VIII

La muerte del niño.

A través de las vidrieras que cerraban herméticamente las ventanas de la

enfermería, entraban en ésta los alegres rayos del sol, después de

juguetear entre el ramaje del inmediato jardín, donde un tropel de

pájaros piaba en las alturas, y más de un centenar de muchachos

correteaban abajo, por las enarenadas avenidas, divirtiéndose con juegos

ruidosos que producían explosiones de risas y de gritos.

La animación y el ruido del jardín contrastaban con la soledad y el

silencio de aquella habitación con cuatro ventanas, que servía de

enfermería.

Doce pequeñas camas de hierro con ropas de deslumbrante blancura

alineábanse a lo largo de la pared, enfrente de las ventanas, y todas

ellas estaban vacías, a excepción de la primera, sobre cuya almohada

destacábase una cabeza que por lo abultada parecía pertenecer a otro

cuerpo que a aquel pequeño tronco raquítico y menguado, que apenas si se

destacaba con las convulsiones de una respiración jadeante, bajo los

pliegues de la cubierta.

Era el hijo de la condesa de Baselga el único enfermo que ocupaba aquel

departamento del colegio.

Acababa de ausentarse el hermano lego, encargado de la enfermería,

mocetón de anchas mandíbulas y aspecto de imbécil, que manifestaba gran

cariño a los niños y entretenía al enfermito con cuentos milagrosos.

El niño sentíase abrumado por la espantosa soledad en que vivía.

La tuberculosis, que paralizaba en parte su cerebro, no había logrado

borrar la precocidad de pensamiento que distinguía a Paquito y que

parecía agrandarse conforme avanzaba el curso de su enfermedad.

Más que su dolencia, más que aquella terrible opresión en el pecho, que

le hacía respirar penosamente, conmovía al niño la soledad en que vivía

y el cariño frío y mercenario que le rodeaba.

Al pasear su debilitada vista por aquella vasta pieza silenciosa y fría,

el niño se acordaba con dolor y envidia de la casa paterna, donde él

reinaba en absoluto; de aquel elegante y confortable hotel, donde vivía

entre plumas y abrigos, rodeado de cuantas comodidades puede

proporcionar una gigantesca fortuna y un solícito cariño.

Pero más aún que el lujo y el bienestar, lo que el pobre enfermito

echaba de menos en su actual situación era su madre, aquella hermosa

señora, con los ojos siempre empañados por las lágrimas, que cuando él

despertaba veía siempre a la cabecera de la cama, triste y llorosa como

las Vírgenes que tantas veces había contemplado en la semiobscuridad de

las capillas.

No podía quejarse de la solicitud de que era objeto en el colegio; pero

el niño, con su pasmosa precocidad, adivinaba lo mercenario de aquel

cariño, que cuidaba por obligación y trataba a cada uno según su riqueza

y rango social.

Bien le cuidaba el mozo de la enfermería, pero sus manos rudas no podían

ser comparadas con aquellas finas y suaves, que allá en Madrid le

manejaban con tanta delicadeza, como si su cuerpo fuese un copo de

algodón. Todos los padres profesores del colegio entraban diariamente en

la estancia a preguntar al niño por el estado de su salud, pero en sus

frías palabras y en sus impasibles rostros no se notaba el menor asomo

de aquel cariño vehemente, de aquel doloroso anhelo, que la pobre madre

llevaba impreso en todo su ser.

Aquel abandono moral en que le tenían, aquella frialdad que le rodeaba,

era lo que entristecía al pobre niño y le hacía sumirse en un

decaimiento absoluto, que favorecía el progreso de la enfermedad.

El, que pertenecía a una poderosa familia; que no había ni aun

sospechado la verdadera significación de la palabra miseria; que había

vivido rodeado siempre de la riqueza, el fasto y la comodidad, y que al

experimentar el menor dolor había visto inmediatamente en torno de su

lecho a un gran número de solícitos sirvientes, pensaba ahora, con

envidia, en los hijos del conserje de su hotel, en aquellos pobrecillos,

tímidos y mal abrigados, que subían algunas veces a su cuarto para

entretenerle con sus juegos.

¡Cuán felices eran aquellos miserables! ¡Cómo les envidiaba su suerte!

Ellos, al menos, si caían enfermos tendrían a su lado una madre que los

cuidase, con ese cariño infatigable y heroico del que únicamente es

susceptible el corazón de la mujer; y no había miedo de que se viesen

como él, que por ser rico e hijo de una gran familia se encontraba ahora

en un lugar extraño, en una pobre cama, y sin ver otros seres que el

rudo criado, el médico de la casa y media docena de hombres negros, cuyo

rostro impasible parecía de bronce, y que a sus terribles dolores sólo

sabían contestar con frías palabras, en las que no se notaba el menor

asomo de afecto.

Paquito lloraba silenciosamente y sus lágrimas iban a caer sobre el

embozo de su cama, que movía con vaivén de oleaje la respiración

jadeante de sus congestionados pulmones.

Un pensamiento cruel obsesionaba el cerebro del niño. ¿Es que sus padres

no le amaban ya y por esto habían mostrado tanta prisa en alejarlo de su

presencia? El pobre niño no podía creer que dejase de amarle aquella

mujer que tanto cariño le había demostrado allá en Madrid, y que por dos

veces, llorando de emoción, había venido a verle en el colegio; pero al

mismo tiempo pensaba con amargura que los padres que quieren a sus hijos

hacían como el conserje de su hotel y otras gentes humildes que él había

conocido y que por todo el oro del mundo no consentían en separarse un

sólo día de los que eran pedazos de sus entrañas.

El infeliz ignoraba la existencia de inhumanas costumbres que la

sociedad ha establecido con el carácter de suprema distinción y que

hacen que los padres abandonen a sus hijos en la infancia para

entregarlos a manos extrañas, justamente en la época en que más

necesitan de los cuidados del verdadero cariño.

No era que el niño pudiera quejarse de haber sufrido violencias ni

desprecios en aquel colegio, especie de convento de la infancia a que

sus padres le habían enviado. La servidumbre le trataba con más cariño

que a los otros alumnos; algunos de éstos, malignos e insolentes, que se

burlaron de su timidez y de su abultada cabeza, fueron castigados

rigurosamente por el director; los padres maestros le trataban siempre

con las mayores consideraciones; pero, a pesar de tantas atenciones, el

niño, criado al calor de una maternidad cuidadosa y solícita, no podía

avenirse con la fría reglamentación de aquella casa y con los cuidados

mercenarios de que era objeto y en los que se notaba más el impulso de

la obligación que el del afecto.

No; por más que hicieran aquellos hombres para serle agradables, no

podían llenar en su corazón el vacío que había dejado la ausencia de la

madre.

Paquito notaba en el cariño de todos ellos algo que para él era digno de

censura, por más que se fundara en la reglamentación del elogio y en la

necesidad de considerar iguales a todos los alumnos.

¿Por qué en la sala de estudios habían destinado para él aquel pupitre

cercano a la puerta, donde llegaban frías corrientes de aire cada vez

que alguien abría la mampara de cristales y levantaba el cortinaje? ¿Por

qué en el dormitorio, con el pretexto de que era el último alumno que

había ingresado, ocupaba la cama más inmediata al corredor, lo que le

hacía pasar las noches con el cuerpo entumecido y tosiendo

dolorosamente? De seguro que a estar allí su madre, no hubiese vivido él

tan desprovisto de cuidados y la enfermedad no hubiera hecho de su

cuerpo una víctima, oprimiendo con mano de hierro sus débiles pulmones.

Y mientras el niño pensaba con dolor en su desgracia al ser conducido a

aquel establecimiento, escuchaba con marcada expresión de envidia el

rumor que producían sus compañeros jugando en el inmediato jardín, en

aquella hermosa arboleda, que era la única parte del colegio a la que

profesaba algún cariño.

Su madre era el recuerdo que ocupaba por completo su memoria, y pensaba

en ella con la desesperación del desgraciado que ha perdido el protector

en quien cifra todas sus esperanzas.

¡Oh, si ella llegase! ¡Si ella apareciese de repente en la enfermería,

extendiéndole sus brazos con loco arrebato de pasión y gritando "¡hijo

mío!", con esa voz que sale del alma!...

Dos días hacía que el pobre niño se hallaba enfermo en aquel lecho, y

cada vez que pensaba en la posibilidad de que su madre apareciese en

aquel lugar, la esperanza le reanimaba, dándole nuevas fuerzas, y hasta

le parecía que, de realizarse tal milagro, no tardaría en desvanecerse

la temible opresión que agobiaba sus pulmones.

Paquito creía en la posibilidad de que su madre viniese a verle y

confiaba en que, antes de morir, podría contemplar aquel dulce rostro

que tantas vedes había distinguido al borde de su cuna, como si fuera la

buena hada de sus sueños. ¿No había ido a visitarle cuando gozaba de

relativa salud? ¿Por qué había de abandonar ahora a su pobre hijo que se

sentía morir?

Para el niño era Valencia una ciudad que le recordaba su madre. Cuando

le acompañó desde Madrid para que ingresara en el establecimiento de los

jesuítas, la condesa, con la emoción del que recuerda los mejores años

de su vida, había mostrado a su hijo la fachada del colegio de Nuestra

Señora de la Saletta, en cuya terraza había experimentado las más gratas

emociones de su existencia.

La idea de que su madre había respirado aquel mismo ambiente de

perfumes, teniendo casi la misma edad que él, y que sobre el mismo suelo

había estado sometida a una existencia reglamentada como la suya,

producíale al niño una placentera emoción y afirmábale en su confianza

de que en un país que tales recuerdos guardaba, no podía menos de surgir

por arte mágico la dulce figura de la condesa.

El anhelo por ver a su madre y la incertidumbre que le acometía después

de permanecer algunos instantes con esta esperanza, fatigaban al pobre

niño, y en su enfermizo cuerpo sólo quedaba ya vigor para pensar.

Poco a poco su cerebro fué debilitándose; una soñolencia abrumadora se

apoderó de él y se cerraron aquellos ojos macilentos, que hasta entonces

con tanta codicia habían contemplado los rayos del sol que se filtraban

por las ventanas.

Según el testimonio del encargado de la enfermería, que entró varias

veces a verle, el niño deliraba llamando a su madre y pidiéndola con voz

quejumbrosa que lo sacara de allí.

Así transcurrieron más de tres horas y, por fin, cedió un tanto el

delirio y se abrieron los ojos del enfermito, justamente en el instante

en que sonaba un tropel de pasos en el inmediato corredor.

Abrióse la entornada puerta, y lo primero que vió el pobre niño fué al

administrador del establecimiento y a un sacerdote viejo, de elevada

estatura, cuyo rostro impasible y austero creyó reconocer, aunque no

pudo darse exacta cuenta de quién era. Tras de ellos entraban el

encargado de la enfermería, con su azul delantal, y otro criado que le

servía de ayudante; y en el centro del grupo marchaba una mujer, de la

cual, por su baja estatura, sólo se veía el plumaje de la capota.

El anciano jesuíta, extendiendo su brazo hacia atrás, parecía contener a

aquella señora.

--Calma, condesa, mucha calma--decía con su fría voz--: una impresión

demasiado fuerte podría hacerle daño.

Pero la mujer, con un violento empujón, salió del grupo y se abalanzó a

la cama, arrojando atrás el velillo de su sombrero.

El pobre niño exhaló un grito ante tan súbita aparición. ¡Ya se había

realizado el milagro! ¡Ya estaba allí su buena hada, con el rostro

dulce, lloroso y conmovido de virgen dolorosa!

--¡Mamá! ¡Mamá mía!--gritó el pobre enfermito, con su voz débil, pero de

expresión indefinible.

Y no pudo decir más, pues ahogó su pobre voz aquel rostro que,

derramando lágrimas, se pegó a sus demacradas facciones, cubriéndolas de

besos.

La madre y el hijo parecieron formar una sola masa que exhalaba tristes

gemidos, mientras que el grupo de hombres que estaba en la puerta

permanecía impasible, como gente que al entrar en la asociación

jesuítica había renunciado a los afectos de la familia y no podía

conmoverse ante tales escenas. El padre Tomás miraba con sus ojos fríos

de acero a la madre y al hijo, y mientras pensaba, sin duda, en que

pronto iba a verse libre de aquellos dos estorbos, cruzaba las manos

sobre su vientre y hacía juguetear distraídamente a sus pulgares.

Aquella emoción producida por la llegada de la madre, aceleró el triste

desenlace que el médico del colegio había anunciado ocurriría fatalmente

en aquella misma mañana.

Sólo dos horas vivió el infeliz niño.

Su agonía fué terrible, y el padre Tomás, ayudado por otros jesuítas,

tuvo que arrancar a viva fuerza a la enloquecida madre, que, con la

cabeza de su hijo entre sus manos y su boca pegada a la del enfermo,

parecía aspirar con delicia el hálito de la agonía.

La condesa, dando alaridos de dolor, fué conducida a las habitaciones de

la dirección, cuando ya el niño se agitaba en las últimas convulsiones,

buscando un aire vivificante que se negaba a entrar en su pecho.

El padre Tomás conservó su presencia de ánimo, y cuando el cuerpo de

Paquito era ya un cadáver, comenzó a dictar todas las disposiciones

propias del caso, y ordenó el entierro, que había de ser digno, por su

aparato, de la familia a que pertenecía el finado y del establecimiento

en que había muerto.

No se separó un sólo instante de la cama en que tan larga agonía había

sufrido el infeliz niño, y hubo un momento en que quedó completamente

sólo en la vasta habitación. Dos criados habían salido buscando el

uniforme de Paquito para amortajarle.

El terrible jesuíta, puesto en pie junto al lecho mortuorio, estuvo

contemplando fijamente la deforme cabeza de aquel niño, que aún parecía

más horrible con el tinte violáceo de la muerte.

--Dios te tenga en su santa gloria--murmuró el padre Tomás--. La verdad

es que para ser hijo de un padre tan corrompido, has sabido resistir

bravamente a la muerte. Te ha costado el caer.

Después se separó del lecho, comenzando a pasearse por la enfermería,

con cierto aire de satisfacción.

Llegaban hasta allí, amortiguados por la distancia, estridentes alaridos

de dolor que no parecían salir de una garganta humana.

Era la infeliz madre, que abajo, en el despacho del director,

entregábase a transportes de pena, rodeada de casi toda la servidumbre

del colegio, que la sujetaba temiendo que se causase algún daño en una

de aquellas convulsiones de loco dolor.

El padre Tomás escuchó durante algunos instantes, sin que en su

impasible rostro se notara la menor emoción, y lentamente se dirigió a

la puerta. Pero antes de salir, lanzó una postrera mirada al cadáver y

murmuró con voz casi imperceptible:

--¡Adiós, heredero!... Ya hemos enmendado el único error que tenía mi

plan.

La araña negra, t. 9/9 · 第 21 / 29 题