La muerte del niño.
A través de las vidrieras que cerraban herméticamente las ventanas de la
enfermería, entraban en ésta los alegres rayos del sol, después de
juguetear entre el ramaje del inmediato jardín, donde un tropel de
pájaros piaba en las alturas, y más de un centenar de muchachos
correteaban abajo, por las enarenadas avenidas, divirtiéndose con juegos
ruidosos que producían explosiones de risas y de gritos.
La animación y el ruido del jardín contrastaban con la soledad y el
silencio de aquella habitación con cuatro ventanas, que servía de
enfermería.
Doce pequeñas camas de hierro con ropas de deslumbrante blancura
alineábanse a lo largo de la pared, enfrente de las ventanas, y todas
ellas estaban vacías, a excepción de la primera, sobre cuya almohada
destacábase una cabeza que por lo abultada parecía pertenecer a otro
cuerpo que a aquel pequeño tronco raquítico y menguado, que apenas si se
destacaba con las convulsiones de una respiración jadeante, bajo los
pliegues de la cubierta.
Era el hijo de la condesa de Baselga el único enfermo que ocupaba aquel
departamento del colegio.
Acababa de ausentarse el hermano lego, encargado de la enfermería,
mocetón de anchas mandíbulas y aspecto de imbécil, que manifestaba gran
cariño a los niños y entretenía al enfermito con cuentos milagrosos.
El niño sentíase abrumado por la espantosa soledad en que vivía.
La tuberculosis, que paralizaba en parte su cerebro, no había logrado
borrar la precocidad de pensamiento que distinguía a Paquito y que
parecía agrandarse conforme avanzaba el curso de su enfermedad.
Más que su dolencia, más que aquella terrible opresión en el pecho, que
le hacía respirar penosamente, conmovía al niño la soledad en que vivía
y el cariño frío y mercenario que le rodeaba.
Al pasear su debilitada vista por aquella vasta pieza silenciosa y fría,
el niño se acordaba con dolor y envidia de la casa paterna, donde él
reinaba en absoluto; de aquel elegante y confortable hotel, donde vivía
entre plumas y abrigos, rodeado de cuantas comodidades puede
proporcionar una gigantesca fortuna y un solícito cariño.
Pero más aún que el lujo y el bienestar, lo que el pobre enfermito
echaba de menos en su actual situación era su madre, aquella hermosa
señora, con los ojos siempre empañados por las lágrimas, que cuando él
despertaba veía siempre a la cabecera de la cama, triste y llorosa como
las Vírgenes que tantas veces había contemplado en la semiobscuridad de
las capillas.
No podía quejarse de la solicitud de que era objeto en el colegio; pero
el niño, con su pasmosa precocidad, adivinaba lo mercenario de aquel
cariño, que cuidaba por obligación y trataba a cada uno según su riqueza
y rango social.
Bien le cuidaba el mozo de la enfermería, pero sus manos rudas no podían
ser comparadas con aquellas finas y suaves, que allá en Madrid le
manejaban con tanta delicadeza, como si su cuerpo fuese un copo de
algodón. Todos los padres profesores del colegio entraban diariamente en
la estancia a preguntar al niño por el estado de su salud, pero en sus
frías palabras y en sus impasibles rostros no se notaba el menor asomo
de aquel cariño vehemente, de aquel doloroso anhelo, que la pobre madre
llevaba impreso en todo su ser.
Aquel abandono moral en que le tenían, aquella frialdad que le rodeaba,
era lo que entristecía al pobre niño y le hacía sumirse en un
decaimiento absoluto, que favorecía el progreso de la enfermedad.
El, que pertenecía a una poderosa familia; que no había ni aun
sospechado la verdadera significación de la palabra miseria; que había
vivido rodeado siempre de la riqueza, el fasto y la comodidad, y que al
experimentar el menor dolor había visto inmediatamente en torno de su
lecho a un gran número de solícitos sirvientes, pensaba ahora, con
envidia, en los hijos del conserje de su hotel, en aquellos pobrecillos,
tímidos y mal abrigados, que subían algunas veces a su cuarto para
entretenerle con sus juegos.
¡Cuán felices eran aquellos miserables! ¡Cómo les envidiaba su suerte!
Ellos, al menos, si caían enfermos tendrían a su lado una madre que los
cuidase, con ese cariño infatigable y heroico del que únicamente es
susceptible el corazón de la mujer; y no había miedo de que se viesen
como él, que por ser rico e hijo de una gran familia se encontraba ahora
en un lugar extraño, en una pobre cama, y sin ver otros seres que el
rudo criado, el médico de la casa y media docena de hombres negros, cuyo
rostro impasible parecía de bronce, y que a sus terribles dolores sólo
sabían contestar con frías palabras, en las que no se notaba el menor
asomo de afecto.
Paquito lloraba silenciosamente y sus lágrimas iban a caer sobre el
embozo de su cama, que movía con vaivén de oleaje la respiración
jadeante de sus congestionados pulmones.
Un pensamiento cruel obsesionaba el cerebro del niño. ¿Es que sus padres
no le amaban ya y por esto habían mostrado tanta prisa en alejarlo de su
presencia? El pobre niño no podía creer que dejase de amarle aquella
mujer que tanto cariño le había demostrado allá en Madrid, y que por dos
veces, llorando de emoción, había venido a verle en el colegio; pero al
mismo tiempo pensaba con amargura que los padres que quieren a sus hijos
hacían como el conserje de su hotel y otras gentes humildes que él había
conocido y que por todo el oro del mundo no consentían en separarse un
sólo día de los que eran pedazos de sus entrañas.
El infeliz ignoraba la existencia de inhumanas costumbres que la
sociedad ha establecido con el carácter de suprema distinción y que
hacen que los padres abandonen a sus hijos en la infancia para
entregarlos a manos extrañas, justamente en la época en que más
necesitan de los cuidados del verdadero cariño.
No era que el niño pudiera quejarse de haber sufrido violencias ni
desprecios en aquel colegio, especie de convento de la infancia a que
sus padres le habían enviado. La servidumbre le trataba con más cariño
que a los otros alumnos; algunos de éstos, malignos e insolentes, que se
burlaron de su timidez y de su abultada cabeza, fueron castigados
rigurosamente por el director; los padres maestros le trataban siempre
con las mayores consideraciones; pero, a pesar de tantas atenciones, el
niño, criado al calor de una maternidad cuidadosa y solícita, no podía
avenirse con la fría reglamentación de aquella casa y con los cuidados
mercenarios de que era objeto y en los que se notaba más el impulso de
la obligación que el del afecto.
No; por más que hicieran aquellos hombres para serle agradables, no
podían llenar en su corazón el vacío que había dejado la ausencia de la
madre.
Paquito notaba en el cariño de todos ellos algo que para él era digno de
censura, por más que se fundara en la reglamentación del elogio y en la
necesidad de considerar iguales a todos los alumnos.
¿Por qué en la sala de estudios habían destinado para él aquel pupitre
cercano a la puerta, donde llegaban frías corrientes de aire cada vez
que alguien abría la mampara de cristales y levantaba el cortinaje? ¿Por
qué en el dormitorio, con el pretexto de que era el último alumno que
había ingresado, ocupaba la cama más inmediata al corredor, lo que le
hacía pasar las noches con el cuerpo entumecido y tosiendo
dolorosamente? De seguro que a estar allí su madre, no hubiese vivido él
tan desprovisto de cuidados y la enfermedad no hubiera hecho de su
cuerpo una víctima, oprimiendo con mano de hierro sus débiles pulmones.
Y mientras el niño pensaba con dolor en su desgracia al ser conducido a
aquel establecimiento, escuchaba con marcada expresión de envidia el
rumor que producían sus compañeros jugando en el inmediato jardín, en
aquella hermosa arboleda, que era la única parte del colegio a la que
profesaba algún cariño.
Su madre era el recuerdo que ocupaba por completo su memoria, y pensaba
en ella con la desesperación del desgraciado que ha perdido el protector
en quien cifra todas sus esperanzas.
¡Oh, si ella llegase! ¡Si ella apareciese de repente en la enfermería,
extendiéndole sus brazos con loco arrebato de pasión y gritando "¡hijo
mío!", con esa voz que sale del alma!...
Dos días hacía que el pobre niño se hallaba enfermo en aquel lecho, y
cada vez que pensaba en la posibilidad de que su madre apareciese en
aquel lugar, la esperanza le reanimaba, dándole nuevas fuerzas, y hasta
le parecía que, de realizarse tal milagro, no tardaría en desvanecerse
la temible opresión que agobiaba sus pulmones.
Paquito creía en la posibilidad de que su madre viniese a verle y
confiaba en que, antes de morir, podría contemplar aquel dulce rostro
que tantas vedes había distinguido al borde de su cuna, como si fuera la
buena hada de sus sueños. ¿No había ido a visitarle cuando gozaba de
relativa salud? ¿Por qué había de abandonar ahora a su pobre hijo que se
sentía morir?
Para el niño era Valencia una ciudad que le recordaba su madre. Cuando
le acompañó desde Madrid para que ingresara en el establecimiento de los
jesuítas, la condesa, con la emoción del que recuerda los mejores años
de su vida, había mostrado a su hijo la fachada del colegio de Nuestra
Señora de la Saletta, en cuya terraza había experimentado las más gratas
emociones de su existencia.
La idea de que su madre había respirado aquel mismo ambiente de
perfumes, teniendo casi la misma edad que él, y que sobre el mismo suelo
había estado sometida a una existencia reglamentada como la suya,
producíale al niño una placentera emoción y afirmábale en su confianza
de que en un país que tales recuerdos guardaba, no podía menos de surgir
por arte mágico la dulce figura de la condesa.
El anhelo por ver a su madre y la incertidumbre que le acometía después
de permanecer algunos instantes con esta esperanza, fatigaban al pobre
niño, y en su enfermizo cuerpo sólo quedaba ya vigor para pensar.
Poco a poco su cerebro fué debilitándose; una soñolencia abrumadora se
apoderó de él y se cerraron aquellos ojos macilentos, que hasta entonces
con tanta codicia habían contemplado los rayos del sol que se filtraban
por las ventanas.
Según el testimonio del encargado de la enfermería, que entró varias
veces a verle, el niño deliraba llamando a su madre y pidiéndola con voz
quejumbrosa que lo sacara de allí.
Así transcurrieron más de tres horas y, por fin, cedió un tanto el
delirio y se abrieron los ojos del enfermito, justamente en el instante
en que sonaba un tropel de pasos en el inmediato corredor.
Abrióse la entornada puerta, y lo primero que vió el pobre niño fué al
administrador del establecimiento y a un sacerdote viejo, de elevada
estatura, cuyo rostro impasible y austero creyó reconocer, aunque no
pudo darse exacta cuenta de quién era. Tras de ellos entraban el
encargado de la enfermería, con su azul delantal, y otro criado que le
servía de ayudante; y en el centro del grupo marchaba una mujer, de la
cual, por su baja estatura, sólo se veía el plumaje de la capota.
El anciano jesuíta, extendiendo su brazo hacia atrás, parecía contener a
aquella señora.
--Calma, condesa, mucha calma--decía con su fría voz--: una impresión
demasiado fuerte podría hacerle daño.
Pero la mujer, con un violento empujón, salió del grupo y se abalanzó a
la cama, arrojando atrás el velillo de su sombrero.
El pobre niño exhaló un grito ante tan súbita aparición. ¡Ya se había
realizado el milagro! ¡Ya estaba allí su buena hada, con el rostro
dulce, lloroso y conmovido de virgen dolorosa!
--¡Mamá! ¡Mamá mía!--gritó el pobre enfermito, con su voz débil, pero de
expresión indefinible.
Y no pudo decir más, pues ahogó su pobre voz aquel rostro que,
derramando lágrimas, se pegó a sus demacradas facciones, cubriéndolas de
besos.
La madre y el hijo parecieron formar una sola masa que exhalaba tristes
gemidos, mientras que el grupo de hombres que estaba en la puerta
permanecía impasible, como gente que al entrar en la asociación
jesuítica había renunciado a los afectos de la familia y no podía
conmoverse ante tales escenas. El padre Tomás miraba con sus ojos fríos
de acero a la madre y al hijo, y mientras pensaba, sin duda, en que
pronto iba a verse libre de aquellos dos estorbos, cruzaba las manos
sobre su vientre y hacía juguetear distraídamente a sus pulgares.
Aquella emoción producida por la llegada de la madre, aceleró el triste
desenlace que el médico del colegio había anunciado ocurriría fatalmente
en aquella misma mañana.
Sólo dos horas vivió el infeliz niño.
Su agonía fué terrible, y el padre Tomás, ayudado por otros jesuítas,
tuvo que arrancar a viva fuerza a la enloquecida madre, que, con la
cabeza de su hijo entre sus manos y su boca pegada a la del enfermo,
parecía aspirar con delicia el hálito de la agonía.
La condesa, dando alaridos de dolor, fué conducida a las habitaciones de
la dirección, cuando ya el niño se agitaba en las últimas convulsiones,
buscando un aire vivificante que se negaba a entrar en su pecho.
El padre Tomás conservó su presencia de ánimo, y cuando el cuerpo de
Paquito era ya un cadáver, comenzó a dictar todas las disposiciones
propias del caso, y ordenó el entierro, que había de ser digno, por su
aparato, de la familia a que pertenecía el finado y del establecimiento
en que había muerto.
No se separó un sólo instante de la cama en que tan larga agonía había
sufrido el infeliz niño, y hubo un momento en que quedó completamente
sólo en la vasta habitación. Dos criados habían salido buscando el
uniforme de Paquito para amortajarle.
El terrible jesuíta, puesto en pie junto al lecho mortuorio, estuvo
contemplando fijamente la deforme cabeza de aquel niño, que aún parecía
más horrible con el tinte violáceo de la muerte.
--Dios te tenga en su santa gloria--murmuró el padre Tomás--. La verdad
es que para ser hijo de un padre tan corrompido, has sabido resistir
bravamente a la muerte. Te ha costado el caer.
Después se separó del lecho, comenzando a pasearse por la enfermería,
con cierto aire de satisfacción.
Llegaban hasta allí, amortiguados por la distancia, estridentes alaridos
de dolor que no parecían salir de una garganta humana.
Era la infeliz madre, que abajo, en el despacho del director,
entregábase a transportes de pena, rodeada de casi toda la servidumbre
del colegio, que la sujetaba temiendo que se causase algún daño en una
de aquellas convulsiones de loco dolor.
El padre Tomás escuchó durante algunos instantes, sin que en su
impasible rostro se notara la menor emoción, y lentamente se dirigió a
la puerta. Pero antes de salir, lanzó una postrera mirada al cadáver y
murmuró con voz casi imperceptible:
--¡Adiós, heredero!... Ya hemos enmendado el único error que tenía mi
plan.