El porvenir de la familia Ordóñez.
La trágica muerte del doctor Zarzoso produjo gran impresión en Madrid.
Los periódicos se ocuparon del suceso, aprovechando la ocasión para
declamar contra la bárbara costumbre del duelo, y al entierro del doctor
acudió toda la aristocracia de la ciencia en unión de aquella clientela
pobre que adoraba a Zarzoso como un ser casi sobrenatural, a causa de
sus bondades sin límites.
Durante algunos días la muerte del doctor fué el tema de todas las
conversaciones en Madrid; pero al domingo siguiente, "Frascuelo" tuvo
una cogida, y el público novelero no tardó en olvidarse del trágico
desafío para ocuparse únicamente de la salud del diestro.
Dos semanas después, eran ya muy pocos los que se acordaban de la triste
suerte del doctor Zarzoso; la excitación pública devanecióse, y así no
resultó difícil que Ordóñez fuese condenado únicamente a dos años de
destierro, juntando con este castigo la esperanza de que el Gobierno le
indultaría de la pena así que, transcurridos algunos meses, se hubiese
olvidado por completo el trágico suceso.
Ordóñez acogió con satisfacción aquella sentencia que le daba un
pretexto para satisfacer su afición a vivir en el extranjero, y salió
inmediatamente para Londres, después que el padre Tomás, muy satisfecho
de su comportamiento, le prometió interponer su valiosa influencia para
que el administrador de la condesa atendiese a todas sus necesidades con
frecuentes envíos de dinero.
Quedó, pues, María completamente sola en su hotel, al cuidado de su
enfermo hijo, pues su tía, la baronesa, había olvidado por completo las
costumbres de mujer elegante que observaba antes del matrimonio de su
sobrina y en los primeros tiempos de éste, y había vuelto a sus
aficiones devotas, pasando la mayor parte del año fuera de Madrid,
visitando conventos y tomando parte en ejercicios religiosos y romerías
que organizaban los jesuítas para levantar el espíritu católico, que
según ellos estaba muy decaído. La viuda de López ya no ejercía de
confidente de la baronesa y de María. Doña Fernanda había perdido toda
su confianza en la intrigante viuda, y ésta, por su parte, cansada de
servir a sus aristocráticas amigas, y habiendo ganado con sus
complacencias lo que creía necesario para el resto de su vida, habíase
retirado a Andalucía, dedicándose a negocios con sus ahorros en Sevilla,
donde prestaba al 30 por 100 a las gentes más necesitadas.
Fué para María una época muy triste los dos años que permaneció sola en
su hotel, sin otra distracción que el cuidado de su enfermizo hijo, ni
otras visitas que las del padre Tomás y el médico de la casa.
Algunas veces, doña Fernanda, fatigada por las correrías religiosas que
la hacían viajar por todas las provincias de España, permanecía algunas
semanas en el hotel; pero aquella quietud en una casa que tenía algo de
hospital y cuyo ambiente apestaba con el acre olor de las medicinas, no
agradaba a una mujer que era inquieta y movediza, por el instinto de la
propaganda y la organización, e inmediatamente, la vieja paloma mística
levantaba el vuelo para continuar aquella obra que tan grata les era a
los padres de la Compañía.
Mientras la baronesa permanecía en Madrid. María abandonaba su pasiva
existencia de mujer resignada y triste, y obedeciendo a su tía, la
acompañaba a la iglesia o a las reuniones piadosas, mostrándose entonces
a los ojos de las gentes de su clase, que la creían enferma al no verla
en los demás puntos de reunión donde se codeaban las clases
privilegiadas.
La joven condesa de Baselga, por más que transcurría el tiempo, no
lograba reponerse de la dolorosa sorpresa, del inmenso pesar que la
produjo la noticia del triste fin del doctor Zarzoso.
Adivinaba que ella había intervenido indirectamente en aquella espantosa
tragedia, en la cual su marido había desempeñado el papel más odioso,
quedando su antiguo adorador con el prestigio sublime del hombre de
corazón que se deja matar por haber amado mucho.
Antes de aquel duelo, miraba con indiferencia a Ordóñez, pero ahora le
odiaba, viendo en él al asesino de Zarzoso, y se sentía satisfecha por
vivir alejada de su marido, pues hubiese sido un tormento horrible el
tener que estar a todas horas junto al hombre que aborrecía.
El recuerdo de aquel trágico suceso producíale una melancolía incurable,
y prefería permanecer encerrada en el fondo de su hotel a tomar parte en
las diversiones de la vida elegante o a mostrarse simplemente en
público.
Por otra parte, la continua e interminable dolencia que debilitaba a su
hijo, obligábala a permanecer siempre encerrada, adivinando muchas veces
que no era Paquito el único enfermo, pues ella sentía la falta de salud,
y en su rostro marcábanse cada vez más aquellos signos que alarmaron a
Zarzoso la primera vez que entró en el hotel y que le hicieron sospechar
que la tuberculosis del padre había contagiado a toda la familia.
Cada vez que ella se quejaba de su falta de salud, presintiendo que
existía en su organismo un principio de terrible enfermedad, el médico
de la casa y el padre Tomás bromeaban sobre lo que ellos llamaban
escrúpulos y manías de la condesa.
En concepto de dicho médico, lo que sentía María era el cansancio
producido por las muchas noches en vela y la angustia que le causaba el
estado de su hijo, al cual prometía él curar en plazo muy breve, a pesar
de cuyas promesas la enfermedad de Paquito no dejaba de ir en aumento
rápidamente.
El terrible hidrocéfalo no podía ser más visible. La cabeza del niño
había ido desarrollando exageradamente su volumen de un modo lento y
progresivo. La frente se había extendido elevándose y avanzando hacia
los ojos, de un modo que éstos estaban dirigidos hacia abajo y
recubiertos por el párpado inferior hasta el centro de la pupila. La
cabeza tomaba la forma de una pirámide con la base hacia arriba; la cara
se achicaba haciéndose pálida y huesuda; el cuero cabelludo sólo estaba
cubierto por muy escasos y finos cabellos, y las venas subcutáneas de
las sienes y de la frente, hinchábanse, destacándose bajo la piel con
marcado relieve.
A pesar de unos signos tan característicos, el doctor, protegido por el
padre Tomás, negaba siempre que aquello pudiera ser el hidrocéfalo y
atribuía tales síntomas a todas las enfermedades, antes que a una
tuberculosis encefálica.
El padre Tomás, al hablar de la enfermedad de Paquito, atribuíala
siempre al exagerado cuidado de su madre y a la anormal temperatura de
Madrid, asegurando que el niño se curaría así que estuviera en
condiciones para entrar en cualquiera de los colegios de educación que
la Compañía tenía establecidos en provincias y en el cual, con un clima
saludable y un régimen reglamentario e higiénico, no tardaría en
desaparecer la hinchazón del cráneo que tanto alarmaba a María.
Transcurridos los dos años de destierro a que habían condenado a
Ordóñez, éste volvió a Madrid con el único fin de avistarse con sus
amigos, pues le gustaba más la vida de París o de Londres que la de
Madrid. En cuanto a su mujer y a su hijo, apenas si se acordaba de
ellos, pues sólo de tarde en tarde había enviado a María una breve carta
por pura cortesía, preguntando con marcada negligencia por la salud de
Paquito.
Cuando la condesa vió de vuelta a su marido, experimentó un gran
disgusto. Le era muy grato vivir sola en su hotel, sin otra compañía que
la de su hijo, pues así su imaginación excitada se hacía la ilusión de
que era una viuda y que su esposo había sido aquel infeliz doctor, al
cual amaba ahora sin sombra alguna del antiguo despecho, desde que lo
había visto morir a causa del amor que la había profesado.
Ordóñez, como si adivinara cuáles eran los sentimientos de su esposa, no
intentó con ella la menor intimidad. Además, el aventurero sin corazón
que explotaba de tal modo a su esposa, como había estado tanto tiempo
ausente, notó al primer golpe de vista lo envejecida que se hallaba por
las penas, y la interna destrucción que en su organismo iba operando la
enfermedad, y esto era más que suficiente para que aquel hombre
corrompido y sin sentimiento, que en punto a amor no había ido más allá
de una carnívora brutalidad, rehuyese todo contacto con la esposa
honrada, que, por ser madre, había perdido una gran parte de su frescura
y de su belleza.
La fría indiferencia entre los dos cónyuges era visible para todos
cuantos entraban en la casa, y apenas si al sentarse a la mesa, los
pocos días en que Ordóñez comía en casa, dirigía éste algunas palabras a
su esposa, la cual, por su parte, tampoco tenía gran interés en tratarse
con un hombre a quien odiaba.
Un día Ordóñez se mostró con su esposa más insinuante y cariñoso que de
costumbre.
Después del almuerzo, en vez de salir apresuradamente como hacía
siempre, para acudir a las mil citas de amigos y amigas que le asediaban
desde que había llegado a Madrid, Ordóñez permaneció sentado, mostrando
deseos de entablar conversación con María, a la cual inquietaba algo tan
inesperada solicitud.
Hablaron primeramente del estado de su hijo que en aquellos días parecía
experimentar cierta mejoría y correteaba por la casa sin pesadez y sin
mostrar esa manifiesta imbecilidad que produce el hidrocéfalo en los
niños.
--Tú verás--decía Ordóñez a su esposa--cómo al fin no resulta nada la
enfermedad de nuestro hijo. Son dolencias esas que cuando niños todos
hemos pasado y que desaparecen al robustecerse el cuerpo y salir de la
infancia. Como esa enfermedad se hará más grave, será si tú te empeñas
en tener siempre a Paquito cosido a tus faldas y rodeado de los más
nimios y escrupulosos cuidados. Esto sólo servirá para que su dolencia
se agrave y tú te pongas más enferma, porque, ¡mira, hija mía!, voy a
serte franco; tú no estás muy bien y de seguro que si te empeñas en
sacrificarte tanto por cuidar a tu hijo, no tardarás en morirte. Me
parece muy bien que una madre cuide a su hijo sin reparar en fatigas; lo
mismo hacía la mía; pero esto no impide que uno se cuide a sí mismo. Yo
también estoy muy delicado y, sin embargo, me hago la cuenta de vivir
muchos años, porque me preocupo mucho de lo que puede hacer daño a mi
salud y procuro cambiar de aires con frecuencia, pues esto siempre es
bueno. Dirás que soy muy egoísta; conforme, no lo discuto; pero con
egoísmo se vive, y si yo muriera, nadie de este mundo se encargaría de
resucitarme. Los muchachos, ¡qué demonio!, deben acostumbrarse a vivir
libres de cuidados; esto los robustece y a Paquito lo que le conviene es
estar una buena temporada lejos de tí, rodeado de otros chicos que le
animen y sometido a un régimen sin contemplaciones que excite su
energía.
María se asustó al oír estas palabras y adivinó ya lo que su esposo iba
a decirle.
--Yo he hablado del asunto con el padre Tomás y éste que, como ya sabes,
es persona de mucha ciencia, cree lo mismo que yo y aconseja que
enviemos a Paquito a uno de los colegios que la Compañía tiene en
provincias; al de Valencia, por ejemplo, asegurando que allí sabrán
robustecerlo y librarlo de toda enfermedad, hasta el punto de que antes
de un año estará rollizo y sonrosado como un tudesco. Yo también pasé
los primeros años en un colegio de jesuítas, y te aseguro que allí no
nos iba mal, pues me crié perfectamente, y al mismo tiempo que me
fortalecí supe muchas cosas que jamás hubiese aprendido metido entre las
faldas de mi señora madre. Con que ya lo sabes, María; como quiero mucho
a mi hijo, por más que tú creas lo contrario, deseo que ingrese pronto
en un colegio, donde aprenderá a ser hombre.
Desde aquel día el porvenir de Paquito fué el motivo de todas las
conversaciones que se entablaban entre los dos esposos.
María resistíase con energía a acceder a aquella separación; pero la
asediaban continuamente con sus palabras, a más de su esposo, el padre
Tomás y el médico de la casa, el cual hablaba de los grandes peligros
del clima de Madrid, que amenazaba continuamente con una pulmonía al
organismo débil y delicado del niño.
Un nuevo refuerzo tuvieron los que atacaban la resistencia de su
sobrina, y llevada de la indignación que le produjo, que vino a
descansar un mes de sus tareas de propaganda y a saludar a Ordóñez, su
"tunante sobrino", a quien seguía profesando gran simpatía, porque sus
calaveradas le hacían mucha gracia.
Doña Fernanda, después de escuchar reverentemente la autorizada voz del
padre Tomás, mostróse decidida partidaria de que el niño fuese al
colegio.
Con su carácter dominante e irascible, atacó la resistencia de su
sobrina, que llevada de la indignación que le producía tanta tenacidad,
llegó a decir con imponente voz:
--Si se muere el niño, tú serás la culpable, pues te empeñas en
retenerlo aquí con gran peligro de su vida, y no quieres enviarlo donde
indudablemente adquirirá la robustez que le falta. Amas mucho a tu
hijo; pero esto no impide que seas una mala madre.
Esta acusación fué lo que hizo a María rendirse.
Llegó la infeliz a imaginarse que podían ser ciertas tales palabras, y
con el deseo de no causar el más leve mal a su hijo, accedió a consentir
tal separación, aunque estaba segura de que esto le produciría un
disgusto sin límites.
Quedó acordado que el niño iría a educarse al colegio de los jesuítas de
Valencia, por ser el clima templado de esta ciudad el que más convenía
al enfermizo niño.
María, deseosa de separarse de su hijo lo más tarde posible, se encargó
de ser ella quien lo condujese a Valencia, y la baronesa, que cada vez
estaba más dominada por su manía de viajar, prestóse a acompañarla.
La joven condesa llegó hasta proyectar el traslado de su domicilio a
Valencia, para vivir de este modo más cerca de su hijo; pero tuvo que
desistir de tal idea ante la rotunda negativa de su esposo.
El antiguo calavera, que, según decía, comenzaba a sentirse viejo y se
hallaba algo cansado de ser simplemente en sociedad un aturdido, quería
adquirir el prestigio de hombre serio y distinguido, y pensaba,
aprovechando la ausencia de su hijo, en arrastrar a María a las fiestas
del gran mundo y presentarse en bailes y recepciones, grave y estirado,
con su esposa del brazo, cual convenía a un hombre que aspiraba a
solicitar en la primera ocasión oportuna una embajada en cualquier
nación de segundo orden.
La misma noche en que María, ante su familia y sus amigos, se decidió a
permitir que la separasen de su hijo, llevando éste al colegio de
Valencia, el padre Tomás y el médico de la casa, al salir del hotel y
subir al carruaje que les esperaba, entablaron inmediatamente
conversación sobre la salud del hijo de la condesa de Baselga.
--¿Cree usted, doctor, que ese niño puede gozar larga vida?
--Lo que me extraña, reverendo padre, es que no haya muerto ya. La
tuberculosis del padre, contaminando a la madre, ha producido en el hijo
ese hidrocéfalo tan marcado, que seguramente llevará el niño a la tumba.
--¿Y tardará mucho en morir?
--No puedo asegurarlo; pero un tuberculoso es un campo abonado para toda
clase de enfermedades. Bastaría que en el colegio sufriese un ligero
enfriamiento, que se expusiera a una corriente de aire después de la
agitación propia de la hora de recreo en que juegan los alumnos, para
que inmediatamente se declarase en él una pulmonía, que en pocas horas
le produciría la muerte.
El padre Tomás sonrió en la oscuridad que envolvía el interior del
carruaje.
--¿Y la condesa?--preguntó el jesuíta--. ¿Cree usted que será muy larga
su vida?
--También está amenazada de muerte, pues la tuberculosis hace en ella
rápidos estragos. Tal vez no tarde mucho en declararse en ella la tisis.
--Pues entonces tampoco a Ordóñez le quedan muchos años de divertirse,
ya que él ha sido el foco de la enfermedad que ha contaminado a toda la
familia.
--¡Oh! Tal vez viva ese más años que nosotros. La tuberculosis se
presenta en él en forma muy benigna. Esto le parecerá extraño a vuestra
reverencia, pero las enfermedades tienen sus rarezas, lo mismo que los
seres humanos. Hay quien esparce la muerte en derredor suyo y, sin
embargo, vive muchos años gozando una relativa salud.
Callaron los dos hombres y permanecieron inmóviles en la oscuridad del
carruaje, hasta que por fin sonó la voz melosa e hipócrita del jesuíta:
--¡Oh, Dios mío! ¡Cuán triste es el porvenir de esa familia! Crea usted,
doctor, que siento haberla conocido, y que si hubiese llegado a adivinar
que Ordóñez no era hombre de completa salud, me hubiese opuesto a su
casamiento con la condesa.