III

La bofetada.

El corpulento portero se inclinó al paso del doctor Zarzoso, diciéndole

con expresión respetuosa:

--La señora condesa no está visible en este momento, y me ha encargado

ruegue a usted que tenga la bondad de esperar algunos minutos.

Y diciendo esto, el criado introdujo al doctor a un elegante salón del

piso bajo, y después de volver a saludarle con la misma ceremonia, se

retiró.

Zarzoso, al verse solo, púsose a examinar aquella pieza, amueblada con

exquisito gusto, ocupación que le era muy grata, pues, a pesar de sus

austeridades de hombre de ciencia, gustábanle mucho los esplendores del

lujo y los objetos elegantes que tenían cierto aspecto artístico.

Pasó algunos minutos en apreciar los originales dibujos de los

cortinajes, la forma de los muebles y el mérito de las acuarelas y

estatuillas que adornaban el salón, y cuando más ocupado estaba en

admirar un gracioso barro de Benlliure, sintió a sus espaldas un ruido

producido por el roce de una persona que pisaba cautelosamente la

alfombra.

Volvió rápidamente la cabeza creyendo encontrarse con María, y vió un

sacerdote con el sombrero en la mano, que, después de saludarle con

exagerada finura, fué a sentarse en un sillón a corta distancia de donde

se hallaba Zarzoso.

Púsose de espaldas a la luz, que entraba por las dos ventanas del salón;

pero el doctor tuvo tiempo para apreciar aquel rostro anguloso y picudo

que recordaba el hambriento perfil de las aves de rapiña.

No conocía personalmente al padre Tomás Ferrari, del que había oído

hablar mucho: pero, instintivamente, sin poder explicarse la verdadera

causa, pensó que aquel cura debía ser el famoso padre de la Compañía.

El jesuíta sonreía bondadosamente fijando su mirada sencilla en el

joven, y después de algunas tosecitas, como si quisiera entrar en

conversación sin saber cómo, dijo al médico, que interiormente se sentía

alarmado, aunque procuraba permanecer impasible:

--La señora condesa debe estar descansando, ya que nos hace esperar.

¡Pobrecita! ¡Cuán angustiosa es su situación! Sólo una madre puede

resistir tantas fatigas sin decaer un solo instante.

Zarzoso se limitó a hacer un signo afirmativo, evadiendo la conversación

que el sacerdote quería entablar.

--Ha sido muy notable el que Paquito se haya salvado tan rápidamente y

que ahora se encuentre fuera del peligro. Ese doctor Zarzoso que le cura

ha demostrado que es digno de la gran fama que goza en Madrid.

El médico a pesar de su convencimiento de que el padre Tomás buscaba

entablar conversación con él, creyó del caso corresponder a estas

últimas palabras inclinándose, al mismo tiempo que decía:

--Muchas gracias, señor.

--¡Ah! ¿Es usted el doctor Zarzoso? No tenía el honor de conocerle,

aunque hace tiempo que le admiraba por los grandes servicios que presta

a los desgraciados.

--Cumplo con mi deber y nada más.

--Tenía verdaderos deseos de conocer a usted y de ser su amigo, aunque

en verdad, un hombre como usted no debe tener en mucho el afecto de uno

de mi clase.

--¿Por qué, señor?

--Porque para nadie son un misterio las ideas que usted profesa.

¡Lástima que un hombre tan caritativo tenga ideas tan contrarias a los

dogmas religiosos!

--¡Bah! Yo soy amigo de todos, sin fijarme en sus ideas religiosas. Me

basta que los hombres sean honrados y probos.

Estas palabras las dijo Zarzoso con una intención que no pasó

desapercibida para el jesuíta y que le dió a entender que el médico le

había reconocido.

--Usted me dispensará, señor Zarzoso, si me tomo ciertas libertades;

pero, francamente, me apena ver a un hombre del criterio de usted,

alejado del gremio de la Iglesia, y desvaneciendo con su impiedad esos

grandes méritos que contrae a los ojos del Señor, sacrificándose por la

gente desheredada y miserable. ¡Ah, señor Zarzoso! Usted sería un santo,

usted iría al cielo, si creyese algo más en Dios.

--No hago el bien con la esperanza de una recompensa futura. Para estar

satisfecho de mis trabajos, me basta el agradecimiento de toda esa pobre

gente cuyas enfermedades curo. La gratitud de las madres vale más, para

mí, que todas las recompensas que pudiera encontrar más allá de la

tumba, si es que realmente después de la muerte hay algo.

El médico dijo estas palabras con sencillez y convicción, por lo que el

padre Tomás, que no quería entablar una discusión que le alejase de su

objeto, hizo caso omiso de las afirmaciones antirreligiosas del joven, y

dijo, variando repentinamente el tema de la conversación:

--La señora condesa debe estar muy agradecida a usted por el grande

servicio que la ha prestado salvando a su hijo. Fué una resolución

acertada la suya, al mandarle llamar.

Zarzoso callaba, no sabiendo adónde iría a parar el jesuíta.

--Lo que extraño--continuó el padre Tomás--es que la señora condesa haya

prescindido del médico de la casa, del cual no creo que tenga queja

alguna. ¿No le parece a usted así?

Zarzoso hizo un gesto de irritación e impaciencia, y contestó de mal

talante:

--Nada me importa eso que usted dice.

El jesuíta calló durante algunos minutos, y por fin, dijo con

resolución, afectando una franqueza ruda:

--Señor Zarzoso, me ha dado usted a conocer, hace poco, su nombre, y

justo es que corresponda a tal franqueza. Yo soy el padre Tomás Ferrari,

de la Compañía de Jesús.

--Le conozco a usted--dijo intencionadamente el médico.

--No es extraño. Aunque Dios no me ha favorecido con grandes cualidades,

trabajo en su favor cuanto puedo, y mis servicios al Altísimo me han

dado cierto renombre. Conozco el concepto en que ustedes, los enemigos

de la Iglesia, nos tienen a los hijos de San Ignacio. En su concepto

somos avariciosos, falsarios, maquiavélicos y hasta asesinos; pero esto

no hace decaer nuestro ánimo, ni nos quita nuestra cristiana fe. También

calumniaron al dulcísimo Jesús, y cuando el hijo de Dios sufrió

pacientemente las injurias, bien podemos aguantarlas nosotros que somos

representantes indignos del Altísimo.

Zarzoso encogió los hombros con visibles muestras de impaciencia y como

dando a entender que nada le importaba aquello, y el jesuíta continuó:

--Yo soy un antiguo amigo de esta casa. La familia Baselga ha sido

siempre muy afecta a la Compañía de Jesús, y en cuanto a Ordóñez, el

marido de la condesa, soy para él como un segundo padre. No extrañe,

pues, que me interese mucho por los asuntos de esta casa y que procure

el velar en ella por la tranquilidad y la virtud que debe existir

siempre en el seno de toda familia cristiana.

El padre Tomás, al hablar así miraba fijamente a Zarzoso, y éste,

impacientado ya, no pudiendo sufrir más tiempo aquellas manifestaciones,

cuyo sentido no comprendía, pero en las que adivinaba cierta intención

de molestarle, le interrumpió diciendo con expresión hostil:

--¡Bien! ¡Y qué! ¿Qué me importa a mí todo eso que usted me dice

mirándome fijamente como si debiera darme por aludido? ¿Tengo yo algo

que ver con las cuestiones internas de esta familia a la que visité ayer

por primera vez? Yo me limito a ser médico y a prestar mis servicios

cuando me llaman, dejando a usted la misión de arreglar las familias, o,

lo que es más probable, de desarreglarlas.

Zarzoso estaba irritado, y como no creía necesario el fingirse amable

con aquel inesperado visitante, le miraba con franca hostilidad.

--Hace usted mal en irritarse--dijo el jesuíta cada vez con mayor calma,

conforme se enfurecía el joven.--Me he tomado la libertad de decirle las

anteriores palabras, justamente, porque estoy convencido de que de

usted depende la futura tranquilidad de esta casa; solamente que muchas

veces hacemos el mal sin saberlo, y cuando se nos reprende por ello, no

podemos menos de extrañarnos.

Esto, que equivalía a una acusación, acabó de indignar a Zarzoso, quien,

sin embargo, procuró contenerse, y dijo con frialdad amenazadora:

--Explíquese usted, caballero.

El padre Tomás parecía gozar viendo la creciente indignación del joven,

y después de una breve pausa se expresó así:

--Lo que usted ha hecho acudiendo a esta casa donde un pobre niño

necesitaba los auxilios de su ciencia, es muy santo y muy bueno; pero no

lo será tanto si usted sigue viniendo por aquí, ahora que el enfermito

está fuera de peligro. ¿No le parece a usted que la gente podrá hacer

comentarios muy desfavorables al ver que usted viene con mucha

frecuencia a esta casa?

--¡Caballero!, o usted no tiene muy firme la razón--dijo Zarzoso con voz

temblona por la ira--, o quiere divertirse conmigo, cosa que no le

permitiré. ¡Es donosa la ocurrencia! ¿Puede acaso llamar la atención de

nadie el que un médico visite la casa de un enfermo? Entonces la

calumnia se cebaría continuamente en nosotros los médicos, pues en un

mismo día entramos en diferentes casas, para cumplir nuestra sagrada

misión.

El padre Tomás, sonriéndose, acercó su sillón al asiento del joven y le

dijo confidencialmente:

--Eso que dice usted, es verdad; pero aquí, en la presente ocasión,

aunque usted se resista a creerlo, sus visitas pueden originar

comentarios muy desfavorables. El pasado no es para todos un secreto.

--¿Qué quiere decir usted con eso?

--Que hay quien sabe que no es ésta la primera vez que la condesa de

Baselga y el doctor Zarzoso se encuentran, y como usted comprenderá,

esto puede dar lugar a comentarios muy desfavorables. ¿Se altera usted,

doctor? ¿Se ofende acaso por mis palabras?... Conozco que no es muy

grato cuanto le digo; pero mi carácter de antiguo amigo de la casa, me

obliga a ser franco hasta la rudeza. Aún estamos a tiempo de evitar el

mal; aún podemos lograr que la gente no murmure. Si usted siente algún

interés por la condesa, si en algo estima su prestigio de mujer honrada,

debe agradecerme lo que yo hago en estos momentos y ayudarme a evitar

murmuraciones escandalosas. Señor Zarzoso, créame usted; debe alejarse

usted de esta casa bien convencido de que con ello presta un gran

servicio a la condesa.

--¿Le ha encargado a usted ella misma que me dijera tales

palabras?--preguntó con amargura el joven.

--No. La condesa ignora que en estos momentos los dos nos hallamos aquí.

Esta resolución, que usted juzgará como crea conveniente, es mía

absolutamente y está inspirada en el santo deseo de conservar la paz en

una familia cristiana. Estoy plenamente convencido de que usted, señor

Zarzoso, a pesar de sus ideas antirreligiosas, es un hombre honrado;

pero no puedo permitir que algún malicioso, conocedor del pasado, en

vista de las frecuentes visitas de usted a esta casa, ponga en duda el

honor de María.

Y el jesuíta se expresaba con tanta sencillez y con tal aire de hombre

honrado, que el doctor iba perdiendo terreno y hasta se convencía de que

algo había de cierto y prudente en los temores que manifestaba. Sin

embargo, sintió la necesidad de sondear a aquel hombre terrible para

saber hasta dónde llegaban sus designios.

--Algo hay de cierto en cuanto usted supone y prometo dejar de visitar

esta casa apenas el niño entre francamente en la convalecencia; pero...

¿qué es eso del pasado que usted nombra?, ¿qué sabe usted de mi vida,

para afirmar que mis visitas a la condesa pueden dar lugar a

comentarios?

--Señor Zarzoso, lo que en este mundo se hace nunca queda en el

misterio. Yo sé que usted y María se amaron hace algunos años, y por

esto me temo que la antigua pasión vuelva a renacer con el continuo

trato.

Zarzoso, a pesar de que estaba en guardia contra la astucia del jesuíta,

no esperaba que éste tuviese conocimiento de sus antiguos amores, así es

que quedó muy sorprendido al oír las últimas palabras del padre Tomás.

--¿Pero cómo sabe usted eso?--preguntó el médico con extrañeza.

--¡Oh, señor Zarzoso! Nosotros, por razón del cargo de que estamos

investidos, sabemos muchas cosas que los interesados creen guardadas por

el más absoluto secreto. Yo conozco toda la historia de los amores entre

usted y María, y, por lo mismo, puedo apreciar con imparcialidad el

carácter de ambos y tener el convencimiento de que es conveniente que

ustedes no se vean con frecuencia. Se han amado demasiado en otros

tiempos para que puedan ahora tratarse con esa tranquilidad de ánimo que

es la fiel compañera de la virtud.

Y el jesuíta sonreía con expresión triunfante al ver desconcertado y

confuso al médico por la inesperada revelación.

Zarzoso, con la frente inclinada y muy extrañado de que el padre Tomás

se atreviera a hacer tales manifestaciones, reflexionaba intentando

adivinar la verdadera intención del jesuíta al decir tales palabras.

--Es muy extraño--dijo Zarzoso con irónico acento--que usted, por su

afecto a esta familia, se tome tanto interés en averiguar el pasado.

Oyéndole es como he comprendido hace pocos momentos ciertas cosas que en

mi época de enamorado no podía explicarme. Yo he sido muy combatido por

enemigos desconocidos que se ocultaban en la sombra; yo he tenido que

luchar con terribles maquinaciones cuya procedencia ignoraba, pero que

ahora veo claramente. Padre Tomás Ferrari, ya que usted se ha

descubierto voluntariamente, yo voy a ser también muy franco. Ya no

somos aquí el sacerdote y el médico; somos dos seres iguales, dos

hombres que únicamente estamos separados por una diferencia que consiste

en que el uno hace todo el bien que puede, y ese soy yo; y el otro se ha

pasado la vida produciendo el mal, y ese es usted. Vamos a hablar con

entera franqueza. ¿Tenía usted conocimiento de mis amores cuando yo aún

era dueño del corazón de María?

--No acostumbro nunca a negar mis actos, y por esto no vacilo en decirle

que, antes de que usted marchara a París, ya sabía yo sus relaciones con

María.

Zarzoso iba contrayendo su rostro con un gesto de hostilidad, que aún

resultaba más terrible en un joven que siempre se mostraba frío y

correcto. La franqueza del padre Tomás le irritaba más que si hubiese

mentido, pues creía ver en aquélla como un reto a su indignación y un

desprecio a su persona.

--¿Y fué usted--preguntó con voz temblona por la ira--quien hizo

terminar aquellos amores?

El jesuíta sonrió con expresión de mansedumbre, como despreciando las

furibundas miradas que le dirigía el joven, y contestó con calma:

--Sí; yo fuí.

Zarzoso, nervioso y conmovido, saltó de su asiento, abalanzándose sobre

el jesuíta; pero la calma de éste le desconcertaba, a pesar suyo, y en

vez de golpearle, como era su primer deseo, se limitó a exclamar con

asombro:

--¡Y tiene usted el valor de confesarlo!

--Señor Zarzoso, el hombre debe siempre decir la verdad, y si confiesa

sus malas acciones, ¿con cuánta más razón debe hacer alarde de sus

buenos actos? Usted no tendrá por acción meritoria el hacer que

terminasen aquellos amores; esto es simplemente cuestión de apreciación,

pues yo, en cambio, creo que presté un servicio inmenso rompiendo las

relaciones que existían entre usted y María. La condesa es cristiana,

pertenece a una familia que siempre se ha distinguido por su puro

catolicismo y su amor a las sanas doctrinas, y yo, como servidor fiel de

los intereses de Dios no podía consentir que una joven así se uniera

eternamente con un impío, que podrá ser muy honrado, no lo dudo, pero

que es enemigo de Dios; que escandaliza a la sociedad con sus infernales

doctrinas, y sobre el cual, más o menos pronto, caerá la cólera del

Altísimo. Como usted comprenderá, yo que tanto amo a María, no podía

permanecer tranquilo al verla marchar rectamente a su perdición.

--No está mal, jesuíta--contestó el joven con acento sarcástico--. No

está mal hilvanada esa excusa. No quiso usted permitir que María se

uniese a un hombre que no es católico, porque esto podía traerla la

desgracia, y, en cambio, la casó usted con un pillete a quien conoce

todo Madrid, con un aventurero de la peor especie, a quien ninguna

persona honrada puede dar la mano sin sentir rubor.

El jesuíta afectaba escandalizarse por estas enérgicas palabras.

--Señor Zarzoso, piense usted bien eso que dice contra Ordóñez, pues

sentiría que esta conversación fuese causa de un incidente desagradable.

Ordóñez no es ningún pícaro. Ha tenido sus cosillas propias de un joven

atolondrado y rico, pero no ha traspasado los límites de la honradez, y

se ha portado siempre con la decencia propia de un joven que ha sido

discípulo mío. Además, está usted en su casa, y no creo muy correcto eso

de insultar al dueño que se halla ausente.

Zarzoso estaba demasiado irritado para hacer caso de las indicaciones

del jesuíta. Las insolentes declaraciones de éste habían enfurecido al

joven, y bien sabido es cuán terribles son los hombres fríos y

tranquilos cuando llegan a encolerizarse.

--Yo diré cuanto quiera--rugió Zarzoso--, y no será usted quien me lo

impida. ¿Cree usted acaso que me atemoriza la idea de que Ordóñez me

pida cuenta de mis palabras? Yo soy un hombre que no busco las reyertas,

pero que tampoco las rehuso cuando llega la ocasión, y experimentaría un

placer sin límites si algún día me viera frente a frente de ese antiguo

aventurero, a quien odio. Lo digo y no me retractaré nunca, pues estoy

bien convencido de ello. Ordóñez es un canalla aristocrático que ha

buscado una mujer inocente y sencilla para explotarla, y usted un

miserable calumniador, que no vaciló en atacar mi dicha por los más

infames medios, indudablemente con la intención de apoderarse de la

colosal fortuna de María. Conozco mucho a los jesuítas y sé cuál es la

principal norma de todos sus actos.

El médico se detuvo mirando fijamente al padre Tomás, para apreciar el

efecto que le causaban sus palabras; pero su indignación fué en aumento

al ver que el jesuíta permanecía callado, afectando la santa resignación

del justo que se ve calumniado.

Zarzoso, a pesar de la rabia que le producían aquellas declaraciones del

jesuíta, quiso saber toda la verdad y siguió preguntando.

--¿Usted, indudablemente, me seguiría también con su astuta mirada hasta

París, buscando una ocasión para desconceptuarme a los ojos de María?

¿No es eso, padre Ferrari?

--Señor Zarzoso, ¿a qué seguir hablando, si esto no ha de producirle a

usted más que indignación ahora y reyertas después? Somos dos caracteres

distintos, dos hombres de diversas ideas que no podremos llegar nunca a

comprendernos, y por más que yo me esfuerce, nunca sabrá usted apreciar

en lo que vale la bondad de esa conducta que le parece infame. Si usted

amaba a María, yo la quiero como a una hija, y no podía permitir que

perdiera su alma por toda una eternidad, uniéndose a un impío que la

contaminaría con sus ideas infernales. Inútil es que usted me pregunte

más. Bástele saber que he hecho cuanto he sabido y podido para romper

las relaciones de usted y María, y que la muerte de su amor debe

atribuirla exclusivamente a mí. Después de esto, y en pago de mi

franqueza, sólo le pido que se retire cuanto antes de esta casa, donde

su presencia resulta fatal.

--¡Me iré, sí, me iré!--dijo Zarzoso con furor--. No quiero permanecer

en una casa donde es fácil codearse con canallas como Ordóñez y su

maestro y protector el padre Tomás. ¡Pobre María! ¡De qué gente estás

rodeada! Pero antes de marcharme, quiero conocer en toda su extensión la

vil trama de que fuí objeto. Padre jesuíta, conteste usted con claridad.

Tenga usted el valor de los grandes bandidos que se envanecen de

confesar sus fechorías. ¿Fué usted quien hizo que allá en París una

mujer fatal se apoderara de mí, con el único objeto de proporcionarse un

recuerdo de mi amor con María, que sirviera para enemistarme con ella?

--Sí, yo fuí--contestó con cínica audacia el jesuíta--. De seguro que

usted considerará el acto como poco correcto; pero todos los medios son

buenos cuando con ellos se trata de salvar un alma. El Señor escoge

muchas veces los caminos más apartados para hacer el bien, y por esto

aquella mujerzuela de París sirvió para librar a María de la perdición

eterna.

Zarzoso, que estaba en pie y a corta distancia del jesuíta, habló,

gesticulando como un loco, al escuchar estas últimas palabras:

--¡Ah, miserable hipócrita! ¡Reptil con sotana! ¿Con que tantos males ha

hecho usted con el único objeto de salvar el alma de María? Lo que la

Compañía ha buscado siempre, al vivir tan unida a la familia de Baselga,

ha sido apoderarse de sus millones, casando a las mujeres de esa familia

con hombres miserables y sin conciencia, que sirvieran al jesuitismo de

instrumento. Por eso la Compañía ha perseguido a todos los que por amor

han intentado unirse a las hembras de la estirpe de los Baselgas; por

eso fué acosado hasta morir en extranjero suelo aquel infeliz mártir que

se llamaba don Esteban Alvarez, y por eso yo también he sido víctima de

traidoras maquinaciones. ¡Ah, infames! Conozco la significación que en

los labios de un jesuíta tiene esa frase de salvar un alma. Vosotros

sólo salváis almas que tengan millones.

El padre Tomás no se inmutaba ante aquella indignación creciente del

joven, que hacía que las manos de éste se agitasen cerca del rostro del

jesuíta, y aun en su cínica audacia tuvo valor para decir:

--Según lo enterado que usted se muestra de la gran fortuna que posee

María, no parece sino que su indignación reconozca por causa el haber

perdido la ocasión de un matrimonio que le hubiera hecho dueño de tantos

millones. Siento, en verdad, haberle estorbado tan bonito negocio.

Este insulto causó tal efecto en el joven, que el jesuíta se arrepintió

inmediatamente de haberlo pronunciado, y se levantó con rapidez de su

asiento. Pero Zarzoso, que estaba ciego por el furor y temblaba de ira,

cayó sobre el padre Tomás antes que éste llegara a enderezarse, y dió al

jesuíta una terrible bofetada.

Recibió éste el golpe, y en sus ojos brilló una iracunda expresión de

furor reconcentrado, propia para infundir miedo al que supiera de lo que

era capaz aquel hombre; pero inmediatamente se repuso, y apoyando en un

hombro la mejilla enrojecida por la bofetada, presentó la otra al joven,

diciendo con evangélica resignación:

--Siga usted pegando. Mayores humillaciones sufrió Dios por hacer el

bien. Pegue usted, joven, que yo le perdono.

--¡Ah, hipócrita! ¡Hipócrita!--rugió Zarzoso con la mano todavía

levantada.

Pero el aspecto de aquel hombre, que afectando humildad y resignación

aguardaba el golpe sin conmoverse, le desarmó en seguida, haciéndole

bajar la mano. El no podía seguir desahogando su justo furor, a pesar

de que estaba convencido de que aquella resignación era pura farsa.

Irritado porque el enemigo, a quien odiaba, no era tan audaz en sus

actos como en sus palabras, y comprendiendo que de seguir allí cometería

la infamia de ensañarse con un hombre que no quería defenderse, se

apresuró a salir de la casa.

No quería ver más a María, y maldecía en aquel momento la hora en que a

ésta se le había ocurrido llamarle, sacándole de la plácida tranquilidad

en que vivía.

Marchó de espaldas hacia la puerta, lanzando iracundas miradas al

jesuíta, que seguía con la cabeza baja, afectando humildad; y cuando

llegó a la puerta, dijo con resolución:

--Se cumplirán los deseos de usted; no volveré más por aquí; pero conste

que el niño que está arriba se halla ya fuera de peligro, y si es que

hay malvados que le hacen sufrir una mortal recaída, aquí estoy yo que

sabré exigir responsabilidad a los culpables. Adiós, jesuíta. Estamos en

paz; mucho daño me has hecho, grandes dolores me has obligado a sufrir;

pero, al menos, acabas de proporcionarme la satisfacción de que abofeteé

ese rostro, inmunda máscara tras la cual se oculta la doblez y la

mentira.

Salió el médico de la habitación, y al quedarse solo el jesuíta,

permaneció algunos minutos inmóvil y ensimismado.

Después rascóse la mejilla, enrojecida por la bofetada, y dijo con

calma, sonriendo con expresión diabólica:

--¡Ah, doctorzuelo! ¡Caro te ha de costar este desahogo!

Inmediatamente salió del hotel, sin que la desconsolada condesa, siempre

al lado de la cama de su hijo, llegase a apercibirse de lo que había

ocurrido en el piso bajo, y media hora después el jesuíta estaba en su

despacho escribiendo un papel, que luego entregó a uno de sus

secretarios, encargando que inmediatamente lo llevase a su destino.

Era un telegrama:

"Londres.--Fleet Street, 5. Hotel Hig-Liffe.--Francisco Ordóñez.

"Ven inmediatamente, asunto de honor urgentísimo. Te necesito.--_Tomás

Ferrari._"

La araña negra, t. 9/9 · 第 17 / 29 题