La mansedumbre del padre Tomás.
Cuatro días después estaba ya en Madrid el elegante Ordóñez.
Había sido muy oportuno para él el telegrama del padre Tomás.
Las grandes corridas de caballos de la ciudad de Londres habían sido muy
funestas para Ordóñez, pues perdió todas las apuestas que hizo, y éstas
eran tan considerables, que no sólo se quedó sin dinero, sino que tuvo
que recurrir a pedir prestados algunos centenares de libras esterlinas a
los amigos que tenía en la alta sociedad londinense.
El telegrama del jesuíta sirvió a Ordóñez de pretexto para huir, antes
de que terminasen las carreras, sin que sus amigos pudieran achacar este
acto al temor de seguir perdiendo; e inmediatamente salió para Madrid,
pensando de dónde sacaría los seis o siete mil duros que debía entregar
sin pérdida de tiempo a sus aristocráticos acreedores.
Ordóñez, que nunca se había preocupado por las deudas, sentía ahora la
impaciencia de pagar cuanto antes, para no sufrir menoscabo alguno en su
fama de hombre opulento, pues sus amigos de Londres le creían dueño
absoluto de la presente fortuna que pertenecía a su mujer.
Ordóñez tenía puestos sus ojos en el padre Tomás, proponiéndose que
fuese éste quien se encargara de satisfacer la presente deuda, como ya
lo había hecho con otras.
¿No le llamaba con gran urgencia diciendo que necesitaba de él? Pues
bien; ya que con tanto imperio le mandaba, al menos que pagase la exacta
obediencia, encargándose de extraer, del peculio de María, la cantidad
que el esposo necesitaba para pagar sus deudas.
Deseoso Ordóñez de arreglar cuanto antes aquel asuntillo y de mostrarse
obediente y respetuoso con el padre Tomás, fué a buscar a éste en su
despacho el mismo día de su llegada.
El jesuíta le recibió con la misma cordialidad fría y calmosa que si le
hubiese visto el día anterior.
--¡Hola, perdido!--le dijo con benevolencia--. Por fin te has decidido a
venir, abandonando ese maldito _sport_, que ha de ser tu ruina. ¿No has
sabido la peligrosa enfermedad de tu hijo?
--Sí; un día antes de recibir el telegrama de usted, me telegrafió
María, y yo me disponía ya a venir, cuando recibí la orden de vuestra
paternidad, que sirvió para acelerar aún más mi marcha.
Ordóñez mentía, pues la enfermedad de su hijo, aunque le causó cierta
impresión, no le había decidido a regresar rápidamente a Madrid. Al
recibir el telegrama de María le quedaba todavía algún dinero, y
confiaba desquitarse en las carreras que aún habían de verificarse.
--¡Bah!--se dijo el amable vividor, al recibir el aviso de su desolada
esposa--. Porque yo vaya allá, Paquito no se pondrá mejor; además, las
madres exageran siempre mucho. Esto no pasará de ser una enfermedad
propia de la niñez y que todos hemos sufrido; el sarampión, por ejemplo.
La semana que viene me iré.
Y Ordóñez se olvidó por completo de su hijo, lo que no impedía que
ahora, en presencia de su terrible protector, se esforzase en demostrar
que le había herido en el alma la noticia de la enfermedad del niño, y
que experimentó una alegría inmensa a su llegada, al saber que Paquito
estaba ya fuera de peligro.
--Vaya, no te esfuerces tanto en demostrarme lo que no sientes--dijo el
jesuíta, que conocía bien a su discípulo--. No niego que querrás a tu
hijo, pero estoy convencido de que entre él y el _Gladiateur_, el
_Vincitor_ o cualquier otro caballejo de esos que corren en las
carreras, te vas con los últimos.
--¡Oh, padre Tomás! ¡Qué bromas tiene usted!
--Vamos a ver. ¿Cómo te ha ido en las carreras?
Ordóñez se animó con esta pregunta. Antes de entrar en aquel despacho
estaba muy preocupado buscando el medio de abordar al jesuíta para
suplicarle que le librase de tan afrentosas deudas; y ahora, he aquí que
era el mismo padre Tomás quien, inesperadamente, le ponía en camino de
hacer la petición.
El aristocrático calavera adoptó un gesto de compunción y murmuró:
--Mal, muy mal, reverendo padre. He sido muy desgraciado, y la fortuna
se ha burlado de mí todo lo que ha querido. No sólo perdí cuanto dinero
llevaba, sino que, además, he contraído algunas deudas con mis amigos
del Gentleman-Club, de Londres. Esto es terrible; deudas que no pueden
ser más sagradas y que hay que pagar apenas llega uno a su casa, así
tenga que vender hasta su última camisa.
Ordóñez se detuvo, pues como era costumbre siempre que le iba con tales
demandas al jesuíta, éste ponía la cara fosca, preparándose a anonadarle
con un terrible sermón; pero, con gran sorpresa del calavera, el padre
Tomás no sólo permaneció impasible, sino que hasta le pareció a él que
por sus labios vagaba una tenue sonrisa.
Buen signo era aquel. Ordóñez sintió renacer su ánimo, y su osadía aún
fué en aumento, cuando el jesuíta, sin hacer comentario alguno, le
preguntó sencillamente:
--¿Y cuánto es lo que debes?
--Veinte mil duros--contestó sin vacilar Ordóñez y sin importarle mentir
otra vez.
Veía tan bien dispuesto al padre Tomás y tan animado por una inesperada
benevolencia, que juzgó muy prudente el aprovecharse de la ocasión para
adquirir dinero. El jesuíta, al conocer la cantidad, hizo un gesto de
desagrado, y Ordóñez creyó que, en vez de pagar sus deudas, lo que iba a
hacer el jesuíta era dirigirle uno de sus terribles sermones; pero
pronto se tranquilizó al oírle hablar.
--Mucho dinero es ése, y de seguro que, a seguir en tu desordenada vida,
pronto serán insuficientes para tus gastos las cuantiosas rentas de tu
mujer.
Pero el padre Tomás pareció arrepentirse del tono con que hablaba a
Ordóñez, y añadió después benévolamente:
--Pero, en fin, hijo mío, ya que has contraído tales deudas, preciso es
pagarlas, y no seré yo quien me oponga a ello. Al hacer aquel trato que
tú recordarás, te prometí mi consentimiento para que gastases cuanto
quisieras de las rentas de tu esposa, y no he de faltar a mi palabra, a
pesar de que noto que abusas demasiado de mi permiso. Mañana mismo
hablaré con el administrador de tu esposa, y aunque creo que no anda muy
sobrado de fondos, arreglaremos el asunto para que tengas cuanto antes
los veinte mil duros.
Ordóñez estaba encantado por la servicial benevolencia del padre Tomás.
Ni aun influído por el mayor optimismo podía él imaginarse que iba a
serle tan fácil el adquirir la exagerada cantidad en que había fijado
sus deudas.
El elegante manifestó su agradecimiento con las más expresivas palabras
que encontró; pero se detuvo de pronto, y afectando gravedad, dijo a su
protector:
--Perdone usted mi aturdimiento, padre Tomás. Ocupado en mis asuntos, he
olvidado que usted me necesita, y por esto me envió el telegrama a
Londres. ¿En qué puedo yo servirle? Mande, que inmediatamente obedeceré.
El padre Tomás puso también un gesto de gravedad y entró de lleno en el
asunto que a él le resultaba más importante.
--Es verdad que hablando de tus deudas hemos olvidado el asunto
principal. Te he mandado a llamar porque en tu pronta venida consistía
que tu honor quedase a salvo.
--¡Mi honor!--exclamó Ordóñez, que, como perfecto aventurero de la clase
elevada, era capaz de cometer las mayores estafas, sin que por esto
dejase de palidecer apenas se ponía en duda lo que él llamaba su honor.
--Sí, tu honor, hijo mío--continuó el padre Tomás, con la expresión del
que hace revelaciones importantísimas--. Durante tu ausencia han
ocurrido en tu casa algunas cosas que hacían necesaria tu pronta llegada
aquí.
--Hable usted, padre Tomás. Espero con impaciencia esas revelaciones
importantes.
--¿Recuerdas que María, antes de concederte su mano se mostraba
preocupada y desdeñosa, hasta el punto de que tú creías que tenía
ciertos amores en secreto?
Ordóñez contestó con un signo afirmativo.
--Pues bien: lo que tú sospechabas era la verdad. María amaba con
delirio a un joven médico que estaba haciendo sus estudios en París, y
que ahora es un doctor célebre a quien conoce todo Madrid.
--¿Cuál es su nombre?--preguntó con impaciencia Ordóñez.
--El doctor don Juan Zarzoso. Es especialista en enfermedades de niños y
tiene gran fama por sus asombrosas curaciones. ¿Le conoces?
--No le he visto nunca; pero he leído muchas veces su nombre en los
periódicos.
--Pues bien; ese hombre fué novio de María, y sus amores no eran una
niñada para pasar el tiempo, pues te puedo asegurar que María le amó
como una loca y tal vez hoy la imagen de Zarzoso aún ocupa en su corazón
un lugar preferente. Si la que es hoy tu mujer accedió a darte la mano,
fué porque en aquel momento estaba irritadísima por una infidelidad, más
o menos cierta, del hombre amado. Sé que María, por educación y por su
carácter excesivamente pundonoroso, es incapaz de faltar a sus deberes
conyugales; pero tengo la certeza de que en el fondo ama más a su
antiguo novio que a su marido.
Ordóñez se había preocupado pocas veces del amor de su esposa. Seguía,
como antes, entreteniendo bailarinas y disputando la posesión de las
mundanas más famosas a sus compañeros en calaveradas; pero, a pesar de
la indiferencia con que siempre había mirado a su esposa, no pudo evitar
un movimiento de despecho al oír tales revelaciones. Aquello no eran
celos, sino una irritación del amor propio herido.
Con una mirada hostil, dió a entender al jesuíta el efecto que le
causaban sus revelaciones, y éste continuó, bastante satisfecho del
resultado de sus palabras:
--Pues bien, hijo mío; ese hombre, que en realidad es el dueño del
corazón de tu esposa, ha entrado estos días en tu casa y ha permanecido
allí una noche entera.
--¡Eh! ¿Qué es lo que usted dice, padre Tomás?--exclamó furioso y
alarmado Ordóñez por aquellas palabras dichas con tan marcado deseo de
molestarle.
--¡Calma, hijo mío, calma! No hagas todavía suposiciones y espera que
acabe de hablarte. María te es fiel, no ha faltado a sus deberes, pues
Zarzoso entró en tu hotel llamado como médico y no como antiguo amante.
Tu hijo estaba gravemente enfermo de un ataque de meningitis aguda, y
María, no sabemos si aturdida o con otra intención, en vez de llamarme a
mí y al médico de la casa, solicitó el auxilio de Zarzoso, el cual,
justo es confesarlo, salvó al pobre Paquito después de pasar una noche
entera a la cabecera de su cama luchando con la terrible enfermedad.
Ordóñez se había tranquilizado al ver el giro que tomaba la revelación,
y dijo sonriendo:
--Según esto, no veo que la cosa sea tan grave. Es verdad que María ha
obrado ligeramente al llamar a casa a su antiguo novio, pero una madre
no repara en nada cuanto se trata de salvar a su hijo que está en
peligro.
--Es verdad--dijo el jesuíta, contrariado por la benevolencia que
mostraba Ordóñez--que hasta aquí la cosa nada tiene de grave; pero ahora
verás cómo cambia de aspecto. Yo fuí a tu casa apenas supe el estado de
tu hijo; allí me encontré casualmente con el doctor Zarzoso, y supe con
asombro que él era quien curaba al niño y que por esto pasaba gran parte
del día en el hotel. Ya puedes imaginarte lo que pensaría yo en
presencia de aquel hombre, cuyos antiguos amores sabía. Comprendí que de
conocer alguien que no fuera yo la historia de los pasados amores, no
tardarían en surgir desfavorables comentarios en vista de la asiduidad
con que Zarzoso entraba en tu casa, y, por otra parte, me asustó la
natural idea de que rozándose dos seres que se habían adorado tanto, no
tardaría en despertar el adormecido amor, y entonces María sería capaz
de olvidar sus deberes y serte infiel. ¿Pensaba bien o no? ¿Qué te
parece, hijo mío?
Ordóñez contestó afirmativamente, y dió a entender al jesuíta que
esperaba con impaciencia el resto de sus revelaciones.
--Movido por el deseo de impedir ese peligro que veía tan próximo, hablé
a Zarzoso rogándole en nombre del cielo que no volviese más por aquella
casa, con lo cual dejaría tranquila una familia y se portaría como un
caballero. ¿Y cuál crees tú que fué su contestación?
El jesuíta se detuvo como gozándose en la perplejidad y la impaciencia
de su protegido, y añadió después:
--Debo advertirte que el tal Zarzoso es un impío, un ateo, un defensor
de doctrinas infernales, que tal vez hace todos esos actos de caridad
que tanto prestigio le dan, con el único objeto de engañar y seducir a
la gente sencilla. ¡Qué diferencia entre ese joven y los que, como tú,
habéis sido educados por la Santa Compañía en los sanos principios
religiosos! En vez de respetar mis años y estos sagrados hábitos que
llevo, contestó a mis cariñosas palabras, a mis mansas exhortaciones,
con insultos y amenazas, acabando por darme una bofetada.
--¡Le abofeteó a usted!... ¡Y en mi casa!--exclamó Ordóñez con asombro.
--Sí, me golpeó villanamente en esta mejilla, y como si esto no le
bastara para desahogar su rabia, te insultó a ti, que estabas ausente,
diciendo que deseaba matarte, porque, en su concepto, eres un canalla
que le has robado a la mujer amada, añadiendo que te conocía muy bien,
que eres un estafador y qué sé yo cuantas cosas más.
Ordóñez se había levantado de su asiento, pálido, tembloroso y con el
bigotillo erizado por un gesto de ira.
Revivía en él el antiguo espadachín, que valido de su superioridad en
las armas, quería siempre tener razón, y a los que le acusaban por sus
estafas o por sus fullerías en el juego, les contestaba con estocadas.
El jesuíta, aunque permanecía exteriormente impasible, debía sentir en
su interior gran satisfacción, al ver el coraje que tales palabras
producían en su discípulo.
--Yo no siento la bofetada--dijo con expresión de mansedumbre--.
Sacerdote soy del Hijo de Dios, que recibía con la más sublime paciencia
las más terribles injurias, y tengo la obligación santa de perdonar a
los que me maltraten. Pero yo, hijo mío, permanecería impasible y aun
daría gracias a Dios, porque así pone a prueba mi paciencia, si el que
me abofeteó fuese uno de los nuestros, un buen católico que en un rapto
de furor hubiese cometido tal atentado; a ese le perdonaría; pero no
puedo transigir con el hecho de haber sido abofeteado por un impío, por
un ateo, a quien inspira el diablo. Esto es para mí intolerable, pues
tengo la convicción de que ese desgraciado obró así con el afán de
humillar a nuestras divinas creencias, y que al golpearme a mí, no pensó
en insultar al sacerdote, sino a la Iglesia entera.
Se detuvo el jesuíta para apreciar el efecto de sus palabras, y viendo a
Ordóñez cada vez más conmovido por una sorda irritación, continuó:
--¡Abofetear a la Iglesia!... ¿Crees tú, hijo mío, que tal atentado
puede quedar impune? Yo, como campeón de Dios, no puedo transigir con la
idea de que triunfe el Infierno y la Iglesia quede humillada, cosa que
sucederá si ese hombre terrible no sufre un castigo digno de él. ¡Ah!
¡Si yo no vistiese estos hábitos!... ¡Si no fuese tan viejo! Mi
situación es igual a la del anciano padre del Cid, después de recibir la
bofetada del conde Lozano; pero en vano busco a mi alrededor quien ha de
vengarme, pues no encuentro un Rodrigo dispuesto a desenvainar su espada
por mí.
Ordóñez le interrumpió, como ya lo esperaba el jesuíta:
--Yo seré ese vengador que vuestra reverencia necesita. Odio a ese
joven, tanto por el atentado de que le ha hecho a usted víctima, como
por sus antiguas relaciones con María. Además, los insultos que, según
usted afirma, me dirigió, y el haber ocurrido en mi casa la violenta
escena, me autorizan para retar a ese caballero y para matarle después;
pues ya sabe usted que hay pocos tan hábiles como yo en el manejo de las
armas.
El padre Tomás afectaba estar conmovido por aquel rasgo que calificaba
de sublime y decía con expresión de júbilo:
--Acepto tu generoso ofrecimiento, y tengo la seguridad de que Dios te
premiará este servicio que vas a prestar a su causa. Admito tu
ofrecimiento, principalmente, porque estoy convencido de que saldrás
victorioso. Tienes gran fama de tirador.
--¿Y ese médico no es experto en el uso de armas?--preguntó con cierta
inquietud el elegante.
--No creo que sepa manejar otro acero que el del bisturí. Toda su vida
la ha empleado en aprender infamias científicas, para negar a Dios y a
la religión.
--Esta tarde misma le enviaré mis padrinos. Voy a ir, sin pérdida de
tiempo, en busca de dos amigos de confianza. Les pillaré en casa antes
de que salgan.
--Espero, hijo mío, que para nada figurará mi nombre en este asunto.
--Pierda usted cuidado, padre Tomás. Conozco de sobra lo que son estas
cosas. Mi reto está fundado en el disgusto producido por ciertas
violencias que Zarzoso se ha permitido en mi casa y por los insultos que
me dirigió estando yo ausente.
--¡Bravo! Eso es. Que no se mencione para nada la bofetada que me dió.
--Así se hará: tanto más cuanto que él, como persona inteligente, podrá
adivinar de dónde viene el golpe y cuál es la verdadera causa del reto.
Aún hablaron durante algunos minutos el padre Tomás y aquel protegido, a
quien él llamaba pomposamente el campeón de Dios, a causa de la venganza
de que se había encargado.
El reloj del despacho dió las once, y Ordóñez se apresuró a marcharse.
--Buena hora--dijo alegremente--para pillar a mis dos amigos en la cama.
De seguro que ninguno de los dos se ha levantado todavía. Hasta mañana,
padre Tomás. Antes de veinticuatro horas ese mocito habrá llevado su
merecido.
Estaba Ordóñez junto a la puerta cuando le llamó el jesuíta, diciéndole
con acento bondadoso:
--Escucha, atolondrado. El que nos ocupemos de mis asuntos no es motivo
para que olvidemos los tuyos. Hablaré esta tarde al administrador de la
condesa para que te entregue lo que necesitas y puedas pagar tus deudas.
Y mira: he pensado que, en tu situación, esos veinte mil duros no te
sacan de penas, pues como son para pagar deudas, te quedarás
inmediatamente sin un céntimo. Lo he pensado bien, y creo que será mejor
hacer un empréstito para ti de veinticinco mil duros; medio millón de
reales, así la cuenta resulta más redonda.
--¡Oh, reverendo padre! Tantas bondades me confunden y no sé cómo
agradecerlas. Gracias, muchas gracias; se necesita ser un impío dejado
de la mano de Dios para abofetear a un hombre tan bondadoso y tan bueno.
Y Ordóñez, besando la mano de su protector, salió del despacho con aire
de satisfacción y alegría.
El padre Tomás, al quedar sólo, agitó su mano con expresión amenazante,
como si se dirigiera a algún ser invisible que estuviese en la
habitación, y murmuró:
--¡Ah, doctorcillo! Me parece que de ésta ya no darás más bofetadas.
Mientras tanto, Ordóñez bajaba la escalera de aquella antigua casa,
diciéndose interiormente:
--La verdad es que el servicio no puede estar mejor pagado y que la
proposición ha sido hecha del modo más correcto y diplomático, sin que
pueda considerarse herida mi susceptibilidad. Veinticinco mil duros si
matas a ese caballerete que me ha abofeteado; esto es en el fondo la
proposición con toda su crudeza. No se puede negar que el padre Tomás se
porta como hombre espléndido cuando trata de librarse de un enemigo...
Pero, ¡qué demonio!, si ese dinero que me va a dar es mío, puesto que
pertenece a mi esposa... Reconozco en este golpe a los jesuítas. Siempre
se muestran generosos y pródigos cuando disponen del bolsillo ajeno.
V
Asesinato legal.
Cuando el doctor Zarzoso recibió la visita de los padrinos de Ordóñez no
experimentó gran extrañeza.
Al disiparse la ira que le había dominado durante su violenta
conferencia con el padre Tomás, pensó fríamente su situación, adivinando
que un hombre tan terrible y maligno como era aquel jesuíta no tardaría
en tomar venganza. En su concepto, abofetear al jefe del jesuitismo en
España, era exponerse a mil iras vengadoras ocultas en la sombra, y por
esto se extrañaba al ver que transcurrían unos cuantos días sin notar la
persecución del ofendido padre Tomás.
Los padrinos de Ordóñez eran un coronel más conocido por sus jugadas en
el Casino que por sus campañas, y un marqués que tenía reputación de ser
el primer tirador de armas de España, y cuya intervención resultaba
imprescindible en todos los duelos que se concertaban en Madrid.
Llegaron a casa del doctor a las dos de la tarde, cuando éste acababa de
terminar su diaria consulta para los pobres, y después de enseñarle una
carta de Ordóñez en que les facultaba para representarle en el lance,
diéronle otra del mismo individuo, la cual produjo en el doctor terrible
efecto.
Ordóñez exigíale una satisfacción por lo ocurrido en su casa; pero el
estilo de la carta era tan despreciativo y abundaban tanto en ella las
palabras irónicas y mortificantes, que Zarzoso, pálido por la ira,
arrojó el papel con visibles muestras de desprecio.
--Señores--dijo a aquellos dos espadachines elegantes--, soy un hombre
de ciencia, y como ocupado en el estudio no he tenido tiempo para
enterarme de ciertas cosas, ignoro lo que se hace en casos como el
presente. Dispensen ustedes mi ignorancia; pero si yo me niego a dar
esas manifestaciones humillantes que pide ese señor, ¿qué ocurrirá
entonces?
--Tendrá usted que batirse con nuestro apadrinado--contestó el coronel.
Y el marqués añadió con entonación campanuda, como si hablase de una
cosa santa:
--Así lo exige el Código del honor.
--Perfectamente--dijo con ironía Zarzoso--. ¿Y qué más ceremonias exige
ese sagrado Código?
--Debe usted nombrar dos padrinos para que se entiendan con nosotros y
concertar entre los cuatro las condiciones del combate. Esto se
sobreentiende que será si usted se niega a dar explicaciones.
--Me niego; sí, señor. No conozco a ese caballero a quien ustedes
representan, pero no sé por qué me halaga la idea de romperme la cabeza
con él. Voy a presentarles a ustedes mis padrinos.
Y el joven doctor se dirigió a su gabinete de operaciones, donde aún
estaban los ayudantes esperando las órdenes del maestro antes de
retirarse hasta el día siguiente.
Escogió dos de los que le inspiraban más confianza y los presentó a los
padrinos de Ordóñez, quienes los saludaron con una ceremonia grave y
casi fúnebre, invitándoles a reunirse de allí a media hora en el
domicilio del marqués, para concertar el duelo.
Cuando Zarzoso quedó sólo en su salón, reflexionando sobre aquel suceso,
vió entrar a su tío, el viejo doctor, con una expresión ceñuda y
volviéndose a todos lados como si quisiera husmear algo extraño en la
atmósfera.
Paseando por el salón, miraba de vez en cuando a su sobrino y gruñía
sordamente, hasta que, por fin, se plantó ante el joven y le dijo con
expresión de juez que interroga:
--Oye: hace un momento he visto salir de aquí a dos caballeros a quienes
conozco. Les llamo caballeros, porque esto no significa nada; pero en
realidad son dos perdidos, dos tahures espadachines de esos que pululan
en la alta sociedad y que sólo sirven para hacer daño a las personas
honradas. ¿Qué querían esos individuos? De seguro que no venían a
buscarte como médico.
El joven permaneció indeciso por algunos momentos, no sabiendo qué
contestar; pero, al fin, se decidió a decir la verdad, y habló a su tío
del lance que tenía próximo, aunque procurando ocultar su verdadera
causa y diciendo que consistía en ciertas palabras que se le habían
escapado hablando con algunos amigos sobre un hombre muy conocido en la
alta sociedad y cuyo nombre no quería revelar.
--¿Y qué es lo que dijiste de él?
--Dije que era un canalla, un estafador y un tahur que había apelado
siempre a los más reprobables medios para ganar dinero en el juego.
--¿Y es esto verdad? ¿Tienes pruebas de ello?
--¡Bah! ¡Si esto lo sabe todo Madrid! El tal sujeto, cuyo nombre no
quiero revelar, tiene la fama tan bien sentada, que no hay persona
alguna que no le considere como un pillete.
El buen sentido del viejo doctor, su lógica de hombre rudo, pero recto,
sublevábase al oír estas palabras.
--¿Y vas a batirte con un hombre así? Te digo que no comprendo estas
cosas, y que me parece que el mundo no es ya más que una vasta jaula de
locos. Comprendo que un hombre quiera matar a otro cuando éste le
insulta, atribuyéndole cosas que no ha hecho; pero hablar del honor, de
la dignidad y de satisfacciones, por haber sido llamado tal como se
merece uno, me resulta la mayor de las demencias. El pillete siempre
será pillete, aunque lleve en el bolsillo un código del honor y sepa
tirar a todas las armas para asesinar a los que le llaman con el nombre
que merece, y el hombre honrado será un jumento, si por respeto a estas
farsas, que se llaman conveniencias sociales, accede a exponer su vida
riñendo con aquel a quien ha insultado dándole los calificativos que
merece por su infame conducta. La cosa es clara. Si esos espadachines
aristocráticos que viven en sociedad como en país conquistado, no
quieren verse ofendidos a cada punto en lo que ellos llaman su honor,
que lleven mejor vida y sean más virtuosos y dignos, pues así se
evitarán que el hombre honrado les diga la verdad. Tú le has dicho
canalla a ese individuo cuyo nombre no quieres revelarme; ahora, lo que
a él le toca, a los ojos de la sana razón, es demostrar que no merece
tal calificativo y hacer, enseñándote pruebas, que tú lo confieses así.
Con que ya lo sabes; te prohibo que te batas. Me avergonzaría de tener
en mi familia un imbécil, que por lo que podrán decir cuatro
desocupados, fuese a matarse con un hombre que no merece ni su
estimación ni su respeto, a causa de su falta de vergüenza.
Zarzoso oía a su tío sin que sus palabras le produjeran efecto alguno.
Había ya adoptado una resolución y se batiría con Ordóñez, pues odiaba a
este hombre. El viejo doctor debió adivinar en la mirada de su sobrino
algo de lo que éste pensaba, y para disuadirle de su tenaz propósito, se
apresuró a añadir:
--Además es una solemne barbaridad, una locura inconcebible, el batirse
con un hombre acostumbrado al manejo de las armas. Eso equivale a un
suicidio, a dejarse asesinar voluntariamente. ¿Eres tú acaso espadachín?
¿Has perdido mucho tiempo ejercitándote en el uso del sable y de la
pistola? No; tú eres un hombre de ciencia, te has dedicado a saber curar
las heridas y no a abrirlas, y entre ser aprendiz de sabio o aprendiz de
asesino, has preferido lo primero. En cambio, ese caballerete que te
reta debe ser un consumado espadachín, pues así lo da a entender la
calidad de los amigos que te ha enviado. Si es que tiene interés en
librarse de ti, para que no le censures más tiempo diciéndole lo que se
merece, te ensartará como a un pajarillo o te meterá una bala en la
cabeza. Y, ¿crees tú que tiene sentido común el marchar a la muerte
voluntariamente y por un mal entendido amor propio? ¿Qué dirías tú de un
hombre que débil y desarmado se metiera voluntariamente en una calle
donde supiera que le aguardaba emboscado un asesino para matarle? Si ese
enemigo tuyo fuese un hombre de ciencia que, como tú, se hubiese pasado
la vida entregado al estudio, sin conocer el manejo de arma alguna,
entonces se podría transigir con el lance, pues al menos existiría entre
los dos cierta igualdad; pero ir a ponerse enfrente de uno de esos
perdidos aristocráticos que apenas saben leer y que cifran todos sus
conocimientos en bailar bien y tirar a las armas, es una locura que yo
no puedo consentir a un sobrino mío.
Se detuvo el doctor para apreciar el efecto que causaba en el joven todo
cuanto iba diciendo, y como conforme hablaba, entusiasmábase el viejo
con el desarrollo de aquel tema, se apresuró a añadir:
--Tú bien sabes que la mayor de las inconsecuencias en que puede caer un
hombre sabio es arrebatarle la vida a un semejante. Tú que eres médico
contesta. ¿No te parece que bastantes auxiliares tiene la muerte con
esas innumerables y terribles dolencias que la Naturaleza descarga sobre
la Humanidad? ¿No se desangra bastante la especie humana con esas
guerras que provocan los reyes y que muchas veces tienen por fundamento
una ridícula cuestión de cortesía? Yo bien sé que los hombres tenemos
algo de fiera y que muchas veces, alterándose nuestro sistema nervioso,
se oscurece la razón y apelamos a los puños como supremo argumento. Eso
está muy bien, ¡qué demonio!, y no seré yo quien pretenda corregir la
plana a la Naturaleza. ¿Se insultan dos hombres? ¿Se odian por motivos
particulares? Pues bien; comprendo que al encontrarse desahoguen su
furor dándose unos cuantos puñetazos y hasta me parece lógico que en un
arranque de su brutalidad excitada lleguen hasta matarse. Pero lo que no
comprendo, lo que no concibo cómo la ley no lo castiga con las más
terribles penas, es que dos hombres, algunos días después de haberse
insultado, vayan con la mayor sangre fría, casi sin odio, a matarse en
el campo que llaman del honor, rodeando el crimen de un aparato
ceremonioso y ridículo, propio de costumbres bárbaras, que,
afortunadamente, pasaron para no volver. Me tiene sin cuidado que esos
tontos de la aristocracia y una turba de imbéciles que quieren imitarles
cometan estas sangrientas estupideces; pero no puedo consentir que un
sobrino mío, que además es sabio, caiga en un ridículo tan deshonroso.
Calló el viejo doctor y dió algunos pasos por la habitación hasta que
poco después volvió a detenerse ante el joven, e irguiendo su corpachón,
dijo con cierto orgullo:
--Aquí tienes a tu tío que nunca ha llegado a caer en tales ridiculeces,
y, sin embargo, me tengo por más valiente que todos esos señores que
palidecen de ira a la menor palabra que hablan de acudir inmediatamente
al campo de honor. A ellos, que son tan valientes, les hubiera querido
ver yo bregando con los locos y quitándoles muchas veces las armas de
las manos. Pues bien; yo, que no sé lo que es miedo, nunca he admitido
esos ridículos desafíos, en los que se escuda, las más de las veces, la
gente que no tiene razón. Una vez, cierto doctor que tenía reputación de
espadachín, ofendido por algunas expresiones que se me escaparon en el
calor de una discusión científica, me envió sus padrinos, diciendo que
no podía vivir tranquilo mientras que yo no le diese una reparación en
el terreno de las armas. Despedí a los padrinos con cajas destempladas,
diciendo que si mi enemigo no podía vivir sin vengarse de mí, que
viniera a buscarme sólo, pues tenía un buen garrote para darle la
contestación, y esta es la hora en que todavía no le he visto. Otra vez
un cliente me dió su tarjeta en señal de reto y yo le contesté con unos
cuantos mojicones, y por esto ha transcurrido el tiempo sin que nadie se
atreviera a irle con más farsas de estas al doctor Zarzoso. Créeme,
Juanito; eso de los desafíos es un procedimiento inventado por ciertas
gentes que no sirven para nada, con el fin de conservar por el terror su
supremacía en la sociedad. Si todos tuviesen sentido común e hiciesen lo
que yo, despreciando tan ridículas preocupaciones, ten por seguro que
pronto terminaría esa ridícula costumbre apadrinada por la fatuidad
francesa y que hace revivir la Edad Media en pleno siglo XIX. Con que
contesta, muchacho. ¿Estás dispuesto a obrar como cualquiera de esos
cabezas de chorlito que pululan en la sociedad, imponiéndola sus
ridículas costumbres?
Zarzoso, mientras hablaba su tío, habíase formado su plan. Sabía que el
viejo doctor no era capaz de transigir con el duelo y le impediría por
todos los medios el que llegara a batirse.
El joven comprendía también la verdad que encerraban las palabras de su
tío, pero aquella carta de Ordóñez que él veía blanquear en el rincón a
donde la había arrojado, conmovíale y le hacía pensar con fruición en la
delicia que experimentaría al verse frente al marido de la condesa con
un arma en la mano. Estaba decidido a no retroceder, encontrándose como
se encontraban tan adelantados los preparativos del duelo. Adivinaba la
inmensa ventaja que llevaría Ordóñez sobre un hombre que no conocía el
manejo de las armas, pero al mismo tiempo pensaba que era más preferible
morir, que dar lugar a que aquel hombre tan odiado se jactase ante María
de haber inspirado miedo a su antiguo novio.
Esto era lo que más decidía a Zarzoso a dejar que la aventura siguiese
su curso. Estaba decidido: antes morir que dar pretexto para que María
le tuviese por un cobarde.
El joven, deseoso de librarse de su tío, dió a éste toda clase de
seguridades. No se batiría, ya que así lo mandaba él, y prometió al
mismo tiempo tenerle al corriente de cuanto ocurriera en aquel asunto.
El viejo doctor, a quien nunca había engañado su sobrino, se tranquilizó
con tales promesas, y poco después le dejó sólo para ir a dar un paseo
con otros dos profesores jubilados, que eran sus únicos amigos, por lo
mismo que en genio rudo y en opiniones intransigentes casi llegaban a su
misma altura. Los diarios paseos de aquellos tres sabios, con sus
incesantes discusiones, equivalían a una continua tempestad científica.
El joven doctor permaneció en el salón reflexionando sobre la aventura
de que iba a ser protagonista, y ensimismado en sus ideas pasó para él
tan velozmente el tiempo, que habían transcurrido ya dos horas y
comenzaba a anochecer cuando él creía que sólo habían pasado algunos
minutos.
Al volver los dos ayudantes designados por él como padrinos,
encontráronlo tendido en un diván, con la mirada fija en el techo y la
expresión del que sueña despierto.
Los dos jóvenes le enteraron de las condiciones concertadas con los
otros padrinos.
La discusión había versado principalmente sobre la gran desigualdad que
existiría entre los combatientes, a causa de que el doctor era inhábil
en el manejo de toda clase de armas. La pistola había resultado
inadmisible, a causa de que Ordóñez pasaba por uno de los mejores
tiradores de Madrid, y, al fin, como se había de optar por alguna arma,
los cuatro padrinos decidiéronse por el sable, aunque en su manejo
también se distinguía el marido de la condesa.
A Zarzoso le pareció todo muy bien, y cuando uno de sus ayudantes le
propuso ir al salón de armas del "Zuavo", a que éste le diese algunas
lecciones, el joven doctor contestó con un gesto de indiferencia.
¿Para qué? Estaba convencido de que una lección de unas cuantas horas
sólo serviría para fatigarle, sin proporcionarle ninguna superioridad
sobre el enemigo. Además, sus ayudantes le decían que en las luchas a
sable lo más principal era tener coraje, abrumando a golpes al enemigo,
y él pensaba que si le mataba Ordóñez no perdía gran cosa, pues estaba
cansado de la vida y ésta no tenía para él atractivo alguno desde que
María resultaba imposible para él.
Tan indiferente le era la existencia a Zarzoso, que durmió aquella noche
con bastante tranquilidad y únicamente se preocupó de que su tío no se
apercibiera de que el lance iba a verificarse a la mañana siguiente.
Habían convenido los padrinos que el encuentro fuese en una posesión que
el marqués, amigo de Ordóñez, tenía en las inmediaciones de Madrid, y
allá fué donde Zarzoso, a las seis de la mañana, se dirigió en un
carruaje, acompañado de sus dos ayudantes.
En una enarenada plazoleta del jardín, que se extendía a espaldas de la
villa del marqués, fué donde se encontraron aquellos dos hombres que no
se conocían, y, sin embargo, se buscaban con el propósito de matarse.
Zarzoso sólo había visto algunas veces a Ordóñez de lejos en las calles
de Madrid, y el marido de la condesa contempló por primera vez al hombre
a quien aborrecía y cuya muerte le había sido pagada con tanta
generosidad por el jesuíta.
Los cuatro padrinos prepararon la lucha con toda la ceremoniosa liturgia
propia de tales casos, y sobre la arena pusieron los sables con que
aquellos hombres debían herirse.
Ordóñez y sus padrinos, aunque afectando seriedad, mostraban estar
acostumbrados a actos como aquél. Zarzoso permanecía indiferente, y en
cuanto a sus dos ayudantes, parecían asombrados de que con tanta
frialdad se preparase la muerte de un hombre.
Después de los saludos, de señalar el puesto de los combatientes y de
dejar ultimados todos los preparativos, Zarzoso y Ordóñez despojáronse
de la levita y el chaleco, arremangáronse el brazo derecho y cogieron
sus sables.
El joven doctor estaba decidido a no dejarse matar y a causar a su
enemigo todo el daño que pudiera; pero cuando los padrinos dieron la voz
de ¡en guardia!, él notó en los labios de Ordóñez una sonrisa desdeñosa
y en el rostro de sus padrinos un gesto de asombro.
--Esto va a resultar un crimen--murmuraba el coronel, padrino de
Ordóñez--. Ese muchacho no sabe lo que tiene en la mano y se va a dejar
mechar inmediatamente.
Así era, pues Zarzoso, con el sable en la mano, hacía la figura más
ridícula, demostrando desconocer hasta las más rudimentarias reglas de
la esgrima.
El sol de la mañana, filtrándose a través de las vecinas arboledas,
iluminaba, aquella plazoleta, bañando en luz el sombrío grupo de los
padrinos y haciendo centellear las hojas de los sables.
Reinaba un fúnebre silencio, únicamente interrumpido por los rumores de
los árboles, y en aquella augusta y silenciosa majestad de la
Naturaleza, iban a exponer su vida dos hombres: el uno por el _qué
dirán_ de la sociedad, que hace cometer las mayores tonterías, y el otro
obedeciendo a la sugestión de un superior y obrando como un asesino
pagado.
Apenas comenzó el combate, Zarzoso avanzó sobre Ordóñez dirigiéndole
golpes a diestro y siniestro, sin regla ni concierto alguno.
El joven doctor tenía buen brazo, estaba excitado por el coraje que
sentía, y Ordóñez, a pesar de ser un experto tirador, hubo de retroceder
en el primer instante algunos pasos para librarse de aquella lluvia de
cuchilladas.
Esta impetuosidad en el ataque y tan hostil desorden en la agresión,
hubiesen servido de mucho a Zarzoso tratándose de un enemigo tan
inexperto como él; pero Ordóñez no tardó en reponerse, y notando que su
contrario siempre le dirigía los golpes a la cabeza, limitóse a ponerse
a la defensiva, sonriendo con desdén.
El coronel seguía murmurando, a pesar de que su compañero el marqués le
tocaba con el codo para que callase:
--Ese muchacho tiene bríos. ¡Lástima que no sepa absolutamente nada de
esgrima! Ordóñez está divirtiéndose con él y así que quiera lo
despachará a su gusto. El mismo será el encargado de matarse.
Aún duró el combate unos cinco minutos.
Zarzoso, jadeante e irritado, se movía de un lado a otro, saltaba,
buscando atacar a su enemigo por todos lados; pero siempre le salía al
encuentro el sable de Ordóñez, parando con exactitud sus más furibundas
cuchilladas.
Aquella defensa pasiva y desdeñosa irritaba aún más a Zarzoso, quien,
ciego de furor, deseaba que su enemigo tomase la ofensiva y lo rematara
de un golpe, pues así al menos no le serviría de objeto de diversión.
Tuvo un momento de descuido Ordóñez, en que el sable del doctor silbó
cerca de una de sus orejas, y entonces el rostro del elegante perdió su
desdeñoso gesto para tomar un aire de ferocidad.
Los padrinos adivinaron que llegaba ya el momento supremo.
Zarzoso, más confiado y ensoberbecido por aquella cuchillada que tan
cerca había pasado de su enemigo, levantó el sable y audazmente, a
cuerpo descubierto, avanzó un paso; pero en el mismo instante, rápido
como un relámpago, extendió Ordóñez su brazo, con el sable horizontal y
rígido, y al acercarse impetuosamente el doctor, se lo clavó él mismo en
el pecho.
Zarzoso, pálido y con la mirada extraviada, cayó de rodillas, al mismo
tiempo que un grueso chorro de sangre manchaba su blanca camisa y caía
goteando en la arena de la plazoleta.
Los dos ayudantes que se abalanzaron a sostenerle en sus brazos, al ver
el sitio donde estaba la herida y la gran cantidad de sangre que manaba,
cambiaron entre sí una mirada de horrible desconsuelo.
Buena mano tenía el tal Ordóñez. No era necesario que ellos abriesen su
botiquín para hacer la cura. La punta del sable le había atravesado el
corazón y aquellas convulsiones del infeliz médico eran el estertor de
la agonía.
Cuando una hora después los dos ayudantes, auxiliados por el portero,
subían el cadáver todavía caliente de Zarzoso por la lujosa escalera de
su casa, la primera persona que encontraron al llegar al rellano del
segundo piso fué al viejo doctor. Estaba muy desfigurado y su rostro,
rudo y siempre cejijunto, parecía el de un león con fiebre.
Al levantarse aquella mañana y no encontrar a su sobrino, había
adivinado toda la verdad, y furioso contra Juanito por haberle engañado,
ocultándole lo que ocurría, iba de un punto a otro de la casa, rugiendo,
insultando a su ausente sobrino por lo que él llamaba su doblez y
desahogando su cólera dando patadas a los muebles y a cuantos criados
encontraba al paso.
Cuando vió el cadáver de su sobrino no experimentó gran emoción
aparentemente. Hacía ya rato que esperaba aquello.
--¡Ah, imbécil!--exclamó dirigiéndose al inanimado cuerpo--. Al fin, te
has salido con la tuya. Era preciso que cuatro estúpidos que ni te
conocían ni te apreciaban, no pudieran decir que el doctor don Juan
Zarzoso no era hombre de honor, y para esto nada más sencillo que
dejarse matar por un cualquiera, sin importarte gran cosa que después tu
tío reviente de pena. ¡Ah, pillete! ¡Ah, gran infame! Ya estarás
satisfecho: a ti te han muerto y yo no tardaré en seguirte. Puedes estar
contento de tu hazaña. Dejándote asesinar has salido del mundo con
muchísimo honor, como un completo caballero a los ojos de la estupidez
y como un bestia para mí.
Y el pobre viejo hablaba con voz ronca, gesticulando y braceando como un
loco.
Los ayudantes y el portero permanecían inmóviles, sosteniendo el
cadáver, ante aquel hombre imponente en su dolor, que parecía cerrarles
el paso; y como uno de ellos, en su aturdimiento, soltase la cabeza del
muerto, que cayó pesadamente hacia atrás, el viejo exclamó con ira:
--¡Tened más cuidado, animales! ¿No veis que le estáis haciendo daño?
Esperad, que allá voy yo.
Y al sostener entre sus manos la helada cabeza del joven, toda su ira
desapareció, e inclinándose sobre ella estampó un beso en aquella boca
lívida, a la que asomaba una espuma sanguinolenta.
--¡Pobrecito! ¡Chiquitín mío!--gritó con una voz que parecía un aullido
doloroso y que causó escalofríos de terror a los hombres que estaban
presentes--. ¿Por qué me has engañado? ¿Por qué fuiste a morir sin
acordarte de mí, que soy tu padre? ¡Ay! ¿Qué haré yo ahora, sólo en el
mundo, sin este muchacho que era toda mi familia?
Miró con ojos de idiota a aquellos tres hombres, como si no los
reconociera, y les dijo:
--Ustedes no saben quién era mi Juanito. ¡Qué han de saber ustedes hasta
dónde llegaba esta cabeza que tengo entre mis manos! De estudiante,
asombraba a los profesores de San Carlos por su aplicación y su
portentosa inteligencia; yo estaba tan orgulloso que hasta me hacía la
ilusión de que lo había parido; después, en París, se mostró como un
portento, y si quisiera les enseñaría a ustedes cartas de Charcot y de
otros sabios, en que hablan de mi niño como de un compañero, y luego
aquí ha hecho curas tan grandes, que yo mismo me consideraba a su lado
como un discípulo ignorante. Además..., ¡tan bueno!, ¡tan sencillo!,
siendo el consuelo de los enfermos pobres y el salvador de todos esos
chicuelos haraposos que vienen aquí por las mañanas... Respondan
ustedes: ¿Había alguien mejor que él? ¡Nadie! no hay en todo Madrid
quién pudiera descalzarle. ¡Vaya un suceso divertido! ¡Y luego aún hay
imbéciles que se empeñan en hacernos creer que existe Dios, la
Providencia Divina y todas esas zarandajas, buenas para engañar a los
tontos!...
El viejo miró arriba, y rechinando los dientes, rugió:
--¡Baja, bandido!..., ¡baja si te atreves, y me explicarás el por qué de
esa inmensa sabiduría, que mientras consiente la muerte de un hombre
benéfico y virtuoso, deja en pie a un canalla, y hiere mortalmente a un
pobre anciano!
El doctor seguía a aquellos hombres que iban empujando el cadáver dentro
de la habitación. No soltaba la cabeza de su sobrino, y cuando al
atravesar uno de los salones de espera la luz del balcón dió de lleno en
aquel rostro de lívida palidez, el viejo, con un rugido, hizo detener a
los conductores:
--Mirad, mirad bien esa cara: es la misma de mi pobre hermano. Esto es
intolerable, esto es inhumano; parece imposible que en una nación que se
llama civilizada, los pobres viejos tengan que pasar por tan terribles
agonías. Críe usted hijos, haga usted de ellos unos sabios,
enorgullézcase con sus triunfos, que la ley del honor ya se encargará de
enviarle un espadachín que a la primera cuchillada derrumbe todas sus
ilusiones al suelo... ¡Oh, Juanito! ¡Hijo mío!
Y el viejo pudo, por fin, dar libre expansión a aquel dolor comprimido
en su pecho, y derramando abundantes lágrimas, cayó de rodillas,
descansando su blanca cabeza sobre la lívida faz del muerto.