¡La familia está completa!
Aquella mañana era de sorpresas para el doctor Zarzoso. Le llamaba la
mujer a quien tanto había amado, y después reconocía a un antiguo amigo
en el criado que había ido a avisarle.
No le cupo duda alguna al joven doctor de que aquel hombre era el
antiguo y fiel compañero de don Esteban Alvarez. Era verdad que la
librea le desfiguraba mucho, pero, a pesar de esto, su rostro, aunque
algo modificado por el tiempo, tenía aún aquellas facciones rudas y
enérgicas que, según el mismo interesado, eran el distintivo de todos
los brutos que habían tenido la honra de nacer en la parroquia de San
Pablo, de Zaragoza.
Zarzoso había perdido de vista al fiel Perico poco después de la muerte
de su señor. Sin despedirse de otra persona que de Agramunt, desapareció
de París, sin decir adónde iba, y ahora se lo encontraba Zarzoso
convertido en criado de una gran casa y siendo, sin duda, el servidor de
confianza de María.
El joven doctor estrechó la mano que le tendía su antiguo y rudo amigo,
el cual, comprendiendo que Zarzoso deseaba conocer la causa de aquel
cambio, habló así:
--Apenas me vi solo en París, me propuse cumplir, sin pérdida de tiempo,
el ruego que mi difunto señor, el buen don Esteban, me había hecho poco
antes de su muerte. Prometí yo pasar el resto de mi vida al lado de su
hija doña María, velando por ella y dispuesto a toda clase de
sacrificios si se encontraba en un peligro, y pocos meses después de la
muerte de mi señor me vine a Madrid con la intención de cumplir lo
prometido. La condesa de Baselga había vuelto ya de su viaje de novios,
y su marido, que es un antiguo calavera, y que aquí entre los dos lo
considero como un pillete, capaz, si lo dejaran, de comerse en cuatro
días la fortuna de su mujer, se estaba ocupando entonces en montar su
casa al estilo más moderno y elegante. El palacio de la calle de Atocha,
con ser hermosísimo y estar dispuesto con las mayores comodidades, no le
parecía bien al señor, por resultar, según él decía, anticuado y
sombrío, y no paró hasta convencer a su esposa y a la tía, de que dicha
finca debía venderse, comprando con el producto de esta venta un
magnifico hotel con jardín en el paseo de la Castellana.
Así se hizo, y al mismo tiempo que mudaron de domicilio, reemplazaron la
servidumbre; y todos aquellos criados de la baronesa, que tenían aire de
mandaderos de monjas, fueron despedidos y reemplazados por nuevos
domésticos.
Entonces entré yo en la casa sin encontrar obstáculo alguno, pues bastó
presentar mis certificados acreditando que había servido mucho tiempo en
París y demostrar que conocía con alguna perfección el francés, para que
inmediatamente me admitiesen, pues la gente aristocrática, con su
habitual extravagancia, prefiere siempre los criados extranjeros a los
del país. Hace ya mucho tiempo que estoy en la casa, y todo va en ella
con bastante regularidad. La señora, a pesar de que ignora la sagrada
misión que me he impuesto de velar por ella, me trata con gran
amabilidad, y soy, de todos los criados, el que mejor merece su
confianza. Parece que lea en mis ojos el interés que me inspira. Yo soy
el hombre a quien ella acude en todos sus momentos de tribulación, y
aunque nunca olvida su rango y me habla siempre con cierta altivez
natural, no por eso ha dejado, en algunas ocasiones, de escapársele
ciertas palabras que demuestran su situación y el poco afecto que existe
entre ella y su esposo.
--¿Cuál es la conducta de Ordóñez?--preguntó Zarzoso con marcado
interés.
--El señor sigue siendo tan calavera como antes de su matrimonio. En los
primeros meses se contuvo y mostraba cierto empeño en agradar a su
esposa; pero desde que tuvieron el hijo y la señora estuvo muy enferma,
volvió a sus antiguas costumbres y creo que desde entonces se ocupa en
derrochar las rentas de la colosal fortuna de su mujer. Como sus
calaveradas en Madrid son inmediatamente del dominio público y hacen
que, tanto la baronesa como su inseparable consejero, el padre Tomás, le
citen a capítulo y le endilguen severas reflexiones, él ha encontrado
ahora el medio de ponerse a salvo de tales censuras, emprendiendo
continuos viajes, con excusa de su afición a las carreras de caballos
ahora está en Londres por un asunto de _sport_, y como también la
baronesa se halla ausente por haber ido a ciertos famosos ejercicios en
un convento que los jesuítas tienen en el Norte, de aquí que la señora,
al verse sola en casa y con el niño enfermo de tanta gravedad, haya
perdido la cabeza hasta el punto de llamarle a usted. Crea, señor
doctor, que para la condesa supone un inmenso sacrificio eso de llamarle
a usted a su casa. Se conoce que le quiere a usted muy mal. Como yo
sabía sus antiguas relaciones, varias veces en la conversación he
procurado sacar a plaza el nombre de usted, con la idea de ver que
efecto le producía saber la fama y la justa popularidad que usted goza
en Madrid por sus beneficios; pero siempre ha puesto mal gesto, y con
acento enojado ha procurado desviar la conversación.
A Zarzoso producíale un efecto fatal el saber que María le odiaba,
guardándole aún rencor por aquella traidora caída que ocultos enemigos
le habían hecho sufrir en París, y mientras él reflexionaba sobre sus
antiguos y desgraciados amores, el sencillo Pedro añadió:
--Y, sin embargo, la condesa hubiese sido muy feliz casándose con usted,
que de seguro no la haría sufrir como el granuja de su marido. Pero
todas las mujeres son ciegas cuando se trata de su porvenir, y más aún
las pertenecientes a la familia Baselga, gente altiva y orgullos, que
por escrúpulos de nacimiento, abandonan siempre a los hombres que las
quieren, para casarse después con verdaderos perdidos.
La veloz berlina, pasando como un rayo la calle de Alcalá, había entrado
en el paseo de la Castellana, y atravesando una magnífica verja con
remates dorados, rodó por la enarenada avenida, hasta detenerse bajo una
gran marquesina de cristales, en la que caía la lluvia con incesante
murmullo.
El doctor y el criado saltaron a tierra y entraron en un elegante hotel
construído con arreglo al arte francés del pasado siglo, sin ninguna
originalidad y con esa monotonía de los edificios de moda, que parecen
producto de una arquitectura de pacotilla.
En el primer piso Zarzoso se encontró frente a frente con María.
Esperaba el doctor que aquel reconocimiento tras cinco años de ausencia,
iba a ser terrible y que engañó por completo.
Después de su regreso de París, Zarzoso, para conservar su tranquilidad
estoica había procurado evitar un encuentro con María, y por esto huyo
de todos aquellos puntos donde asistía el mundo elegante.
Creía el doctor que aquel encuentro con su antigua novia, en
circunstancias tan especiales, le produciría una impresión profunda que
vendría a reavivar el ya muerto amor; pero la entrevista sólo despertó
en él una viva curiosidad, no exenta de lástima.
María estaba desconocida. El dolor y la zozobra que le causaba el estado
de su hijo, producía algún desorden en su rostro; pero, además de esto,
Zarzoso notó en ella algo que forzosamente debía llamar la atención del
golpe de vista de un buen médico.
Había perdido la joven aquel aspecto de salud y frescura que tanto la
hermoseaba antes. Aún era bella, y sus ojos, que parecían haberse
agrandado, brillaban con mayor fuego; pero, en cambio, había adelgazado,
perdiendo la vigorosa robustez que tan atractiva la hacía antes; su
piel, que había adquirido un color densamente pálido, caía desmayada
sobre el hueso, marcando rudamente todas las sinuosidades del cráneo, y
la nariz, muy afilada, destacábase mucho sobre su rostro.
Zarzoso, al encontrarla tan cambiada, no pensó en su antigua pasión. Su
carácter de médico se sobrepuso al amor, y lo único que se le ocurrió
pensar al verla, fué que María estaba muy enferma, y que él tenía el
deber de combatir aquella dolencia, aún desconocida, que indudablemente
se ocultaba en el interior de la joven y que poco a poco iba minando su
organismo.
Fué realmente frío el encuentro de los dos antiguos novios.
María, por su parte, preocupada por el estado de su hijo, sólo tuvo para
él una mirada de curiosidad. Le vió casi igual al último día en que
entre suspiros y lágrimas se había despedido de él en el Retiro; los
años transcurridos habían aumentado su aspecto de hombre grave y
estudioso, y María, al verle así, dudó un momento de que aquel joven de
aspecto sesudo y frío hubiese sido en París un calvera sin conciencia,
que se entregaba a todas las locuras de Crápula.
Hubo un instante en que, contemplando a aquel hombre que había sido
dueño de su corazón, el recuerdo de la antigua dicha surgió en ella con
todos sus risueños atractivos; pero inmediatamente sobrevino en su
memoria la burla que de ella habían hecho en París y el pensamiento de
que su hijo estaba a pocos pasos de allí, delirando con la fiebre, y
esto fué suficiente para que se repusiera, y con marcada frialdad, como
si se tratara de un extraño recién llegado, dijera a Zarzoso:
--Pase usted adelante, doctor. Mi hijo está muy enfermo, y toda mi
esperanza la pongo en usted, que tanta fama tiene.
Zarzoso encontró al hijo de Ordóñez y de su antigua novia agitándose en
su camita, víctima de una fiebre espantosa y balbuceando con la
incoherencia propia del delirio.
A la vista de aquel pobre niño que tanto sufría, Zarzoso olvidó su
anterior preocupación, que le hacía mirar con odio al hijo de Ordóñez, y
no pensó más que en ser médico y cumplir su santa misión.
En cuanto a la pobre madre, todo lo olvidó: su antigua pasión, la
presencia de aquel médico a quien tanto había amado, y los comentarios
maliciosos que la visita podía suscitar en las personas enteradas del
pasado. Comenzó a llorar silenciosamente, y pugnando por ahogar sus
sollozos, como si pudiera oírla aquel pobre niño enloquecido por la
fiebre, y olvidada de todo, con esa suprema desesperación de la madre,
capaz de las mayores locuras cuando ve próximo a perecer el pedazo de
sus entrañas, sin darse cuenta exacta de lo que hacía, puso su mano en
un hombro de Zarzoso, y con el mismo misterio que cuando le hablaba de
amor, murmuró junto a su oído:
--¡Por Dios, Juan, sálvale! Tú sabes mucho, tú lo puedes todo; se
cuentan de ti cosas milagrosas. Olvídate del pasado y piensa únicamente
en mi hijo; piensa en mí, que moriré de pena si mi hijo llega a perecer.
Y poco después añadió, como si hubiese leído en el pensamiento del
doctor:
--Olvida quién es su padre. Piensa, únicamente en que yo soy su madre y
quiero que viva. ¿Lo oyes bien, Juan? Quiero que viva; soy yo quien te
lo ordeno.
Zarzoso estaba habituado a los lamentos de las madres y a sus accesos de
desesperación, así es que, a pesar del tuteamiento de María y de sus
súplicas ardientes, en aquel momento supremo no perdió la serenidad, y
procedió inmediatamente al examen del enfermito.
No necesitó hacer numerosas preguntas a la madre ni mirar mucho tiempo
al hijo para convencerse de la clase de enfermedad de éste.
La hinchazón desmesurada de aquella cabeza que asomaba entre las
sábanas, la terrible fiebre que consumía al raquítico cuerpecillo y un
sello especial en aquellas facciones infantiles, le reveló
inmediatamente la existencia de una meningitis aguda, que había de
combatir inmediatamente, pues la inflamación de las envolturas del
cerebro amenazaban con un desenlace mortal.
Aquel descubrimiento sirvió a Zarzoso para ir encadenando una serie de
observaciones hasta llegar a una conclusión fatal.
Miró a la madre, que ya al entrar le había parecido muy enferma, aunque
se mantenía firme por un vigor nervioso; y haciendo un esfuerzo de
imaginación, recordó el tipo físico de Ordóñez, a quien había visto
varias veces en la calle: ésto, unido al conocimiento de su vida de
depravado, vino a convencerle de que la terrible tuberculosis se había
apoderado de la familia.
El placer desordenado, los brutales excesos y la lepra del vicio, habían
hecho nacer el terrible germen en el organismo del padre, donde, por un
capricho de la Naturaleza, tenía un carácter benigno, que prometía
largos años de lento desarrollo. Valiéndose del beso de amor, la
tuberculosis habíase trasmitido a la madre, donde se desarrollaba con
mayor rapidez, como en un campo virgen, dispuesto a acoger todos los
cultivos y a desarrollarlos con inmensa fuerza, y de esta unión de seres
emponzoñados por la enfermedad, había nacido aquel pobre niño, organismo
contagiado en el mismo vientre de su madre y que venía al mundo con el
único destino de luchar algunos años contra una dolencia que, al fin,
había de acabar con él.
Zarzoso seguía mentalmente la historia y el desarrollo de este contagio,
transmitiéndose de unos organismos a otros, e inconscientemente, sin
reparar en la presencia de María, murmuró, mirando la hinchada cabeza
del niño:
--No hay duda, ahí se halla el terrible monstruo microscópico que tantas
vidas acaba. ¡Oh! No ha sido muy escrupuloso en sus conquistas. La
familia está completa.
María se alarmó al oír hablar de este modo a Zarzoso, y éste,
apercibiéndose de su imprudencia, quiso remediarla, dando a la madre
algunas esperanzas.
Se le había avisado muy tarde, pero aun así, tal vez se podría salvar al
pequeño enfermo.
Preguntó después sobre los remedios que se habían dado al niño, y supo,
con sorpresa, que el médico de la casa era un amigo, un protegido del
padre Tomás, que parecía no dar importancia a la enfermedad, por lo
cual, la madre, desesperada y olvidando todo lo pasado, se había
decidido a llamar al notable especialista de los niños.
Zarzoso experimentó gran sorpresa al ver que también en aquel asunto se
mezclaban los jesuítas, de los cuales tan fatal memoria conservaba,
desde que Judith le hizo aquellas revelaciones la misma noche en que la
despidió.
El joven doctor, pasando a la habitación que servía a Ordóñez de
despacho, extendió una receta, mientras que María, de pie a espaldas de
él, le contemplaba fijamente.
La pobre madre, tranquilizada por las esperanzas que la daba el doctor,
había recobrado la calma y ya no le tuteaba, volviendo a hablarle con la
frialdad del primer momento.
--Tome usted, señora--dijo el doctor ceremoniosamente, entregando la
receta a su antigua novia--. Que vayan en seguida con esto a la botica.
--¿Cuándo volverá usted, doctor?--preguntó con ansiedad María, pues la
presencia de aquel hombre parecía devolverle la calma.
--Antes de tres horas estaré aquí y le aseguro que no me retiraré hasta
que por el momento hayamos vencido la enfermedad.
Zarzoso volvió al hotel tal como lo había prometido y pasó toda la noche
a la cabecera del enfermito, poniendo en juego cuantos recursos le
proporcionaba su ciencia y batallando con la terrible meningitis, que
parecía empeñada en arrojar al niño en brazos de la muerte.
María y el doctor pasaron la noche a ambos lados de la cama sin que se
cruzaran entre ellos más palabras que las que arrancaban las diversas
alternativas por que pasaba el enfermo.
De vez en cuando, en los momentos en que el niño parecía entrar en el
período de favorable reacción, sus miradas se encontraban sin darse
cuenta de ello y Zarzoso veía desaparecer poco a poco, en los ojos de su
antigua novia, la fría hostilidad con que le había recibido aquella
mañana.
Al amanecer, Zarzoso, mirando al niño, lanzó un suspiro de satisfacción.
Estaba ya seguro del éxito; y la madre, adivinando en el rostro del
médico tan grata noticia, volvió a llorar, pero esta vez fué de alegría.
La fiebre descendía rápidamente, el delirio había desaparecido ya, y el
pobre niño, extenuado por tantas horas de atroz calentura y con cierta
expresión de imbecilidad que aún hacía más conmovedora su mirada, fijaba
los ojos en la pobre madre, que, enloquecida por la alegría, se
inclinaba sobre el lecho abrazando a su hijo convulsamente.
Zarzoso se retiró a descansar, asegurando que volvería aquella misma
tarde a las dos, y salió del hotel acompañándole Pedro hasta su casa,
muy satisfecho de que la enfermedad del niño hubiese servido para que se
formara cierta débil amistad entre dos seres que antes se habían amado
tanto.
Aquella misma mañana, a las diez, entraba en el hotel el padre Tomás y
se detenía a hablar con el portero, un guipuzcoano que él había
introducido en la servidumbre de la casa, con el objeto de que le diera
exacta cuenta de todas las visitas y al mismo tiempo le enterara de los
secretos de la familia.
El poderoso jesuíta había sabido, casualmente en la misma mañana, el
estado desesperado del niño Paquito Ordóñez y acudía presuroso a
enterarse por sí mismo de lo que ocurría.
Aquel niño era el ser que tal vez le interesaba más en todo Madrid y su
nacimiento le había producido un verdadero acceso de furor. ¿Quién
diablos iba a figurarse que un hombre corrompido como Ordóñez llegara a
tener hijos? Aquel nacimiento había sido un obstáculo inesperado, un
accidente con el que no había contado el padre Tomás al forjar su plan y
que venía a impedir la realización de todas las esperanzas que el
jesuíta se forjaba acerca de la colosal fortuna de María. Por fortuna
para él el niño era digno de su padre, y el médico de la casa, que
estaba por completo a merced de la Compañía, aseguraba que no viviría
mucho tiempo el triste retoño de un árbol podrido.
Estas seguridades eran lo único que alentaba al poderoso jesuíta, el
cual no perdía la confianza de que muriera de un momento a otro aquel
niño a quien la Medicina clasificaba con el título de "candidato a la
tuberculosis" y cuyo organismo estaba predispuesto a adquirir las más
terribles enfermedades.
Por esto, cuando en aquella mañana le dijeron el grave estado del niño,
acudió presuroso al hotel con la infame esperanza de encontrar un
cadáver.
--¡Qué! ¿Ha muerto ya?--preguntó ansiosamente al portero.
--No, reverendo padre. El señorito está mejor desde esta madrugada y se
da por seguro su restablecimiento. La señora condesa ha pasado toda la
noche en vela en compañía de Pedro, viendo las cosas extraordinarias
que hacía para salvar al niño ese médico tan famoso que vive en la
Carrera de San Jerónimo y que cura gratis a los pobres.
--¿Qué médico es ése? ¿Es que no han llamado al de la casa?
--¡Quiá! La señora condesa dice que para curar a los niños no hay nadie
como el doctor Zarzoso.
El padre Tomás retrocedió un paso y se quedó mirando con asombro al
portero, como si dudase de sus palabras.
--¿Dices que el doctor Zarzoso ha estado aquí?
--Sí, reverendo padre; aquí ha estado hasta esta madrugada y él es quien
ha sacado al señorito de las garras de la muerte. Le he visto yo mismo:
es un joven delgado, con gafas, muy serio y muy afable y simpático.
El jesuíta quedó reflexionando por algunos minutos, y dijo después:
--¿Ha quedado en volver por aquí?
--Sí, reverendo padre; vendrá esta tarde a las dos.
--Pues bien--dijo el jesuíta con acento imperioso, después de una
pequeña vacilación--; cuando venga, lo haces entrar en el salón del piso
bajo, diciéndole que espere un momento hasta que la señora se prepare
para recibirle; yo estaré allí.
--Está bien, padre Tomás.
--Hasta luego, hijo mío; ahora tengo que despachar algunos asuntos.
Y el jesuíta se alejó del hotel sin que María se apercibiera de su
llegada, pues la pobre madre, a pesar del sueño y del cansancio, no
quería separarse un solo instante de la cama de su hijo.