I
La clínica de los niños.
Todas las mañanas, a las once, el portero de aquella gran casa de la
Carrera de San Jerónimo experimentaba una sorda desesperación que se
conocía en su rostro, al ver subir por la escalera de deslumbrante
mármol, adornada en el centro por una ancha faja de fieltro rojo sujeta
con doradas varillas, a toda una procesión de gente pobre, sucia y
desharrapada, en su mayoría mujeres de los barrios bajos, llevando al
brazo o cogidos de a mano una turba de chiquillos voceadores y
mugrientos, que al mismo tiempo que ensuciaban los brillantes peldaños,
promovían al subir, temerosos y azorados, una verdadera tempestad de
protestas, lloros y aullidos.
Era la hora en que se abría la Clínica gratuíta para enfermedades de los
niños en el segundo piso, donde vivían, instalados con gran lujo, el
viejo doctor Zarzoso, catedrático jubilado de la Escuela de San Carlos y
que ya no quería visitar, y su sobrino don Juan Zarzoso, médico de gran
fama, a pesar de su juventud, tanto por numerosas curas casi milagrosas
que había realizado, como por haber permanecido cinco años en París
estudiando la especialidad de enfermedades infantiles, circunstancia que
no era la que menos impresión causaba en la generalidad del vulgo, que
mira con cierto respeto supersticioso la ciencia que procede del
extranjero.
El joven doctor era muy apreciado entre las clases elevadas de Madrid;
pero este afecto no tenía comparación con la popularidad que gozaba
entre la gente humilde, a causa de aquella consulta gratuíta que abría
todas las mañanas en su propia casa, y en la cual no sólo recetaba, sino
que muchas veces, cuando se hallaba en presencia de la verdadera
miseria, proporcionaba a los enfermos medios de subsistencia y de
higiene.
Aquella sucia oleada de pobreza que todos los días invadía la hermosa
escalera produciendo sordo rumor, malhumoraba al rígido portero y a los
inquilinos de las otras habitaciones. Hasta el mismo doctor Zarzoso, el
viejo, encontraba que iba haciéndose abusiva aquella clientela, que
aumentaba rápidamente; pero en el fondo agradábanle mucho la delicadeza
y paciencia de su sobrino al socorrer a la humanidad doliente.
Complacíase en reconocer que Juanito no era rudo y atrabiliario como él,
que según decían en el hospital, siempre había hecho el bien a
puñetazos.
El joven Zarzoso tenía una popularidad tan grande, que de haberse
presentado alguna vez en los barrios bajos solicitando algo de sus
clientes, es indudable que todas las madres le hubiesen llevado en
triunfo, dejándose matar por él.
Su nombre corría de boca en boca por los barrios obreros, y no caía
enfermo un pequeñuelo, sin que faltase al momento la amiga oficiosa que
se encargase de decir a la desconsolada madre que aquello no sería nada,
pues bastaba que al día siguiente fuese con el pedazo de sus entrañas a
casa del médico joven, como le llamaban por antonomasia; un señor _mu_
amable, _mu_ fino y _mu cabayero_, que no sólo se abstenía de sacarles
pesetas a los pobres, sino que si les faltaba algo para poner el
puchero, se rascaba el bolsillo en obsequio del pobre enfermito.
La fama de aquel bienhechor corría de un extremo a otro de Madrid, y las
horas de consulta gratuíta eran muchas veces insuficientes para la
inmensa concurrencia de madres y padres, con sus correspondientes
pequeñuelos, que no encontrando sitio en las antesalas ni aun para
permanecer en pie, acampaban en la escalera y tomaban asiento en los
peldaños de mármol, con gran desesperación del portero, que veía
aumentarse con esto sus tareas de limpieza.
A la gratitud vehemente y conmovedora de aquella clientela miserable,
uníase cierta satisfacción de amor propio halagado, al saber que el
mismo médico que curaba gratis a la gente pobre, era muy apreciado entre
las clases acaudaladas, a las cuales hacía pagar las visitas con
bastante esplendidez.
Esto contribuía a aumentar su popularidad entre los miserables.
--Es un grande hombre--decían algunos de los filósofos con gorra de seda
y blusa blanca de los barrios bajos--. Ese _cabayero_ sabría arreglar
perfectamente la cuestión social. Les saca a los ricos cuanto puede para
dárnoslo a los _probes_.
Hasta las once de la mañana el portero tenía orden de no permitir la
entrada a las mujeres y niños, que iban deteniéndose en la acera y
entablando conversaciones sobre las enfermedades que les obligaban a ir
en busca del bondadoso médico; pero apenas sonaba dicha hora, el rebaño
de la miseria asaltaba la escalera, anunciando su presencia con un
confuso pataleo, y pugnando todas las madres por llegar las primeras y
coger buen número, entraban en los lujosos salones de espera, donde los
criados iban estableciendo el turno entre aquella pobre gente, que por
su escasa educación provocaba a cada instante ruidosos altercados.
Zarzoso, con algunos ayudantes jóvenes como él, y que le admiraban cual
a maestro, ocupaba un gabinete por el que iban desfilando todos los
niños, con el acompañamiento de sus familias, las cuales contestaban a
coro a todas las preguntas del doctor, y muchas veces se enzarzaban en
grotesca discusión antes de dar una respuesta.
Necesitábase toda la paciencia del joven doctor y su sonriente calma
para sufrir diariamente aquella consulta de algunas horas que fatigaba a
sus ayudantes.
Las madres, al hablar al doctor, lloriqueaban como si vieran ya a sus
hijuelos camino del cementerio; los niños, temerosos y asustados al
fijarse en los aparatos y objetos científicos que estaban en el
gabinete, aullaban apenas el doctor les ponía la mano encima, como si
temiesen que cada uno de sus dedos fuera a convertirse en un cuchillete
que practicara en su cuerpo las más dolorosas operaciones; y fuera del
local de la consulta en aquellos dos vastos salones de espera, sonaba un
murmullo de gigantesca colmena, producido por la impaciencia de la gente
que deseaba entrar.
Algunas veces el viejo doctor Zarzoso salía de sus habitaciones y se
encaminaba al gabinete de consultas, pasando por entre aquella multitud
a cuyos saludos contestaba refunfuñando y repartiendo algunos tirones de
orejas entre los chicuelos, que jugueteaban con la misma confianza que
si estuvieran en la Ronda o se escondían tras los muebles.
A pesar de que le satisfacía el inmenso y conmovedor servicio que
prestaba su sobrino, el viejo doctor refunfuñaba por costumbre.
--Esto es intolerable--le decía a Juan--. Has convertido nuestra casa en
una prolongación de la calle. ¡Vaya una confianza la de esa gente que
hace aquí lo mismo que si estuviera en su casa! Yo no critico el que
cures a toda esa gente; lo que si encuentro mal es que tengas tus
habitaciones particulares tan mal arregladas, y, en cambio, te hayas
gastado tantos miles de pesetas en amueblar esos salones que solo sirven
para que esperen en ellos las gentes más piojosas de Madrid. Ya que
tienes ese capricho, al menos procura rociar con ácido fénico todos los
muebles. Los criados dicen que, después que se va esa gente, necesitan
temer abiertos los balcones más de dos horas para que se aireen las
habitaciones, y aun así, todavía queda olor. ¡Vaya una gente curiosa!
Hay ahí una caterva de chicuelos tiñosos que se restregan la cabeza
contra el respaldo de los sillones, y el otro día agarré a un pillete en
el acto de limpiarse los mocos con una cortina de terciopelo. ¡Flojo fué
el cachete que se llevó!
Y así seguía el viejo enumerando todos los abusos de aquella gente, sin
que en el fondo los sintiera gran cosa, pues únicamente le servían para
refunfuñar y desahogar su rudo carácter, que todo lo encontraba mal.
El joven Zarzoso limitábase a sonreír en contestación a todas las quejas
que con agrio acento formulaba su tío.
--Hay que dejar a los pobres--decía a sus ayudantes--que gocen de
algunas comodidades, aunque sólo sea por unas cuantas horas. Es criminal
y egoísta el reservarse para uno solo las ventajas que le produce su
posición social.
Y con cierta coquetería de bienhechor satisfecho de sus actos, atendía
al embellecimiento de aquellos salones, por los que desfilaba todo el
Madrid miserable, sin fijarse en que este capricho le costaba mucho
dinero.
Las respetuosas indicaciones de sus criados merecían siempre idéntica
contestación.
--Señor, la alfombra del salón número uno está ya muy ajada. La compró
el señor este mismo año y, sin embargo, está quemada y rota.
--Avisa al tapicero y que ponga otra.
--Si me lo permite el señor, le indicaré que hay unas alfombras de
fieltro más baratas y más fuertes. Así me lo ha dicho el tapicero.
--Haz lo que te digo, y que la alfombra sea de igual clase que la rota.
Y a este tenor eran todas las conversaciones entre Zarzoso y sus
criados. La seda de los sillones habían de cambiarla cada tres meses, a
causa de los desahogos naturales de los niños y del pringue que en ella
dejaban las faldas de las madres; y no todo era suciedad de la miseria,
pues también el irritante abuso y la costumbre del delito pasaban por
allí dejando sus huellas, sin tener en cuenta la misión sagrada y santa
que en aquella casa se cumplía.
Las flores de las doradas jardineras, las estatuillas puestas encima de
las chimeneas y los _bibelots_ que adornaban los rincones, eran hurtados
diestramente, a pesar de la vigilancia de la servidumbre.
Había entre aquella gente desharrapada muchos seres que, por costumbre o
por manía, sentían removerse en su interior el instinto del robo a la
vista de tales preciosidades; y, a pesar de que esto era una
confirmación práctica de las teorías que sustentaba el viejo doctor
Zarzoso, éste juraba como un condenado cada vez que desaparecía un
objeto, y afirmaba que cualquier día iba a ponerle una carta al
gobernador pidiendo que considerara aquellos salones como vía pública y
estableciera en ellos un retén de Policía.
La benévola calma del joven doctor era inalterable, y en vez de
ofenderse por unos robos que tanta ingratitud denotaban, aún se
esforzaba en excusar a los autores, fundándose en su escasa educación,
en el ambiente en que vivían, etc.
--Señor, los libros y los álbumes artísticos que puso usted en los
veladores de los salones han desaparecido en su mayor parte, y los que
quedan están faltos de hojas y les han arrancado las mejores láminas.
--Está bien--contestaba sonriendo--; me gusta la noticia. Eso demuestra
que esa pobre gente siente el afán de ilustrarse, y para aprender a
salir de la ignorancia apela hasta al robo. Mañana pondremos más libros.
Y de este modo aquel joven bienhechor que se esforzaba en servir a sus
semejantes sin hacer ostentación de su virtud y sin fijarse casi en sus
actos, seguía acogiendo pacientemente, todos los días, a aquella turba
de desgraciados, atento únicamente a hacer bien y sin fijarse en los
desmanes que pudieran cometer en su propia casa.
Era rico; los niños nacidos en elegantes alcobas y criados entre los
esplendores del lujo, se encargaban de proporcionarle con sus dolencias
hereditarias, cuanto dinero necesitaba para sus filantrópicos
despilfarros, y bien podía el darse el gusto de derrochar miles de duros
auxiliando a la clase obrera y desheredada, siendo el protector de
aquellos otros niños que, no solo carecían de comodidades, sino que
muchas veces su enfermedad procedía de la falta de nutrición.
Su clientela pobre y el estudio de los últimos adelantos científicos
constituían sus únicos placeres, y, a pesar de la riqueza y el lujo que
le rodeaban, hacia una vida casi austera que alarmaba a su tío, a pesar
de que este, entregado de lleno a la ciencia, no había gustado gran cosa
de los placeres de la vida.
El viejo doctor tenía a veces ideas muy originales, según afirmaba su
sobrino. Cada vez que se enfurecía con los desacatos de aquella
clientela pobre, terminaba sus recriminaciones siempre con la misma
pregunta:
--Oye, Juan: ¿por qué no te casas? la presencia de una mujer aquí
pondría orden y haría que acabasen todos esos abusos que me irritan.
--Y usted, ¿por qué no se ha casado, tío?--decía el joven, eludiendo la
respuesta.
--Porque nunca he tenido tiempo para pensar en eso y porque no había a
mi lado una persona que me lo recordase. Pero tú que me tienes a mí,
debes seguir mi consejo, y si te decides a casarte, yo me encargo de
buscar una mujer, que a más de las condiciones de su sexo, tenga la
salud necesaria y un gran equilibrio orgánico, para que vuestros hijos
no sean micos, como la mayor parte de los productos de la generación
actual. Vamos, sobrino, decídete; me gustaría eso de tener nietos sin
haber sido padre.
Pero el joven no se dejaba convencer por las palabras de su tío, a las
que respondía siempre con una enigmática sonrisa.
El ya estaba casado. Había contraído matrimonio con toda la pobreza de
Madrid, y le sería fiel mientras viviese.
Esta resolución le resultaba muy extraña al tío, quien llegó a creer en
ciertos momentos que su sobrino tenía amores ocultos; alguna querida a
quien visitaba en secreto; pero no tardó en convencerse de la falsedad
de tales suposiciones.
La ciencia y el bien de sus semejantes eran las únicas pasiones del
joven doctor.
Una mañana en que caía uno de esos terribles aguaceros que convierten
las calles en arroyos y dispersan rápidamente a los transeúntes que se
guarecen en los portales temiendo por la integridad de sus paraguas,
Zarzoso abrió su Clínica, como de costumbre, a las once.
Era poca la gente que esperaba, en proporción a la de otros días, pues
sólo en uno de los salones se agrupaban algunas mujeres con sus niños.
La lluvia había acobardado, indudablemente, a muchos de los que asistían
diariamente a la Clínica.
Fueron desfilando por la puerta del gabinete aquellos grupos de
desgraciados, dejando sobre las ricas alfombras sucias manchas con sus
embarrados pies, y cuando ya no quedaban esperando más que dos o tres
familias, entró apresuradamente en el primer salón de espera un hombre
moreno, fornido y con patillas a la inglesa, que vestía una lujosa
librea.
Preguntó apresuradamente por el doctor a uno de los criados, que le
trataba con gran atención, ateniéndose a que aquel servidor, por su
traje y por sus maneras, debía pertenecer a una gran casa.
Quería ver al doctor inmediatamente, y cuando el criado de éste le dijo
que su señor no estaría libre hasta que terminase la consulta, el recién
llegado manifestó gran alarma.
--Es un caso de urgencia--decía en voz alta, sin fijarse en la
curiosidad con que le oían las gentes que aún estaban en el salón de
espera--. El señorito se muere y la señora condesa espera al doctor como
si esperase a Dios. Vaya, amigo--continuó dirigiéndose al criado--;
haga, por Dios, el favor de decirle al señor Zarzoso que me deje entrar
en su gabinete, para rogarle que venga en seguida.
El criado entró en la habitación donde estaba su señor y momentos
después volvió a salir, dejando franca la puerta al recién llegado.
Este, cuando se halló en presencia de Zarzoso y sus ayudantes, le rogó,
con entrecortadas frases, que le siguiera sin pérdida de tiempo.
--Tengo abajo el carruaje, señor doctor. Venga usted cuanto antes, pues
la señora condesa está muy asustada en vista de la enfermedad de su
hijo.
Zarzoso estaba muy acostumbrado a aquella clase de entradas rápidas e
inesperadas, en las cuales se pintaba la zozobra y la alarma, y por esto
preguntó con el tono frío e indiferente del que cumple un acto de su
profesión:
--¿Dónde vive la señora de usted?
--En el paseo de la Castellana. Mi señora es la condesa de Baselga.
Zarzoso, a pesar de su carácter frío e impasible, y del gran dominio que
tenía sobre sus nervios, no pudo evitar un instintivo movimiento que
aquel criado tomó por una negativa.
--¡Qué! ¿No quiere el señor venir?
Zarzoso parecía dudar y, por fin, contestó:
--Iré después, cuando termine la consulta.
--¡Por Dios!, señor doctor. Ese retardo sería fatal; el señorito está
muy enfermo y su madre, la condesa, es capaz de morirse de desesperación
si usted tarda en presentarse.
--¿Es el hijo de la condesa el enfermo?
--Sí, señor doctor; su hijo, su hijo único; un niño que siempre está
enfermo. La señora condesa tiene en usted gran confianza y me ha
encargado que no volviera sin que usted viniese conmigo. El señor doctor
comprenderá que cuando la condesa se decide a llamarle el caso debe ser
muy urgente.
A Zarzoso le pareció que el criado decía estas últimas palabras con
cierta intención, y hasta creyó ver en sus ojos una expresión maliciosa
que subrayaba lo anteriormente dicho.
¿Llamarle a él María? ¿Pedirle que fuese a su casa para que salvase a su
hijo; a aquel fruto de una unión que tanto le atormentaba? ¡Qué cosas
tan extrañas ofrece la vida!
Aquella frialdad de carácter, aquel tenaz empeño de olvidar el pasado,
aquella vida ascética que había caído como una losa sobre sus recuerdos,
permitiéndole vivir tranquilo durante cinco años, todo se desvaneció
rápidamente, y los antiguos sentimientos volvieron a reaparecer.
Zarzoso creyó sentir sobre su rostro la caricia del pasado y que un
ambiente de nueva juventud le rodeaba, y hasta se creyó igual,
momentáneamente, a aquellos tiempos en que, todavía estudiante, iba a la
calle de Atocha a esperar una ocasión favorable para ver un instante a
María asomada tras los vidrios de un balcón.
--Vamos allá--fué todo lo que dijo al criado; y pidiendo a uno de su
servidumbre el sombrero y el gabán, salió por entre aquella clientela
que miraba hostilmente al hombretón que había venido a arrebatarles su
médico.
Los ayudantes de Zarzoso quedaron encargados de la clínica, como era
costumbre cuando éste tenía que ausentarse.
Frente a la puerta de la casa, estaba parada una elegante berlina con
soberbio tronco, cuyos cocheros aguantaban, impávidos e inmóviles, el
diluvio que les caía encima.
El médico y el criado atravesaron rápidamente la acera bajo aquel
torbellino de agua, y Zarzoso tomó asiento en el interior de la berlina,
mientras su acompañante gritaba: "¡A casa!", y se colocaba después
frente al doctor.
El carruaje emprendió una desesperada carrera por las calles casi
solitarias, arrastrado por aquel par de fogosas bestias, a quienes
cegaba la lluvia que el viento empujaba hacia sus ojos.
En el interior de la berlina, el criado, con su galoneada gorra en la
mano, pues no quería cubrirse en presencia del doctor, miraba a éste con
sonriente fijeza.
Su voz vino a sacar de pronto al doctor de las reflexiones en que
parecía sumido, mientras miraba distraídamente las gotas de lluvia que
se deslizaban por los vidrios de las portezuelas.
--Creo, señor doctor, que usted no me ha conocido.
Zarzoso le miró por algunos momentos, y después hizo un gesto negativo.
--Sin embargo--continuó el criado--, hace ya mucho tiempo que nos
conocemos, sólo que este traje que ahora visto y los modales propios de
la profesión, desfiguran mucho al hombre. Míreme usted bien. ¿De veras
que no me conoce?
Zarzoso volvió a hacer otro ademán negativo, y entonces el criado dijo
alegremente y con expresión de confianza:
--Pues bien, don Juan; yo soy Pedro Martínez, el antiguo asistente de
don Esteban Alvarez, aquel Perico que usted conoció allá, en París, en
la calle del Sena.