desde las ocho de la noche á las cuatro
de la mañana. Varias compañías de truhanes hacían juegos de gimnasia y
prestidigitación, empezando á medianoche las danzas de los señores, y
otra vez César y Lucrecia, á pedimento del Pontífice, bailaban «la baja
y la alta». A la salida del sol les servían una colación de cien platos
grandes de confitería que tenían inscritos versos latinos en honor de
los cónyuges y de Alejandro VI.
La última fiesta era una corrida de toros en los jardines del Vaticano,
á la que asistían más de diez mil personas. Avanzaba el cardenal de
Valencia al frente de su cuadrilla, compuesta de doce jinetes, llevando
un traje á la morisca como los sarracenos españoles, compuesto de
marlota de raso blanca y roja que doña Sancha había bordado de oro,
bonete carmesí con penacho, borceguíes azules y una espada forjada
expresamente para dicha fiesta. Iba montado en un caballo blanco con
ricos jaeces y blandía en su diestra un lanzón, regalo también de doña
Sancha. Doce mozos vestidos de raso amarillo y terciopelo carmesí
marchaban á pie delante de él.
Los doce caballeros que le seguían eran todos españoles: don Juan de
Cervellón, don Guillén Ramón de Borja, don Ramón y don Juan Castellar,
don Miguel Corella y otros, vestidos igualmente á la morisca, sobre
caballos ricamente encaparazonados.
César costeaba todo este lujo. Los romanos aclamaban al Borgia generoso
que les ofrecía, á sus expensas, una fiesta tan interesante. En los
estrados ó cadalsos figuraban las damas de la corte pontificia y de la
aristocracia de la ciudad, muchas con los mismos trajes á la española
que se habían hecho años antes para las fiestas en celebración de la
toma de Granada.
Se corrían ocho toros en cinco horas, y el cardenal de Valencia mataba
por sí mismo dos de ellos: el primero de una lanzada que le atravesó el
pescuezo, acabándolo instantáneamente; el segundo á pie, con su capa en
una mano y la espada en la otra.
Le dió tan gran cuchillada, que no necesitó repetir el golpe, haciéndolo
caer con el pescuezo partido. El pueblo aclamó al que llamaba «nuestro
César», asombrado del vigor inaudito de este joven débil en apariencia
y de elegante fragilidad.
En esta evocación de las fiestas profanas que se iban desarrollando en
el Vaticano y sus jardines, olvidaba Claudio Borja momentáneamente á
César «el único», para concentrar su atención en un personaje que había
empezado á figurar al lado de éste, siguiéndole á todas partes como la
sombra al cuerpo.
Era un hidalgo valenciano, don Micalet Corella, cuyo nombre
castellanizaban los otros españoles residentes en Roma, llamándolo don
Miguelito, y al que los italianos dieron meses adelante una celebridad
terrorífica, convirtiéndolo en don Michelotto.
Hijo bastardo del marqués de Cocentaina, noble de Valencia, había venido
á Roma en compañía de su hermano legítimo Rodrigo Corella, en busca de
la protección de los Borgia. Desde el tiempo de Calixto III existía un
amistoso comercio entre ambas familias. Alfonso el Magnánimo tenía de
confidente íntimo á un Corella, y éste, gran amigo de Alfonso de Borja,
había cuidado de la educación del bastardo real don Ferrante, luego rey
de Nápoles.
Muchos años después, al ir el cardenal Rodrigo de Borja como legado á
España, conocía en Valencia al sucesor de Corella, ya marqués de
Cocentaina, residente en dicha ciudad. Los hijos de éste, Rodrigo y
Micalet, al ver elegido Papa al amigo de su padre, se dirigían á Roma.
Rodrigo Corella, segundón de ánimo grave, esperando heredar algún día el
marquesado de Cocentaina por muerte de su hermano mayor, entraba
especialmente al servicio del Pontífice, acompañándole en sus paseos
como hombre de confianza, pues á la par que de costumbres tranquilas era
muy valeroso. El bastardo don Micalet sentíase atraído por César, y le
dedicaba toda su existencia con la fidelidad agradecida que un perro
feroz puede mostrar al que lo favorece.
Había ido á Italia como el que va á bodas. Ningún país podía convenirle
mejor que éste, por el desprecio absoluto á la vida ajena que mostraban
en aquella época lo mismo los grandes señores que las gentes del
pueblo.
Para Micalet, matar á un hombre era accidente sin importancia. La
estocada frente á frente ó la puñalada por detrás le parecían iguales.
Lo interesante era suprimir al enemigo. Su fuerza extraordinaria
procedía más de los nervios que de los músculos. Incapaz de olvidar
ofensas, y sin respeto alguno para los que fuesen adversarios de sus
amigos, pronto adquirió su nombre una terrible celebridad, que
contrastaba con lo ruin de su cuerpo, en apariencia débil, y con su
exigua estatura, lo que motivó que todos lo tratasen en diminutivo,
llamándole Micalet, Miguelito ó Michelotto.
En los últimos años de César, al mandar éste ejércitos, su fiel matón,
desconocedor de las reglas y escrúpulos que guían á los otros hombres,
se convirtió en un buen capitán de guerra. Fué el jefe de confianza del
hijo del Pontífice, y cuando todos lo abandonaron, él se mantuvo leal.
Llamándose el capitán don Miguel Corella, combatió al lado de don Hugo
de Moncada y otros españoles célebres, así como de los _condottieri_
italianos de mayor renombre, y tuvo tratos con Leonardo de Vinci, el
ingeniero militar de César Borgia. Su vida fué tan corta como la de su
protector, marchando detrás de él con la fidelidad amenazante de un
mastín.
Siempre bondadoso el Papa para sus compatriotas, veía vagar por los
salones del Vaticano á este hombrecito inquietante, con las mandíbulas
apretadas y unos ojos pequeños, de mirar agudo y receloso, que parecían
ir esparciendo alfilerazos en torno á su persona.
--¡Micalet!... ¡Micalet!--decía Alejandro VI moviendo el índice de su
diestra pontifical, como si presintiese alguna mala acción de esta
bestezuela temible y la amenazase de antemano.
Varias veces provocó riñas con otros españoles dentro del palacio,
sacando á luz sus armas. Prefería el trato con César, que era de su
edad, y acabó por vivir cerca de él á todas horas.
Figuraba el Corella legítimo en las fiestas palatinas entre los
gentileshombres del séquito del Papa, y éste le había dado varias
prebendas, especialmente á raíz de una aventura en que le salvó la
vida.
Le acompañaba una tarde Rodrigo Corella en su paseo por una huerta
cercana al Belvedere, cuando vieron venir hacia ellos un enorme león. Lo
tenían guardado en una casa inmediata y había huído de su jaula. Todo el
acompañamiento papal, prelados, domésticos, cubicularios y otros
servidores, huyeron despavoridos, dejando solos al Pontífice y al joven
español.
--Santo Padre--dijo éste sin perder un momento su calma--, poneos detrás
de mí y no os separéis.
Rodrigo de Borja, famoso por su valor tranquilo, siguió estas
indicaciones, y Corella, con la espada en la diestra y la capa enrollada
en el brazo izquierdo, continuó marchando, siempre de frente á la fiera,
teniendo á sus espaldas al Papa, más alto y corpulento que él. Tal
situación angustiosa duró largos minutos, mostrándose indeciso el león
ante la actitud resuelta de la masa humana formada por los dos hombres.
Al fin, los fugitivos, que habían dado la alarma en los jardines del
Vaticano, volvieron con numerosos soldados españoles de la guardia del
Pontífice, y éstos acosaron el león hasta su jaula, terminando así tan
peligroso episodio.
Concedió Alejandro VI varios beneficios á su joven acompañante,
asegurándole una renta de 2.000 ducados al año, y hubiese hecho de él un
cardenal; pero Rodrigo Corella no quiso dedicarse á la Iglesia,
esperando heredar algún día á su hermano mayor, y así fué, volviendo
finalmente á Valencia para casarse y tomar el título de marqués de
Cocentaina.
El bastardo don Micalet sólo entraba ya en el Vaticano para acompañar á
su señor y amigo el cardenal, y si participaba de las fiestas papales
era únicamente en corridas de toros ú otros regocijos que exigían fuerza
y destreza.
Su nombre empezaba á adquirir celebridad. Para los enemigos de César
Borgia, era don Michelotto á modo de un dragón que nunca podían
sorprender dormido, pronto á dar el zarpazo de muerte en defensa de su
amo. Los calumniadores de la familia papal intentaron hacer una misma
persona de don Michelotto y aquel enmascarado que acompañaba al duque de
Gandía en la noche de su asesinato. La pequeñez de cuerpo de ambos fué
el único detalle para justificar tal identidad, lo que resultaba
pueril. El duque Juan conocía perfectamente á Micalet como un familiar
de su casa, y no podía equivocarse por más antifaces que se colocara el
otro. Al ocurrir el crimen nadie hizo tal suposición sobre don
Miguelito, y éste continuó siendo admitido en el Vaticano y tolerado por
el Pontífice.
Un mes después de la boda de Lucrecia, el cardenal César Borgia
renunciaba á su capelo, y el Sacro Colegio admitía la abdicación.
Intentó el embajador de España, Garcilaso de la Vega, oponerse en el
consistorio á dicho acto, siguiendo las instrucciones de su rey. Sin
duda, Fernando el Católico temía ver convertido en príncipe laico á
César Borgia, por creerlo el más temible de los hijos del Papa, poco
dispuesto á someterse á su dirección, como lo había hecho el ligero
duque de Gandía.
Supo acallar el Pontífice al embajador español y á los cardenales
dispuestos á apoyarle, prometiendo que cuantos empleos y beneficios
dejase vacantes el cardenal de Valencia al abandonar su estado
eclesiástico se repartirían entre los miembros del consistorio amigos de
la corte de España, é inmediatamente quedó César desligado de sus votos.
En realidad, sólo tenía las órdenes menores y su caso no era sin
precedentes.
Al mismo tiempo desembarcaba en Ostia un enviado del rey de Francia con
documentos interesantes para el Pontífice y su hijo. Carlos VIII, el de
la expedición á Roma, había muerto, heredándole su primo Luis XII. Este
vivía mal con su esposa y ansiaba divorciarse para contraer matrimonio
con la bellísima Ana, duquesa de Bretaña, unión que satisfacía sus
gustos amorosos, aportando á Francia un nuevo Estado.
Conocedor el Papa de los deseos de dicho rey, mostrábase dispuesto á
satisfacerlos, pero creía la ocasión propicia para vender caro su
consentimiento, creando de tal modo la verdadera grandeza de su hijo.
Igualmente veía César en Luis XII el único monarca capaz de apoyar sus
ambiciones que asustaban á otros. Vivía rodeado de españoles, el
castellano y el valenciano eran las lenguas que empleaba en la
intimidad; pero no tenía, como su padre, los recuerdos de la niñez que
unen á la tierra originaria. Había nacido en Roma, era verdaderamente
un italiano, y mostraba poca afición hacia Fernando el Católico. Conocía
muy bien á este viejo é infatigable zorro de la diplomacia, que engañaba
á todos los reyes de su tiempo y no podía permitir que alguien medrase á
su sombra.
Convenció á su padre de que sirviendo al rey de España serían siempre
una especie de autómatas, moviéndose á ciegas, sin saber adónde quería
llevarles aquél. Resultaba preferible unirse al monarca de Francia, más
inexperto y necesitado del apoyo papal.
Un convenio secreto se estableció entre el Pontífice y Luis XII. César,
que era ahora príncipe laico, iría como embajador á Francia para
entregar al rey el documento pontificio divorciándolo de su primera
esposa y la dispensa para contraer matrimonio con la bella Ana de
Bretaña. Luis XII daría á su vez al hijo del Papa el condado de Valencia
(Valence), convirtiéndolo en ducado. Así, el antiguo cardenal de
Valencia pasaría á ser duque de Valence y personaje francés, luego de
haber figurado como arzobispo español.
La parte secreta del convenio era que el monarca de Francia procuraría
el casamiento de César con una dama de familia real (Carlota de
Nápoles), y el Santo Padre facilitaría á Luis XII los medios para
apoderarse de Milán y Nápoles, con más eficacia que lo había hecho su
antecesor. A su vez, Luis XII ayudaría al nuevo duque de Valence á
reconstituir los dominios de la Iglesia, fundados al principio de la
Edad Media por Pepino y Carlomagno, desposeyendo uno tras otro á los
barones feudales que detentaban las antiguas tierras de los Papas,
representando un peligro permanente para éstos.
En Agosto de 1498 todos hablaban en Roma de que César iba á partir para
Francia, donde le harían duque, pero nadie conocía las cláusulas
políticas del tratado, guardadas cuidadosamente.
César, héroe del Renacimiento, terrible y fastuoso, gran amigo de
exterioridades, dispuesto á conversar con los artistas de su cortejo,
entre dos asuntos políticos ó dos batallas, sobre los dibujos de un
tapiz, la autenticidad de una estatua antigua ó el cincelado de un
puñal, se ocupó durante varias semanas en sus preparativos de viaje,
que fueron enormes, amontonando vestiduras lujosas, pedrerías, armas,
jaeces de caballo, libros valiosos, toda clase de ricos presentes.
Para los gastos llevaba 200.000 ducados de oro, cantidad enormísima en
aquella época. Gran parte de dicho dinero se la sacaron él y su padre á
los judíos residentes en Roma. Su séquito componíase de treinta
gentileshombres, un médico, un mayordomo y cien criados, pajes y
escuderos. Doce carros y cincuenta mulas de carga llevaban su equipaje.
Sus caballos de montar eran tantos que ellos solos ocuparon un navío.
Además del buque de guerra enviado por Luis XII, en el que se embarcó
con sus más íntimos compañeros, dos naves de cabotaje y cinco galeras
del puerto de Ostia formaron una pequeña flota, acompañándolo hasta
Marsella.
Desde este puerto á la Turena, donde se encontraba Luis XII, el viaje de
César fué una brillante cabalgata. El cardenal Juliano de la Rovere,
residente en Aviñón como legado del Pontífice, había vuelto á buscar la
amistad de éste al verle en alianza con el monarca francés. Rodrigo de
Borja le cortaba todo camino. Ya no podía encontrar nuevos aliados para
combatirlo y le convenía ser su adulador.
Claudio Borja sentía cierto desprecio al pensar en la conducta del
futuro Julio II, el cual figuraba en la Historia como hombre enérgico,
incapaz de servilismos, no obstante haberse agachado tantas veces ante
Alejandro VI, su rival. Este pudo aplastarlo en justa venganza, y lo
perdonó con una bondad de varón realmente fuerte, sin sospechar que
luego de su fallecimiento sería el encargado de ennegrecer su memoria
fabricando una biografía falsa que ha durado tres siglos.
Siempre que hablaba de Alejandro VI con sus íntimos le llamaba «judío»,
«marrano» ó «circunciso». Como entre los españoles avecindados en Roma
los había que eran «marranos», ó sea judíos conversos, los italianos,
por odio al extranjero, creían de origen israelita á todos los
procedentes de España. En cuanto al apodo de «circunciso», aludía
Rovere, al mismo tiempo que á un imaginario judaísmo, á ciertos rumores
de la maledicencia popular, que suponían en Rodrigo de Borja, cuando era
cardenal y atraía á las mujeres «como el imán al hierro», un monstruoso
desarrollo de cierta parte de su organismo.
El hipócrita legado en Aviñón recibía á César como un príncipe real, y
tales eran sus fiestas y banquetes al hijo del «circunciso», que en una
semana gastó 7.000 ducados de oro. Luego escribía entusiásticas cartas
al Pontífice alabando la modestia y las virtudes del que todos empezaban
á llamar el duque del Valentinado.
Esto último no lo consideraba Claudio hipérbole adulatoria, pues el
valor de las palabras cambia con los tiempos. «Modestia» significaba
entonces simpatía, y eran llamadas «virtudes» la elegancia, la cultura y
el gracejo en la conversación.
Seguía adelante el duque del Valentinado, siempre de fiesta en fiesta,
acogido regiamente por los más altos señores franceses, que habían
recibido órdenes de su monarca para obsequiarle cual si fuese un
príncipe heredero. En Lyón le daban un banquete pantagruélico, con 360
piezas de volatería ó de caza mayor y 162 platos montados de confitería,
corriendo verdaderos ríos de hipocrás y los mejores vinos de Francia.
Por Valence, capital de su ducado, pasaba casi sin detenerse,
pretextando que debía ser investido por el mismo rey en persona, y
también se negaba á recibir el collar de San Miguel presentado por un
embajador del monarca, arguyendo que él sólo podía aceptarlo de manos de
Luis XII.
Al fin se encontraba con éste en Chinon, y tan esplendoroso era el
cortejo de César, que Brantôme hablaba de él en su libro _Vida de
hombres ilustres_, mostrándose deslumbrado, como los otros cortesanos,
por el lujo del hijo del Papa, y burlándose al mismo tiempo á impulsos
de la envidia.
Los grandes señores franceses se reconocían algo rústicos é incultos al
lado de este príncipe de origen eclesiástico que traía de Italia todas
las exquisiteces de la nueva existencia creada por el Renacimiento.
Comparado con ellos, que vivían como hombres de guerra, resultaba un
poco afeminado este joven, vestido á todas horas de seda y terciopelo
lo mismo que una dama, luciendo armas de oro y piedras preciosas
semejantes á joyas, esparciendo al andar perfumes orientales, seguido en
su entrada triunfal de servidores que arrojaban puñados de monedas á la
muchedumbre. Todos sus corceles llevaban herraduras de plata, sostenidas
apenas por un clavo del mismo metal para que se soltasen y las recogiese
la plebe.
En la corte de Francia encontró á Carlota, la hija del rey Federico de
Nápoles, que perfeccionaba en aquélla su educación, y todos los
esfuerzos de Luis XII para que se uniese en matrimonio con César
resultaban inútiles.
Carlota de Aragón estaba enamorada de un señor de Bretaña, y Federico,
su padre, decía que le era imposible contrariar los afectos de su hija
por conveniencias diplomáticas. Tal vez el amor por el bretón no fué mas
que un pretexto para librarse de César.
Insistía éste en sus pretensiones matrimoniales por verdadero deseo
amoroso ó por orgullo, pues su matrimonio con Carlota no le ofrecía
ninguna ventaja política, ya que estaba convenido entre Luis XII y
Alejandro VI repartirse los Estados del rey de Nápoles. En aquella época
eran frecuentes tales perfidias, y los que estaban al tanto del tratado
secreto no extrañaban ver al rey de Francia, al Papa y á su hijo
trabajando para que este último se casase con la hija del que
proyectaban destronar en breve.
Desde España, el primer político de la época que lo veía todo por oculto
que estuviese--y lo que no sabía lo adivinaba--había acabado por
presentir la maquinación papal y francesa. Fernando el Católico se
indignó al ver que un español convertido en Pontífice intentaba moverse
solo, siguiendo una política independiente que podía resultar contraria
á la suya. Como era hombre de acciones múltiples y contradictorias,
valiéndose á la vez de minas y contraminas, hasta el punto de enmarañar
las cosas de tal modo que, finalmente, sólo él conocía el hilo
conductor, buscó ponerse de acuerdo en secreto con el rey de Francia
para repartirse entre ambos los territorios de Nápoles, si es que la tal
partición resultaba inevitable, y envió al mismo tiempo una embajada
amenazadora al Papa, pretendiendo asustarlo.
Llegaron los embajadores españoles á Roma en un momento angustioso para
Alejandro VI. César se veía muy agasajado en la corte francesa y era
duque de Valence, pero su situación resultaba algo ridícula. Todos
sabían que había ido allá para casarse con una princesa de sangre real y
el matrimonio no pasaba de ser un proyecto.
Desistiendo Luis XII de Carlota de Aragón, le había propuesto casarse
con otra princesa del mismo nombre, Carlota de Albret, hermana del rey
de Navarra, que también vivía en su corte. Aceptó César á esta joven de
buena presencia, sana, fuerte y con discreto carácter, condiciones que
hacían presentir en ella una esposa amable y sumisa. Además, mostraba
gran amor por este príncipe bello y lujoso, pródigo en deslumbrantes
magnificencias. Pero la familia de Carlota de Albret, especialmente su
padre, viendo el apuro del rey, explotaban la situación, renovando sus
peticiones de recompensas antes de dar á Carlota.
Esto hacía vivir al Papa en continua incertidumbre, viéndose al mismo
tiempo rodeado de peligros más inmediatos. Los Colonna y los Orsini,
siempre enemigos, acababan de unirse para hacer una guerra común al
Papa. Ascanio Sforza, enterado de su alianza con el monarca francés, que
ponía en peligro á Milán, lo abandonaba para unirse á Fernando el
Católico y al emperador Maximiliano de Austria, proyectando con éstos la
convocación de un concilio que quitase la tiara á Alejandro.
Al presentarse los embajadores españoles en el Vaticano á fines de 1498,
traían el encargo de amenazar al Pontífice con la convocación del
mencionado concilio. La entrevista del Papa español y los enviados de
los reyes de España resultaba borrascosa. Empezaron éstos por hablar de
los medios ilegales de que se había valido Alejandro VI para obtener su
tiara, pero éste les interrumpió enérgicamente:
--Poseo el pontificado--dijo--con más derecho que los monarcas españoles
poseen sus reinos, de los cuales se apoderaron sin título legal y contra
toda ley de conciencia, pues correspondían en justicia á otros de su
familia, con mayores derechos á obtener la corona. Vuestro rey y vuestra
reina no son sino intrusos, y yo lo sé mejor que nadie por haberles
ayudado y apoyado en su juventud, acción de la que tal vez me arrepiento
ahora.
Todo el resto de la entrevista continuaba en el mismo tono, rechazando
el Papa las imputaciones que le hacían y de las cuales la más importante
era la exagerada protección á sus hijos. Y como aludiesen los delegados
españoles á la muerte del duque de Gandía, presentándola como un castigo
divino, replicó el Papa, enojado:
--Más castigados por Dios han sido vuestros reyes, pues no tienen
descendencia masculina. Ese sí que es castigo, por los repetidos ataques
que se permite don Fernando contra los derechos de la Iglesia, para
satisfacer su ambición.
De que el Papa tuviese hijos ilegítimos no hablaron una palabra los
embajadores, pues el rey católico poseía cuatro bastardos reconocidos y
muchos más cuya paternidad no había querido aceptar. En aquel tiempo
pocos podían jactarse de su moral doméstica y de la legitimidad de toda
su prole. Monarcas, Papas y prelados eran igualmente padres, al margen
de las convenciones sociales y de las leyes eclesiásticas.
Quedaban rotos los tratos entre Alejandro VI y los reyes de España. El
antiguo legado, que los había conocido simples príncipes en desgracia,
legitimando su matrimonio anormal, protegiéndolos con su influencia y
dándoles finalmente el título de Reyes Católicos, decía ahora al
nombrarlos:
--Son los dos bellacos más grandes que he conocido en mi vida.
En realidad, les llevaba dado más que había recibido de ellos, y don
Fernando abusaba de su condición de español queriendo emplear la fuerza
espiritual y política del Papado como un arma diplomática. Luis XII
tranquilizó á Alejandro haciéndole saber que el rey de España estaba en
tratos secretos con él, al mismo tiempo que pretendía asustar al
Pontífice con amenazas de concilio y deposición, por ser aliado de
Francia.
Se hablaba tanto en Europa de la posibilidad de un concilio y de negar
la obediencia al Papa, que Cristóbal Colón, al fundar un mayorazgo, en
el mismo año 1498, disponiendo de las riquezas descubiertas por él, que
aún eran entonces imaginarias, encargaba á su hijo mayor, Diego, que
acudiese en auxilio del Pontífice si un cisma de la Iglesia hacía perder
á éste su dignidad ó sus bienes temporales.
Todos los peligros que se cernían sobre Alejandro VI quedaron
repentinamente desvanecidos cuando Luis XII le hizo saber, por un
mensajero, que el 12 de Mayo de 1499 se había celebrado y consumado el
matrimonio de su hijo con Carlota de Albret.
César, que sólo contaba entonces veintitrés años, conseguía con esto
cuanto llevaba en su mente al emprender el viaje á Francia venciendo la
oposición de los principales Estados de Italia, cuyos diplomáticos
pasaban por maestros en dicho arte, é igualmente las maquinaciones de
dos zorros tan astutos como el rey de España y el emperador de Austria.
Un correo expedido por el duque de Valence al otro día de su boda
llegaba á la Ciudad Eterna á matacaballo para entregar un pliego al
Pontífice. En él daba César breve cuenta á su padre de este triunfo
diplomático, añadiendo de pasada, en un estilo crudo, propio de la
época, su segundo triunfo, puramente matrimonial.
La carta contenía un simple número 8, indicador de las veces que había
poseído á la bella y robusta Carlota de Albret.
Claudio se explicaba este «ocho». Era inverosímil que hubiese enviado un
correo especial á su padre únicamente para jactarse de tal hazaña
voluptuosa. Su lacónica confidencia no estaba dictada por el impudor ó
la grosería.
«Denota orgullo--pensó--por la solidez y aguante de esta navarra
vigorosa que va á ser la madre de sus hijos. Necesita alegrar con su
confidencia al futuro abuelo, ansioso de que la estirpe de los Borja se
prolongue, de que lleguen éstos á ser reyes de Italia, ambición
persistente en la familia desde Calixto III.
Esta exagerada repetición de los cabalgamientos amorosos era algo común
en aquella época de vidas cortas, tumultuosamente apasionadas. Los
hombres de alta clase vivían entre continuas hazañas de guerra y de
amor, obligándoles las últimas al uso de violentos afrodisíacos para
exacerbar su vigor genésico. Tal fué una de las causas de que todos
muriesen jóvenes, envenenadas sus vísceras por mixturas excitantes y
roedoras.
En el resto de su existencia demostró César pertenecer á la misma
especie que todos los hombres célebres por sus hazañas amorosas.
Disponía á su arbitrio del ejercicio de sus fuerzas sexuales, dejándolas
dormidas cuando le convenía, sin que le estorbasen con el acuciamiento
del deseo; centuplicándolas otras veces si lo consideraba útil á sus
fines. Esta cualidad era para Claudio el gran secreto de todos los
héroes de la seducción agrupados en torno á la figura de su maestro el
legendario Don Juan.
Recordaba la breve y obscura historia de la duquesa del Valentinado.
También ella escribía al Pontífice mostrando gran entusiasmo por las
asiduidades de su esposo. Un matrimonio que empezaba tan generosamente
no podía reservarle desilusiones en lo futuro.
Durante cuatro meses, de Mayo á Septiembre de 1499, César y Carlota
permanecían en silencioso retiro. Nadie hablaba de ellos, y á su vez,
los nuevos duques procuraban vivir lejos de la Historia. De pronto,
César tenía que abandonar á su esposa para ir á Roma y emprender la
guerra contra los tiranuelos que detentaban las posesiones de la Santa
Sede.
El estado físico de la duquesa no la permitió seguir á su esposo. En los
primeros meses de 1500 daba á luz una niña, que recibió el nombre de
Luisa. Ni ésta vió nunca á su padre, ni Carlota volvió á encontrar á su
marido.
Al separarse de ella, iba César Borgia hacia las mayores glorias de su
vida, á demostrar en tres campañas nada más que el antiguo cardenal de
Valencia era un capitán famoso y á morir como soldado obscuro, sin que
los que le daban muerte presintiesen la importancia de su acto.
Dos años se esforzó Carlota de Albret por ir á Italia en busca de su
marido y que éste conociese á su hija. Enviaba para ello frecuentes
cartas á su suegro el Papa; pero la continua movilidad del ejército
pontificio, las inesperadas marchas y contramarchas de su estrategia,
los peligros del viaje, la impidieron cumplir su deseo.
Claudio Borja sonreía al pensar en el «ocho» de la carta de César y en
los cuatro meses de silenciosa felicidad de la bella Carlota, cuyo
recuerdo le acompañó toda su vida, manteniéndola en voluntaria viudez.
Nunca quiso ser de otro hombre, pensando siempre en el único que había
amenizado su existencia con tan apasionado vigor. Y moría á la edad de
treinta años, sin haber hecho otra cosa que dedicarse á la educación de
Luisa, la hija de César Borgia, casada por primera vez con un príncipe
de Talmond, muerto en la batalla de Pavía, y finalmente con otro
príncipe de la familia Borbón.