De cómo se casó por primera vez Madona Lucrecia, y su padre partió el
mundo en dos pedazos.
Enciso continuó describiendo á Alejandro VI tal como lo veía á través de
sus lecturas.
--Si se hubiese limitado á gobernar la Iglesia, sin intervenir en la
política de su tiempo, los excesos de su conducta privada habrían
quedado olvidados como los de otros Pontífices. Pero el deseo de
robustecer la autoridad papal, desobedecida y menospreciada más allá de
las puertas de Roma, no le dejó vivir en pacífico egoísmo. Además era
español, y Fernando el Católico, el más astuto diplomático de aquella
época, pretendía dirigirlo como un autómata, creándole temibles
adversarios y dejándolo abandonado algunas veces después de meterlo en
difíciles aventuras. Los que juzgan á Rodrigo de Borja como un político
sin entrañas, guiado únicamente por su interés personal, olvidan que
vivió en un tiempo de reyes ladinos y complicados: el terrible Luis XI
de Francia, Fernando V de España y Enrique VII de Inglaterra. Al lado de
estos hombres, de un disimulo y una falsía desconcertantes, Alejandro VI
y aun el mismo César Borgia resultaban francos y de noble conducta.
Tenía que gobernar el nuevo Papa en medio de la anarquía de los Estados
italianos. Su enemigo Rovere, enfurecido por su elección, poníase de
acuerdo con el rey de Nápoles, adversario de la familia Borgia desde los
tiempos de Calixto III. El reino de Nápoles, así como Florencia y otros
Estados, se ensanchaba quitando tierras al patrimonio de la Iglesia.
Pocos soberanos tuvieron que luchar con dificultades tan enormes como
Alejandro VI. Apenas sentado en el trono pontificio, Franceschetto Civo,
hijo de su antecesor Inocencio VIII, vendía á Virgilio Orsini, capitán
general al servicio del rey de Nápoles, los Estados de Cervetti y
Anguillara que había recibido en feudo de su padre el Papa. Dicho Orsini
no podía poseer los 40.000 ducados que entregó á Civo. Todos sabían que
la mencionada cantidad la había facilitado el rey de Nápoles para
colocar un pie, de este modo, dentro de los dominios pontificios.
Juliano de la Rovere mediaba en la operación para crear conflictos á su
adversario.
Indignóse la mayoría del Sacro Colegio contra esta conducta de un
cardenal, tan desfavorable para los intereses de la Iglesia, y Rovere
huyó de Roma, yendo á encerrarse en la ciudadela de Ostia, junto á la
desembocadura del Tíber, juzgada inexpugnable por todos los de la época
y que le mantenía en comunicación con Nápoles.
Al mismo tiempo, Ludovico Sforza, apodado «el Moro», que gobernaba el
ducado de Milán como tutor de su sobrino Juan Galeas Sforza, negábase á
entregar á éste su Estado. Juan Galeas había contraído matrimonio con
Isabel de Aragón, perteneciente á la dinastía de Nápoles, y ella
impetraba el auxilio del rey napolitano para que defendiese la herencia
de su marido.
Para no efectuar Ludovico Sforza dicha restitución, incitaba al nuevo
rey de Francia, Carlos VIII, hijo del terrible Luis XI, á que invadiese
Italia, apoderándose de Nápoles, cuya corona había pretendido siempre
como heredero de los Anjou.
Toda la península italiana se veía envuelta en una red de intrigas, y
Alejandro VI necesitaba moverse entre dificultades interminables,
armándose unas veces contra Nápoles y ajustando luego alianzas con sus
reyes, rechazando las pretensiones de Carlos VIII y fingiendo á
continuación admitirlas mientras las combatía en secreto.
Empezaba á vivir junto á él su hijo César, y á pesar de que éste aún no
contaba diez y siete años, su padre le hacía saber los secretos y
enredos de la vida italiana, teniendo muy en cuenta sus palabras.
--Estos Borgia jóvenes--dijo el diplomático--fueron de asombrosa
precocidad á juzgar por las cartas que poseemos de ellos, en las cuales
el padre y los hijos tratan de los asuntos públicos. Un hombre de tan
gran talento político como Alejandro VI consulta á Lucrecia cuando ésta
tiene catorce años. El mayor, Juan de Borgia, hermoso, bravucón y vano,
así como Jofre, el más insignificante de todos, sólo piensan en vivir y
en brillar, mostrando una deplorable inferioridad mental comparados con
César y Lucrecia.
César se había educado en la Universidad de Perusa, entre dos camaradas
de estudio y á la vez guardianes puestos por su padre, ambos españoles:
Juan Vera, natural de Valencia, que era á modo de ayo suyo, y Francisco
Remolino de Ilerda, casi de su misma edad.
Gustaba especialmente de los estudios literarios, escribía versos, y en
dicha Universidad le sorprendió la noticia de que su padre era Papa, no
volviendo á Roma hasta el año siguiente (1493).
Boccacio, embajador de Ferrara, el único que supo adivinar la elección
de Alejandro, se hizo gran amigo de César, describiéndolo como un
príncipe laico, elegante y mundano, á pesar de su nombramiento de
arzobispo de Valencia y su próxima elevación al cardenalato. Lo veía
unas veces vestido de seda, otras luciendo rico traje de caza, siempre
con la espada al costado, y apenas si un pequeño redondel abierto en su
cabellera recordaba la tonsura eclesiástica. Elogió su humor sereno, su
alegría continua, así como cierta modestia en la conversación, que le
hacía muy preferible á su hermano Juan, el duque de Gandía.
--Las descripciones de este obispo Boccacio parecen referirse á un
hombre de treinta y cinco años, tal era el conocimiento de los negocios
públicos mostrado por César y su asombrosa precocidad para juzgarlos...
Y en dicha época sólo tenía diez y siete.
Necesitaba Alejandro crearse alianzas para hacer frente á los soberanos
italianos y salvar al mismo tiempo los intereses de la Iglesia. Como el
rey de Nápoles era su más temible enemigo, procuró buscar auxiliares
contra él valiéndose del matrimonio de los suyos.
--No hizo con esto--dijo Claudio Borja--mas que imitar á su amigo
Fernando el Católico. Este se proporcionaba aliados en Europa casando á
sus hijas, por razones políticas, sin consultar su voluntad ni
preocuparse de su porvenir doméstico. La suerte de Juana la Loca y de
Catalina de Aragón, mujer de Enrique VIII de Inglaterra, prueban el mal
éxito de una diplomacia sin entrañas.
Según costumbre de entonces, el cardenal Rodrigo, antes de ser Papa,
había procurado ligar á su hija por medio de una promesa de casamiento
con altas familias que acrecentasen el prestigio de los Borja. Y como
estaba en relación con los más poderosos nobles de Valencia, ajustaba
primeramente el matrimonio de Lucrecia, cuando sólo tenía ocho años, con
don Querubín de Centelles, señor del valle de Ayora, y luego, siendo
aquélla de once, con don Gaspar de Prócida, conde de Almenara. De no ser
elegido Papa, la célebre Lucrecia Borgia se habría casado con un noble
de Valencia, yendo á llevar en la tierra de su padre una vida de señora
tranquila y sin historia, teniendo muchos hijos y entregándose á
austeras devociones al perder su belleza y su juventud.
--Esta era tal vez su vocación verdadera--añadió don Manuel--. Sabe
usted que á pesar de sus éxitos mundanos y de la elevada posición en que
acabó sus días como esposa de príncipe reinante, usaba cilicio debajo de
sus vestiduras lujosas y murió de un mal parto, luego de haber tenido
varios hijos.
La elección papal de su progenitor la alejó de España. Alejandro VI no
podía ya unir á Lucrecia con un noble de su país. Era poca cosa para una
hija única que necesitaba emplear como instrumento diplomático, lo mismo
que hacían los reyes.
Dió una indemnización de 3.000 ducados á don Gaspar de Prócida para que
no reclamase más á su futura, haciendo valer un antiguo contrato
matrimonial firmado ante notario, y casó á Lucrecia con Juan Sforza,
señor de Pésaro, pequeño Estado feudatario de la Santa Sede, á orillas
del Adriático.
En realidad, no valía éste más que los dos prometidos españoles, pero el
modesto señor de Pésaro era sobrino de su gran amigo el cardenal Ascanio
Sforza y sobrino también de Ludovico «el Moro», déspota de Milán,
interesado especialmente en apoyar al Papa contra Nápoles.
La boda se celebró en Febrero de 1493, con la condición de que los
cónyuges no se juntarían maritalmente hasta pasado un año. Lucrecia
apenas contaba trece años, y era prudente retardar la consumación del
matrimonio. El marido, que ya era de veintiséis, se hizo representar en
Roma para la ceremonia nupcial, quedándose en su ciudad de Pésaro, donde
celebró tal acontecimiento con una gran fiesta.
--El legado del Papa en Pésaro, un obispo, presidió el baile dado en el
castillo para solemnizar la boda. Las danzas duraron toda la noche, y
dicho obispo las hizo continuar en las calles, guiando una cadena de
invitados que en forma de «farandola» corrió toda la ciudad. En nuestros
días resulta difícil imaginarse tal fiesta: un baile en un palacio, el
Nuncio del Papa dirigiendo las danzas y colocándose, finalmente, con su
sotana violeta, á la cabeza de una larguísima fila de caballeros y
señoras, saltando con ellos á través de las calles iluminadas, entre los
aplausos y aclamaciones de una muchedumbre popular asociada á tal
regocijo. En aquel tiempo parecía todo esto natural y corriente. Por
ello insisto, amigo Borja, que para juzgar á los remotos antecesores de
usted, es preciso conocer antes las costumbres de la época y formarse
una opinión de acuerdo con ellas.
Inquietó al rey de Nápoles el matrimonio de Lucrecia con Juan Sforza.
Significaba la unión del Papado con el duque de Milán, y para
contrabalancearla restableció el rey Ferrante sus relaciones con
Alejandro VI, iniciando un proyecto de matrimonio entre César y una de
sus hijas naturales.
Dos bastardos reconocidos y generosamente dotados podían servir para una
alianza diplomática en aquellos tiempos que la mayor parte de los
príncipes ostentaban un nacimiento ilegítimo. El rey de Nápoles también
era bastardo de Alfonso el Magnánimo. Además, no era un secreto que
César, arzobispo de Valencia, detestaba la carrera eclesiástica.
Había seguido el Papa ciegamente una tradición de familia. Su hijo
mayor, Juan, debía ser hombre de espada, á semejanza de Pedro Luis bajo
el reinado de Calixto III. César, el segundo, iba á vivir como cardenal,
lo mismo que él en la época de su tío. Pero este segundón, el más
notable de todos los Borgia jóvenes, no obstante sus altas dignidades
eclesiásticas, seguía ejercitándose en el manejo de las armas, llegando
á ser, como su padre en otro tiempo, el primer jinete de Roma. Dotado de
igual temperamento ardoroso que su progenitor, y notabilísimo por su
belleza varonil, iniciaba á los diez y siete años su historia amorosa,
favorecido por las libertinas costumbres de la época y el entusiasmo que
inspiraba á las damas. Estas empezaron á popularizar los nombres con que
luego le fueron designando sus panegiristas: «el rubio César», «nuestro
César», «el único César».
Desde el pontificado de Calixto III, las relaciones de la Santa Sede y
Nápoles fluctuaban entre la guerra y la concordia, siguiendo Alejandro
VI esta política de balanza. Cuando el Pontífice se encontraba en una
situación difícil, el rey napolitano lo combatía; si el Papa se
afirmaba, sostenido por un protector poderoso, el monarca de Nápoles
hacía toda clase de concesiones para restablecer la amistad.
Bajo la influencia de Ascanio Sforza y deseoso de recobrar las
posesiones de la Santa Sede usurpadas por la dinastía de Nápoles, entró
Alejandro en una alianza formada por Venecia, Milán y otros Estados
italianos. Esta liga iba á proporcionarle tropas con que combatir á
Virgilio Orsini, quitándole los dominios de la Iglesia vendidos
indebidamente por Civo, el hijo de Inocencio VIII.
Para dar sin duda más fuerza á dicha coalición, en la que representaba
Ludovico Sforza el principal poder ofensivo, se efectuaron en el mes de
Junio las bodas verdaderas de Lucrecia y Juan Sforza, siendo celebrado
tal suceso con uno de los banquetes más famosos de aquella época.
Las necesidades de la política no permitieron el transcurso del año que
se había marcado como plazo para que se juntasen los dos esposos, y Juan
Sforza entró en Roma á la cabeza de un séquito brillante, entre sus
cuñados Juan y César, que habían salido á recibirle.
Lucrecia le vió pasar desde un balcón de su palacio de Santa María in
Portico, donde vivía con Adriana de Milá, su antigua educadora, y «la
bella Julia», su dama de honor.
El señor de Pésaro, hermoso jinete, la saludaba graciosamente con su
gorra, y ella devolvía el saludo á este esposo visto por primera vez.
Después de la ceremonia del matrimonio celebrábase un banquete en el
Belvedere del Vaticano, al que asistían ciento cincuenta damas de la
nobleza romana, los embajadores, los personajes más notables de la
ciudad, once cardenales y numerosos obispos. También estaba presente la
señora Teodorina, hija de Inocencio VIII, y su hija la marquesa de
Gerase. Los hijos de los Pontífices difuntos continuaban figurando
honorablemente en la corte de los Papas herederos. Su situación era
comparable á la de las familias de los expresidentes de República, que
siguen teniendo entrada libre en las fiestas de los presidentes
sucesores, si es que no existe una enemistad irreconciliable.
Además, sentábase á la mesa toda la tribu de los Farnesio, escoltando á
«la bella Julia». Asistían así completas las dos familias del Papa, la
antigua y la moderna, la procedente de «la Vannoza» y la de «la
Farnesina».
Duró muchas horas este banquete nocturno, y fué seguido de
representaciones cómicas y trágicas, de recitaciones poéticas y bailes
lascivos, que excitaron la concupiscencia de los asistentes.
--Este último espectáculo no resultaba extraordinario, dadas las
costumbres de la época. Usted no ignora, Borja, que en todas las cortes
de la Italia de entonces la alegría de vivir se preocupaba poco de la
moralidad. Lo interesante era gozar, fuese como fuese. Una de las
diversiones finales, á las cuatro de la mañana, fué ofrecer á los
esposos cincuenta copas de plata llenas de confites. Infesura,
implacable enemigo de los Borgia, dice en su crónica que fué el mismo
Papa quien ordenó que vertiesen los confites en los escotes de las
hermosas invitadas. Y como todas las señoras tenían al lado cardenales ó
personajes laicos que no eran sus maridos, pues ya existía en aquellos
tiempos el uso de separar á los esposos en los banquetes, cada invitado
se cuidó de extraer los bombones y almendras azucaradas del escote que
tenía más cerca, dando lugar dicha diversión á «muchas risas é
inmoderadas palpitaciones de senos».
Varios embajadores que asistieron á la fiesta, y no hablaban de oídas
como Infesura, dijeron en las cartas á sus soberanos que el banquete
duró hasta el amanecer y se divirtieron mucho en él, pero sin mencionar
nada especial que le distinguiese de las otras fiestas de la época.
En realidad, la unión de los dos cónyuges sólo fué aparente. El Papa,
cuidadoso de la salud de su hija, dejó para más adelante la realización
material del casamiento, ó sea cuando se cumpliese el plazo convenido de
un año, fecha en que Lucrecia iría á Pésaro, capital de las tierras de
su marido.
--Por su parte, Juan Sforza no tenía ninguna prisa en la consumación del
matrimonio, según se vió más adelante. Fué al ir á Pésaro cuando
Lucrecia empezó á quejarse de no estar «servida» por su esposo, como
ella esperaba, pronunciándose finalmente el divorcio, después de probar
que la joven Borgia continuaba virgen. Sforza se vió acusado, por unos
de impotencia y por otros de inversión sexual, luego de negarse á
realizar la prueba de su virilidad, exigida por los jueces.
Así empezó su vida matrimonial la famosa Lucrecia Borgia, descrita por
los enemigos de su estirpe como un monstruo nunca visto desde los
tiempos de Mesalina, y calumniada por las invenciones de su primer
marido, deseoso de vengar de tal modo un divorcio que le afrentaba como
hombre.
--Más de tres siglos--continuó Enciso--ha creído la gente en los
crímenes de esta mujer, que fué dulce de carácter y falta de voluntad,
como si todas las energías de la familia, los regocijos ardientes y las
cóleras terribles se los hubiesen llevado los Borgia varones.
--Víctor Hugo--dijo Claudio--, con la maravillosa difusión de la poesía
fijó inconscientemente en la memoria de todos esa Lucrecia monstruosa
inventada por los folicularios al servicio de los señores feudales, del
cardenal Rovere y demás enemigos de Alejandro VI. En realidad, no
sintió otros deseos que verse admirada por su hermosura y su elegancia,
casándose y divorciándose según convino á la política de su padre (lo
mismo que las hijas de todos los reyes de entonces), y en el curso de su
vida sólo tuvo uno ó dos _flirts_ verdaderos. Fué preciso que los
historiadores revisasen de nuevo su existencia, casi en nuestros días,
para que recobrara su legítima personalidad. Por suerte, únicamente en
novelones terroríficos, buenos para porteras, vive ya la Lucrecia Borgia
de melodrama que conocimos de niños.
Dos protestantes, el inglés Roscoe y el alemán Gregorovius, estudiando
directamente los documentos de la época, se convencían de tan enorme
calumnia histórica, emprendiendo la rehabilitación de dicha princesa,
comparable por su carácter á las Gracias antiguas, y que los enemigos de
la familia Borgia habían pintado como una Euménida sedienta de sangre,
con un puñal y un frasco de veneno en sus manos.
Describía Enciso á Lucrecia tal como la había visto en los documentos de
su época, con vestiduras casi siempre blancas y muy bordadas de oro,
mangas abiertas, fijas en sus muñecas con brazaletes á la moda española
y llevando al cuello una sarta de perlas enormes.
--Las perlas fueron su orgullo y su ambición, apreciándolas tanto como
su hermano César, aunque ambos no llegaron nunca al entusiasmo de su
padre. Puede llamarse á la perla «la favorita de los Borgia». Muchas
veces los embajadores encontraron al Pontífice junto á una ventana del
Vaticano contemplando al trasluz gruesas perlas regaladas á Lucrecia.
Cuando la hija del Papa fué duquesa de Ferrara, una de sus mayores
satisfacciones consistió en poseer el célebre collar de perlas y rubíes
que había pertenecido á su suegra.
Todos los contemporáneos alababan su hermosura, su esbeltez, su boca un
poco grande, pero fresca y carnosa (una boca de Borgia), sus dientes
brillantísimos, su pecho firme y blanco, visible en gran parte por los
audaces descotes de entonces, y sobre todo, su dulce sonrisa. Esta
alegría de su rostro la había heredado de su padre, rara vez triste, aun
en los momentos mas difíciles de su vida, jocundo hasta en su
concupiscencia.
Esbelta y graciosa de jovencita, redondeábase luego de formas, sin
perder la elegante ligereza de sus movimientos. Había algo en ella de
blando, revelador de una voluntad floja y sin iniciativas. Era de pocos
nervios, incapaz de resistirse al destino, dejándose llevar por él,
buscando solamente las alegrías momentáneas, sin energía para ir más
allá de los goces de su vanidad, mostrándose en toda ocasión un
instrumento dócil de su familia.
--No heredó la energía de los Borgia, pero sí el talento. Ella y César
fueron los hijos de Alejandro más inteligentes. Vivía esclava de su
propio medio, haciendo lo mismo que las personas que la rodeaban.
Mientras existió su padre mostróse aficionada á los asuntos políticos, y
hasta gobernó tierras de la Iglesia en ausencia del Pontífice. Al morir
Alejandro y quedar en Ferrara como esposa del príncipe Alfonso de Este,
vigoroso soldado, la hija del Papa fué «la perla de las esposas», «la
triunfante princesa», «la santa Madona Lucrecia». El poeta Ariosto
cantaba sus virtudes, el pintor Ticiano la admiraba al tratarla en su
corte... Es una esposa que sólo piensa en sus hijos, en el gobierno de
su palacio, y sobrelleva resignada y afable las infidelidades de un
marido rudo que en el fondo la adora.
Claudio Borja se la imaginaba en su primera juventud, tal como la habían
descrito muchos, creyendo reconocerla en la Santa Catalina pintada por
el Pinturicchio, con su rostro gracioso é ingenuo de niña un poco
«paradita», orlado de magnífica cabellera rubia y luminosa, comparable á
una nube de oro flúido.
--En algunas ocasiones, Madona Lucrecia, que el Papa llamaba siempre á
la española, «Doña Lucrecia, mi hija», tenía oculta su esplendorosa mata
de pelo dentro de amplia redecilla de oro con una piedra preciosa en
cada cruce de sus mallas. Otras veces, orgullosa de tal opulencia
capilar, daba suelta á sus chorros esplendorosos, que descendían casi á
sus pies. Todavía se conserva en la Biblioteca de Milán un rizo, color
oro fuego, de esta beldad hispano-italiana, bucle cuyo tono brillante
desafía al tiempo, y que hizo ensoñar tres siglos después á lord Byron,
sumido en su contemplación.
Acogió Enciso con una sonrisa escéptica los entusiasmos del joven.
--Siento decirle, querido Borja, que su remota parienta nunca fué rubia.
Era una valenciana de tez morena, clara y mate, semejante al color
pálido del arroz. César Borgia también debió ser algo moreno, y sin
embargo le llamaban las damas de entonces «_il biondo Cesar_»... Tal vez
tuvo Lucrecia los cabellos castaños; pero esto no le impidió ser rubia
oro ardiente, rubia veneciana, ensalzando su cabellera color de antorcha
pintores y poetas. Algo semejante ocurre en la actualidad. Las damas
teñidas conocen, mejor que nadie, el secreto de su falsificación, y no
obstante aceptan de buena fe los elogios de personas igualmente
enteradas de que no son rubias. Ya sabe que vivimos de convencionalismos
é ilusiones. ¡Qué haríamos sin la mentira!...
Los alquimistas vendían muy cara la receta de los «cabellos de oro». En
España, el mismo tinte recibía el título de «lejía de enrubiar», siendo
uno de los secretos de la madre Celestina para ganar dinero.
--Todas las damas de la época eran rubias, hasta el valeroso marimacho
Catalina Sforza, de la cual conoce usted el heroico arremangamiento de
faldas, apreciado por la Historia como un hecho sublime. De este virago
batallador llegó hasta nosotros una receta para enrubiar, escrita por
ella misma, á fin de que ninguna otra mujer participase de su secreto.
Consistía en ceniza de madera y paja de cebada, hervidas un día entero.
A esta lejía se agregaban flores y hojas de nogal durante una noche.
Bastaba lavarse la cabeza á la mañana siguiente para tener los cabellos
dorados; pero había que secarlos al sol, con peligro de las neuralgias,
de que se quejaba con frecuencia Madona Lucrecia.
Una de las preocupaciones de la hija del Papa era el lavatorio de la
cabeza, acto indispensable todas las semanas. Cuando partió de Roma para
siempre, yendo á reunirse con su tercero y último esposo en Ferrara,
invirtió veintisiete días en el viaje. Cada cinco días, el lento y
majestuoso cortejo hacía alto en una población para que Madona Lucrecia
pudiera «_lavarsi il capo_». Y príncipes, embajadores, damas de honor,
escuderos, hombres de armas, suspendían su marcha un día entero,
mientras la nueva princesa de Ferrara permanecía varias horas bajo los
ardores del sol, llevando encima de sus vestidos un peinador de seda
blanca, de gran finura y sutilidad, llamado _schiavonetto_, y en la
cabeza un sombrero de paja sin cumbre, por cuya abertura pasaba la
cabellera, abrigando sus bordes los ojos y el cuello de la beldad.
--La coqueta Borgia decía que necesitaba lavarse la cabeza todas las
semanas á causa de sus neuralgias, y eran, por el contrario, estas
teñiduras solares las que exacerbaban los dolores de su cerebro.
Indudablemente, César también se teñía la barba, adorno capilar de moda
reciente entre los hombres. Todos los jóvenes se dejaban crecer la
barba, al revés de sus padres, que habían mantenido durante el siglo XV
la costumbre de rasurarse el rostro á la romana. Fueron los humanistas,
imitando á los filósofos y poetas griegos, los que resucitaron esta
moda, generalizada por Carlos V y Francisco I años adelante.
Enciso volvió á ocuparse de Lucrecia.
--Muy mujer, muy aficionada á vestidos y joyas; ninguna de su tiempo
poseyó tantos trajes, y hay que pensar que uno de ellos valía entonces
una fortuna. Algo indolente y pasiva, pero de gran talento. Hablaba el
italiano, el francés, el griego y el latín. (Inútil mencionar las
lenguas castellana y valenciana, que eran las íntimas de su familia.)
Sabía igualmente el alemán, aunque menos que los idiomas ya citados, y
escribió poesías muy aceptables en algunos de ellos. César también había
hecho versos en la Universidad. En esta familia de exaltados y
ardorosos, todos tenían algo de poeta. Una hermana de Alejandro VI, doña
Tecla de Borja, fué notable poetisa en su tierra, muy loada por el gran
trovador Ausias March. Al morir la lloraron casi todos los poetas de
Italia.
Claudio se acordó de su tío. Esta señora era la Tecleta que jugaba con
su hermano Rodriguet, el futuro Pontífice, en el caserón señorial de
Játiva, según le contó repetidas veces el canónigo.
Mientras tanto, don Manuel había abandonado á los hijos de Alejandro VI,
para hablar de las aventuras políticas de éste.
Asustado el rey de Nápoles al ver unido el Pontífice con sus
adversarios, pedía auxilio á su primo ilegítimo Fernando el Católico
para que interviniese en la política del Vaticano. Consideraba dicho rey
al papa Borgia como un súbdito, abusando de su españolismo, y le hizo
saber, por medio de su embajador en Roma, que siendo la dinastía de
Nápoles obra de su tío Alfonso el Magnánimo, la consideraba igual á su
propia familia.
--Es justo reconocer que Rodrigo de Borja mostró al principio un afecto
sincero por Fernando é Isabel, reyes de origen no muy legítimo, á los
que había ayudado en sus primeros años de matrimonio, cuando no eran mas
que príncipes. Después de la toma de Granada, apenas ascendido al
Papado, les dió el título de Reyes Católicos, que aún usan los actuales
monarcas españoles. Todo lo que le pedía don Fernando se apresuraba á
concederlo, entre otras cosas, los maestrazgos de las Ordenes militares,
regalo que representaba cuantiosas rentas. En realidad, el papa Borgia
dió á los Reyes Católicos más que éstos á él. Las exigencias continuas
de Fernando fueron causa de que el Pontífice, aconsejado por su hijo
César, se inclinase finalmente del lado del rey de Francia, más atento
con su persona y con los suyos.
En los primeros tiempos de su pontificado admiraba á Isabel la Católica
como una de las damas más hermosas y prudentes de aquella época.
Aficionada á trajes costosos y ricas alhajas, era, sin embargo, de una
virtud escrupulosa, exagerándola hasta la austeridad. Cuando su marido
estaba ausente, aunque sólo fuese por una noche, hacía colocar su lecho
en un gran salón, durmiendo rodeada de sus hijos y las damas de palacio,
encargadas de velar el sueño de los reyes, que recibían el título de
«cobijeras». Así se ponía á cubierto de maliciosas suposiciones en aquel
tiempo de grandes escándalos. Todos los héroes de la guerra contra los
moros estaban enamorados de doña Isabel, románticamente, sin esperanza y
sin carnales deseos. Tenían por «dama de sus pensamientos» á esta reina
de un rubio indiscutible, con ojos azules, grandes y tranquilos.
Fernando el Católico inspiraba al papa Borgia un afecto de compadre, y
sonreía al hablar de sus hijos ilegítimos, tan numerosos como los
suyos. Uno de dichos bastardos era arzobispo de Zaragoza. El cardenal
Rodrigo de Borja, en sus tiempos de vicecanciller, había hecho este
favor á su amigo, entonces simple heredero de la corona de Aragón. Otro»
hijos del rey ocupaban cargos eclesiásticos y las hijas entraban en
conventos.
Una vez más el nuevo Pontífice obedeció desinteresadamente las
insinuaciones del monarca católico. Lo que á él le convenía, en
realidad, era seguir fiel á su primera alianza con el Milanesado y
Venecia, detrás de la cual se mantenía oculto el rey francés. Dicha
alianza representaba un peligro inmediato, por estar Carlos VIII
preparando numerosas tropas para entrar en Italia y apoderarse del reino
de Nápoles.
El austero Savonarola que tenía algo de charlatán, como la mayoría de
los taumaturgos, enterado en secreto de la próxima campaña invasora de
los franceses, anunciábala en sus sermones como una revelación que le
había hecho Dios para castigo del Pontífice y del rey tirano de Nápoles.
Y en un momento tan crítico, su amigo don Fernando le exigía que
abandonase á los más fuertes y se uniera á un monarca próximo á ser
destronado...
Sin embargo, aceptó, y los dos reyes procuraron endulzar con seductores
presentes su aventurada resolución.
Jofre Borgia, el menor de sus hijos, se casaría con doña Sancha, hija
natural de Alfonso de Aragón, heredero de la corona de Nápoles, llevando
ésta como dote el principado de Esquilache y el condado de Caliata, en
Calabria. Por su parte, Fernando el Católico propuso para Juan de Borja,
segundo duque de Gandía, el matrimonio con doña María Enríquez, prima
suya, que ya había estado prometida á Pedro Luis, el primer hijo de
Alejandro VI.
Al mismo tiempo, don Ferrante de Nápoles procuraba reconciliar con el
Papa á todos los enemigos de éste que se habían puesta á su servicio.
--De un lado, el peligro de la invasión francesa, que aún estaba lejos;
de otro, la amenaza más inmediata de ver atacados los Estados romanos
por el rey de Nápoles, sostenido ocultamente por el rey de España... Y
optó, al fin, por esta última alianza, que al mismo tiempo ofrecía
brillantes matrimonios para sus hijos.
El cardenal Juliano de la Rovere fué cínicamente á reconciliarse con
Alejandro VI, sentándose á su mesa, él y Virginio Orsini, por ordenarlo
así el monarca de Nápoles. Virginio entregó 35.000 ducados á cambio del
señorío feudal de las tierras de la Iglesia ocupadas por él. Todos
quedaron amigos, y Juan de Borja se embarcó en una galera española con
séquito de príncipe y gran cantidad de alhajas, para ir á Valencia y
casarse allá con la prima de Fernando el Católico.
Pocos días después Jofre se unía por poderes con doña Sancha de Aragón,
dejando para más adelante, como ocurrió con Lucrecia, la consumación de
su matrimonio. Sancha tenía catorce años y Jofre doce.
A la vez que ocurría esto, llegaba á Roma un enviado de Carlos VIII para
solicitar del Pontífice--que aún creía amigo--la investidura del reino
de Nápoles, antes de conquistarlo. Y Alejandro, que estaba ya
comprometido con el monarca napolitano, sólo dió al embajador vagas
palabras.
Los tres matrimonios, efectuados en un solo año, el de Lucrecia, el de
Jofre y el del duque de Gandía, habían ocasionado gastos enormes al
Papa, empobreciéndolo. Únicamente podía contar con los 35.000 ducados de
Virginio Orsini, que en realidad eran de Nápoles, y para reunir más
dinero acudió á uno de los expedientes empleados por otros Pontífices:
hacer una promoción de nuevos cardenales.
Once príncipes de la Iglesia nombró en un consistorio celebrado en
Septiembre de 1493. Dos de ellos era indudable que no habían dado nada á
cambio de su nueva dignidad, por pertenecer á la familia del Pontífice:
Alejandro Farnesio, más tarde Paulo III, y César Borgia, que sólo
contaba diez y ocho años al recibir la púrpura. El público apenas habló
de la elevación de César. Encontraba natural esta generosidad de padre,
que ya habían mostrado otros Papas. Las ironías y los comentarios
escandalosos se concentraron sobre el hermano de «la bella Julia», que
entraba de un modo tan retorcido en el Sacro Colegio. Y entonces fué
cuando le infligieron el epíteto de «cardenal faldero».
--En la vida extraordinaria de este papa Borgia, de carácter tan
complejo--dijo don Manuel--, alternaron las anécdotas íntimas,
agrandadas por la crónica escandalosa, las intrigas políticas en
incesante juego de balanza y los más grandes sucesos históricos. Un día
recibió Alejandro la noticia de que «cierto Cristóbal Colón», que había
salido con un centenar de españoles y tres naves en busca de las tierras
del Gran Kan de la Tartaria, en el extremo oriental de Asia, atravesando
para ello el Océano siempre al Occidente, acababa de encontrar por tan
nuevo camino las islas más avanzadas del mundo asiático, trayendo de
allá muestras de oro y especiería. Algunos empezaban á sospechar si
estas tierras descubiertas, sin más que hombres desnudos y una
civilización rudimentaria, no serían de Asia, sino de un mundo
completamente nuevo, ignorado hasta entonces.
Alejandro no era un sabio, pero dedicó á la lectura gran parte de su
juventud, guardando en su biblioteca todos los libros, impresos ó
manuscritos, célebres entonces. Muchas veces había conversado de
cosmografía con Eneas Silvio, el Papa cuyo tratado geográfico iba á
servir de guía á Colón. Inmediatamente se preocupó de las tierras
descubiertas, organizando una misión de frailes españoles para
evangelizarlas, é hizo obispo de ellas al padre Boil, religioso catalán.
--Como si el destino de este Pontífice fuese ser el Papa del
descubrimiento de América en todas sus zonas, también había despachado
poco antes una misión de evangelizadores para que fuesen á recuperar las
tierras de la Groenlandia. Sabe usted que la América extremamente
septentrional fué conocida por los navegantes escandinavos en el siglo
X, estableciéndose en ella algunas misiones cristianas, que acabaron por
extinguirse. En los primeros meses del pontificado de Alejandro VI iban
de nuevo los misioneros á dicha América fría, levantando otra vez sus
pobres iglesias de madera, al mismo tiempo que los frailes españoles
elevaban los primeros templos de piedra y ladrillo bajo el cielo
tropical de las Antillas.
Claudio Borja quiso hablar, pero Enciso, como si adivinase sus
pensamientos, añadió:
--Sé lo que usted va á decir. También hizo Rodrigo de Borja el reparto
más grande que se conoce en la Historia. Desde Alejandro el Magno hasta
Napoleón, ningún conquistador trató con tanta desenvoltura la faz de la
tierra, ni dividió sobre los mapas superficies tan enormes.
Partían los navegantes de la península ibérica al descubrimiento del
mundo entero. Los portugueses navegaban al Oriente y los españoles al
Occidente, buscando las flotas de unos y otros las riquezas de Asia, las
maravillosas tierras del Gran Kan, descritas por Marco Polo y
Mandeville. Todos iban en busca de las llamadas Indias.
El descubrimiento de Colón alarmaba al rey de Portugal, agriando sus
relaciones con los reyes de España. Era preciso establecer un acuerdo
entre ambas monarquías católicas, para que no se peleasen en lo futuro,
dejando bien marcados los límites de sus respectivas zonas de
descubrimiento.
--Aconsejado por cosmógrafos y marinos y basándose en sus propios
estudios, trazaba el papa Borgia una línea de Norte á Sur, más allá de
las islas de Cabo Verde, partiendo el globo terráqueo en dos
hemisferios. Al Oriente de la llamada «línea alejandrina», todo era para
los navegantes portugueses, y al Occidente para los españoles. Que cada
cual navegase siguiendo su rumbo propio, hasta que vinieran á
encontrarse en la cara opuesta del planeta.
Enciso, influenciado por el entusiasmo que le inspiraba España, se
apresuró á quitar importancia á la decisión del Pontífice.
--Muchos autores extranjeros, ignorantes de nuestra historia, han creído
ver una gran audacia científica del papa Alejandro en esta partición del
mundo. Es verdad que su acto representa el primer reconocimiento público
de la redondez de la tierra hecho por la Iglesia. Nunca habían hablado
de ello los anteriores Pontífices. Pero resulta falso elogiarlo, como si
entonces las gentes de estudio ignorasen que la tierra es redonda y sólo
hubieran descubierto Colón y los sabios del Vaticano dicha
esfericidad... Usted sabe bien que, antes de la era cristiana, Ptolomeo
y Eratóstenes ya habían probado la redondez de nuestro planeta,
midiéndolo más ó menos, aproximadamente, á las dimensiones que le da la
ciencia moderna. Luego los árabes volvieron á establecer dicha redondez,
especialmente su geógrafo Alfagramo. Los moros de España enseñaban en
sus escuelas, durante siglos, la esfericidad de nuestro planeta, y los
judíos españoles servían de intermediarios, revelando la geografía árabe
á los hombres estudiosos de la cristiandad. Una oculta y sincera
relación científica unía las escuelas de mezquitas y sinagogas con las
bibliotecas de los conventos.
Era cierto que, en los primeros siglos de la Iglesia, algunos Santos
Padres no creían en los antípodas y consideraban absurda la afirmación
de que el mundo fuese redondo. Durante la primera Edad Media imperaba la
geografía mística y absurda del monje bizantino Cosmas Indicopleustes;
pero en la segunda Edad Media, á partir del siglo XIII, aurora del
Renacimiento, era en España, país de moros, judíos y cristianos, donde
más se creía en la llamada «esfera».
--Colón--siguió diciendo Enciso--, en vez de ser perseguido por la
ignorancia española, como han supuesto tantos autores ligeramente,
copiándose unos á otros, resultó en España un ignorante, comparado con
muchos que escuchaban sus planes. Usted sabe que Colón no creía que el
mundo fuese redondo, sino más bien en forma de pera, teniendo colocado
en su pezón ó parte más alta el Paraíso terrenal. También afirmaba que
en nuestro planeta, dividido en siete partes, seis de ellas son tierra
firme y sólo una la ocupan los mares. En cambio, un obispo de España,
cuando algunos colegas suyos criticaban por rutina el proyecto de Colón
de ir hacia Occidente dando vuelta á la tierra, fundándose en que San
Agustín y otros autores sacros dudaban de dicha esfericidad, contestó
con energía: «San Agustín y otros respetables varones son autoridades en
materias teológicas, pero de ningún modo en cosmografía».
Hubo un silencio, y Claudio Borja dijo con aire pensativo:
--De todos modos, fué un acto hermoso é interesante el del padre de
Madona Lucrecia partiendo la tierra en dos pedazos. Demuestra la
autoridad que aún gozaba entonces el Pontífice, no obstante sus propias
liviandades y las de muchos antecesores. Pudo repartir el mundo como
cosa propia... Lo malo fué que ya empezaba entonces á moverse en
Alemania un frailecillo agustino llamado Martín Lutero.
V
La escandalosa «guerra de la fornicación», y cómo produjo, con
diversos nombres, un espectro lívido que todavía existe.
Enciso se aproximó á una de las ventanas de su biblioteca, mirando al
exterior.
--Llueve. No se vaya usted aún. Fumemos otro cigarro.
Brillaban calles y techumbres bajo una lluvia tenaz que obscurecía
prematuramente el cielo del atardecer.
Claudio Borja, que ya se había puesto de pie para marcharse, volvió á
ocupar un sillón, tomando el grueso cigarro ofrecido por el diplomático.
Se quedaría media hora más, esperando que pasase el chubasco. Y
reanudaron su evocativa conversación.
--El año 1494--dijo Enciso después de reflexivo silencio--resultó para
el papa Borgia el más peligroso de su existencia. A fines de Enero supo
la muerte casi repentina del rey Ferrante ó Fernando, aquel bastardo
nacido en Valencia, que fué cabeza de la dinastía napolitana de Aragón.
Su heredero Alfonso II se apresuró á buscar el apoyo del Papa, único
soberano de Italia que podía ayudarle. Veíase amenazado el nuevo monarca
por la expedición de Carlos VIII y la hostilidad del pueblo y los
barones de Nápoles, tratados con rudeza por el difunto don Ferrante.
Otra vez se consideró Alejandro VI en un dilema angustioso. El rey de
Francia le enviaba embajadores amenazándolo con reunir un concilio que
le quitaría la tiara si no se unía á él. Julián de la Rovere, separado
del rey de Nápoles, empezaba á trabajar por el monarca francés. Además
corría el peligro de perder á su íntimo amigo el cardenal Ascanio
Sforza, partidario también del rey de Francia por su parentesco con el
tirano de Milán.
Quiso contemporizar inútilmente, enviando la Rosa de Oro á Carlos VIII
como símbolo de amistad, y prometió al mismo tiempo dar la investidura
al nuevo rey de Nápoles; esto último por complacer á su amigo Fernando
el Católico.
Presintiendo Alfonso II las justas vacilaciones del Pontífice, por
convenirle á éste en realidad ser enemigo de la dinastía napolitana,
ratificó las proposiciones que había formulado su padre referente á los
Borgia, haciéndolas aún más tentadoras. Su hija natural, doña Sancha, se
casaría con el pequeño Jofre Borgia, llevándole además del principado de
Esquilache 40.000 ducados de renta y una compañía pagada de cien hombres
de armas para su guardia personal. El dote de Sancha sería de 200.000
ducados (más de millón y medio de francos oro). El hijo mayor de
Alejandro VI, Juan, duque de Gandía, recibiría del rey de Nápoles el
principado de Tricarico, en la Basilicata, y á tal presente irían unidos
ricos beneficios eclesiásticos en las diócesis napolitanas para el joven
cardenal de Valencia César Borgia, que acababa de recibir las órdenes
del subdiaconato, entrando en la vida clerical contra su voluntad.
En Abril se decidía el Papa resueltamente á favor de Nápoles, encargando
á su sobrino Juan de Borja, cardenal de Monreale, que coronase á Alfonso
II. Jofre le acompañó para consumar su matrimonio con doña Sancha. Cinco
días después Juliano de la Rovere se embarcaba en Ostia, la noche del 24
de Abril, abandonando á su hermano Juan la defensa del castillo en la
desembocadura del Tíber. Un navío le llevó á Génova, pasando de allí á
Francia enviado por Ludovico «el Moro», señor de Milán, para que
acelerase la marcha invasora de Carlos VIII.
Alejandro llamó á Roma al conde Pitigliano, encargándole el sitio del
castillo de Ostia, y á pesar de la fama de éste como fortaleza
inexpugnable, capituló con sólo un mes de asedio.
Durante varias semanas vió satisfecha el Pontífice su vanidad paternal,
gozando las delicias de una paz que fué á modo de breve paréntesis en
los sucesos de dicho año, tan angustioso para él.
El 7 de Mayo se celebraba en Nápoles la boda de don Jofre y doña Sancha
con gran aparato. Alfonso II, padre de la novia, deseaba levantar su
crédito ante los napolitanos y los barones de su reino, dando gran
brillo á las ceremonias nupciales para inspirar confianza al país,
haciéndole creer que su nuevo parentesco con el Pontífice era una
garantía contra la anunciada expedición francesa.
Claudio Borja creyó del caso recordar una carta del cardenal de Monreale
á su gran amigo el valenciano don Juan Marrades, camarero ó cubiculario
íntimo del Papa, contándole lo ocurrido en esta boda para que lo
transmitiese al duque de Gandía, residente en Valencia. Dicha carta la
guardaba el canónigo Figueras en el archivo de su catedral, y era
notable por la alegre crudeza con que relataba en valenciano algunos
detalles de las nupcias del pequeño Jofre.
--La moral de aquellos tiempos--siguió diciendo--era más desenfadada que
la presente. Usted habló antes del Nuncio del Papa en Pésaro presidiendo
un baile hasta el amanecer y conduciendo la última «farandola» por las
calles. El cardenal Juan de Borja, según costumbre de la época, fué en
compañía de los padres de la novia y otros de la familia á visitar á los
nuevos cónyuges cuando ya estaban acostados. En todas las bodas
aristocráticas de entonces era de ritual dicha visita, riendo padres y
amigos ante las tímidas caricias preliminares de los recién casados.
Hacía elogios el cardenal de la valerosa desenvoltura de su primo Jofre,
que aún no había cumplido catorce años. Sin duda debió deslizar una mano
bajo las ropas del lecho, pues afirmaba en su carta que salió del
dormitorio seguro de que el nuevo príncipe de Esquilache «estaba muy
alegre y bien preparado para la batalla».
Esta certidumbre del cardenal-legado fué de corta duración. El menor de
los Borgia se convenció pronto de que había caído en la más temible de
las esclavitudes sexuales. Doña Sancha, mezcla de napolitana y
española, era de un temperamento furiosamente lúbrico, que acortó su
existencia. Antes de los veintiséis años de edad, en 1506, murió agotada
por sus demasías licenciosas.
--Esta hispano-napolitana--siguió diciendo Claudio--fué culpable, á
causa de sus ardores, de la horrible fama que durante tres siglos ha
pesado sobre la pasiva y sonriente Lucrecia. Los enemigos de Alejandro,
para desacreditar más á su familia, pasaron á la cuenta de la hija todos
los desenfrenos de la nuera, y los escritores de la Reforma, arrastrados
por el odio religioso, mantuvieron dicho error.
Cuando dos años después los jóvenes príncipes de Esquilache volvieron de
Nápoles á Roma para vivir en el Vaticano, doña Sancha, todavía muy
jovencita, pero en plena erupción de su temperamento precoz y
perversamente lujurioso, se entregó á los mayores excesos, encontrando
tal vez una ampliación de sus placeres en el escándalo que provocaban.
--Hacía gala de sus amoríos con sus dos cuñados: Juan y César. Era
inútil que éstos guardasen cierta prudencia; ella, con cínicos alardes,
se encargaba de hacer saber á todos sus placeres incestuosos. Al mismo
tiempo se entendía con otros hombres de la corte papal que eran de su
gusto, así eclesiásticos como laicos. Lo raro fué que no atentase contra
su propio suegro el Pontífice, pues éste, á pesar de su vejez,
continuaba mostrándose alegre y galante con las damas en las fiestas del
Vaticano... Alejandro sentíase, en realidad, indignado por la conducta
de su nuera y la triste situación de su hijo Jofre. Este sólo deseaba
que su mujer le dejase tranquilo y olvidado. Ella lo escarnecía por la
prudencia con que cuidaba de su salud, y tales y tan continuos fueron
los escándalos dados por la napolitana, que el Papa, en sus últimos
tiempos, acabó por encerrarla en el castillo de Sant Angelo, para que no
hablasen más en Roma de su ostentosa impudicia.
Al día siguiente de dicho matrimonio, el cardenal de Monreale coronaba
con gran aparato á Alfonso II de Nápoles, renovándose acto seguido para
el Papa la sucesión de conflictos que llenó todo el curso de 1494, el
año más tenebroso de su vida.
Después de haberle abandonado Rovere, hizo lo mismo Ascanio Sforza. Los
dos cardenales habían vivido siempre como implacables adversarios; pero
se unieron en la presente ocasión para combatir juntos al Papa: Juliano
como protegido del rey de Francia, Ascanio como hermano de Ludovico «el
Moro», de Milán.
Además, el peligro se alzaba repentinamente para Alejandro VI dentro de
su propia casa. Toda la nobleza romana que había recibido sus Estados en
feudo de la Santa Sede declarábase en rebelión. Los Colonna, los Orsini,
los Savelli y tantos otros, bajo la influencia de Ascanio Sforza, se
unían al tirano de Milán y á Carlos VIII.
Más de la mitad de Italia era enemiga del Papa. Sólo podía apoyarse en
el rey de Nápoles, y éste á su vez buscaba su protección, temiendo á los
señores feudales y al pueblo de sus propios Estados, por tener la
certeza de que se sublevarían contra él apenas avanzase la expedición de
los franceses.
Se daba cuenta Alejandro de su gran error diplomático, aunque en
realidad lo había visto claramente desde el principio. Era su amigo el
rey de España quien le había impulsado á tomar esta determinación, más
que el propio deseo de engrandecer á sus hijos. Y Fernando el Católico
sólo le enviaba palabras de amistad y esperanzas de auxilio, sin que
llegasen detrás de ellas soldados ni dinero.
El peligro inminente le hizo pensar en la seguridad de su familia.
Lucrecia vivía en Pésaro con su esposo. Este Juan Sforza, sobrino del
duque de Milán, no podía permanecer tranquilo en Roma desde que el Papa
desertó la liga formada por milaneses y venecianos, uniéndose con
Alfonso II de Nápoles. Creía más prudente vivir lejos de la Ciudad
Eterna, en sus tierras propias, y Alejandro VI dejó que se llevase á su
esposa.
También temía Borgia los horrores de una invasión, pensando en «la bella
Julia» y demás mujeres de su familia ilegítima. Todas ellas siguieron á
Lucrecia en dicho viaje, con pretexto de pasar el verano junto al
Adriático, y en realidad para mantenerse á cubierto de la próxima
guerra. La «Farnesina», doña Adriana de Milá y «la Vannoza»
emprendieron el viaje á Pésaro. El único de sus hijos que permaneció en
Roma cerca de él fué César, ayudándole con una serenidad de juicio y una
sangre fría impropias de sus pocos años.
Se esforzó el Papa por hacer frente al próximo avance francés. Como
Venecia estaba en relaciones con el sultán de Constantinopla, envió á
éste un agente secreto, llamado Bocciardo, pidiéndole aconsejase al
gobierno veneciano que se pusiera de parte de Nápoles. El hecho de
guardar en su poder á Djem, hermano del sultán Bayaceto, facultaba al
Pontífice para intentar dicha gestión. Al mismo tiempo, el enviado debía
pedir al jefe del Islam que pagase anticipada una anualidad por el
mantenimiento de su hermano en Roma. Dicha pensión, de 40.000 ducados,
serviría al jefe de la Iglesia para defenderse de la invasión francesa.
Mientras tanto, Carlos VIII justificaba sus preparativos guerreros con
un fin falsamente religioso. Luego que se apoderase del reino de
Nápoles, iría á conquistar Constantinopla y Jerusalén (¡el eterno
pretexto de la cruzada!); pero ni él ni sus capitanes pensaban en
cumplir tales promesas.
Salía de Roma el Pontífice para avistarse con Alfonso II cerca de la
frontera napolitana, examinando los medios de resistir con las armas á
los invasores. Alejandro VI y el joven cardenal César sostenían la
conveniencia de ir al encuentro del adversario con un movimiento
ofensivo, aprovechando la dispersión de sus fuerzas en el avance.
Alfonso temía salir del reino con sus escasas tropas, por miedo á la
sublevación que seguramente estallaría apenas se alejase.
El 3 de Septiembre pasaba el rey de Francia la frontera de Saboya. Iban
con él 15.000 hombres de armas y escuderos, 8.000 arcabuceros gascones,
6.000 alabarderos suizos, 1.500 arqueros franceses y 150 cañones
enormes. Esta aglomeración de hombres armados, la más grande en realidad
que se había visto en aquella época, no llevaba tiendas de campaña, ni
víveres, ni dinero. Las tropas vivían sobre las tierras conquistadas.
Además, este ejército de franceses iba hacia la rica Italia en el mismo
estado de ánimo que las andrajosas y famélicas brigadas de la
República, tres siglos después, cuando el principiante Bonaparte las
mostraba desde lo alto de los Alpes la tierra de promisión.
Carlos VIII, hijo degenerado del terrible Luis XI, era feo de rostro,
débil de piernas, poco inteligente, pero con un insaciable apetito
genésico. La campaña de Italia iba á servirle para conocer nuevas
mujeres, uniendo al deleite carnal el incentivo de la violencia.
--Esta expedición francesa--dijo Borja--no pudo ser más fácil ni
proporcionar mayores placeres. Tan imponente número de guerreros
atravesó la mayor parte de Italia sin esgrimir sus armas, pudiendo
entregarse finalmente en Nápoles á la más ruidosa de las orgías. Sólo á
la vuelta, al salir de la península, tuvieron que pelear una sola vez,
con verdadero empeño, para abrirse paso. En realidad la tal campaña
merece el nombre de «guerra de la fornicación». No hicieron otra cosa el
joven rey de Francia, apodado «el Cabezudo» por su fealdad, y los 30.000
hombres de su ejército.
Enciso acogió con gestos afirmativos el título de dicha guerra.
Resultaba exacto.
Dos soberanas, la duquesa Blanca de Saboya y la marquesa de
Monteferrato, abrían la península al joven conquistador. La primera lo
recibía espléndidamente en Turín y la segunda en Casale. Entradas
triunfales sin ningún combate previo, justas y torneos antes de los
grandes banquetes, por la noche danzas con las damas, y luego el reposo
de cada héroe en un lecho de finas telas, «con carnes dulces que
palpar». Si el monarca y sus paladines llegaban con el deseo de
conseguir numerosas conquistas femeninas, las hermosas señoras italianas
mostrábanse aún más vehementes y prontas á entregarse, olvidando á
padres y maridos, con la esperanza de alegar luego el haber sido
forzadas por los invasores.
--Todos los documentos de aquel tiempo, lo mismo las crónicas
particulares que las comunicaciones diplomáticas, hablan de la
fornicación general de las tropas y de sus capitanes, empezando por el
rey. Según testimonio de los franceses, las bellas italianas no
esperaban á ser violadas ó solamente rogadas, sino que se ofrecían
espontáneamente. Después de haber gozado de todas maneras la
hospitalidad de la duquesa Blanca de Saboya y la marquesa de
Monteferrato, se hacía prestar Carlos VIII, con una franqueza admirable,
las joyas de estas hermosas damas, empeñándolas para pagar á sus tropas.
Luego la orgía continuaba en el Milanesado.
La joven esposa de Juan Galeas, verdadero señor de Milán, se echaba á
los pies del rey francés haciéndole saber que el usurpador Ludovico «el
Moro» guardaba á su sobrino preso, para conservar el gobierno del país.
Lloró Carlos VIII de emoción escuchando tan justos lamentos; pero como
Ludovico era quien le abría la península italiana, dejándolo entrar en
Milán, se enjugó las lágrimas y siguió adelante. Poco después, Galeas
moría envenenado por su tío, para que la viuda no hiciese más protestas.
Pasaba de Milán á Florencia el ejército invasor, siendo acogido en todas
las ciudades lo mismo que en Turín: fiestas, torneos, banquetes,
fornicación general y al marcharse grandes contribuciones de guerra.
César Borgia abandonó Roma, encerrándose en Orvieto--ciudad confiada á
su gobierno por el Papa--para improvisar su defensa.
Este hijo de español nacido en Roma empezó á mostrar un orgullo
italiano, del que parecían desprovistos los más de sus compatriotas. Ya
que todos se sometían al invasor y numerosas mujeres aumentaban tal
bajeza con su liviandad escandalosa, él sería el único en protestar por
medio de las armas. Y la sola resistencia que encontraron los franceses
antes de su llegada á la frontera de Nápoles fué la de Orvieto. Contra
su ciudadela chocaron inútilmente las olas de la invasión, teniendo que
seguir adelante.
Mientras Carlos VIII avanzaba desde Florencia á Roma, dos grandes
contrariedades entristecieron al Papa, que había quedado solo.
Bocciardo, su agente secreto, desembarcaba cerca de Ancona, en el
Adriático, con un enviado turco de Bayaceto, portador de los 40.000
ducados de la pensión de Djem. Ambos viajeros caían en poder de una
banda capitaneada por Juan de la Rovere, hermano del cardenal, expulsado
del castillo de Ostia. Se apoderaba aquél de los 40.000 ducados,
dejando en libertad al mensajero del sultán. A Bocciardo manteníalo
preso, y despojado de todos sus papeles lo enviaba al cardenal Juliano,
que había venido de Francia en el séquito de Carlos VIII.
Sirvió la pensión de Djem para los gastos de la campaña, y los papeles
fueron utilizados por Juliano, quien los desfiguró, publicándolos luego
para desacreditar á su adversario. Basándose en dichos documentos
falsificados, inventó una calumnia digna de su violento carácter,
diciendo que Bayaceto proponía al Papa la muerte de su hermano Djem,
ofreciéndole 300.000 ducados á cambio de su cadáver.
--Esta calumnia demasiado grosera--dijo Claudio--no produjo el efecto
que esperaba Juliano. Se deshizo sin tocar á su enemigo. Era posible que
Bayaceto hubiese escrito dicha proposición. Varias veces intentó, en el
Pontificado anterior y en el de Borgia, asesinar á su hermano por medio
de enviados turcos ó de italianos, que aceptaban sus planes sin
realizarlos nunca. El interés de los Papas era, por el contrario,
guardar á Djem para tener en respeto al Gran Turco y percibir la pensión
anual de 40.000 ducados. Matarlo equivalía á suprimir «la gallina de los
huevos de oro», pues el mantenimiento de dicho personaje no costaba ni
la décima parte de la cantidad recibida.
--Nadie hizo caso del violento Juliano de la Rovere, es cierto--añadió
Enciso--. Mas transcurrido un siglo, los escritores de la Reforma
recogieron la olvidada calumnia para acusar al papa Borgia de la muerte
de Djem, ocurrida meses después, y perfectamente explicable por sus
excesos alcohólicos, cuando ya estaba en manos de Carlos VIII.
Al llegar el rey de Francia á Lucca, encontraba al cardenal Piccolomini,
sobrino de Pío II, hombre bondadoso y transigente, encargado por el Papa
de intentar un acomodamiento con él. Conocían los del séquito real la
situación desesperada de Alejandro VI, sin medios de resistencia,
abandonado de todos, con su propia vida en peligro. Los barones romanos
sublevados no esperaban mas que una ocasión favorable para apoderarse de
la capital pontificia y tal vez para asesinarlo.
Se negó el monarca á recibir á Piccolomini, alegando no tener necesidad
de intermediarios para hablar con el Papa. Ya trataría con éste
directamente durante las fiestas de Navidad, que era cuando pensaba
entrar en la Ciudad Eterna.
Un gran disgusto de índole privada vino á unirse en Noviembre al
desaliento político de Alejandro VI. La «bella Julia», siguiendo uno de
sus caprichos, se había separado de Lucrecia en Pésaro para ir á
Viterbo, donde estaba su hermano el cardenal, en compañía de una cuñada
suya y doña Adriana de Milá.
Varios jinetes franceses, mandados por Ives d’Allegre, el mismo que iba
á ser años adelante compañero de armas de César Borgia, hicieron
prisioneras á las tres damas, pidiendo por ellas rescate, como de
costumbre. La guerra y el bandidaje apenas se diferenciaban entonces.
--A pesar de que Ives d’Allegre habló con entusiasmo de la belleza de
Julia á Carlos VIII, éste se negó á verla, decisión que no se explica,
tratándose de un hombre de insaciable curiosidad en el conocimiento de
beldades italianas. Tal vez Rovere y los otros cardenales que iban con
él evitaron, por toda clase de medios, que llamase á la bella
prisionera, temiendo que ésta lo sedujese con su hermosura y lo
inclinara á favor de Alejandro VI.
Mostró el Papa las angustias de un viejo enamorado al enterarse del
suceso, haciendo toda clase de gestiones para la liberación de las
cautivas. Envió inmediatamente los 3.000 ducados de rescate exigidos por
el capitán Allegre y despachó á dos cardenales para que solicitasen de
Carlos VIII la cesión de las prisioneras, protestando de la indelicadeza
de dicho rapto. Las tres damas fueron enviadas á Roma con fuerte
escolta, y el cubiculario secreto del Papa, Juan Marrades, su hombre de
confianza, salió á recibirlas fuera de la ciudad.
Su cautiverio sólo había durado cuatro días, y Borgia se consoló
momentáneamente de sus inquietudes políticas al ver otra vez á «la bella
Julia».
Tal accidente, digno de la «guerra de la fornicación», hizo reir á media
Italia.
Ludovico «el Moro» protestó al enterarse del modesto rescate fijado por
el capitán francés.
--¡Tres mil ducados!--dijo--¡qué locura! El Santo Padre habría dado diez
veces más, cien veces más, por entrar otra vez en posesión de su bella
concubina.
Aproximábanse á Roma, al mismo tiempo, por un lado el ejército francés y
por otro un ejército napolitano, cuyo auxilio no podía inspirar
confianza, ya que su jefe, el duque de Calabria, aconsejaba al Pontífice
que huyese de su capital, refugiándose en Nápoles.
Alejandro no sabía qué hacer. Su valor sereno y confiado le evitaba las
ofuscaciones del pánico. Seguía esperando un auxilio providencial,
aunque ignoraba de dónde podía venir. Los reyes españoles, que le habían
empujado á la situación presente, sólo enviaban promesas.
Hubo un momento en que resolvió huir, por no verse con Carlos VIII, que
pensaba exigirle el reconocimiento de sus derechos sobre el reino de
Nápoles. Pero ya era tarde. Las avanzadas francesas galopaban por la
campiña romana, y desde el Vaticano podía ver el Papa á sus jinetes en
las alturas del Monte Mario. El castillo de Sant Angelo, muy descuidado
por sus antecesores, no podía oponer una resistencia seria.
--Iba á empezar para él--dijo Enciso--un verdadero calvario, que duró un
mes; pero tan larga prueba hizo palpable hasta dónde llegaban su
habilidad y su firmeza, consiguiendo finalmente salir victorioso de
tantos peligros.
Aceptó que Carlos penetrase en la ciudad con sus tropas, pero á
condición de mantenerlas en la ribera izquierda del Tíber. En los
últimos días de Diciembre, algunas fracciones del ejército invasor se
alojaron en Roma, fuera de la llamada Ciudad Leonina, cometiendo iguales
atropellos que en las otras poblaciones italianas, especialmente en la
persecución de las mujeres.
Mientras tanto, el monarca francés consultaba á sus astrólogos el día
más favorable para hacer su entrada en la Ciudad Eterna. Estos
designaron el de San Silvestre, y el 31 de Diciembre penetró Carlos en
Roma con el aparato de un triunfador, dando por segura, los enemigos de
Rodrigo de Borja, la pérdida de su tiara. Rovere y los cardenales que
iban en el séquito real proyectaban la reunión de un cónclave que le
depondría, nombrando á otro Pontífice.
Escuchó Alejandro pacientemente todas las imperativas exigencias de los
delegados del joven monarca. Pedían la entrega inmediata del príncipe
Djem, y que permitiese una guarnición de franceses en el castillo de
Sant Angelo. César Borgia seguiría en rehenes á Carlos VIII hasta que
éste conquistase Nápoles, y el Pontífice debía darle en seguida la
investidura de dicho reino, legitimando así sus derechos como heredero
de los Anjou.
Ante unas exigencias tan rudamente expuestas por los enviados regios, no
había mas que aceptarlas con una abdicación vergonzosa, ó romper las
entrevistas, negándose á todo. Alejandro no hizo ni una cosa ni otra.
Discutió, dió largas á la resolución de cada una de las peticiones.
Cuando se veía obligado á responder acto continuo, sufría un síncope, y
era preciso dejar el asunto hasta el día siguiente.
César había abandonado á Orvieto al ver la plaza libre de sitiadores, y
adelantándose á éstos con uno de aquellos galopes sorprendentes que
empleó luego en sus campañas, estaba otra vez al lado de su padre. El
aconsejó la única medida enérgica que se podía adoptar, y el 7 de Enero,
Alejandro y sus cardenales abandonaron en secreto el Vaticano por el
pasaje subterráneo que une éste al castillo de Sant Angelo, refugiándose
en dicha fortaleza, como si pretendieran defenderse desesperadamente.
Tan grande era aún el prestigio del Papa, que el rey de Francia no osó
atacarlo ni deponerlo, como le aconsejaban Juliano de la Rovere, Ascanio
Sforza y tres cardenales más que figuraban en su séquito. Temía el
descontento que pudieran provocar dichos actos en Francia y fuera de
ella. Al mismo tiempo, el Pontífice y sus cardenales fieles se daban
cuenta de que el castillo de Sant Angelo no podría resistir un verdadero
asalto, y esta doble consideración hizo que por ambas partes se
reanudasen las conferencias, poniéndose de acuerdo finalmente el 15 de
Enero.
Dicha convención casi fué un triunfo para el Pontífice, al que todos
creían perdido días antes. El príncipe Djem quedaba confiado al rey de
Francia en todo el curso de la expedición contra los turcos; pero el
Papa continuaría cobrando del sultán la pensión de 40.000 ducados. César
Borgia iba á acompañar á Carlos VIII en su campaña durante cuatro meses,
no en rehenes, sino como legado pontificio, con todos los honores
debidos á tan alto cargo. Una guarnición francesa ocuparía
Civita-Vecchia mientras el ejército del rey atravesaba los Estados de la
Iglesia y Juliano de la Rovere se reinstalaría en el castillo de Ostia.
Alejandro VI, en compensación, debía conservar el castillo de Sant
Angelo, recibir testimonio de obediencia públicamente del rey de
Francia, gobernar con entera libertad sus Estados y ser protegido por
dicho monarca contra todo ataque. ¡Y ni una palabra sobre el
reconocimiento de los derechos de Carlos VIII al reino de Nápoles, que
era lo que deseaba evitar Borgia!... Tal omisión y el juramento de
obediencia del rey francés al Pontífice representaban una victoria
diplomática enorme, un triunfo de su autoridad espiritual.
Volvía Alejandro, por el mismo pasaje secreto, desde el castillo á su
palacio, recibiendo con gran majestad á Carlos VIII. Hizo tanta
impresión en el joven monarca este Pontífice, al que veía por primera
vez, y lo sedujo luego con tan agradables palabras en la intimidad, que
ya no habló de su investidura de Nápoles, contentándose con dejar dicho
asunto para otra ocasión.
Necesitaba el conquistador partir cuanto antes. Roma estaba amenazada
por el hambre. Las tropas francesas habían devorado cuantas reservas se
guardaban en la ciudad y sus cercanías. El pueblo no podía sufrir la
arrogancia de los invasores. Diariamente surgían peleas. Los muchos
españoles residentes en la ciudad se batían en todas las encrucijadas
con estos soldados insolentes enemigos de los Borgia. Los alabarderos
suizos excitaban especialmente la cólera popular. En su embriaguez
perseguían y violaban á las mujeres hasta en mitad de las calles,
mostrándose las plebeyas romanas menos fáciles que las altas señoras.
El 28 de Enero de 1495 abandonó Carlos VIII la capital pontificia al
frente de sus tropas. César Borgia cabalgaba á su derecha, llevando
sobre su vestido de viaje la capa roja de cardenal. Había aceptado, con
aparente conformidad, este papel de legado que disimulaba su verdadera
condición de rehén. Los que le conocían sospechaban que tanta
mansedumbre debía ocultar algún propósito secreto.
Veinte carros, con vistosas fundas ostentando las armas de los Borgia,
contenían el equipaje del joven cardenal. La primera etapa fué de Roma á
Marino, y cerca de esta última población dos de los mencionados carros
tuvieron que apartarse de la vía y quedar inmóviles por habérseles roto
las ruedas. Eran los únicos que verdaderamente iban cargados con la
vajilla preciosa y otros objetos de uso del legado.
La etapa resultó más larga al día siguiente, y la comitiva regia llegó á
Velletri, donde el monarca francés, el príncipe Djem y César debían
ocupar distintos alojamientos, preparados por el obispo de dicha ciudad.
Acompañó el cardenal de Valencia al rey hasta su casa, retirándose luego
á la que le habían destinado. Una guardia de honor velaba en torno á su
persona como representante del Pontífice, aunque en realidad su misión
era la de vigilarle. Al cerrar la noche, César huyó de su alojamiento
por una puerta trasera, vestido de caballerizo. Atravesó las calles á
pie, sin darse prisa, para no llamar la atención, salió al campo, y en
la Via Apia, lejos de las últimas casas de la ciudad, un hombre surgió
de un grupo de árboles para ir á su encuentro, llevando de la rienda un
caballo magnífico. Era un hidalgo de Velletri que César Borgia había
conocido durante su permanencia en Marino el año anterior, cumpliendo
una misión del Papa. Admirable jinete, saltó el cardenal sobre el fogoso
corcel y á todo galope volvió á la Ciudad Eterna, entrando en ella antes
que apuntase el día.
Nadie lo vió, ni su mismo padre. Sólo, mucho tiempo después, se supo que
había vivido oculto en la casa de un español, Antonio Flores, auditor de
la Rota, eclesiástico humilde, muy favorecido luego por los Borgia y que
llegó á ser Nuncio en Francia.
Al enterarse Carlos VIII de la desaparición del cardenal, montó en
cólera, considerando esta fuga como una afrenta para él. Su indignación
aún fué en aumento al ser registrados los diez y ocho carros cubiertos
con fundas blasonadas, que no se habían movido de Velletri por ignorar
sus conductores la huída de su amo, viéndose que sólo contenían sacos de
tierra y piedras. Esto demostró la premeditación de dicha fuga, y cuando
una partida de jinetes fué en busca de los otros dos carros que se
habían detenido en la jornada anterior por rotura de sus ruedas,
resultaron tan invisibles como el cardenal de Valencia.
Encontró el pueblo de Roma muy graciosa la jugarreta de César. Era hijo
de su ciudad: un verdadero romano, nacido de una transtiberina. Además
todos se mostraban furiosos por los atrevimientos de los invasores. Los
Borgia eran mirados ahora con cariño, y César fué de pronto el héroe
popular, ayudando á tal prestigio su misteriosa desaparición.
Inventó el entusiasmo público venganzas patrióticas, atribuyéndolas al
joven cardenal. Hasta propaló que unos suizos ebrios del ejército
invasor habían penetrado en casa de «la Vannoza», violando á esta
matrona, que todavía se conservaba apetecible, y su hijo, sabedor del
atentado, había ido matando á puñaladas á sus autores. La noticia era
falsa, pues «la Vannoza» estaba en Pésaro al lado de su hija Lucrecia;
pero de todos modos el pueblo admitía como indiscutibles cuantas
heroicidades vengadoras le contasen del que llamaba «nuestro César».
Mientras tanto, el Pontífice, alarmado por una fuga de la que su hijo no
le había hecho la menor confidencia, daba excusas á Carlos VIII y
ordenaba que un grupo de burgueses de Roma, amedrentados por el acto del
cardenal de Valencia, fuese á Velletri inmediatamente para protestar del
insulto inferido al rey francés y suplicarle que no se vengase en su
ciudad.
Tuvo Carlos que seguir adelante, furioso por esta burla que le privaba
de llevar junto á su persona un legado de la Santa Sede, dando
apariencias de aprobación papal á su guerra. Esto hizo pensar á los
cardenales enemigos de Borgia si la fuga sería una combinación del
padre y el hijo, pues ayudaba perfectamente á la política de Alejandro.
En el mismo Velletri sufrió Carlos otra molestia. Al día siguiente de la
huída de César se le presentaron unos embajadores españoles, enviados
por Fernando el Católico, para protestar contra su expedición á Nápoles
y la ocupación de las fortalezas del Papa. Al fin llegaba para Alejandro
el apoyo de su amigo el rey español, aunque sólo fuese en forma de
protesta diplomática.
Siguió adelante el joven conquistador, menospreciando dicha reclamación,
en busca de una victoria que no podía ser más fácil. La guerra resultaba
un simple paseo militar.
En vista de la flojedad y escasez de sus tropas, el rey de Nápoles había
huído á Sicilia, abandonando sus Estados. A pesar de que nadie osaba
oponer resistencia, el ejército invasor, ávido de pillaje, saqueó é
incendió algunos pueblos al pasar la frontera napolitana, y esto fué
suficiente para que las más de las ciudades apresurasen su rendición.
Unas pocas semanas bastaron á Carlos para posesionarse del reino
napolitano sin tirar de la espada.
El 22 de Febrero ya había entrado en Nápoles con honores de héroe.
Llegaba el momento de cumplir sus promesas de cruzado, marchando sobre
Constantinopla, luego de pasar por Grecia, que le esperaba impaciente
para librarse de los turcos.
Tres días después de entrar en Nápoles moría el príncipe Djem. Contra
toda verosimilitud, los enemigos del Papa le atribuían la muerte de este
príncipe, diciendo que lo había entregado al rey de Francia, envenenado
con un mes de anticipación, como si esto fuese posible.
Verdaderamente, el hermano del sultán sentíase enfermo desde mucho
antes, á consecuencia de sus excesos en la comida y la bebida. El
célebre pintor Mantegna, que le visitó repetidas veces en su alojamiento
del Vaticano, declaraba que Djem comía de ordinario cinco veces al día
copiosamente, y estaba ebrio á todas horas. Era gran jinete, pero á pie
resultaba grotesco por su extremada gordura y la fealdad de su rostro.
César Borgia y su hermano Juan habían tenido con él cierta intimidad, y
más de una vez, por la influencia de dicho trato amistoso, los dos hijos
del Papa se mostraron en las calles de Roma con turbante y caftán,
montados á la turca, imitando el aspecto del príncipe cautivo.
--Alejandro VI--dijo Enciso--no tenía ningún interés político en la
muerte de Djem. Mientras viviese seguiría cobrando del sultán la pensión
de 40.000 ducados. En cambio, de continuar Djem al lado de Carlos VIII,
éste iba á verse en la obligación de aprovechar la influencia del
cautivo, marchando inmediatamente á la conquista de Constantinopla. Era
al rey de Francia, que nunca pensó seriamente en dicha conquista, á
quien convenía la muerte del príncipe turco, y si existió
envenenamiento, á él debe atribuirse... Pero en realidad Djem murió de
sus excesos, que aún fueron mayores al abandonar el Vaticano y seguir á
un ejército en el que todos iban ebrios ó acuciados por la lujuria.
La vida de Carlos VIII en Nápoles resultaba un final digno de la «guerra
de la fornicación». Allí se desarrollaban las fiestas más suntuosas y
las mayores aventuras libertinas. Ni el rey ni sus capitanes parecían
acordarse ya de la promesa de guerrear contra los infieles. El ejército
se iba empequeñeciendo con alarmante rapidez á causa de los excesos
venéreos y las enfermedades. Todo Nápoles era una orgía. Además, estos
vencedores sin combate maltrataban á los napolitanos, lo mismo que
habían hecho en los otros países, robándolos individualmente é
imponiéndoles fuertes contribuciones.
Commines, embajador de Francia en Venecia, escribía á su rey, alarmado
por la opinión que empezaba á levantarse en Italia, aconsejándole que
retrocediese cuanto antes.
Fernando el Católico creaba desde España una liga contra Carlos VIII,
entrando en ella el Papa, el emperador de Austria, Venecia y hasta el
mismo Ludovico «el Moro», que había abierto á los franceses las puertas
de Italia y estaba arrepentido en vista de sus excesos. Dicha liga fué
proclamada el 12 de Abril de 1495, y Carlos tuvo que replegarse
inmediatamente hacia la frontera francesa para que no le cercasen los
aliados dentro del reino de Nápoles.
No tenía barcos para evadirse por el Mediterráneo, y España y Venecia
dominaban con sus flotas este mar, así como el Adriático. Debía volver á
salir por los Alpes, lo mismo que había entrado, y para ello necesitaba
atravesar otra vez las tierras pontificias.
Dejando una parte de su ejército en Nápoles, mandado por el duque de
Montpensier, tomaba el camino de Roma, anunciando su regreso al Papa con
las palabras más amables. Pero Alejandro, zorro viejo, no iba á caer en
las trampas puestas por este mancebo alegre. Tal vez quería apoderarse
de César Borgia, llevándolo á su lado como escudo protector para
atravesar la Italia sublevada, entrando en Francia. Además, le placería
mucho vengarse de un cardenal, más joven que él, que lo había puesto en
ridículo con su fuga de Velletri.
Para que el Papa le esperase en Roma, le ofreció un regalo inmediato de
100.000 ducados y un tributo anual de 50.000 á cambio de la investidura
de Nápoles. Como aún tenía parte de sus tropas en dicho reino,
consideraba indiscutible su conquista, no pudiendo imaginar que Fernando
el Católico enviase un ejército desde España para quitárselo.
Ni las ofertas del rey, ni las amenazas de los embajadores franceses,
conmovieron al Papa; é imitando la táctica de César, huyó de Roma con
veinte cardenales, refugiándose en Orvieto.
Carlos apenas se detuvo en Roma para ir también á Orvieto; mas entonces,
Alejandro, que no quería verle á todo trance, se marchó á Perusa
mientras las tropas de la liga formada contra aquél se iban reuniendo en
Parma.
Tal noticia hizo desistir al rey francés de su entrevista con el Santo
Padre, y precipitó su retirada hacia los Alpes, al mismo tiempo que
Alejandro retrocedía tranquilamente á Roma guiado por César, quien meses
antes había salido de su escondrijo en la casa del clérigo Flores, y
seguía á su padre en estas hábiles marchas y contramarchas.
Hubo de librar Carlos una furiosa batalla para abrirse paso á través de
los confederados. El peligro le hizo combatir valerosamente, siendo esta
lucha la única digna de mención en toda la guerra.
Aunque consiguió ponerse en salvo, tuvo que dejar en manos del enemigo
todos los bagajes de su ejército, así como el botín robado en Nápoles.
Hasta los objetos personales del monarca quedaron abandonados en el
campo de batalla, especialmente una colección de pinturas representando
á todas las beldades «conocidas» por Carlos VIII en Italia.
--Aseguran que el rey cambiaba casi todos los días de amante--dijo Borja
sonriendo--, y su expedición duró once meses. Calcule usted, don Manuel,
cuántos serían los retratos de las damas.
Esta guerra de una batalla única resultaba terriblemente mortífera por
los combates de la fornicación más que por los de las armas. Una
demencia lujuriosa parecía haberse apoderado de los treinta mil hombres
desde que atravesaron los Alpes. Cierto cronista napolitano que dió
alojamiento á dos señores franceses relataba cómo cada uno de ellos
tenía ordinariamente siete hermosas jóvenes ó mujeres casadas á su
servicio, las cuales se renovaban, disputándose sus caricias.
--Además, dicha guerra--siguió Borja--hizo conocer una de las grandes
calamidades que todavía aflijen á los humanos. El espectro lívido de la
sífilis tomó cuerpo repentinamente, aterrando á todos con la visión
explosiva de su fealdad. Es probable que existiese antes, pero en una
forma distinta, confundiéndose con la lepra... Por un misterio todavía
inexplicable, exacerbado tal vez dicho mal por las licenciosas
costumbres del Renacimiento, se difundió de pronto como un estallido,
abarcando igualitariamente á todas las clases sociales, royendo las
narices y las gargantas de reyes y Papas, diezmando las naciones con la
ferocidad de una epidemia. Los medios curativos de entonces, con su
ineficacia, facilitaron estos progresos del mal.
--Nunca perecieron tantos personajes á un mismo tiempo como en aquella
época--dijo Enciso--. Y como los enfermos morían cubiertos de abcesos,
desfigurados por hediondas gangrenas, atribuía el vulgo tales
defunciones á envenenamientos preparados por la venganza ó la codicia.
Todos consideraban dichas lacras un exceso de ponzoña que se escapaba á
través de la piel.
Muchas muertes originadas por el legendario veneno de los Borgia eran
verdaderamente obra de la sífilis, atribuyéndose al mencionado tósigo el
aspecto horrible que presentaban los atacados de dicha enfermedad. Y
como ésta se cebaba con preferencia en ricos y poderosos, el vulgo
encontraba fáciles razones para suponerlos envenenados.
--Lo raro fué--dijo Borja--que al mismo tiempo que la epidemia sexual se
difundía por Europa, los descubridores españoles la encontrasen en
América, dándola el nombre de «mal de bubas». Tal dualidad hizo que
durante mucho tiempo se atribuyese á los pobres indígenas del Nuevo
Mundo el terrible regalo de la sífilis hecho al mundo viejo.
Puso término Enciso al asunto con expresión escéptica.
--En este suceso nadie está de acuerdo y no existe una sola verdad. Cada
cual sostiene la suya. Durante varios siglos, la terrible dolencia
propagada por la expedición de Carlos VIII ha tenido un origen
denigrante para el vecino, según se hablase de ella á un lado ó á otro
de los Alpes. Los italianos la llaman aún «mal francés» ó «mal gálico»,
y los franceses la conocieron con el nombre de «mal napolitano».
V
La inconveniente conducta de Claudio Borja en el palacio de Enciso de
las Casas.
Algunos días después, la vida monótona y plácida, alimentada por
recuerdos históricos, que venía llevando Claudio Borja en Roma, quedó
conmovida por dos opuestos motivos.
El embajador Bustamante lo llevó á su despacho á la terminación de uno
de aquellos almuerzos «de confianza» á que le invitaba frecuentemente, y
empezó á hablarle con la autoridad cariñosa de un antiguo tutor,
recordando su amistad íntima con el padre de Claudio. Siempre
consideraba al joven como de su familia. Hasta podía decir que Estela y
él se habían criado juntos, no obstante la diferencia de algunos años
entre sus respectivas edades. Don Arístides no había perdido de vista la
«afinidad electiva» que ligaba á los dos.
--En Madrid todos daban por seguro vuestro matrimonio. Después...
después pasó lo que pasó. No hablemos de ello. Yo también soy hombre, y
he tenido mis debilidades, de las que no quiero acordarme... Pero ahora,
por suerte, parece que mi hija y tú habéis vuelto á ser novios. No me lo
niegues; se ve claramente. Estela vive más contenta, y mi cuñada me ha
dicho que cuando salís los tres juntos, vosotros dos procuráis marchar
delante de ella, hablando á solas, lo que satisface y molesta al mismo
tiempo á la pobre Nati.
Y el solemne personaje creía llegado el momento de intervenir en este
asunto amoroso. Era preciso darle una solución, ya que empezaba á
resultar inexplicable para los amigos de la casa. ¿Cuándo se casaban?...
Luego, Bustamante le fué explicando con aire paternal la conveniencia de
adoptar pronto dicha resolución. Era hora de que terminase su vida de
soltero, sin finalidad y sin provecho alguno. Trabajaría mejor al lado
de su esposa, en una casa propia, llevando la existencia ordenada de
todos los varones dignos de respeto que sirven á la sociedad, recogiendo
al mismo tiempo provechos y honores. Hasta le insinuó hábilmente lo que
iba á ganar en consideración social siendo yerno del embajador
Bustamante. Podría pretender en España honorables cargos públicos; se
vería admitido en Roma, por derecho propio, en el mundo de los
representantes diplomáticos, que don Arístides trataba ya como si fuese
su ambiente natal.
Reconoció que Borja se veía aceptado en dicho mundo como un joven
simpático y de cualidades recomendables; pero tal vez el mayor de sus
méritos consistía en ser allegado á la familia del embajador de España.
Quedó Claudio indeciso ante las insinuaciones de su antiguo tutor. En
realidad, no había hablado jamás de casamiento con Estela. Como se
tuteaban desde niños y existía entre ellos una confianza de camaradas,
podían conversar de todo, cual si sus destinos tuviesen una finalidad
común, pero sin concretar nunca el carácter de tales destinos. Se
miraban sonrientes, se estrechaban las manos, tenían en sus palabras y
movimientos una confianza igual á la de los muchachos que se entregan
juntos á sus juegos; mas nunca habían hablado concretamente de amor.
¡Notaba él tal distancia entre sus conversaciones con Estela y otras
desarrolladas en un hermoso jardín frente al Mediterráneo!...
Jamás la había besado ni sentido la tentación de hacerlo. Era á modo de
un amigo dulce, plácido, de una simpatía reposante para él... y que
llevaba faldas. Tal vez la amaba sin darse cuenta de hasta dónde podía
llegar su pasión, pero con un amor distinto á los otros que había
conocido en su existencia.
A dichas consideraciones se unió un poco de cólera contra la tía de
Estela. Aquella doña Nati, agria de carácter, obligada á enormes
esfuerzos para mostrar una amabilidad falsamente maternal, ¿con qué
derecho se metía á interpretar sus sentimientos, dando como noviazgo
digno de matrimonio lo que era solamente dulce amistad de los tiempos de
su infancia?...
Extinguida esta protesta interior contra la viuda de Gamboa, volvió
Borja á considerar las proposiciones de don Arístides con el mismo
respeto que cuando vivía sometido á su tutela. ¿Por qué no casarse?...
Alguna vez tendría que imitar el ejemplo de los demás, y mejor era
Estela que cualquiera otra de las mujeres que podían salirle al camino.
Aquellas embozadas promesas de honores alcanzados por el hecho de ser
yerno de Bustamante no le emocionaban. Sólo tenía en cuenta el dulce
carácter de ella, ó mejor dicho, su ausencia de verdadero carácter, lo
que le haría plegarse en todo á las costumbres y las ideas de su esposo.
Y contestó finalmente al embajador admitiendo sus consejos. Estaba
dispuesto al matrimonio, siendo don Arístides quien debía arreglar lo
necesario para que se realizase.
Hombre imaginativo, acostumbrado á concentrar voluntad y deseos en la
última idea aceptada, apreció Claudio su casamiento como una dicha un
poco monótona, dulce y pálida, semejante á uno de esos días de bruma
ligeramente enrojecida por el sol, en que personas y cosas parecen
acolchadas flúidamente, dando á los movimientos una sensación de
blandura silenciosa y elástica.
Además, por una regresión caprichosa de su pensamiento, él, que nunca se
preocupaba de la moral, considerándola incompatible con el arte y el
amor, admiró la pureza y la inocencia de esta joven, cualidades que
meses antes habría llamado «el dote natural de una muchacha algo tonta».
Hasta se dijo que la vida común con una mujer ingenua, simple de
carácter, influiría en su porvenir, libertándole de las angustias y
contradicciones mentales que habían amargado su juventud. Esta Elisabeta
iba á hacer del caballero Tannhäuser un personaje «ponderado y
ecuánime», como decía don Arístides al completar el retrato de
cualquiera de sus amigos hispano-americanos.
A partir de dicha entrevista, Claudio y Estela se consideraron futuros
esposos, sin que ninguno de los dos hubiese dicho una palabra concreta.
El padre y la tía se encargaron de fijar la próxima unión y hacerla
saber á todos los que frecuentaban la Embajada.
Sintió Borja en torno de él un nuevo ambiente más favorable. La vida de
la alta sociedad romana consiste en comidas y fiestas que hacen
encontrarse casi á diario á las mismas gentes. Existen más Embajadas y
Legaciones que en ninguna otra capital del mundo. La representación
diplomática es doble: una para el Papa, otra para el rey de Italia. Y
los dos representantes de un mismo país, en el Vaticano y en el
Quirinal, se miran con rivalidad, queriendo superarse mutuamente. Esto
hace que todos los días se celebre alguna recepción, á la que acuden los
diversos grupos de los dos ejércitos diplomáticos acampados en Roma,
llevando detrás de ellos la aristocracia pontificia ó la puramente
italiana, á más de los extranjeros distinguidos que están de paso.
Acompañando á Estela se dejó tomar Borja poco á poco por el engranaje de
esta doble existencia vana y representativa. Comió todas las noches en
una Embajada ó asistió á un baile, viéndose rodeado de gentes frívolas y
solemnes, respetuosas de las jerarquías hasta la superstición, las
cuales le miraban con nuevos ojos al saber que era futuro yerno de Su
Excelencia Bustamante.
Rara era la noche en que no se ponía el frac. El «villino» alquilado
sólo le servía para dormir. Almorzaba invariablemente con don Arístides
y su familia en el palacio situado en la plaza de España. Manteníase
silencioso el embajador, sonriendo á los suyos con aire distraído, cual
si estuviese resolviendo en el magín angustiosos problemas
internacionales. Claudio y Estela sonreían igualmente comentando con
frivolidad las murmuraciones de aquella Roma diplomática, que en el
fondo les interesaba muy poco.
Era doña Nati la que hablaba más, desahogando la acidez de su carácter
contra el gobierno de Su Majestad Católica. ¿Cómo quería tener buenos
embajadores pagándoles tan parcamente?...
Enumeraba cantidades con tono rabioso, comparando el sueldo de
Bustamante con el que recibían ministros y embajadores de otras naciones
más poderosas. Así se explicaba que los mencionados diplomáticos
pudiesen dar tantas fiestas, mientras ella, encargada de la
administración de la Embajada, debía ir espaciando las suyas con
diversos pretextos, ocupándose en estudiar la manera de que costasen
menos, sin perder su falsa brillantez. Y una vez más repetía: «Nosotros
hemos venido á servir á nuestro país, no á arruinarnos».
El millonario Enciso de las Casas buscaba á Borja en muchas de estas
fiestas, para hablarle aparte, tomando aires de grande hombre anulado
por sus deberes oficiales.
--De seguir mis gustos, querido Borja, me quedaría en mi biblioteca,
estudiando, escribiendo. En realidad, soy un escritor, no un
diplomático; pero debo sacrificarme por mi país. Si yo me retirase,
aquella república no se cuidaría de tener una representación digna cerca
del Papa.
Fingía despreciar la frivolidad de una existencia de continuas
recepciones, en las que se veían siempre las mismas gentes, y sin
embargo, asistía á todas ellas, aun sintiéndose enfermo, y no pasaba
semana sin que diese una comida en su palacio-museo.
Al hablar á Borja de su futuro parentesco con don Arístides Bustamante,
sonrió casi lo mismo que el embajador. «Hace usted bien--parecía decir
con su sonrisa--. Llegó la hora de la seriedad, joven. Debe usted
casarse, como todos nosotros».
Y los mudos consejos de sensatez iban acompañados de cierta envidia sin
rencor, una envidia semejante á la del niño ante los goces destinados á
las personas mayores. No podía olvidar la buena suerte de Claudio con
aquella Rosaura que simbolizaba para él todas las tentaciones de la
vida.
Una noche, en los salones de la Embajada francesa, buscó á Borja para
darle una noticia:
--¿Sabe usted quién está en Roma?... La viuda de Pineda. Tal vez venga
esta noche. No la he visto; pero sé que está aquí por un joven que es
secretario de una Legación sudamericana y la visita con frecuencia.
Luego fué examinando con ansiosa curiosidad á todas las damas que
entraban en el salón, como si esperase ver de un momento á otro á la
bella argentina.
Acogió Claudio la noticia con aparente frialdad, no pudiendo conocer
Enciso la verdadera impresión que causaba en él. Tal vez era de sorpresa
nada más, y pasado el primer momento, no pareció interesarse por la
próxima llegada de Rosaura.
Ella no vino finalmente, y al salir don Manuel de la fiesta con su mujer
y tres de sus hijas, las abandonó por unos momentos, para hablar otra
vez á Borja:
--Indudablemente no ha podido venir--dijo sin nombrar á la viuda de
Pineda, como si á ellos dos les fuese imposible preocuparse de otra
persona--. Pienso visitarla mañana en su hotel, y la verá usted en casa
muy pronto. Vamos á dar una modesta comida uno de estos días; pequeña
fiesta entre amigos para celebrar cierta distinción que acabo de
recibir, sin mérito alguno.
El millonario representante gratuito de su país hablaba siempre de
modestos banquetes, pequeñas fiestas y distinciones recibidas
inmerecidamente. Un grande hombre debe expresarse así. Lo que no impedía
que fuese á la caza, sin descanso, de condecoraciones y dignidades
académicas, y para «las modestas comidas de amigos», vistiese á una
docena de domésticos, propios y alquilados, con casaca de seda amarilla,
calzón corto y peluca blanca, que hacía chorrear de sudor las frentes de
estos pobres italianos disfrazados. Su alma de cardenal de otros siglos,
en la que se mezclaban la devoción y el pecado--aunque este pecado fuese
sólo de pensamiento--, creía indispensable una servidumbre aparatosa, en
consonancia con el aspecto de su palacio.
Al recibir Borja por escrito una invitación de Enciso de las Casas,
abundante en ingenuas confidencias, se enteró de que el banquete era
para celebrar una gran cruz pontificia que acababan de concederle, la
única que faltaba en la brillante colección con que cubría el lado
izquierdo de su frac.
Acompañó á don Arístides y su familia en la noche fijada por la
invitación, encontrando desde los primeros peldaños de una escalinata
del siglo XVIII, que era motivo de orgullo para Enciso--enorme como la
de un museo, con balconajes de mármol y bustos de diosas y héroes--, á
todos los domésticos de los días de gala, ostentando sus pelucas y sus
libreas de seda color oro.
Salió el dueño de la casa á recibirlos en la puerta del gran salón.
Aunque el banquete era de los «sencillos», y los altos personajes amigos
suyos venían simplemente de frac, sin las condecoraciones reservadas
para las comidas oficiales, él se había colocado en el lado izquierdo de
su pecho una placa de falsos brillantes, con la imagen de un santo en el
centro, y una banda bicolor sobre la pechera de la camisa, insignias de
la nueva distinción que el Vaticano dejaba caer sobre él.
Debía dar tal muestra de gratitud á Su Eminencia, que estaba entre los
demás invitados: uno de los muchos cardenales amigos suyos, á los que
adoraba unas veces, no pudiendo vivir sin ellos, ó repelía con
momentánea indiferencia, según las fluctuaciones de su apasionada
amistad, pues mostraba caprichos y veleidades de coqueta nerviosa en sus
relaciones con el Sacro Colegio.
Ahora su grande hombre era un cardenal que figuraba en todas las
comisiones para los asuntos del Vaticano, y había vivido mucho tiempo
fuera de Roma, como Nuncio del Papa en importantes capitales.
--Es el futuro Pontífice--decía Enciso con tono misterioso--. Estoy bien
enterado y no puedo equivocarme. La tiara es para él.
Y sus amigos se acordaban de las numerosas veces que les había hecho la
misma confidencia respecto á otros cardenales, designando como Papa
futuro á todo el que era en aquel momento su amigo favorito.
Como el embajador de España y su séquito familiar llegaban un poco
retrasados por culpa de doña Nati, los saludos en el gran salón de techo
altísimo, muros cubiertos de cuadros y muebles dorados, con sedas rojas,
fueron muy rápidos. Además, todos se conocían. Eran unas treinta
personas pertenecientes á la diplomacia papal y á la antigua nobleza
romana, servidora por tradición del Vaticano.
La presencia del príncipe de la Iglesia estorbaba esta noche la
confraternidad con los diplomáticos acreditados en el Quirinal y
ciertas gentes extremadamente mundanales que otros días invitaba Enciso.
El único á quien no conocía Su Eminencia era Borja, y el dueño de la
casa lo presentó á este sacerdote delgado, pálido, de pómulos salientes,
frente alta y ojos de cuencas profundas que miraban con una expresión
alternativamente grave ó maliciosa.
El cardenal lo acogió lo mismo que si le conociese de mucho antes. Igual
hacía con todos. Vivía entre las gentes como si nadie pudiera
sorprenderle, como si nada le fuese ignorado y adivinase con
anticipación todo lo que podía ocurrir.
Mientras pasaban los invitados al enorme comedor, construído doscientos
años antes, sin tener en cuenta el espacio, por unas puertas tan amplias
que podían atravesarlas tres parejas á la vez, don Manuel habló unos
momentos á Borja, considerando preciso darle una explicación.
--Estaba invitada por mí, pero á última hora se ha excusado. Sin duda no
quiere ver á sus antiguos amigos. Prefiere estar sola, ó mejor dicho,
acompañada nada más por el que es actualmente su predilecto.
Y la sonrisa con que el plenipotenciario acompañó sus últimas palabras
hizo daño á Borja.
Fueron sentándose los invitados con arreglo á la sabia distribución del
dueño de la casa. A pesar de lo frecuentes que resultaban sus banquetes,
todos ellos eran precedidos de una conferencia de Enciso con su
secretario, apreciando ambos los méritos de cada comensal, para que
ninguno se colocase indebidamente con relación á los otros.
Su Eminencia era esta noche el personaje más alto. Aparte de sus méritos
propios, necesitaba mostrarle agradecimiento Enciso, pues á él debía su
última distinción. Únicamente don Arístides, por ser embajador, podía
igualársele, y los dos ocuparon los mejores puestos de la mesa. Se
aburrió Borja entre un periodista católico, compatriota de don Manuel,
de paso en Roma, y cierta condesa de escote flácido, que ostentaba uno
de aquellos apellidos romanos tantas veces leídos por él en la historia
de los Borgia.
Además, la comida no era digna de aprecio en este palacio de banquetes
frecuentes. Resultaba vulgar y descuidada, como la de los hoteles de
muchos huéspedes. El dueño no podía fijarse en su preparación, por
preocuparle más el aspecto de sus salones y el orden jerárquico de sus
invitados.
Sonreía el cardenal á todos los de la mesa, cuidándose de dedicar una
palabra amable á cada uno de ellos, con arreglo á sus gustos ó su
patria. Este prócer eclesiástico usaba la amabilidad como una
herramienta profesional.
Borja no lo perdió de vista en el curso de la comida. Era el más
interesante de los convidados. Admiraba la sonrisa enigmática de sus
labios sutiles, la expresión felinamente acariciadora de sus ojos
profundos. ¿Qué estaría pensando Su Eminencia de toda esta gente que lo
rodeaba con devoción, de la cual sólo Bustamante se atrevía á tratarlo
con cierta familiaridad, por su categoría de embajador?...
Maquinalmente fué apurando Borja las copas que tenía delante, y que
llenaban acto seguido los servidores empelucados. Parecía buscar con
este continuo beber una compensación al solemne aburrimiento de la
comida y á la mala calidad ostentosa de los platos.
Cerca de los postres, un repentino silencio hizo sonar con
extraordinario diapasón, en un extremo de la mesa, las voces de doña
Nati y otras señoras de la diplomacia sudamericana, hablando todas ellas
en español.
Se estremeció Borja al oir el nombre de la señora de Pineda. Estaban sin
duda hablando mal de Rosaura.
Fijóse igualmente Enciso en dicho diálogo, á causa del repentino
silencio, y miró adonde estaban la cuñada de Bustamante y las otras, con
una expresión dulcemente correctiva, cual si les aconsejase tolerancia
con los ausentes.
A pesar de esto y contra la voluntad de don Manuel, la conversación
sorprendida se hizo general, por el deseo que siente todo grupo humano
de abandonar las frases banales y corteses, los diálogos sin objeto,
entregándose al comentario mordaz, que anima voces y gestos con maligno
placer.
Muchos dejaron de hablar á su vecino para enterarse de lo que decían
estas damas vehementes en alta voz. Las más de ellas habían olvidado el
italiano y se expresaban en español. Todos los de la mesa lo entendían.
El mismo cardenal había vivido varios años como Nuncio del Papa en una
república de la América del Sur. Seguía sonriendo de un modo enigmático,
mirando á unos y á otros mientras hablaban, sin que nadie pudiese
traslucir su pensamiento.
Doña Nati y sus compañeras de diálogo dábanse noticias mutuamente sobre
la hermosa argentina, recién llegada á Roma, exagerando la expresión de
su voz para mostrarse escandalizadas ó desdeñosas... Huía del trato con
las personas decentes; por eso no aceptaba invitaciones. Todas las
tardes la veían bailar á la hora del té en el _dancing_ del gran hotel
donde estaba alojada. Ahora iba con ella cierto joven secretario de
Legación.
Varias señoras mostraron extrañeza por tal «amistad». Conocían á dicho
joven; unas lo menospreciaban por insignificante, otras hacían relación
de sus defectos. Las más bondadosas en sus comentarios compadecían á
Rosaura luego de haberla admirado tantas veces.
--¡Ella tan hermosa, tan elegante!... No comprendo ese capricho.
Por una tendencia instintiva al contraste, registraban el pasado de la
hermosa viuda, hablando de Urdaneta, el general-doctor, al que todas
conocían; personaje ya algo decadente, pero que había tenido sus tiempos
de «hombre irresistible».
Descendiendo luego en sus recuerdos, empezaban á balbucear, como el que
sospecha que puede decir una inconveniencia, quedando mudas finalmente,
mientras sus ojos miraban á un mismo punto de la mesa, cambiando de
dirección al encontrarse con los de Borja.
El dueño de la casa, siempre tolerante y afable, creyó del caso pasar de
los gestos disimulados á las palabras para cortar dichas murmuraciones.
--Un poco de caridad, señoras. Piensen que es una amiga, y que esta
noche debía haber estado entre nosotros.
Pero no resultaba fácil cortar de golpe la murmuración, por tratarse de
una persona que las más de las mujeres presentes odiaban y admiraban á
un tiempo.
Obedeciendo la esposa del plenipotenciario á una ojeada de éste, se
levantó de la mesa, y todos pasaron al gran salón, donde iban á ser
ofrecidos el café y los licores. Formaron diversos grupos; pero el de
doña Nati y sus amigas fué atrayendo á los demás invitados. Muchos
arrastraron sus sillones hasta este corro de señoras ó permanecieron
junto á él, de pie y silenciosos, para enterarse de la conversación.
Los que no conocían á la rica argentina sentíanse interesados, por haber
leído y oído muchas veces su nombre. Otros que se decían amigos suyos
mostraban un malsano placer asistiendo impasibles á este despedazamiento
verbal de la ausente, y si la defendían era con una flojedad que
exacerbaba más las críticas. Su Eminencia manteníase aparte con los
señores de la casa, el embajador español y unas damas italianas que
preferían seguir hablando en su idioma.
Acabó por mostrarse francamente irritada la viuda de Gamboa al notar que
sus compañeras de murmuración sentían aún cierto afecto admirativo por
Rosaura. Su antigua enemistad le hizo expresarse con terrible
encarnizamiento.
--Lo que yo no me explico es que una mujer de conducta tan irregular
pueda ser recibida en casas respetables.
Esta agresión produjo un silencio temeroso en los oyentes, apreciándola
todos como un ataque á Enciso de las Casas. Doña Nati no se dió cuenta
de su torpeza y siguió dejándose arrastrar por su moralidad peleadora.
Como su sobrina era la única señorita que había asistido al banquete y
estaba con su padre al lado del cardenal, siendo todas las que le
escuchaban casadas ó viudas, empezó á expresarse crudamente.
--Eso no es una señora... ¿En qué se diferencia de una cocota? Sólo en
que no pide dinero á los hombres. ¿Quién sabe si el dinero tiene que
darlo ella?... Porque á mí no me digan ustedes que es una belleza.
Unicamente los tontos pueden admirarla. Hay que verla de cerca, como yo
la he visto muchas veces... Pinturas, arreglos, artimañas de mujer
mala, que las verdaderas personas decentes nos resistimos á usar.
Había olvidado la presencia de Claudio Borja. Hablaba de la moral con
autoridad, como si fuese algo propio que le perteneciera desde su
nacimiento. Por esto miró en torno con extrañeza, cual si no creyese en
sus sensaciones auditivas al quedar cortada su peroración por una voz
varonil, algo temblona de cólera, lo mismo que la de ella.
--¡La moral! ¿Qué es eso?... Hay muchas morales: la del vulgo, la de los
envidiosos que murmuran, la de las malas personas... y la de las gentes
superiores, que están más allá de los prejuicios burgueses.
Después de mirar la cuñada del embajador á un lado y á otro, acabó por
fijarse en Claudio Borja. ¡Era él quien hablaba!...
No le produjo menos extrañeza su rostro pálido, con las alillas de la
nariz palpitantes y un brillo de agresividad en los ojos. Era una cara
de hombre que necesita pelear. Sin duda había bebido.
Reconoció el mismo Borja en su interior dicho estado anormal.
Efectivamente, sentíase algo ebrio; pero estaba seguro de que en
completa abstinencia habría hecho lo mismo.
Su voz dura se extendió por todo el salón, creando el silencio de los
otros; mas este mutismo escandalizado, en vez de imponerle respeto,
pareció exacerbar su acometividad. Y siguió hablando al grupo de
señoras, sin miramiento alguno, como si fuesen hombres, fijos sus ojos
en la tía de su novia.
¿Qué tenían que decir contra la señora de Pineda?... Todo envidia,
desesperación por no poder igualarse con una mujer superior. A ella le
era lícito vivir más allá de la moral corriente, al margen de las
preocupaciones vulgares, con un derecho que las demás no conseguirían
nunca. Su moral era la moral de las diosas de la antigüedad. Podía
hacerlo todo; para eso había nacido más hermosa y más inteligente que
las otras mujeres. Las que la criticaban no pertenecían á su misma
especie. Sus palabras malignas las comparaba al croar de las ranas
frente á una majestuosa estatua de Venus erguida en la orilla de un
estanque. ¿Qué sabían ellas de la verdadera belleza y del amor?...
--Todas creen haber vivido y haber amado porque comen, duermen, y
repetidas veces en su existencia conocieron á un hombre. Y se van del
mundo imaginándose que lo saben todo... El amor es como el talento, como
la riqueza, como la hermosura: el privilegio de unos pocos. Y los que
nacieron para conocer de veras el amor no están sometidos á las mismas
leyes vulgares que el gran rebaño en el que figuramos los demás. No
podemos entender su modo de razonar, y lo juzgamos indigno... Dejen
tranquilas á las personas superiores, ya que les es imposible
comprenderlas.
Tuvo que callar de pronto, sintiéndose entre dos voces que le
interrumpían: una de ellas á sus espaldas, la del embajador Bustamante,
el cual le había puesto su diestra en un hombro:
--¿Qué dices?... ¿Qué disparates son esos?... ¿Estás enfermo?... ¿Qué te
pasa?
Y al mismo tiempo la viuda de Gamboa, roja de cólera, se abanicaba
rudamente, fijando en el joven los dos rayos de sus ojos, mientras decía
entre balbuceos:
--Claro... ¡fueron tan amigos! El señor se acuerda de aquella vida
escandalosa que nos afrentó á todos... ¡Y mi cuñado piensa dar su hija á
un hombre así! Yo me he opuesto siempre... ¡siempre!
Pero de pronto calló, obedeciendo á una mirada de don Arístides.
La intervención de Enciso, que había acudido también al oir las palabras
de Borja, puso fin á este rápido incidente.
Los invitados, como si obedeciesen á una consigna, se juntaron en
pequeños grupos, hablando, con voces exageradamente altas, de asuntos
que no les interesaban.
Claudio se vió solo de pronto. Todos fingían ignorar su presencia,
alejándose. Al mirar en torno, únicamente encontró los ojos de Su
Eminencia fijos en él. Nada de severidad. Continuaba sonriendo para su
persona, lo mismo que para los otros. Su mirada seguía brillando felina
y acariciante. Tal vez apuntaba en ella un nuevo interés. ¿Quién sabe
si lo consideraba más digno de su atención que al principio del
banquete, cuando lo habían presentado como uno de tantos jóvenes de
aquel mundo frívolo y solemne?...
También encontró la mirada furtiva de unos ojos agrandados por el
asombro y el dolor, los ojos de Estela, que parecían preguntarle: «¿Qué
has hecho?»
Bebió con lentitud dos tazas de café, manteniéndose erguido junto á una
mesa antigua de mármoles incrustados. Hasta los servidores se acercaban
á él con titubeos, no obstante su porte falsamente majestuoso, como si
temieran incurrir en el desagrado de la respetable concurrencia.
Aún latía en su interior la cólera que le había hecho prescindir de las
conveniencias sociales, diciendo lo que pensaba con insolente franqueza.
Quiso desafiar con su presencia á los que simulaban no verle. Se
quedaría allí para demostrarles que no le inspiraban miedo.
Luego sintió de pronto todo el peso de aquella reprobación que le
circundaba, y fingiendo interés por los cuadros y estatuas de los varios
salones, fué pasando de una obra á otra, hasta llegar á la puerta del
más lejano de aquéllos... y huyó.
Mientras un servidor, también con peluca blanca, le entregaba en la
antesala su sombrero y su gabán, una mano amiga le tocó en la espalda.
Enciso, enterado de su fuga discreta, venía á despedirlo. Le estrechó la
diestra silenciosamente, haciendo un gesto melancólico, lo mismo que si
le saludase en un entierro.
El grande hombre parecía sinceramente apenado por lo que acababa de
ocurrir. ¿Qué pensaría su amigo el futuro Papa?...
Mas no por ello el apretón de su mano y su mirada parpadeante dejaron de
ser afables. Quería hacerle ver que continuaba teniéndolo por amigo
suyo. Tal vez hasta le parecía su conducta justa y lógica.
Había defendido á una mujer que él mismo juzgaba adorable. Además estaba
ligado á ella por su pasado. ¡Muy bien! Lo terrible era que hubiese
hecho esto en su casa.
Acompañó silenciosamente á Borja hasta la meseta final de su majestuosa
escalinata, oprimiéndole siempre una mano y sin decir palabra. Creyó el
joven adivinar sus pensamientos. El «diplomático» abominaba de su
franqueza escandalosa; el «escritor» la creía admirable.
Por algo había dicho muchas veces la tía de Estela que este padre de
familia simpatizaba de un modo instintivo con todas las gentes de
conducta irregular.