La bofetada.
El corpulento portero se inclinó al paso del doctor Zarzoso, diciéndole
con expresión respetuosa:
--La señora condesa no está visible en este momento, y me ha encargado
ruegue a usted que tenga la bondad de esperar algunos minutos.
Y diciendo esto, el criado introdujo al doctor a un elegante salón del
piso bajo, y después de volver a saludarle con la misma ceremonia, se
retiró.
Zarzoso, al verse solo, púsose a examinar aquella pieza, amueblada con
exquisito gusto, ocupación que le era muy grata, pues, a pesar de sus
austeridades de hombre de ciencia, gustábanle mucho los esplendores del
lujo y los objetos elegantes que tenían cierto aspecto artístico.
Pasó algunos minutos en apreciar los originales dibujos de los
cortinajes, la forma de los muebles y el mérito de las acuarelas y
estatuillas que adornaban el salón, y cuando más ocupado estaba en
admirar un gracioso barro de Benlliure, sintió a sus espaldas un ruido
producido por el roce de una persona que pisaba cautelosamente la
alfombra.
Volvió rápidamente la cabeza creyendo encontrarse con María, y vió un
sacerdote con el sombrero en la mano, que, después de saludarle con
exagerada finura, fué a sentarse en un sillón a corta distancia de donde
se hallaba Zarzoso.
Púsose de espaldas a la luz, que entraba por las dos ventanas del salón;
pero el doctor tuvo tiempo para apreciar aquel rostro anguloso y picudo
que recordaba el hambriento perfil de las aves de rapiña.
No conocía personalmente al padre Tomás Ferrari, del que había oído
hablar mucho: pero, instintivamente, sin poder explicarse la verdadera
causa, pensó que aquel cura debía ser el famoso padre de la Compañía.
El jesuíta sonreía bondadosamente fijando su mirada sencilla en el
joven, y después de algunas tosecitas, como si quisiera entrar en
conversación sin saber cómo, dijo al médico, que interiormente se sentía
alarmado, aunque procuraba permanecer impasible:
--La señora condesa debe estar descansando, ya que nos hace esperar.
¡Pobrecita! ¡Cuán angustiosa es su situación! Sólo una madre puede
resistir tantas fatigas sin decaer un solo instante.
Zarzoso se limitó a hacer un signo afirmativo, evadiendo la conversación
que el sacerdote quería entablar.
--Ha sido muy notable el que Paquito se haya salvado tan rápidamente y
que ahora se encuentre fuera del peligro. Ese doctor Zarzoso que le cura
ha demostrado que es digno de la gran fama que goza en Madrid.
El médico a pesar de su convencimiento de que el padre Tomás buscaba
entablar conversación con él, creyó del caso corresponder a estas
últimas palabras inclinándose, al mismo tiempo que decía:
--Muchas gracias, señor.
--¡Ah! ¿Es usted el doctor Zarzoso? No tenía el honor de conocerle,
aunque hace tiempo que le admiraba por los grandes servicios que presta
a los desgraciados.
--Cumplo con mi deber y nada más.
--Tenía verdaderos deseos de conocer a usted y de ser su amigo, aunque
en verdad, un hombre como usted no debe tener en mucho el afecto de uno
de mi clase.
--¿Por qué, señor?
--Porque para nadie son un misterio las ideas que usted profesa.
¡Lástima que un hombre tan caritativo tenga ideas tan contrarias a los
dogmas religiosos!
--¡Bah! Yo soy amigo de todos, sin fijarme en sus ideas religiosas. Me
basta que los hombres sean honrados y probos.
Estas palabras las dijo Zarzoso con una intención que no pasó
desapercibida para el jesuíta y que le dió a entender que el médico le
había reconocido.
--Usted me dispensará, señor Zarzoso, si me tomo ciertas libertades;
pero, francamente, me apena ver a un hombre del criterio de usted,
alejado del gremio de la Iglesia, y desvaneciendo con su impiedad esos
grandes méritos que contrae a los ojos del Señor, sacrificándose por la
gente desheredada y miserable. ¡Ah, señor Zarzoso! Usted sería un santo,
usted iría al cielo, si creyese algo más en Dios.
--No hago el bien con la esperanza de una recompensa futura. Para estar
satisfecho de mis trabajos, me basta el agradecimiento de toda esa pobre
gente cuyas enfermedades curo. La gratitud de las madres vale más, para
mí, que todas las recompensas que pudiera encontrar más allá de la
tumba, si es que realmente después de la muerte hay algo.
El médico dijo estas palabras con sencillez y convicción, por lo que el
padre Tomás, que no quería entablar una discusión que le alejase de su
objeto, hizo caso omiso de las afirmaciones antirreligiosas del joven, y
dijo, variando repentinamente el tema de la conversación:
--La señora condesa debe estar muy agradecida a usted por el grande
servicio que la ha prestado salvando a su hijo. Fué una resolución
acertada la suya, al mandarle llamar.
Zarzoso callaba, no sabiendo adónde iría a parar el jesuíta.
--Lo que extraño--continuó el padre Tomás--es que la señora condesa haya
prescindido del médico de la casa, del cual no creo que tenga queja
alguna. ¿No le parece a usted así?
Zarzoso hizo un gesto de irritación e impaciencia, y contestó de mal
talante:
--Nada me importa eso que usted dice.
El jesuíta calló durante algunos minutos, y por fin, dijo con
resolución, afectando una franqueza ruda:
--Señor Zarzoso, me ha dado usted a conocer, hace poco, su nombre, y
justo es que corresponda a tal franqueza. Yo soy el padre Tomás Ferrari,
de la Compañía de Jesús.
--Le conozco a usted--dijo intencionadamente el médico.
--No es extraño. Aunque Dios no me ha favorecido con grandes cualidades,
trabajo en su favor cuanto puedo, y mis servicios al Altísimo me han
dado cierto renombre. Conozco el concepto en que ustedes, los enemigos
de la Iglesia, nos tienen a los hijos de San Ignacio. En su concepto
somos avariciosos, falsarios, maquiavélicos y hasta asesinos; pero esto
no hace decaer nuestro ánimo, ni nos quita nuestra cristiana fe. También
calumniaron al dulcísimo Jesús, y cuando el hijo de Dios sufrió
pacientemente las injurias, bien podemos aguantarlas nosotros que somos
representantes indignos del Altísimo.
Zarzoso encogió los hombros con visibles muestras de impaciencia y como
dando a entender que nada le importaba aquello, y el jesuíta continuó:
--Yo soy un antiguo amigo de esta casa. La familia Baselga ha sido
siempre muy afecta a la Compañía de Jesús, y en cuanto a Ordóñez, el
marido de la condesa, soy para él como un segundo padre. No extrañe,
pues, que me interese mucho por los asuntos de esta casa y que procure
el velar en ella por la tranquilidad y la virtud que debe existir
siempre en el seno de toda familia cristiana.
El padre Tomás, al hablar así miraba fijamente a Zarzoso, y éste,
impacientado ya, no pudiendo sufrir más tiempo aquellas manifestaciones,
cuyo sentido no comprendía, pero en las que adivinaba cierta intención
de molestarle, le interrumpió diciendo con expresión hostil:
--¡Bien! ¡Y qué! ¿Qué me importa a mí todo eso que usted me dice
mirándome fijamente como si debiera darme por aludido? ¿Tengo yo algo
que ver con las cuestiones internas de esta familia a la que visité ayer
por primera vez? Yo me limito a ser médico y a prestar mis servicios
cuando me llaman, dejando a usted la misión de arreglar las familias, o,
lo que es más probable, de desarreglarlas.
Zarzoso estaba irritado, y como no creía necesario el fingirse amable
con aquel inesperado visitante, le miraba con franca hostilidad.
--Hace usted mal en irritarse--dijo el jesuíta cada vez con mayor calma,
conforme se enfurecía el joven.--Me he tomado la libertad de decirle las
anteriores palabras, justamente, porque estoy convencido de que de
usted depende la futura tranquilidad de esta casa; solamente que muchas
veces hacemos el mal sin saberlo, y cuando se nos reprende por ello, no
podemos menos de extrañarnos.
Esto, que equivalía a una acusación, acabó de indignar a Zarzoso, quien,
sin embargo, procuró contenerse, y dijo con frialdad amenazadora:
--Explíquese usted, caballero.
El padre Tomás parecía gozar viendo la creciente indignación del joven,
y después de una breve pausa se expresó así:
--Lo que usted ha hecho acudiendo a esta casa donde un pobre niño
necesitaba los auxilios de su ciencia, es muy santo y muy bueno; pero no
lo será tanto si usted sigue viniendo por aquí, ahora que el enfermito
está fuera de peligro. ¿No le parece a usted que la gente podrá hacer
comentarios muy desfavorables al ver que usted viene con mucha
frecuencia a esta casa?
--¡Caballero!, o usted no tiene muy firme la razón--dijo Zarzoso con voz
temblona por la ira--, o quiere divertirse conmigo, cosa que no le
permitiré. ¡Es donosa la ocurrencia! ¿Puede acaso llamar la atención de
nadie el que un médico visite la casa de un enfermo? Entonces la
calumnia se cebaría continuamente en nosotros los médicos, pues en un
mismo día entramos en diferentes casas, para cumplir nuestra sagrada
misión.
El padre Tomás, sonriéndose, acercó su sillón al asiento del joven y le
dijo confidencialmente:
--Eso que dice usted, es verdad; pero aquí, en la presente ocasión,
aunque usted se resista a creerlo, sus visitas pueden originar
comentarios muy desfavorables. El pasado no es para todos un secreto.
--¿Qué quiere decir usted con eso?
--Que hay quien sabe que no es ésta la primera vez que la condesa de
Baselga y el doctor Zarzoso se encuentran, y como usted comprenderá,
esto puede dar lugar a comentarios muy desfavorables. ¿Se altera usted,
doctor? ¿Se ofende acaso por mis palabras?... Conozco que no es muy
grato cuanto le digo; pero mi carácter de antiguo amigo de la casa, me
obliga a ser franco hasta la rudeza. Aún estamos a tiempo de evitar el
mal; aún podemos lograr que la gente no murmure. Si usted siente algún
interés por la condesa, si en algo estima su prestigio de mujer honrada,
debe agradecerme lo que yo hago en estos momentos y ayudarme a evitar
murmuraciones escandalosas. Señor Zarzoso, créame usted; debe alejarse
usted de esta casa bien convencido de que con ello presta un gran
servicio a la condesa.
--¿Le ha encargado a usted ella misma que me dijera tales
palabras?--preguntó con amargura el joven.
--No. La condesa ignora que en estos momentos los dos nos hallamos aquí.
Esta resolución, que usted juzgará como crea conveniente, es mía
absolutamente y está inspirada en el santo deseo de conservar la paz en
una familia cristiana. Estoy plenamente convencido de que usted, señor
Zarzoso, a pesar de sus ideas antirreligiosas, es un hombre honrado;
pero no puedo permitir que algún malicioso, conocedor del pasado, en
vista de las frecuentes visitas de usted a esta casa, ponga en duda el
honor de María.
Y el jesuíta se expresaba con tanta sencillez y con tal aire de hombre
honrado, que el doctor iba perdiendo terreno y hasta se convencía de que
algo había de cierto y prudente en los temores que manifestaba. Sin
embargo, sintió la necesidad de sondear a aquel hombre terrible para
saber hasta dónde llegaban sus designios.
--Algo hay de cierto en cuanto usted supone y prometo dejar de visitar
esta casa apenas el niño entre francamente en la convalecencia; pero...
¿qué es eso del pasado que usted nombra?, ¿qué sabe usted de mi vida,
para afirmar que mis visitas a la condesa pueden dar lugar a
comentarios?
--Señor Zarzoso, lo que en este mundo se hace nunca queda en el
misterio. Yo sé que usted y María se amaron hace algunos años, y por
esto me temo que la antigua pasión vuelva a renacer con el continuo
trato.
Zarzoso, a pesar de que estaba en guardia contra la astucia del jesuíta,
no esperaba que éste tuviese conocimiento de sus antiguos amores, así es
que quedó muy sorprendido al oír las últimas palabras del padre Tomás.
--¿Pero cómo sabe usted eso?--preguntó el médico con extrañeza.
--¡Oh, señor Zarzoso! Nosotros, por razón del cargo de que estamos
investidos, sabemos muchas cosas que los interesados creen guardadas por
el más absoluto secreto. Yo conozco toda la historia de los amores entre
usted y María, y, por lo mismo, puedo apreciar con imparcialidad el
carácter de ambos y tener el convencimiento de que es conveniente que
ustedes no se vean con frecuencia. Se han amado demasiado en otros
tiempos para que puedan ahora tratarse con esa tranquilidad de ánimo que
es la fiel compañera de la virtud.
Y el jesuíta sonreía con expresión triunfante al ver desconcertado y
confuso al médico por la inesperada revelación.
Zarzoso, con la frente inclinada y muy extrañado de que el padre Tomás
se atreviera a hacer tales manifestaciones, reflexionaba intentando
adivinar la verdadera intención del jesuíta al decir tales palabras.
--Es muy extraño--dijo Zarzoso con irónico acento--que usted, por su
afecto a esta familia, se tome tanto interés en averiguar el pasado.
Oyéndole es como he comprendido hace pocos momentos ciertas cosas que en
mi época de enamorado no podía explicarme. Yo he sido muy combatido por
enemigos desconocidos que se ocultaban en la sombra; yo he tenido que
luchar con terribles maquinaciones cuya procedencia ignoraba, pero que
ahora veo claramente. Padre Tomás Ferrari, ya que usted se ha
descubierto voluntariamente, yo voy a ser también muy franco. Ya no
somos aquí el sacerdote y el médico; somos dos seres iguales, dos
hombres que únicamente estamos separados por una diferencia que consiste
en que el uno hace todo el bien que puede, y ese soy yo; y el otro se ha
pasado la vida produciendo el mal, y ese es usted. Vamos a hablar con
entera franqueza. ¿Tenía usted conocimiento de mis amores cuando yo aún
era dueño del corazón de María?
--No acostumbro nunca a negar mis actos, y por esto no vacilo en decirle
que, antes de que usted marchara a París, ya sabía yo sus relaciones con
María.
Zarzoso iba contrayendo su rostro con un gesto de hostilidad, que aún
resultaba más terrible en un joven que siempre se mostraba frío y
correcto. La franqueza del padre Tomás le irritaba más que si hubiese
mentido, pues creía ver en aquélla como un reto a su indignación y un
desprecio a su persona.
--¿Y fué usted--preguntó con voz temblona por la ira--quien hizo
terminar aquellos amores?
El jesuíta sonrió con expresión de mansedumbre, como despreciando las
furibundas miradas que le dirigía el joven, y contestó con calma:
--Sí; yo fuí.
Zarzoso, nervioso y conmovido, saltó de su asiento, abalanzándose sobre
el jesuíta; pero la calma de éste le desconcertaba, a pesar suyo, y en
vez de golpearle, como era su primer deseo, se limitó a exclamar con
asombro:
--¡Y tiene usted el valor de confesarlo!
--Señor Zarzoso, el hombre debe siempre decir la verdad, y si confiesa
sus malas acciones, ¿con cuánta más razón debe hacer alarde de sus
buenos actos? Usted no tendrá por acción meritoria el hacer que
terminasen aquellos amores; esto es simplemente cuestión de apreciación,
pues yo, en cambio, creo que presté un servicio inmenso rompiendo las
relaciones que existían entre usted y María. La condesa es cristiana,
pertenece a una familia que siempre se ha distinguido por su puro
catolicismo y su amor a las sanas doctrinas, y yo, como servidor fiel de
los intereses de Dios no podía consentir que una joven así se uniera
eternamente con un impío, que podrá ser muy honrado, no lo dudo, pero
que es enemigo de Dios; que escandaliza a la sociedad con sus infernales
doctrinas, y sobre el cual, más o menos pronto, caerá la cólera del
Altísimo. Como usted comprenderá, yo que tanto amo a María, no podía
permanecer tranquilo al verla marchar rectamente a su perdición.
--No está mal, jesuíta--contestó el joven con acento sarcástico--. No
está mal hilvanada esa excusa. No quiso usted permitir que María se
uniese a un hombre que no es católico, porque esto podía traerla la
desgracia, y, en cambio, la casó usted con un pillete a quien conoce
todo Madrid, con un aventurero de la peor especie, a quien ninguna
persona honrada puede dar la mano sin sentir rubor.
El jesuíta afectaba escandalizarse por estas enérgicas palabras.
--Señor Zarzoso, piense usted bien eso que dice contra Ordóñez, pues
sentiría que esta conversación fuese causa de un incidente desagradable.
Ordóñez no es ningún pícaro. Ha tenido sus cosillas propias de un joven
atolondrado y rico, pero no ha traspasado los límites de la honradez, y
se ha portado siempre con la decencia propia de un joven que ha sido
discípulo mío. Además, está usted en su casa, y no creo muy correcto eso
de insultar al dueño que se halla ausente.
Zarzoso estaba demasiado irritado para hacer caso de las indicaciones
del jesuíta. Las insolentes declaraciones de éste habían enfurecido al
joven, y bien sabido es cuán terribles son los hombres fríos y
tranquilos cuando llegan a encolerizarse.
--Yo diré cuanto quiera--rugió Zarzoso--, y no será usted quien me lo
impida. ¿Cree usted acaso que me atemoriza la idea de que Ordóñez me
pida cuenta de mis palabras? Yo soy un hombre que no busco las reyertas,
pero que tampoco las rehuso cuando llega la ocasión, y experimentaría un
placer sin límites si algún día me viera frente a frente de ese antiguo
aventurero, a quien odio. Lo digo y no me retractaré nunca, pues estoy
bien convencido de ello. Ordóñez es un canalla aristocrático que ha
buscado una mujer inocente y sencilla para explotarla, y usted un
miserable calumniador, que no vaciló en atacar mi dicha por los más
infames medios, indudablemente con la intención de apoderarse de la
colosal fortuna de María. Conozco mucho a los jesuítas y sé cuál es la
principal norma de todos sus actos.
El médico se detuvo mirando fijamente al padre Tomás, para apreciar el
efecto que le causaban sus palabras; pero su indignación fué en aumento
al ver que el jesuíta permanecía callado, afectando la santa resignación
del justo que se ve calumniado.
Zarzoso, a pesar de la rabia que le producían aquellas declaraciones del
jesuíta, quiso saber toda la verdad y siguió preguntando.
--¿Usted, indudablemente, me seguiría también con su astuta mirada hasta
París, buscando una ocasión para desconceptuarme a los ojos de María?
¿No es eso, padre Ferrari?
--Señor Zarzoso, ¿a qué seguir hablando, si esto no ha de producirle a
usted más que indignación ahora y reyertas después? Somos dos caracteres
distintos, dos hombres de diversas ideas que no podremos llegar nunca a
comprendernos, y por más que yo me esfuerce, nunca sabrá usted apreciar
en lo que vale la bondad de esa conducta que le parece infame. Si usted
amaba a María, yo la quiero como a una hija, y no podía permitir que
perdiera su alma por toda una eternidad, uniéndose a un impío que la
contaminaría con sus ideas infernales. Inútil es que usted me pregunte
más. Bástele saber que he hecho cuanto he sabido y podido para romper
las relaciones de usted y María, y que la muerte de su amor debe
atribuirla exclusivamente a mí. Después de esto, y en pago de mi
franqueza, sólo le pido que se retire cuanto antes de esta casa, donde
su presencia resulta fatal.
--¡Me iré, sí, me iré!--dijo Zarzoso con furor--. No quiero permanecer
en una casa donde es fácil codearse con canallas como Ordóñez y su
maestro y protector el padre Tomás. ¡Pobre María! ¡De qué gente estás
rodeada! Pero antes de marcharme, quiero conocer en toda su extensión la
vil trama de que fuí objeto. Padre jesuíta, conteste usted con claridad.
Tenga usted el valor de los grandes bandidos que se envanecen de
confesar sus fechorías. ¿Fué usted quien hizo que allá en París una
mujer fatal se apoderara de mí, con el único objeto de proporcionarse un
recuerdo de mi amor con María, que sirviera para enemistarme con ella?
--Sí, yo fuí--contestó con cínica audacia el jesuíta--. De seguro que
usted considerará el acto como poco correcto; pero todos los medios son
buenos cuando con ellos se trata de salvar un alma. El Señor escoge
muchas veces los caminos más apartados para hacer el bien, y por esto
aquella mujerzuela de París sirvió para librar a María de la perdición
eterna.
Zarzoso, que estaba en pie y a corta distancia del jesuíta, habló,
gesticulando como un loco, al escuchar estas últimas palabras:
--¡Ah, miserable hipócrita! ¡Reptil con sotana! ¿Con que tantos males ha
hecho usted con el único objeto de salvar el alma de María? Lo que la
Compañía ha buscado siempre, al vivir tan unida a la familia de Baselga,
ha sido apoderarse de sus millones, casando a las mujeres de esa familia
con hombres miserables y sin conciencia, que sirvieran al jesuitismo de
instrumento. Por eso la Compañía ha perseguido a todos los que por amor
han intentado unirse a las hembras de la estirpe de los Baselgas; por
eso fué acosado hasta morir en extranjero suelo aquel infeliz mártir que
se llamaba don Esteban Alvarez, y por eso yo también he sido víctima de
traidoras maquinaciones. ¡Ah, infames! Conozco la significación que en
los labios de un jesuíta tiene esa frase de salvar un alma. Vosotros
sólo salváis almas que tengan millones.
El padre Tomás no se inmutaba ante aquella indignación creciente del
joven, que hacía que las manos de éste se agitasen cerca del rostro del
jesuíta, y aun en su cínica audacia tuvo valor para decir:
--Según lo enterado que usted se muestra de la gran fortuna que posee
María, no parece sino que su indignación reconozca por causa el haber
perdido la ocasión de un matrimonio que le hubiera hecho dueño de tantos
millones. Siento, en verdad, haberle estorbado tan bonito negocio.
Este insulto causó tal efecto en el joven, que el jesuíta se arrepintió
inmediatamente de haberlo pronunciado, y se levantó con rapidez de su
asiento. Pero Zarzoso, que estaba ciego por el furor y temblaba de ira,
cayó sobre el padre Tomás antes que éste llegara a enderezarse, y dió al
jesuíta una terrible bofetada.
Recibió éste el golpe, y en sus ojos brilló una iracunda expresión de
furor reconcentrado, propia para infundir miedo al que supiera de lo que
era capaz aquel hombre; pero inmediatamente se repuso, y apoyando en un
hombro la mejilla enrojecida por la bofetada, presentó la otra al joven,
diciendo con evangélica resignación:
--Siga usted pegando. Mayores humillaciones sufrió Dios por hacer el
bien. Pegue usted, joven, que yo le perdono.
--¡Ah, hipócrita! ¡Hipócrita!--rugió Zarzoso con la mano todavía
levantada.
Pero el aspecto de aquel hombre, que afectando humildad y resignación
aguardaba el golpe sin conmoverse, le desarmó en seguida, haciéndole
bajar la mano. El no podía seguir desahogando su justo furor, a pesar
de que estaba convencido de que aquella resignación era pura farsa.
Irritado porque el enemigo, a quien odiaba, no era tan audaz en sus
actos como en sus palabras, y comprendiendo que de seguir allí cometería
la infamia de ensañarse con un hombre que no quería defenderse, se
apresuró a salir de la casa.
No quería ver más a María, y maldecía en aquel momento la hora en que a
ésta se le había ocurrido llamarle, sacándole de la plácida tranquilidad
en que vivía.
Marchó de espaldas hacia la puerta, lanzando iracundas miradas al
jesuíta, que seguía con la cabeza baja, afectando humildad; y cuando
llegó a la puerta, dijo con resolución:
--Se cumplirán los deseos de usted; no volveré más por aquí; pero conste
que el niño que está arriba se halla ya fuera de peligro, y si es que
hay malvados que le hacen sufrir una mortal recaída, aquí estoy yo que
sabré exigir responsabilidad a los culpables. Adiós, jesuíta. Estamos en
paz; mucho daño me has hecho, grandes dolores me has obligado a sufrir;
pero, al menos, acabas de proporcionarme la satisfacción de que abofeteé
ese rostro, inmunda máscara tras la cual se oculta la doblez y la
mentira.
Salió el médico de la habitación, y al quedarse solo el jesuíta,
permaneció algunos minutos inmóvil y ensimismado.
Después rascóse la mejilla, enrojecida por la bofetada, y dijo con
calma, sonriendo con expresión diabólica:
--¡Ah, doctorzuelo! ¡Caro te ha de costar este desahogo!
Inmediatamente salió del hotel, sin que la desconsolada condesa, siempre
al lado de la cama de su hijo, llegase a apercibirse de lo que había
ocurrido en el piso bajo, y media hora después el jesuíta estaba en su
despacho escribiendo un papel, que luego entregó a uno de sus
secretarios, encargando que inmediatamente lo llevase a su destino.
Era un telegrama:
"Londres.--Fleet Street, 5. Hotel Hig-Liffe.--Francisco Ordóñez.
"Ven inmediatamente, asunto de honor urgentísimo. Te necesito.--_Tomás
Ferrari._"