Un telegrama.
Aquella mañana el padre Tomás esperaba en su despacho la visita de uno
de sus subordinados, pertenecientes a la casa-residencia de Sevilla y el
cual había sido llamado a Madrid por orden de su superior.
El jesuíta italiano, llevado siempre de su idea de hacer las cosas por
sí mismo, cuando estaba disgustado de alguno de sus subordinados, no
quería valerse de intermediarios para formular sus repulsas y les hacía
presentarse en Madrid, donde podía vigilarlos de cerca.
El jesuíta que había incurrido en su desagrado y a quien él esperaba
aquella mañana para desahogar en su persona su mal humor, era un jesuíta
andaluz, el padre Palomo, que gozaba de cierto renombre, a causa de sus
aficiones literarias y de los artículos y novelas que publicaba en todos
los periodiquillos y revistas, más o menos subvencionados por la
Compañía de Jesús.
Poco después de las once entró su criado de confianza a anunciarle la
llegada del padre Palomo y pasados algunos segundos presentóse en el
despacho el jesuíta andaluz, al que examinó el padre Tomás con una
rápida mirada.
Era un hombre de mediana estatura, de aspecto enfermizo y de frente
espaciosa y pronunciada, bajo la cual brillaban unos ojos que, aunque
fijos en el suelo, con la tenacidad de la costumbre, chispeaban de vez
en cuando con la llamarada propia del hombre observador y de
inteligencia despierta.
El padre Tomás, al notar en la figura del recién llegado cierta
delicadeza de modales y un asomo de indolencia aristocrática, recordaba
con su prodigiosa memoria la historia de aquel padre de la Compañía.
Su juventud había transcurrido en los salones, siendo un hombre de moda,
disputado por las damas y a quien el amor había reservado grandes
triunfos. Su existencia alegre y aventurera le hizo arrostrar grandes
peligros, y al verse en cierta ocasión próximo a la muerte y salvar
inesperadamente la vida, su imaginación de poeta excitada por el riesgo
que había corrido, vió en aquella aventura la milagrosa protección de
Dios y abandonó el mundo, ingresando en la Compañía de Jesús, poseído de
la mayor fe.
Los jesuítas fomentaron sus aficiones literarias comprendiendo que
podían proporcionar algún honor a la Compañía que siempre muestra empeño
en presentar como eminencias a aquellos de sus individuos que no pasan
de ser medianías, y consiguió el padre Palomo ser en breve un escritor a
quien todos los afectos a la Orden consideraban como un portento
literario.
El padre Tomás tenía motivos para estar quejoso de aquel jesuíta que,
aunque proporcionaba cierto honor a la Compañía, hacíase objeto de
censuras por la altivez con que acogía las órdenes de sus superiores, y
el orgullo que parecía poseerle desde que la Orden había hecho de él una
eminencia.
Al entrar el padre Palomo en aquel despacho y verse en presencia del
hombre poderoso que dirigía los negocios de la Orden en toda España,
bajó sus ojos con la humilde expresión del esclavo, y arrodillándose a
los pies del padre Tomás, le besó reverentemente la mano.
El italiano mostró entonces en su rostro impasible una expresión de
superioridad y con severo acento comenzó a hablar al padre Palomo, que
había vuelto a ponerse en pie:
--¿Sabe usted por qué he mandado llamarle?
--No, reverendo padre.
--El superior de nuestra residencia en Sevilla me ha dado sus quejas por
la conducta de usted. El demonio del orgullo le domina a usted,
reverendo padre, desde que se ve aplaudido por esa gente estólida que
lee novelas; y porque sus libros han tenido alguna aceptación, que es
debida principalmente a nuestros reclamos, se cree usted ya con
suficiente mérito para despreciar a sus superiores naturales, a los que
debe exacta obediencia. ¿Cree usted que los éxitos que en el mundo
alcanza un jesuíta corresponden a él únicamente?
--No, reverendo padre.
--Celebro que así lo reconozca usted. La gloria de un jesuíta es la
gloria de la Compañía entera, y si usted ha alcanzado éxito en sus
libros, ese éxito es de la Compañía. El autor no es más que un simple
instrumento que produce, para que todos sus hermanos gocen por igual de
la gloria.
El padre Palomo, con su sagacidad y su silencio, daba a entender que
nada tenía que objetar contra aquella teoría puramente jesuítica que
anulaba lo más notable y digno de cada individuo.
--Ha sido usted muy culpable, padre Palomo--continuó el jesuíta con
creciente severidad--. Merece usted un cruel y saludable castigo que le
libre de ese orgullo que parece dominarle, y no sé como me detengo y
dejo de ordenarle que vaya unos cuantos años a Filipinas a vivir entre
los igorrotes, para olvidar de este modo esas aficiones literarias que
han despertado su fatuidad.
El jesuíta escritor permaneció inmóvil ante tal amenaza; pero con su
aspecto resignado demostraba que estaba dispuesto a sufrir cuantos
castigos le impusiera su superior.
--Aquí--continuó éste con visible irritación--no hacemos las
reputaciones de los individuos de la Compañía para que éstos se
enorgullezcan, y queremos que por encima de todas las satisfacciones que
a un jesuíta puedan producirle los aplausos del mundo, exista el respeto
y la sumisión a todo aquel que sea superior en rango. Aquí me tiene
usted a mí--continuó con creciente exaltación--que soy el superior de
la Orden en toda España y que tengo en mi vida militante hechos
suficientes para mostrarme orgulloso y satisfecho de mí mismo; pues
bien, si ahora entrase por esa puerta el general de la Compañía, me
vería usted inmediatamente postrarme de hinojos a sus pies, y si me
ordenaba él arrojarme por ese balcón, no tardaría un segundo en tirarme
de cabeza. Solo con una obediencia ciega e inflexible, es como podemos
realizar nuestra grande obra: la conquista del mundo para Dios.
Al padre Palomo le impresionaba algo la inquebrantable fe que demostraba
su superior, y le parecía sublime en un hombre tan poderoso aquella
obediencia ciega y aquella confianza tan absoluta en todo superior.
El italiano comprendió el efecto que sus palabras producían en el
literato, y como tenía sus miras acerca de éste se apresuró a terminar
la parte severa y dura de tal conferencia, para entrar después en otra
más agradable y útil.
--Vamos a ver, padre Palomo; yo no tengo gusto en castigar a un
individuo de la Compañía, y cuando tomo severas disposiciones con
alguno, sufro tanto como el mismo interesado. ¿Está usted arrepentido de
sus faltas de respeto y sus altiveces con el padre superior de Sevilla?
--Sí, reverendo padre.
--Pues bien, yo le perdono su falta, aunque con la condición de que
nunca ha de volver a incurrir en desobediencia. De rodillas, padre
Palomo, y solicite usted su perdón.
El escritor estaba demasiado acostumbrado a las prácticas humillantes e
infantiles del jesuitismo para intentar la menor resistencia; así es que
se apresuró a ponerse de rodillas, y vióse entonces al mismo hombre de
quien la crítica literaria hacía grandes elogios y que gozaba del favor
del público, decir humildemente, arrodillado y con los brazos en cruz:
--Pido a Dios y a mi superior, el reverendo padre Tomás Ferrari, que me
perdone mi soberbia, mi orgullo y mi desobediencia.
Con estas prácticas degradantes, que matan en el hombre el sentimiento
de la dignidad convirtiéndole en un autómata inconsciente, es como el
jesuitismo sostiene la ruda y perfecta disciplina de sus huestes.
--Levántese usted, padre Palomo. Dios le perdona; pero para que acabe de
ser vencido ese demonio del orgullo que tanto le ha dominado, es preciso
que durante siete días, a la hora de comer, se arrodille usted en el
refectorio de la casa-residencia y repita esas mismas palabras ante los
demás padres. Es una santa humillación que conseguirá alejar del todo al
espíritu malo.
El escritor elevó sus ojos con expresión de santa mansedumbre, y dijo
con místico acento:
--Así lo haré, reverendo padre. No me duele esa humillación, porque me
la ordenan mis superiores y es beneficiosa para mi alma.
--Ahora que ya hemos hablado de asuntos particulares--dijo el padre
Tomás con entonación más amable, aunque sin perder su gesto de
superior--, conviene que hablemos de otros asuntos que serán
beneficiosos para la Compañía. Ante todo advierto a usted, padre Palomo,
que va a quedarse en Madrid.
--Haré lo que mis superiores me manden.
--Seguirá usted dedicado a sus tareas literarias, pues conviene a la
Compañía, en las presentes circunstancias, el emplear las facultades que
Dios le ha dado a usted, aunque advirtiéndole que no por esto debe
volver a caer en su antiguo orgullo.
--Seré humilde como un buen soldado de Jesús.
--Soldado; esa es la palabra. Va a ser usted combatiente en favor de
nuestra gran causa. Hasta ahora sólo ha escrito usted novelas de puro
entretenimiento, ¿no es esto?
--Sí; pero todas ellas tienen su fin: el de demostrar que la Compañía de
Jesús es la institución más santa, y que todos deben ponerse bajo su
dirección.
--Sí; lo sé. He leído algunas de esas obras, pero no basta eso. La
Compañía necesita un libro de batalla que mueva ruido y que escandalice.
¿Antes de entrar en la Orden no pertenecía usted a esa juventud elegante
que penetra hasta en lo más recóndito de las alcobas de las grandes
damas, y conoce todas las miserias de la alta sociedad?
--Sí, reverendo padre. Vi el gran mundo de cerca, aprecié todas sus
miserias y por esto mismo desengañado de la existencia terrenal, entré
en la Compañía.
--Pues bien, aproveche usted todos sus recuerdos, sus antiguas
observaciones, para escribir un libro que sea como una sátira sangrienta
contra la aristocracia. Nada de escrúpulos ni vacilaciones. Palo seco
con todos, y mucha verdad en la descripción, sin temor a incurrir en una
crudeza impropia de un sacerdote: ahora está en moda el naturalismo.
Calló el padre Tomás, pero como su subordinado daba a entender con su
silencio que no había comprendido del todo lo que deseaba su superior,
éste añadió:
--Para que usted se capacite de lo que tal obra debe ser, le explicaré
el objeto que la Compañía se propone. Hoy la aristocracia, a fuerza de
imitar la elegancia francesa, se ha contaminado de cierto volterianismo,
y no viene ya a buscarnos como en otros tiempos, solicitando nuestra
dirección. Piense usted, Padre Palomo, lo que sería de nuestra Compañía
si la gente de dinero nos fuera infiel separándose para siempre de
nosotros. Yo, después de varias tentativas, me he convencido de que es
imposible atraer a esa aristocracia veleidosa e ingrata por medio de la
persuasión y la dulzura, y no nos queda más recurso para encadenarla a
nuestra dirección que apelar al terror, atemorizándola con un soberbio
varapalo. Para eso quiero el libro de usted. Este es el objeto que ha de
llenar. Pondremos a la aristocracia en ridículo, describiendo todos sus
vicios y miserias, y esto, al mismo tiempo que hará volver al redil a
los ingratos, nos proporcionará la adhesión de la clase media, que odia
a la gente privilegiada, y tal vez hará que por espíritu de partido nos
miren con menos hostilidad los hombres que son nuestros irreconciliables
enemigos. ¿Ha comprendido usted ya la tendencia del libro en cuestión?
El padre Palomo había ido entusiasmándose conforme su superior le
exponía el espíritu de la obra, y en sus facciones coloreadas por la
animación, notábase el satisfecho gesto del escritor que encuentra un
tema de su gusto.
--¡Muy bien! ¡Eso es!--decía el jesuíta andaluz, despojándose de su
actitud humilde y encogida--. La idea es magnífica y digna de vuestra
paternidad. Fustigaremos a la aristocracia, que es la clase que mejor
conozco, y yo le aseguro a vuestra reverencia que con las anécdotas que
recuerdo y los escándalos que he presenciado en mi época de hombre de
mundo, hay más que suficiente para formar una novela que mueva ruido. La
titularemos "Miserias", si a vuestra paternidad le parece bien.
--Me gusta el título. ¿Cuándo va usted a ponerse a trabajar?
--Mañana mismo; así que descanse de las fatigas del viaje comenzaré a
hacer mis apuntes y a clasificar mis recuerdos.
--Está bien. Vivirá usted en nuestra casa-residencia, y yo daré orden de
que nadie le incomode en sus trabajos.
Hablaron aún los dos jesuítas un buen rato sobre la futura obra, oyendo
el escritor con gran respeto las indicaciones del padre Tomás, y cuando
el padre Palomo salía del despacho, satisfecho del resultado de una
conferencia que tanto había temido, entró uno de los secretarios del
italiano, mudo e impasible como una estatua, según era costumbre en
todos los que trabajaban en la casa, y le entregó un telegrama que
acababa de llegar.
El padre Tomás rasgó la cubierta, y al leerle, una ligera sonrisa de
satisfacción vagó por sus labios.
Era el padre director del colegio de Valencia quien le telegrafiaba,
manifestándole que el niño Paquito Ordóñez estaba gravemente enfermo, a
consecuencia de una pulmonía.
No había resultado deficiente la gestión del padre Tomás desde Madrid, y
la enfermedad llegaba con tanta precisión como él la había previsto.
Por fin, el heredero que tantos cuidados inspiraba, ya no estorbaría más
los planes de la Compañía.
--Es preciso--se dijo el jesuíta--avisar a los padres este triste
suceso. No sé si Ordóñez estará en Madrid. El otro día me dijo que
pronto iba a salir con algunos amigos a cazar en un coto de Extremadura.
Vamos allá: siempre encontraré a María, y ésta es la única a quien podrá
impresionar la noticia; conozco bien a toda aquella gente.
Así fué. María prorrumpió en alaridos al saber que su pobre hijo estaba
enfermo de gravedad.
Medio año hacía que Paquito estaba en el colegio de Valencia, y a pesar
de que el director del establecimiento le escribía frecuentemente dando
noticias de su salud, la pobre madre no podía contener su impaciencia, y
dos veces había tomado el tren, sufriendo las fatigas del viaje tan sólo
para estar en Valencia algunas horas al lado de su hijo, y regresar
inmediatamente a Madrid.
La segunda de aquellas entrevistas la había proporcionado un inmenso
placer, pues vió a su hijo con aspecto menos enfermizo, notando también
que había disminuido algo el volumen de su cabeza. Esto le hizo creer en
la bondad de aquellos consejeros del padre Tomás, y en que realmente
sería beneficiosa para Paquito la estancia en el colegio, y cuando más
ilusionada estaba, venía una noticia tan fatal y urgente a sumirla en la
desesperación.
La pobre madre releía sin cesar aquel telegrama como si en su conciso
lenguaje pudiera encontrarse la certeza del porvenir del niño, y por más
esfuerzos que hacía el padre Tomás para convencerla de que el niño podía
salvarse, como ya había ocurrido cuando dos años antes tuvo el ataque
de meningitis, María no se tranquilizaba, y aturdida por el dolor, sólo
contestaba con gemidos y frases incoherentes.
No lograría tranquilizarla el reverendo padre. La decía el corazón que
su niño estaba enfermo, muy enfermo, y aun podía ser que a aquellas
horas hubiese muerto ya.
La pobre madre desesperábase por no tener alas para volar hasta donde
agonizaba su hijo, y pensaba con terror que aún habían de transcurrir
algunas horas hasta el anochecer, que era cuando salía el tren correo de
Valencia.
Aquella ciudad, en la que había pasado su infancia soñando tanto, y
teniendo en ella sus primeros amores, y en la que ahora agonizaba el
pedazo de sus entrañas, era el lugar que llenaba en tales instantes su
imaginación, y por encontrarse en él hubiera dado en dicho momento su
fortuna y hasta su vida.
Estaba resuelta a salir en el correo de aquella noche, y el padre Tomás,
por una complacencia instintiva o por un refinamiento de artista que
desea ver su obra acabada para convencerse de su perfección, se prestó a
acompañarla.
Como la baronesa estaba ausente, María, al abandonar su casa, dió sus
instrucciones al criado Pedro, que era quien merecía toda su confianza.
A las siete de la tarde la condesa y el anciano jesuíta subían a un
reservado de primera clase en el tren que iba a salir de la estación del
Mediodía.
La joven madre cubría con un velo aquel rostro antes tan fresco y
hermoso y que ahora estaba consumido por la enfermedad y desencajado por
el dolor.
De vez en cuando una tosecilla seca y violenta agitaba el extremo del
velillo.
--Hasta las once de la mañana no llegaremos a Valencia. ¿No es eso,
padre Tomás?
--Sí, hija mía.
--¡Oh, Dios misericordioso! ¡Qué noche me espera! La impaciencia de
llegar es más terrible que mi dolor. Cada minuto es un siglo y
únicamente me sostiene el deseo de ver a mi Paquito, a mi hijo, que tal
vez esté muriendo en este mismo momento.
La pobre madre, asustada por sus propias palabras, rompió a llorar,
dejando caer su cabeza sobre los grises almohadones que manchaba con sus
lágrimas.
Al otro extremo del departamento iba, inmóvil e impasible, el padre
Tomás, que movía sus labios como si rezase y miraba fijamente la luz del
farol que oscilaba con la trepidación del tren en marcha.